El mar

Etiquetas

, ,

Diego detestaba el mar tanto como su padre, don Roberto Cosenza, gustaba disponer exhaustivas excursiones, con la familia a cuestas, en autobuses repletos hasta la enajenación, cada familia con un canasto o con una bolsa llena de provisiones para el dilatado viaje de tres horas. En esas épocas de tiempos aletargados, un itinerario que durara más de una hora se consideraba verdaderamente trascendental: era meritorio de provisiones y bebidas, no fuera a ser que los viandantes desfallecieran, desmayaran o desalentaran por el esfuerzo, el agobio y el afán. Panes con pollo, tortillas con queso, frijoles, recado, carne o lo que cupiera en el delicioso taco que proverbialmente escurría su contenido por la palma de la mano y, si el gesto no era suficientemente ágil para detenerlo, manchaba sin remedio el pulso de la camisa. Chuchitos rellenos o tamalitos sin rellenar, con apazote, con flor de izote, con chipilín. Trozos de pollo comidos al desnudo, sin rubor de mancharse de grasa los carrillos que para eso está el dorso de la mano y, en los bien educados, una servilleta típica con guacamayos estilizados. Eran viajes comunitarios, en donde doña Trinis se hacía de efímeras amistades, y en su ayuda acudía Rosa, la mayor, que para desenvoltura lingüística no era inferior a su señora madre. Diego detestaba el periquerío de la gente, detestaba el calor, detestaba el desmayo que le daba la costa, detestaba las incomodidades de ese sol apabullante que lo convertía en color de camarón, de langosta cocida, detestaba la arena negra que más parecía ceniza de volcán, detestaba la violencia de las olas del oceano que algún conquistador borracho había bautizado “Pacífico”, siendo como era el más violento del mundo. Al menos, del mundo que conocía Diego, que otro mar no había visitado.

Otra cosa fue cuando su grupo de amigos comenzó a organizar excursiones de fin de semana. El Mono tenía amigos ricos, y uno de ellos le prestaba una casa en la urbanización que se había puesto de moda, al lado del Puerto de San José. Al puerto iba la chusma, a la urbanización los acomodados. Los amigos fueron a la playa varias veces, unas como chusma y otras como niños bien. Dependía de si los amigos del Mono le prestaban la casa o no. Si iban como chusma, se llevaban sacos de dormir y algunas carpas, armaban unas fogatas en la playa y compraban una caja de latas de cerveza, que acompañaban con crackers y mejillones españoles los cuales, con el hambre que daba meterse al mar y cada vez estar a punto de ser arrastrado por las corrientes submarinas, entre gritos y esfuerzos, alharacas y luchas contra las olas o entre sí, parecían el manjar más exquisito del mundo, de ese mundo. Terminaban borrachos, hacia las dos de la mañana, y amanecían temblando de frío y de resaca, y les parecía imposible que en ese mismo lugar cayera tanta helada, si hacía unas horas había que buscar sombra para no morir asados como pescados.

En el mar siempre pasaban cosas. En una Semana Santa, su tío Rigoberto se había bebido una botella de ron y tal poción mágica lo convenció de que sabia nadar sin que nadie antes lo hubiera visto, en las hondas piscinas de Chimaltenango, ni siquiera meter los pies al agua. Entróse, pues, sorteando las olas cada vez más altas que llevaban a la reventazón, y perdióse de vista. Como el mar estaba lleno de gente, pronto oyeron el griterío que se expandió sobre la playa. “¡Un señor se está ahogando, un señor se está ahogando!”. Menos mal,  para Semana Santa ponían salvavidas y cuatro de ellos sacaron el cuerpo exánime de Rigoberto, se le sentaron encima y le bombearon la protuberante panza, mientras, convertido en ballena, el tío expulsaba géiseres de agua y probablemente también el contenido de la botella de aguardiente.

Don Roberto Cosenza había nacido en un pueblo de la costa que nunca se supo cuál era, pues en unas versiones se llamaba San Felipe Reu y en otras San Antonio Suchitepéquez. Del mismo modo, jamás se supo su verdadera fecha de nacimiento, pues el trastornado del abuelo olvidó inscribirlo en el Registro Civil, y con la proverbial italiana tirria contra las multas, y la itálica sagacidad para sortearlas, mintió sobre la fecha de nacimiento del recién nacido. En la costa pasaban cosas.

Cuando Diego estaba ya en la Universidad, llegaron a su casa dos paisanos de don Roberto, dos paisanos que no eran de San Felipe sino de San Antonio. Llevaban 60 años de casados y ya andaban con bastón. “Queremos divorciarnos, Robertío”, anunciaron y ni siquiera dijeron por qué. “Como usted era secretario municipal y escribió el acta de casamiento, háganos favor de ayudarnos.” Poco quiso don Roberto para armar viaje a la costa, pero esta vez Diego se negó a formar parte de la comitiva familiar. Ya era mayor de edad, no le iban a venir con esos cuentos. Además, con las nuevas carreteras, el autobús se tardaba mucho menos, y ya no era el caso de andar con canastas y comidas. El autobùs hacía una parada en un restaurante y allí iban todos a comer y al baño.

Dos o tres días después, cuando don Roberto regresó, regresó muerto de la risa. “No sabés lo que te perdiste”, se burló, “vos que andás con la vanidad de ser escritor”.  Luego le contó que, en el lejano y prehistórico día en que se habían casado los dos viejitos, las celebraciones habían comenzado muy temprano, en la mañana, con el novio, sus amigos, el alcalde y don Roberto incluidos, de modo y manera que a la hora del matrimonio, todos se mantenían en pie con dificultad, y más se tardaron los novios en decir que sí, que sí en la dificultades y sí en la enfermedad y que sí para siempre, que sí, que sí , que sí, que en salir corriendo a seguir celebrando y festejando, al sonido de una marimba que tocaba un muchachito que años después iba a ser el Director de la Orquesta Sinfónica Nacional. Y ahora, que habían llegado a los archivos húmedos y comidos por la polilla, abrieron el libro de matrimonios y descubrieron que nadie había firmado nada, borrachos como estaban, no había firmado el novio, no había firmado la novia, no había firmado el alcalde, no había firmado don Roberto Cosenza, el secretario municipal. “Así que estos dos viejitos se querían divorciar y les salió cupón, porque nunca habían estado casados”. Cuando pasaban estas cosas, don Roberto se caía sentado en el sillón de la sala, muerto de la risa.

Diego prefería ir al mar con sus amigos, pues contaban con la ventaja de que se iban en automóvil. Una de las curiosidades de la pobreza de don Víctor Hugo, el padre del Flaco, era que había logrado salvar de la catástrofe financiaria una vieja camioneta familiar de marca inverosímil. No tenía marca conocida, pero era amplia y larga, por lo que los muchachos la llamaron simplemente “el catafalco”.

El Catafalco se mantenía perennemente descompuesto, y por ese motivo, cuando no estaba esculpiendo sus figuras estilizadas en madera preciosa, don Víctor Hugo estaba peligrosamente debajo del automóvil, arreglando frenos, embragues, ejes, aceitera, junturas, embadurnado de pies a cabeza de la negra grasa de los mecánicos. Por ese motivo, los amigos se podían dar el lujo de irse al mar en el Catafalco. Conducía siempre el Flaco y a su lado iba Diego, quien quería aprender a manejar. Con gusto y paciencia, el Flaco le enseñaba cómo entrar en las curvas, cómo frenar con motor, cómo mantener el coche firme en una cuesta jugando con el embrague y el acelerador, mientras en el asiento de atrás el Mono contaba chistes o cantaba canciones, pues andar con él era andar con la gracia y con la luz.

En una hora estaban en Escuintla. En ese bajón de dos mil metros, los oídos se tapaban, y ya en Palín tenían que despojarse de los suéteres o lo que los cubría, pues el calor de la costa se hacía insoportable. Los automóviles no tenían aire acondicionado, por lo que iban con las ventanillas abiertas y les alborotaba los cabellos un viento que parecía provenir de un secador de pelo. En Escuintla paraban para tomarse la primera cerveza, y para echarse antimosquitos, que de nada servía porque de todos modos los jejenes se los iban a comer por la noche. Allí compraban las provisiones para la tarde y para el día siguiente, y Diego recordaba cuánto detestaba el calor, mientras cantaba las canciones que el Mono acompañaba con la guitarra, en el asiento de atrás….

Anuncios

La entrañable transparencia

Etiquetas

, ,

Para Diego, las tardes transcurrían monótonas, con sus costumbres crepusculares: algunas horas en el Colegio y luego, por la Avenida Santa Cecilia, de camino a la casa del Flaco, las más de las veces a pie, frente a tiendas, tortillerías, sastrerías, panaderías, talleres mecánicos, aserraderos, cada cual con su denso y neblinoso perfume. Las tortillerías olían a leño chamuscado y olían también al húmedo elemento del que están hechas las gentes, el apetitoso maíz ya molido, encalado y dormido sobre los comales donde las señoras sudorosas lo cocinaban lentamente; las panaderías también despertaban el hambre, ese olor sonámbulo de los panes levitando en el horno, promesa de reconciliación y consuelo, de armonía blanca y migajosa; los talleres mecánicos untaban el aire de grasa sólida, de sólido trabajo, de brazos ensuciados por el sobado trajín entre motores y aceites; los aserraderos emanaban un boscoso aroma natural que evocaba montañas, ríos, ásperas cumbres, valles verdes que se desleían en azul.

