Arañas y mayordomos

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De los nuevos amigos de Diego Cosenza, Estuardo, el salvadoreño, se había constituido en su protector y guía por el nuevo mundo que le tocaría vivir en los próximos meses. Estuardo le contó que los latinoamericanos habían fundado una asociación política, la OSLAI. Significaba: “Organizzazione degli studenti latinoamericani in Italia”.  “Sólo que tenemos un problema”, le contó. “Estamos divididos en dos facciones”. Con el tiempo, Diego descubriría que su amigo Estuardo era el líder de la facción pro-soviética y que el premio recibido por dos de sus miembros, cada año, era un viaje a Bulgaria, de donde regresaban totalmente defraudados por el socialismo real, desnudos de los miserables jeans que se habían llevado para el viaje, pues los búlgaros se morían por esos pantalones, y hacían onerosos trueques con tal del hacerse con uno de ellos. 

Los contrincantes de Estuardo eran los dos facinerosos que lo habían recibido tan mal el primer día, el peruano y el panameño, conocidos como “Los cuervitos”, y estos eran maoístas convencidos, y su viaje premio no era a Bulgaria, no podía ser, sino a Albania, y Albania era más pobre y más desconsolada que Bulgaria, y también allí el trueque de los jeans era de rigor. Los prochinos regresaban desencajados después de un mes en Albania, más flacos de como se habían ido, en cuanto la escasez general albanesa no daba para los estudiantes invitados, los cuales pasaban hambres y añoraban regresar a Italia para comer salami, pasta, pizza, parmesanos y empinarse un fiasco de Chianti sin rémoras ideológicas. 

Lo único que mantenía vivo el fervor ideológico de los prosoviéticos era la gana de joder a los prochinos, y lo único que sostenía la fe maoísta de estos, era la especular gana de joder a los marxistas ortodoxos. Con el tiempo, Diego se dio cuenta de que llamar “marxistas” a aquellos aprendices era una benévola hipérbole. Ni siquiera habían leído el Manifiesto del Partido Comunista, y los que andaban con el librito rojo de Mao, no entendían las máximas del Gran Timonel. Eso sí, ninguno de ellos renunciaba a las botas militares y a indumentos verde olivo que los identificaban como auténticos revolucionarios. 

Estuardo también estudiaba ingeniería, pero como se había peleado con sus papás, oligarcas terratenientes de El Salvador, tenía que trabajar arrastrando carritos en el mercado a las cinco de la mañana. Se levantaba al alba, se montaba en su bicicleta, llegaba a los garages de los alrededores del mercado central, y en compañía de otros dos, empujaban los carros de mercadería hasta los puestos, y debían de pesar su poquito pues ya le había salido una hernia al disco no obstante la edad. El ambiente del mercado le había dado fama de hombre fuerte y duro, además del lustre de héroe que le daba su historia de rebelión generacional. No todos los días se podía ver a un rico que se hacía proletario. Más bien nunca.

            De modo que, cuando se trató de ir a firmar el contrato con el Conde Petirossi, Diego sintió que la compañía de Estuardo lo iba a proteger. A la hora convenida se juntaron y fueron a la Placita en donde vivía el Conde, que por ironía se llamaba la Plazuela del Bien. El olor de esa casa era diferente al de las casas de estudiante. Era desértico y polvoriento, como el hálito de ciertos ancianos a los que algunas vísceras han dejado de funcionar. 

            Al sonido del timbre acudió un hombre esmirriado, en vías de momificación, cuyo uniforme de mayordomo, más que de mayordomo parecía de ratón.  Un ratoncito blanco, en efecto, evocaba la figura pálida y pequeña, de amarillos dientes finos, del viejillo malhumorado que abrió la puerta y preguntó que a quién buscaban.

            — Al señor Petirossi —dijo Diego.

            — Al CONDE Petirossi —subrayó el mucamo.

            Estuardo y Diego se miraron. ¿No daba lo mismo?

            — ¿Y qué se les ofrece? —dijo el roedor como si hablara con los aguateros de palacio.

            — Venimos a hacer un contrato de alquiler.

            El ratoso hizo un gesto de entendimiento y los hizo pasar. Portaba trillados y despercudidos guantes amarillentos, que añoraban sus níveos tiempos de blancura. Los botones dorados de su chaqueta estaban gastados como los pomos de las puertas y no se podría decir quién era más antiguo, si el traje o el mayordomo. 

            — Siéntense —ordenó.

            Las sillas del conde eran duras, estoicas, espantavisitas, en el estilo nobiliario que se ve en las revistas femeninas. Toda la casa parecía sacada de una parodia de Mel Brooks: amenazadora araña pendiente del centro de la habitación, con dos o tres flacas bombillas encendidas de las cincuenta que ostentaba; cuadros en las paredes que figuraban escenas de caza, caballeros ingleses en relucientes caballos tocando los cornos y una zorra anaranjada perseguida por el tropel de sabuesos. Estatuas de porcelana o de mármol, con los ojos ciegos, de Dianas o quién sabe qué diosas o ninfas de frías nalgas de nácar, una mesilla llena de pequeños objetos de vidrio, fotos en marcos dorados, una chimenea de puro adorno, cortinas de imitación seda, y lo que era auténtico parecía falso, como falso parecía incluso lo auténticamente falso de ese ambiente. 

            El conde apareció al rato, acompañado de su señora, la condesa, a quien presentó, por tacaño, con pocas palabras. La ciruelita apergaminada hizo una pequeña reverencia, pero los dos villanos centroamericanos en lugar del ritual besamanos, estrecharon los huesitos quebradizos de la pata de pajarito que les había ofrecido. Sentáronse y el conde leyó las partes principales del contrato, o sea, cuánto había que pagar, cuándo y cómo. La pasita asentía satisfecha. Diego firmó, no sin antes lanzar una mirada interrogativa a Estuardo, quien estaba distraído contemplando las puntas de sus zapatos. Diego sacó un fajo de billetes que había ido a sacar al banco. Los contó y se los entregó al impasible conde. 

            Con ese acto, Diego se quedó prácticamente sin un centavo por toda una semana, excepto el dinero que les servía para ir a la mensa, mañana y noche, y un sobrante que fue utilizado en la compra de una cafetera eléctrica. Firmado el contrato, recibió su copia, el conde casi los echó, y salieron a la calle, con Diego que otro poco y saltaba como un mico de la alegría de haber conseguido casa, ignorando que ello significaba vivir en la miseria los meses siguientes.

            Estuardo le había sido de gran utilidad durante la transacción. En efecto, durante todo el tiempo no dijo ni una palabra.            

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El conde Petirossi

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Cuando Hernán Cortés regresó de su viaje a Marruecos, Diego Cosenza no había encontrado apartamento todavía. Tuvo que arrastrar su maletón armario hacia el autobús número 13 y regresar al pensionado de las monjas. Los muchachos, en la mensa, le hacían bromas de doble sentido sobre su condición conventual, pero lo que antes era preocupación se le estaba convirtiendo en verdadera angustia. Aparte de consultar “La Nazione” todos los días y de seleccionar los clasificados de alquiler de apartamento, iba por las calles muy atento, no a la belleza artística de Florencia, que era un sucesivo y sorprendente exceso de perfección, sino a los cartelitos que ponían en las puertas, letras negras con fondo naranja, donde decía “VENDESI”, después de lo cual seguía la descripción del local, o los inexistentes que proclamaban un “AFFITTASI”, que, una vez encontrados, y una vez llamado el teléfono de contacto, daban como resultado una respuesta que Diego se sabía de memoria: “Llega usted tarde, ya lo alquilé”. La angustia de sobrevivir lo había vuelto ciego a la estética.

En eso llegó Lily. Diego fue al aeropuerto de Roma y fue un gran alivio ver que ella no traía una maleta inmensa como la suya. Lily hizo la pregunta fatal: “¿Encontró apartamento?”. Diego tuvo que responder con la verdad. No, no había logrado alquilar un apartamento. “¿Y entonces, dónde vamos a vivir?” “Por ahora, en una pensión de monjas”. “¿De monjaaaaas???” 

Diego había negociado con la hermanas en Cristo que aceptaran la presencia de su esposa. Las religiosas tenían como norma no hospedar parejas, excepto los clientes alemanes cuya edad exterminaba cualquier repunte de lujuria. Por tanto, le dijeron a Diego que no, que definitivamente no admitirían hospedarlo con su consorte. Diego suplicó a la madre superiora, una fría estatua de piel translúcida, de impasibles ojos grises y de bozo reglamentario, para que le diera una semana de gracia, prometió que se comportaría bien, que no tenía dinero para ir a un hotel, que estaba en la calle del abandono. Tanto argumentó, rogó y fastidió a la hermana, que esta le dio, como en las fábulas y en los cuentos populares, un tajante plazo: “Una semana, no más”. Cuando Diego y Lily entraron a la habitación que las monjas le habían destinado, notaron que habían puesto una cama en una esquina, y la otra, en el lado opuesto. “Más claro no canta un gallo”, dijo Lily. 

Y ahora sí le entró la angustia. 

Desde el cuarto de pensión conventual, Diego siguió con su búsqueda de alquileres, combinado con la visita turística a la ciudad. La llegada de Lily le sirvió para conocer  Florencia. Era una época en que los turistas no tomaban por asalto los museos, porque a las hordas viajeras y bárbaras les bastaba con pasear por las calles, decir “ah” delante de una fachada famosa, ver gratis la Lonja de la Señoría, comer helados y atiborrarse de pizzas. En ese invierno, Diego pudo entrar a la Galería de los Oficios sin hacer mucha cola, a conocer el David de Miguel Ángel en una sala casi vacía, y a visitar monumentos e iglesias umbrosos por la escasa luz invernal, pero siempre imponentes y avasalladores. Algo de reconciliación y consuelo tenia el arte, y Diego salía siempre con la esperanza de que, al cabo de la semana algo iba a encontrar. Una vez, mientras regresaban cansados, vio, en la puerta de un taller de reparación de automóviles, el mágico letrero de alquileres. Se precipitó a un teléfono público y llamó. Como un milagro, el apartamento no estaba alquilado. Le respondió el dueño, que se presentó como el conde Alberto d’Agremont dei Petirrosi. A los oídos republicanos de Diego esas categorías nobiliarias sonaban a espesas y corintas cortinas viejas, a cadáveres embalsamados, a ilustraciones de la guillotina en la Revolución Francesa.

