Placas robadas

Etiquetas

,

Los domingos, a falta del Turquito que merodeaba en Nueva York fantasmando los trabajos y los días imposibles, oficios y menesteres de pacotilla, labores y ocupaciones de bambalinas, al almuerzo familiar organizado por doña Trinis llegaba el Pirata (cuando no estaba en el Área ocupado en su ministerio de tinieblas) con su hermana Teresa, y las dos niñas que habían reducido a don Roberto Cosenza al estado de abuelo deplorable. Las niñas eran traviesas y amorosas por lo que, de consecuencia inevitable, hacían con don Roberto lo que querían. Se le tiraban encima, las dos al mismo tiempo, le quitaban y ensuciaban las gafas, le tiraban de los bigotes, de las mejillas, de las orejas, y él hacía como que se quejaba, pero sus quejidos sospechosamente se parecían al ronroneo de los gatos, y las niñas se reían hasta el cansancio, y si le hubiesen pedido que hiciera “guau” como los chuchos, como los chuchos don Roberto habría hecho “guau”. Mientras, Diego conversaba con su cuñado, tintineaban los hielos en el whisky del aperitivo, y helado como los cubitos que se chocaban en el vaso se quedaba Diego ante los relatos del Pirata, socarrón en meterle miedo a su cuñado. Le decía: “Nosotros tenemos archivado cada artículo que se publica en el periódico. Archivado y clasificado. Cada vez que usted publica algo, ese mismo día entra en nuestro fichero”. También contaba sonoros chistes, porque era divertido el malvado, se reía uno con las anécdotas de la vida militar. Ya por esa época, sin haber ascendido, el Pirata llegaba en una camioneta blindada, seguido por un indiscreto vehículo militar lleno de hombres armados, quienes montaban guardia en la puerta de la casa con sus metralletas listas a disparar. “¿Qué rango tendrá este hombre?”, pensaba Diego. Los vecinos espiaban desde las ventanas y pensaban que el Pirata había hecho carrera, hombre con guardaespaldas algo valioso esconde.

Y luego venía la semana de trabajo, y todo parecía volver a la normalidad, los periódicos con su página dedicada a la foto de los desaparecidos, emboscadas en pleno día a enemigos del gobierno, comunicados de prensa de los sindicatos y de la Universidad, protestas de la Conferencia Episcopal contra la represión y la violación de los derechos humanos, los furibundos ataques de los periodistas contra los curas que profesaban “el comunismo blanco” cuando, decían los periodistas, debían limitarse a estar en sus parroquias a administrar los sacramentos. Diego iba y venía al trabajo, los sábados a la Universidad Católica, y uno de esos sábados le robaron las placas del Buick astronave del Turquito. “Vaya a denunciarlo a la policía” le aconsejó o lo conminó el Sargento, “porque esas placas se las roban los delincuentes subversivos o los escuadrones de la muerte para sus acciones armadas”. Así hablaba el Sargento, como un sargento.

El Sargento le dijo dónde hacer la denuncia. Y aunque fuera sábado, Diego fue corriendo a la sede de la Policía secreta, que estaba en pleno centro de la ciudad. Era un caserón viejo, de principios del siglo XX, que desde su construcción no había tenido ningún mantenimiento, por lo cual daba la sensación de que se iba a caer de un momento a otro. Tenía una pila en el centro, y largos corredores desnudos de plantas o flores, hacia los que se asomaban las puertas de las oficinas. Los hombres que estaban afuera del edificio daban miedo. Los que estaban adentro daban terror, y se distinguían perfectamente de los ciudadanos que llegaban a denunciar, porque los primeros se plantaban con seguridad y altanería, mientras los denunciantes estaban como asustados, sentados en el borde de las bancas de madera, distribuidas a lo largo del corredor. Era un lugar al cual se podía entrar, pero del cual no se sabía si iba uno a salir.

Diego, luego de presentar documentos y decir a lo que iba, fue a la oficina que le indicaron. Había dos o tres hombres antes que él. Casi ni se hablaron. Un sentimiento cercano a la aflicción gobernaba el ambiente. De pronto, un desajuste, un escándalo, ruido de tacones imperiosos por el corredor. Una señora muy bien vestida caminaba hacia la dirección de la policía, seguida por un evidente abogado, carrerita de sirviente de lujo con maleta 24 horas. Entró la señora, se armó el griterío, la voz de la señora acostumbrada a mandar sin réplica, el vozarrón profundo del jefe que no se dejaba amedrentar, la voz atiplada del abogado que citaba, en lugar de artículos del código penal o civil, nombres de ministros y arzobispos, y de vez en cuando se oía aludir al Presidente de la República. Los que estaban sentados preguntaban “¿qué pasó, usted?” unos a otros, a los policías más cercanos, hasta que se reconstruyó el caso. La señora pertenecía a una de las familias más acaudaladas del país, y su hijo, borracho, había tenido un accidente. Los policías, ignorantes, no habían reconocido el ilustre apellido, y se habían llevado al delfín a patadas y trompicones, como si fuera un ciudadano igual que todos. Aclarado el error, y bajo amenaza de abogado, el Jefe casi se hinca para pedir excusas, giró orden de libertad para el muchacho (no había necesidad de juez, estaba en cárcel clandestina) y les pegó una puteada memorable a sus subordinados.

Diego prestó declaración delante de un policía que peleaba con una vieja máquina de escribir. Firmó la declaración con tremendas faltas de ortografía y salió casi corriendo del local. Años después, cuando se publicaron en Internet los Archivos de la Policía Nacional, encontró su denuncia y nada más. Quién sabe dónde andaban las fichas de los artículos con que el Pirata lo había amenazado.

También en la Universidad la vida seguía tranquila. Ruth llegaba una vez por semana, siempre con su paranoia de que la andaban persiguiendo, y a la paranoia de Ruth, se agregó la de Franz, quien le dijo una vez, “tengo idea que me están siguiendo, vos”. Con una cierta frecuencia, Diego acompañaba a Franz a la parada de buses que lo llevaban a su pueblo. Fue en uno de esos viajes que Franz le confesó su miedo. “No te preocupés”, lo tranquilizó Diego. “Estamos todos así”.

Un día, cuando recorría el Periférico hacia la colonia García Granados para acompañar a su esposa, no supo, no podía saber, que unos metros atrás iba un automóvil con un profesor de Derecho y su esposa. Mientras Diego seguía raudo en su nave espacial hacia la colonia de gente pobre, un comando de los escuadrones de la muerte ametralló al profesor y a su esposa. Como no tenía puesta la radio en una emisora de noticias, Diego no se enteró. Llegó a la Colonia, dejó a su esposa y luego regresó a la Facultad. Cada vez que se encaminaba a su cubículo, pasaba por la Secretaría y saludaba a las numerosas secretarias que trabajaban allí. Esa vez, oyó una especie de suspiro, un comentario murmurado. La jefa de la oficina le dijo: “¡Gracias a Dios, Diego, que llegó hasta aquí!”. Diego se detuvo, extrañado. “¿Y a dónde quería que fuera?”. La secretaria le respondíó: “¡No, es que acabamos de oír en la radio que acaban de matar, en el Periférico, a un profesor de la Universidad y a su esposa, y pensamos que era usted!”

Anuncios

La embajada

Etiquetas

,

Antolín Echegaray era un colega de derechas, que malhaya si los derechistas de ahora fueran así. Antolín Echegaray era, en sustancia, apariencia y acto, una persona buena, con una aspecto de ex jesuita que ni pagando se la hubiera quitado de encima. Antolín Echegaray era, además, español de España, lo cual le daba esa vaga sombra de pergamino e historiado jubón que a veces aparentan los peninsulares en América. Era de derechas, se ha dicho, pero más por haber leído demasiado a Ortega que por simpatizar con los broncos representantes autóctonos de la nuestra, a quienes llamar fascistas era un amable eufemismo, inapropiado desde el punto de vista científico, e inadecuado por escasez del concepto. Antolín Echegaray, en sus clases de filosofía, con tal de desaprobar las tesis marxistas, enseñaba muy bien las tesis marxistas. Naturalmente, nadie lo bajaba de su total adhesión a don Miguel de Unamuno, con quien compartía aficiones y orígenes. Quizá fue don Antolín el primero que le contó a Diego el chiste del mapamundi de Bilbao.

Mujeres Ixiles de Nebaj

Una de esas tardes de rutina aprensiva, un modo de vivir que quería ser normal en medio de una guerra sordomuda, Antolín Echegaray entró en la Facultad pegando de gritos. “¡Han quemado la Embajada!”, gritaba. “¡Han quemado la Embajada!”. Hay que decir que Antolín no era hombre de gritos, sino de hablar calmado y sosegado, aun cuando apasionado. Los gritos resonaban en los corredores vacíos, pues era la hora en que los estudiantes todavía no habían llegado a las aulas. Todos salieron de sus cubículos para ir a la Secretaría de la Facultad, en donde había irrumpido Antolín, en busca del Decano. “¡Yo estaba allí!”, gritaba histérico mientras bebía un apresurado vaso de agua que las secretarias le habían llevado.