Y ya en la casa del Flaco, don Víctor Hugo, entretenido en modelar sus esculturas de madera, entre Modigliani y los muralistas mexicanos, se levantaba y saludaba como en los tiempos antiguos: “¿Cómo está mi querido Diego?”, trataba a todos de usted y los demás le devolvían el ceremonioso afán. “¿Qué me cuenta de nuevo, de bueno y de extraordinario?”. Recibía siempre así a los jóvenes huéspedes, que de nuevo, bueno y extraordinario no tenían nada que relatar, por lo que se reducían a un modesto: “Aquí, pasándola, don Víctor Hugo”. Entusiasta, el padre del Flaco ofrecía de inmediato la implacable taza de café, con redomados molletes, champurradas, pan dormido, pan de a cinco, pan de huevo, y los jóvenes devoraban sin piedad el alimento que parecía gratuito, pues nunca se habían ganado la vida y no sabían lo que ese esfuerzo costaba. (“¿Quieres saber lo que cuesta el dinero?”, sentenciaba don Roberto Cosenza. “¡Ponte a conseguirlo!”)

Mientras ponía los ojos bizcos al pasar el protuberante escalpelo por alguna ondulada nalga de una venus regionalista, don Víctor Hugo comentaba la política nacional, siempre la misma, siempre con los mismos corruptos, siempre con los mismos militares. El papá del Flaco había sido, como casi todos los padres de ese grupo de muchachos, un revolucionario del 44, y como todos esos padres, cargaba con la frustración de la invasión norteamericana. “¡Otro gallo nos cantara si los gringos no hubieran metido su cuchara en este país!”, se lamentaba don Víctor Hugo, los mechones de pelo negro a los lados de la frente y el gran bigote escondiendo la importante boca que sus hijos heredaron. También heredaron los dientes de conejo.

“Desde la invasión”, seguía don Víctor Hugo, “hemos vivido bajo la dictadura de los militares, y para ustedes, que no vivieron los días de la Revolución, eso les parece lo más natural”. El padre del Flaco tenía razón. Diego y sus amigos se habían acostumbrado a vivir bajo la represión y los garrotazos, y para ellos ese era el único sistema posible, aunque en el colegio estudiaran las bellezas de la democracia, sobre todo de la democracia norteamericana. Aprendían, en las clases de Estudios Sociales, lo que era el Estado, la separación de poderes en el Organismo Ejecutivo, el Organismo Judicial y el Organismo Legislativo, lo estudiaban para los exámenes de fin de año y respondían a los tests que les propinaban sus profesores, con la misma disciplina con que estudiaban Biología y la descripción de las cucarachas y los zancudos. La democracia era un ente abstracto que estaba en los libros y que servía para superar los exámenes. El gobierno era otra cosa: era un miedo permanente a cruzarse con un militar, siempre armados y siempre abusivos, amparados por la impunidad de las pistolas que ostentaban en la cintura. Peor eran los policías, armados de revólveres pero no de educación y en muchos casos ni siquiera de alfabetización. Por eso, sus mismo padres los habían instruido para que, cuando un policía los detuviera por cualquier motivo, la primera ley fuera no contradecirlo, sino humildemente conceder: “Tiene usted razón”, aunque uno se estuviera carcomiendo las entrañas, y en segundo lugar, jamás llamarlo “policía”, vil nombre plebeyo, sino “señor agente”. La tercera cuestión era ofrecerles dinero para sacárselos de encima, y también allí había que ser delicado y premuroso, para no herir la susceptibilidad de tan honrados servidores públicos. La palabra mágica era: “¿Podemos arreglarlo de otro modo, señor agente?”.

Don Roberto Cosenza detestaba a los militares, pero no podía escribirlo en el periódico. Don Víctor Hugo detestaba a los militares, pero no hacía más que rezongar en su casa, mientras delineaba los finos labios de alguno de sus héroes de ébano. Todos los muchachos del grupo de Diego querían sacar una carrera universitaria, y decir estudiante universitario era decir enemigo de los militares. Durante una fiesta goliárdica llamada “La Huelga de Dolores”, los estudiantes llevaban serenata romántica a los jóvenes cadetes de la Escuela Militar, que se saltaban las paredes y se enfrentaban a puñetazos con los universitarios.

Una de esas tardes de camino a pie hacia la casa del Flaco, de entrada directa al comedor donde don Víctor Hugo esculpía sus maderas suntuosas, donde se bebía el café con abundantes panes antes de ir a jugar futbolito, ping pong o recluirse a cantar canciones viejas y nuevas, llegó El Imparcial, el periódico vespertino. Todos se quedaron mudos ante la foto y el titular. Este recitaba escuetamente, como era el estilo del periódico: “Muerto el Che Guevara en Bolivia”. La foto, en blanco y negro, algo borrosa por la transmisión urgente de la Associated Press, mostraba el cuerpo del guerrillero argentino fotografiado desde la perspectiva de los pies. Tenía los ojos abiertos (la impiedad de sus victimarios había olvidado el gesto misericordioso de bajarle los párpados), opacos y tristes, estaba flaco y desnudo del torso para arriba, la barba larga, los cabellos desordenados, la cabeza levantada sobre una loza de piedra, como de piedra era el lecho mortuorio. Diego no pudo reprimir una observación: “Parece Cristo sepultado”. Don Víctor Hugo alzó la vista, sacudió la cabeza, y exclamó: “Aquí se ha muerto la esperanza de América”. Naturalmente, el periódico describía al Che como un delincuente, un subversivo, un comunista, un vendido a Moscú, todas las injurias posibles que se abaten sobre los vencidos.

Esa tarde, el grupo de muchachos cantó canciones de protesta. Se sabían de memoria las de los Guaraguaos, un grupo de Venezuela que en un festival había hecho avergonzar a los guatemaltecos. Lo contó Charlie, que no se llamaba Charlie pero había sido nombrado caprichosamente de esa manera. Era miembro de la Estudiantina de la Universidad, y los habían mandado a representar al país en ese evento. “Pasamos a cantar después de que habían tocado Los Guaraguaos, y comenzamos con nuestras canciones de siempre, cancioncitas coloniales venidas de España, cuyo ritmo era solo bueno para dar un brinquito con un pie y otro con el otro. El público nos chifló y tuvimos que retirarnos”. Había una que comenzaba: Qué triste se oye la lluvia /en las casas de cartón…

Cantaron esa canción y cantaron también las de Silvio Rodriguez y las de Alberto Cortez. No podía faltar Serrat, que le había puesto música a don Antonio Machado, y faltaba la más famosa de todas, la que se iba a convertir en un himno de los jóvenes de América: Aquí se queda la clara / la entrañable transparencia / de tu querida presencia / Comandante Che Guevara!….

Fue una tarde triste y, en una de esas, Diego se quedó de pie frente al umbral de la cocina, donde doña Ángela, que seguía acumulando puntos para convertirse en santa, cocinaba los eternos frijoles negros. “¿Ya vio lo que pasó, doña Angelita?”, comentó Diego. “Ya lo vi, ya lo vi”, le respondió la señora. “Eso no es justo”, protestó Diego. “Eso no es justo. El mundo es injusto, hay que componerlo, hay que cambiar el mundo”, proclamó con notable y sensiblera retórica juvenil. Doña Angela guardó silencio por un instante. Luego razonó, más para sí que para su interlocutor. “¡Ay, Diego, usted va a sufrir mucho, pero mucho!”

El novio turquito

Etiquetas

,

“Han de saber”, dijo don Roberto Cosenza en uno de sus célebres discursos a la hora de la comida, “que por la vastedad del territorio o la bastedad del razonamiento, los americanos hemos dado en llamar «turcos» a cualesquiera de los que vienen del Medio Oriente: turcos son los libaneses, turcos los palestinos, turcos los sauditas, turcos los persas, turcos los iraquíes, y, si se puede, turcos también los judíos. Para no hablar de los turcos, que por pura casualidad vienen llamados justa y propiamente turcos. Sé que en Argentina son rusos los polacos, los estones, los letones, los checos, los eslovacos, los bosniacos, los croatas y los mismos rusos, por no hablar de los kazakos que mucho tiempo perderían en localizar su lugar de origen. Sólo faltaba que llamásemos «turcos» a los chinos, pero aquí no hay pierde, pues llámase «chinos» a los chinos, a los japoneses, a los filipinos, a los tailandeses, a los vietnamitas, a los coreanos, correspondiendo así a los europeos y similares, que llaman «sudamericano» a cualquier nativo de este continente, cuando por propiedad somos llanamente americanos. Con mayor puntualidad, los del norte, rubios y sajones, vienen apodados ‘gringos’, y al sur del Río Grande no hay más que americanos”. Todo esto vino a cuento el día que Rosa se hizo de un novio oficial.