El conde Alberto d’Agremont dei Petirossi era la viva imagen de la avaricia. Alto y curvado como una torre agobiada, pálido, casi amarillo, casi transparente, carilargo con las mejillas colgantes como los jardines de Babilonia, zarco de ojos y cargado de cejas, orejón, huesudo como pocos, la parca en bicicleta, medio de transporte en el que se reflejaba su desnuda flacura y en el que andaba como un triste caballero del modesto apocalipsis urbano, de edad más allá que acá, las yemas de los dedos como de huevo, amarillas de contar las monedas, los billetes, los tesoritos de familia, de fumarse hasta el milímetro los cigarrillos contados, canillón como el hombre de los zancos en las ferias, feo de edad y de veras, vestido con costosos vestidos que su natural repugnancia desvestía, tal que si tocando trasmitiera el morbo de la muerte, segura representación del fin de nuestros días, con la pulcritud de los camisones de hospital, un cadáver desinfectado, Alberto d’Agremont dei Petirossi era un hambriento de dinero, era un explotador de ingenuos, débiles o inocentes, era el fantasma de fin de mes, era el patrón de los codos, era el inventor de los exprimidores, era el creador del hueso colorado, era una alcancía de viento, era, en fin, el dueño de la casa y era uruguayo.

Diego le explicó su situación, mintiendo descaradamente sobre sus posibilidades económicas y sobre su posición social. De la autodescripción salía algo así como un profesor universitario de la alta burguesía que se encontrara en Europa gozando de su año sabático, y no el pelado recién graduado con una muy escasa beca del gobierno italiano. El zorro del conde Petirossi, que se las conocía todas, entendió probablemente lo segundo, pero autorizado por lo primero, se sacó la estaca de en medio del pecho y se la clavó al mentiroso:

— Son ciento veinte mil liras al mes, sin gastos de luz y agua. 

Diego no tuvo que hacer muchos cálculos. La beca consistía en ciento cincuenta mil liras. Le quedarían treinta mil para comer. Y ya había aprendido que los miles y los millones italianos eran unos ceros presuntuosos que se añadía a las verdaderas cantidades. Un periódico costaba quinientas liras. Lo mismo un litro de leche. Una taza de café costaba trescientas. Un par de zapatos baratos costaban veinte mil liras. Un par de buenos zapatos, cincuenta y hasta ochenta mil. ¡Comer un mes con treinta mil liras!

— Bueno, habrá que ver el apartamento -contestó, con el aplomo que le faltaba. 

— Entonces nos vemos mañana a las diez. Y tanto gusto de encontrar a un latinoamericano.         

Y claro que le daba gusto. En los meses siguientes descubrieron que Petirossi se especializaba en chuparle la sangre, a través de una cantidad fabulosa de apartamentos, quienes decían doscientos, quienes aseguraban que poseía un edificio entero, quienes lo hacían dueño de un castillo, a los latinoamericanos que recalaban en Florencia, y que se transmitían la noticia de que un uruguayo, y encima conde, alquilaba casas a precios de usurero, que todos rechazaban al principio y que al final, después de conocer Florencia a fuerza de conocer tugurios, terminaban por aceptar.

A las diez, Diego y su distinguida señora, vestidos como dos indígenas de Chichicastenango, estaban en la puerta del apartamento, esperando al dueño de casa. Ambos vestían la chaqueta típica con los dos quetzales en la espalda. A las diez y diez llegó la muerte en bicicleta. Todo vestido de negro, parecía más flaco y cadavérico, solo le faltaban los algodones en la boca y la nariz. Bajó al pedalazo, afianzó la bici con dos cadenones que si se la querían llevar era más fácil dinamitar el palacio, y se presentó con una reverencia, obligada además porque marido y mujer eran bajitos:

—Conde Alberto d’Agremont y Petirossi, mucho gusto.                  

—Diego Cosenza.      

Y, señalando, como si hubiera necesidad:

 —Mi señora.

Alquileres

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Diego se trasladó a la casa de Hernán Cortés, con la esperanza de encontrar apartamento en 15 días. Con la ayuda de los latinoamericanos que Hernán le había presentado, se inscribió en la Universidad. Ahora veía a sus nuevos amigos en el comedor universitario, que los italianos llamaban “mensa”, nombre que al principio le recordaba que en México se le llama “menso” al tonto, pero al que se fue acostumbrando poco a poco. En la mensa, por 500 liras, uno podía comer un almuerzo para nada menso, con el lujo de una botellita de vino, el doble de la que daban en el avión. Mucho mejor que los panini con jamón y queso que ya le salían por la orejas. 

El invierno cayó de pronto sobre Florencia. Era noviembre y los días grises se multiplicaban sobre los grises muros de piedra opaca de la ciudad, con su oscuridad larga que hacían del amanecer una penumbra ardua y difícil, a las siete de la mañana todavía estaba oscuro, y el atardecer se volvía una noche repentina hacia las cinco y media de la tarde. Lo primero que hacía Diego, por la mañana, era ir al quiosco de la esquina a comprar el periódico citadino, un diario provincial hasta las cachas, que por amor florentino de la ironía se llamaba “La Nazione”. Y no lo compraba por saber las noticias, amuralladas y domésticas, sino por hacer la lista de los alquileres de apartamentos en la sección de anuncios clasificados. 

Florencia Puente Viejo

La lectura de esa sección habría requerido otro curso de postgrado, pero sus amigos lo habían ayudado a descifrar la germanía con que estaban anunciados. La mansarda, que anunciaban por montones, no era más que un agujero sucinto y de precio altísimo, que naturalmente no le alquilaban sea porque era casado y dos personas no cabían en ese hoyo, sea porque no tenía suficiente dinero para permitírselo. Posto letto era una cama, que avaros o avaras de dickensiano aspecto tenebroso alquilaban como si en vez del puro mueble estuvieran rentando un castillo con cuarenta hectáreas de bosque. Monolocale significaba, como cualquier idiota lo comprende, un local, o sea un cuarto con o sin baño (el baño podía ser con o sin ducha, y cada “con” duplicaba o cuadruplicaba el precio) y la característica sobresaliente del monolocale era su tristeza profunda, un deseo de suicidio diseminado en cada centímetro cuadrado desde el momento en que se ponía pie en él, un terror de los días vacíos que uno desgranaría hasta convertirse en Roman Polanski y saltar por la ventana, porque, ocioso es decirlo, había que subir cuarenta rampas de escaleras antes de llegar, con el corazón en la boca y a punto de colapso, sudado y pálido, a la puerta del tugurio, que forzosamente se abría con temblor de manos. Cucinotto, que Diego había traducido como “cocinita”, resultaba ser la esquina ennegrecida del cuartucho en donde, sobre una mesa vergonzosa, estaba una estufilla cochambrosa de tres hornillos, con el recipiente de gas al lado, que en italiano tenía el rítmico y exacto nombre de bómbola, y en efecto, cada tanto saltaban por los aires con todo y edificio los desprevenidos que tenían semejante artefacto en casa.  Arredato ammobiliato eran infaltables, y no significaba “amueblado”, como cualquier diccionario lo reporta, sino desnudamente rellenado con dos o tres muebles recogidos en la calle, de esos que la gente de las sociedades del hartazgo tira porque se ha comprado otro peor, pero nuevo, y que sólo los tacaños dueños de apartamento o los necesitados del tercer mundo recogen para sus casas. De allí que las sillas fueran cojas o en peligro de romperse, los sillones, cuando los había, desfundados o con algún sorpresivo resorte a vista, siempre listo a rasgar la ropa de las visitas, las camas con una convexidad superior a la de la bañera, los armarios crujientes y desportillados, los cuadros oscuros y miserables, la televisión digna de exhibición en el  MOMA, las alfombras como pelambre de polvoriento perro revolcado, las cortinas si fueron blancas, grises, si rojas, desvaídas, si azules, celestes, si celestes, moradas, si moradas, negras, pues una capa polvorienta cubría cada rincón y el espacioso horizonte de las paredes; la estufa, comprada en el mercado de las pulgas, había convertido la grasa en pegamento, por lo que cualquier operación culinaria ponía en peligro la vida del cocinero, que arriesgaba quedarse adherido para siempre contra el mueble infame; y la minúscula refrigeradora era aristocrática y santa, pues obligaba a rendirle reverencia o genuflexión cada vez que se le abría y de seguro no tenía luz, o el congelador no funcionaba. Los cubiertos transmitían su sabor de óxido a la comida, los plásticos tenían celestes aguados, rosados desvaídos, amarillos pálidos, como si le hubieran echado agua a la mezcla para ahorrar y todo ese mobiliario servía solo para justificar el precio del alquiler, y que, al final, el dueño se quedara con el anticipo porque faltaban, en el inventario minucioso, un par de vasos o algún florero (“jarrón de porcelana de Sévres”) o porque la desvencijada cama mostraba signos de deterioro.

