LA BALADA DE JANE ELLIOTT (Serie en 4 episodios)

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PRIMER EPISODIO: El crimen

El jueves 4 de abril de 1968 la primavera tardaba en llegar a Memphis, Tenessee. Quizá por eso, el reverendo Martin Luther King salió abrigado de su habitación en el motel Lorraine y encendió un cigarrillo en el corredor, que daba sobre la calle. Acababa de decirle al músico Ben Branch, para la función de más tarde: “Hazme el favor de tocar Take my Hand, Precious Lord, y te ruego, tócala bien”. Del otro lado de la calle, desde el cuarto de una pensión barata, James Earl Ray vio la figura del reverendo King en el centro de la mirilla telescópica de su fusil Remington 360. Ajustó bien el arma, verificó que la cabeza del reverendo estuviera centrada y disparó un solo proyectil calibre 30-06. La poderosa bala destrozó la mandíbula de King, le cortó la yugular y se alojó en la médula espinal. Eran las seis de la tarde con un minuto. A las siete y cinco, en el hospital, el doctor Martin Luther King expiró. Tenía 39 años, pero su corazón parecía el de un hombre de 60, dijo el médico que le practicó la autopsia. Tanto había padecido en sus luchas pacíficas por emancipar a los afroamericanos de los Estados Unidos.

Había llegado a Memphis para sostener a los trabajadores de color en el ramo sanitario. Las leyes del estado los sometían a un trato discriminatorio. Los blancos gozaban de un estatus superior. Por ejemplo, si había tormentas o temporales, los blancos se quedaban en casa. Los afroamericanos salían a trabajar. Cuando Martin Luther King habló a los trabajadores, no podía saber que ese sería su último discurso, y que ese discurso sería memorable. Su avión había salido con retraso de Houston, porque hubo una amenaza de bomba. Y a esa amenaza se refirió King en una alocución conocida como “Yo he estado en lo alto de la montaña”:

Y entonces yo fui a Memphis. Y alguien comenzó a hablar de las amenazas, de las amenazas que venían de fuera. ¿Qué me puede pasar a causa de nuestros enfermos hermanos blancos? Bueno, yo no sé qué puede pasar ahora. Tenemos días difíciles por delante. Pero no importa lo que me pase a mi. ¡Porque yo he estado en lo alto de la montaña! Y no me importa. Como cualquiera, yo querría vivir una larga vida. La longevidad tiene su razón de ser. Pero no estoy preocupado por eso, ahora. Solo quiero que se cumpla la voluntad de Dios. Y Él me ha llevado a lo alto de la montaña. Y yo miré delante de mí.  ¡Y yo he visto la tierra prometida! Yo no estaba allí con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche que nosotros, como pueblo, ¡llegaremos a la tierra prometida! Y yo soy muy feliz, esta noche. No tengo miedo de nada. No temo a ningún hombre. ¡Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!

La noticia del asesinato de King se regó por todo el país. En todas partes, como sucede cíclicamente en los Estados Unidos, estallaron tumultos, manifestaciones, protestas, saqueos e incendios. A mil kilómetros de distancia, en el nevado y provincial pueblecito de Riceville, en Iowa, la maestra Jane Elliott se enteró de lo ocurrido. Enseñaba en el tercer grado de la escuela primaria a no muchos alumnos. Como era propio del lugar, en el exacto centro de los Estados Unidos, todos los niños eran blancos, anglosajones y protestantes. Elliot se preguntó cómo hacer, al día siguiente, para explicarle a esos niños en qué consistía la discriminación racial. Pensó que no serían suficientes las palabras. “Más palabras, no”, pensó. Estaba viendo en la televisión una torrentada de discursos inútiles. Los comentaristas blancos decían: “Nosotros, cuando un líder muere, esperamos palabras de consuelo de su viuda. ¿Qué van a hacer ellos ahora que ha muerto su líder?”. Elliott se indignó por el racismo implícito en esas palabras. “No”, se repitió. “Más palabras, no”. En ese tercer grado, habían dedicado todo el mes de febrero a la figura de Martin Luther King. Ya todo estaba dicho. Entonces se le ocurrió una idea revolucionaria, que iba a servir de ejemplo para muchas generaciones futuras. Y la aplicó al día siguiente. 

(Continuará)…

El horno

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Una antigua variedad de chistes se declina en la confirmación de algunos estereotipos nacionales. Según sea el carácter que queremos definir, en el chiste aparecen, qué se yo, un francés, un inglés, un español, y tienen que hacer la misma cosa, que efectivamente hacen según lo que se considera un temperamento específico para cada país. Los suizos exactos como relojes suizos, los alemanes eficaces como la aspirina, los italianos elegantes como la moda, los franceses gastrónomos por antonomasia. He escogido definiciones positivas, pues, en general, los chistes dan cuenta, en cambio, de defectos o debilidades. A veces, los chistes funcionan como una especie de exorcismo: son un ataque contra los poderosos, contra los que nos dominan o superan. Así, en América Latina, es frecuente que en el chiste haya un argentino, un colombiano y un gringo. Y será el gringo quien hará la mayor tontería. Recuerdo, vagamente, aquel del avión y los paracaídas. Un avión se está cayendo y cuenta con cuatro pasajeros: un mexicano, un francés, un gringo y un niño. El problema es que hay solo tres paracaídas. El francés dice: “Yo pertenezco a la civilización más refinada del mundo, no es justo que muera”. Coge la primera mochila y se lanza. El gringo dice: “Yo soy la persona más inteligente del mundo. No es justo que muera”. Coge la segunda mochila y se lanza. Quedan el mexicano y el niño. El mexicano dice al niño: “Yo soy una persona adulta, tú eres la esperanza del futuro. Te cedo mi mochila”. El niño responde: “No se preocupe, señor. El gringo se tiró con mi mochila de la escuela. Hay para los dos”.