Rosa, la mayor de las hijas, resultó devota y practicante. Todas las mañanas se levantaba temprano e iba a misa de seis y media, de modo que a las siete estaba lista para desayunar e irse al colegio. Era la misa de las beatas, generalmente ancianas que paliaban el insomnio hasta que sonaba el repique de llamada a la primera función; era la misa de los loquitos, esos que deambulaban en los alrededores de la iglesia porque cachaban limosna con facilidad, o porque dormían bajo los alerones de las vecindades, y, no habiendo otra cosa que hacer, se precipitaban a rezar como descosidos, como si la plegaria les devolviera el juicio o el bienestar. Y era la misa de los estudiantes y los trabajadores, que a esa temprana hora podían despachar la obligación ritual y luego regresar al mundo de empujones, intrigas y zancadillas.
Un día, Rosa apareció con una novedad de sustancia. “Hoy vino a misa un turquito muy interesante”, anunció, lo cual hizo fruncir el ceño a don Roberto y rezongar a doña Trinis. Al día siguiente, Rosa agregó un dato más: “El turquito viene a misa en un flamante Mercedes Benz”, lo cual hizo alzar una ceja a don Roberto y comentar a doña Trinis: “Ha de ser de los turcos que tienen tienda en la 18 calle. Sólo ellos pueden ser tan adinerados”. Pronto, la atención de Rosa sobre el turquito dominó las conversaciones de los almuerzos de los Cosenza. “Es algo chaparro”, concedió un día. Pero otro día le hizo ganar un punto: “Pero llega siempre de traje y corbata”. Diego pensó que debía de ser uno de esos cuadrados que nunca usaban suéter ni camisa corta. “Y se cambia traje cada dos días”, añadía la hermana.
La duración de la misa dependía del cura que la oficiaba. Si era el padre Henríquez, la cosa iba para largo, porque le gustaba la retórica y se largaba con sermones infinitos, de los cuales pocos feligreses podían seguir el hilo, semi dormidos como estaban a esas horas. Si era el padre Onorato Geronazzo, daban muestra formal de la falta de vocación del cura, quien en quince minutos despachaba la ceremonia con sermones escuetos y mínimos, que, cuando leía alguna pastoral del arzobispo, se limitaban al comentario: “Bueno, ya está dicho todo. El que quiera entender, que entienda”. También estaba el padre Smith, un alemán que nunca aprendió bien el español, y que pasaba del latín a un idioma ininteligible, de golpeadas consonantes y pocas vocales.
“Hoy me habló el turquito”, anunció un día Rosa. “¿Y qué te dijo?”, le preguntó su madre. “Me dijo buenos días”. “Y vos, ¿qué le contestaste?”. “Me hice la que no oía”. “Muy bien”, comentaba don Roberto, “la mujer tiene que ser brava y rogada”. Si Rosa hubiese sido jugadora de ajedrez, habría sido campeona nacional. Movía sus piezas con cuidado y paciencia, anticipando con mucho tiempo las movidas del antagonista, y en el caso del turquito, de un antagonista que creía ser protagonista. De modo que, pasado un cierto tiempo, Rosa concedió un murmurado “buenos días” al que se estaba volviendo un pretendiente, y anunció, a la hora del almuerzo, “hoy le contesté”.
Para no volverla tan larga, la telenovela se fue extendiendo, con anuncios de movidas y reculadas, hasta que llegó el fatídico día de la declaración de amor. Toda la familia se quedó en suspenso, pues Rosa comunicó que había respondido al turquito que lo iba a pensar por un tiempo indefinido. Al cabo de una semana, la familia supo que Rosa había concedido el sí tan añorado, más por ella que por el ignaro turco, y poco tiempo después el turco aparcó el rutilante Mercedes Benz delante de casa, con un ramo de flores en mano y con una humilde petición de convertirse en novio oficial. Ambos padres concedieron el permiso, de modo que, de allí en adelante, Rosa era conducida en automóvil de la iglesia a la casa, y de la casa al colegio, donde no se sabe si lucía más al novio rico que al automóvil del novio.
El turquito resultó un turco de Shakespeare, pues era celoso hasta de los ladrillos que edificaban la iglesia.

A la misa de seis, que ahora los novios frecuentaban de la mano, asistía también un muchacho obsesionado por los ritos religiosos. Tenía el cráneo pelado como si acabara de salir de un reclusorio, los ojos desorbitados y un bigotillo incipiente y descuidado. El tipo controlaba a todos los que iban a misa, y se ponía en competencia con ellos para ver quién terminaba primero las oraciones obligadas por el rito. Cuando el cura invitaba a rezar el Padre Nuestro, el chico comenzaba a toda velocidad, mirando a diestra y siniestra, para controlar que nadie le ganara, y recitaba a cien por hora y a gritos: “¡Pdrenstroquestásnciels, santifseatunom, ….!” y con estas abreviaciones y otros trucos, terminaba antes que nadie, y se volteaba satisfecho, ostentando su primacía en la velocidad y en la locura. Se pasaba la misa con los brazos en cruz, como años después iban a hacer los fieles, pero que en esa época era una extravagancia redomada.
Pues bien, una vez venían saliendo de la iglesia el Turquito y Rosa, y detrás de ellos venia el velocista de las oraciones. Como siempre, caminaba con los brazos en cruz y aunque ya el oficio había terminado, venía de todos modos mascullando quién sabe qué plegarias, como un epílogo oratorio a todo lo que ya había dicho durante la misa. Quién sabe qué creyó el Turquito, o quién sabe qué se imaginó. Lo cierto es que se volteó y le encajó al pobre loco un tremendo puñetazo, que lo hizo caer extendido patas arriba, todavía con los brazos en cruz, mientras la viejas beatas salían corriendo y gritando, y el turco le gritaba oscuras amenazas, pálido de rabia y de celos. “¿Pero por qué le pegaste?”, le gritó Rosa. “Es que te echó una flor”, explicó sin inmutarse el celoso impertinente.
Que la cosa era grave lo experimentó Diego, una tarde que iba a entrar a su casa. Dentro el Mercedes rutilante y costoso, los dos novios se tardaban antes de despedirse con arrumacos del todo honestos y pudibundos. A Diego se le escapó una sonrisa. El Turco abrió la portezuela del auto y le gritó: “¡De qué te estás riendo!” Diego se quedó mudo del susto. El otro lo retó: “¡Vamos al atrio de la iglesia y allí nos rompemos la cara!”. Cobarde como era, Diego se escabulló en su casa. Y era solo el principio

De dónde son los cantantes

Etiquetas

,

El agobiado desconcierto de la adolescencia abrió paso, en la ya confusa mente de Diego, a las tribulaciones de la juventud. Si el bosque de la pubertad estaba lleno de plantas carnívoras, hongos venenosos y duendes insinuantes, con imaginadas ninfas procaces y pequeños Eros armados de efímeras flechas que donde ponían el ojo ponían el sexo, la selva de la juventud, menos lujuriosa pero más enigmática, estaba poblada de árboles evanescentes, que parecían árboles y eran sierpes, o parecían rocas y eran arenas movedizas, o parecían cuevas y eran nidos de víboras. Todo era incertidumbre, ambivalencia, multiplicidad. Sólo los libros eran como las maderas de un naufragio, a los que Diego y sus amigos se aferraban para no ahogarse en ese complejo océano de espejos de feria, en donde uno aparecía cómicamente aplastado y gordo o, si no, alargado y deforme. Entrar en el infierno de Pedro Páramo, con sus inquietudes fantasmales, era más seguro que salir a la calle e ingresar en ese mundo tramposo y frágil que era la realidad. Las dudas sembradas por Cortázar, sus famas y sus cronopios, eran sólidos puntos de referencia para una conducta transparente, alegre y desenfadada, contra el rigor monolítico de las enseñanzas del Colegio. La majestuosa escritura de Miguel Ángel Asturias, se volvía una cordillera tan firme como la que se miraba, azul, en el horizonte, era una certeza como lo eran sus poemas aprendidos de memoria: Íntimo amigo del ensueño, Ulises / volvía a su destino de neblina…

Diego seguía reuniéndose con sus amigos de lecturas y discutían furiosamente, como si en ello les fuera la vida, mientras caminaban hacia la Biblioteca Nacional en busca de algún libro que los ayudara en las tareas de investigación asignadas por los maestros. Iban a gritos, a risas, a empujones, con jocosas denuncias de estupidez y cretinería, y podían caminar cuadras tratando de establecer, en su ignorancia del inglés, cuál era el comienzo exacto de una canción de moda. Diego podía sostener que el comienzo era wooly, wooly, mientras su amigo Ignacio gritaba que no, llenando el espacio de la cuadra, que no era wooly, wooly, sino buly, buly, canciones memorables que se disolvieron en la memoria en menos de seis meses.

A esos amigos se había añadido otro grupo inesperado, que se había formado forzosamente y que por milagro había cuajado en amistad. Quién sabe por qué, los curas habían creado una asociación de privilegiados formada por los alumnos que destacaban en los estudios. No eran más de cinco miembros cada año, y la asociación se llamaba, según la promoción, “Don Bosco”, “María Auxiliadora”, “Domingo Savio”. Naturalmente, los excluidos, que eran la mayoría, tildaban a los elegidos con malos nombres: culebras, arrastrados, gusanos… Diego, por las buenas notas y por la incipiente fama de escritor, estaba entre los escogidos. La misma confusión que había originado su deplorable nombramiento como capitán del equipo de fútbol en el segundo año de primaria, hacía que sus compañeros lo votaran como presidente de la clase, aunque los verdaderos líderes eran otros.

Su nuevo grupo estaba formado por Augusto Monteforte (el Mono), José Manuel Cardoza (Josema), ambos hijos de célebres literatos nacionales, y por Víctor Hugo Echeverría (el Flaco), cuyo padre era también artista, pero de la plástica. En realidad, sus lazos más cercanos eran con el Flaco, porque vivía a pocas cuadras de su casa, siempre en la zona 8, y porque, como Diego, era pobre de solemnidad. Si hubiese habido un concurso para ver quién de los dos era más pobre, el resultado habría sido un sólido ex aequo. Solo que, si la pobreza de los Cosenza era endémica y crónica, la pobreza de los Echeverría no. Tiempo hubo en que esa familia fue terrateniente, dueña de una finquita de vacas en las afueras de la ciudad, y las vacas daban leche, y la leche se convertía en sustanciosa fortuna para la familia. Por ese motivo, el Flaco, durante la escuela primaria, se había vuelto famoso, porque el día de Don Bosco proveía con múltiples tambos de leche para festejar al santo protector del Colegio.

Quiso la mala suerte y la implacable lógica capitalista que una hipoteca sobre la finca de vacas y leche se venciera mientras el padre del Flaco estaba en el extranjero, de modo que cuando bajó del avión, se encontró con que el banco le había confiscado tierras, vacas y leche. A partir de ese momento, don Víctor Hugo, el papá del Flaco, se dio por vencido y dedicóse a las bellas artes, mientras refugiaba su desengaño económico en una casona de la zona 8, cuya propiedad estaba en manos de la santa mujer con la que se había casado. Esa santa mujer tenía un nombre apropiado: Ángela. Probablemente porque no se usaba el nombre Santa, que habría sido el preciso y justo para esa alma noble.