Diego fatigaba sus días en el recorrido de las diferentes ofertas que aparecían en “La Nazione”, iba a la mensa a comer, se emborrachaba ligeramente con el vino barato del comedor universitario, y proseguía hasta la caída de la tarde en su búsqueda cada vez más sin esperanzas de un apartamento decente y a buen precio. En la mensa, conversaba con sus nuevos amigos, que iban adquiriendo nombre y apellido por encima de la nacionalidad. Todos eran jóvenes, todos latinoamericanos, todos niños bien que habían obtenido la beca por sus buenas relaciones con la embajada. Se asombraban y compadecían de Diego cuando sabían que iba a vivir solo del dinero de la “borsa di studio”. Ellos recibían, de sus padres,  mil dólares al mes y las 130 mil liras del Ministerio les servían para sus diversiones. Quizá por el escalofrío que les causaba la escueta cantidad con que Diego pensaba vivir en Florencia, lo protegían, lo acompañaban, lo adoptaban. El panameño se llamaba Carlos, y al regreso, luego de una breve época desocupada, iba a ser Ministro en su país. Un costarricense, de nombre David, bohemio, bien parecido y de barbita hispánica, estaba destinado a la carrera diplomática: años después, Diego supo que se había convertido en importante embajador en Europa. El tercero era hijo de renombrados finqueros salvadoreños. Se llamaba Estuardo, pero no se convertiría en ministro o diplomático, porque ya era representante en Florencia del Frente Farabundo Martí, y todos estaban seguros que, cuando la guerrilla salvadoreña tomara el poder, iba a ser un prominente líder nacional. Ya en Florencia era líder de los latinoamericanos y tomó bajo su protección al guatemalteco más desvalido que hubiera conocido. 

El domingo era un día especial para Diego. Como ese día no había anuncios clasificados en “La Nazione”, se daba el lujo de levantarse tarde. Luego, veía un poco de televisión aburrida en el aparato en blanco y negro, de cuarta mano, que seguramente Hernán Cortés había recogido de la basura, y luego tomaba el eterno autobús número 13, pero no para ir al Pensionado de las monjas, sino más arriba aún del Piazzale Michelangelo. En la cúspide de la colina, estaba la Abadía de San Miniato al Monte, regida por la misma congregación del padre Matteo. Cuando lo acompañó a Florencia, el padre Matteo llevó a Diego con el superior de los monjes y se lo recomendó. La caridad cristiana del Abad hizo que lo invitara los domingos al que denominó “modesto y frugal” almuerzo de los monjes. La primera vez, Diego se creyó los adjetivos, pero dado que la mensa estaba cerrada, pensó sacrificarse. La abundancia y variedad de los suculentos platos con que los monjes se regalaban lo sacó de su error. Como en la Basílica de Santa Francisca Romana, las monjas del Pensionado recorrían las mesas de madera sirviendo copiosos platos de pasta, gustosas carnes rebosantes de salsas, verduras bañadas en bechamel o parmesano, postres caramelados y suculentos. Todo bañado en el mejor Chianti de la región y rematado por café y un digestivo producido por los mismos sacerdotes en su Abadía de Monte Oliveto Maggiore. Hacia las cuatro de la tarde, Diego salía con la desafiante  felicidad de los ebrios, con la seguridad de que mañana iba a encontrar el apartamento justo y barato que necesitaba.

Lo que se encontraba, al lunes siguiente, era una leve resaca que se le pasaba mientras leía los anuncios clasificados. Una de esas mañanas, “La Nazione” le regaló una noticia inesperada. En primera plana y con letras mayúsculas, leyó: “Il dittatore Franco è morto”. Se había muerto Franco, el dictador que parecía eterno. Si eso había ocurrido, pensó Diego, también podía ocurrir que encontrara apartamento. Y, efectivamente, lo encontró. 

La salvadoreña luz

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Diego Cosenza había imaginado que, para enfrentar el frío de Florencia, bastarían un par de chaquetas de Momostenango, la prenda más abrigada que se puede conseguir en Guatemala. Típicas, folklóricas y marimbísticas, esas chaquetas ostentan, en la espalda, dos grandes quetzales estilizados, uno frente al otro, de animosos colores de lana caprina. En Guatemala, país de estentóreos guacamayos, fulminantes celajes y plácidos lagos lapislázuli, resultan incluso sobrias. En Florencia, cuyos tonos son tenues como los de un daguerrotipo sepia, en donde la circunspección del Renacimiento impone discreción y compostura, las chaquetas de lana de Diego parecían estrepitosos anuncios publicitarios de trópico y palmeras. De esto, Diego no se daba cuenta. Cuando comenzó a apretar el frío (era noviembre), se puso su chaqueta marrón con verdes y rojos quetzales en la espalda, se subió al autobús número trece, y emprendió sus tareas principales, buscar una escuela dónde estudiar y encontrar un apartamento para vivir.

Se bajó en la parada del Duomo e iba caminando hacia Correos, sin saber qué hacer, cuando oyó una voz a sus espaldas:

– ¡Guatemala, Guatemala! – le gritaba alguien.

Se volteó, y vio a un señor bajo, con un abrigo azul caro y elegante, que lo saludaba con la mano e insistía en llamarlo con el nombre de su país. Diego se detuvo, esperó que el hombre lo alcanzara y entonces se dio cuenta de que caminaba acompañado por una muchacha muy joven. Diego lo reconoció, con asombro. Era Manuel Colom Argueta, el más famoso político de izquierda y ex alcalde de la capital de Guatemala. Lo primero que se le ocurrió decirle no era para grabarlo en eterno mármol:

– Licenciado …. -lo saludó. -¿Cómo supo que yo era de Guatemala?

– Hombre. No se requiere mucha ciencia. Con los dos quetzalotes que lleva en la espalda…

– ¡Ah! ¿De veras? -sonrió como sonreía el lobo en las caricaturas, todos los dientes en señal de bochorno.

– Me llamo Diego Cosenza. ¿Usted es el licenciado Colom Argueta?

-Para servirle.  – El político le tendió la mano-. Le presento a una compatriota, Celeste Luna Suárez.

La muchacha era más joven que Diego. Morena, agraciada, de segura buena familia.

-Le estoy enseñando a Luna la ciudad, porque acaba de llegar.

=Yo también acabo de llegar -dijo Diego, terminando de hundirse en la banalidad.

=Entonces véngase con nosotros – lo invitó el famoso licenciado. – Vamos a dar una vuelta por allí.

Más que contento, y visto que con eso postergaba sus decisiones, Diego aceptó. Colom Argueta les hizo dar un rápido tour de las principales bellezas de Florencia, un poco a pie otro poco en automóvil, un Ford Taunus raro en Europa.

Colom era tan popular en el país que todo el mundo le decía “Meme”, como si hubieran comido en el mismo plato. Meme Colom Argueta era el futuro presidente de Guatemala. Si se presentaba a las próximas elecciones, iba a arrasar. Durante la breve excursión turística, Luna demostró pertenecer a buenas familias dando opiniones políticas de derecha. Diego discutió con ella y Meme tomó partido por él. Cuando depositaron a Luna en la casa donde vivía, Diego supo que nunca la volvería a ver, porque pertenecían a dos mundos diferentes. Los jóvenes bien de Guatemala no se rozaban con la vulgar plebe. De todos modos, Luna tuvo la cortesía de dejarle su número de teléfono.

-Lo invito a almorzar a casa -le dijo Colom Argueta.

Diego se sintió infinitamente honrado. Ir en el automóvil de Colom Argueta, estar sentado al lado de Colom Argueta, ir a almorzar a casa de Colom Argueta era como si, estando en el cine, un personaje se saliera de la pantalla y se fuera a sentar a su lado para preguntarle cómo le parecía la película. Como era el único que podía enfrentarse a los militares, Meme Colom era la esperanza de todos los civiles.

Al llegar a la casa, Colom entró saludando con aires guatemaltecos: “¡Ya vine, mija!” , saludó a su mujer que algo le contestó en italiano desde la cocina. Diego se acomodó en un sillón de la sala, y comenzó a oír lo que parecía ser una tormentosa discusión doméstica. Quiso examinar una revista que estaba en una mesa de vidrio, pero lo distrajo el volumen del altercado. “Como que no vine en buen momento”, estaba pensando cuando apareció Meme Colom, el líder revolucionario de su país, con su característico mechón negro sobre la frente.

– Mi estimado amigo -le dijo-. Parece que nos saltó el almuerzo. Mi mujer se puso brava porque llegué tarde. El matrimonio tiene estas cosas… Mejor lo dejamos para otro día.

-Faltaba más, licenciado -respondió Diego, más azorado que el mismo Colom -. No se preocupe, otra vez será.

– Lo acompaño a la puerta.

No hubo otra vez. Un par de años después, cuando Meme Colom regresó a Guatemala, los militares le tendieron una emboscada en pleno centro y lo cosieron a balazos. El Ministro de la Defensa coordinó la operación desde un helicóptero. Fue el último político civil que eliminaron. De allí en adelante, solo quedaba la guerra contra los movimientos guerrilleros. Diego no podía saber que todo eso iba a ocurrir, mientras, algo desilusionado y algo triste, se puso a buscar un bar en donde comer, de pie, un panino con jamón y queso.

Entre los apuntes que Diego había llevado a Florencia, estaba la dirección de un salvadoreño. Viendo que todas las puertas se le cerraban, pensó que nada perdía con ir a ver al compañero centroamericano. Además, del bar en donde había comido, en silencio y con la amargura de estar solo, había pocas cuadras hasta donde vivía el muchacho. Al sonido del timbre, le abrió un muchacho bajo, rizado y moreno. Diego pensó que era un árabe. “Perdone”, se disculpó Diego, absurdamente en español. “Yo buscaba a un salvadoreño”. “Pues soy yo”, le dijo el otro. “¿Y vos, de dónde sos?”. “De Guatemala. Un amigo me dio tu dirección”.

– ¡Un chapín! -exclamó el salvadoreño con inesperado entusiasmo-. ¡Pasá adelante, esta es tu casa!

La casa era de estudiante soltero: pequeña, desordenada, llena de inutilidades. Aire viciado de ropa sucia, zapatos viejos, platos sin lavar. Diego tenía varios días de no hablar con alguien conocido, así que abrumó a su anfitrión con sus pequeñas e inmensas penas. El otro se dio cuenta de la aflicción del guatemalteco. “No te achicopalés, manito”, le dijo. “Para comenzar, te doy las llaves de este apartamento. Mañana me voy para Marruecos y regreso en quince días. Así no le tenés que pagar a las monjas. Y ahorita nos vamos a conocer a unos amigos que te van a dar una mano”.

