La pandilla del Mañas

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El Mañas hubiera añorado ser Hemingway; le faltaban estatura, corpulencia,  dinero y un adecuado fusil. Optó entonces por imitar a Bukowsky, pero con matices: al fin de cuentas, el Mañas, cuando dejaba de actuar como un personaje, era un amoroso padre de familia. O quizá sospechó que la marginalidad del norteamericano era solo literaria, porque si uno es marginal no es famoso ni Hollywood le hace películas. En cambio, en el país había varias muestras de gente dedicadas solemnemente a la poesía y a la miseria, con encono y putrefacción. No tenían quien les publicara, no salían en los periódicos, desaparecían del panorama y de pronto uno venía a saber que se habían muerto, como desconsolados ratones en trampa, en la soledad de un cuartucho de provincia, en un vago olor de alcohol barato y ropa sin lavar. El Mañas no quería esa marginalidad. Quería la fama, el éxito, el renombre y también quería la aureola de poeta maldito.

Diego Velazquez, El triunfo de Baco (Los Borrachos) Museo del Prado 1629

El malditismo del Mañas y su pandilla se reducía a beber mucha cerveza, mucho ron y a armar trifulcas en todas partes. Bolaño había hecho el mejor retrato de esos grupos en Los detectives salvajes. Si estaban en una  cantina y entraba un militar, lo provocaban hasta que volaban mesas y sillas, si no es que el tipo sacaba las pistola y había que huir esquivando los balazos. Condición para pertenecer a su pandilla era proclamarse revolucionario, y el mismo Mañas dictaminaba quién lo era y quién no. Alguna vez un compañero de Universidad se quejó con Diego: “El Mañas anda diciendo que soy un socialdemócrata”. En esos tiempos, casi rayaba en el insulto. El mismo compañero de universidad calificaba a Diego, bondadosamente, como “un burgués democrático”, por el simple motivo que nadie sabía si Diego pertenecía a alguna organización revolucionaria. Por esa época, uno de los juegos favoritos de los muchachos era asignarle a los amigos una pertenencia guerrillera. A veces acertaban, a veces no. Los que nunca se equivocaban eran los espías del ejército, que andaban sueltos por todas partes.

En una ocasión, Iduvina, la compañera marxista, quiso organizar una culta velada artística en su casa, con los más renombrados literatos de la época. Es decir, con la pandilla del Mañas. Iduvina tenía su casa en una zona residencial, llena de airosas plantas cuidadas con esmero, cuadros de los mejores pintores del país, frágiles esculturas carísimas, muebles estilo colonial comprados a subido precio en la Antigua, una biblioteca refinada y costosos vinos franceses en una chinera de maderas finas. Imaginó una cena exquisita, con el chispeante intercambiar de frases ingeniosas, como si Oscar Wilde y Baudelaire hubieran resucitado. Se equivocó. Los miembros de la pandilla se dedicaron, con empeño, a demostrar que de refinados no tenían un pelo, se bajaron cuanta botella de vino pudieron, quebraron un par de sillas, vomitaron en las macetas de orquídeas, destrozaron la cristalería, se mearon en el jardín, y terminaron golpeándose mientras se insultaban con un vocabulario que la compañera Iduvina no había oído en su vida. “Nunca más”, le dijo a Diego cuando le contaba lo que había sucedido. “Nunca más”. Diego se limitó a observar: “Si me hubieras preguntado…”

Uno de los deportes favoritos del Mañas era robarse los mejores libros de las bibliotecas de sus amigos. No era un robo descarado, pues eso le habría quitado gusto al asunto. Mientras otros distraían al dueño de casa, el Mañas procedía a escoger los libros raros, los libros únicos, las primeras ediciones, los libros con dedicatoria, y los metía rápidamente en un morral típico que siempre llevaba consigo. Y si los amigos, conociéndolo, escondían los libros, se metía a las habitaciones hasta dar con el tesoro añorado. “Mi biblioteca está formada solo de libros de otros”, se reía a carcajadas. “No me vayan a decir que no soy un buen lector”.