Después de clases, los miembros del Círculo o Asociación “Domingo Savio”, iban despreocupada e inconscientemente a casa de los Echeverría, por dos motivos igualmente válidos. El primero es que doña Ángela, o sea doña santa, les preparaba una olla de café, acompañada de pan dulce, que los jóvenes devoraban como si los alimentos hubieran caído del cielo y no hicieran mella en los destartalados bolsillos de la familia. La segunda es que la habilidad manual de don Víctor Hugo se había demostrado, en sus horas libres, que eran las más de la jornada, en la construcción de una mesa de ping pong profesional más un juego de futbolito que nada tenía que envidiar a los que había en las parroquias o en los oratorios. El Mono, Josema, el Flaco y Diego, con el añadido de otros invitados, pasaban la tarde entretenidos en permanentes torneos, interrumpidos solo por pausas para beber café con pan, y, si hacían tarde, un plato de frijoles volteados que doña Ángela ofrecía sin pensar al menguado presupuesto familiar.

Cuando no jugaban, los amigos se recostaban en el lecho del Flaco, y se lanzaban a cantar boleros románticos o corridos mexicanos y alguna que otra canción de la escasa producción nacional. El Mono tenía todas las virtudes: alto, guapo, inteligente, no necesitaba estudiar para estar entre los mejores de la clase, y a eso unía un especial oído musical, más una moto que era la envidia de todos. Poseía varios instrumentos, y a veces llevaba su acordeón, pero más era la guitarra, que tocaba como un virtuoso. Todos decían que era el digno heredero de su padre, don Luis Monteforte, que había sido diputado durante la Revolución de Octubre, y que había muerto joven antes de ver la invasión de Guatemala por los gringos. Sin llegar a tanto, Josema también tocaba la guitarra, pero su destreza era manual y lingüística. La habilidad manual se demostraba en que era capaz de romperle la cara a cualquiera de sus abusivos compañeros. La habilidad lingüística provenía de su padre, de igual nombre, quien había sido filólogo famoso y entre sus hazañas académicas estaba haber civilizado la letra del himno nacional. Josema se sabía de memoria refranes, estribillos, aforismos, trabalenguas, poemas y fábulas, pues el padre había adiestrado a sus hijos como si fueran alumnos de alguna arcaica academia griega. Quedaban el Flaco y Diego, que no poseían tantas virtudes. El Flaco, con su clara inteligencia meridiana, era el mejor en matemáticas, sin rival alguno entre los noventa alumnos del quinto año de secundaria. Diego ni siquiera aprendió a tocar la guitarra: perezoso, dejaba que fueran otros los que acompañaran los cantos de esos crepúsculos juveniles. En una época en que todos sus compañeros comenzaban a probar drogas clandestinas, su única droga eran las espesas tazas de café y las melancólicas canciones que entonaban en coro. Se sabían todas las de Agustín Lara, y Víctor Hugo afirmaba que una segura fuente le había dicho que el músico-poeta mexicano había nacido en Retalhuleu, y que de allí había emigrado al Distrito Federal. Indiferentes al origen del músico, mientras el Mono los acompañaba con singular armonía, los amigos cantaban, con sus voces frescas y entonadas:

Escondí, concha nácar
mis penas en ti,
y encontré
en tu seno>
calor de mujer;
eres tú
<el espejo donde las sirenas se van a mirar;
>y en tu afán de llorar,
convertidas en perlas tus lágrimas
brotan del mar.

 

La novia niña

Etiquetas

,

Llegó, pues, el momento en que las dos hermanas de Diego alcanzaron aquella edad que algunos llaman “la edad de merecer”, o sea aquella época de la vida en que brotan los admiradores de la misma manera que los topos o los conejos sacan la cabeza de los agujeros de los jardines, y estos topos o conejos, de admiradores efímeros pasan a comprobados pretendientes y, al final, después de severo examen, transitan de pretendientes a novios de mayor o menor formalidad. Al menos, así era en la época en que Rosa y Teresa comenzaron a preocuparse de si esta blusa, aquella falda, ese vestido, y, sobre todo, de una traidora imagen en el espejo que les reportaba siempre una pavorosa representación que no coincidía nunca con la que ellas tenían en la mente. Días había en que se veían arduamente seductoras, días en que se encontraban irreparablemente feas. Las tardanzas delante de la luna del baño hacían que Doña Trinis exclamara: “¡Te va a salir un mico en el espejo!”.

Miguel Ángel Pareja (Uruguay)

Mientras Rosa y Teresa andaban en estas preocupaciones, Carolina, la menor, todavía jugaba con despelucadas muñecas de plástico, alguna de trapo que resultaba las más mimada por ser la más desvalida, sin contar que fue la primera en tener una rubia, blanca, espigada y resplandeciente Barbie. Carolina también poseía una cocina en miniatura, con la que preparaba gustosas viandas de barro a sus muñecas, y con ellas entretenía interminables conversaciones que remedaban las de doña Trinis con su plétora de amigas y protegidas.

Doña Trinis tenía amigas-amigas, como la Socorrito Olivares, con quien había compartido la infancia y juventud en el lejano Chimaltenango. “¿Te acordás, Trinis, de cuando jugábamos básket y vos eras capaz de encestar la pelota desde el medio campo?”, se sumergía en la nostalgia la Socorrito, que había sido tan bonita como doña Trinis, y era tan ocurrente y tan chistosa como su amiga. Doña Trinis tenía amigas-protegidas, como doña Soledad, también conocida como Doña Chole, que llegaba a llorar con elegancia perfumada y arcaica compostura miope los adulterios de su marido finquero, un viejo rollizo, rubio y blanco como un puerquito de alcancía, a cuya amante había puesto tienda en el centro. Otra protegida suya era la Florinés Salazar, una bella mujer con mala suerte para los amores. De uno de ellos había nacido Monchote, quien a la salida del colegio se establecía en casa de los Cosenza, mientras su madre pasaba a recogerlo. Monchote padecía de bulimia, y cuanto alimento veía lo hacía exclamar: ”¡Pero qué apepitoso!”

A pesar de ese tránsito metropolitano en su casa, doña Trinis mantenía constante vigilancia sobre sus hijas, no fuera a ser que algún malandrín las sedujera y las abandonara. A su debido momento, Doña Trinis las había aleccionado: “No vayan a ser brutas, no les crean a los hombres. Aunque ustedes sean feas como sapos, siempre les van a decir que son divinas, que son preciosas, que tienen cara de ángel, y lo peor de todo es que ustedes se lo van a creer. Los hombres solo quieren una cosa, y cuando la han obtenido, desaparecen como el sombrerón de las leyendas”.

Rosa, con su carácter alegre y su conversación divertida, coleccionaba admiradores y pretendientes como si fueran los infinitos granos de una mazorca. Los mantenía alejados y de vez en cuando escogía uno, que se convertía en fugaz novio de extramuros, rápidamente descartado por fútiles motivos. Rosa vivía la vida con ligereza y al mismo tiempo con seguridad, como si tuviera un control total de botones, palancas e interruptores del imaginario tablero de instrumentos de su personal barca fantástica.

Teresa era reservada y silenciosa, mortalmente tímida, romántica y melodramática. También era distraída al punto que una vez salió a la calle bajo el deslumbrante sol del altiplano y, para contrastarlo, se puso unas gafas de sol. Al regresar, comentó a sus hermanos: “¡Quién sabe qué tengo en la cara, que todos se me quedaban viendo!”. Sus hermanos se rieron. Las gafas eran elegantes, y mucho, pero tenían el leve defecto de que les faltaba el lente derecho. Teresa no se daba cuenta. Podía salir a la calle con los zapatos desapareados, y también allí se quejaba de llamar la atención. Se caía con frecuencia. Regresaba con un rodilla pelada y anunciaba melancólicamente: “Me caí otra vez”, y ya nadie le hacía caso. Teresa parecía no tener pretendientes, pero de vez en cuando alguno de los compañeros mayores de Diego le decía con seriedad, sin ánimo de ofender: “Hacéme el favor de presentarme a tu hermana”. Como es natural, Diego se ofendía.

Las historias de amor circulaban en casa de los Cosenza como los ramalazos de viento que hacían silbar el aire en el mes de noviembre. Las protegidas de doña Trinis llegaban radiantes a contar sus recuperaciones, sus conquistas, sus avatares, o contaban las desilusiones, las amarguras, los relajamientos. Hubo alguna que llegó gritando a las seis de la mañana, para denunciar al malevo que acababa de regresar oloroso a alcohol y perfume barato. Rosa contaba sus conquistas y sus abandonos a la hora de la comida, mientras Teresa se ruborizaba ante las alusiones de sus hermanos. No negaba estar enamorada sin consuelo de Robert Stack, el protagonista de “Los intocables”.

La más sorprendente de esas historias amorosas no la contó ninguna de sus hermanas, sino la contó, muchos años después, el hermano menor, David, quien a esa sazón andaba por los seis años. David solía sentarse en el umbral de la casa, que tenía una cómoda gradita, en la que se acomodaban, con frecuencia, los cansados viandantes de la ciudad. Por estar sentado allí, le tocaba asistir a la solemne ceremonia de la recogida de basura. De las casas vecinas salían corriendo las señoras o las domésticas, cargando sus bolsas, apenas oían la campana y el lamento funebre: “¡La basuraaaaa!”