Me vinieron a la mente este tipo de chistes el día que, avasallado por el consumismo, decidí comprar un horno eléctrico. El microondas, después de muchos años de honrado y decoroso servicio, había pasado a mejor vida, así que, aquejado de horror vacui delante del mueble de la cocina íngrimo y desolado, sentí la necesidad de reemplazarlo con otro aparato, esta vez eléctrico porque la ecología dice que no convienen las ondas de radio para masacrar los alimentos. Recurrí a una conocida cadena de ventas a domicilio y en 24 horas me llegó un enorme aparato, mucho más grande del que aparecía en la foto. Es cierto que lo había medido, pero era a todas luces evidente que en el cajón donde lo iba a meter había muy poco espacio para la ventilación.

Dudoso sobre la seguridad de la operación, le tomé una foto al aparato encajado en el mueble y mandé una consulta a la oficina de ayuda técnica del fabricante alemán. No sé cómo me entendieron en el chapurreado inglés con que describí el problema. Tal vez comprendieron por la foto. Y en esas estaba, esperando sin mucha esperanza la respuesta tudesca, cuando descubrí que había un soporte técnico en la misma Italia. Más pronto que inmediatamente, escribí la misma consulta a los revendedores italianos. 

Sé con precisión que actúo mal, que demuestro una superficialidad alarmante, que me dejo llevar por los prejuicios sobre las nacionalidad. Pero las respuestas fueron las siguientes. Los alemanes, después de un par de días de reflexión, me respondieron: “Hemos recibido su consulta, y luego de haber mostrado la foto enviada al servicio técnico, y luego de haber medido las posibilidades de ventilación que usted señala, le remitimos el libreto de instrucciones que puede verificar en Internet. Según ese libreto de instrucciones, los espacios laterales, superior e inferior, son insuficientes para una correcta ventilación del horno. Le recomendamos no usarlo.” Comencé a empaquetar el horno para devolverlo, cuando recibí la respuesta del servicio de asistencia italiano. Decía lo siguiente: “Estimado usuario: hemos leído con la debida atención su consulta, y nos hemos dirigido a nuestros técnicos. Ellos han examinado también la foto que nos mandó, y declaran que no hay ningún problema Puede usted usar el horno sin preocupaciones”. Dejo al lector elegir la mejor respuesta. Y la duda sobre cuál fue mi opción. 

La botija

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Hay un cuento de Salvador Salazar Arrué, por mejor nombre “Salarrué”, que podría servir como ejemplo. En ese cuento, titulado “La botija”, un perezoso, en grado de Gran Maestro, se pasa la vida tumbado en la hamaca mientras su parcelita de tierra se llena de hierba mala y otros rastrojos. Y así hubiera seguido toda la vida (no nos es dado, en esa ficción, saber de qué comía) si no es que llega un amigo y le cuenta que, en la época de la colonia, los españoles enterraron, precisamente en ese terreno, una gran botija llena de monedas de oro. A ese punto, nuestro perezoso abandona la hamaca, recupera como un don quijote salvadoreño las oxidadas armas de su oficio campesino, rastrillo, pala y piocha, y con gran tesón comienza a buscar la botija. Primero, lo desyerba y luego, en su codicia inagotable, comienza a ararlo todo, a darle vuelta a la tierra, como se dice. Al final de un cierto tiempo, tiene el terreno perfectamente listo para la siembra. Entonces se da cuenta de que el tesoro escondido está a su vista: solo le falta sembrar y recoger la cosecha. Se da cuenta que la botija era esa: el trabajo que necesitaba su terreno para dar frutos y por tanto riqueza. 

Cuentos de Barro “La Botija” (Salarrué)

Imaginar, entonces, que un amigo me pide un texto semejante. Un cuento que relate una historia aparente y que, dentro de esa historia, se encierre otra. El sistema Scheherezade, que cuenta la historia de una doncella que cuenta historias a un rey, lo que hace interminables sus historias. Hasta que el rey se da cuenta del truco y en lugar de degollarla se casa con ella por su inteligencia y para que le siga contando cuentos. La belleza ya la tiene, se supone. 

Una vaga idea de ese modo de relato sería uno, fascinante, de José Guimaraes Rosa. En ese cuento, dos enemigos se persiguen con furor, dentro de la selva amazónica, para matarse, pues el odio los domina. El primer enemigo, al que llamaremos “A” comienza a seguir las huellas del otro, al que llamaremos “B”. Lo que no sabe A es que B está haciendo lo mismo: ambos son grandes baquianos, y saben localizar las huellas que dejan las gentes al rozar un matorral, al saltar un tronco, incluso al vadear un río. Lo que ambos ignoran, en la ceguera de perseguirse, es que están jugando un juego circular, por lo que hacen imposible que uno encuentre al otro. Pasan años dentro de la selva, y al final, ancianos y cansados, mueren sin lograr encontrarse. Admirable modo de representar la inutilidad del odio, el desierto de la cólera, la torpeza del rencor. Y la selva como un laberinto.

Uno de los mejores cuentos que encierran otro cuento lo refiere Cervantes, en el Quijote. Como señalan todos los pies de página de las ediciones críticas, el cuento viene de la tradición popular. Están don Quijote y Sancho, en el famoso episodio de los batanes, en la oscura noche de un bosque de La Mancha. Aquellas noches cerradas en que no hay luna y la nubosidad no deja ver las estrellas. Uno se pone la mano delante de los ojos y no ve nada. Es la noche de la célebre frase: “Hueles, Sancho, y no a rosas”. Don Quijote pide a su escudero que le cuente un cuento. Sancho le dice, se lo cuento, pero si me interrumpe, sepa vuesa merced que no podré continuar con el relato”. Don Quijote, mal para él, acepta el pacto, y Sancho comienza a contar la historia de un pastor enamorado que persigue a su amada. Ella atraviesa un río, y el pastor, siendo pastor y no navegante, carece de medios para atravesarlo. Además, lleva consigo a su rebaño. Pide entonces a un barquero que lo ayude, y el barquero le dice que sí, pero que en la barca caben solo dos ovejas. Y así, Sancho comienza a contar: atravesó el río y llevó dos ovejas, luego regresó, recogió otras dos, y las llevó a la otra orilla, después regresó y volvió a llevarlas… Cuando van por el cuarto o quinto viaje (y las ovejas son muchas), Don Quijote estalla: “¡Sancho, dí de una sola vez que transportó todas las ovejas y basta!”. A lo que Sancho, impertérrito, le responde: “Se acabó el cuento. El pacto era que vuestra merced no me interrumpiera”. Y no hay modo de convencerlo. El cuento se acaba allí y provoca que el ya mosqueado caballero se encolerice todavía más. Es el cuento de nunca acabar y nos desvela cómo toda narración es ficticia, porque resume en dos palabras tiempos que pueden ser inmensos, como en el título de Dumas: Veinte años después…

