María

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Diego vagaba de nebulosa en nebulosa, como el enano príncipe de Saint-Exupéry, en un estado que se parecía mucho a la imaginada “sensual hiperestesia humana” de Darío. Tendrían que pasar muchos años para que se diera cuenta de que el artificio romántico y la pose modernista habían creado la ilusión de lo sublime, lo genial y lo maldito, cuando en realidad no había arte sin duro trabajo, sin riguroso oficio, sin disciplina. Vivía en un estado de exaltación permanente, con los nervios a flor de piel, y con fugas de la realidad que se parecían peligrosamente a las chifladuras. Se le dio por componer canciones, generalmente horribles, y se abstraía en los lugares menos adecuados para ponerle letra a las melodías que se le venían a la cabeza. Una vez, en clase de Madame, lo acometió la inspiración y comenzó a tararear en voz baja, mientras los demás alumnos hacían sus tareas. Uno de ellos, que Diego consideraba campestre, rupestre y pedestre, hizo un gesto a Madame, como diciendo mire este loco, y Madame, que comprendía a los verdaderos artistas, le hizo otro gesto como respondiendo déjenlo en paz.

Aparte del grupo de amigos que se reunía en casa del Flaco, Diego prefería la amistad de ovejas negras, balas perdidas, amigos bohemios desmadrados, borrachos, marihuanos y drogatas a según. Por lo general llegaban a su casa a escuchar música, porque Diego, con el primer salario de maestro, se había comprado un tocadiscos Philips que tenía la mayor novedad de esa época, la estereofonía, y había colgado una bocina en la parte más alta de la pared y otra, en el otro extremo. Los amigos llegaban y oían con devoción de monje budista a los Creedence Clearwater Revival, a los Beach Boys, a los Dave Clarke Five, a Gerry y los Pacemakers, a los Rolling Stones, y había quienes parecían entrar en unión mística con alguna divinidad psicodélica, mientras un trance musical se los iba llevando por un camino de strawberry fields forever.

En una de esas, tocó a la puerta de su casa uno de sus amigos, con quien se llevaba mejor gracias a las notables diferencias que los unían. El amigo se llamaba Pocho, o le decían, y vivía la vida que Diego habría querido llevar. Se emborrachaba hasta la inconsciencia en las cantinas de su barrio, y luego se iba a su casa armando escándalo, trifulca y pendencia si era necesario. También variaba de novia cada quince días, y al principio eran enamoramientos de pasión encendida, para terminar en bataholas bestiales con muchachas de armas tomar, que lo mandaban al diablo a veces a bofetadas. Pocho se ponía morado de marihuana y esto era lo de menos. Lo de más era su afición a las pastillas de LSD que se lo llevaban por frondosos y floridos laberintos mágicos. “Ayer vi una puesta de sol desde mi cuarto que era la pura onda chilera”, le contaba a Diego. “Lo malo es que mi cuarto no tiene ventanas”, se reía.

El Pocho había tocado a su puerta porque el día anterior se le había ido la mano con el LSD y frente a casa de Diego le había asaltado una alucinación irrecusable. “Dejame sentarme y oír música”, le suplicó. “Al menos hasta que me recupere. Es difícil caminar por el asfalto de la Avenida Santa Cecilia entre ceibas de colores, mariposas gigantes, hipopótamos berreantes y serpientes que te asaltan desde las ramas de la selva”. Se pasaron la tarde conversando y lo que más llamó la atención de Diego fue la jerga hippie de su amigo. Hablaba con palabras que todos los jóvenes usaban en esa época, y esas palabras se le quedaron estampadas en la mente. Cuando Pocho se fue, Diego fue a la máquina de escribir, y en cinco minutos había compuesto un minicuento que parodiaba María, de Jorge Isaacs, con el lenguaje de su amigo Pocho. Para Diego, era un ejercicio de estilo, y como los minicuentos estaban de moda, nada mejor que condensar todo en media cuartilla.

Pocos días después, pasó por su casa otro amigo destrampado, un poeta de gafas gruesas y hablar vehemente, rudo y colérico, caparazón con la cual ocultaba una ternura que era su lado débil. Le iba de perros con las mujeres y no tenía amores sino tormentosos romances de escándalo, drama y tragedia. Llegó, pues, este amigo y le pidió algo para publicar en el suplemento cultural de un periódico. Diego le dio tres minicuentos. Uno de ellos, la parodia de María. El domingo siguiente, compró tres ejemplares del periódico, y se solazó releyéndose en letras de imprenta, como si lo que había escrito fuera otra cosa, un grado más alto en el prestigio y la gloria.

Estaba paciendo su neurosis, el lunes por la mañana, cuando lo llamó su tía. “¿Qué escribiste ayer en la prensa?”, le preguntó la señora al otro lado del teléfono. “Unos cuentos”, díjole el banal Diego. “¿Por qué?” “Porque en el programa de radio “El club de la olla y la sartén’” te están crucificando las amas de casa”. Ese programa se transmitía por las mañanas y lo oían las señoras que preparaban la comida para la familia. Consejos de limpieza, recetas de cocina, consultas del corazón y noticias rosa llenaban las tres partes de su contenido. El resto eran anuncios. Pues las amables y queridas radioescuchas estaban bombardeando la radio con llamadas de protesta contra ese escritorzuelo, periodista, cagatintas analfabeta llamado Diego Cosenza que había osado manchar con malas palabras el mito romántico adorado por las damas de América Latina: María, de Jorge Isaacs. Las señoras se pasaron la mañana insultando al obsceno autor de la parodia, y Diego alzó los hombros: “Si a las señoras del «Club de la Olla y la Sartén» les cae mal lo que escribo, no voy por mal camino”, pensó.

Lo malo comenzó al día siguiente. En el cotidiano más difundido en el país, salió un artículo de segunda categoría en el que se afirmaba que Diego Cosenza no existía, sino que probablemente era el seudónimo de un enfermo mental, un drogado, un peludo, un inadaptado, un amargado, un frustrado, que desahogaba sus defectos escribiendo obscenidades contra los símbolos de la gran literatura latinoamericana, como lo era María, de Jorge Isaacs. Diego leyó con asombro la diatriba, pero imaginó que sería algún anciano redactor falto de temas, que seguía la línea de las señoras del “Club de la Olla y la Sartén”.

Diego se equivocaba. En los siguientes veinte días, los redactores de ese periódico no ignoraron el insulto y difamación. Ahora, Diego abría el periódico con el temor, justificado por lo que hallaba adentro, una nueva embestida en su contra. El delirio periodístico fue in crescendo y culminó con un editorial del director en persona intitulado: “DIEGO COSENZA NO ES UN SEUDONIMO; ES UN ANONIMO”. El artículo comenzaba con la frase: “Lo que escribe ese degenerado no es digno de empapelar las paredes de un water closet”. Seguía con los insultos de siempre. Doña Trinis leyó, vio a Diego y le preguntó: “¿Y no vas a contestarle a este imbécil?” Diego le explicó que no. Que las obras literarias se defienden por sí solas y que es patético que un autor salga a explicarlas o a defenderlas. “Entonces voy a ir yo a romperle la cara a ese energúmeno”, anunció su señora madre. Diego tuvo que hacer uso de todos sus recursos de súplica para evitar que doña Trinis cumpliera con su amenaza.

La campaña moralizadora cesó cuando otros escritores aprovecharon la oportunidad para desahogarse, con palabrotas y todo, contra los periodistas conservadores. Desinhibidos, los colegas esgrimieron falacias, insultos populares, groserías mayores y amenazas físicas. Al final, cuando se descubrió que Diego Cosenza existía de veras, los difamadores se dieron cuenta de que habían cometido varios delitos y se batieron en retirada. Diego se quedó destrozado por unas semanas, pues verse insultado todos los días quiebra a cualquiera. Con el tiempo, se dio cuenta de dos cosas: que si sus cuentos provocaban una reacción tan violenta, era que valían la pena; que los periodistas conservadores al haberlo mencionado tanto y tan constantemente, lo habían hecho famoso en el país. Ahora sí que podía sentirse un escritor.

Meses después, ganó por primera vez un premio literario: el tercer lugar en el concurso de cuentos de Quetzaltenango. Era el primer fruto de su mala fama.

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Huelga de dolores

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La Universidad, las clases en el Colegio, el cochecito y el eros  indescifrable llenaban los días de Diego en esos que eran sus veinte años. Ya desde los primeros cursos Diego concluyó que la vida universitaria no autorizaba un esfuerzo literario. Años después, supo que había notables “novelas de campus”, pero la mezquindad de la lóbrega academia le parecía anodina, o, a lo más, tan despreciable como las calumnias de cualquier empresa en donde los seres humanos se enfrentan unos contra otros armados de soberbia, envidia y ambición. Peores y mejores cosas había fuera de los muros universitarios y más dignas de ser contadas.

Excepciones había, como las deliciosas clases de lengua francesa impartidas por una minúscula y quebradiza señora parisina, que el azar había casado con algún burgués autóctono. Entre los lujos más apetecidos por la aristocracia criolla estaba el matrimonio con extranjera, preferentemente gringa, mejor si europea, máximo si francesa y rubia. Madame Ibarreigoicochea, por obvias razones patronímicas, era conocida solo como “Madame”. No había otra en la Universidad. Hablaba el español con frecuentes incursiones en el acento agudo y con la prestigiosa “r” gutural que Diego trataba de imitar y que causaba las burlas de sus compañeros.

En esa época, el idioma culto por excelencia era la lengua de Proust, y todos los aspirantes a escritores se inscribían en la clase de Madame, con resultados disparejos. Desde su tímido banco universitario Diego conoció a gente que iba a pasar a la historia del país, y que para él eran modelos de bohemia y rebelión. Había un muchachón alto, de frondosa melena y barba abundante, que se ponía una especie de cencerro en el cuello, para escándalo y extravagancia del universo, y tal parecía un Ulises recién salido de la Odisea, acompañado siempre de una novia en miniatura, a la que nadie echaba ni siquiera una mirada, por la corpulencia del montañoso novio. Llegaba a la clase y Madame, falsamente severa, lo regañaba: “Juan Albegtó, es el octavo que inicias el primeg año de froncé”, le decía, seducida por la simpatía de su alumno. “Algún día aprenderé”, le contestaba el muchacho con una carcajada que parecía retumbar en las cuevas de algún cíclope homérico. Nunca aprendió. Al poco tiempo, un escuadrón de la muerte lo convirtió en uno de los primeros desaparecidos del país. Su madre comenzó a protestar públicamente (perdido el hijo, poco le importaba perder la vida) y, un día, cuando se paseaba con un cartelón de protesta frente al Palacio Nacional, como una solitaria madre de plaza de mayo, los militares le mandaron una ambulancia que la recluyó en el manicomio.