Se lo llevó a donde vivían varios latinoamericanos. “Aquí les dejo a este chapín, que está más perdido que el niño en el templo”, les dijo el salvadoreño, riéndose. En el camino, Diego se había enterado que se llamaba Hernán Cortés, como el conquistador de México, y que todo el mundo le tomaba el pelo por eso. Los muchachos abrieron un fiasco de vino y mientras Diego repetía su historia, bebían y fumaban, se reían, se burlaban de él, le daban fuertes palmadas en la espalda.

Esa tarde, Diego supo que había un comedor universitario; aceptó el consejo de inscribirse en la Universidad, pues a todos les había pasado lo mismo: venían para estudiar una carrera y terminaban inscritos en otra; se encontró con una nueva vivienda y, por primera vez desde que había llegado, se sintió contento, con esa especie de calor relajante que sube del estómago y tranquiliza el cuerpo. A las diez de la noche, se acordó que las monjas cerraban a las diez y media. Salió corriendo y llegó tarde a la pensión. Tocó el timbre y nadie salió a abrirle. Medio ebrio, medio eufórico, pensó que se iría a dormir a un parque. Al segundo timbrazo le abrió una monja. Severa, lo advirtió: “La próxima vez lo dejo en la calle”. A Diego le importó un pepino. La luz se había manifestado, salvadoreña, bajo los hábitos de Hernán Cortés.

Monjas, maletas y aflicciones

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El padre Matteo depositó a Diego Cosenza en un pensionado de monjas con el mismo alivio con que Diego depositó su abrumadora maleta en el cuarto que las religiosas le destinaron. Solo que don Matteo, con el alivio del deber cumplido, jamás volvió a ver a su protegido, mientras Diego, en cambio, conservó su maletón por mucho tiempo todavía. En Roma, se habían subido a un tren expreso cuya lentitud desmentía el adjetivo, y se tardaron tres horas y media para llegar a Florencia. Allí, alérgico a taxis y medios de transporte que no fueran trabajosos y baratos, el cura lo subió al autobús número trece, que bordeaba el Arno y luego subía por las colinas hasta el piazzale Michelangelo. Hacia la mitad del trayecto entre río y plazuela, el padre Matteo tocó el timbre y Diego pudo arrastrar su mamotreto hasta la puerta de la pensión. Las  monjas alquilaban habitaciones a los turistas, de preferencia alemanes. Rogadas por el reverendo, habían hecho una excepción y habían cobrado un precio de caridad al pobre estudiante del tercer mundo que iba a posar allí por quince días, ni uno más, mientras encontraba un apartamento de alquiler.

Diego acompañó al cura hasta la parada del autobús, y cuando lo vio irse sintió un amago de aflicción en el estómago. Las monjas daban un desayuno al estilo italiano: frugal y rápido. Nada que ver con las comidas de abundantes frijoles, huevos, tortillas y salsas a las que estaba acostumbrado. Un café expreso, un capuchino y un croissant, que los italianos llamaban brioche. Después de haberse instalado en el también frugal cuarto que las monjas le habían deparado, Diego bajó a la ciudad, siempre en el autobús 13, que lo dejaba delante del Duomo. La catedral de Florencia era elegante y hermosa, pero Diego no tenía ánimos de admirar bellezas sino la necesidad de encontrar refugio. En quince días iba a llegar Lily, y él le había prometido que para esa fecha ya la iba a esperar en un apartamento alquilado.

Antes que él, había estado en Florencia otro joven escritor, con quien Diego mantenía una relación que no se podía calificar de amistad. Es más, ni siquiera se caían bien. El escritor le había dado la dirección de dos amigos: “No te preocupés”, le dijo mostrando los grandes dientes blancos. “Estos cuates te van a dar una mano para lo que necesités”. Via degli Alfani estaba en el corazón de la ciudad, y pronto dio con ellos. Subió los cuatro niveles del edificio en una escalera estrecha, fabricada para los hombres pequeños del Renacimiento. Diego se dio cuenta de que las casas de Florencia tenían un olor a pergamino medieval mordisqueado por ratones. Con el tiempo, iba a constatar que las ciudades tenían olores que las caracterizaban: Roma olía a meados de gato; México, a gasolina; Madrid, a ajo frito. Un tío de Lily sostenía que la ciudad de Guatemala olía a meados de gente, por la destrampalada costumbre de los caballeros de desahogarse en los postes de la luz.  Llegó con el corazón en la boca. Los dos amigos compartían apartamento y aventuras. Cuando supieron quién lo mandaba, se miraron entre sí, divertidos. Uno de ellos se rascó la cabeza. Era peruano. “Espera un segundo que te soluciono todo”, le dijo. Se quitó las pantuflas y se calzó un par de botas. “Baja conmigo”. Saludó al otro amigo, un panameño que estaba medio acostado en un diván viejo y hojeaba una Playboy, y siguió al peruano. Bajaron las gradas de dos en dos. Al llegar a la calle, el peruano lo guio hasta un quiosco de periódicos. Preguntó algo al vendedor. El otro le alargó una publicación envuelta en plástico. “Son dos mil liras”, le dijo. “Paga”, ordenó el peruano a Diego. Este pagó y recibió el impreso emplasticado. Con un aire mundano e indiferente, el peruano le explicó: “Es un mapa de Florencia. Con ese te vas a orientar para conseguir apartamento”. Dicho esto, se despidió, entró a su edificio, cerró la puerta y dejó a Diego en medio de la calle con el segundo amago de aflicción de la jornada. Así que esta era la gran ayuda que le habían dado los amigos de su colega. Tiempo después, supo que el último encuentro del colega con el peruano y el panameño había sido un fragoroso lío a trompadas por cuestiones ideológicas. El paisano infame lo había mandado, derecho, hacia sus enemigos.

Era la hora del almuerzo. Diego descubrió que los italianos llamaban “bares” a las cafeterías y que, en general, se comía de pie. Para comer sentado había que pagar un restaurante, pero costaban tanto que Diego no se lo podía permitir. Además, era obligatorio comer entradas, primer plato, segundo plato y postre. Para comer un bocadillo, que llamaban “panino”, había que comérselo como los caballos, en el bar. Por la tarde, decidió ir a buscar el Instituto de Historia del Arte en donde iba a sacar su posgrado. No le costó dar con la dirección. La puerta, despintada y sucia, era igual a la de la fotografía del catálogo. Y, como en el catálogo, estaba cerrada. Tocó el timbre. Nadie le respondió. Volvió a tocar. Pasó un buen rato y sintió que el frío estaba bajando sobre la ciudad. La puerta se abrió y un anciano con vestimentas raídas le preguntó qué quería. “Vengo a inscribirme al Instituto de Historia del Arte”. El viejo lo enfocó con sus ojos antiguos y velados por la catarata. Golpeó un letrero con la mano. “¿No sabe leer?”, preguntó, retórico. “El Instituto cerró hace dos años”. El tercer amago de angustia le bailó en el estómago. “Pero, usted…” “Yo soy el viejo bedel. Como era puesto estatal, no me pudieron despedir. Pero el Instituto se acabó. Así que buenas tardes”, le dijo mientras le cerraba la puerta en la cara.

Diego comenzó a comprender el significado de la palabra “desolación”. La tarde estaba volviéndose noche con gran rapidez. Tenía otra dirección, la de una amiga de unos amigos de sus padres, que seguramente lo ayudaría a encontrar apartamento. Diego se sintió cansado. Había caminado todo el día y no había avanzado nada en sus gestiones. No quiso pensar qué iba a hacer con su beca. ¿Si no existía el Instituto de Historia del Arte, qué iba a estudiar? ¿Cómo era posible que en la Embajada tuvieran catálogos tan viejos? Al fin, encontró la utilidad al mapa que el peruano le había hecho comprar en la mañana. Buscó la dirección de la amiga y volvió a atravesar el centro. Cuando se acercaba a la plaza de correos, un griterío le llamó la atención. De lejos, parecía una manifestación o una asamblea de protesta. Ya en la plaza, se asustó. Grupos de hombres hacían corrillos en diferentes puntos, y se gritaban cosas que Diego no entendía, pero que en Guatemala seguramente conducirían a una pelea a puñetazos. Eran hombres mayores, con la cara enrojecida de la cólera, que gesticulaban con abundancia, uno en contra del otro, se empujaban, retrocedían, avanzaban. “Ahora se pegan”, pensó Diego. Y sin embargo, no. El interpelado contestaba con la misma vehemencia, se distinguían las palabrotas, la cercanía, los empujones. Diego se asustó. Con el tiempo, se iba a acostumbrar. Era el lugar de reunión de los aficionados al fútbol y su manera de discutir era la manera de discutir de los italianos: a gritos, agresiva, contundente pero sin llegar nunca a golpearse. Al contrario, al final de la discusión, se iban del brazo, muy cariñosos, a tomarse un vaso de vino.

La amiga que le iba a resolver todos los problemas de habitación lo recibió medio desnuda, algo procaz, con esa cálida languidez que tienen los que acaban de hacer el amor. En efecto, su compañero apareció en la sala, también medio vestido. Lo despacharon más rápido que el peruano. Le dieron un periódico del día y le señalaron la sección de avisos clasificados. Le enseñaron la extraña jerga con que anunciaban los alquileres y quizá fue la cosa más útil que pudieron hacer. Después le regalaron largos silencios embarazosos, que indicaron a Diego que era hora de irse y cuando salió a la calle la noche había caído. Solo le quedaba el autobús número 13.

Ni siquiera cenó. Un poco por ahorrar, pues llevaba poco dinero y otro poco porque los acontecimientos del día le habían quitado el hambre. Al llegar a la pensión, la monja le repitió una advertencia que había olvidado: “No más tarde de las diez y media de la noche”, le dijo. “Después, no abrimos la puerta”. Al entrar al cuarto, Diego casi vio a la soledad como un lobo que lo esperara, el pelo erizado y los dientes hambrientos, y sintió un miedo abstracto, irracional, difuso.