Quizá el cuento debería haber sido la narración de un cuentista que se esfuerza, en vano, por inventar un cuento que le ha pedido un amigo. En sus trabajos por crear una narración pasable, repasa algunos de los mejores relatos que conoce, y, al repasarlos, se le pasa la jornada, como las largas noches de Scheherazade, para, al final, responderle al amigo que no ha podido encontrar un relato que fuera satisfactorio, una matrioska que encerrara un cuento dentro de otro cuento dentro de otro cuento. Como el protagonista de “La botija”, declara que el tesoro que buscaba estaba en el trabajo de buscarlo. Y escribe, con satisfacción, el punto final.

Las aventuras del Dr. Steiner

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El día que Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto, Max Brod se preparaba para graduarse como licenciado en Derecho y Arthur Steiner estaba a dos años de convertirse en médico. En realidad, Steiner no deseaba ser un médico de tripas y corazón, pues casi se desmaya en la primera clase de anatomía, en donde el sádico Dr. Stumpler eliminaba varias vocaciones con una disección cadavérica intempestiva. Arthur había emprendido esa carrera con la intención de ser psicólogo. Había descubierto la doctrina psicoanalítica casi por casualidad, hojeando volúmenes en una vieja librería de Praga, en donde compraba más novelas que textos de su profesión. Y como tal tomó la Psicopatología de la vida cotidiana, del vienés Sigmund Freud, de quien algunos se burlaban por charlatán y fantasioso. Freud era un escritor fantástico, y como sucede con los buenos escritores, no importa si lo que escriben es verdad o no, lo que importa es la seducción de la escritura.

Gustav Klimt – Retrato de señora, 1917

Así que, cuando Steiner se graduó algunos años después, abrió una clínica en el centro de Praga y pronto tuvo una considerable clientela de neuróticos y chiflados, que pagaban altos precios por llenar una hora con su propia conversación. Steiner los advertía, desde el principio, que la curación no estaba garantizada, y que las primeras buenas noticias iban a llegar por lo menos en seis años. Advertidos y todo, los pacientes seguían llegando con pasión a su clínica, y con pasión le contaban todo tipo de fantasías que Steiner convertía en metáforas razonables. Otro médico alemán lo convenció de la potencia del inconsciente: el magnífico doctor Groddeck, con su teoría y práctica del “Es”. Groddeck sostenía que, gracias al poder de la mente, uno podía contraer enfermedades, y gracias al mismo poder, las podía curar. 

Steiner comprobó que sus aburridos pacientes no lo proveían de las anécdotas casi literarias con que Freud y Groddeck amenizaban sus libros. A veces, dudaba en clasificarlos como enfermos. Y casi siempre se convencía de que no se querían curar de nada, pues lo que les daba un infinito placer era llegar a su clínica y pasar la hora contando sus banales historias como si fueran episodios de una novela de Dostoyevski o de Tolstoi. Uno de sus pacientes más interesantes fue el que le confesó, asustado, que de las alcantarillas había salido un cocodrilo que se había instalado en la bañera de casa. Sin darse cuenta, Steiner lo clasificó como un paranoico delirante. Comenzó a tratar de indagar en su infancia, en la relación con la madre o con el padre, en algún trauma escolar que le descubriera el origen de la fantasía. Sin embargo, en las largas charlas no salía nada que pudiera convertirse en metáfora del cocodrilo. Según el pensamiento ortodoxo, debería de tratarse de un símbolo fálico. ¿Era un miedo o un deseo? Después de varios meses de tratamiento, el cocodrilo seguía en la bañera. Steiner se dio por vencido. Con varias excusas, liquidó al paciente y no lo quiso seguir escuchando, porque no lograba sacarlo de sus delirios. Mucho tiempo después, Steiner caminaba por las ponderadas calles de su ciudad natal cuando encontró a otro de sus pacientes. “¡Doctor Steiner, qué placer verlo!” Steiner trató de zafarse para evitar la prohibida familiaridad entre médico y enfermo. “Viste usted de negro”, observó. “¿Regresa de un funeral?”. “Sí”, le confirmó el hombre. “Acaba de morir trágicamente un amigo”. “¿Trágicamente?”. “Sí, tenía un cocodrilo en la bañera, y el cocodrilo se lo comió”.