Más que idioma, constatado el pétreo oído de sus alumnos, Madame enseñaba literatura francesa. Por esa época, Diego se entusiasmó tanto que aprendió con empeño, aunque le costaba un triunfo decir las frases más simples. Cosas le quedaron en la cabeza, como que “le petit pont” se dice “lup’tipó”, cosa incomprensible, pues si había vocales que no se pronunciaban, ¿para qué se escribían? Aprendió también algunas frases, como “Avec de la patiente, on s’arrive a tout”. Pero hasta allí llegaba su francés oral. Mejor le iba con el escrito y después de El principito, arremetió con la obra completa de Saint-Exupéry, de modo y manera que en el examen final escribió varias hojas sobre la novela realista francesa, con todo y anécdotas copiadas de Hauser, lo cual hizo exclamar a la celestial Madame: “O la là! Nous avons un professeur de litterature!” y como era parisina, no se sabía si era halago o burla.

También en la Universidad, Diego se hizo fama de escritor, pues publicaba cuentos en los suplementos culturales de los periódicos. Algunas veces copiaba el discurso directo de Joyce, a quien no había leído, o el suave discurrir de Virginia Woolf, a la que estaba leyendo; otras, las audacias de Henry Miller, sin la experiencia de vida de Miller; otras, el escueto estilo de Hemingway, de quien Faulkner había dicho: “Es un escritor que escribe con miedo”; muchas veces, a Miguel Ángel Asturias y su barroco guatemalteco. Una vez, al entrar a la clase de Antropología, una mujerona impresionante le dijo: “¿Vos sos Diego Cosenza, el cuentista?” Era la primera vez que lo llamaban cuentista. “¡Qué buenos cuentos escribís, vos!” Diego se batió en retirada.

Mucho tiempo de la aplicación universitaria se pasaba en la cafetería, discutiendo arduamente sobre técnicas literarias mal sabidas, sobre teorías filosóficas mal aprendidas y peor digeridas, sobre malos y buenos profesores… De vez en cuando, pasaba un muchacho del Oriente del país, flaco, amarillo y con un ligero bigote de Rodolfo Valentino. Era el líder de la Asociación de Estudiantes de su Facultad, quizá Economía o Derecho. Por la violencia de la política, andaba armado y no disimulaba la pistola en la cintura. Aquel muchacho tenia un coté literario. Se sentaba frente a Diego y, brusco, le decía: “Así que vos escribís”. Diego no podía dejar de admirar a esos hombres resueltos a cambiar el mundo con la desesperación de la utopía. El líder sacaba de su bolsa unas hojas escritas a máquina. “Yo también escribo cuentos”, le dijo. “Leélos y me decís qué te parecen”. La semana siguiente Diego le decía que le parecían magníficos, aunque eran demasiado regionalistas, demasiado didácticos, demasiado ideológicos. Muchos años después, iba a reconocer el violentado rostro de su trágico amigo entre los guerrilleros caídos en el asalto a una casa de un grupo revolucionario.

La Universidad también era la goliardía. En sincretismo pagano y católico, los estudiantes de la nacional, autónoma y tricentenaria “San Carlos”, suspendían las clases para celebrar la Huelga de Dolores, que empezaba un mes antes del Viernes Santo. Durante ese período, cada Facultad elegía un “Honorable Comité”, compuesto por facinerosos de gran agudeza verbal, que cada semana publicaban un Boletín en el que desahogaban todas las frustraciones y la rabia de los estudiantes. Los chismes, defectos y corrupciones de las autoridades universitarias pero sobre todo de las autoridades políticas nacionales salían a luz, en un estilo quevedesco y gongorino muy apreciado por la agudeza de ingenio y el alarde de estilo: calambures, metáforas, retruécanos, metonimias y juegos de palabras competían con los apodos y las más sonoras obscenidades aplicados a los principales personajes de la política y de la cultura del país. Quizá allí nació el célebre epitafio de un profesor de apellido Aguado, para quien los estudiantes propusieron escribir, sobre su tumba: “Aquí yace tieso quien en vida fuera Aguado”. O de un joven escritor, compañero de una célebre poeta de nombre Luz: “¿Por qué Fulano es insomne? ¡Porque duerme con la Luz prendida!” Y todo se cerraba con un desfile que recorría la principal avenida de la capital, en donde los estudiantes competían por elaborar la mejor carroza carnavalesca en donde se ponía en la picota a curas, militares y empresarios. Años después, Diego comprobaría, melancólicamente, la semejanza de la goliardía universitaria con el desfile del gay pride, tal era la cantidad de estudiantes que se disfrazaban de mujer.

Diego logró entrar en el comité de huelga de su Facultad. Comprobó que no todo es como parece. A él le tocaba redactar el boletín, pero no le salía tan gracioso como hubiera querido. Las reuniones del comité eran competiciones para ver quién bebía más de la cerveza que regalaba la Cerveceria Nacional. Era tanta, que la empresa no donaba botellas, sino barriles, que cada viernes se ponían a disposición de los alumnos en el patio de la Facultad. Hacia el final del período, Diego fue invitado por el presidente del comité, y así se enteró que se había robado un barril de cerveza y que bebía, en su casa, de la noche a la mañana. Eran días de bacanal y juerga, después de lo cual comenzaba la cuaresma, Jesús azotado y escarnecido, Cristo en la Cruz, la Virgen de las Siete Espadas, el Señor Sepultado, la cuaresma, la cuaresma, el luto y el dolor, esto es, la vida.

El cochecito

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Un año y varias desventuras después, Diego Cosenza regresó a la Universidad. Tuvo que caer en cama acosado por neblinosas y fantasmales angustias; tuvo que acudir a la magia del doctor Castrillón para emerger del pantano de arenas movedizas en que se estaba hundiendo; tuvo que tocar con la punta de los dedos la frontera de la locura y ver que no era cosa buena aunque romántica; tuvo que reconocer, en fin, que los seres humanos gozamos de potentes debilidades y que el conocimiento de esas debilidades podrían ser nuestra fuerza. Desmejorado, demacrado y anoréxico, Diego era la estampa de lo que se imaginaba un artista joven al borde mismo de volverse póstumo y sin obra. Cuando su padre lo vio en ese estado y supo que Diego había abandonado la Universidad, le dijo, seco: “Mirá, mijo, estudiá lo que se te dé la gana, sacá la carrera de alcornoque si querés, pero volvé a la Universidad”.

Para ayudar con un milagro, en el año en que el Flaco y Diego dejaron la Universidad, los mismos estudiantes acabaron con los Estudios Básicos a través de una huelga general que dejó desoladas a las autoridades, con la amenaza de que el siguiente paso serían devastadoras manifestaciones por las calles de la ciudad. Al año siguiente, las Facultades comenzaron a funcionar como antes, con los estudiantes de derecho que estudiaban derecho; los de economía, economía; los de medicina, medicina, y no matemáticas, historia o filosofía.

El Flaco, después de que la chinita de la que estaba enamorado dio contundentes muestras de indiferencia, desapego, tibieza, desafección y displicencia, no obstante el inflamado amor hacia la amada en que el amado se inflamaba, tuvo una de esas reacciones que eran todas suyas: pagó apatía con desgano, desamor con hielo, descuido con desidia y abulia con desinterés. Dejó de comer misteriosos caramelos agridulces, de comprar sonrientes budas panzones y de consumir compulsivamente wan-tan y chao-mein. Dejó, en fin, de interesarse en los amores, con sus deseos y devaneos, para dedicarse a los estudios. Entró a la Facultad de Ingeniería Química, en la que se iba a graduar con grandes honores.

Diego, por su cuenta, entró a la Facultad de Humanidades, para más señas a la carrera de Letras y junto con él, ese año, entraron un montón de jóvenes, para sorpresa, espanto y maravilla de los maestros, acostumbrados a tener alumnos de madura edad, en general profesores de secundaria deseosos de mejorar su curriculum. Lo mejor de todo era que había más mujeres que hombres, y las chicas que estaban destinadas a ser sus compañeras eran una mejoría notable respecto de las clases de secundaria, formadas solo de varones. Diego, acosado por las crisis de angustia que, a traición, lo acometían en público, había hecho un pacto consigo mismo: si el ansia subía a niveles insoportables, abandonaba la clase sin explicaciones y se regresaba a su casa. El truco dio resultado, porque después de algunos abandonos, permaneció en la mayoría de las clases, sobre todo cuando ocurrió algo inesperado: comenzó a sacar buenas notas en los exámenes y entre sus maestros había quienes le reconocían talento para las letras, y esas observaciones eran dulces halagos para la devastada ánima de Diego, como si con una brocha gorda le untaran un bálsamo de piedad y amable consuelo.

Como las clases en la Universidad estaban pensadas para estudiantes trabajadores, comenzaban a las 5 y media de la tarde y terminaban a las ocho y media de la noche; y como el campus de la San Carlos estaba muy lejos del centro de la ciudad; y como el servicio de autobuses era pésimo de todo pesimismo, malo de toda maldad, y eterno en la eternidad; y, por último, como todos los amigos de Diego se habían comprado un automóvil: el Flaco se movía en la camioneta nueva; el Mono tenía uno de los primeros Toyota que llegaron al país; Josema remedió un artefacto alemán de orígenes inciertos, un Hansa, carromato de marciano diseño y desportillado al grado de amarrar con un lazo las portezuelas; dadas esas premisas, Diego comenzó con la tarabilla de que un automóvil era necesario para sus estudios. Habría fulminado a don Salvatore Taormina, quien se permitió opinar que Diego quería tener carro solo para imitar a sus amigos.