Entre toda esa gente venía una niñita que se sentaba al lado de David, y ambos observaban las complejas operaciones de entrega de las bolsas y sucesivo vuelo de las mismas al interior del camión. Todos llamaban “basurero” al recogedor de basura, pero él exigía que lo llamaran, feudal, “el Señor de la Basura”. Con el tiempo, los dos niños se comenzaron a hablar y el tema de conversación no podía ser menos romántico: la basura, su recogida, las maniobras del señor de la basura. Pero, como de todos es conocido que razones tiene el corazón que la razón desconoce, entre ambos nació un pueril enamoramiento y bien se hubiera podido decir que eran novios. Un día la niña dejó de llegar. David llegaba con puntualidad a sentarse en la gradita, pero ni señas de su enamorada. Y en esas estaba, cuando, desde su privilegiado punto de observación, vio pasar una vez un entierro, con un pequeño féretro blanco en el centro. “¿Quién es?”, preguntó David. “La niñita de la vecindad, esa que se sentaba con vos para ver al basurero”, le dijo alguien, con crueldad. Y añadió: “Se le alborotaron las lombrices”.

 

Crepúsculo, fútbol y polvo

Etiquetas

, ,

La afición apasionada de Diego Cosenza por el fútbol no se apoyaba en una igual pericia en ese deporte. Digamos que, si lo jugaban todos, Diego también lo hacía, pero sin los resultados de algunos de sus compañeros. Desde que en el segundo año de primaria sus compañeros habían equivocado habilidad literaria con habilidad agonística, lo habían nombrado capitán del equipo de fútbol y, a la primera bochornosa patada al aire lo habían degradado de inmediato, Diego merodeó en los alrededores de ese deporte sin lograr mayores resultados. Su padre, don Roberto Cosenza, había sentenciado que el fútbol no le interesaba porque se trataba de “22 burros que persiguen a una pelota tratando de patearla”. A pesar de tan perentoria filosofía, a Diego le encantaba jugar mal, jugar pésimamente, pero jugar.

Al terminar las clases, Diego y algunos amigos se quedaban jugando en los corredores del Colegio. También otros jugaban en parejas. Eran cinco contra cinco, en espacios estrechos y allí, sin la presión del campo oficial, que le parecía enorme, Diego daba lo mejor de sí mismo. Driblaba con quiebres de cuerpo, hacía fintas, se escapaba por la izquierda o la derecha, y hasta disparaba tremendos cañonazos que se podía permitir porque la pelota no era la reglamentaria de cuero, sino de plástico, cuando no unas pelotitas que vendían en el mercado, fabricadas con los intestinos del cerdo. En puro argot guatemalteco, se llamaban “pelota de tripa de coche”.

Jugaban sin sentir el cansancio, estallaban en gritos de júbilo cuando metían gol, cosa frecuente con los precarios balones de juego, se chocaban, se metían zancadilla, se prometían venganza, se vengaban, y el juego terminaba cuando el crepúsculo caía de repente, como suele caer en el trópico, en media hora del esplendor a la oscuridad. El Consejero, un cura que no daba consejos sino imponía una ruda disciplina, tocaba una campana que indicaba que el Colegio cerraría el portón y era hora de ir a casa. En una de esas, Diego, enfadado porque la campana había interrumpido una jugada particularmente feliz, se retrasó deliberadamente. Desde el portón, el Consejero le gritó: “¡Rápido, rápido, que si no salen rápido cierro el portón y se quedan encerrados!”. Diego se tardó todavía más. A paso de tortuga, sin hacer caso de los gritos cada vez más fuertes del Consejero. Naturalmente, fue el último en salir. El Consejero lo miró con una acentuada cólera fría, y sólo le comentó : “Estás poseído por el pecado de la soberbia”. Lejos de arrepentirse o de sentirse mal, Diego sintió un extraño orgullo por esa acusación.

A veces, en lugar de quedarse en el patio del colegio, Diego jugaba en el callejón de su casa, que por esa época era de tierra maciza y por donde casi nunca pasaba un automóvil. Él y sus amigos ponían un par de piedras que fingían una portería y jugaban hasta que la noche no los dejaba ver el balón. Sudados y llenos del polvo de la calle, se despedían allí, hasta el día siguiente, hasta la tarde siguiente de crepúsculo, fútbol y calle polvorienta. La estrategia instintiva de Diego lo había hecho hacerse amigo de los más pendencieros e inquietos de sus compañeros, que por ese motivo eran catalogados por los curas como los peores de la clase. ¡Cuántas veces Diego se confesó, el día de ese sacramento obligatorio, de tener malos compañeros, como si fueran malos esos buenos amigos que lo defendían de las amenazas de los más fuertes!

Una de esas Navidades, sus padres le regalaron una pelota de hule cuyas dimensiones parecían las de una pelota de básket ball. Ese modesto regalo convirtió a Diego en uno de los habitantes más ricos del barrio. En las largas tarde de vacaciones, un grupo como de diez muchachos pasaba por su casa y lo invitaban a jugar al fútbol con ellos. ¡Qué honor inusitado, qué triunfo social, que laureles imprevistos! Diego se sentía feliz por esa invitación, aunque no se le escapaba que siempre iba acompañada de la petición de que llevara su pelota, pues los infelices no tenían ni siquiera un balón para jugar. Diego llevaba la pelota bajo el brazo, como quien lleva un cofre con tesoros de joyas, de oro y de plata, y no la soltaba hasta que, una vez en el campo, alguno gritaba: “¡Bola al aire!”, un patadón lanzaba el balón por los cielos, y, como una inocua jauría, los chicos iban detrás de él. Más de una vez, Diego se ofendió con sus amigos, o porque lo hacían aterrizar en el suelo de un violento empujón o porque no le hacían un solo pase, en perfecta ignorancia de su augusta presencia. Entonces recogía la pelota, la aferraba de nuevo, y allí se acababa el juego, porque el empurrado Diego se regresaba a su casa. Allí comprendió la fundamental importancia de ser el dueño de la pelota.

Los ídolos del Colegio no eran los muchachos que sacaban las mejores notas. Al contrario, los demás los llamaban “culebras” porque, a su modo de ver, ser estudioso y sacar buenas notas era arrastrarse delante de las autoridades del Colegio. Los verdaderos héroes eran los miembros de la Selección de fútbol. Había un campeonato escolar y los partidos sacaban a luz las feroces rivalidades entre los colegios y los institutos. Las luchas entre los colegios católicos y, de suplemento, las luchas entre los colegios católicos y los institutos públicos. Probablemente por su origen popular, la Selección del Don Bosco era de las mejores, si no la mejor. Hacían trizas a los engolados alumnos del colegio jesuita, se deleitaban en golear a los pequeños colegios privados con nombres en inglés y el campeonato transcurría victoria tras victoria, con los pequeños que miraban a los cracks de los años superiores como se podía adorar a un dios griego. Los partidos duros eran contra los colegios similares, como el de los maristas, con el que la rivalidad era de muerte. Por no decir los épicos partidos contra los pelagatos de los institutos nacionales, enemigos de cajón por ser ateos, comunistas y revoltosos. Diego veía como ejemplos inalcanzables a los mejores jugadores, que apenas salían del Colegio pasaban a formar parte de la Selección Nacional de Guatemala. Y se consolaba imitándolos, con su pelota de hule, en los largos crepúsculos de callejón, polvo y fútbol,

Las canciones improbables

Etiquetas

,

Aparte de los libros, ventanas que abrían sus hojas a prodigiosos mundos de capa y espada, de mosqueteros y piratas, de torturadas ánimas rusas en busca de salvación y que en esa búsqueda se perdían, entre laberintos inexpugnables entre lo espiritual y lo filosófico (tormento delicioso para un adolescente); aparte, entonces, de la sagrada lectura de Nostradamus y de Veinte años después, de El príncipe idiota y los cuentos de Maupassant, Diego Cosenza, apenas al regresar del colegio para la pausa de mediodía, tenía otras ceremonias y rituales que oficiar. Uno de ellos era encender su viejo radio Philips, ya sintonizado en la 9.80, la única emisora juvenil que transmitía los últimos éxitos de la hit parade de los Estados Unidos.

La nueve ochenta había sido fundada por unos muchachos ricos que tenían la posibilidad de viajar a los Estados Unidos con frecuencia y allí se compraban los últimos discos de moda. O tenían amigos allá, que les mandaban los mayores sucesos del momento. Diego se recostaba en la cama, abría el último libro que estaba leyendo y escuchaba la música que para don Roberto, su padre, no era música sino desenfreno y escándalo de locos. A la vuelta de la esquina se había quedado la moda de Elvis Presley y su rival Pat Boone, cantantes que a Diego le parecían un par de decrépitos ancianos decadentes. Ahora el sonido era el de Londres y el único norteamericano que valía la pena era un canadiense, Paul Anka.

Diego escuchaba canciones cuya letra no podía entender. Cierto, de tanto oír los títulos, sabía lo que significaba The ferry cross the Mersey, porque las clases de inglés de algo servían. Pero de allí a comprender lo que cantaban los Beach Boys o The animals, ya era palabra mayor. Toda la vida quiso saber la letra de una canción de la cual conocía solo el principio, que parecía sacado de una lección escolar: There is a house in New Orleans y cuyo título prometía una desvencijada mansión con maderas carcomidas por el agua y los insectos, el sucio río mal odorante que corría cerca, las alicaídas puertas desencajadas y chirriantes, óxido, humedad y misterio: The House of the Rising Sun. A veces, los jóvenes locutores traducían los títulos, otras las recitaban en inglés, porque para devastadora envidia de Diego, esos muchachos sabían el idioma de los gringos. Por una época, anduvo imitando a los Dave Clark’s Five, pero luego se pasó The Monkees, y quién le iba a decir que sobre esos grupos caería el olvido. Tampoco estaba en una edad en que importara mucho la duración en el tiempo. Importaba el ahora porque el futuro estaba en una nebulosa indescifrable, y el pasado, demasiado cercano, tan cercano que no parecía pasado, sino una parte del presente.