El mayor éxito y la mayor derrota del doctor Steiner la obtuvo con una joven paciente, de cabellos oscuros y ojos tan grandes que casi imponían miedo. La muchacha padecía de una invencible tartamudez, que devastaba la singular belleza que los dioses le habían regalado. El contraste entre su pelo negro y los ojos azules, que evocaban fuego y agua al mismo tiempo, subyugaron a Steiner, que seguía soltero e indiferente al matrimonio, no obstante la presión de su madre que lo veía viejo antes de cumplir los treinta. Steiner llegó a una conclusión bastante rápida: el freno a la lengua de la muchacha era una metáfora del freno que dominaba toda su vida. Hija de padres autoritarios, estaba sometida a un régimen carcelario de prisión a domicilio. Decidió enseñarle el poder de los actos gratuitos de autoafirmación. De este modo, aprovechando que la chica estaba entrenada a cumplir las órdenes que una autoridad le daba, le impuso cometer pequeñas infracciones, casi invisibles, pero que reforzaban la personalidad de la muchacha. Ella obedeció, y a cada sesión regresaba con la satisfacción de haber violado una regla inocente. Una cucharada más de azúcar, un pedazo de torta requerida con imperio a la camarera y luego rechazada, un reclamo no justificado en la tienda de costura, lograron reforzar la estima de la joven. Y una vez que le enseñó a afirmarse, pasó a la segunda fase. Le enseñó a decir “no”. Mientras ella hacía esas prácticas, le lengua se iba destrabando, con gran satisfacción de Steiner, de los padres de la chica y de la chica misma. Pronto, los ejercicios de decir “no” a los insensatos imperativos de la madre le crearon un ámbito de respeto y de fuerte personalidad en casa. Estaba curada. La tartamudez había desaparecido. En la última sesión, Steiner se atrevió y le confesó que a lo largo de ese período se había enamorado apasionadamente de ella. También le dijo que, una vez acabado el tratamiento, visto que no era su paciente, podían considerarse libres y autorizados para satisfacer su amor. Llegó al punto de proponerle ser su novio oficial, con vistas al matrimonio. La muchacha demostró la gran victoria profesional de Steiner. Luego de escuchar con paciencia la retórica declaración del médico, le respondió con un seco, definitivo y sincero: “No”. 

Del humor

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Escuchar algunas célebres boutades, atribuidas a gente igualmente célebre, me ha hecho pensar en el poco frecuente sentido del humor. Hace algunos años, en compañía de un colega bastante famoso por su amplia cultura, paseaba entre los mostradores de una librería. Ejercitábamos ese pasatiempo ocioso de los desocupados lectores de libros. O como decía Schopenhauer: uno compra un libro con la esperanza de que la sola posesión implique haberlo leído. En eso, la vista de mi amigo cayó sobre un volumen. Leyó el título y lo depositó casi inmediatamente en su lugar. “Mira las estupideces que escriben”, me dijo. Yo levanté el libro y me di cuenta que el amigo no había visto el nombre del autor. Era El chiste y su relación con el inconsciente, de Sigmund Freud. Confieso haber leído ese libro, no tanto por descubrir la relación del chiste con el inconsciente, sino para ver si Freud contaba buenos chistes. No, no había tan buenos. En cambio, allí descubrí una de esas verdades que se pueden aplicar a la vida cotidiana. Contamos chistes para obtener la aprobación de los demás. El contador de chistes es un buscador de afecto.

He conocido cuentachistes patológicos. Quiero decir, aquellos que, en lugar de entablar una conversación, te cuentan un chiste tras otro. He entendido que, en esos casos, se abren dos posibilidades: o el cuentachistes no tiene ningún argumento de conversación y rellena ese vacío con sus cuentos, o el cuentachistes cree tener una inteligencia tan superior a la tuya que no te supone a la altura de su erudición y cultura. En ambos casos, el resultado es desastroso. Porque comienzan, los desventurados, con chistes inocuos y la mayor parte descoloridos, y terminan anegados en obscenidades que carecen del don de la gracia.

La mayor parte de los chistes tienen su efecto por la catarsis del reconocimiento. Recuerdo la anécdota de un antropólogo que trabajó con una comunidad peruana, en las alturas de los Andes. Para agradecerles su colaboración, decidió proyectarles una película del Gordo y el Flaco. Durante la proyección, ninguna de las famosas gags de la pareja hizo reír a los de la comunidad. Excepto un momento, que nada tenía de gracioso, en que la concurrencia estalló en una gran carcajada. Asombrado, el antropólogo preguntó a los comunitarios por qué se habían reído precisamente en ese pasaje.  “Es que pasó un perro muy parecido al de Juan, y eso nos dio risa”, le contestaron. Nos hacen reír los cómicos que representan el ridículo de nuestra vida cotidiana, porque reconocemos ese ridículo. También reímos de alivio. Cuando alguien resbala en una cáscara de banano y cae aparatosamente, antes de auxiliarlo, soltamos la carcajada. No nos da risa su desgracia, sino que podríamos haber sido nosotros los accidentados, y el alivio nos hace reír.

Prefiero el humor irónico al humor cómico. El primero te llega a lo profundo pero no te saca más que una sonrisa. El segundo te arranca una carcajada. El secreto de ambas caras del humorismo es saber decir las cosas como si uno estuviera enunciando una cuestión muy seria. Ese contraste hace reír. Tito Monterroso justificó su fama de humorista con tantas anécdotas en la que demostró su agudeza. Mi favorita es cuando él, Carlos Illescas y Otto Raúl González se presentaron, en México, a pedir la renovación del permiso de residencia. Los tres artistas gozaban de una singular baja estatura. Cuando el encargado de los permisos los vio, soltó una carcajada y les soltó una pulla: “¿Óiganme, todos en su país son de esa altura?”, rio el funcionario. “No”, le contestó Tito, muy seriamente. “Los hay bajos”. 

Me gustan, también, las frases que estallan como un latigazo de filoso ingenio. Cuando el Mahatma Ghandi estaba bajando del avión que lo llevaba por primera vez a Inglaterra, luego de ser el líder de las grandes manifestaciones pacíficas por la independencia de la India, un periodista le preguntó: “¿Qué piensa usted de la civilización inglesa?”  El rápido Mahatma le respondió: “Podría ser una buena idea”. El campeón de estas boutades fue Oscar Wilde. Se le atribuye la siguiente anécdota. Una dama lo agredió diciéndole: “Si usted fuera mi marido, le serviría el té con una buena dosis de veneno”. A lo que Wilde le respondió: “Si usted fuera mi esposa, bebería ese té con mucho gusto”. Esa anécdota se le atribuye, también, al desagradable Winston Churchill. Sin embargo, una de las que más me gusta es la de Voltaire. Estando el filósofo en su lecho de muerte, se le acercó un cura y trató de convertirlo in extremis. Le dijo: “Le quedan pocas horas. A este punto de su vida, le conviene aceptar a Dios y renegar de Satanás”. Dicen que Voltaire le contestó: “A este punto de mi vida, no me conviene hacerme más enemigos de los que ya tengo”.