Al fin, don Roberto Cosenza llegó a un acuerdo con Diego. Iban a comprar un automóvil, con la condición de que Diego pagaría la mitad de las cuotas con su sueldo, y la no menos indispensable condición de que el vehículo tenía que ser Fiat, en honor a don Giuseppe Cosenza que yacía ignaro de esos homenajes en el Panteón Italiano. Así fue. Un amigo de esos que nunca faltan para tales negocios, estafó a don Roberto Cosenza que de mecánica entendía menos que de fútbol, y de ambas materias era semianalfabeto. Le vendió un Fiat 1100 con más de 100 mil km. de recorrido, algo así como un rocín flaco y sarnoso, famélico y tembloroso, no ajeno a pulgas y sabañones, listo para irse a la tumba.

El puntazo torero para el Fiat 1100 se lo propinó Diego, con la pequeña ayuda de una de sus hermanas. El día que el coche estaba listo para la entrega, Diego fue a recogerlo sin haber conducido nunca en su vida. A él le parecía suficiente haber visto cómo conducían sus amigos. Lo llevó de la agencia a la casa, con la emoción del cantante que por primera vez sale a escena. Por la noche, antes de ir a guardarlo, hizo un recorrido por la ciudad, atravesó el centro, llegó al final de la sexta avenida y regresó por la Santa Cecilia. Solo cuando lo metió al parking se dio cuenta de que, esa primera noche, había conducido con los faros apagados. Por suerte, ninguna patrulla policial lo sorprendió ni tampoco cruzó calles sin iluminación.

Al día siguiente, decidió ir a dar una vuelta a la Avenida de las Américas. Iba despacio y con prudencia, aunque más que prudencia habría que hablar de miedo. De todas formas, llegó al final de la Sexta Avenida, y trató de enfilar el Bulevar Liberación. Por estar viendo si venía tráfico de ese lado, no se dio cuenta, al cruzar a la izquierda, que se estaba yendo a estrellar contra un poste de la luz. Cuando vio el poste era demasiado tarde. El golpe le pareció imaginario, parte de alguna pesadilla. Como iba tan despacio, el daño fue escaso, pero no tanto como para no ir al taller del paisano don William Tarantini, quien lo vio entrar y movió la cabeza, con paciencia y resignación. “Muchiachio”, le dijo. “Se hai comprado il caro solo ieri, e ya hoy lo chiocaste”. Luego dijo lo de siempre: “Los paisano se matan por conducir como loco, en cambio los de aquí se matan por brutos”.

Apenas el automóvil salió del taller, su hermana Rosa quiso conducirlo. Como maestra de prácticas de automovilismo se ofreció la tía Coco, que era joven y tenía un cochecito. Para ir a probar a un lugar seguro, pidieron permiso para usar el amplio patio del Colegio Don Bosco. Diego se había ido a dormir la siesta, mientras su hermana jugaba con el juguete nuevo. Lo despertó la sirena de una ambulancia. En medio del enorme e infinito patio del Colegio, ancho como el desierto del Sahara, el único obstáculo existente era una sólida columna de cemento, que servía como base para una de las canastas del campo de básquetbol. Como si el cemento fuera un imán, allí había ido su hermana Rosa a romperse la cara con todo y automóvil. Cuando la tía Coco le dijo: “¡Frená!”, Rosa oprimió con todas sus fuerzas el pedal del acelerador. Le salió mucha sangre de nariz y por eso llegó la ambulancia. Había que ver la cara de antología que puso don William Tarantini cuando vio llegar, en menos de un mes, la grúa que arrastraba el Fiat 1100 con la trompa completamente destrozada ante el invicto paral de cemento. Aún sometido a tan duras pruebas, el fiatillo, como era llamado en casa, resistió por varios años más, hasta que el empleado nuevo de una gasolinera, en lugar de echarle agua al radiador, abrió la tapa del motor y roció generosamente válvulas y pistones, en una masacre que el mismo William Tarantini se resistía a creer que fuera verdad.

Fuera de juego

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Las ubicuas alas de una polvorienta mariposa mueven el aire y desencadenan una fortunosa serie de eventos hasta procurar un terremoto en Japón. Pareciera un apólogo y es, en cambio, una catastrófica teoría científica. Diego pensaba que, en sus propios términos, podía traducirse como “una estupidez (en el sentido de cosa pequeña) puede tener consecuencias mucho mayores de las que uno se imaginaba al cometerla o simplemente enunciarla”. Todo comenzó durante el segundo año de la universidad.

Mientras en el primero de estos años se trataba de materias tan generales que todavía el grupo de amigos, Josema, el Mono y el mismo Diego podían seguir estudiando juntos en la casa del Flaco, entre una guitarreada y una taza de café, en el segundo, en cambio, ya las carreras se bifurcaban y los de materias técnicas iban por un camino, y por otro iban los de materias humanísticas.

El bebedor de Francisco de Goya, 1777

Ese primer año fue Jauja y ríos de leche y miel, la Universidad era más divertida de lo que uno se imaginaba y los amigos se reunían por las tardes para repasar juntos, sobre todo cuando se acercaban los exámenes. El Mono se encargaba de repasar Matemáticas, y fue la última vez en la vida de Diego que pudo resolver largas ecuaciones como si fueran amenos crucigramas o relajantes juegos de sociedad. Lástima que, a la hora de los exámenes, a Diego se le confundían las neuronas y terminaba perdiendo las pruebas una detrás de otra. Los amigos no se explicaban la atorazón mental de Diego, pues durante las sesiones preparatorias parecía un perico desatado.

Para gramática y filosofía, era Diego el que tomaba la batuta y bien le iba con la gramática estructural de Ofelia Kovacci, de moda por esa época, la última novedad llegada de Buenos Aires y que le daba caravuelta a las añejas tradiciones de la Real Academia Española. Ocurrió aquí un episodio gracioso que está bien referir para no hacer las cosas tan pesadas. Resulta que los profesores de Lenguaje pidieron a sus estudiantes que compusieran un cuento. Para Diego fue pan comido, pues por esa época comenzaba a publicar incluso en la sección cultural de un periódico muy vendido porque cada día sacaba, en la página central, un afiche a colores con una conejita de Playboy completamente en pelotas. Los otros amigos entregaron la primera patochada que se les ocurrió. Menos el Flaco, quien, con extrema languidez, le pidió a Diego que escribiera un cuento en lugar suyo.

Diego entregó su relato, lleno de esperanzas, a “Préstamo”, que era por desventura su maestro. Como la calificación sería entregada una semana después, Diego pasó angustias de parturienta por ocho días exactos, y al final se quedó con las cajas destempladas porque don Préstamo no se había tomado la molestia de leer los cuentos de sus alumnos, democráticamente había asignado el mejor resultado a todos, y Diego sintió el fracaso del escritor, el abismo de la incompetencia, el dolor del artista incomprendido. Lo salvó una de esas payasadas de la vida que lo hacen reírse a uno para siempre. La maestra del Flaco, en cambio, era persona seria y preparada, por lo que leyó cuidadosamente todos los cuentos, dio diferentes evaluaciones a cada uno, señaló errores de gramática y ortografía con lápiz rojo y al final, preguntó por el Flaco. “Soy yo”, dijo el indagado, con el temor de recibir una abundante regañada por haber copiado el cuento. En cambio, la maestra le dijo: “Lo felicito de corazón. Usted tiene talento para la literatura. Ha escrito un cuento excepcional. ¡Tiene que seguir escribiendo!”. El Flaco se puso colorado, y la maestra pensó en la timidez del joven talento. Y en el resto del año, el Flaco fue el alumno favorito en su clase de Lenguaje. Diego y el Flaco se rieron toda la vida de ese incidente.

No fue tan gracioso ni tan simpático el segundo año. Allí se separaron los amigos, cada cual a lo suyo. Diego y el Flaco solo se ponían de acuerdo en ir juntos a la Universidad, pero las aulas eran distintas. Se encontraban a la salida, pues Diego no tenía automóvil y el Flaco lo llevaba a casa. Como Diego estaba inscrito en Arquitectura, le tocaron las primeras clases de dibujo técnico. Se compró una enorme regla, que llamaban “regla T”, lápices, una pluma especial llamada rapidógrafo, y grandes hojas de papel especial para fijar en los tablones que servían de escritorio. Las primeras clases fueron de dibujar rayas, como si estuvieran llenando cuadernos de caligrafía, rayas horizontales, verticales, oblicuas, cruzadas. También se ejercitaron en dibujar hojas cuadriculadas.

La apoteosis de Diego como aprendiz de arquitecto ocurrió hacia la cuarta o quinta clase de dibujo. El profesor les dijo: “Hoy me van a escribir el alfabeto. En la parte de arriba de la hoja, letras mayúsculas. En la parte de abajo, letras minúsculas”. El silencio cayó sobre la clase mientras los alumnos se aplicaban en seguir las instrucciones del maestro. Diego se concentró como pocas veces, convencido de que, por fin, había dado con la carrera artística adecuada. Sería un arquitecto-escritor. Lo sacó de sus ensoñaciones la presencia del profesor, que iba, mesa por mesa, controlando el trabajo de sus alumnos. Lo sacó de sus ensoñaciones porque el tipo casi gritó: “¡Pero qué está haciendo!” Diego le mostró su hoja de dibujo y le contestó, candoroso: “Las letras mayúsculas y las letras minúsculas”. Si la palabra “estupefacto” hubiera necesitado una cara, esa cara habría sido la del maestro de dibujo.

Diego había escrito el alfabeto en letras verdaderamente mayúsculas, así:

A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, LL, M, N….

Y había escrito el alfabeto en letras verdaderamente minúsculas, así:

A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N, Ñ, O, P, Q, R, S, T, U, V, W, Y, Z.

El maestro no se rio, tal fue su asombro y además en eso se acabó la clase y Diego se dio cuenta de su estupidez, de la su burrada, de su incapacidad. Se dio cuenta de que no tenía cabeza de arquitecto, de que tenía cabeza de chorlito, de aserrín, de platero y yo. Al mismísimo tiempo, el Flaco había llegado a la conclusión de que no le gustaba la Universidad. El motivo era diferente: el Flaco era brillante, el primero de la clase, el matemático por excelencia, el científico peraloca, pero estaba en el período en que se había enamorado de una chinita y no quería perder el tiempo con los estudios, sino dedicarlo al amor oriental, a los perfumes agridulces, al pollo con almendras.