Su relato fue largo y espantoso. Antolín había llegado a la Embajada de España a renovar su pasaporte, y estaba esperando que terminaran un trámite y lo llamaran, cuando un grupo de indígenas entró en la Embajada. Eran kichés, de la zona de Ixil. Entraron un buen grupo y declararon que iban a tomar la Embajada como protesta por las masacres que el Ejército estaba cometiendo en su zona. Nadie se sobresaltó mayor cosa, porque, en la época, ya se había vuelto costumbre que grupos de campesinos tomaran una embajada y, como condición para abandonarla, pedían que se publicara en los periódicos una denuncia inútil, porque el Ejército seguía masacrando poblaciones enteras, y no iba a ser un desplegado de periódico el que los iba a parar. Las embajadas toleraban esa práctica, porque los embajadores sabían lo que no conocían los habitantes de la ciudad: no se trataba de masacres aisladas, que cada cuanto se daban en el país, sino un plan de exterminio horrendo, un holocausto de indígenas, semejante al de los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Y por más que los embajadores representaran a gobiernos moderados, esa violencia contra la población los aterraba. Admitían las tomas de las embajadas, esperaban que un periódico aceptara publicar la denuncia, y dejaban salir, con desazón por el destino de esos desgraciados, a los indígenas que se habían quedado a dormir, tirados en el suelo, durante la larga noche precedente a la publicación.

Solo que la vez que Antolín Echegaray estaba en la embajada fue diferente. El general Bonifacio y su jefe de policía Pizarro Almagro habían decidido que esa toma de embajada sería la última. Gran gusto le dio a Pizarro Almagro poder competir con el ejército y mandar un comando de asalto a la embajada tomada.

“Nos habíamos decidido a pasar la noche en la Embajada, de rehenes semivoluntarios de esos pobres indígenas, algunos descalzos, cuyos rostros afligidos daban cuenta de la angustia por la que pasaban. Nos contaron que los estaban asesinando a todos, pueblo por pueblo, pero yo creí que era una exageración para justificar la toma de la Embajada. Nos pusimos a hacer cola delante de los teléfonos para avisar a nuestras familias. En esas estábamos, cuando alguien avisó que la policía estaba rodeando la zona. Eso nos alarmó, porque nunca había pasado. En general, el gobierno se hacía el desentendido. Más le preocupaban las protestas de los embajadores, alarmados por la violencia en el campo. Le preocupaba, pero no mucho. Además, la Embajada de España era territorio español, ningún político sensato se habría atrevido a violar esa norma del derecho internacional”.

Eso creían los ingenuos rehenes de los ocupantes de la sede diplomática. No contaban con la ignorancia desmesurada y la determinación obsesiva de Boni y Pizarro. Estaban reunidos en el Palacio Presidencial y dieron la orden de asaltar la Embajada. Cuando la policía recibió ese mandato, los indígenas se encerraron en una habitación con los rehenes. “Yo aproveché la confusión para escapar”, relataba Antolín entre sorbo y sorbo de agua. “Y me quedé afuera, gritándole a los policías que no podían entrar, que el derecho internacional, que el territorio español, pero no oían a nadie, solo seguían las órdenes del Presidente de la República”.

“Yo vi con mis ojos cuando uno de los policías trató de forzar la puerta en donde estaban los indígenas y sus rehenes. ¡No hagan nada, animales!, les gritaba una paisana, que también había logrado escapar. ¡No hagan nada, no ven que adentro están el embajador y dos ex ministros! Porque dos ex ministros habían llegado a una reunión y habían quedado atrapados en la toma. Apenas me di cuenta, pero me di cuenta de que un policía lanzó una bomba incendiaria dentro de la habitación. La explosión hizo recular a los agentes. Llamaradas, gritos y humo salían por las ventanas. El olor a carne quemada no parecía real. Entonces la policía se volteó contra nosotros, que les gritábamos que se detuvieran. Cuando avanzaron, yo escapé, me subí al coche y me vine para acá. Lo peor es que dicen que ahora vienen para la Universidad, a ocuparla”. Cuando Antolín dijo esto, todo el mundo quedó helado. El Decano intervino: “Desalojemos inmediatamente y que cada quien se vaya para su casa”.

Diego recogió sus bártulos y, con la misma carrera que llevaban sus colegas, subió al paquidérmico Buick del Turquito, y esta vez la velocidad del automóvil le pareció una bendición, para alcanzar el Anillo Periférico y regresar a casa. Encendió la televisión. Uno de los tres canales, el más especializado en noticias, anunciaba: “Esta noche, en la edición especial de las ocho, imágenes exclusivas de la quema de la Embajada de España, ¡no se la pierdan, como una cortesía de nuestros patrocinadores…!” Y seguía el elenco de sus anunciantes. Mientras tanto, Diego encendió una radio Zenith, y en la onda corta localizó Radio Nacional de España, la única fuente que podía darle noticias verdaderas de lo que había ocurrido.

Milagrosamente, el Embajador se había salvado. Se tiró por una ventana y allí lo recogió una ambulancia que lo llevó a un centro privado de asistencia. Montaban guardia otros embajadores, por el temor de que llegaran los escuadrones de la muerte a secuestrarlo. Un campesino, de los ocupantes, se había salvado con graves quemaduras. Fue a parar al Hospital General. Allí llegaron con facilidad los agentes secretos, lo secuestraron, lo asesinaron y fueron a tirar el cadáver frente a la Universidad nacional.

La transmisión televisiva fue espantosa y terrible, superior a cualquier película de terror que Diego Cosenza hubiera podido imaginar. Se vio claramente cómo lanzaban la bomba, se vieron las llamas y el humo, se oyeron los gritos, y luego se oyó el silencio. Los camarógrafos entraron a la habitación, cuando el fuego se extinguió. Treinta personas habían muerto calcinadas y asfixiadas: fue tan rápido todo, que se quedaron como estatuas, con el último gesto que habían hecho, del todo idénticos a las momias de Pompeya. Al final, la policía no invadió la Universidad. Lo haría después. Parece una leyenda, pero a la hora que esto sucedía, Boni y Pizarro comían bocadillos de churrasco, mientras festejaban el éxito de la operación.

La rutina alucinada

Etiquetas

,

Quizá la rutina se había convertido en una suerte de exorcismo, saber que después de un paso venía otro, y que cumplidos esos pasos, como en un juego de sala o como en la afición de rellenar crucigramas, al final no pasaba nada, cada hora del día había sido rellenada como las misteriosas palabras en la cuadrícula, y el alivio o premio residía en la acción misma que se repetía y se repetía. Así, Diego estudiaba por las mañanas, o repasaba, o preparaba las fichas para sus clases, o corregía tareas, y luego del almuerzo, una breve siesta para salir después en el galáctico Buick espacial de su cuñado el Turquito, con los vecinos extrañados que un profesor de universidad, cuya pobreza material estaba certificada por el oficio, pudiera poseer un vehículo de ricos, quién sabe qué habrá hecho, pensarían, se lo sacó en un rifa, y no andaban descaminados por la casualidad con que el mastodonte había llegado a sus manos. Y luego venía el anillo periférico, vacío a esas horas, el automóvil que se mecía como una nave, rebasando a toda velocidad a los que iban en sus utilitarias destartaladas, hasta llegar a la colonia García Granados, en donde su esposa bajaba con una cierta vergüenza, porque era colonia de gente realmente pobre, al límite de la miseria. Después, a la Universidad, largas tardes en el despacho recibiendo gente desocupada, y las clases y el regreso en la noche, siempre por el periférico, hacia la cena y la televisión. Alguien había llevado un cachorro de gato, que mientras Diego veía las series televisivas de la época, trepaba hasta su hombro y ronroneaba, y fue la única vez en su vida que Diego tuvo un animal doméstico, y el gatito se dormía en su hombro, hasta que, antes de acostarse, Diego lo depositaba con delicadeza en el suelo. Un día regalaron el gato. Quién fue. Por qué. En cambio, llegaron dos perritos pekineses insoportables, mordiscones, alharaquientos, con los cuales Diego evitó toda amistad.

Cosas pasaban. Un día, al entrar a la Ciudad Universitaria, paso obligado para ir a la Colonia García Granados, Diego rebasó a un autobús cargado de estudiantes. Los buses eran de color amarillo, porque habían sido comprados de segunda mano a alguna escuela norteamericana. Algunos tenían todavía el letrero del centro de enseñanza en donde habían servido en su primera vida: “El Melon Texas School Center”, “California State Secundary School”, “El Cerrito School Bay Area”, letreros así. Lo rebasó y lo dejó atrás. Fue a acompañar a su esposa a la escuela y cuando venía de regreso encontró ambulancias, policía, sirenas a los lejos, faros relampagueantes y uno de esos autobuses de segunda mano subido bizarramente en un arriate. Había muchos agentes y muchos curiosos, por lo que evitó pararse y fue a su oficina. Las secretarias de la Facultad estaban alarmadas, casi gritaban. Un comando de los escuadrones de la muerte había ametrallado ese autobús universitario, solo por el hecho de que era universitario, y había matado a 14 estudiantes. ¿Se suspendieron las clases? ¿Hubo algún bochinche en la Universidad? No. Ya estaban tan acostumbrados a las barbaridades que todo siguió como siempre, quizá un minuto de silencio antes de iniciar la lección, pero eran cosas de todos los días, hoy por ti, mañana por mi.