Performers

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Nadie ignora, a menos que quiera lucir de ignorante, que las artes plásticas han derivado en nuevas expresiones del genio de los artistas contemporáneos. Imagino que los coetáneos de Picasso y Dalí no vieron con buen ojo (sea absuelto el chiste fácil) las escaleras cubistas del primero y los relojes desmayados del segundo. Hoy los coleccionistas pagarían millones por lo que, en su momento, hizo surgir comentarios del tipo: “¿Y a esto lo llaman arte?” El arte, hoy, se formula a través de lo que primero se llamó happenings, luego performances y ultimadamente “instalaciones”. Un artista, en Japón, colocó un semáforo en medio de la acera. No en medio de la calle, sino en medio de la acera. El resultado fue sorprendente, aunque no mucho si se toma en cuenta la disciplina nipónica: cuando el semáforo daba luz roja, los peatones, compactos, se detenían, aunque no hubiera ninguna razón para hacerlo; cuando daba luz verde, continuaban su camino. Tal una obra de arte en nuestros tiempos.

Mauricio Cattelan

Uno de los más geniales artistas de nuestro período es el muy conocido Mauricio Cattelan. La última de las instalaciones de este destacado italiano fue anunciar su retiro definitivo. Torrentadas de artículos y entrevistas en los suplementos culturales. Luego regresó a su trabajo, pues el anuncio no correspondía a la verdad de la realidad real, sino al funambulesco mundo del arte contemporáneo. No quisiera referirme a ninguna de las obras que han elevado a Cattelan a la fama: la escultura del Papa fulminado por tierra; la otra, el dedo medio alzado contra la Bolsa de Milán; o los maniquíes que figuraban niños ahorcados, colgados de un árbol en una plaza central.  Quisiera contarles algo que se conoce poco: su primera exposición. Sucede, pues, que el audaz véneto llegó a Nueva York, y su fascinación seductora apasionó a la dueña de una de las galerías más conocidas de la gran urbe. Tanto le contó y le dijo, que la señora le puso a disposición su sala de exposiciones. El problema era que Cattelan, por ese entonces, no tenía obra. Ni una sola. El día de la apertura de la muestra, que llaman vernissage, estaba tan cercano, que, ni queriendo, Cattelan habría logrado mostrar nada. La idea genial fue la siguiente: el día de la inauguración, los emperingados asistentes se encontraron con la puerta de la galería cerrada a piedra y lodo, y en esa puerta, un letrerito que decía: “Cerrada por trabajos”. Los críticos prorrumpieron en exclamaciones de admiración: “Oh, my god!”, los provincianos, mientras los más refinados decían: “Oh, mon Dieu!”. 

De los instaladores que han hecho del propio cuerpo un objeto de arte, la primera es Marina Abramovic, una robusta eslava cuyo carisma explica la fascinación devastadora de Madame Blavatsky a principios del siglo (pero esta es otra historia, otro futuro blog). En You Tube se pueden ver las variadas instalaciones de Abramovic y no se le puede negar un fértil ingenio para inventar hirientes maneras de castigar su cuerpo y despertar el morboso interés del espectador. Recuerdo la instalación que consistía en lanzarse como un toro contra su marido, que había partido del otro lado del cuarto, también él a toda velocidad, el encontronazo devastador, la caída hacia atrás. Y vuelta a comenzar, como dos boxeadores al crepúsculo que solo buscan hacer el mayor daño posible al otro sin posibilidad de ganar nada. ¿Alegoría del matrimonio? ¿Desvelamiento de la violencia del sexo? Los críticos especializados habrán derramado quintales de toner en la explicación. Solo puedo testimoniar que, cuando vi la performance en la que Abramovic se llenaba la boca hasta lo inverosímil de algodón y se lo tragaba casi hasta la sofocación, el deseo de vomitar interrumpió la refinada fruición de tal obra de arte. 

Le ganó a todos una performer italiana. Se le ocurrió una instalación atrevida y arriesgada. Viajó hasta uno de esos países del este europeo que están resurgiendo de las espantosas guerras y masacres de finales del siglo XX. Se vistió de novia y salió a la carretera a pedir un pasaje en auto. No supe nunca cuál era la explicación teórica, si la hubo, de ese montaje artístico. Tampoco sé si hizo uno o varios autostop exitosos. Sé que el sitio era uno de los más peligrosos del mundo. Sé que la recogieron unos destrampados, se la llevaron a un bosque, la violaron repetidas veces y luego la mataron. La más terrible obra de arte, insuperable, se había cumplido. 

El regreso de los Xocop

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Dos han sido las causas para proponer un relato breve y seco. La primera, uno de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande, de Gabriel García Márquez. El cuento se titula “La siesta del martes” y pertenece a la vena realista del autor. La segunda, una película del este europeo, con aspiraciones artísticas, blanco y negro, gallinas que atraviesan las calles, hombres y mujeres de luto, hebreos errantes y protonazis malvados. 

Recuerdo el relato del escritor colombiano. Dos mujeres, una madre y una niña, atraviesan las calles desiertas de lo que será Macondo y ahora es la polvorienta Aracataca, bajo el riguroso sol caribeño, espiadas desde las rendijas del bahareque de las casas por los vecinos, crueles y mojigatos. Van al cementerio, a depositar flores sobre la tumba del hijo, ejecutado por ladrón. En verdad, a lo que va la mujer es a recuperar la dignidad de la muerte, a solventar un luto. El relato tiene la tensión y la altura de una tragedia griega y de allí proviene. De la película recuerdo menos, pero el esquema es el mismo: dos extraños llegan a un pueblo, y su sola presencia es una provocación que descompone la existencia sonámbula de la comunidad, existencia que se apoya en crímenes recientes, sepultados por la memoria de la guerra.