Roma, peligro de caminantes

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Diego Cosenza abrió la ventana de la habitación que le habían dado los frailes y fue como si corriera el telón de una pantalla de cine. Desde la Residencia de la basílica de Santa Francisca Romana, pudo ver el Coliseo, tan cerca como si lo pudiera tocar con la mano. Tuvo una impresión que se iba a repetir en los días sucesivos. Lo que estaba viendo no le parecía real, sentía como si estuviera metido en una de esas películas de Hollywood filmadas en Roma, y la realidad le parecía una copia de panoramas con Charlton Heston, o con Rock Hudson, o con Audrey Hepburn. Solo que las películas tenían los chillones colores del Eastmancolor de la época, mientras los monumentos reales eran más sobrios, menos relucientes, más golpeados por la decadencia del tempo.

Basílica de Santa Francesca Romana

El padre Matteo lo había llevado del aeropuerto a la Estación Termini en tren. Hacía muchos años, Diego había participado en una procesión como cargador. Fue cuando andaba con los hervores de las Jornadas de Vida Cristiana. Un grupo de exaltados decidió cargar una cruz de madera desde Quetzaltepeque hasta Esquipulas, unos 20 kilómetros entre la polvorienta y cálida ciudad del desierto hasta el Santuario religioso más venerado de Centro América. Por bajo e inútil, lo pusieron en la cola, porque los más fornidos iban delante, apabullados por el peso de sus pecados y más todavía por el de la cruz de pino verde. Diego sintió que se moría, oprimido por la carga. A un cierto punto, después de muchos kilómetros, se rindió. Se separó de la caravana apenas vio las luces de Esquipulas y comenzó a bajar corriendo hacia la ciudad. Cuando llegó al atrio del Santuario, vomitó con natural agonía y elegancia. Y juró que jamás iba a cargar en procesiones. No contaba con su maleta, en Roma. Cada traslado del armatoste le hacía recordar la terrible penitencia de hacía unos años, y sudaba, y maldecía, y el padre Matteo no le daba una mano ni por broma.

De ese modo, arrastrando, más que cargando, bajaron al metro que los iba a llevar a la parada del Coliseo. El padre Matteo le dijo: “Compra los billetes, uno para ti, y otro para mi”. Diego pensó que era justo, porque lo estaba acompañando en tierra desconocida, pero también pensó que los curas no sueltan un centavo ni por broma. Estaban por superar el torno de entrada, cuando al cura le vino una duda. Desde lejos, le preguntó al vendedor de billetes:

-¿No hay que pagar también por la maleta?

-¿Cuál maleta? – le contestó el taquillero.

Sorprendido, el cura señaló el maletón de Diego.

-Ésta – le gritó, porque la taquilla estaba lejos.

También a gritos, el vendedor le respondió:

-¡Esa no es una maleta, es un armario! ¡Tendría que pagar, pero no pague, no le van a decir nada!

El padre Matteo se rio nerviosamente. Le tradujo a Diego la respuesta, con una sonrisa turbada. Diego no se rio, ocupado como estaba en hacer pasar el armario por encima de los brazos del torno, pues otro modo no había. La maleta pasó y cayó, con estruendo. “Ojalá que me llegue entera a Florencia”, pensó. Cuando salieron a la superficie, Diego se quedó abrumado por la visión del Coliseo. Una impresión así la había tenido solo con las pirámides de Tikal. El padre Matteo ni vio el monumento. Estaba acostumbrado a Roma. No podía vivir en constante contemplación y maravilla.

Para pasar del coliseo a la Basílica de Santa Francisca Romana, había que atravesar la calle. Una larga cebra como de cien metros servía para recorrer el trecho. Los automóviles pasaban a alta velocidad. Diego pensó que nunca iban a cruzar el vado. El padre Matteo lo instruyó: “Comienza a caminar y si quieres cierra los ojos. Se van a ir deteniendo en la medida que vayamos pasando”. Diego no lo podía creer. Arrastrando su maleta, veía que los automovilistas se le echaban encima y frenaban un segundo antes de hacerlo torta. Había que tener mucha fe en los conductores romanos. Meses después, una amiga terminó en las ramas de un árbol cuando hizo el mismo recorrido. “¡Lo peor no fue que me atropellaran!” protestaba. “¡Lo peor fue la tentada que me dieron los enfermeros en la ambulancia!”

Cuando entraron al convento de la Basílica, Diego no sospechó que estaba teniendo un privilegio que muchos italianos jamás soñarían. Pero en ese momento, con el cansancio del viaje y el agobio de la maleta, solo quería ir al baño y descansar. Los corredores eran altos, umbrosos, largos y tenían el oscuro prestigio de la antigüedad. Don Matteo se liberó de él. Le dio una corpulenta llave que semejaba a las de San Pedro, añeja e historiada, y le dijo: “Te vengo a buscar a la hora de la cena”. Diego entró en el cuarto espartano y sobrio y se precipitó al baño, pues el peso de la maleta se había transferido a las tripas, y sentía que no llegaba. Aliviado que hubo sus angustias, se le planteó un problema existencial de muy difícil solución. ¿Cómo se echaba el agua en estos antiguos baños? Comenzó a buscar un botón, que no había; una palanca, que brillaba por su ausencia; un pedal, que aun tirándose al suelo no encontró, y en fin, se quedó de pie, abominablemente, sumido en la ignorancia. De arriba colgaba una cadena, que en todos los baños del mundo, conjeturó Diego, servía para pedir auxilio. “Si tiro de la cadena”, pensó, “van a venir corriendo y me van a encontrar haciendo el papel de un idiota que no sabe cómo echar el agua”. Salió del baño y abrió el maletón. Todo estaba perfectamente ordenado, tal y como Lily se lo había arreglado antes de salir. Volvió al baño. Reflexionó. Se decidió. Tiró de la cadena esperando escuchar una escandalosa sirena de alarma por todo el convento y en cambio oyó el retumbante rumor del agua precipitándose del invisible depósito de arriba y que arrasó con lo que encontraba a su paso, como si fueran las cataratas del Niágara.

Después de una siesta que equivalía a un desmayo, agitada por pesadillas en las que siempre perdía algo: un avión, un tren, un metro, Diego despertó confuso y como si tuviera una cabeza enorme e importante, como la de los dioses olmecas del corredor del Pacífico. Se duchó, se rasuró y se cambió de ropa. Sintió que el convento era frío y húmedo, como debía ser un convento. Se puso a controlar sus papeles y en eso tocó a su puerta don Matteo, que lo llamaba para la cena.

Como en una proyección de El nombre de la rosa, la comida era servida en una especie de coro de ébano, con una mesa muy larga y en forma de “U”. Los curas le sonrieron con cortesía y curiosidad. El padre Matteo lo presentaba como a un gran estudioso venido de América (“¿América? ¿De Los Ángeles, de Nueva York, de San Francisco?” “No, no de esa América; de América, de Guatemala, cerca de México” “Ah, de Sudamérica” “No, no de Sudamérica, de Centroamérica” “Da lo mismo”) y Diego solo mostraba una sonrisa que cabalgaba su expansiva timidez. “¿Indio?”, preguntaban los curas. “No, no indio”, aclaraba don Matteo. “Italiano, hijo de italianos”. “Nieto”, especificaba Diego. “Lascia perdere”. “In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti…” El padre superior comenzaba el rezo propiciatorio de la cena. La comunidad calló mientras un pelotón de monjas entraban con grandes ollas de sopa y servían el denso líquido, en tanto que uno de los curas leía un libro instructivo. El resto de la cena fue suculento y abundante, con la agradable sorpresa que los curas bebían vino en abundantes garrafas transparentes.

Luego de la cena, don Matteo lo mandó a acostar.

-Mañana nos vamos para Florencia -le dijo-. Tienes que reponer fuerzas, porque el viaje es largo. Allí te he encontrado alojamiento por quince días.

Diego se sintió inquieto. Porque después de acompañarlo a Florencia, don Matteo lo iba a dejar solo. Allí comenzaba su verdadero viaje, porque tenía que encontrar casa, inscribirse en el Instituto de Historia del Arte, ver dónde comía y todo eso sin la red protectora de amigos y familiares con los que siempre había contado en su país.

 

Viaje a Italia

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La monstruosa maleta marrón que doña Trinis le había prestado apareció, por fin, después de varios giros de la banda de transporte, y después de que la mayoría de pasajeros habían recogido su despreocupado equipaje. Al ansia del viaje, Diego Cosenza estaba añadiendo el creciente terror de que esa especie de baúl se hubiera perdido. Cuando el mamotreto pasó frente a él, intentó levantarlo, pero pesaba tanto que lo arrastró varios pasos y con ello tropezó con los que estaban a su lado, y si no fuera porque le dieron una mano, Diego se hubiera ido con todo y maleta a dar un viaje por los meandros del aeropuerto de Roma.

Nunca había hecho un viaje tan largo. En las películas o en la publicidad de las compañías aéreas, Diego había visto una versión en technicolor de mágicas alfombras voladoras, con perfecta gente deslumbrante que sonreía de felicidad, mientras rubias azafatas de ojos azules servían suntuosas comidas, inclinadas con perfumada amabilidad hacia el privilegiado cliente. Después de seis horas de vuelo, con el zumbido del motor del aeroplano que le traspasaba el cerebro y se sobreponía a la música de los menguados auriculares de la clase turística, Diego advirtió un principio de dolor de cabeza y, en la oscuridad de la cabina, vio su reloj. Faltaban otras seis infinitas horas para llegar. En esa penumbra, comprobó que ya había agotado todos los rituales del viaje en avión.

Lo habían llevado al aeropuerto tres horas antes y Diego había sentido por primera vez lo que sería una costumbre en todos los vuelos sucesivos: el ansia irracional antes del viaje. Se volvió torpe, no entendía lo que le decían, hablaba más bajo de lo común y, al final, sentía unas ganas enormes de quedarse en la comodidad de su casa. Era como si el deseo que había tenido de viajar fuera una máquina con los conmutadores puestos en “on”, y que, a medida que superaba cada etapa para realizar el viaje, se fueran bajando en sucesivos “off”, “off”, “off”.