Al dia siguiente del incidente con las mayúsculas, ambos amigos llegaron, como siempre, a la Universidad. Solo que esta vez, el Flaco, en lugar de aparcar, le dijo a Diego: “Mi estimado amigo, yo me regreso a la casa. He decidido dejar la Universidad. Así que bájese y al final de las clases paso por usted”. Diego sintió su deber presionar al amigo para que no dejara los estudios, y no encontró mejor modo que replicar: “Pues si usted se regresa, me regreso con usted. Y si usted no se baja, no me bajo yo”. El Flaco insistió: “Pues yo no me bajo”. “Pues yo tampoco”. “Entonces nos regresamos”. “Nos regresamos”. Por no dar su brazo a torcer, los dos amigos emprendieron el viaje de regreso. Y, por esa tontería, abandonaron la Universidad. Y hallaron tan sabroso quedarse en la casa del Flaco, tomando café y cantado canciones, que decidieron dejar los estudios para siempre.

 

El pequeño profesor

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“Hasta aquí llegó el amor”, dijo don Roberto Cosenza, utilizando una de sus frases hechas que iba acomodando en las conversaciones con la facilidad del que juega con un rompecabezas y va encontrando las fichas más fáciles para formar la figura final. “Hasta aquí llegó el amor”, dijo y continuó: “Te he mantenido durante la infancia y la juventud, te he mantenido los estudios primarios y secundarios, hasta la mayoría de edad. Ahora es tiempo de salir a la calle y conseguir un trabajo, porque la familia es numerosa, las necesidades muchas y mi estipendio escaso”. Esas palabras habrían sido amenazadoras para Diego si no hubieran sido precedidas por un golpe de suerte que había tenido apenas al final de sus estudios de secundaria.

Pablo Picasso – dibujo de niños

El padre Director, un italiano al que se le notaba una feroz lucha para controlar su carácter sanguíneo y demostrar en cambio un temperamento británico, había convocado a Diego y sus amigos pocos días después de la graduación. El Flaco, el Mono, Josema, y otros de promociones más antiguas, fueron invitados a convertirse en profesores del Colegio. “Quiero hacer una revolución educativa”, les dijo el cura. “Y para hacer una revolución se necesita gente joven, dispuesta al sacrificio y que no estén viendo cuánto le pagan”.

Diego y sus amigos aceptaron, aunque Diego, viendo cómo los alumnos maltrataban a sus maestros, había jurado que nunca habría sido un profesor. En cambio, dijo que sí, porque las palabras de su padre no admitían evasiones. El único problema, un ínfimo detalle: ninguno de los llamados sabía cómo enseñar. Se tenían que formar sobre la marcha. Y cuando Diego se enfrentó a los 40 facinerosos de 13 años a los que tenía que enseñar gramática, probó la amargura de la derrota.

Durante la época de las vacaciones, se dedicó a repasar sus apuntes de Gramática y vio que, al menos, entendía los análisis y los capítulos de un libro que llevaba el elocuente y enciclopédico título de “Lenguaje”. También se hizo acompañar de su padre a una tienda de pret-a-porter a puertas cerradas, y allí se compró un par de trajes y algunas corbatas. Lo que no pudo arreglar fue su irremediable aspecto juvenil, a pesar de las gafas de culo de botella y el deliberado porte de poeta en desgracia. Después de haber sido gordito toda su vida, Diego estaba atravesando un período de extrema delgadez y cuando veía los anuncios del Método Charles Atlas para inflarse de músculos por correspondencia, lo golpeaba, como un puñetazo, la frase de un excesivo varón que proclamaba: “¡Yo era un alfeñique!”. Y Diego pensaba: “Yo soy un alfeñique”.

El primer día de clase, entró al aula dispuesto a fascinar a los alumnos con sustantivos y adjetivos, nombres y pronombres, preposiciones y adverbios. Sus jóvenes estudiantes ni siquiera le oyeron los tímidos “buenos días” con que Diego los saludó. Siguieron conversando ruidosamente entre ellos, algunos contándose chistes y carcajeándose con gusto, y cuando Diego trató de gritar: “¡BUENOS DIAS!”, le salió una vocecita minúscula de soprano atiplado, de ratón aterrorizado, de pájaro resfriado, y los alumnos soltaron la carcajada, y se sintieron autorizados para seguir jugando, conversando, tirándose papeles, lanzando avioncitos, y, sobre todo, se sintieron completamente firmes en ignorar al imberbe profesorcito que se desgañitaba inútilmente. Una hora duró la tortura. Diego trató de sentar las bases para la futura enseñanza de los misterios del lenguaje, pero se dio cuenta de que nadie le hacía caso, y entonces comenzó a ver el reloj, rogando que pasara el infinito tiempo que faltaba para que sonara la campana. La escena se repitió en la segunda sección y se repitió, con creces, en la tercera sección. Diego concluyó que no tenía madera para maestro.

Sin embargo, no podía renunciar el primer día, por vergüenza, y siguió yendo toda esa semana espantosa de humillación y congoja, con las faltas de respeto que iban creciendo en la medida que Diego se demostraba incapaz de autoridad. A los quince días, estaba a punto de un ataque de nervios. Entonces recurrió al padre Cabañas, para preguntarle el secreto de porqué, si Cabañas era más pequeño que un gorrión, lograba que en su clase nadie osara ni siquiera murmurar.

El padre Cabañas se sonrió delante de la angustia de su discípulo preferido. “En la enseñanza, mi querido Diego”, le dijo, “más vale maña que fuerza”. Diego se quedó igual, porque no tenía ni lo uno ni lo otro. “Tienes que aplicar la política de los quince días negros”, le explicó Cabañas. “La política de los quince días negros consiste en que debes estar consciente de que, para esos adolescentes, no eres un amigo, sino un adversario al que ellos detestan y al que tienen que poner KO en el primer round. En cambio, vas a ser tú el que los va a poner KO antes de que logren parpadear”.

“El primer truco”, prosiguió Cabañas, “consiste en no dejarlos ni respirar. Entras y lo primero que haces es un dictado. Y allí se van unos diez minutos, porque vas a pasar a la pizarra a cualquiera de ellos, y luego ellos mismos se corrigen mientras tú vas corrigiendo al elegido. Luego, les dictas un cuestionario de unas quince preguntas. Y para contestar a esas preguntas, les das una breve clase de otros quince minutos. Ya con eso se te ha ido media hora de lección. Enseguida, les das quince minutos para responder el cuestionario. Y ya con eso van 45 minutos. Los últimos quince minutos son para que cierren el cuaderno y les vas preguntado el cuestionario que acaban de llenar. Como no van a saber responder, los haces repetir a voz lo que escribieron. Y se acabó la hora y ni cuenta se dieron”.

“¿Y con la disciplina? ¿Qué hago para obtener disciplina?”, preguntó Diego, como si Cabañas tuviera todas las respuestas. Y las tenía.

“Para obtener disciplina tienes que ganarte la fama de gente brava, de malvado injusto, de hombre sin escrúpulos. Al entrar, los obligas a ponerse de pie. Si alguien habla durante ese momento, preguntas quién fue. Nadie se va a presentar. Entonces les dices que, en castigo, van estar diez minutos de pie, en completo silencio. Si alguien habla, redoblas el castigo. Y si nuevamente alguien habla, llamas al primero que veas moverse y le das de castigo que se quede, al final de las clases, una hora en el patio bajo el sol. Es lo que más detestan los alumnos, que siempre están pensando en irse para su casa. Claro que con eso te castigas tú también, porque es muy duro tener a la clase de pie y en silencio durante todo ese tiempo. Pero si lo haces por quince días, no se va a sentir ni un solo ruido de allí en adelante. Y cuando te ganes la fama de malo, entonces te vas a poder relajar, porque a la menor falta, los vuelves a castigar”.

Diego nunca creyó ser capaz de semejante conducta. Sin embargo, por pura desesperación, aplicó los consejos del Padre Cabañas al día siguiente. Con gran sorpresa de su parte, y estupor de los alumnos, el método funcionó. Pronto Diego se había ganado la fama de ser el profesor más terrible y cascarrabias del primer curso de la escuela secundaria, y, al mismo tiempo, el que daba las clases más dinámicas, en donde nadie descansaba un segundo. Tampoco Diego, que terminaba el día exhausto y todavía tenía que ir a la Universidad.

El método negro tuvo una compensación con una serie de charlas que les dio el Director sobre el sistema preventivo de Don Bosco. Uno podría imaginar que un pedagogo como el santo de Turín había escrito un volumen de 600 páginas. En cambio, Don Bosco era un hombre práctico y su método no alcanzaba ni siquiera para una página. Era una variante mucho más refinada del “más vale maña que fuerza”. En efecto, el sistema preventivo excluía los castigos. Diego se avergonzaba mientras oía al Director predicar la ausencia de sanciones, cuando él tenía aterrorizadas a sus clases a pura amenaza. Según Don Bosco, si un alumno era indisciplinado, ello significaba que tenía algún problema familiar, y había que hablarle, hablarle, hablarle, hasta que abriera su corazón. Poco tiempo después, Diego comenzó a aplicar esta parte del método y descubrió, con mayor sorpresa desde la aplicación del método negro, que este era aun más eficaz. Los tarambanas, los insolentes, los respondones, apenas Diego insistía sobre las causas de su conducta rebelde, contaban cosas tremendas sobre la vida familiar. La mayor parte no tenían padre y una vez que contaban su vida, se volvían una suerte de aliado del maestro. Y entonces, reinaba la paz en el aula. Lo que más le gustó del método de Don Bosco era esa capacidad de disuasión que venía de la fuerza del espíritu: “Para un alumno no debe haber castigos. El mayor castigo, si lo hubiere, debe ser la mirada de desilusión de su maestro”. Y puesto que los seres humanos son, siempre y sin remisión, seres espirituales, era gran verdad, la mayor de todas, la que guió a Diego por el resto de su vida.