Uno de sus jóvenes seguidores le quiso dar una lección. Durante una cena organizada por la esposa del Mañas, logró sustraer un libro de la biblioteca de libros robados. Mientras regresaba a casa, lo comentó con los compinches. Alguno se lo sopló al Mañas. Al día siguiente, el Mañas se presentó a la casa del amigo, que andaba en el trabajo, y le dijo a la asustada madre del ingenuo ladrón: “Señora, soy de Electrónica Americana. Su hijo no ha pagado los plazos del estéreo y del televisor”. La señora protestó: “Pero él me dijo que lo había comprado al contado”.  El Mañas hizo una sonrisa de vendedor comprensivo: “Señora, su hijo le mintió. Lo siento mucho. Vengo a decomisar la mercancía”. Y se llevó el televisor y el estéreo. Luego llamó al amigo: “Mirá, imbécil, tengo tus aparatos. Si no me devolvés el libro, los rompo a martillazos”.

En medio de la guerra que destrozaba al país, las aventuras del Mañas parecían juegos inocentes, bromas de goliardía naïf. La gente desaparecía, en el campo los aviones lanzaban napalm contra las aldeas, en la ciudad las casas clandestinas de la guerrilla caían bajo los cañonazos de los tanques del ejército. ¿Qué podían parecer, si no travesuras, las picardías de la pandilla del Mañas? Otro de sus deportes era inventar pasados infames a sus enemigos. De un republicano español, que en el exilio se había vuelto de derechas, comenzó a hacer circular la voz de que había sido dirigente de la Falange. El hombre se desesperaba por desmentirlo, pero más lo desmentía, más crecía la calumnia. El Mañas se moría de la risa.

La pandilla del Mañas hizo implosión por una banalidad. El gobierno cubano había convocado a un Congreso Internacional de jóvenes escritores. La Universidad nombró al Pato, el lugarteniente del Mañas, para que representara al país. Cuando el Mañas lo supo, montó en furia. “¡Traidor!”, lo apostrofó. “Deberías haber dado mi nombre en lugar del tuyo”.  El Pato, cuyo ego no era menor que el del Mañas, se quedó estupefacto. Comenzaron a insultarse y solo la intervención de los otros miembros de la pandilla evitó que se pegaran. De allí en adelante, la pandilla no se volvió a reunir. Alguien le habló a Diego para que organizara un encuentro de reconciliación. Cuando habló con el Mañas, este le dijo: “Yo al Pato solo le hablo con una pistola en la mano”. Cuando habló con el Pato, apenas si lo pudo entender. El Pato estaba en un período de intensas borracheras. Le dijo algo así como que andaba buscando al Mañas para romperle la cara. No hubo reconciliación. Tampoco hubo pandilla, porque la guerra irrumpió en sus travesuras, y a algunos los llamó el exilio, como al Mañas o al Pato; a otros a la muerte, como al Ave Fénix o al dueño del estéreo con televisor.

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Casamientos

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La petición de mano de Rosa ocurrió en una de las tantas noches de un tibio marzo. El otomano Mercedes Benz gris aparcó suntuosamente delante de la austera casa de los Cosenza, y de él bajaron padre turco, madre turca y el Turquito. Vestían con los mejores atuendos que su dignidad de comerciantes medio orientales les permitía. El padre semejaba un dignatario de estado, un empleado de alto rango de la Casa Presidencial. La señora, con encajes y tules, una muñequita de mazapán puesta sobre la cima de una torta de matrimonio. El Turquito, de traje gris con rayas, el contador de una gran empresa. Su misión era convencer a don Roberto y a doña Trinis de conceder la mano de Rosa para el matrimonio. Las motivaciones, las de siempre: la simpatía, el amor, los buenos deseos, la óptima y comprobada relación entre las dos familias y, dicho pero no dicho, la estable y progresiva comodidad económica de la familia Mafuz, que los años, alabado sea el Señor Omnipotente, no iban a desmentir.