Pidió ventanilla, y el frío que pasó durante todo el viaje le creó una compulsión: por el resto de su vida exigió pasillo. Además, no había tomado en cuenta que durante tantas horas había que ir al baño, y que, entre los nervios, la inactividad y la presión gaseosa del avión, varias veces esa necesidad se hacía urgente, y había que pasar por encima de los otros viajeros, adormilados o entretenidos con una vieja película de James Bond. La sensación de amontonamiento y promiscuidad era mayor que en los autobuses extraurbanos, y el aire se iba viciando hora tras hora, efluvios, emanaciones y exhalaciones de los pasajeros flotando como ectoplasmas repelentes en la densa y cenagosa atmósfera de la cabina.

Apenas se sentó, se preparó a la aventura del viaje, pero al cabo de las horas comprobó que la aventura era estrecha, incómoda y dura. Pasó buena parte del tiempo luchando sordamente con su vecino, jugando una batalla de ajedrez con los codos, para ver quién ganaba espacio en el asidero compartido. La revista de la compañía de aviación, con ser gruesa, también acabó sus posibilidades después de poco tiempo. La hora de la cena fue un desengaño brutal: los alimentos parecían hechos de plástico, las bebidas estaban medidas, y la comida se quedaba depositada en el estómago como los lingotes de acero de un pesado barcón de carga naufragado en el fondo del mar. Luego pasaban al intestino y era peor. A un cierto punto, le entró el aburrimiento. Quiso dormir y no pudo. Poco a poco, se fue sumergiendo en la desesperación, como aquellos náufragos que han resistido por horas a pelo del agua, y sienten que se les acabaron las fuerzas y se van hundiendo poco a poco sin poder mover ni un dedo.

Ese viaje había empezado muchos años antes. Siempre que hablaban con el Cegatón, o con Miki o incluso con Arango, se decían: “Hay que salir del país. Hay que conocer mundo”. Una vez, en México, la viuda de un famoso poeta le había dicho: “Si quieres ser escritor, tienes que viajar mucho”. Y la única forma de hacerlo era pedir una beca a los países europeos. Mientras los otros aspirantes a escritores eran asiduos de la Alianza Francesa o del Instituto de Cultura Hispánica, donde trataban de conquistar las gracias de los asesores culturales, Diego pidió beca a Italia. “Usted es listo, Cosenza”, le había dicho el Director del Instituto Italiano de Cultura, mientras se bebía una aspirina con un café exprés. “Sabe que sus orígenes lo van a ayudar”.

En el Instituto había un grueso catálogo con todas las ofertas de posgrado de las universidades italianas. Diego no lo dudó. Pidió una beca para estudiar historia del arte en un instituto de Florencia. La raída foto en blanco y negro parecía un daguerrotipo y mostraba solo la puerta del local. Se veía el número y la placa. Luego decía quién lo dirigía y los requisitos para sacar un título que no se entendía bien lo que era y que a Diego no le importaba. Lo importante era vivir en Florencia un año, vivir en un país que conocía desde niño, porque don Antonio Cosenza vivió en Guatemala solo con el cuerpo, mientras su mente vagaba por el abandonado laberinto de Guardia Piamontese, y hablaba a gritos su dialecto, y se relacionaba solo con los paisanos. Don Antonio transmitió a sus hijos la pasión por Italia, y por ese motivo en casa de don Roberto Cosenza campeaba un volumen imponente de la Enciclopedia Italiana, con fotos a colores y en blanco y negro de viñas, castillos, palacios, iglesias, ciudades, campesinos y ciudadanos; y al lado no faltaba la Divina Comedia, ilustrada por el infaltable Gustavo Doré, y eran obligatorias las películas de Fellini, de Pasolini, de De Sica, y también otros films, una mezcla de Hollywood, neorrealismo y pornografía, pues la mayor parte de películas comerciales eran bodrios con Lando Buzzanca y actrices que, sin falta, se desnudaban mientras el cine se venía abajo con los gritos y los comentarios de los espectadores.  Diego sabía poco el idioma, pues había ido unos seis meses al Instituto a sacar un curso para principiantes y se encontró con las maestras italianas que vestían como si estuvieran en la playa, bellas y lejanas. Daban la impresión de que veían a sus alumnos autóctonos como una banda de salvajes pestilentes. No sabían enseñar el idioma y quizá por compensación, enseñaban generosas partes de sus blancos cuerpos. Era como si estuvieran de vacaciones y, para justificar esas vacaciones, ejercieran una suerte de caridad didáctica.

La maleta cayó al suelo haciendo un ruido que hizo girar la cabeza a varias personas. No sólo era muy grande. Era también muy pesada. Diego sintió la boca pastosa, la barba crecida, el estómago en pulsante desorden, el mal aliento, el hedor del cuerpo y el desconcierto del que no ha dormido una noche. Caminaba unos veinte pasos y luego se detenía a descansar. No solo era culpa de doña Trinis, que le había prestado el gran maletón. También era culpa de Lily, que lo había rellenado con todo su vestuario. Caminó otros veinte pasos. Cada pausa era un retumbo de la maleta. Temió que se le rompiera. Un perro policía se le abalanzó y lo husmeó con aplicación y luego olfateó la maleta. El policía parecía un gigante. El perro se divertía.

Al abrirse la puerta corrediza de la salida, sucedió lo que venía temiendo desde que el avión había despegado. El padre Tomasetti no estaba. Se quedó allí, de pie, al lado de los que recibían con fiestas y gritos a los parientes que venían del otro lado del mar. El padre Tomasetti había sido el párroco de Chimaltenango. Es más, lo había bautizado, era gran amigo de la familia, tan amigo que no ocultaba una pequeña debilidad: se pintaba el pelo de castaño claro. Cada mes llegaba a la casa con su frasco de tinte y doña Trinis procedía a la operación estética, con el cura que tartamudeaba su medio español y contaba historias del pueblo. Cuando se volvió viejo, regresó al pueblo, en Italia. El padre Tomasetti tenía dos nombres: el del registro civil y el que había adoptado cuando se hizo cura. Así que Diego lo conoció como el reverendo padre don Matteo Tomasetti y no había mucho misterio en el nombre postizo: era el de un evangelista. De retorno a Italia, el párroco recuperó su verdadero nombre y uno se explicaba también el seudónimo: el nombre de pila era Macbeto, porque el padre era un apasionado de Shakespeare. Y ahora Diego estaba allí, en la salida del aeropuerto de Roma, sin saber cómo llamar al cura, si don Matteo o don Macbeto.

Una jauría de taxistas (con los años, sabría que eran taxistas clandestinos que desplumaban a los turistas ingenuos) le anunciaban, aunque por el tono de voz parecía que lo insultaran: “¡Taxi, taxi, taxi, taxi per Roma città!” Uno, que lo veía perdido, se le acercó  y casi le escupió en la cara que si quería un taxi para la ciudad. De lo que dijo en italiano, Diego entendió la palabra “ore” y seguramente le estaba diciendo que tenía horas de estar allí parado. “No, grassie”, le contestó. “Un amico, un amico viene”. El otro lo miró desconcertado, cínico, piadoso. Y por primera vez, Diego vio en vivo ese gesto que se le iba a volver familiar en pocos días. El hombre juntó los dedos de la mano delante de su pecho, y la movió como señalándose a sí mismo: “¡Gli amici…!” se burló, como aludiendo a siglos de traiciones, desplantes y desilusiones. “¡Gli amici…!” le repitió, siempre con tono de desprecio y compasión. Y se alejó, como un médico delante de un caso perdido.

En eso apareció don Matteo o don Macbeto.

El maestro Arango

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Alborotado, largos cabellos rizados hasta mitad de la espalda, densa barba sedosa como la de John Lennon, doradas gafitas redondas del siglo pasado, camisas holgadas y multicolores, abundantes chilabas con pata de elefante y una nube de marihuana como una neblina permanente en torno al rostro, tal era el imaginario retrato de Diego Cosenza que los lectores de “El Sol” habían soñado. En cambio, Diego tenía el pelo largo porque todos llevaban el pelo largo hasta los hombros, pero vestía de chaqueta y corbata para ir a la Universidad, usaba lentes de contacto para disimular la miopía, era tímido y vergonzoso, su rostro anodino carecía de bigote y barba, era bajito, y más parecía un empleado de banco que un hijo de las flores. Por eso, en la Universidad, procuraba no dejarse ver mucho, porque cuando sus fans de “El Sol” lo conocían, se retiraban asustados, como si hubieran visto al hombre lobo, “¡no, no puede ser, vos no podés ser Diego Cosenza!”, exclamaban decepcionados. Diego escribía cuentos destrampados en ese periódico underground, la más alucinada publicación del mundo hippie de su país, y su lenguaje era como el de que se ha zampado diez cañonazos de maría antes de sentarse frente a la máquina de escribir. Eran experimentos de “literatura del lenguaje”, textos a lo José Agustín o a lo Cabrera Infante, fuegos artificiales de pura pirueta con el idioma, discursos con un cuidado desorden aparente, que fluían espontáneos aunque no fueran espontáneos. Se trataba de hacer la “revolución en el lenguaje” que reclamaba Cortázar.  No, no podía ser que el autor de semejantes desmadres fuera el muchacho cuadrado que los fans tenían enfrente.

Diego llevaba esa vida desde siempre. En su imaginación, aventuras y desventuras. En la realidad, una vida normalita, si normalita podía ser una vida en la Guatemala de la dictadura militar, terror a toda hora, amigos que desaparecían por un lenguazo o una mala mirada, jeeps artillados que recorrían la ciudad, soldados con fusiles ametralladores delante de los negocios, y un cuidado especial en no hablar mal del gobierno delante de extraños. Esa inverosímil normalidad incluía que los sábados por la mañana Diego fuera con su esposa al Mercado de la Terminal, junto con su doméstica, la Muzi, llamada de tal sobrenombre porque el de bautismo era Nepomucena y ella misma se avergonzaba al decirlo.