Eran interrupciones de la rutina. Parte de esa rutina era ir a la Universidad católica, en donde seguía con sus investigaciones sobre una descabellada lectura marxista de la historia de la literatura nacional. Era como vivir en dos dimensiones del tiempo. En una, Diego se comportaba normalmente, como si viviera en otro país, en donde no ocurrieran violencias ni persecuciones. En otra, el miedo se asomaba en las pesadillas nocturnas, o en las imaginaciones lúcidas al pensar lo que podría pasar si el Ejército invadiera la Universidad, o si escuadrones de la muerte dispararan a caso sobre profesores y estudiantes. Diego se había instalado sólidamente en la dimensión normal, y fingía, como tantos, que a él esas cosas nunca le iban a pasar. De vez en cuando, en medio de la noche, despertaba agitado, con el corazón en la boca: había soñado que desconocidos estaban entrando a la casa por el techo y habían desfondado las láminas. “No es nada, no es nada”, le decía a su esposa. “Una pesadilla”.

En la Universidad Católica había explicado a sus alumnos qué era el bovarysmo. Quién sabe por qué motivo pasó de la literatura nacional a la famosa creatura de Flaubert. Una alumna le dijo a otra: “Ahora ya sé cómo se llama tu enfermedad”. Todos se rieron, porque la aludida era una enamorada de la literatura y de tanto amor por las letras pasó directamente al amor por uno de los integrantes de “Anillos”, que entre balazos y desaparecidos, seguía funcionando, con una intervención cada vez mayor del Sargento, quien por vocación y entrenamiento tendía a mandar en todo. El literato era el mismo que llegaba por las tardes a burlarse de Diego, pues su bohemia calculada y vanguardista contrastaba con el carácter asentado de Cosenza.

“Anillos” seguía publicando con éxito, pues los mismos que lo integraban también escribían reseñas en los periódicos, por lo que cada libro recibía un análisis entusiasta y medio académico, porque estaban en la edad de demostrar que por algo habían estudiado. Uno de los mayores éxitos fue el Ficcionario inéditode Franz Galich, que sorprendió a todos con sus cuentos tremendos que se desarrollaban en Amatitlán. Un cuento se llamaba “El ratero”, y todos pensaban que se trataba de un ladrón. La sorpresa llegaba en las primeras líneas. El protagonista se llamaba así porque se solazaba en comer ratas. Se volvió cuento de antología. Un autor muy joven escribió una serie de retratos de escritores. A los que no conocía por extranjeros y clásicos los admiraba. Diego creyó reconocerse en algún retrato, pero no pudo sacarse la duda. De este joven escritor se enamoró la alumna bovarysta y la aventura romántica se convirtió en casamiento, en familia numerosa, en matrimonio estable y duradero. Ambos, marido y mujer, culpaban a Diego de haberse conocido y de las consecuencias, pero Diego no admitía responsabilidades.

Estos amenos paréntesis se rompían con hechos disparatados. Una mañana, Diego fue a conversar con dos amigas, profesoras de la Escuela de Historia. Tuvieron una dura discusión sobre teoría y práctica del marxismo. Una de sus amigas, Lucía, era aguerrida, rompedora, desafiante. Era ligeramente gorda pero no lo parecía. Daba la impresión de ser robusta. La otra, Juanita, era, en cambio, dulce y de hablar callado. Lucía la dominaba, la avasallaba, la sometía, pero Juanita lograba resistir a esa dominación con suavidad, argumentado dulcemente, sin alzar la voz. Fue una buena discusión de la que Diego salió satisfecho, porque las dos muchachas estudiaban a fondo y sabían argumentar. Tuvo la impresión de haber perdido la discusión, pues ellas sostenían que era necesario pasar a la acción, mientras Diego era reticente, dudoso, indeciso.

Al día siguiente, la sorpresa. En el noticiero que pasaban a mediodía, inmediatamente después de la comida, la locutora anunció que una profesora de la Universidad había lanzado un proclama desde Ciudad de México, llamando a los ciudadanos a la Revolución. Vio, incrédulo, que Lucía estaba en la pantalla, vestida con un uniforme militar de guerrillera, y se declaraba comandante de una de las facciones revolucionarias. Nunca más supo de ella. Quizá se quedó en México, como tantos, quizá cayó en combate. De Juanita supo mucho después, cuando la avalancha de terror y espanto había arrasado con todo. También ella se había exilado en México, sin tanto ruido como Lucía y allí se había quedado, sin querer regresar más al país.

La rutina se rompía con esos acontecimientos, cada vez más frecuentes, cada vez más cercanos. Pero Diego seguía repitiendo: “Eso no me va a pasar a mi”.

El vate místico

Etiquetas

,

Llegaba, entonces, Franz Galich al cubículo de Diego, y le contaba de un proyecto de tesis mesopotámico, los siete jardines colgantes de Amatitlán y las fatigas de Hércules todas juntas, y también de proyectos faraónicos sobre la civilización maya prehispánica, 500 páginas por novela, la desbordante energía del joven escritor sin límites, y Diego desafiaba a su amigo, le decía “no estarás queriendo escribir la historia de la literatura universal” y Franz le respondía con grandes carcajadas, diseñaba amplios movimientos con las manos que parecían alas, y ninguno de los dos sabía que esos proyectos no se iban a realizar, porque el destino estaba esperando a la vuelta de la esquina, un destino como una puerta escondida hacia las dimensiones oscuras de la historia, una bifurcación en un laberinto poblado de fantasmas imaginados y villanos reales.

También llegaba, aparentemente sin mayor fantasía, Ruth Sotomayor, quien caminaba desde su despacho de Extensión Universitaria hasta la pequeña oficina de Diego, una oficina en donde la pared llegaba a medio metro, y luego eran vidrios, Diego se miraba con el colega de al lado, un sociólogo que iba a desaparecer sin misterio, porque nada de misterio tenía, en esa época, que  se llevaran a la gente y ya sabía uno quién había sido, y cuál su destino. Ruth llegaba y le contaba que la estaban persiguiendo, que había comprobado que de pronto, en una esquina, aparecía un Ford Bronco color naranja, y de otra esquina salía un automóvil grande, azul oscuro, mientras el Bronco se quedaba en el camino. Y luego del automóvil grande aparecía una moto potente que nunca la rebasaba. “Me están siguiendo”, decía angustiada, pálida de miedo, y Diego hablaba lentamente para tranquilizarla: “No te preocupes, Ruth, ahora todos estamos con miedo, todos estamos con la misma paranoia, son imaginaciones tuyas, cómo van a secuestrar a la Directora de Extensión Universitaria, sería un escándalo” y con estos argumentos lograba tranquilizarla pero no eran buenos argumentos, porque ya habían asesinado por la calle a Decanos de facultades prestigiosas, mas lo que urgía era tranquilizar a Ruth y ella se iba más serena, le agradecía y se iba, lo saludaba y se iba, respiraba profundo y se iba.

Diego nunca supo si hizo bien tranquilizando a Ruth. Actuaba así porque su carácter lo llevaba a calmar a la gente, y de alguna manera lograba transmitir una serenidad que probablemente era la misma inconsciencia de todos los que trabajaban en la Universidad. Sus tardes de rutina se interrumpían con esas y otras visitas. De pronto aparecía el jefe del último grupo literario rebelde y contestatario, uno que estudiaba química quién sabe por qué, pues en realidad su aspiración era llegar a ser el mayor narrador después de Asturias, más que Asturias, y esa ambición de sentirse ya en las esferas superiores de las letras hacía que se plantara en la puerta y mirara con compasión, conmiseración y pena a Diego, el joven escritor aburguesado, ya profesor con escritorio y placa en la puerta, meneaba la cabeza el joven literato con desaprobación, y le lanzaba algún chascarrillo de burla, y también eso soportaba Diego, porque le daba razón, ‘me estoy engordando’, pensaba, ‘me está saliendo panza por estar sentado delante de los libros, por vivir corrigiendo tareas y exámenes, mientras estos jóvenes viven aventuras de escritores precoces, alternativos, provocadores’.  Desaparecía el burlón y aparecía el doctor Albizúrez, siempre un paso adelante en lecturas y anécdotas, bonachón y erudito, fuera de lugar en medio de esa historia urgente que vivían día a día, y conversaba largamente sobre Proust, sobre Dos Passos, sobre Joyce, aunque su fuerte era una prodigiosa memoria que contenía toda la literatura nacional. Una vez, Albizúres le pasó, bajo la puerta, una redondilla sarcástica en donde se burlaba de los orígenes católicos de Diego, y, como para disimular, se firmó “El vate místico”. No lo hubiera hecho. Diego le contestó con un mal soneto, también de burlas, pero lo peor fue que de allí en adelante todos llamaron a Albizúres con el pseudónimo que se había inventado.