Antonio Bemi “O casamiento de Ramona”

Delante de argumentos tan contundentes, declarados en forma explícita e implícita, los señores Cosenza no dijeron lo que estaban pensando, y lo que estaban pensando era que su hábil hija había pescado un buen partido, pues piensan también los padres en altas cuestiones políticas, económicas y sociales, más que en entretenerse en babuchas sentimentales o preterintencionales. El Turquito era rico, el Mercedes estacionado fuera de casa atestiguaba, los padres también, el futuro prometía.

Los dos años siguientes se pierden en la niebla de la memoria de Diego, pues fueron los años de Italia, y entonces no podía recordar nada, sino imaginar que recordaba lo que le habían contado, y a veces el relato suplantaba al recuerdo, de modo que Diego no podía decir si recordaba lo que le habían contado, o si le habían recordado lo que contaba. Cierto fue que el Turquito honró a la tradición de sus ancestros y también a la tradición del país, pegando centro con dos hijos en dos años, sin la menor preocupación o desasosiego, pues iba a seguir teniendo hijos a ese ritmo, más hijos se tienen más crece la fama del varón, reforzada la campesina creencia por la inmutable religión que invitaba a la reproducción y denostaba ardientemente cualquier método que la impidiera. “Creced y multiplicaos”, escuchaba el Turquito en la iglesia, y acometía lanza en ristre.

Menos complicado por más proletario fue el casamiento de Teresa con el Matón. Como las cosas de la vida son curiosas, el Matón había corregido su destino de marginal y seguro delincuente con una movida genial, que daba cuenta de su inteligencia: había entrado en el ejército. Allí hizo su carrera como un cadete anónimo, sin distinguirse en nada pero tampoco sin desmerecer en estudios o competiciones. Estaba listo para la estatua del soldado desconocido. Era alto, fuerte, bueno para el combate, lo suficiente como para sacar la escuela secundaria y después graduarse en la Escuela Politécnica. Estaba claro que el Matón cumplía con una de las leyes de la sociedad: si uno entra a una institución con los blasones de gran familia, sale coronado con las mejores galas; si entra para salir de pobre, le conceden la dorada mediocridad de los que deben sudar la camiseta diez veces más que todos. Antes o después de graduarse, el Matón decidió que su salida de la marginalidad era casar con mujer honesta de familia honesta. La oportunidad se la dio el quinto o sexto matrimonio del abogado Abundio Revolorio, quien organizó una estruendosa fiesta para la ocasión. En esa fiesta, el Matón orientó sus ojos de pez gordo hacia Teresa: la miró, la vio, la escogió y caminó en cámara lenta hacia ella, sabedor de que estaba trazando su destino.

– ¿Me permite esta pieza, Teresa? -le dijo, tendiéndole la mano. El curriculum de seductor del Matón era tan largo como el de su señora madre, que retozaba sobre la pista de baile con otro de sus compadres, delante de los ebrios ojos de su marido. Teresa, en cambio, crecida bajo la férrea dictadura de doña Trinis, secundada en esto por el hilo de la plomada de don Roberto Cosenza, había tenido pretendientes, muchos, y quizá algún enamorado, pero estaba en las condiciones ideales como para ser encandilada por el simpático charlatán que la hacía revolotear en el salón de baile. Salieron novios de ese encuentro.

Naturalmente, como la época lo exigía, también el Matón se presentó con sus padres para pedir permiso de ser el pundonoroso, caballeroso y puntilloso novio oficial de Teresa. No les costó mucho: vivían a tres casas de distancia. Y no había mucho que presentarse: ambas familias se conocían, secreto a secreto, y eran más los de la familia del Matón que los de la familia Cosenza. La única verdad que ambos conllevaban a la luz del día era la compartida pobreza, y que se casaban pobres con pobres, sin mayor atisbo de mejoramiento. Doña Trinis y don Roberto hubieran querido negar su aprobación. Pero sobre todas las cosas pesaba el montaraz enamoramiento de Teresa, ciego, resuelto, tenaz, característica familiar que podía ser positiva en algunas cosas y completamente negativa en otras. Teresa estaba empecinada con la obscuridad cerrera del amor. Sus padres aprobaron con la esperanza de que algún día abriera los ojos, y claro que los abrió, pero ya demasiado tarde.