Cómo perder las elecciones

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Dos fueron los sucesos que marcaron la mayoría de edad de Diego Cosenza: la entrada en la Universidad y la entrada en el mundo del trabajo, que era como decir, la entrada a la realidad. Antes, había vivido como descansando en una hamaca delante de una playa con el sol al crepúsculo, balanceándose entre el ser y el no ser, mientras ahora el mundo real entraba a su vida como entran las correntadas de un río desbordado en las calles de una ciudad indefensa, y los ciudadanos, atónitos, ven la furia del agua discurrir imparable y poderosa, mientras arrastra sillas, coches, neumáticos, animales, huesos de animales, troncos, ramas, piedras, trozos de asfalto. Ese mundo real se manifestó, primero, en los corredores de la Universidad.

Estaban Diego y el Flaco perdiendo el tiempo antes de entrar a una de las clases cuando apareció Saturnino Sustento, uno que se había graduado en el colegio varios años antes que ellos, y que estaba destinado a hacer carrera política en el país, hasta llegar a su destino natural, que era la cárcel, cuando lo sorprendieron vendiendo documentos del Archivo General de Centroamérica a unos coleccionistas gringos. Antes que todo eso sucediera, Saturnino era un fresco líder de los católicos universitarios, que habían tomado el poco riguroso nombre de Frente Estudiantil Social Cristiano. Nadie conocía al Frente Estudiantil Social Cristiano con ese largo nombre, sino como FESC y el principal contendiente del FESC era el Frente Estudiantil Social Popular, naturalmente conocido como el FESP y este FESP era una máscara de las juventudes del Partido Comunista, que tampoco se llamaba partido comunista, sino PGT, Partido Guatemalteco de los Trabajadores. En realidad, habría que hacer un curso extra para poder circular entre las siglas políticas universitarias.

Diego y el Flaco, provenientes del colegio salesiano, fueron etiquetados como católicos, y puesto que habían sido presidentes de su clase, también fueron ubicados como líderes, gran equivocación, que llevó a Saturnino Sustento delante de ellos mientras perdían el tiempo antes de comenzar una clase. “Muchachos”, les dijo. “Les traigo una gran noticia que es también un gran honor para ustedes”. Diego y el Flaco pusieron caras que, de haber sido representadas en una tira cómica, habrían semejado a dos signos de interrogación. “El FESC los ha escogido para que sean candidatos a vocales de la Asociación de Estudiantes de Estudios Básicos. Las elecciones son el mes entrante y si nos aplicamos las vamos a ganar. Yo estoy de candidato a la presidencia”, dijo, y luego les echó un discurso sobre los deberes del cristiano en el mundo, el Concilio Vaticano Segundo, el Papa Juan 23, Don Bosco, María Auxiliadora y los ángeles del paraíso.

Los dos amigos se quedaron mudos y no reaccionaron sino hasta cuando Saturnino ya se había ido, al salir de la clase que no oyeron, por estar absortos en sus pensamientos, que nunca habían sido políticos y ahora lo eran. Mientras iban en la camioneta de regreso a la casa, Diego le dijo a su amigo: “Flaco, ese Saturnino nos embrocó”. “Eso estaba pensando”, le respondió el Flaco. “Yo no tengo ni la menor gana de participar en las elecciones”. “Y menos con este gobierno”. Discurriendo de esta manera, llegaron a la casa del Flaco y le contaron la noticia a don Víctor Hugo. Éste se pasó la mano por los negros cabellos lisos de Rodolfo Valentino y les dijo: “No les conviene muchachos. Con este gobierno, lo menos que se van a sacar son dos plomazos en el cuerpo. ¿A quién se le ocurre meterse a la política bajo la dictadura?”. “¿Y ahora cómo hacemos?”, preguntó el Flaco. “¡Díganle a ese sinvergüenza que se salen de las elecciones!”, sentenció don Víctor Hugo.

No menos realista fue don Roberto Cosenza cuando su pávido hijo le contó el lío en que lo habían metido. “¿Qué tenés en la cabeza?”, le preguntó don Roberto. “¿Aserrín? ¿No ves que este gobierno está ametrallando por las calles a los opositores y secuestrando a los universitarios? Y ojalá te postularan para presidente, pero morirse por ser vocal, ¡ni que me lleve la tiznada!” La orden de don Roberto hizo eco a la de don Víctor Hugo: había que salirse de ese empacho lo más pronto posible.

Por esos tiempos, Diego era un fervoroso católico. No tanto en la práctica, que su naturaleza perezosa le impedía, de modo que se saltaba confesiones y misas dominicales de vez en cuando. La cosa era peor. Diego era católico en su modo de pensar, en su modo de ser, en su modo de actuar. Hacía años, cuando había entrado en la adolescencia, su modelo de vida había sido Santo Domingo Savio, un alumno de Don Bosco que llevó a los extremos las enseñanzas de su maestro. Domingo Savio era puro como la flor que le ponían en la mano los que lo dibujaban o esculpían. Se ponía piedritas en la cama, antes de dormir, para purgar sus pecados. Se daba azotes en la espalda, como penitencia por las culpas del mundo. Y, para más perfección, se había muerto a los catorce años y casi de inmediato lo hicieron santo. Cuando Diego llegó a los trece años, pensó que solo le faltaba uno para emular a Santo Domingo Savio. Y cuando cumplió quince, sintió una gran decepción, porque ya no podría ser santo como su ejemplar modelo.

Por ese motivo, lo invitaron a participar en las reuniones de las JUC, otra sigla, que indicaba la Juventud Universitaria Católica. Era capellán de las JUC el reverendo padre Constantino Cosenza, que por tener el mismo apellido de Diego, le tomaba el pelo constantemente. “Mirá vos, Diego”, le decía, porque ostentaba campechanería. “¿Cómo es que no somos parientes vos y yo?” El cura se reía con ganas. “¡Qué se me hace que mi abuelo hizo alguna travesura en Chimaltenango!”. Diego se ponía furioso, porque sabía sus orígenes, pero era torpe para las respuestas: “¡Mi papá no es de Chimaltenango, es de la costa!”, respondía, sin gracia. “Entonces quiere decir que mi abuelo hizo algún viaje al puerto”, se reía el padre Constantino, y, con él, todos los muchachos. Como Diego exhibía una salud quebradiza, cuando no tenía gripe tenía insondables malestares que se manifestaban en una dejadez de serpiente de agua, o de tortuga color de tierra, el padre Constantino, una vez, lo vió enfermo y le dijo: “¡Vos Diego, vos te vas a morir joven!” Y todos a reírse. Diego abandonó la JUC y el padre Constantino se volvió obispo, después arzobispo y murió con las glorias de haber sido nombrado Cardenal. Nunca más se volvieron a ver.

El intento de los dos amigos de sustraerse a las elecciones universitarias fracasó en modo dramático y teatral, valga la repetición. Cuando se lo dijeron a Saturnino, les montó una comedia que Lope de Vega se hubiera retirado de la escena por incompetente. Les dijo, a gritos: ‘¡No se pueden retirar, par de cobardes! ¡Ya inscribimos la lista en la Junta Electoral Universitaria, y si se salen, se viene abajo todo! ¡Irresponsables! ¡Ciudadanos del carajo! ¡Si todos fueran como ustedes no habría participación popular! ¡Hay que luchar por Cristo y por la verdad, contra esos comunistas que acaparan todo! ¡No señores, tomaron un compromiso y ahora lo cumplen, y no me jodan, y no me hablen hasta que me pase el encabronamiento!” Dicho esto, se largó y los dejó con cara de estúpidos.

No quedó más remedio que acudir a las fuerzas sobrenaturales. Doña Ángela habló con Doña Trinis, y doña Trinis propuso un antídoto homeopático: si ese par de imbéciles de sus hijos se habían dejado embaucar por católicos, una cadena de novenas al Sagrado Corazón, rezadas en simultánea por ambas madres, habrían surtido el efecto de neutralizar al demonio de las elecciones universitarias.

De ese modo, mientras los dos amigos cobardes veían con terror la llegada del día de las votaciones, acosados por elocuentes diarreas nerviosas, las aguerridas madres rezaban con la fe que a ellos les faltaba para que perdieran las elecciones. Nunca un lugar común fue más exacto: santo remedio.

La noche de las elecciones, los dos amigos se quedaron hasta las dos de la mañana en el recinto de la universidad, vigilando el recuento de votos, cara a cara con sus enemigos del FESP, y voto iba y voto venía, de modo y manera que a las dos de la mañana, los compañeros comunistas saltaron de júbilo y se abrazaron, pues habían ganado ampliamente la contienda electoral. Los dirigentes católicos se retiraron consternados, y Diego y el Flaco esperaron a estar solos para dar también ellos saltos de júbilo y abrazarse de lo puro contentos que estaban.

Lo peor de esta historia es que tenían razón. A los tres meses, la dictadura militar hizo desaparecer, uno a uno, a todos los muchachos que habían ganado las elecciones. Diego y el Flaco, al saber la noticia, se sintieron, no sin cierta melancolía,  culpables de haber festejado la derrota.

 

 

Portón de hierro

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Diego Cosenza leyó, muchos años más tarde, una novela perfecta, sabia, densa. La había escrito un italiano, Dino Buzzatti, y se llamaba El desierto de los tártaros. En ella, un joven teniente viaja a una abstracta fortaleza desértica, situada en uno de esos lugares que toleran el adjetivo “kafkiano”. Una frontera con la nada, una defensa contra un enemigo inasible o inexistente cuya llegada se espera de un momento a otro, con la melancólica sospecha de que nunca va a llegar. Durante una de sus primeras noches en ese castillo alucinado, el teniente se da cuenta que ha superado la edad de las ilusiones, de los juegos, de la esperanzas grandilocuentes. Piensa que, en la niñez, el tiempo es ancho, y todos nos ocupamos de infinitas cosas como si de un día a otro las horas fueran una modesta versión de la eternidad; luego viene la juventud, piensa el teniente, y mucho es guasa, diversión, simulación de otra vida mayor. De pronto, sin que lo queramos o lo pensemos, una rotunda compuerta se obstruye a nuestras espaldas: “Cierran a un cierto punto un pesado portón detrás de nosotros, lo aseguran con velocidad fulminante y ya no tenemos tiempo de regresar”. Atrás se quedaron la infancia y la juventud, y, ahora, delante, está la edad madura, con sus lánguidas responsabilidades, con sus dolores y angustias, con su definitiva certeza mortal. Y no hay vuelta atrás.