Quizá todo se habría reducido a la goliardía universitaria si no estuvieran acosados por la dictadura militar y sus esbirros. Tres episodios quedaron en la memoria de Diego como un sello de la pesadilla de esa época. Uno fue personal; los otros, colectivos. Comenzó a frecuentar la Facultad una notable poeta, quizá de la misma edad que Diego, quizá un poco mayor. Esa poeta había ganado una gran fama desde la adolescencia, pues se había ido a México y entró en el círculo de Hugo Úbeda, un poeta español en el exilio, consagrado por el surrealismo y por la rebeldía contra Franco. Úbeda escribió el prólogo al primer libro de la joven promesa de las letras: “Amarilis Alas está destinada a ser faro y ejemplo de la poesía latinoamericana contemporánea”, la había consagrado. Por supuesto, el medio literario nacional no le perdonaba tan temprano éxito, y circulaban leyendas orgiásticas de su estancia en el Distrito Federal, y lo menos que habían inventado era manipular su apellido, y la llamaban Amarilis “¡Helás!”.

Amarilis, supo Diego después, acosaba a las profesoras jóvenes. Como las clases terminaban tarde en la noche, forzaba las puertas de los automóviles, y cuando las docentes entraban, se la encontraban sentada en el asiento del pasajero mientras les decía: “¡Ahora me acompaña a casa!” Amarilis fue a dos clases de Diego. En la primera, cuando Diego hablaba de los formalistas rusos, lo apostrofó porque él nunca había estado en Moscú: “¡Yo sí que he caminado por la Prospectiva Nievsky!”, le reclamó. En la segunda, comenzó a provocarlo, contradiciendo cada frase, hasta que Diego explotó: “¡No sé por qué vienes a escucharme, si lo sabes todo!” “¿Me estás sacando del aula?” “¡No, no he dicho eso!” Fue inútil tratar de convencerla para que se quedase. “¡Claro que lo has dejado entender, me estás echando de la clase!”. Amarilis salió con estruendo teatral.

Al día siguiente, el Decano llamó a Diego. “Tenemos un problema”, le dijo el ratoncito que en esa época habían elegido para presidir la Facultad. “Amarilis Alas ha puesto una denuncia contra usted en el Consejo Superior Universitario, por violencia. Dice que usted la echó de clase”. Diego quedó consternado. “No”, rebatió. “No fue así. Ella salió por su cuenta”. Luego, el Decano le hizo una pregunta casual, sin doble intención. “¿En qué clase fue?”. “En la de las ocho y media”. El Decano hizo un gesto raro. “No puede ser”, le dijo. “¿Cómo no puede ser?”, le respondió Diego. “Fue en la clase de las ocho y media”. Entonces el Decano se recostó en el respaldo, aliviado. “Le decía que no puede ser, porque Amarilis presentó la denuncia a las siete de la noche de ayer, una hora antes de que sucediera todo”.

La segunda señal fue todavía más fuerte, porque fue colectiva. Estaba en su clase de Poesía hispanoamericana cuando algún imbécil hizo estallar un mortero de fiesta en el patio de la Facultad. Los estudiantes reaccionaron de manera diferente. Unos se quedaron paralizados en sus pupitres, pálidos, terrosos. Otros comenzaron a gritar de miedo, y se alzaban para ganar la salida. Diego los frenó con un grito. “¡Quietos!”. Fue un grito fuerte, que en él era inesperado. Luego, con voz calma, les dijo: “Fue solo un cohete de feria”. De todos modos, no pudo continuar. Todos querían irse a su casa, por lo que tuvo que suspender la discusión.

La tercera señal fue casi definitiva. Siempre a la hora de la clase de Poesía hispanoamericana, la más tardía, se comenzaron a oír voces lejanas, como gritos de una manifestación o un bochinche. Diego siguió con su tema hasta terminar. Salieron ordenadamente, pero ya desde el aparcamiento se podían ver luces insólitas, carreras, prisas. Al llegar a su casa, Diego supo lo que había ocurrido a pocos pasos de su aula. Como días antes un grupo de agentes de seguridad habían entrado a la universidad y había asesinado al presidente de la Asociación de Estudiantes de Ingeniería, esa noche los estudiantes habían sorprendido a un espía, lo habían linchado y le habían prendido fuego. Esas eran las voces y los desórdenes que se oían a lo lejos.

Anillos

Etiquetas

,

Una de las veces que fueron al Café de la Universidad Covarrubias, el exalumno salesiano propuso a Diego una idea cuya sencillez daba cuenta de la situación de la literatura en esa época. No había posibilidad de publicar nada, porque la editorial nacional estaba en manos de la dictadura y las editoriales privadas cobraban caro por una edición que estaba destinada a las hambrientas y cultas polillas de las casas de los autores. Las pocas editoriales profesionales imprimían solo libros de texto, por la segura venta en las escuelas.

“¿Por qué no editamos nosotros los libros?”, le dijo su ex compañero. “Si nos juntamos diez personas y cada mes pagamos cien pesos, cada mes podremos imprimir un libro. Serían cien ejemplares, que no son muchos, pero bastan para regalar a los amigos”. A la idea se sumó el Sargento con entusiasmo. Los otros estudiantes también estuvieron de acuerdo. De ese modo, casi sin pensarlo, fundaron la editorial “Anillos”. El temor era que los primeros en ser publicados, una vez satisfecho el ego, se retiraran de la empresa, pero, en cambio, resultaron todos honestos y por un par de años la cosa funcionó. Diego pudo publicar su primer libro de cuentos, que resultó un gran éxito de difusión, porque cien ejemplares se van como el agua cuando son regalados. Hasta hubo amigables reseñas en los periódicos y Diego se sintió bizarramente halagado al saber que se habían robado el ejemplar donado a la Biblioteca de la Universidad.

Todavía le sobraron ejemplares para colocar en las librerías del centro. Por la experiencia de vender los libros de su padre, Diego sabía que se dejaban “en consignación”, y que el librero se quedaba con un porcentaje de las ventas. Fue a tres o cuatro librerías, en donde era conocido más como comprador que como escritor de libros, y los libreros, con una sonrisa entre la piedad y la complicidad, aceptaron cinco ejemplares cada uno, a un precio no muy alto, y le prometieron que harían de todo para venderlo. De vez en cuando, Diego pasaba por las librerías y veía a sus cuentos acumulados en las novedades, cada vez menos novedosos, cada vez menos vendidos. Se aburrió y dejó de hacer las frustrantes comprobaciones.

Pasaron unos meses y los de “Anillos” siguieron publicando libros. Franz Galich sacó un intenso libro de cuentos, Ficcionario inédito, en donde ya exhibía su intenso talento y su afición por un hiperrealismo desconcertante. Un estudiante extremadamente tímido y flaco, que venía de la provincia, presentó un libro de poesía. Se llamaba Enrique Sam Colop y estaba llamado a ser uno de los grandes filólogos de la literatura clásica de los mayas. También él fue publicado. Pronto se corrió la fama de “Anillos” y otros autores se unieron, aumentando el caudal de los ahorros del grupo. Con los años, la iniciativa creó un malentendido. Algunos creyeron que “Anillos” era un grupo literario, cuando en realidad era solo una especie de cooperativa de socorro mutuo, con miembros de todos los credos, religiones e ideologías, y hasta se soportaban las antipatías con tal de seguir publicando.

Alguien introdujo a una joven estudiante. Era morena, joven, de pocas palabras. Puesto que había dado su contribución, llegó el momento de publicarla. El libro llevaba como grandioso título: “Poesías”, y aunque trataron de convencerla de que imaginara algo más llamativo, la muchacha opuso un silencio tenaz, y la atención de todos se desvió del título a la ilustración de la portada, pues la chica llevó un dibujo que representaba a un burro sentado en una silla mientras hojeaba un libro. Ahora, la lucha fue convencerla de cambiar semejante dibujo por otro menos explícito. Ella quería manifestar una provocación, pero lo que conseguía era que todos se rieran, porque título e ilustración declaraban que eran las poesías de un burro. Costó, pero Franz Galich, que no se tentaba el alma para decir las cosas, y en eso no parecía de Amatitlán sino de los Balcanes, le espetó sin contemplaciones: “No, mi amor, si publicas ese libro van a decir que no son poesías sino rebuznos”. La brutalidad de Franz la convenció. La portada se publicó con una ilustración cualquiera . Pero la embestida de Franz tuvo un resultado inesperado: la joven poeta se enamoró del agreste cuentista.