Propongo, entonces, un escenario similar al de un pueblo del altiplano del Perú (o de Ecuador, Bolivia o Colombia): esas altísimas mesetas en donde sopla un viento que no llega a ser helado, pero que atenúa el castigo del sol ciego de los miles de metros sobre el nivel del mar. Barrancos a los lados, y desde sus orillas, paisajes que cortan el aliento y dejan ver extensas mantas de cuadrícula verde en varias tonalidades: los sembrados. Pongamos que el poblado se llame San Andrés, ese lugar a donde se llega en autobús, y que, con los años, se ha enriquecido de un río caudaloso que se debe atravesar en ferry. Pongamos que la capital de San Andrés sea Santa Ana, aunque eso importe poco al relato.

Escancian las horas del día la llegada de los autobuses que vienen de la capital, la bocina vociferante que anuncia su arribo. También, media hora después, la partida. Como a las campanas de la iglesia, ya nadie hace caso. Son como los gritos de los niños que juegan en las calles de tierra, descontados. Todo es igual en San Andrés, y cuando no es igual, nacen las historias de boca en boca.

Un día cualquiera, de viento y sol se ha dicho, bajan dos figuras del acostumbrado autobús. Visten el traje propio del pueblo pero hace rato que no se les veía por allí. El ayudante del chofer pasa por la panadería y advierte: “Llegaron los Xocop”. Un temblor de murmuraciones hace tiritar el aire. “Llegaron los Xocop”. Son un hombre anciano y su hija, fajada y colorida. Caminan despacio y hacen bajar del techo del autobús una maleta grande y, según el esfuerzo del ayudante, muy pesada. 

Le pagan a un mozo para que cargue el bulto y comienzan a subir por la cuesta que lleva al cementerio. La otra vez se dijo que el cementerio de San Andrés está en lo alto, con sus tumbas de colores y flecos de papel sobre las cruces. El dueño de la farmacia palidece, camina lentamente hacia la trastienda y coge un viejo fusil. Los recuerdos lo acosan. Su mujer aparece con el miedo en la cara: “Regresaron. Te lo dije que iban a regresar”. El panadero entra en la farmacia. “¿Los viste?”, pregunta al farmacéutico. El otro hace un gesto con la cabeza. El panadero casi solloza al decir: “Los acusé de guerrilleros porque me lo dijiste….” La dura mirada del otro lo hace callar. Los dos saben la historia: durante la guerra, los Xocop fueron acusados de guerrilleros ante los militares. Los que se salvaron de la segura masacre, huyeron del pueblo. Los Xocop eran los dueños de la farmacia.

Ahora, el señor y la señora que bajaron del autobús van subiendo las calles empedradas de San Andrés. En esos pueblos del altiplano, el corazón palpita con el esfuerzo. Detrás, el mozo carga con dificultad la valija. “Les robaste la farmacia”, dice el panadero. “Yo te creí, creí que eran guerrilleros, porque me lo dijiste”. Con amargura, el farmacéutico le responde: “Y con lo que te pagué abriste la panadería”. Las dos tiendas están en la Calle Real. 

Al llegar al cementerio, los Xocop hacen cavar un hoyo, al mozo y dos más que se añadieron. Luego, depositan allí la valija grande y pesada. Rezan a sus ancestros mientras los jóvenes cavan, y rezan cuando la sepultura se completa. El señor Xocop es un ajquij, y sus oraciones se levantan como incienso al cielo. “Ya cumplí, hija”, dice a la mujer. “Enterramos a tu madre y tus hermanos”. Fuera del pueblo, los antropólogos forenses habían localizado los restos en una fosa común. Cumplida la tarea sagrada, el hombre y la mujer bajan aliviados hacia el autobús que los regresará quién sabe a dónde.

Días después, el panadero se suicida, cargado de malos recuerdos. El dueño de la farmacia es más recio. Sobrevive, con la vista fija en un punto desconocido, despacha las medicinas sin pensar, como si la obsesión de la culpa fuera otro dolor más, otra pesadilla lúcida que se añadiera a las que lo atormentan por las noches.

LA BALADA DE JANE ELLIOTT (Serie en 4 episodios)

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Episodio 4: Ojos azules

El día siguiente era miércoles. Como todas las noches, en esa primavera insólita, había nevado. Briznas de hielo flotaban en el ambiente mientras los autobuses aparcaban frente a la única escuela de Riceville, Ohio. La gente estaba preocupada por la cosecha de maíz. Los alumnos de tercer grado fueron entrando a la clase, en donde ya los esperaba la maestra Jane Elliott. Iba por los cuarenta años, y, según la moda de la época, lucía un peinado bomba en sus cabellos oscuros. Parecía tener una cornucopia invertida en la cabeza. Los niños se sentaron en sus lugares. De un mueble, los de ojos marrones sacaron los collares del día anterior y se los colocaron en el cuello.

-¡Hoy se cambia! -anunció de pronto la profesora, cuando la campana de inició sonó largamente.

-Ayer me equivocaba -confesó, con ambigüedad. -Ayer les dije que los de ojos azules eran superiores. No es verdad.

Los niños la miraron, en silencio, expectantes.

-La verdad es que los superiores son los de ojos marrones.

Un rumor de júbilo salió de la garganta de los niños que llevaban el collar.-

-Realmente, los niños de ojos marrones son más inteligentes que los de ojos azules. Por eso, hoy van a poder servirse dos veces en la comida. Además, los niños de ojos azules no podrán acceder al dispensador de agua. Y los niños de ojos marrones tendrán cinco minutos más de recreo.

Los de ojos azules se miraron entre sí, desconcertados. Uno murmuró: “¡Nooo, empezamos de nuevo!”

-Para comenzar, los de ojos marrones quítense los collares y pónganselos en el cuello a los de ojos azules.