Recién casados, Diego y Lily buscaron, según la tradición de la clase media, una doméstica que viviera con ellos y se encargara de tener limpia la casa y de prepararle de comer. Rosa, que cada vez se parecía más a su mamá, le resolvió el problema encontrándole a la Muzi. Pronto se dieron cuenta de que la muchacha pertenecía a alguna organización religiosa secreta. Pedía permiso para ir a reuniones en el centro, y andaba siempre entre rezos y remilgos. Con asombro, descubrieron que los ingratos le sustraían a la doméstica el 10 por ciento de su mezquino salario.

La Muzi no sabía cocinar y los recién casados no sabían comer. Esa combinación permitió que la doméstica preparara todas las viandas como una especie de eterna variación de la omelette. Solo que, en vez de queso, metía carne, todas las verduras habidas y por haber, siempre acompañadas de papa o arroz. Los jóvenes esposos iban engordando y los amigos bromeaban sobre la curva de la felicidad y otras necedades. Una vez, la Muzi les pidió permiso para alojar a su hermano, que venía de Sololá. Era lejos, y no había hospedaje. “Se va quedar solamente la noche del sábado”. Varias veces repitió la historia. El hermano era tímido como ella, respetuoso y silencioso. Tuvieron que pasar varios años para que Diego y Lily se preguntaran si el muchacho que dormía el fin de semana con la Muzi era efectivamente su hermano.

Algunos domingos, Diego pasaba parte de la mañana con Luis Alfredo Arango, a quien admiraba desde antes de conocerlo, en Xela. Llegaba a la casa del maestro y hablaban de literatura. Arango era modesto, sencillo, directo. A veces, le leía algunas de sus poesías, y Diego se sentía un privilegiado. Arango era, también, quisquilloso y susceptible, se ofendía fácilmente, la crítica lo deprimía. Parecía siempre alerta, como si todo su cuerpo fuera una antena vibrante que respondiera a la llamada de la realidad. Era cortés y amable, como un antiguo hidalgo: su figura, delgada y alta, no desmentía los orígenes hispánicos. Y en contra de una regla no escrita en el país, se había casado con una maya. La señora saludaba al huésped vestida con su traje regional. La pareja se hablaba en cakchiquel. “¿Sabés cómo te dice mi mujer?”, le preguntaba Arango. “¡Te llama «el muchacho con ojos de niño dios»!”. Arango se reía de la ocurrencia de su esposa: en efecto, los lentes de contacto daban la impresión de que Diego tuviera ojos de vidrio.

Una vez, Diego llegó y se encontró con unos diez señores con atuendo maya. “Son los principales de San José Nacahuil. Vamos a hacer una reunión en casa”, le informó Arango. El poeta también había sido nombrado “principal”, por la comunidad de San José. “Es que cuando tenía tu edad, me gradué de maestro de educación rural, y como no tenía padrinos ni recomendaciones, el Ministerio me mandó a ese pueblito sin luz eléctrica, sin agua potable, sin ni siquiera un camino decente para llegar a él. Estaba a veinte kilómetros de la capital y había que subir a lomo de mulo por la montaña”, le había contado.

“Cuando llegué, me recibió el alcalde, que apenas si sabía español. Me dio, como casa, la misma escuela, en donde había un catre lleno de polvo. Un cuartito era la cocina. También me asignó una muchacha para que me ayudara en los trabajos de la casa. Tuve que ir a buscar a los niños al campo, donde trabajaban con sus padres. Y la cosa más difícil, convencer a los señores de que la escuela servía para algo. Enseñé el español a los niños, los alfabeticé. Sin cuadernos, sin nada. Tuve que hacer los escritorios con mis manos. Pero ellos aprendieron a leer y escribir”, decía con orgullo. Con menos orgullo, confesaba: “¿Y sabés qué? Yo tenía veinte años, la sangre me hervía. Cuando menos lo sentimos, la muchacha y yo estábamos en la cama. ¿Y sabés otra cosa? Yo quería a esa muchacha silenciosa y dócil”. En eso llegaron las vacaciones escolares. Arango regresó a su pueblo, en el altiplano. “Me pasé un día sacándome los piojos y las niguas. Estaba flaco como un perro callejero”.

Después de tres meses regresó a San José Nacahuil. “Pregunté por la muchacha que me ayudaba, porque en las vacaciones yo no le había escrito ni una sola carta. Se murió, me dijeron. Se murió de lo que mueren los indígenas, de pobreza, de falta de asistencia, de abandono. Y entonces lloré mi bellaquería, mi falta de hombría, mi inventada superioridad de hombre blanco delante de una mujer indígena. Y me convertí. Aprendí el cakchiquel, fui como ellos, padecí también su hambre y su pobreza. Sufrí las enfermedades, el frío, los desasosiegos del que nada posee. Quizá por eso me hicieron el honor de nombrarme principal del pueblo”. Resonaban en la mente de Diego los poemas que Arango escribió, repletos de vida y experiencia. En esas poesías circulaba el aire de la alta montaña, con la neblina que cubre las copas de los árboles, con la gente que emerge de las nubes como apariciones fantásticas, poesías repletas del olor profundo del pino y la resina, el aroma de los tintes de los trajes mayas, la vista alucinada de lagos y volcanes. Arango fue maya entre los mayas y su épica es la de ellos, y también su rabia, su dolor, su pesada noche.

El silencio del indio es lo que duele;

No su noche tan negra;

No el peso que lo aplasta.

                                    (Luis Alfredo ARANGO)

 

 

 

La pandilla del Mañas

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El Mañas hubiera añorado ser Hemingway; le faltaban estatura, corpulencia,  dinero y un adecuado fusil. Optó entonces por imitar a Bukowsky, pero con matices: al fin de cuentas, el Mañas, cuando dejaba de actuar como un personaje, era un amoroso padre de familia. O quizá sospechó que la marginalidad del norteamericano era solo literaria, porque si uno es marginal no es famoso ni Hollywood le hace películas. En cambio, en el país había varias muestras de gente dedicadas solemnemente a la poesía y a la miseria, con encono y putrefacción. No tenían quien les publicara, no salían en los periódicos, desaparecían del panorama y de pronto uno venía a saber que se habían muerto, como desconsolados ratones en trampa, en la soledad de un cuartucho de provincia, en un vago olor de alcohol barato y ropa sin lavar. El Mañas no quería esa marginalidad. Quería la fama, el éxito, el renombre y también quería la aureola de poeta maldito.

Diego Velazquez, El triunfo de Baco (Los Borrachos) Museo del Prado 1629

El malditismo del Mañas y su pandilla se reducía a beber mucha cerveza, mucho ron y a armar trifulcas en todas partes. Bolaño había hecho el mejor retrato de esos grupos en Los detectives salvajes. Si estaban en una  cantina y entraba un militar, lo provocaban hasta que volaban mesas y sillas, si no es que el tipo sacaba las pistola y había que huir esquivando los balazos. Condición para pertenecer a su pandilla era proclamarse revolucionario, y el mismo Mañas dictaminaba quién lo era y quién no. Alguna vez un compañero de Universidad se quejó con Diego: “El Mañas anda diciendo que soy un socialdemócrata”. En esos tiempos, casi rayaba en el insulto. El mismo compañero de universidad calificaba a Diego, bondadosamente, como “un burgués democrático”, por el simple motivo que nadie sabía si Diego pertenecía a alguna organización revolucionaria. Por esa época, uno de los juegos favoritos de los muchachos era asignarle a los amigos una pertenencia guerrillera. A veces acertaban, a veces no. Los que nunca se equivocaban eran los espías del ejército, que andaban sueltos por todas partes.

En una ocasión, Iduvina, la compañera marxista, quiso organizar una culta velada artística en su casa, con los más renombrados literatos de la época. Es decir, con la pandilla del Mañas. Iduvina tenía su casa en una zona residencial, llena de airosas plantas cuidadas con esmero, cuadros de los mejores pintores del país, frágiles esculturas carísimas, muebles estilo colonial comprados a subido precio en la Antigua, una biblioteca refinada y costosos vinos franceses en una chinera de maderas finas. Imaginó una cena exquisita, con el chispeante intercambiar de frases ingeniosas, como si Oscar Wilde y Baudelaire hubieran resucitado. Se equivocó. Los miembros de la pandilla se dedicaron, con empeño, a demostrar que de refinados no tenían un pelo, se bajaron cuanta botella de vino pudieron, quebraron un par de sillas, vomitaron en las macetas de orquídeas, destrozaron la cristalería, se mearon en el jardín, y terminaron golpeándose mientras se insultaban con un vocabulario que la compañera Iduvina no había oído en su vida. “Nunca más”, le dijo a Diego cuando le contaba lo que había sucedido. “Nunca más”. Diego se limitó a observar: “Si me hubieras preguntado…”

Uno de los deportes favoritos del Mañas era robarse los mejores libros de las bibliotecas de sus amigos. No era un robo descarado, pues eso le habría quitado gusto al asunto. Mientras otros distraían al dueño de casa, el Mañas procedía a escoger los libros raros, los libros únicos, las primeras ediciones, los libros con dedicatoria, y los metía rápidamente en un morral típico que siempre llevaba consigo. Y si los amigos, conociéndolo, escondían los libros, se metía a las habitaciones hasta dar con el tesoro añorado. “Mi biblioteca está formada solo de libros de otros”, se reía a carcajadas. “No me vayan a decir que no soy un buen lector”.

Uno de sus jóvenes seguidores le quiso dar una lección. Durante una cena organizada por la esposa del Mañas, logró sustraer un libro de la biblioteca de libros robados. Mientras regresaba a casa, lo comentó con los compinches. Alguno se lo sopló al Mañas. Al día siguiente, el Mañas se presentó a la casa del amigo, que andaba en el trabajo, y le dijo a la asustada madre del ingenuo ladrón: “Señora, soy de Electrónica Americana. Su hijo no ha pagado los plazos del estéreo y del televisor”. La señora protestó: “Pero él me dijo que lo había comprado al contado”.  El Mañas hizo una sonrisa de vendedor comprensivo: “Señora, su hijo le mintió. Lo siento mucho. Vengo a decomisar la mercancía”. Y se llevó el televisor y el estéreo. Luego llamó al amigo: “Mirá, imbécil, tengo tus aparatos. Si no me devolvés el libro, los rompo a martillazos”.