Doña Trinis reunía a la familia los domingos a mediodía para un suntuoso almuerzo que hubiera hecho rendirse a un dragón. Comenzaba con el amarillo trago de riguroso whisky acompañado de una serie de chucherías (plataninas, nachos, tor-trix, cacahuetes, habas tostadas, ricitos de queso plástico) que por la hora y por el whisky, los invitados devoraban impetuosos. Como ya era su papel, Diego tenía que hacer de ministro de relaciones exteriores, por lo cual recibía a sus cuñados o presuntos cuñados, les ofrecía un trago, se los servía y soportaba la invariable conversación sobre el estado del tiempo y sobre los últimos chismes políticos. El Turquito se solazaba con juegos de palabras, para los cuales se retenía  hábil e ingenioso. Llamaba “chavas” a las habas, “bananinas” a las plataninas, “gusanos” a los ricitos de questo, “tir-trox” a los tor-trix, y eso le parecía tan graciosos que reía de manera contagiosa, y los demás reían con él. Y era mejor dejarlo hilvanar sus invenciones de lenguaje que hacerlo expresar sus opiniones políticas, resobados lugares comunes sacados de los periódicos de extrema derecha y que solo indisponían a Diego.

Por su lado, socarrón, irónico y simpático, el Matón soltaba una camionada de indirectas, y nunca se sabía si hablaba en serio, si amenazaba, si se burlaba de la familia, o simplemente tomaba el pelo, porque todo lo que decía tenía un doble sesgo y él, como el Turquito,  era el primero en reírse a carcajadas de su ingenio. Si bien tenía una clara inteligencia, su alma estaba llena de oscuros laberintos, recónditas revanchas, rencorosas cenizas no apagadas.

En una ocasión, le preguntó a Diego:

– ¿Y usted tiene enemigos, Diego? -estaba untando de mousse una galleta, con un cuchillo romo y plano.

– No -le contestó Diego, intuyendo la trampa-. No creo tener enemigos.

– No diga tonterías – le contestó el Matón -. Todos tenemos enemigos. ¿Usted sabe que podría matar a uno de ellos con este cuchillo?

De pronto, el cuchillo untado de mousse se volvió un objeto obsceno.

– No -se repitió Diego, un poco turbado-. ¡Qué voy a saber yo!

-Pues yo le enseño.

Y con gestos y palabras, el Matón se lanzó en una cátedra de asesinato summa cum laude, mostrando a Diego cómo se podía matar a otra persona con un objeto tan impropio como un cuchillo para untar mousse. Diego pasó el resto del almuerzo con náuseas y de vez en cuando su mirada sorprendía la mirada del Matón, que por dentro se moría de la risa por haber asustado a su cobarde cuñado.  Meses después, cuando Diego ya estaba en Italia, el Matón y Teresa se casaron.

La revolución, de repente

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La revolución no estalló de un día para el otro. La revolución se fue abriendo camino lentamente, como aquellos fuegos sin llama, pura brasa que se come la madera, imparable, pausada, silenciosa, casi imperceptible. La revolución se extendía en el campo, en las selvas, en la costa, y en la capital del país apenas si llegaban rumores, susurros, murmuraciones. Diego Cosenza transcurría sus días con su aburrida repetición y claro que se sentía en el aire que algo estaba cambiando, como el temblor del viento que precede a un terremoto, pero era eso, un temblor del viento, un movimiento inusitado, extrañas luminarias sin sonido como las explosiones de lava del volcán de Pacaya, visibles desde la ventana de su casa, visibles y mudas.