Sería difícil describir la profunda satisfacción con la que los niños de ojos marrones se quitaron el collar y se lo pusieron a sus compañeros.

Esa mañana, la maestra hizo un juego de fonética con algunos niños de ojos azules. Era un juego de velocidad. Uno de los niños medía el tiempo. Al terminar, Jane Elliott le preguntó:

-¿Cuánto nos tardamos?

-Cuatro minutos y medio -respondió el encargado.

-¿Y ayer?

-Tres minutos.

-Estuvimos más lentos hoy -comentó la maestra-. ¿Por qué será?

-Son los collares -le dijo Annalee. -Siento como si me dieran vuelta los ojos.

-Yo también me siento horrible -le comentó la maestra-. Odio mis ojos azules.

En coro, los niños del círculo asintieron.

A mediodía, se repitieron las actitudes del día anterior. Y aunque en el recreo nadie se peleó, Jane Elliott notó que muchos de sus alumnos de ojos azules tendían a aislarse.

Decidió que ya era suficiente. Pensó que dedicaría el tiempo de la tarde a reflexionar sobre la experiencia.

Cuando los niños entraron a la clase, les dijo:

-Los de ojos azules, quítense los collares. – Esta vez, los niños gritaron de júbilo.

-Quiero que se acerquen a la cátedra, todos juntos. Sin diferencia entre ojos azules y ojos marrones.

Los niños se agolparon delante de ella.

-No es cierto lo que les dije ayer, ni es cierto lo que les dije hoy. Era solo un experimento. Los niños de ojos azules no son superiores a los de ojos marrones. Los niños de ojos marrones no son superiores a los de ojos azules.

Quién sabe por qué, los niños estallaron en una carcajada, y se estrecharon aún más. Algunos pasaron el brazo por encima del cuello de su compañero.Todos somos iguales, ¿no es verdad?

¡Síííííí, señora Elliott!

-¿Qué sintieron ayer los de ojos marrones?

Emma Watts respondió:

-Me sentí humillada, rechazada, muy triste… mi mejor amiga no me quería hablar.

Los demás niños repitieron, con otras palabras, haber experimentado la misma sensación.

-Lo que han experimentado en estos dos días se llama “discriminación” -explicó la maestra- ¿Creen que es una actitud racional?

-¡Noooooo, señora Elliott!

-¿Creen que es racional discriminar a alguien por el color de su piel?

-¡Nooooooo, señora Elliott!

Los niños, más que felices, demostraban el alivio de quien ha descargado un quintal de su espalda. Habían aprendido que la discriminación es completamente irracional y que, sin embargo, puede ser inducida por una persona con autoridad.

Quién sabe por qué caminos, la gente se enteró del experimento de Jane Elliott y un periodista la convirtió en noticia nacional. Tres años más tarde, la ABC realizó un documental del experimento, que a ese punto, la maestra realizaba todos los años. El documental se convirtió en material didáctico de escuelas y universidades en los Estados Unidos, y Jane Elliott comenzó a aplicarlo incluso en las cárceles. Catorce años después de haber hecho su primera experiencia, la maestra convocó a los alumnos del tercer grado, ya hombres y mujeres hechos. En una emotiva reunión, confesaron que el experimento les había cambiado la vida. Jamás fueron discriminadores, y, más aún, discutieron con sus padres duramente sobre las actitudes racistas y enseñaron a sus hijos la lección que habían aprendido. Jane Elliott sigue, todavía, enseñando que la discriminación es irracional y arbitraria, a lo largo de los Estados Unidos. Tiene los cabellos cortísimos y grises y un aire monacal, severo y adusto. Como todos los grandes maestros, es sencilla, directa y afable.

LA BALADA DE JANE ELLIOTT (Serie en 4 episodios)

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TERCER EPISODIO: Ojos marrones

Jane Elliott contempló la clase de sus alumnos de tercer grado. A esa edad, los niños tienen por lo menos una gracia que invita a darles una caricia. No hay fealdad que no sea superada por el crudo candor primitivo en un niño: pueden ser crueles y adorables, sucios e inmaculados, insolentes y cariñosos. No se requiere esfuerzo para amarlos: se requiere paciencia. Comenzó, entonces, el experimento con ellos.

-¿Quieren saber lo que se siente ser discriminados? -les preguntó.

-¡Síííííííí! -fue la respuesta natural.

-Entonces -declaró-, vamos a dividir la clase entre niños con los ojos marrones y niños con los ojos azules.

Los alumnos la miraron, extrañados. Pensaron, cada quien, en el color de sus ojos.

La maestra prosiguió:

-Como yo tengo los ojos azules, voy a decir que la gente de ojos azules es superior

-¿Superior? -repitieron algunos, con asombro.

-Sí. Son superiores. Las personas de ojos azules son más inteligentes que las de ojos marrones.

Ray casi salta en su pupitre:

-¡Mi papá no es tan estúpido! -dijo.

-¿Tu papá tiene los ojos marrones? -le preguntó la maestra.

Ray afirmó con la cabeza.

-El otro día me dijiste que tu papá te había pegado -la maestra asestó a Ray un golpe bajo.

-Sí -se defendió Ray- pero eso no quiere decir que sea estúpido.

-Tom -la maestra se dirigió a un compañero-. ¿Tu papá te pega?

-¡No! -respondió Tom.

-¿De qué color tiene los ojos tu papá, Tom? -inquirió la maestra.

-¡Azules! -se regodeó Tom con la respuesta.

Aquí está la prueba -afirmó la maestra aunque Ray meneaba la cabeza insatisfecho-. Los de ojos azules son superiores.

Jane Elliott siguió dando disposiciones:

-El día de hoy, los de ojos azules tendrán cinco minutos más de recreo.

Los niños de ojos marrones se miraban entre sí, desconcertados.

-Además -enunció la maestra, arbitraria- los de ojos marrones no podrán acceder al dispensador de agua. Solo los de ojos azules.