Cuando salió el libro, la muchacha invitó a unos tragos en su casa, hacia las nueve de la noche. Lo tardío de la invitación obedecía a que no quería ofrecer una cena (“Lleguen cenados”, advirtió la joven) y, en efecto, en la modesta casa de clase media en que los recibió, había solo Coca Cola, hielo y un galón de ron, con algunos pastelitos salados para acompañar el trago. Resultado: todos se emborracharon en media hora. Se emborracharon susurrando, porque la muchacha les advirtió que sus padres se habían ido a acostar y que no había que molestarlos. Así pues, cuchicheando y bebiendo, se reían de dientes para adentro, y eso les daba más risa, porque no hay nada como la prohibición para desatar las ganas. Otras ganas que se desataron fueron los impulsos eróticos de la joven poeta, que, siempre musitando las palabras, declaró un furioso amor a Franz, quien al principio sonrió complacido, y luego comenzó a caminar hacia atrás, porque la chica se había emborrachado profesionalmente y se le estaba echando encima, delante de todos, perdida toda inhibición, y todos gritando sin gritar: “¡Cuidado, muchacha, que tus papás se van a despertar!”, le decían en silencio, y ella no escuchaba razones, se le prendía al fortachón escritor de Amatitlán como si se le fuera a escapar, como si estuvieran solos en una isla desierta, y en cambio, todo “Anillos” había llegado a celebrar, de modo que hubo que usar la fuerza para separar a los contendientes, pues Franz, al calor de los traguitos y envalentonado por la fogosidad de su admiradora, comenzaba a corresponder a los abrazos y besos que la boa constrictor le estaba estampando por toda la cara, y fue de luchar, y forcejear, y empujar, todo esto en un silencio descomunal, hasta que una parte se quedó en la casa con la chica prisionera y otra parte salió a la calle empujando al fornido escritor, y ya en la calle se soltaron a reír como endemoniados, y casi no se despidieron, se subieron a sus automóviles y regresaron a sus casas. Era la una de la mañana. Diego entró a su cuarto y se acostó, sigilosamente. Lo traicionó el recuerdo de lo que acababa de pasar. De pronto, ya acostado y listo para dormirse, fue acometido por un ataque insobornable de risa convulsiva, y sus movimientos epilépticos despertaron a su esposa. Ardua situación.

Al cabo de unos meses, cuando ya había pagado con creces su deuda, Diego se salió de “Anillos”, pero no pudo evitar que lo incluyeran en una inventada generación que nunca había existido. Y andaba por el centro, una de esas tardes, cuando se le ocurrió ir a las librerías en donde había dejado consignados sus libros. Todos los libreros le contestaron lo mismo. “¿Cómo?”, le dijeron. “¿Usted es Diego Cosenza?”. Si Diego tenía dudas de que era un escritor completamente desconocido, incluso para los libreros de su país, allí se quitó la duda. “Lo sentimos mucho, pero hace unos días pasó un muchacho que dijo que era Diego Cosenza, y le pagamos los ejemplares que habíamos vendido. Si le consuela en algo, no eran muchos”.

Revelaciones

Etiquetas

,

Diego Cosenza advirtió que su tenue rutina, lejana de las aventuras novelescas que había aprendido en la adolescencia con Los tres mosqueteros o con los desvaríos de Raskolnikov, no era más que una ligera variante de las pesadillas y los íncubos generados en un remoto infierno. Aprendió que los seres humanos, cuando habitan un mal sueño, apenas se dan cuenta, como si la diferencia entre cerrar los ojos y volverlos a abrir fuera una leve cortina transparente, casi invisible. Con los años, banal, habría explicado a sus amigos: “Uno se acostumbra a todo…” con esa deficiencia de las palabras para explicar lo que no se puede explicar.

Dos señales tuvo y las dos fueron importantes. La primera fue una librería casi clandestina que estaba en el centro de la ciudad, a dos pasos del temible Palacio Presidencial en donde reinaban, por esos tiempos, el general Boni con su secuaz, el coronel Pizarro Almagro, la pareja que daba origen a chistes macabros. Descubrió la misteriosa librería por casualidad, después de aparcar el jactancioso Buick del Turquito en un desolado sitio regenteado por un empleado sin dientes, que mostraba las encías desnudas a modo de sonrisa cuando entregaba el riguroso ticket sin impuestos. Caminaba hacia un banco donde tenía que cobrar un cheque, cuando vio, en el sótano de un centro comercial, la obvia alusión a tiempos mejores. La librería se llamaba “Shakespeare & Co.” y ese guiño era suficiente como para comprender que se trataba de una insinuación de iniciados, de los dos o tres transeúntes que se darían cuenta del secreto que encerraba. Diego bajó las gradas y entró al único local en donde un dueño de apariencia forastera no esperaba una numerosa clientela. Saludó y vio los estantes. Implacables libros en inglés, francés y alemán poblaban los estoicos muebles. En una esquina, ediciones recientes de periódicos extranjeros añoraban a algún inexplorado comprador. Diego vio, con sorpresa, que había varios ejemplares del número mensual de Le monde diplomatique.  Así fue como, cada mes, pasaba por el reducto secreto y el mundo se abría a sus ojos con la lectura de Le monde, que, comparado con los periódicos locales, parecía un pasquín subversivo, una hoja insurrecta, un producto del subsuelo conspirativo. Una vez en casa, pasaba horas leyendo el periódico francés, y luego lo destruía, porque si los militares decidían catear las casas de la ciudad, cualquier papel sospechoso o indescifrable podía parecer sedicioso al soldado adiestrado a olfatear facciosos aun donde no los había.

Uno de esos meses, Le monde diplomatique traía un minucioso análisis de los métodos y rigores de la dictadura argentina de Jorge Videla. Era una especie de dossier,en donde se contaba los orígenes de los Montoneros, las peripecias del ERP, y la feroz respuesta del ejército argentino a los movimientos revolucionarios. Por más que Ignacio Ramonet tratara de explicarlo, Diego no lograba entender cómo el movimiento peronista había dado lugar a un grupo insurreccional como Montoneros, mientras le parecía más normal que los trotskistas se hubieran alzado en armas. Pero lo que más le impresionó fue la fría descripción de la estrategia de Videla para acabar con la oposición armada. Escuadrones de la muerte, la triple A, los Ford Falcon, las desapariciones forzadas, la persecución de los sobrevivientes incluso en Uruguay y Brasil, la alianza entre gobiernos para acabar con los jóvenes rebeldes. Ramonet decía una cuestión muy simple y muy fácil de entender: la dictadura militar argentina había trazado una línea que dividía el país en dos: los que estaban con el gobierno y el resto de la población. Los que estaban del otro lado de la línea, aunque se consideraran imparciales e independientes, aunque no estuvieran con la guerrilla, también se consideraban “el enemigo”, una expresión a la que pronto Diego se acostumbraría, porque “el enemigo” era todo aquel que no simpatizaba con la dictadura. Diego se sorprendió pensando: “¡Pero eso es lo que está pasando aquí!”. De pronto, se dio cuenta de que su cuñado, el Matón, estaba del otro lado de la línea, y que todas las indirectas que le disparaba los domingos, cuando se juntaban a comer en casa de Doña Trinis, aludían a esa visión maniquea: “El que no está con el Ejército, está contra él”. Tintineaban los hielos en el whisky en el vaso del Matón, y la vaga desazón que Diego sentía solamente por tenerlo cerca, se hacía material al leer el análisis de Le monde. “Si es así”, pensó Diego, descorazonado. “Yo también soy el enemigo”.

La segunda señal vino bajo la vestimenta de una serie televisiva norteamericana. En inglés se llamaba “Shoa”, pero como la mayoría del público latinoamericano no estaba familiarizado con algunos términos de estirpe europea, la transmitían con el más genérico nombre de “Holocausto”. Diego creyó, al principio, que era una de las tantas películas de guerra. En cambio, se trataba de otra cosa. La serie hablaba del exterminio de los judíos en Europa bajo el dominio del nazifascismo. En la película, aparecían burgueses alemanes de origen judío, que, al principio del Tercer Reich, veían con una cierta indiferencia la ascensión de Hitler al poder. Cuando comenzaron las persecuciones y cuando en algunos lugares periféricos los nazis comenzaron a deportar a los judíos para meterlos en campos de concentración, los refinados intelectuales alemanes decían: “Esto no puede pasar en nuestro país. Esta es la patria de Mozart, de Goethe, de Beethoven, de Kant, de Schopenhauer, de Nietzsche…” Una campanilla resonó en el cerebro de Diego. ¿No se decía él lo mismo de su propio país? ¿No se repetía, como un mantra tranquilizador, que sus compatriotas tenían fama de buenos, hospitalarios, corteses en extremo, y que era la patria del Popol Vuh, Bernal Díaz del Castillo, de Rafael Landívar, de Tito Monterroso y de Miguel Ángel Asturias? ¡No, las barbaridades que cometieron los nazis no podían pasar en país de gente buena y de hablar quedo y sutil! ¿O no? La misma reacción que le producía la serie televisiva comenzó a reflejarse en su cerebro. Veía, en la ficción, a los judíos alemanes hundirse en la pasividad, dejarse conducir a los trenes de ganado para terminar en los campos de exterminio, y le venían ganas de decirles: “¡No, no se dejen capturar, escapen, hagan algo, rebélense!” Y, como una revelación desasosegante, se dio cuenta que lo mismo podía decir para sí mismo y sus amigos. Se dio cuenta de que cuando hablaban por teléfono usaban palabras en clave, “aquél que te conté”, “el mandamás”, “los muchachos”, “a ver cuándo nos vemos”, y mejor todavía si no se hablaban por teléfono. Ya nadie invitaba a cena porque nadie se atrevía a andar por la noche en las calles desoladas, como si un implícito poder hubiera decretado el estado de sitio y el toque de queda.