Ese portón de hierro fue, para Diego y sus amigos, el imaginario portón de la Universidad. El examen de admisión era una versión local de los test norteamericanos, y servía para justificar una apresurada y vaga conversación, días después, con centenares de casandras vocacionales que auguraban, como si lanzaran sacerdotales granitos de tzité, el futuro de los estudiantes. A Diego le tocó una bella pedagoga, que años después iba a ser su colega, que se haría amante del Decano, y que sería sorprendida en el mismo avión de Iberia con su jefe en viaje amoroso a Madrid. En ese momento, la perturbante maestra de ojos achinados y pelo teñido de castaño algo barato le explicó sus resultados. Muy bien en la parte científica, mal en las destrezas de mecánica mayor (Diego era incapaz de entender el motor de un automóvil, aunque sí capaz, a causa del Flaco, de pulir los platinos y de cambiar la bujías), muy bien en las destrezas de mecánica menor (Diego desarmaba, en casa, todos los relojes posibles, y todos los aparatos de radio habían sufrido sus inspecciones, con el resultado provechoso de algunos tornillos sin dueño, quién sabe de dónde habían salido).

La maestra le alabó las aptitudes lingüísticas, donde Diego había fallado solo en un par de respuestas. La orientadora lo desorientó más de lo que Diego estaba, porque comenzó a enumerar una serie de carreras que le parecían lejanas. Pedagogía, Psicología, Historia, Filosofía… Diego no se atrevió a decirle: “Yo quiero ser escritor”, porque le parecía una aspiración presuntuosa en su país. ¿Ser escritor? ¿Quién te crees que eres? Para ser escritor se necesita que haya descendido sobre tu cabeza el divino fuego alado de del divino Rubén (pensaba en Arévalo Martínez, el hombre que parecía una garza, o en su maestro Cabañas, que no por nada lo llamaban con nombre de gorrión). Y, en cambio, no pudo menos que responder a sus padres, cuando regresó del dictamen de la orientadora vocacional:

-Yo quiero ser escritor.

Don Roberto Cosenza, que trabajaba rodeado de esas alimañas, ofreció una helada demostración de su hierático carácter. No dio un salto en la silla. No se le puso la carne de gallina. No se le dispararon los pelos de la cabeza. Dijo la sentencia de que “con la gramática no se come” y luego le dijo:

– Eso es como decir “yo quiero ser borracho y fracasado”. En eso terminan aquí los escritores. Menos don César Brañas, que solo toma el agua con canela que le preparan sus hermanas, todo el resto acaba debajo de la mesa los sábados, domingos y fiestas de guardar. Hasta Miguel Ángel Asturias, cuando vivió en el país, se ponía unas borracheras de albañil que todavía ahora son famosas en el periódico. Dejó de beber y se ganó el Nobel.

Luego vio a Diego, como si le estuviera midiendo el talento, como si sopesara su cerebro, como si calculara el alma.

– Y a vos no te veo ganando el Premio Nobel. Mejor sería estudiar una carrera que te diera de comer, algo lucrativo, no como yo, ni como mis colegas. No te digo médico o ingeniero, pero al menos licenciado.

“Licenciado” significaba “abogado”.

La tratativa se prolongó por muchos días, hasta que se acercaron las fechas de inscripción. Por suerte, ese año, con inagotable soberbia académica, los catedráticos universitarios habían llorado la eterna queja de que los estudiantes llegaban poco preparados por la escuela secundaria y que eran necesarios dos años de reajuste para poder, finalmente, recibir los gloriosos cursos de la carrera elegida. Los dos años se llamaron: “Estudios básicos”.

Así, Diego y sus amigos asistían a cursos de Lenguaje, Cultura, Matemáticas, Biología y Filosofía, en compañía de miles de coetáneos que abarrotaban las aulas de la Universidad. Para cada sección había por lo menos 200 estudiantes. Diego se divertía en la clases humanísticas y en las científicas se divertía también,  diciendo chistes o garabateando dibujitos. Total, al final del semestre se sumaban todas las notas, se sacaba un promedio y si con ese promedio se superaban los 51 puntos, uno podía pasar al siguiente. De ese modo, Diego sacaba notas muy altas en Lenguaje y pésimas en Matemáticas, y de todos modos superaba las pruebas.

Curiosamente, en Estudios Básicos impartían sus cátedras los más grandes cerebros del país. Los estudiantes llenaban las aulas del Dr. Cukier, una esplendorosa luminaria en matemáticas que luego trasladó la arrogancia matemática a la política y perdió dos elecciones presidenciales en fila. También era matemático el Dr. Guayo Perales, menos presuntuoso pero tan eficaz como su colega. Había serios filósofos marxistas que eran contradichos por otros filósofos anticomunistas, y los estudiantes entraban a la caverna de Platón y veían las sombras del conocimiento reflejarse en sus paredes, cada vez más vagas, cada vez más lejanas. Algunos se perdían en la caverna y no volvían a salir en toda la vida. Eran llamados los “eternos estudiantes”. Ya viejos, con traje y corbata, vagaban por los corredores de la Universidad, presentes y preguntones en las clases y puntualmente ausentes en los exámenes. Diego daba lo peor de sí mismo en Biología, donde el Doctor Pelayo les mandaba hacer experimentos y Diego generalmente se equivocaba, se manchaba, derramaba líquidos, las cosas le salían al revés y el Doctor Pelayo meneaba la cabeza como lamentando haber terminado su brillante carrera entre estos ininteligibles estudiantes.

Para Diego, el curso más ligero era el de Lenguaje. Todo le resultaba fácil y una compañera de ojos claros y saltones, con cara de ratón ahorcado, le dijo: “Vos sos un máistro del lenguaje”, solo porque ella no distinguía un sujeto de un predicado. La maestra más popular era llamada “la Batimujer”, porque era alta, escultórea y usaba unas minifaldas que provocaban vértigo en sus alumnos. También era una de las feministas más aguerridas, en esa época en que no se conocía ni siquiera la palabra “feminista”. Era carismática y fuerte, por lo que, aunque sus espectaulares entradas teatrales tintineantes de pulseras y tacones altos estremecían el aire, nadie decía groserías ni piropos, porque arriesgaba una respuesta contundente, si no un bofetón.

El otro profesor con que Diego seguía el curso era llamado “Préstamo”, porque era calvo y se pasaba el pelo de la sien derecha hacia la izquierda, para disimular la calvicie. Era tan campechano que nadie lo llamó jamás “licenciado”, sino era simplemente don Isaías, su bíblico nombre de pila. Don Isaías tenía un ojo certero para localizar, en la masa que tenía enfrente, a las chicas más guapas, y solo a ellas les hacía preguntas: “A ver, a ver… la compañerita de los ojos azules”. Y se alzaba una oleada de comentarios que cubrían la pregunta. O la clase estallaba cuando ponía, como ejemplo de oración uninominal, “El novio bajo la cama”.

Diego y el Flaco se iban a la Universidad en la camioneta de la familia, y todo parecía transcurrir serenamente, en un suave sueño sin sobresaltos, con los semestres ganados a puro promedio (el Flaco era bueno en las materias científicas y no se explicaba la abulia de Diego para las fórmulas y las ecuaciones), cuando se cerró el portón de acero detrás de sus espaldas. Los compañeros del Frente Estudiantil Social Cristiano les propusieron que fueran candidatos a la Junta Directiva de la Asociación de Estudiantes de Estudios Básicos. Y allí, Diego y el Flaco se vieron adultos, irremediablemente en la realidad, sin vía de escape para el crujir de dientes y el terror de vivir en ese ambiente lleno de temores y asechanzas.

El Gran Sultán y el Ministro

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Unos meses antes de la pomposa graduación como Bachilleres en Ciencias y Letras, Diego Cosenza y sus compañeros fueron obligados a escuchar una conferencia sobre la vocación. El conferencista era un jesuita español, descolorido, insípido y pálido, pero el hecho de tener un programa de televisión en el que prodigaba consejos sentimentales que le requerian por correo (o que él se inventaba que le requerian por correo) lo había convertido en un personaje nacional.

Retrato de Soleimán hacia 1530, hecho por Tiziano.

No diferente a los consejos del corazón que emanaba desde el rectángulo en blanco y negro, que de vez en cuando se deformaba y se convertía en ondulaciones vertiginosas cuando no en una tempestad de nieve en el trópico, el cura les transmitió una certeza. De esa experiencia, Diego Cosenza sacó dos enseñanzas: que para dar una conferencia basta una idea buena, lo demás es adorno; que la vocación no cae del cielo, sino de lo que te rodea. “Ninguno de vosotros piensa ser astronauta”, aseveró el padre García. “¿Sabéis por qué? Porque en Guatemala no está Cabo Cañaveral ni está la NASA. No hay astrofísicos, no hay cohetes espaciales, no hay nada que se le parezca. La vocación nace de la sociedad en la que estáis viviendo. Lo que imagináis vuestra vocación no es más que la respuesta a los estímulos externos. Por eso estáis pensando en ser ingenieros, médicos, abogados, porque con eso se vive y se come en esta comunidad”.

El Padre García no dijo “poetas, pintores, músicos”, probablemente porque pensó que ninguno de sus interlocutores estaba planificando morirse de hambre. En cambio, a causa del padre Cabañas, cuyas enseñanzas de literatura eran de las más eficaces en el colegio, varios de los que escuchaban se imaginaban en Suecia, retirando el Premio Nobel como le acababa de pasar a Miguel Ángel Asturias.

Tampoco dijo “ministros de relaciones exteriores”, que por esa época era el oficio que le tocaba, en la destrampalada familia Cosenza, al infausto Diego. Todo por culpa de sus hermanas y sus noviazgos oficiales. La primera fue Rosa, que se hizo novia del celoso Turquito, uno que habría hecho empalidecer (si el verbo es políticamente correcto) al moro de Venecia. Gozaba el Turquito de numerosa familia, formada por el Gran Sultán en persona, es decir, el millonario papá, dueño de una venta de repuestos de automóviles que se había convertido en una cadena nacional. El Gran Sultán, que venía directamente de Ankara, se había cambiado el nombre turco por uno nacional, y se hacía llamar llanamente Mario, aunque su primitivo patronímico hubiera sido Oçalam. Conservó el apellido, eso sí, un Kilmaz cualquiera que en el país sonaba muy singular. Total, nadie lo llamaba don Kilmaz, sino don Mario.