María Izquierdo

En el último año de universidad, antes de que Diego se graduara y se casara, una compañera un poco mayor, con un nombre sacado de las novelas de Juan Rulfo, Iduvina se llamaba, invitó a los compañeros a un grupo de estudio. Y así, por pocas semanas (venció la pereza y la desidia) los compañeros de clase se reunieron los sábados por la tarde en casa de Iduvina, y lo mejor no era el estudio sino los pasteles con que agasajaba la merienda. Hondo café oscuro y dulces pasteles vegetales. Iduvina les sugirió comenzar con un libro de estética: La necesidad del arte, de Ernst Fischer. Para la mayoría de sus compañeros, y para Diego mismo, fue el descubrimiento de la estética marxista, a través de un ensayo refinado y culto.

Solo muchos años después Diego supo que la técnica de reclutamiento de los grupos guerrilleros era organizar grupos de estudio. Iduvina pertenecía al Ejército Guerrillero de los Pobres, y también esto Diego lo iba a descubrir cuando ya era tarde para todo. Había organizado el grupo de estudio para pescar a algún militante entre los estudiantes del último curso, pero le resultaron demasiado burgueses, demasiado acomodados, demasiado perezosos. Diego nunca supo si el grupo se disolvió espontáneamente o si Iduvina decidió romperlo. Lo cierto es que ya no se encontraron, que la vida los mandó a cada quien por su camino, y que muy pocos de ellos se volvieron a ver. Pasado el tiempo, que quiere decir tantos y tantos años, Diego preguntó por Iduvina. Estaba en México y alguien mencionó de paso a esa compañera de largos cabellos oscuros, de atrayente madurez, de generosos escotes que ponían nerviosos a los profesores. “Ah”, dijo alguno. “Iduvina era del EGP”. Diego se asombró. “¿Y qué pasó con ella?”. “No lo sé. Lo cierto es que la capturaron y la torturaron. Parece que ahora vive en Suecia”. El amigo le contó que, cuando había caído preso un conocido en Nicaragua, le pasaron una serie de fotos para que denunciara a otros militantes. Entre esas fotos, estaba la de Iduvina, severamente golpeada.

Diego se casó después de graduarse en la Universidad y después de haber ganado un premio literario. A la gente le parecía muy romántico un detalle simplemente práctico: con el dinero del premio, Diego pudo financiar los gastos del matrimonio. Claro, como él lo contaba, parecía mejor: “Gané el premio y con ese dinero al fin pude casarme”. Una de las tantas maneras del lenguaje para falsificar la realidad. Graduado, premiado y casado, pidió una beca para Italia. “Hay que graduarse para largarse del país”, proclamaba el Mañas. “En las embajadas, solo le dan becas a los licenciados. Solo por eso vale la pena ir a la universidad”. Diego no se había graduado con grandes honores. Su tribunal examinador estaba formado por profesores enemigos entre sí, y la discusión de la tesis se convirtió en una pequeña batalla académica, en la que hablaron más los docentes y Diego veía pasar los argumentos y los contra argumentos como el espectador de una partida de ping pong. Por suerte, lo aprobaron.

Mientras Diego vivía esa vida de apariencia normal (graduarse en la universidad, casarse, pedir una beca de postgrado estaban en el programa de cualquier estudiante de la clase media) la revolución iba avanzando en el país como aquellas hormigas de la selva de las que hablaba José Eustasio Rivera en La vorágine. Las tambochas eran un pasaje memorable de esa novela. Primero temblaba el aire,  y luego venían esas hormigas gigantescas que iban devorando todo sin remisión. Así como las tambochas, la revolución se extendía en el interior masticando cuanto se le ponía enfrente.