En la Universidad, todos sabían que cada clase tenía, por lo menos, un espía. El ingenio popular había inventado una metonimia: como su oficio era escuchar, los personajes eran llamados “orejas”. Así que todos los profesores, resignados o envalentonados, tenían como costumbre saludar a los orejas, con frases del tipo: “Esto lo digo para los estudiantes y también para los amigos que vienen aquí por otro oficio”. Todos se reían, nerviosos, porque sabían que era verdad. Una vez, repitiendo algo que había leído en Le monde diplomatique, Diego explicó a sus estudiantes de “Poesía hispanoamericana contemporánea” que los norteamericanos habían decidido dejar de invadir a cada rato los países latinoamericanos. Habían delegado esa función en los ejércitos nacionales, que actuaban, siguiendo la política de la Seguridad Nacional, como si fueran un ejército de ocupación.

Una alumna, ex compañera de clases que había retomado los estudios, se le acercó al final de la lección: “Diego¨, le dijo, “cuidado con lo que dices, algunas palabras pueden costar la vida en este país”. Diego se asustó un poco, pero pensó que esas cosas le podían pasar a otros, pero que a él no, porque no tenía relación con los grupos revolucionarios. No tomaba en cuenta la estupidez, la ceguera y la ferocidad de los que sinceramente proclamaban que estaban combatiendo la tercera guerra mundial en nuestro territorio y que iban a exterminar a todo aquel que se opusiera. Diego vivía en ese limbo, y repetirse que eso le pasaría a otros y no a él le permitía vivir en una desazón controlada que él confundía con la normalidad.

Sargento, doncellas y locos

Etiquetas

,

Por esos tiempos, le ofrecieron a Diego un curso de historia de la literatura nacional en la Universidad Agustín Covarrubias, católica universidad regenteada, faltaría más, por jesuitas, refugio de temerosos que deseaban hurtarse a las insidias, asechanzas y sobre todo al desmadre de la Universidad Nacional, visto que la dictadura militar había decidido ejercitarse en el tenebroso deporte del tiro al blanco con los estudiantes y profesores de aquella tricentenaria casa de estudios. También por ese entonces, Diego estaba empeñado en ensayar una desmañada lectura marxista de la literatura de su país, y no tuvo mejor ingeniosidad que la imprudencia de basar sus clases en tales investigaciones. Puso, como condición, que las lecciones fueran el sábado por la mañana, visto que toda la semana estaba ocupado en la Nacional.

Los jesuitas aceptaron y Diego se levantaba temprano para atravesar una sabatina ciudad medio vacía, pues las clases iniciaban a las nueve y terminaban a las doce. No eran muchos alumnos: la mayoría de las mujeres blasonaban apellido de antiguas resonancias coloniales o de reciente y acomodada inmigración europea, por lo que cabellos rubios y ojos claros constituían la norma fisiognómica de esa parcela de sus estudiantes; los varones eran muy heterogéneos, desde el niño bien que no sabía qué estaba haciendo allí hasta maduros señores que trabajaban toda la semana y el sábado se sacrificaban con tal de sacar un título universitario. No le sorprendió que uno de ellos fuera un ex compañero del colegio que se había quedado rezagado en la carrera, pues los exalumnos salesianos aparecían por todos lados, hasta en los momentos menos oportunos. Los demás miraban raro al dombosquino, porque era el único que no lo trataba de usted y le endosaba un “vos” confianzudo, memoria de las veces que se cruzaron en el patio del colegio, de carrera tras una pelota de fútbol.

Su primera clase consistió en explicar las bases teóricas sobre las que se fundaría su intento. Al terminar las tres horas de lección, cuando acompañó a los estudiantes a beber un espeluznante café acuoso que la cafetería de la Universidad Covarrubias propinaba en grandes tazas de caldo, su excompañero salesiano lo llamó aparte y le dijo: “Cuidado, Diego, con lo que decís en el aula. Aquél chaparro que ves allí es un sargento del ejército. No entendemos muy bien qué hace aquí”. Diego era inconsciente, no valeroso, y esa temeridad hizo que continuara con sus clases de la misma forma como las había iniciado. Estaba acostumbrado a los espías que pródigamente pululaban en la Universidad Nacional.

Un poco se asustó el día que olvidó las llaves dentro del mastodóntico Buick que el Turquito le había prestado. Al salir de clases, se quedó como un idiota al darse cuenta de su descuido. Todos se estaban subiendo a sus automóviles, por lo que pudieron observar su desazón. Se le acercaron el salesiano y el sargento, que habían hecho buena amistad. “¿Qué le pasa, licenciado?”, le preguntó con melosa sorna el militar, pues se veía a leguas la estupidez que había cometido. “Mire, pues”, contestó Diego. “Dejé las llaves adentro”. El sargento sonrió con suficiencia. “Si esos fueran los problemas, mi querido licenciado”, dijo con lentitud, “el mundo sería Jauja”. Se acercó a la portezuela delantera del vehículo, aplicó los dedos a la parte superior del vidrio, y, con parsimonia, seguridad y fuerza, como aquellos gatos que se quieren aferrar a un cristal, hizo resbalar sus manos sobre la superficie. Al principio, no pasó nada. Pero la insistencia del militar triunfó sobre la materia hostil. Poco a poco, el vidrio comenzó a bajar, hasta que no hubo dificultad en abrirlo. “Hoy ha sido usted el que se convirtió en alumno, licenciado”, le sonrió el sargento. “Aprenda cómo se abre un automóvil”. Diego y su excompañero se vieron, ligeramente alarmados. Con los años, el sargento se iba a convertir en coronel, y habría de ser una especie de agregado cultural del Ejército, infaltable a cualquier actividad cultural, exposiciones, premios, presentaciones de libros, de fotografías, lecturas de poesías, y fue tal y fue tanta su labor, que pronto era el coronel quien editaba libros, otorgaba premios, dirigía la editorial del Ministerio de Educación, y no se movía hoja de la cultura sin que el uniformado supiera u orientara. Eran los tiempos del general Boni y del coronel Pizarro.

Las chicas seguían sus clases como quien se asoma desde lo alto a un abismo peligroso: esa decisión siempre al filo entre saltar o retirarse. Las había de notoria militancia en el Opus Dei, reconocibles a la legua por la forma de vestir y maquillarse: una dura elegancia congelada de replicante a la moda de Blade Runner, demasiado estudiada como para seducir a nadie. Y otras había destrabadas que llegaban tarde, con gafas oscuras y botella de agua mineral, por la farra de la noche anterior. Veían a Diego como el representante de un mundo ajeno: el de los destrampalados universitarios de la Nacional, y al mismo tiempo, un serio y austero miembro no bohemio de la bohemia nacional. Diego se jactaba de conocer personalmente a todos los escritores, porque así era. Lo que no decía era que evitaba escrupulosamente participar en las competiciones de borrachera y despelote en que se sumergían los desesperados escritores del país. Despreciados, perseguidos y empobrecidos, no les quedaba otra salida.

Un día, un par de ellas le pidieron cita para discutir algo relacionado con las tesis. Les dio cita en su despacho de la Universidad Nacional y Diego se moría de la risa cuando vio aparecer a las dos muchachas como si se hubieran internado en la selva del Petén, entre los senderos llenos de sabandijas que llevaban a algún reducto guerrillero: estaban muertas de miedo. Y otra vez, hubo una presentación de un libro, y todos los del curso se organizaron para llegar y así poder ser presentados a los principales poetas y narradores del país. Al inicio, todo muy bien. Pero cuando los artistas comenzaron a emborracharse con las cubas libres que ofrecía el presentador, dejaron de ser artistas para convertirse en desaforados manos largas que buscaban tentar a las inesperadas niñas bien que habían llegado al evento. Salieron huyendo y Diego profirió una de sus banalidades favoritas: “A los escritores, mejor no conocerlos en persona. Se corre el riesgo de no leerlos más”.

Tenía dos alumnos controladamente locos. Uno pertenecía a rancia familia aristocrática y había sido uno de los vástagos más prometedores de su prole: gran comerciante y multiplicador de la fortuna del linaje. Por desgracia, el hombre se enamoró de una bella mujer, quien aceptó la oferta matrimonial con los ojos cerrados, pues con eso aseguraba y sellaba un futuro de prosperidad. Después de la luna de miel, impuso al desventurado una rigurosa dieta, de esas que andaban de moda, pues el joven esposo era simpático, sociable y conversador, pero irremediablemente gordinflón, casi hasta el disgusto. La dieta fue tremenda y el marido, por pasión, adelgazó. No se murió de frío ni se murió de amor. Cuando asistía a las clases de Diego era un hombre flaco. Flaco y loco, pues la dieta lo había trastornado. Flaco, loco y divorciado. La familia lo había aparcado en la universidad.