Algunas veces, cuando el noviazgo se había hecho ceremonia, protocolo y reverencia, y cuando los suegros y consuegros se conocieron, la familia Kilmaz invitaba a su mansión a la familia Cosenza, visto que lo contrario no podía ser posible. De favor, era domingo, y para más señas, a la hora de la comida. A don Roberto Cosenza le daba una pereza infinita alternar con su consuegro don Mario, por cortedad de carácter y también porque don Mario no había aprendido o no había querido aprender el español, y las conversaciones con él eran tortuosas, laboriosas y difíciles. Para esa tarea había sido nombrado Diego, quien tenía que espantárselas toreando las pláticas con el Gran Sultán.

Llegaban los Cosenza a la casa Kilmaz, que estaba en el apartamento de arriba de la enorme venta de repuestos automovilísticos “Estambul”. Había que atravesar hileras minotáuricas de estanterías llenas de tornillos, desarmadores, bombas de aceite, filtros de agua o de frenos, radiadores, bujías, amortiguadores, pastillas de frenos, embragues y cuanto accesorio necesitaran los mecánicos para reparar los trastos viejos que circulaban por la calles y carreteras del país. Un denso olor a gasolina se les infiltraba por la nariz hasta el cerebro y es de anotar que llegaban mareados, casi desvariando, al pie de las escaleras que subían transportados por los efluvios gaseosos de los repuestos que sudaban venenosos olores.

Por eso, lo primero que se les aparecía a la vista parecía una alucinación producida por envenenamiento de gasolina. Presidía la sala familiar un crucifijo tamaño natural, que la piadosa señora Kilmaz se había ganado en una rifa de la parroquia. No habiendo lugar donde ponerlo, lo habían colocado en la sala, con el resultado de que uno se sentaba en el sillón con Cristo encima. En esa incómoda situación, la amable señora Kilmaz hacía la pregunta ritual de las comidas dominicales: “¿Le ofrezco un whisky?”. “Si no es molestia, señora”. Y llegaba la señora con el carrito de las bebidas, servía el whisky con soda, los hielos tintineantes, y Diego se sentía el pecador más grande de la tierra, pues apenas alzaba la vista del trago, miraba el rostro sufrido de Nuestro Señor Crucificado con una mueca que de angustia se había vuelto de asco de ver a estos paganos miserables que brindaban, “¡Salud, salud, salud!”, y chocaban los vasos, mientras Él seguía colgado allá arriba, casi se le podía sentir el aliento, daban ganas de decir: “Salud, Jesusito”, si no fuera blasfemo.

En eso aparecía, apantuflado y moreno, con dos bigotazos otomanos y aspecto de añejo comerciante de mil y una noches, el inefable señor Kilmaz, que tomaba asiento al lado de Diego, ya se sabía, el ministro de Relaciones Exteriores de la familia Cosenza. Y mientras los demás conversaban, un poco animados por el whisky y acostumbrados a la mirada sangrienta del Cristo Crucificado, Diego iniciaba la conversación oficial con don Mario:

  • ¿Qué tal, don Mario?
  • ¿Ah?
  • Que… ¿Qué tal?
  • ¡Ah! ¡Qué tal!…

Don Mario rumiaba la pregunta, repitiéndola varias veces:

  • Qué tal… qué tal… qué tal…

Luego respondía.

  • ¿Qué tal? ¡Pué bien, hombré, pué bien!

Y rumiaba la respuesta:

  • Bien… bien… bien…

Después de eternos minutos seculares de infinito silencio. Diego se atrevía.

  • Parece que va a llover….
  • Llover…. Llover…. Llover… ¡Sí! Llover, ¡parece!
  • Eh, sí. Es la época. -Le sudaban las manos-. Es el invierno.
  • Sí…sí… sí… invierno… invierno… invierno.

La salvación se encarnaba en la señora Kilmaz, sumisa y con delantal, que anunciaba:

  • ¡Pueden pasar, está servido el almuerzo!

Y mientras don Mario musitaba: “servido… servido… servido”, Diego se escabullía y se iba a sentar a mil kilómetros de distancia del dueño de casa, para evitar que el couscous se le atragantara, se le atragantara, se le atragantara.

Con la gramática no se come

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Más que una sucesión en el tiempo, los acontecimientos del último año de secundaria parecieron derrumbarse como aquellas casas que son demolidas con pequeñas cargas de dinamita. No fue un tic, tic, tic, tic, tic, una cosa después de la otra, sino un inmenso brooooooom, con nubes de polvo y detritos por todas partes.

Todo comenzó con la inesperada herencia recibida por el Flaco y su familia, de la cual beneficiaron también los amigos. La primera venganza contra el destino fue comprarse una opulenta camioneta familiar para sustituir al disparatado Catafalco, que tantos servicios había rendido a la familia. Uno de ellos tenía que ver con la costa. De todas sus propiedades, don Victor Hugo había conservado un pedazo de tierra costeño, lejos de la capital pero también del mar. Su única gracia, además de la profusa y excesiva vegetación que crecía espontánea y se enredaba entre maderos, mesas, sillas, máquinas y pilastros, era un riachuelo, cristalino como en las odas de Garcilaso, que atravesaba la pequeña finca. Don Víctor Hugo, industrioso y fantasioso, quiso construir un balneario, y con sus propias manos excavó el equivalente de una piscina que sería el primer anzuelo para atraer a los fantasmáticos clientes.

No pensó, el futuro empresario turístico, que el balneario requería una copiosa inversión: cementar la piscina, dotarla de desagües, ponerle una lona todas la noches para evitar que los insectos y otros alicrejos abusivos se regocijaran en baños nocturnos, clorarla constantemente, y, en fin, cuidar de ella como si fuera un perrito recién nacido. Y siempre con la metáfora de los animales, don Víctor Hugo cayó en la cuenta de que no solamente estaba en época de vacas flacas sino que más bien ni vacas había. De modo y manera que la piscina transformóse en estanque, con aguas hermosamente verdes y musgosas que reposaban entre hojas, mosquitos, avispas, ratones muertos y otras eflorescencias de la exuberante tierra del país.

Como aquel otro que exclamó: “¡Leoncitos a mí!”, don Víctor Hugo no renunció al uso de su efímero balneario, y organizaba, para las vacaciones escolares de sus hijos y amigos, largas temporadas de estancia en la finca. Para trasladarse allí, el Catafalco viajaba de la capital a la costa de ida y vuelta por varias veces. Iba repleto de ollas, sartenes, platos, cubiertos, varios colchones apilados, y la gente que cupiera. A Diego le encantaba viajar acostado en uno de los colchones, conversando surrealismos con el Flaco, que iba al timón, y que controlaba, por el retrovisor, que el amigo no saliera disparado por una ventanilla.

A la finca iban convergiendo los amigos, Josema, el Mono, Charlie, que se permitían multiplicar la invitación a otros amigos y amigas, de modo que el lugar parecía más una comuna anarquista fuera del tiempo que un grupo de invitados a una temporada de vacaciones. Misteriosamente, doña Ángela cocinaba para ese ejército, que devoraba, por juventud y costumbre, los panqueques de la mañana y los frijoles con arroz más platanitos fritos de los dos tiempos de comida. Nacían amores y se desvanecían como en medio de una neblina.

Por esa época, Diego había entrado en una etapa de languidez, que se complacía en cultivar, porque le parecía un estado artístico. No tenía fuerzas, no tenía ganas de nada, se quedaba acostado en la hamaca cuando los demás se iban de excursión, escribía horrendos poemas en un cuadernito que había llevado, sentía oleadas de angustia o de entusiasmo, observaba a los demás como desde una lente de aumento, y dormía soporosos sueños espontáneos que lo acometían a cualquier hora del día.

Una de las chicas se enamoró del Mono, pero el Mono no se entusiasmó lo suficiente, sólo la besó detrás de un árbol tan escondido que todos los vieron y fue el comentario general: “¡El Mono se detalló a la Marisa!” Y el siguiente problema del Mono fue cómo desprenderse de la enamorada que se le había pegado como un escargot y se le arrimaba a todas horas. El siguiente y último capítulo de la telenovela ocurrió un par de días después, cuando la Marisa apareció en el patio que era como un corral lopesco, con los ojos llorosos y la cara desencajada, y todos diciendo: “¡El Mono plantó a la Marisa!”.

Como la Marisa, el Catafalco pasó a otra dimensión con la llegada de la herencia. Y los muebles de casa, y los trajes de la familia, y la calidad de la comida, y, para sellar el cambio radical de la fortuna, cambió también la casa. Don Víctor Hugo compró una mansión digna de su nuevo estatus, trasladáronse todos, incluidos los amigos. Esculturas, conversaciones y juegos cambiaron de lugar, no de sustancia. Se ampliaron, sin más, porque alrededor de la mansión había campos baldíos, y don Víctor Hugo organizó fantásticos juegos de softball con bates y pelotas improvisadas. También se jugaba fútbol, pero el dueño de la casa ya no estaba para esos bruscos avatares.

Carlitos Marx, que en paz descanse, habría hecho un severo gesto de reprobación ante la manera cómo don Víctor Hugo usaba la herencia. Don Carlitos conocía el capitalismo como sus manos, y se dio cuenta de que el marxismo de don Víctor Hugo era de la rama de Groucho, Harpo y Chico. “El capital se invierte”, le habría dicho, “se acumula, se invierte y así se reproduce”. En cambio, don Víctor Hugo simplemente se gastó la herencia en menos de cinco años, al cabo de los cuales se encontró como antes. Menos mal que todo lo había comprado al contado, y, también, muy mal que hubiera actuado así, porque se encontró con bienes y sin dinero.