-Por último -remató- los de ojos azules podrán repetir el plato de la comida a mediodía. Los de ojos marrones, no.

Para terminar, Elliott les asestó el golpe final.

-He preparado unos collares de tela. Los de ojos marrones se los pondrán al cuello para ser reconocidos.

Desde la cátedra, pudo observar cómo se distinguían claramente unos de otros. Y cómo los que llevaban el collar al cuello mostraban algo de vergüenza. El resto de la mañana siguió con la rutina escolástica: algo de matemáticas, algo de ciencias naturales, algo de literatura. Los chicos de ojos azules se veían contentos, y respondían con facilidad a las preguntas. Los de ojos marrones tendían a equivocarse, a susurrar, a tropezarse.

A mediodía, se cumplieron las órdenes de la maestra. No solo los de ojos azules se sirvieron dos veces, sino que se sirvieron primero. Después de comer, los niños salieron al patio nevado, se balancearon en los columpios, jugaron con una pelota, conversaron entre sí…. No todos. Algunos de los de ojos marrones se quedaron aislados, en una esquina, sin nadie que les hablara.

Al regreso a clase, Jane Elliot preguntó a Matt Hathaway:

-¿Es verdad que le pegaste en el estómago a Mark?

-Sí -admitió Matt.

-¿Por qué hiciste eso?

-Me llamó “ojos marrones”, y entonces yo le pegué.

La maestra pensó que una expresión anónima, “ojos marrones” se había vuelto un insulto.

Al terminar la tarde, la división de la clase se había consumado. Los de ojos azules se sentían superiores y los de ojos marrones aceptaban su inferioridad. Cuando sonó la campana de salida, todos se pusieron los abrigos y salieron corriendo hacia los autobuses escolares.

-Mañana no se olviden de sus collares -les advirtió la maestra a los de ojos marrones. Alguno le devolvió una mirada de odio.

No sabían que al día siguiente les esperaba una sorpresa.

(Continuará)…

LA BALADA DE JANE ELLIOTT (Serie en 4 episodios)

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EPISODIO 2: una idea genial

El 5 de abril de 1968, el día amaneció gris y nevado en Riceville, Ohio. Jane Elliott constató, al levantarse, que la primavera no daba señales de vida. Desayunó y se fue en auto a la escuela donde enseñaba a los alumnos del tercer grado. Estaba desvelada. La noche anterior habían asesinado al Martin Luther King y en los grandes centros del país habían estallado revueltas particularmente violentas. La televisión mostraba vitrinas rotas, largas columnas de humo que se levantaban en los barrios del centro, imágenes confusas de policías que arrastraban gente hacia los celulares. Se había acostado tarde viendo las noticias. También porque había pensado que tenia la obligación de hablar con sus alumnos sobre lo ocurrido. Riceville estaba lejos de todo: era una pequeña ciudad en el ombligo de los Estados Unidos: todos blancos, todos rubios, todos protestantes. Ciudades en donde nunca pasaba nada. Inviernos rigurosos con montañas de nieve en las calles; veranos calientes hasta la exasperación, con correrías por los campos de maíz, en donde las chicharras no se cansaban de ejercitar sus élitros. ¿Cómo explicar a los niños, sin caer en la retórica, y, por tanto, en el olvido, qué era la discriminación racial? No se durmió hasta que tuvo una idea. Algo atrevida, pero posible.

Condujo su automóvil en las calles apenas limpias por el quitanieves. Las llantas hacían un ruido como si estuvieran machacando granos de arroz. El resplandor blanco molestaba los ojos. Cuando llegó a la escuela, los autobuses amarillos que llevaban a los niños desde los condados más lejanos estaban aparcados en fila, a lo largo de la calle, delante de la entrada. Años después, Jane Elliott iba a declarar: “Se me acercó un alumno y me dijo: ‘Señora Elliott, anoche mataron a un rey’.” La ingenuidad de su alumno le hizo ver que no había entendido lo que había pasado. Confirmó que su intuición era buena. Y decidió hacer el experimento.

Por esa época, estaban estudiando las culturas nativas de los Estados Unidos. Como a la maestra Elliott le gustaban las cosas prácticas, aparte de las nociones teóricas sobre los indígenas, también quiso que sus alumnos construyeran un simulacro de pueblo originario. De ese modo, estaban haciendo unos pequeños teepees, tratando de imitar los adornos que los Sioux les ponían. Cuando habían hablado de la cultura de los sioux, ella les había recordado un proverbio de esa cultura: “Si quieres saber lo que piensa una persona, camina en sus mocasines por tres días”. De eso se trataba, de ponerle a sus alumnos los mocasines de los sioux.

Así que comenzó la clase preguntando a los niños si recordaban que ese día se celebraba la Fraternidad. Tuvo el tacto de no hablar del asesinato de King. Los niños respondieron en coro, como siempre: “¡Síííííí, señora Elliot!”

– ¿Y qué es la hermandad?

– Tratar a los demás como si fueran hermanos – dijo uno.

– Tratar a los otros como yo quisiera ser tratado – acertó un segundo.

La señora Elliott hizo una pausa.

– ¿Y existen, en los Estados Unidos, gentes a las que no tratamos como hermanos?

– Sí, señora Elliot -contestó un tercero.

– ¿Quiénes son, por ejemplo?

– ¡Los negros! -saltó uno.

– ¡Los indios! -dijo otro.

– ¡Los japoneses! – un tercero.

La maestra recorrió el aula con la vista. Los niños estaban ligeramente excitados.

– ¿Qué se dice de esas personas?

– Que huelen mal… – intervino uno de los primeros.

– Que no quieren trabajar…

– Que son estúpidos.

El último la asombró:

– Pareciera que no tuvieran derecho a estar en nuestro mundo… ¡Que regresen a África!, dicen.

A ese punto, los niños estaban listos para comenzar el experimento. Y la maestra Jane Elliott dio inicio a ese experimento.

(Continuará…)

Episodio 1: https://wp.me/p5jPCy-Hz