El otro chiflado era, como si le faltara algo, testigo de Jehová. Su excompañero lo había advertido: “No lo vayás a contradecir en nada, porque, así como aparenta ser pacífico, calmado y melancólico, no soporta las discusiones. Ya se le ha tirado encima a un par de maestros con la intención de estrangularlos”. El Testigo de Jehová advirtió en Diego virtudes insospechables y se propuso convertirlo a su religión. Diego se volvió un Maradona haciendo toda clase de fintas para evitar al peligroso proselitista, pero llegó el día fatal en que tuvo que hablar con él. Un sábado por la tarde lo recibió en su casa, y aplicó una técnica que había leído en un libro de psicología. Para calmar a un exaltado, hay que relajarse, abrir los brazos, mostrarse completamente tranquilo, como un Buda en nirvana. Porque el muchacho se mantenía siempre alterado, pálido y con un temblor ligerísimo en todo el cuerpo. Tres horas duró la sesión de relajamiento. Y el truco funcionó. El muchacho dejó de temblar, aceptó que Diego no podía ser Testigo de nada, y se fue, melancólico, a recuperar sus delirios y sus penas.

 

Laurel y Hardy

Etiquetas

,

¿En noviembre, cuando soplan los vientos fríos del norte; en junio, cuando llueve sin consuelo y las calles se transforman en ríos de barro y barquitos de papel; en diciembre, de sol helado y chaquetas de lana? Diego no lo recordaba, solo recordaba que el mandato del general presidente Olof Stargasson llegó a su fin y que se celebraron militares elecciones democráticas, y que con la habitual sorpresa de todos, las ganó el acostumbrado ministro de la defensa, el también general Otelo Bonifacio Murcia, cuyo talento oratorio no pasaba de la balbucie. Sus mensajes a la nación eran una prodigiosa demostración de torpeza y tartamudez, pero igual todos temblaban por su fama y actos de hombre feroz y determinado. El general Boni Murcia dio origen a una buena cantidad de chistes, recurso último de los sobresaltados ciudadanos para espantar el miedo que les producía su tremebundo señor presidente. Lo ayudaba en esto un legendario jefe de la policía, un hombrecito enclenque de temibles ojos verdes, cuya crueldad se ejercitaba cuando llegaban los parientes de los desaparecidos a reclamar a sus deudos. “Aquí no hay desaparecidos”, proclamaba a los angustiados parientes. “Aquí lo que hay es gente juida”. Sostenía el hombre, llamado Elvin Pizarro Almagro, que los maridos escapaban de sus mujeres, seguramente con otra mejor; los hijos de sus padres, evidentes tiranos y verdugos; los padres de sus responsabilidades emotivas y económicas, y todos se escondían en alguna parte, cuando no se habían ido a enrolar en alguna organización de “delingüentes subversivos”, como llamaba a los revolucionarios.

Si no hubiera sido siniestra, pensaba Diego, habría sido una pareja cómica. El general Boni Murcia era un militarote de casi dos metros, disparatadas cejas espesas de Belcebú, semejantes a las de Brezhnev o Stalin, más robusto que gordo, con un rostro cuadrado cuya pétrea conformación ignoraba la sonrisa, enorme pecho multidecorado con medallas que no correspondían a ninguna guerra, eterno uniforme militar, manos de leñador o de estrangulador, cabellos hirsutos ingobernables cortados a ras, parecía un gran muñeco de palo de esos que usan los ventrílocuos, con la mandíbula móvil y amarga que mostraban una enorme dentadura tan pareja que parecía postiza.

El coronel Pizarro era todo lo contrario. Bajo por no decir bajito, pelo abundante tirando a rubio, bigotito castaño que ocultaba una dentadura amarilla donde algunos dientes se habían exilado, sonrisita de cínico ominoso, piel tostada no se sabe si por sol o sereno, pelos en los brazos y en las manos, breves éstas pero ágiles y seguras al empuñar un arma, flaco tirando a esmirriado pero con molesta e incipiente panza. Tal era la pareja que tenía en sus manos las vidas de la gente, y la gente, pobre, inventaba chistes como si fueran venganzas.

Se contaba entonces que el general Boni y su compadre, el coronel Pizarro, se habían ido a pescar al río. Echados los anzuelos al agua, picaban solo míseros tepocates, ranitas, latas de Coca Cola, zapatos viejos, calzones de mujer. El general se estaba poniendo furioso, de manera que Pizarro tuvo que acudir a su oficio. Apenas cayó un pez de regulares dimensiones, Pizarro lo cogió con una mano y con la otra lo comenzó a abofetear:

– Confesá, cabrón, ¿dónde están los demás? ¿dónde están los demás?

En otra ocasión, iban de viaje diplomático por el mundo. Al llegar a Egipto, supieron la noticia de que los arqueólogos habían encontrado, al pie de una pirámide, los restos de un antiguo faraón. El problema, les explicó el Presidente egipcio mientras observaba, asombrado, que sus huéspedes aborrecían de cuchillo y tenedor y usaban limpiamente las manos para comer, el problema era que no se lograba fijar la fecha exacta de la antigüedad de la pieza arqueológica. Casi llorando, les confesó: “Hemos usado los instrumentos tecnológicos más moderno, el método del carbono 14, los rayos láser, la deducción lógica y documental, pero mis más afamados sabios no logran dar con la fecha exacta”. Entonces Pizarro se adelantó y le dijo: “No se preocupe, señor Presidente. Yo le puedo conseguir esa información”. “¿Y cómo puede ser eso?” exclamó asombrado el mandatario. “Déjeme dos horas a solas con la momia, es la única condición”. El Presidente pidió permiso a sus sabios consejeros, quienes, habiendo agotado todos los métodos existentes, accedieron a la petición del visitante. Lo llevaron a la sala donde conservaban a la momia, y con reverenciosa curiosidad, se retiraron y dejaron solo a Pizarro por dos largas horas, las dos más largas horas de las ciencias arqueológicas. Pasadas las cuales, volvieron a abrir las puertas del recinto y se acercaron a Pizarro. “¿Y entonces?”, preguntó ansioso el Presidente de Egipto.

“Bueno, se trata del sobrino de Faraón Herisipito, y su fecha de nacimiento exacta es el 7 de noviembre del año 2345 antes de Cristo. Se crió mimado por los esclavos de su tío, y con algunos de ellos tuvo una relación afectuosa que costó la vida a sus criados. Se casó a los 17 años, tuvo tres hijos, de nombre Himenopsis, Trimarquio y Panoplio, de los cuales el primero murió de sarampión a los ocho años. Ah, el nombre del sobrino repetía el del Faraón, porque se suponía que lo iba a sustituir, no teniendo Herisipito ningún hijo varón, pero nuestro sujeto cometió un grave error al querer adelantar la fecha y organizar una conjura de palacio. Descubierto por el Faraón, fue ejecutado por envenenamiento ritual el día de su veintiún cumpleaños”.

La sala se pobló de exclamaciones de los sabios consejeros de Presidente. Todo lo que la ciencia y los adelantos tecnológicos no habían podido, Pizarro lo había resuelto en dos horas. Muertos de curiosidad, los sabios preguntaron a Pizarro: “¿Y cómo hizo?” Pizarro se chupó los dientes como solía hacer en las conferencias de prensa. Con la media sonrisa con que hablaba a los periodistas o a los parientes de los desaparecidos, dijo con todo resbaloso y cínico: “Tengo mis métodos”.

El general Boni consideraba que su antecesor había sido de mano ligera y algo blandengue. Por eso, decidió suprimir ese arbitrario desbarajuste constituido por las manifestaciones de protesta de algunos indisciplinados que salían a la calle con pancartas, silbatos y tambores acusándolo de ejercer una dictadura, cuando él había sido democráticamente electo y lo único que pedía a la población era un poco de orden para poder trabajar tranquilo. Ordenó a Pizarro quien ordenó a la policía que dispararan contra las manifestaciones, así fueran de ancianos, mujeres o niños. “Este país necesita dis-ci-pli-na”, tartamudeaba con énfasis, “está lleno de gente desidiosa y huevona que no mira las horas de salir a charanguear a la calle”. Ejecútese y cúmplase. Gran gusto se dieron los policías cuando disparaban contra la gente y risa les daba cuando salían corriendo los que no habían sido alcanzados por las balas.

Para completar su trabajo, Pizarro ayudó al General Boni a organizar varias bandas de escuadrones de la muerte, a las que pusieron nombres algo infantiles: “La Mano Blanca”; “ONAONA: Organización nacionalista anticomunista organizada armada”, “El Club de los Vengadores” y así. En realidad, eran delincuentes y asesinos reclutados en las cárceles; pero también había soldados especializados por los gringos. En la noche o en la madrugada, entraban a saco en las casas de los que estaban en las listas de opositores, de comunistas, de simpatizantes de opositores o simpatizantes de comunistas, y se los llevaban a cárceles clandestinas en donde los torturaban hasta la muerte.