La nueve ochenta no transmitía, rigurosamente, música en español. Había que buscar otras emisoras para escuchar a los ídolos latinos, que eran como hermanos menores de los gringos y los ingleses. Con el tiempo, Diego olvidaría todas las canciones de Palito Ortega, pero en esa adolescencia somnolienta no pasaba día que no recordara alguno de los motivos pegajosos del argentino, sobre todo uno que cantaría siempre en las fiestas juveniles, cuando se destapaban las latas de birra al son de “Qué chabocha la cebecha, que che chube a la cabecha…” o las lánguidas melodías de Leo Dan, o las comprometidas y medio poéticas de Leonardo Favio (“Hoy corté una flor/ y llovia, llovía…” “Es un buen tipo mi viejo…”) Para las versiones latinas del rock gringo estaba Enrique Guzmán, un flaco mexicano bastante esmirriado y feúcho, que tenía la virtud de lucir novias estrepitosas y más altas que él. Guzmán era bastante payaso, y su mejor canción no fue ninguna versión charra del rock norteamericano, sino una tontería que se llamaba “Popotitos”, dedicada a una novia que padecía lo que más tarde se llamaría “anorexia” (“Popotitos no es un primor/ pero baila que da pavor/ a mi Popotitos yo le di mi amor”). La cantaban todos. Los sábados pasaban, en la tele, The Top of the Pops, y muchos años después Diego se iba a preguntar cómo les parecía un portento ver un borroso videotape en blanco y negro como si fuera la mayor posibilidad de la técnica, con las imágenes que se esfumaban, se deformaban, zigzagueaban por las interferencias, semejantes a las de los trastabillantes astronautas en la luna.

Uno de esos mediodías en que regresaba con sueño porque el hambre lo atacaba con ferocidad juvenil, encendió la radio y un locutor de la nueve ochenta anunció que, en Londres, estaba haciendo estragos un grupito llamado “Los escarabajos”. Eran unos muchachos algo raros, que se vestían con traje y corbata, rigurosamente de negro pero la característica más notable es que se dejaban crecer el pelo hasta cubrir las orejas, de modo que también eran conocidos como “los peludos”. Las cosas raras que hace la gente para sobresalir, comentaba el chico de la radio. Luego puso una canción de una facilidad espantosa. Diego entendió todo. La canción se llamaba I love you, y la mayor parte de ella se cifraba en repetir ese estribillo. La oyó, le gustó y toda la tarde anduvo con la cancioncilla en la cabeza. La semana siguiente pusieron Twist and shout y a Diego le pasó lo mismo de la semana anterior, la canción se le quedó prendida todo el día, como esos chicles que uno no logra despegarse de los dedos. Con los años, contaba esa anécdota para relatar cómo había descubierto a los Beatles. Y cómo, a partir de ese momento, no hubo canción de ese grupo que no oyera con devoción, y la oyera tantas veces, que lentamente lograba descifrar sus letras, con grandes vacíos que rellenaba con invenciones de su caletre, en un inglés de pura creatividad. De modo que si otros querían aprender inglés para el comercio, para la empresa, para el business, Diego lo quería aprender para comprender las canciones de los Beatles.

En el colegio, el inglés era deplorable. Por cinco años seguidos él y sus compañeros habían tenido maestros de todos los tipos y colores, y el resultado era que después de esos cinco años nadie sabía inglés. El último, un gordito bien comido, de buena familia, sonrosado, orondo y redondo, llegaba con trajes hechos a la medida y olor a loción cara. Parecía de esos cerditos de dibujos animados que ya tienen la manzana en la boca para ser metidos al horno. Puesto que no tenía el menor sentido de la disciplina, durante sus lecciones sus compañeros armaban un escándalo de alharaca, algarabía y alboroto, y para poder oírlas bien, Diego se ponía en primera fila, tomaba apuntes, imitaba los gorjeos del gordito, en casa repasaba las lecciones del manual del siglo antepasado, y a pesar de todo eso, no entendía las canciones de los Beatles.

Surgió, entonces, una ocasión definitiva para aprender inglés. Un intercambio ofrecido por la Embajada de los Estados Unidos, el American Field Service, proponía un año de estancia con una familia de aquel país, remunerada al año siguiente con la acogida de un joven norteamericano en la propia casa. Diego se presentó al test de admisión y lo superó gracias a las enseñanzas del gordito burgués. Llegó a su casa y con gran felicidad mostró los resultados. Don Roberto dejó pasar un par de días y luego lo llamó por aparte. “No podés aceptar”, le dijo. “Vos querés ser escritor y si en el futuro serás famoso, te van a echar en cara haber recibido un regalo de los gringos”. Y con eso cerró el caso. Diego aprendió, entonces, lo que era la ideología: cubrir con nobles ideas un interés concreto. Años después, comprendió que su padre le prohibía la beca por dos motivos igualmente importantes: el primero tenía que ver con el obsesivo y tenaz terror de sus padres a perder el estricto y milimétrico control de los hijos; el segundo, y probablemente el más decisivo, el terror de tener una casa pobre, tirando a humilde, de donde un gringo habría salido corriendo, despavorido por las estrecheces, por la modestia, por las naturales carencias de un apolillado sueldo estirado hasta el fin de mes.

Diego y el sexo

Etiquetas

, , ,

Como esas violentas correntadas de los ríos que se salen de madre e invaden, irrefrenables, calles, casas, puentes, páramos, cultivos, el sexo irrumpió en la tardía niñez de Diego Cosenza. Si esa corriente encuentra en el camino gentes o animales, los arrastra impunemente sin que la desesperación del falso movimiento sobreviviente pueda hacer nada para gobernarla. Como los vehementes vientos huracanados que levantan los techos igual a casas de papel o casas de muñecas, que abaten palos de la luz, ramas, arbustos, letreros y ventanas. Como la profunda marea baja que te arrastra hacia el fondo del mar sin que puedas hacer nada para recuperar la orilla, porque su potencia es infinita y tu debilidad inerme, y es inútil que patalees o arremolines los brazos como la inútiles aspas de un rehilete desvalido.

“Adolescentes”, óleo de Bettina Schoppoff

Diego vivía su infancia en una cápsula transparente y, desde esa cápsula, veía que sus compañeros ya mostraban un bozo incipiente, hablaban con dudosos tonos de voz, a veces roncos, a veces agudos, se volvían broncos e histéricos, belicosos y susceptibles, como si un mago los hubiera transformado por encantamiento. En un cierto sentido, los envidiaba, y a veces Diego imaginaba o rogaba irse a dormir y despertar ya con 18 años cumplidos, harto de ser un niño al servicio de las órdenes de padres y maestros. Diego cumplió los 14 años en su mundo cerrado, y notaba que sus compañeros compartían misteriosos secretos que él no entendía, se jactaban de tener novia, ignominia espantosa, y días volvían a ser niños y días, en cambio, eran como extraños seres híbridos, de esos engendros que salían en las películas de ciencia ficción, mitad pescado y mitad hombre.

Hasta que un día de sus catorce años, ya bajando hacia los quince, unos hilillos pelambrosos le comenzaron a salir en las comisuras de los labios. Más tardó en sucederle que don Roberto Cosenza en burlarse de él a la hora de la comida: “Tenemos como invitado a Cantinflas”, dijo, muy serio. Después de un segundo de silencio, toda la familia estalló en burlas y rechiflas, al punto que Diego, ofendido, se levantó y se encerró en su cuarto. Peor le fue con el cambio de voz. Ni siquiera le vino un tono baritonal, sino que sus frases tenían inesperados agudos de refinada soprano, que también fueron blanco de las burlas de su padre, quien comentó: “Tenemos un pollo ronco de invitado”. Nuevas carcajadas y tomaduras de pelo, nuevo berrinche y encierro en el cuarto.

Diego observaba su cuerpo como quien sufre una mutación inexplicable. Nadie, ni en su casa ni en el colegio, le había advertido de lo que estaba por sucederle. Ni en su casa ni en el colegio se podía hablar de sexo. Los maestros continuaban inmutables con sus clases de idioma, de matemáticas, de música, de estudios sociales, y no había ningún resquicio por donde su pudiera colar el tema que atormentaba a todos los muchachos de la clase. Alguna vez, cuando un maestro se enfermó de repente y no pudo llegar al trabajo, el padre Consejero llegó a improvisar, y no teniendo otro tema por la cabeza, anunció: “Vamos a hablar de sexo”. Si hubiera dicho: “Voy a contar cuatro chistes verdes”, habría dicho mejor.

Como podían, Diego y sus compañeros se malinformaban unos a otros de ese bosque recóndito en el que estaban entrando, oscuro y cerrado como en noche sin luna. Diego recordaba, con vergüenza, que en cierta época de la niñez llegó a creer que los niños se engendraban con los besos apasionados que se daban los artistas en el cine. ¿No era por eso que los curas, cuando había función escolar, le ponían una mano al proyector para ocultar la escena final de casi todos los films, en ese casto y falso beso que fingían los protagonistas para sellar románticamente su historia? En cambio, hablando en voz baja con sus compañeros aprendió, y aprendió mal, todo lo que tenía ver con el sexo. En las clases, debajo del pupitre, se pasaban una revista pornográfica disfrazada de didáctica generalización científica. Se llamaba “Luz” y arrojaba una gran cantidad de oscuridad sobre los conocimientos sexuales de los estudiantes.

¿Es verdad que la masturbación provocaba enfermedades indecibles, retraso mental y corrupción de las costumbres? Los curas decían que sí, en la confesión. La revista “Luz” señalaba que desde el punto de vista médico no había pruebas ciertas y, para mejor comprobación de lo dicho, publicaba desastrosas fotografías anatómicas de enormes miembros masculinos que dejaban a los muchachos con igualmente enormes complejos de inferioridad. En ese desorden mental provocado por la irrupción del sexo en la vida de los chicos, no faltaban los descarriados y los degenerados, que no eran ni descarriados ni degenerados, pero que disfrutaban con gozar de tal fama, como si ello fuera la certificación de la virtud más apreciada en esa época: la virilidad.