En medio de la guerra que destrozaba al país, las aventuras del Mañas parecían juegos inocentes, bromas de goliardía naïf. La gente desaparecía, en el campo los aviones lanzaban napalm contra las aldeas, en la ciudad las casas clandestinas de la guerrilla caían bajo los cañonazos de los tanques del ejército. ¿Qué podían parecer, si no travesuras, las picardías de la pandilla del Mañas? Otro de sus deportes era inventar pasados infames a sus enemigos. De un republicano español, que en el exilio se había vuelto de derechas, comenzó a hacer circular la voz de que había sido dirigente de la Falange. El hombre se desesperaba por desmentirlo, pero más lo desmentía, más crecía la calumnia. El Mañas se moría de la risa.

La pandilla del Mañas hizo implosión por una banalidad. El gobierno cubano había convocado a un Congreso Internacional de jóvenes escritores. La Universidad nombró al Pato, el lugarteniente del Mañas, para que representara al país. Cuando el Mañas lo supo, montó en furia. “¡Traidor!”, lo apostrofó. “Deberías haber dado mi nombre en lugar del tuyo”.  El Pato, cuyo ego no era menor que el del Mañas, se quedó estupefacto. Comenzaron a insultarse y solo la intervención de los otros miembros de la pandilla evitó que se pegaran. De allí en adelante, la pandilla no se volvió a reunir. Alguien le habló a Diego para que organizara un encuentro de reconciliación. Cuando habló con el Mañas, este le dijo: “Yo al Pato solo le hablo con una pistola en la mano”. Cuando habló con el Pato, apenas si lo pudo entender. El Pato estaba en un período de intensas borracheras. Le dijo algo así como que andaba buscando al Mañas para romperle la cara. No hubo reconciliación. Tampoco hubo pandilla, porque la guerra irrumpió en sus travesuras, y a algunos los llamó el exilio, como al Mañas o al Pato; a otros a la muerte, como al Ave Fénix o al dueño del estéreo con televisor.

Casamientos

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La petición de mano de Rosa ocurrió en una de las tantas noches de un tibio marzo. El otomano Mercedes Benz gris aparcó suntuosamente delante de la austera casa de los Cosenza, y de él bajaron padre turco, madre turca y el Turquito. Vestían con los mejores atuendos que su dignidad de comerciantes medio orientales les permitía. El padre semejaba un dignatario de estado, un empleado de alto rango de la Casa Presidencial. La señora, con encajes y tules, una muñequita de mazapán puesta sobre la cima de una torta de matrimonio. El Turquito, de traje gris con rayas, el contador de una gran empresa. Su misión era convencer a don Roberto y a doña Trinis de conceder la mano de Rosa para el matrimonio. Las motivaciones, las de siempre: la simpatía, el amor, los buenos deseos, la óptima y comprobada relación entre las dos familias y, dicho pero no dicho, la estable y progresiva comodidad económica de la familia Mafuz, que los años, alabado sea el Señor Omnipotente, no iban a desmentir.

Antonio Bemi “O casamiento de Ramona”

Delante de argumentos tan contundentes, declarados en forma explícita e implícita, los señores Cosenza no dijeron lo que estaban pensando, y lo que estaban pensando era que su hábil hija había pescado un buen partido, pues piensan también los padres en altas cuestiones políticas, económicas y sociales, más que en entretenerse en babuchas sentimentales o preterintencionales. El Turquito era rico, el Mercedes estacionado fuera de casa atestiguaba, los padres también, el futuro prometía.

Los dos años siguientes se pierden en la niebla de la memoria de Diego, pues fueron los años de Italia, y entonces no podía recordar nada, sino imaginar que recordaba lo que le habían contado, y a veces el relato suplantaba al recuerdo, de modo que Diego no podía decir si recordaba lo que le habían contado, o si le habían recordado lo que contaba. Cierto fue que el Turquito honró a la tradición de sus ancestros y también a la tradición del país, pegando centro con dos hijos en dos años, sin la menor preocupación o desasosiego, pues iba a seguir teniendo hijos a ese ritmo, más hijos se tienen más crece la fama del varón, reforzada la campesina creencia por la inmutable religión que invitaba a la reproducción y denostaba ardientemente cualquier método que la impidiera. “Creced y multiplicaos”, escuchaba el Turquito en la iglesia, y acometía lanza en ristre.

Menos complicado por más proletario fue el casamiento de Teresa con el Matón. Como las cosas de la vida son curiosas, el Matón había corregido su destino de marginal y seguro delincuente con una movida genial, que daba cuenta de su inteligencia: había entrado en el ejército. Allí hizo su carrera como un cadete anónimo, sin distinguirse en nada pero tampoco sin desmerecer en estudios o competiciones. Estaba listo para la estatua del soldado desconocido. Era alto, fuerte, bueno para el combate, lo suficiente como para sacar la escuela secundaria y después graduarse en la Escuela Politécnica. Estaba claro que el Matón cumplía con una de las leyes de la sociedad: si uno entra a una institución con los blasones de gran familia, sale coronado con las mejores galas; si entra para salir de pobre, le conceden la dorada mediocridad de los que deben sudar la camiseta diez veces más que todos. Antes o después de graduarse, el Matón decidió que su salida de la marginalidad era casar con mujer honesta de familia honesta. La oportunidad se la dio el quinto o sexto matrimonio del abogado Abundio Revolorio, quien organizó una estruendosa fiesta para la ocasión. En esa fiesta, el Matón orientó sus ojos de pez gordo hacia Teresa: la miró, la vio, la escogió y caminó en cámara lenta hacia ella, sabedor de que estaba trazando su destino.

– ¿Me permite esta pieza, Teresa? -le dijo, tendiéndole la mano. El curriculum de seductor del Matón era tan largo como el de su señora madre, que retozaba sobre la pista de baile con otro de sus compadres, delante de los ebrios ojos de su marido. Teresa, en cambio, crecida bajo la férrea dictadura de doña Trinis, secundada en esto por el hilo de la plomada de don Roberto Cosenza, había tenido pretendientes, muchos, y quizá algún enamorado, pero estaba en las condiciones ideales como para ser encandilada por el simpático charlatán que la hacía revolotear en el salón de baile. Salieron novios de ese encuentro.

Naturalmente, como la época lo exigía, también el Matón se presentó con sus padres para pedir permiso de ser el pundonoroso, caballeroso y puntilloso novio oficial de Teresa. No les costó mucho: vivían a tres casas de distancia. Y no había mucho que presentarse: ambas familias se conocían, secreto a secreto, y eran más los de la familia del Matón que los de la familia Cosenza. La única verdad que ambos conllevaban a la luz del día era la compartida pobreza, y que se casaban pobres con pobres, sin mayor atisbo de mejoramiento. Doña Trinis y don Roberto hubieran querido negar su aprobación. Pero sobre todas las cosas pesaba el montaraz enamoramiento de Teresa, ciego, resuelto, tenaz, característica familiar que podía ser positiva en algunas cosas y completamente negativa en otras. Teresa estaba empecinada con la obscuridad cerrera del amor. Sus padres aprobaron con la esperanza de que algún día abriera los ojos, y claro que los abrió, pero ya demasiado tarde.

Doña Trinis reunía a la familia los domingos a mediodía para un suntuoso almuerzo que hubiera hecho rendirse a un dragón. Comenzaba con el amarillo trago de riguroso whisky acompañado de una serie de chucherías (plataninas, nachos, tor-trix, cacahuetes, habas tostadas, ricitos de queso plástico) que por la hora y por el whisky, los invitados devoraban impetuosos. Como ya era su papel, Diego tenía que hacer de ministro de relaciones exteriores, por lo cual recibía a sus cuñados o presuntos cuñados, les ofrecía un trago, se los servía y soportaba la invariable conversación sobre el estado del tiempo y sobre los últimos chismes políticos. El Turquito se solazaba con juegos de palabras, para los cuales se retenía  hábil e ingenioso. Llamaba “chavas” a las habas, “bananinas” a las plataninas, “gusanos” a los ricitos de questo, “tir-trox” a los tor-trix, y eso le parecía tan graciosos que reía de manera contagiosa, y los demás reían con él. Y era mejor dejarlo hilvanar sus invenciones de lenguaje que hacerlo expresar sus opiniones políticas, resobados lugares comunes sacados de los periódicos de extrema derecha y que solo indisponían a Diego.

Por su lado, socarrón, irónico y simpático, el Matón soltaba una camionada de indirectas, y nunca se sabía si hablaba en serio, si amenazaba, si se burlaba de la familia, o simplemente tomaba el pelo, porque todo lo que decía tenía un doble sesgo y él, como el Turquito,  era el primero en reírse a carcajadas de su ingenio. Si bien tenía una clara inteligencia, su alma estaba llena de oscuros laberintos, recónditas revanchas, rencorosas cenizas no apagadas.

En una ocasión, le preguntó a Diego:

– ¿Y usted tiene enemigos, Diego? -estaba untando de mousse una galleta, con un cuchillo romo y plano.

– No -le contestó Diego, intuyendo la trampa-. No creo tener enemigos.

– No diga tonterías – le contestó el Matón -. Todos tenemos enemigos. ¿Usted sabe que podría matar a uno de ellos con este cuchillo?

De pronto, el cuchillo untado de mousse se volvió un objeto obsceno.

– No -se repitió Diego, un poco turbado-. ¡Qué voy a saber yo!

-Pues yo le enseño.

Y con gestos y palabras, el Matón se lanzó en una cátedra de asesinato summa cum laude, mostrando a Diego cómo se podía matar a otra persona con un objeto tan impropio como un cuchillo para untar mousse. Diego pasó el resto del almuerzo con náuseas y de vez en cuando su mirada sorprendía la mirada del Matón, que por dentro se moría de la risa por haber asustado a su cobarde cuñado.  Meses después, cuando Diego ya estaba en Italia, el Matón y Teresa se casaron.