Tenía poco de haberse graduado cuando los estudiantes de la Facultad de Filosofía se rebelaron contra sus maestros. Ocuparon la Facultad y se organizaron en una autogestión tan batalladora que el Consejo Superior Universitario temió ponerles obstáculos. En la nueva Facultad de Filosofía todo era democrático, desde la elaboración del curriculum de estudio hasta la elección de los profesores. Cuando los estudiantes abrieron a oposiciones los cargos de docentes de literatura, Diego, con la insensatez de la juventud, se presentó. El examen consistió en que los candidatos tenían que dar una clase a todos los estudiantes de la nueva Facultad. Al final del desfile de opositores, los estudiantes votaban. Diego se preparó a fondo, y el resultado fue que lo eligieron Director del Departamento de Estudios Filosófico-Literarios. No tenía ni treinta años.

Era ya la revolución. En una pequeña parcela de la Universidad, pero revolución. Diego tenía que negociar el contenido de las enseñanzas con los representantes estudiantiles. Quizá la batalla más memorable fue cuando los radicalizados estudiantes rechazaron el estudio de cualquier filósofo anterior a Marx. El líder estudiantil era un muchacho moreno, carismático, fogoso: “¡Los filósofos burgueses que los estudien los burgueses!”, le gritó a Diego. “¡Nosotros estudiaremos solo la filosofía proletaria!” La discusión duró hasta las dos de la mañana, en las desiertas aulas de la Facultad vacía. Por fin, Diego convenció a sus interlocutores de que Marx era el fruto de una evolución filosófica que nacía con los presocráticos. Para saber de Marx, había que estudiar a Platón.

Lo salvó la beca. De la embajada italiana le avisaron que el Ministerio de Relaciones Exteriores la había concedido estudiar un postgrado en arte, en Florencia, y que tenía que partir casi de inmediato. Y así lo hizo. Renunció a su trabajoso cargo, hizo las maletas y se fue para Italia. Mientras estaba fuera, la mayor parte de sus colegas de Facultad y, sobre todo, la mayor parte de los líderes con los que se peleaba por Marx y Platón ingresaron a la guerrilla. Y la mayoría de ellos murieron. Algunos en acción, otros capturados y torturados, otros desaparecidos. Todo ese grupo de fervorosos idealistas que deseaban cambiar el mundo y que ya se veían festejando el triunfo de la revolución en el Parque Central, todos ellos no estaban cuando Diego regresó un par de años después. Y eso que faltaba todavía lo peor.

Ya se fue para los cielos…

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Diego Cosenza, al leer los intrincados laberintos de Lacan, aprendió que hay tres cosas indecibles: el amor, el dolor y la muerte. Puesto que son indecibles, son los tres grandes temas de la poesía. El arte de la literatura se ejercita en arrancar al lenguaje lo que no alcanzamos a decir con nuestras pobres palabras. ¿Cómo decir decentemente el amor, cómo expresarlo? En los momentos más intensos, no hay lenguaje articulado, sino fracasados intentos de expresarse. Sólo la poesía puede, sólo la poesía alcanza, con un esfuerzo extremo, articular palabras que de todos modos son balbuceos delante de la intensidad de los sentimientos:

Evelyn DE MORGAN The Angel of Death c.1880

Amor, amor, un hábito vestí
el cual de vuestro paño fue cortado;
al vestir ancho fue, mas apretado
y estrecho cuando estuvo sobre mí,

dice Garcilaso en el lejano siglo XVI, y también Lope recurre a las antítesis, que juegos de palabras son, para hablar de ese extraño y voraz sentimiento:

olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Para Diego, el intento más cercano era el de Quevedo, aunque también allí se nota la desesperación de no poder llegar a expresarse completamente:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día;
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa:

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Quevedo es grande, pensaba Diego, porque no dice nunca la palabra “muerte”, sino habla de la “postrera sombra que me llevare el blanco día”, con ese eficaz futuro hipotético “llevare”, que suena a exorcismo, a “todavía no”, a “quién sabe”. Y mucho más que el excesivamente retórico final, suena más contundente y decisivo “serán cenizas, mas tendrán sentido”, porque tener sentido es la finalidad de cualquier vida.