El padre Raudales era el maestro de música. Mejor habría sido decir: era el maestro de nada. Entraba a la clase cargando un mastodóntico tocadiscos portátil y una maleta con discos de vinil, de estricta música clásica. Solo esa entrada daba lugar a desórdenes ruidosos e incontenibles, porque el padre Raudales poseía la virtud de provocar la indisciplina y el vicio de no saber controlarla. Volaban avioncitos de papel, había quien contaba chistes gruesos y las risotadas apagaban la voz del profesor, quien trataba de explicar la vida de Mussorgsky, como si la vida de Mussorgsky explicara la música de Mussorgsky. Y luego de la biografía, venía el disco, que en teoría habría que escuchar en reverencioso silencio, y que en cambio sonaba en medio de una barahúnda colosal, y de nada servían Beethoven, Mozart, Brahms, Vivaldi o Haydn, el resultado era el mismo: un total analfabetismo musical a favor de los desmanes incontrolables de los adolescentes desatados. Había quien fingía leer un manual de matemáticas, levantaba el libro y todos lanzaban exclamaciones de aspaviento, porque escondía una formidable y exuberante conejita de Playboy. En más de una ocasión, uno de los degenerados se bajaba la cremallera del pantalón y exhibía, siempre con la cobertura de un libro, una erección volcánica y tempestuosa, que los demás apostrofaban entre risas y motes. El padre Raudales se volvió famoso porque una vez perdió la paciencia, y a unos de sus alumnos más fieles le gritó: “¡Eres un Tartufo!” Los ignorantes, que en su miserable vida habían oído la palabra y mucho menos conocían su significado, estallaron en una risotada, y desde ese momento llamaron a Raudales “el Padre Tartufo”.

Complicadas y turbadoras, perturbadoras, eran las erecciones espontáneas, que obligaban al uso de pantalones holgados, o a cubrir la evidencia inesperada con lo que fuera, un periódico, un suéter, un libro, o si no había nada de eso, con las manos cruzadas por delante, en piadosa actitud, mientras se rogaba a todos los dioses del universo que se extenuara esa rigidez indeseable, que para nada servía si no para ponerlos en vergüenzas. Una vez, su amigo Leopoldo contó que regresaba en autobús hacia su casa y que ya había tocado el timbre para que el armatoste se detuviera en la parada, cuando de pronto se irguió con potencia indescifrable el monstruo descarado, “y me tuve que bajar como cinco paradas más adelante. Caminé como un kilómetro, de regreso”.

Todos se jactaban de tener novia y Diego se consideraba un ser inferior, porque, aunque quisiera, aunque hubiera tenido la oportunidad, con el desarrollo físico se le había desarrollado también una invencible timidez de hierro, una cadena que lo atenazaban y lo inmovilizaba delante de la presencia femenina extraña a la familia. Había quienes relataban que, por las noches, reptaban como soldados en la jungla hacia el cuarto de las domésticas, y que yacían con ellas en completo y tumultuoso silencio, para no despertar a sus padres. Otros, o los mismos, ostentaban sus visitas a los numerosos burdeles de la ciudad, y como si fueran medallas de guerra, enumeraban las enfermedades venéreas que habían superado con la complicidad del médico de familia. Los chicos se tocaban unos a otros, como quien toca a una mujer, y el que no reaccionaba de mal modo, venía apostrofado y vilipendiado, en un molestar y ser molestado que delataba la ambigüedad de esas edades inseguras. Hasta que un día ocurrió un hecho que certificó e hizo público el cambio que todos estaban viviendo. Cinco muchachos que acababan de regresar de El Salvador, después de un año de seminario, fueron expulsados del colegio. Por un tiempo nadie supo el motivo, pero poco a poco emergió a la superficie. Los cinco se habían ido a una casa de citas, y, luego, arrepentidos, se habían confesado con el Padre Director. Al día siguiente fue la expulsión.

Muchos años después, Diego iba a pensar que el sexo sería como el dinosaurio de Tito: siempre iba a estar allí. Quizá la única lectura posible de ese afortunado y brevísimo relato era la interpretación psicoanalítica: el sexo es el dinosaurio, y por eso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Siempre va a estar allí.

El ambiguo señor Antúnez

Etiquetas

,

David, el hermano menor de Diego Cosenza, cayó enfermo de un día para el otro. Así como una ficha del dominó hace caer a la más cercana, también Doña Trinis cayó en un estado de obsesión, angustia y desasosiego porque la causa de la enfermedad era un impenetrable enigma. A David no le dolía el estómago, no le dolía la cabeza, no le dolían los pies, no le dolía nada, pero se sentía abúlico, desmayado y al mismo tiempo inquieto, como si una desgracia desconocida le fuera a suceder de repente. Por su condición de benjamín de la familia, David fue el primero y último que tuvo pediatra, mientras el resto de hermanos estaban relegados a los cuidados, consejos y cuchicheos del bondadoso Doctor Castrillón. Llamóse, entonces al pediatra, que llegó a casa tarde en la noche, después de un día de abrumadoras consultas, bajo una persistente y abundante lluvia que agobiaba a torrentes la ciudad. “Vamos a ver qué tiene este ceroglífico”, dijo, al entrar. Diferentemente de Castrillón, de modos suaves y hablar melancólico, el pediatra Pereira ostentaba un fornido vocabulario de albañil y carretero. Entró a la habitación donde yacía el moribundo y con Pereira quería entrar doña Trinis, quien fue expulsada inmediatamente con el epíteto de “vieja metiche”.

La laboriosa auscultación duró una media hora. Durante esa media hora, la familia se reunió en la mesa del ansioso comedor, en espera de la definitiva sentencia del doctor Pereira, que, a pesar de sus malos modos, era eficaz, seguro y honesto. Lo habían experimentado algunos años antes, cuando otro pediatra quiso aprovecharse de las ansias de doña Trinis y había examinado al pequeño David porque la madre le veía una cabeza más grande de lo debido. Ese estafador pediátrico apenas vio el pollo pensó en desplumarlo. Presumió que podía tener una hidrocefalia temprana y mandó una poderosa e inagotable batería de exámenes que extirparon los exhaustos ahorros de don Roberto Cosenza. Conjeturó una posible operación para drenarle el agua de la cabeza, y la familia anduvo encrespada por mucho tiempo ante la posibilidad de verle el coco abierto al pequeño infante. Luego de lo cual, se hacía pagar cada semana para medir la circunferencia de calabaza de David, y hacía gestos de preocupación y disgusto después de coronar la cabeza del niño con una cinta métrica de sastre. A don Roberto Cosenza las sospechas de timo se le confirmaron el día que el medicastro le preguntó: “¿Y usted qué piensa, don Roberto? ¿Le habrá crecido la cabeza?” Fue entonces que visitaron al doctor Pereira, para una consulta alternativa. Pereira ni siquiera midió la testa del niño. Alzó la vista y apostrofó a los afligidos doña Trinis y don Roberto: “Viejos tarados”, les dijo. “Este niño es simplemente un cabezón y será toda la vida un cabezón. Ojalá sea inteligente también, no como ustedes, que se han dejado estafar”.

Pasado que hubo la media hora, salió el doctor Pereira de la mano de un resucitado David, y se dirigió así a los atribulados progenitores, con expresión más grave por la carencia de insultos: “Su hijo tiene algo que contarles”. Si no fuera un poco gastado, el adjetivo “compungido” sería el más adecuado para calificar la actitud de David, que entre pucheros y tartamudeos relató que el señor Antúnez, su maestro de catecismo, materia indispensable para hacer la primera comunión, ejercitaba sobre sus pequeños alumnos una violencia desorbitada. El tipo no era un cura sino uno de esos que se meten a cura y por alguna razón misteriosa no pueden completar la carrera. Se quedan a mitad de camino, y por eso, en vez de “padre”, se les llamaba “señores”. En algunos casos, como en el del violento encargado de la librería del colegio, se sabía que había interrumpido la carrera por los ataques epilépticos. En el caso del maestro de catecismo, ignotas y obscuras razones lo habían impedido. A esas clases asistía también el primo Oliver, una especie de patito feo y travieso, un gemelo gordito de David. “Es que el otro día”, comentó David a sus asombrados padres, “estábamos en clase de catecismo, y cuando el señor Antúnez le hizo una pregunta del librito a Oliver, aquél no supo responder y entonces el señor Antúnez se le echó encima y comenzó a darle de trompadas, tan furioso que creímos que lo iba a matar. Todos los niños nos pusimos a gritar, y por eso entró el padre Director, que andaba en los pasillos, oyó el griterío, y a duras penas logró sacar a Oliver de las manos del señor Antúnez. Oliver se meó del susto. Y yo no quiero hacer la primera comunión. Yo tengo miedo”, dijo David y se puso a llorar.

Al día siguiente, Doña Trinis se presentó en el Colegio y preguntó por el señor Antúnez. Un sirviente se perdió en los oscuros corredores que separaban la sala de espera de los impenetrables dormitorios de los curas. Al buen rato apareció Antúnez, baja estatura, pelo gris, fornido, ambiguo y con aire distraído. Se acercó a la señora y le preguntó, inconsciente: “¿Qué se le ofrece, Doña Trinis?” Lo que doña Trinis le dijo queda en los anales de lo inefable por exceso, de lo indecible hiperbólico, del insulto mayor y la amenaza ejemplar, de la imprecación soberana, de la blasfemia suprema, del denuesto descomunal, de la diatriba clásica y la deprecación en grado sumo. Si hubiera un honoris causa de la injuria y el ultraje, doña Trinis hubiera sido doctorada allí mismo por el jurado más exigente del universo. El resultado fue un señor Antúnez pálido, mudo, tembloroso, gelatinoso, con las canillas claudicantes y que salió disparado a vomitar al baño a causa del espanto provocado por la atroz filípica de doña Trinis.