Muchos años después, el General Boni murió en otro país, extraviado en la deslumbrante y opaca blancura del Alzheimer. Diego se preguntaba si, al vagar por las habitaciones vacías de su cerebro, Boni quizá se habría encontrado, una puerta detrás de la otra, un eco que evocaba otro eco, con las pilas de los cadáveres de los hombres, de las mujeres, de los ancianos, y de los niños que había mandado a matar. Si miraba con estúpido estupor la sangre que le llegaba a las rodillas. Si su Alzheimer no había sido olvido, sino pesadilla. Y que hubiera muerto anegado por la angustiosa desesperación de no saber quién era y ni por qué veía tales monstruosos acontecimientos.

Los mágicos poderes de esta tierra

Si alguien podía ser radicalmente diverso al profesor Cioni, este era el profesor Tommasi, quien anunció su visita para el año siguiente. Cioni, mientras ejercía su profesión en Florencia, era severo, puntilloso, preciso y riguroso. Se proclamaba comunista, y cuando los estudiantes italianos salieron a las calles a soñar con una revolución improbable, Cioni los adversó y declaró públicamente que se consideraba estalinista, por lo que auspicó el aplastamiento del movimiento estudiantil. Por eso Diego se asombró cuando, al llegar al país, Cioni se convirtió en lo contrario de lo que había sido hasta ese momento: se volvió relajado, sensual, chisporroteante, curioso, conversador y hasta donjuán. No se le había borrado de la mente la despedida de Cioni, que subió las escaleras del avión con un sombrero de charro mexicano, que ya se anunciaba el profesor Tommasi, la otra cara de la moneda de Cioni.

EDVARD MUNCH Friedrich Nietzsche (1906)

Tommasi era siciliano, y si regularmente era malencarado y lunático (días de expansivo buen humor alternado a días de mírame y no me tentés), le bastaban dos vasos de vino para transformarse en un simpático contador de chistes, buen conocedor de las canciones de protesta latinoamericanas, y, fama que recorría toda la península itálica, gran tombeur de femmes. En los congresos de crítica académica, diversas estudiantes habían conocido la cama de Tommasi, cuyo encanto hacia las mujeres era, para Diego, un misterio. Así que cuando anunció su visita, Diego pensó que habría que recomendar a sus paisanas sendos cinturones de castidad. Y se preparó para días de juerga y regocijo.

También aquí se equivocó. Tommasi, al contrario de Cioni, pertenecía a una agrupación de extrema izquierda, casi una secta, no tanto por lo esotérico sino por la escasez de sus miembros. Venían de formaciones católicas, y eran de una ortodoxia marxista que rayaba en el fanatismo. Cuando iban a las manifestaciones, se les reconocía porque llevaban a la familia, los bebés cargados en brazos porque el carrito era un lujo pequeño burgués, y porque se esmeraban en vociferar los slogans más virulentos y combativos. Por lo que se refería a la moral sexual, eran completamente antiburgueses, y no era raro que experimentaran el desastre de las parejas abiertas, que casi siempre terminaban en feroces cismas de corte político. El amor universal estrellábase como el Titanic contra el iceberg de la posesión carnal.

De esa forma, antes de aterrizar en La Aurora, Tommasi había ido a hacer una visita pastoral a los compañeros sandinistas, con quienes había compartido la ilusión de estar realizando una revolución que no se sabía si era socialista, católica, socialdemocrática o simplemente nicaragüense. De Nicaragua había tomado un Tica Bus, que lo depositó con los huesos quebrantados enfrente del cine Fox, terminal de los autobuses centroamericanos. Como era de esperarse, Diego lo fue a recoger a esa terminal, y notó que Tommasi estaba serio y nervioso. Pensó que le hacían falta un par de vasos de vino para convertirse en el simpático casanova de siempre. Tommasi se quedó paralizado cuando vio el enorme Buick que Diego había heredado del Turquito. “¡Pero este no es un automóvil pequeño burgués!”, exclamó. “¡Este es un automóvil totalmente burgués!”. Diego temió que el profesor no se subiría al auto, pero no puso problemas. Mientras viajaban a la misma pensión en donde se había alojado Cioni, Tommasi le confesó el motivo de su seriedad. “Es que traía una agenda para entrevistarme con todos los compañeros guatemaltecos de la izquierda”, le dijo. “Pero la policía me la incautó en la frontera”. Diego lo volteó a ver, incrédulo. ¿Pero a quién se le ocurre, semejante animal, visitar un país como el nuestro con una lista de nombres y direcciones de gente de la oposición? ¡Claro que se la iban a incautar! Para la policía secreta de la dictadura, era Jauja un documento de ese tipo.

La visita de Tommasi convenció a Diego de que su país tenía poderes mágicos para cambiar a la gente. El famoso donjuán pasó un mes de estricta castidad, paralizado por el viaje y un poco por el miedo de estar en una dictadura militar, donde el clima de terror se respiraba con mayor fuerza que el chorro de humo de diésel negro que salía de los escapes de los autobuses. Y esa falta de relaciones sociales fue un castigo para Diego, pues tuvo que estar al servicio de su ex profesor casi todo el mes. Lo llevó a la Antigua, en donde Tommasi, en lugar de admirar la estética de las ruinas, se echaba largas disquisiciones sobre el imperialismo, el colonialismo y la liberación de los pueblos. Además, no quería comer en restaurante, sino en los mercados, para compartir con el pueblo la experiencia alimentaria. Se le quitaron las ganas cuando pasó por las carnicerías, en donde la carne colgaba de ganchos oxidados, con una impresionante aureola de moscas que revoloteaban y se posaban en los miembros de las reses que goteaban sangre. Lo llevó a Atitlán, que por esa época estaba sumergido en una niebla de marihuana. Lo montó en un avión para Tikal y lo esperó al regreso, cuando llegó violáceo de sol y de picaduras de mosquitos.

Sin querer, la pandilla del Mañas le echó una mano, pues decidió homenajear al compañero revolucionario que llegaba desde Italia. Un par de veces se lo llevaron a las bacanales que armaban, tremendas discusiones navegables en ron y coca cola, en donde no era raro que llegaran a romperse la cara. Eso sí que le gustaba a Tommasi, esos eran los revolucionarios latinoamericanos que se había imaginado en Italia, y también él participaba en las diatribas, con gran admiración de sus interlocutores, pues en el fondo Tommasi no era más que un remachón reprimido y compungido. Demostrar su sabiduría marxista delante de los recitadores de los manuales moscovitas habrá sido un placer. Esto Diego se lo imaginaba, pues, con la típica amabilidad de sus paisanos, a él no lo invitaban. Toda Centroamérica sabía que, en su país, todos te invitaban a cenar a su casa, solo que no te daban la dirección ni el teléfono.

Pero la hazaña más grande del profesor Tommasi ocurrió una noche en que, como de costumbre, Diego lo acompañaban en el transatlántico hacia la pensión. Circulaban pocos vehículos por el anillo periférico, después de las ocho y media de la noche. Como siempre, de vez en cuando, retenes militares detenían a los viajeros e inspeccionaban el interior de los transportes. Diego confiaba en que la majestad del Buick impusiera respeto a los pobres soldados, pero esta vez no fue así. El soldado, con una linterna, le hizo señas para que se detuviera. Tommasi se puso pálido. “No se asuste, profesor”, le dijo Diego. “Aunque nos están apuntando con sus metralletas, no nos van a hacer nada”. Tommasi tartamudeó: “Es que traigo la bolsa llena de propaganda de la guerrilla”.

Casi todas las noches, los grupos guerrilleros dejaban, en los baños de la Universidad, grandes paquetes de boletines de propaganda, que los universitarios leían allí mismo y luego tiraban a la basura. Tenía que llegar Tommasi para cometer la imprudencia de llevarse como souveniro como objeto de estudio, uno de esos papeles peligrosos. Mientras detenía el automóvil para su inspección, Diego pensó que si los soldados los descubrían, él se podría dar por desaparecido, mientras Tommasi sería expulsado del país. Dijo al imprudente: “No te muevas. Aferra tu bolsa y yo distraigo al soldado como pueda”. En efecto, Diego bajó el vehículo, saludó muy amablemente al soldado que no dejaba de apuntarlo con el fusil ametrallador, abrió el maletero, levantó la llanta de repuesto, le mostró todos los recovecos posibles, abrió las puertas traseras, levantó los sillones, y, al fin agobió al soldado con tales esfuerzos por mostrarle todo lo que había en el coche, menos la bolsa de Tommasi “un profesor italiano que nos honra con su visita”, que el soldado los dejó ir. Entonces a Diego le comenzaron a temblar las piernas.

No se extrañe nadie que, cuando acompañó al aeropuerto a su incauto profesor, Diego sintió un alivio del tamaño del Jumbo que se lo llevaba de regreso a Europa.