Más difícil que el amor, deplorar el dolor y la muerte. Hay más poesía sobre el amor, constataba Diego. El dolor es tan pesado, tan agobiante, tan confuso, que no deja aliento, ni fuerza, ni respiro. Pensaba en Vallejo, pero es fácil atribuir a César Vallejo algo así como el reflejo de su ardua vida. Quizá la poesía más dolorosa sea la confesión de Borges: “No fui feliz”, o muchas de las amargas composiciones de García Lorca, en una Andalucía oscura y umbrosa que por alguna equivocación varios confunden con alegría y jolgorio. Con frecuencia, dolor y muerte van juntos, como en el solemne tañido de campanas de Jorge Manrique,

Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte,
Contemplando,
Cómo se pasa la vida
Como se viene la muerte
Tan callando.

Desde siempre, Diego había quedado impresionado por los versos de Eugenio Montale a la muerte de su esposa. Muy raro es que un hombre se quede viudo. Cuando eso sucede, hay un desierto que se abre a sus pies, una aureola helada de soledad y abandono, un paso falso en cada movimiento. Así lo escribe el poeta italiano en las Ocasiones, al recordar a su amada,

Nos habíamos puesto de acuerdo para el más allá,
En mandarnos un silbo, un signo de reconocimiento.
Trato de modularlo con la esperanza
De que todos estemos ya muertos, sin saberlo.

La poesía que más lo impresionó, quizá porque la escuchó leída por el mismo poeta, en una mañana impregnada de poesía y emoción, fue la de Óscar Hahn, dedicada a la muerte de su madre:

El hecho de que me esté dirigiendo a usted
aunque no pueda responderme
me dice que usted no está muerta
que está en alguna parte del universo
escuchándome
porque existir no puede ser algo tan pobre
como vivir metido adentro de un cuerpo
que se hace escombros que se hace cenizas

Recuerdo que cuando era niño
y tenía pesadillas con el diablo
corría a meterme en su cama
y ahora a veces tengo mucho miedo mamá
y no quiero tener más miedo
quiero que todo el universo sea como una gran cama
en la que pueda meterme cuando tenga miedo
y usted esté a mi lado aunque no pueda verla.

Una extraña desesperación religiosa impregna el grito de Antonio Machado:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

O, quizá, la más tierna era la canción de Violeta Parra:

Cuando se muere la carne
el alma busca su diana
en el misterio del mundo
que le ha abierto su ventana.

¿Quién no conoce esta adolorida canción que comienza: “Ya se va para los cielos/ este querido angelito”? Parra la escribió para su hijo muerto prematuramente. Diego piensa que todas las muertes son prematuras, todas son inesperadas, todas nos caen “como del rayo”. Todas las muertes de la gente que hemos querido y que seguimos queriendo de otro modo, ya sin la necesidad de la presencia, con el recuerdo a veces dulce, a veces agobiante. Relámpagos iluminan nuestra conciencia y una melancolía irrefutable nos atenaza la garganta. Una puesta en vida que nos recuerda la banalidad de lo cotidiano. Diego siente, como sienten todos los que acaban de perder a un ser amado, que todo el mundo está detenido, que el tiempo ha dejado de correr, insensato, y que hay un silencio sagrado, una suma de murmullos, hay, y otra vez el silencio. ¿Cómo osan cantar los pájaros, cómo osa salir la luna, cómo el sol amanece y se oculta, como el mar brama y aspira con profundidad animal el aire salino? Como alivio a su dolor, Diego cree o siente que pájaros, luna, sol y mar son abstractos, o inertes como las pinturas que cuelgan de la pared. Y que solo existe el dolor. Y que no puede expresarlo.