Demás está decir que, en las sucesivas clases de catecismo tremolante, ningún niño fue rozado, ni siquiera con la vista, por el pávido Antúnez. Muchos años después, Diego Cosenza se iba a enterar de sospechosos rumores y maledicencias que circulaban sobre Antúnez. Un compañero le dijo: “Atrás del colegio hay un barranco. Allí se llevaba Antúnez a sus favoritos y les hacía mañas”. Diego también supo que los curas conocían esa anómala inclinación de Antúnez y como perentorio castigo lo habían mandado a un inerme internado de otro país.

El Grito Edvard Munch

Mientras tanto, el infame había desarrollado un terror patológico hacia doña Trinis. David contaba divertido que, una vez, mientras estaban de excursión en Los Aposentos, un helicóptero comenzó a sobrevolar el balneario. Nunca se supo si de bromas o veras, el señor Antúnez corrió a esconderse, gritando: “¡Doña Trinis, doña Trinis!”. No andaba tan descaminado. Porque Doña Trinis había alquilado un taxi, había seguido al autobús de excursionistas, y desde el taxi, aparcado en las afueras del balneario, vigilaba la conducta del pésimo maestro de catecismo.

Lasaña, cabrito y borracho

Etiquetas

,

Para Diego Cosenza, la muerte de su abuelo Antonio era un crepúsculo de oblicua y tibia luz naranja, el fuerte perfume a madera del mostrador de la tienda, los tropiezos de una tía que pasa desencajada (¿llorando o gritando?) y anuncia la noticia, alborotada gente que corre, agitación, descompostura, una memoria que desaparece en la impasible niebla de sus cuatro años. Años después, le contaron que su abuelo había muerto, quizá, de un repentino ataque al corazón, y que la tía que le llevaba la comida lo había encontrado tendido en el piso, como si durmiera. El siguiente recuerdo, persistente, es el viaje a la capital, en un amplio y oscuro carro fúnebre, con el féretro al centro y un par de bancas a los lados. En ellas iban sentados los familiares. El entierro del abuelo en el Panteón Italiano selló una amistad con los paisanos que se prolongó por muchos años.

A la casa de los Cosenza no llegaban de visita los italianos ricos. Llegaba don Natale Milanese, que, por paradoja perversa, no era de Milán. Don Natale tenía un hotel en Escuintla y de vez en cuando trepaba la retorcida carretera hacia la ciudad, con un enorme cesto de especialidades de su tierra. Sus connacionales lo miraban de reojo, porque don Natale se había casado con una mulata de Puerto Barrios, quién sabe cómo recalada en Escuintla. Era ella, doña Felisa, la que abría el cesto de donde salía un fiasco de Chianti, cubierto de paja y con un pequeño gallo negro en la etiqueta. Luego brotaban los salamis, listos para ser cortados en rodajas, las mortadelas, redondas y pálidas, los quesos secos y los quesos cremosos, los quesos apestosos que sólo don Natale y don Roberto se comían con gusto, mientras doña Trinis y sus hijos se alejaban con horror de la pestilencia a patas podridas.

De la canasta emergía el príncipe de los quesos, el aristocrático queso parmesano que se distribuía en porosas hostias delgadísimas, como si fuera el sagrado cuerpo de un dios terrestre y dionisíaco. En la cocina, doña Felisa preparaba unos tallarines hechos en casa, con una salsa de carne que ya traía preparada. Brindaba don Natale con su vozarrón de barítono profundo, el oscuro vino en copas alegres y reparadoras, y brindaba don Roberto sintiéndose, lejanamente, una suerte de encarnación de su padre muerto. Don Natale se quedaba todo el día, comiendo, contando historias de Taormina, un paraíso delante del mar siciliano, bebiendo hasta el fondo el botellón de Chianti, y para rematar, antes de irse, unas copas de grapa que también llevaba para la ocasión. Y mientras don Natale llenaba la comida con su recia voz mediterránea, doña Trinis y doña Felisa cuchicheaban secretos y maledicencias.

Otro tipo de italiano que frecuentemente se sentaba a la mesa de esa casa eran los curas. En primer lugar, los salesianos, que vivían enfrente, y cuando la desoladora y desierta e íngrima soledad de sus votos les resultaba insoportable, caían en casa de los Cosenza, a la búsqueda de la rumorosa calidez familiar que escaseaban en la comunidad. “¡Vengo a almorzar, Doña Trinis!”, anunciaba el cura Mengacci, por ese entonces Director del Colegio. Mengacci no se fiaba de nadie para cocinar los espaguetis, de manera que se iba a la cocina, se ponía el delantal y preparaba él mismo una variedad que bautizó “espaguetis a la tumistufi”, que otra cosa no era que al ajo, aceite y chile picante. Mengacci se sentaba a la derecha de don Roberto y hablaba como una tarabilla, mientras la familia comía en silencio. No por nada era el Padre Director. Tal investidura no era obstáculo para que aceptara, al final, un señor vaso de whisky, “¡al final, doña Trinis, al final de la comida, no como hacen ustedes, bárbaros y salvajes, que se lo toman de aperitivo!”

Los otros curas que no faltaban, de vez en cuando, eran los misioneros de un pueblecito de los alrededores de la capital. El pequeño pueblo distaba 20 kilómetros en línea de aire y unos cinco siglos en subdesarrollo y miseria. Eran todos italianos, y cuando llegaron al país, se quedaron espantados ante la miseria de la gente. Uno de ellos, el padre Calimerus, comenzó a protestar en los sermones contra la explotación de sus feligreses, los desarrapados campesinos del pueblo. Los sermones terminaron al rayo, luego de que uno de los robustos y panzones finqueros lo visitó en la casa parroquial, botas manchadas de barro y sombrero tejano, acompañado de cuatro sicarios que eran cuatro sicambros, tenebrosos y funestos y aciagos, y con una sonrisa meliflua le insinuó con mansedumbre que los revolucionarios de la región terminaban colgados de los huevos.

Cuando los espantados misioneros localizaron a don Roberto Cosenza, éste les tuvo que explicar en breves palabras la bronca situación nacional. Los misioneros no parecían venir de Italia, sino de la luna o de algún asteroide todavía más lejano. Don Roberto se compadeció y les escribió los estatutos, les armó una asociación sin fines de lucro y, en fin, para gloria y exaltación de Nuestro Señor, les consiguió la exención total de impuestos por la naturaleza caritativa de su comunidad. Si los misioneros hubieran estado en Roma, hubieran consagrado santo ipso facto a Don Roberto.

Más modestamente, se contentaban con caer, de vez en cuando, en cuadrilla y a mansalva, a la hora de la comida. Con la exención de impuestos, importaban buenos vinos de Italia, y llevaban varias botellas. Doña Trinis se esmeraba con los mejores platos que había aprendido a cocinar. Las lasañas de doña Trinis eran de novela de caballerías. Salían humeantes del horno, reposando en un molde de vidrio, cubiertas por un queso blanco apenas dorado, cada porción un blando mundo de reconciliación con sabores terrestres y arcanos, la salsa de carne cocida por horas y horas, desde la tarde anterior, ni seca ni húmeda, la pasta en su punto, suave como un reposo blanco y despreocupado, la bechamel apenas perceptible, aromatizada con nuez moscada, e, insinuada, desparramada, lechosa como la niebla sobre el mar, una blanca mozzarella que se esparcía en el plato disimuladamente. Los curas entornaban los ojos al comer, decían cosas en italiano, ‘parece la lasaña que hacía mi abuela’, murmuraban, y para amortiguar el excesivo placer de la comida, bebían el vino silencioso y cálido que habían llevado.

Luego doña Trinis les servía un cabrito horneado, carne fuerte y suave, encontrada a través de un marchante misterioso a quien todo se le podía pedir, porque hubiera hallado con facilidad carne de tacuacín, de caimán o de iguana, si le fuera pedida. También la carne de cabrito quería su preparación, pues es ardua y correosa, áspera como las montañas que las cabras tiene que escalar. Doña Trinis la maceraba todo el día en un vino aromático lleno de especies y de hierbas misteriosas, que poco a poco iban impregnando y suavizando las fibras, antes duras y resistentes. Luego, la ponía a dorar con blando aceite de oliva virgen, y cuando la carne estaba sancochada, le echaba tomate en salsa, y la dejaba varias horas con un lento fuego mínimo, hasta que del tomate no quedaba rastro: de allí su color oscuro y su consistencia delicada, y el variado sabor denso como una escondida cueva umbrosa.

De postre, doña Trinis servía uno de sus manjares de mayor éxito: el borracho. Era éste un pastel hecho con la base más simple que pueda existir: el llamado pan de España o en otras partes pastel margarita. Doña Trinis, luego de que el pan salía del horno y se había enfriado, lo empapaba con abundante ron añejo del país, y al final, lo cubría con una capa de manjar de leche. Diego nunca sabía porqué los curas, cuando saboreaban el pastel, decían: “O babá, o babá”, como si se hubieran vuelto idiotas. Al final pasaba el café.

El padre Calimerus, ya naufragado en alguna nube de un íntimo edén, sacaba un cigarrillo, fumaba y bebía el café y decía una frase que a Diego se le quedó en la memoria: “¡Esta es vida!” . Se le quedó en la memoria porque había oído al misionero al principio, cuando estaba indignado por la explotación de los campesinos, y no podía conciliar esos discursos con la sentencia definitiva con que el cura cerraba sus comidas. “¡Esta es vida!” decía el padre Merus, y quizá tenía razón, pues si la vida eterna fuera como uno de esos banquetes de doña Trinis, buena cosa habría sido ganar ese nirvana suspendido en el tiempo, como una isla que se hubiera desprendido del planeta y se hubiera ido flotando, placentera, deliciosa y embriagante, como si los problemas hubieran desaparecido en las roscas de humo grisáceo que el cura elaboraba con sofisticado hedonismo, en el sopor de la tarde que se iba…