De ese modo, el abigarrado último año de secundaria sorprendió al Flaco y a su amigo Diego en la misma situación. Pobres. Ambos compartían una costumbre ligeramente incómoda. Poseían dos únicos pantalones de dos colores diferentes. La primera mitad de la semana usaban uno; la segunda mitad, el otro. Mientras el primero se lavaba y secaba, usaban el segundo. Y así, en rotación. Un compañero del Flaco, presuntuoso y rico, le dijo con el gesto del que está oliendo algo que huele mal: “Vos, Flaco, ¿cuándo te cambiás de pantalón? ¿No te da vergüenza usar siempre lo mismo?” El Flaco calló y se confió con su amigo Diego. La humillación compartida: “Yo también ando igual”, le confesó Diego. “No veo las horas de comenzar a trabajar para comprarme ropa”. Un año después, el Flaco se encontró con Diego, y le dijo lleno de satisfacción: “¿Se acuerda de aquél que nos reclamaba la falta de ropa? Me lo encontré en la calle vendiendo seguros… ¡Ahora está peor que nosotros!”

Ese último año se derrumbó en el tiempo, como los castillos de arena ante una ola inesperada. Un parpadeo y estaban ya en la ceremonia de entrega de diplomas del suntuoso título de “Bachiller en Ciencias y Letras”. Eran noventa alumnos en las dos secciones del último año y todos se graduaron, gracias a Don Bosco y a las entradas que Don Bosco tenía en el Ministerio. Diego cerró sus estudios como los había comenzado: le tocó decir el discurso de fin de año. Preparó palabras memorables y eternas, con metáforas, sinécdoques, sinestesias y otros vuelos retóricos que se disiparon en el momento mismo que las decía. Aparte que nadie lo oía porque la graduación fue en el patio del Colegio y el espantoso ruido que hacían los de los otros años no dejaba oír nada. Allí comprendió Diego que no había nacido para orador. Todos vestidos con el riguroso traje azul, el uniforme del colegio, que iba a servir para bautizos, matrimonios y aniversarios de los años sucesivos.

Ahora se abrían las puertas de la Universidad. Naturalmente, la Universidad de San Carlos, nacional y autónoma. Sólo había otra, la universidad de los jesuitas, pero era tan cara que a ninguno de los amigos le pasó por la mente estudiar allí. Apenas terminada la ceremonia de graduación de Bachilleres, ya tenían que presentarse a la San Carlos para el examen de admisión. “¿Y qué carrera pretendés sacar?” le preguntó don Roberto a Diego. Sin dudarlo un momento, Diego le respondió: “Quiero sacar Letras”. Don Roberto lo sepultó con una de sus sentencias: “Estás loco. Con la gramática no se come”

Las dos muertes de don Víctor Hugo

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Don Víctor Hugo, el padre del Flaco, se murió dos veces y de las dos salió invicto para recomenzar a modelar esculturas, tomar la solemne merienda de las cinco, comentar las noticias con sus jóvenes amigos, reparar (mientras duró) el armatoste que tenía como vehículo familiar y examinar la vida que le pasaba delante desde su bigotito de Charlot recién pasado. Don Víctor Hugo era un artista de la escultura en madera, un maestro de las artes manuales, un conversador inagotable. No era, en cambio, ni buen comerciante ni buen administrador de la economía doméstica.

Así, cuando Diego Cosenza comenzó a conocer a don Víctor Hugo, este era dueño de una buena finca en las afueras de la ciudad, que en esa época era todavía breve y parroquial. Las familias cuyo apellido provenía de la época de la colonia española vivían en el centro, en los alrededores de un Palacio Presidencial construido por un dictador de pésimo gusto y aspiraciones napoleónicas. El Palacio imaginaba ser una suerte de fortaleza medieval o quizá el hecho de que el dictador fuera general lo había hecho pensar que el máximo de lujo era una suerte de exagerado cuartel, con torres y almenas, pesado a la vista y horizontal en todo, pintado de color verde oscuro, como si fuera la cáscara de un grandioso aguacate. No por nada la población había bautizado el lugar como “el Guacamolón”, aludiendo a la salsa que se hace con aquella fruta.

Todas la mañanas, don Víctor Hugo bajaba a la ciudad en un vieja camioneta Ford, lleno de las flores que él y sus peones habían cultivado. Esos madrugones hacían que a veces se durmiera mientras conducía, pero nunca hubo accidentes porque en el carril contrario no venía ningún automóvil, ostentación que solo pocos se podían permitir en ese tiempo. Don Víctor Hugo tenía como sistema económico el de muchos finqueros: hipotecaba la propiedad al inicio del año y pagaba la hipoteca con las ganancias obtenidas con la venta de las flores. Un viaje al extranjero le fue fatal: mientras estaba en Houston negociando unas nueva variedad de tulipanes, el Banco aplicó una de esas cláusulas que nadie lee en los contratos, y le pignoró la finca con todo y arbustos. Al bajar del avión, se enteró de que estaba en la calle.

Fue entonces que se trasladaron al barrio donde vivían los Cosenza. La numerosa familia de don Víctor Hugo comenzó a vivir del aire y él se aplicó a seguir modelando esculturas, construyendo juegos para los jóvenes, reparando el viejo catafalco que los trasladaba a la costa durante la época de las vacaciones. Ser pobre y honesto será un orgullo, pero la angustia de las cuentas por pagar carcome al más bragado. Un día, don Victor Hugo cayó al suelo, con un dolor en el centro del estómago que parecía que lo hubieran acuchillado y el color del rostro gris, como si ya hubiera pasado al otro mundo. Los bomberos voluntarios lo llevaron al Hospital General, en donde los médicos lo operaron a causa del infarto que había sufrido. “Se salvó por un pelo”, le dijo el médico que lo dio de alta. “Tiene que dejar de fumar, reducir sus actividades físicas, y no comer grasas”. De las tres condiciones, la única practicable era la primera, porque las otras dos ya las ejercía sin necesidad de consejos sanitarios. Pero esa única condición se convirtió en un martirio. Le dijeron que comiera dulces para distraer el hambre de tabaco, y por un período se puso ligeramente gordo porque se mantenía con un caramelo de carrillo a carrillo, los ojos desorbitados del ansia de no fumar y la bolita de la golosina haciéndole bulto y estorbándole la buena pronunciación. Si ya antes era difícil entenderle por la velocidad con que hablaba, ahora resultaba imposible, y los que conversaban con él parecían sordos, decían que sí a todo, aunque don Víctor Hugo les hubiera hecho una pregunta.

Un día, mientras Diego y sus amigos estaban en el cuarto del Flaco, pasó don Víctor Hugo como una locomotora de gritos, casi aullando que ya no podía más, que con eso bastaba, que mejor le diera otro infarto y se moría de una vez por todas, que esa no era vida, que se largaba de esa casa y se largó de veras, dejó a sus espaldas un portazo que dejó a todos mudos y con cara de signo de interrogación. El ataque de impaciencia duró poco, y al rato don Víctor Hugo regresó masticando un chicle, que era el compañero de los dulces, sustitución precaria del cigarrillo, más prohibido que la manzana de Eva y otros frutos inaccesibles.

Pasaron los meses y poco a poco la situación se fue estabilizando. Don Víctor Hugo de verde pasó a amarillo, y allí se quedó, pues nunca había sido de buen color. También se habituó a no fumar, aunque, de vez en cuando, quien entraba al baño era sorprendido por un fuerte olor a tabaco. Cierto, se le notaba más agitado que antes, y a veces su respiración era alcanzada, como si le faltara algo. Por lo demás, la rutina familiar se volvió a instalar con una cierta tranquilidad: esculturas, merienda, juegos, reparaciones mecánicas.

Hasta que un día don Víctor Hugo sintió, otra vez, una cuchillada en el centro del estómago. Ya el médico lo había advertido: “Se tiene que cuidar, porque si le da otro infarto no se salva”. Mientras llegaba el médico, don Víctor Hugo se acostó y reunió a la afligida familia a su alrededor. “Ya estoy en las últimas”, dijo a quienes protestaban que no dijera eso, que ya estaba llegando el médico, que no hablara, que no gastara esfuerzo. “Al menos, antes de morir, quiero dejarles una herencia espiritual, visto que lo material no se nos ha dado”. Las protestas subieron de volumen. “Quiero decirle a mis hijas que he tenido la culpa de protegerlas demasiado, y, por esa falta de mundo, se han enamorado el primero que se les puso enfrente. No hay que hacer así. Hay que vivir un poco, también las mujeres, la virginidad es una gran bobada que se inventaron los curas. Nadie sabe quién la tiene y quién no, porque también la virginidad se inventa. A mis hijos hombres quiero decirles lo mismo: que no estudien tanto y que vivan más, porque los primeros de la clase son los últimos en la vida, y que de nada vale un diploma de honor si uno no ha conocido mujer, ni ha sabido el gusto de una buena farra, o de varias farras, más vale una parranda desaforada que un libro de matemáticas, ya habrá modo en la vida de arreglárselas, nadie se muere de pobre, ya ven nosotros, seguimos adelante con todo y deudas. A mi santa esposa le agradezco que haya sufrido en silencio luchas y pobrezas, amarguras y estrecheces. Al menos, te juro que nunca te falté, fui siempre fiel y no porque me hubieran faltado las oportunidades”. En esas estaba cuando llegó corriendo el médico con su maletín negro y echó a todos del cuarto.

Quince minutos después salió el galeno con cara de disgusto. “Lo que tiene es un ataque de gastritis”, rezongó. “Seguramente por la falta de fumar ha comido demasiado. Le receté unos antiácidos y en pocas horas estará como nuevo”. Parecía desilusionado de que su paciente tuviera tan poca enfermedad. Dicho esto, cobró y se fue. Los hijos y la esposa se quedaron consternados, no tanto por la salud de don Víctor Hugo, que se había demostrado intacta, sino por la solemnidad de las últimas palabras, que por no ser las últimas se volvieron bochornosas.

Estaban en esas, cuando una noticia les hizo olvidar el incidente. De la lejana costa sur les llegó una noticia que ni en los mejores de los sueños se hubieran esperado. Un pariente de cuarto grado les había dejado una herencia conspicua y cuantiosa, tanta, que de pobres que eran habían regresado al bienestar de la finca de flores. Una era de efímera riqueza de proyectaba en el  horizonte.