San Juan del Obispo

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San Juan del Obispo queda arriba de Antigua Guatemala; tiene un palacio de mazapán, en donde el padre Marroquín pasaba los veranos (costumbre española un poco exótica en Guatemala, pues no hay verano que pasar); ostenta una iglesia barroca de máistro de obra; y, frente a la iglesia, se redondea un kiosco también de caramelo en donde seguro que los domingos toca la banda municipal. “Nos vemos en el kiosco”, le había dicho el Cegatón, poeta seco y pálido con negro lunar, y que, no obstante sus ataques de furor abstracto, tenía a Diego bajo su protección. El otro santo protector era Miki, también pálido, de abundantes ojos expresivos y escasa suerte con las mujeres. Los había conocido en la Universidad y ellos lo defendían ante los anatemas que lanzaba el gran jefe de la literatura revolucionaria del país, un santón enano y calvo, de gruesos bigotes grasos sobre boca también gruesa, robusto y peloso como un mono, los vellos le sobraban en brazos y pecho, allí donde faltaban en la espejeante cabeza. Lo llamaban “el Mañas” porque se jactaba de todos los vicios permitidos y también de los prohibidos. El Mañas las tenía todas: era provocador, machista, agresivo y desagradable. Un perdonavidas de barrio.


Como una excepción extraordinaria, el Mañas había permitido que invitaran a Diego a una reunión de su grupo literario y la reunión se iba a hacer en San Juan del Obispo porque allí vivía Ave Fénix, el único indígena del grupo, quien reivindicaba su etnia con orgullo. En esa época, era cosa rara. Los indígenas se abochornaban de su condición. Otros se disfrazaban de ladinos, para ser aceptados en sociedad. Ave, no. Ave Fénix proclamaba que era “indio” y que nadie como él podía escribir sobre los indios.
Diego Cosenza se encaminó hacia la Antigua en su maltrecho Fiat 1100, después de que saliera del taller, después de que Diego, primero, y su hermana Rosa, en seguida, lo hubieran chocado con daño y estrépito. Luego de los accidentes, Diego conducía con miedo, y recordaba lo que decía su tío Abundio: “Uno no sabe conducir hasta que no ha tenido un choque”. Pragmática de escuela de automovilismo: uno sabe que puede cometer errores y que cuestan caro.
Superó Mixco, se le taparon los oídos subiendo hacia San Lucas, bajó la Cuesta de las Cañas recordando lo que le decía el Flaco: “Allí es obligatorio meter segunda, Diego, porque se le queman los frenos a todos”, y sintió una gran liberación cuando brincó sobre el empedrado rompe resortes de la antigua ciudad de Guatemala. Usó el más eficaz GPS para llegar a San Juan del Obispo: le preguntó a la gente. Pasó frente a la Iglesia del Hermano Pedro y subió otra vez las curvas hasta encontrar el poblado. Aparcó junto a la Iglesia. Desde el kiosco venía ruido de gente.
Ya estaban todos y ya estaban borrachos a las once de la mañana. Todos no, porque Miki era abstemio de rigor, un alcohólico anónimo a simple vista: había visto tantos alcoholizados en su vida que decidió no tocar el licor. Y, con tal de hablar de literatura, andaba con todos sus colegas borrachos, aguantando manías y pesadeces. Miki solía decir: “No hay poetas borrachos. Hay borrachos y son tan insoportables como todos los borrachos¨. Diego entró al kiosco y el Cegatón lo presentó a voces: “¡Este es Diego Cosenza, el del escándalo de María, de Jorge Isaacs!”. Ave Fénix se le acercó, lo vio con los ojos ya hueros del aguardiente barato que estaban bebiendo, le dijo: “¡Así que vos sos Diego Cosenza!”. Diego se cortó un poco. No lo conocía, solo le habían hablado de él. “Sí, yo soy”, contestó como un estúpido. El otro dio un paso atrás, como para medirlo. Era bajo, el pelo lacio y corto, la camisa desabotonada, desarreglada, desordenada, y lo señaló con el índice. “¡Yo no creo en vos, Diego Cosenza!”, lo apostrofó. Diego se quedó cohibido. Pero ya Ave se desentendía de él para ir a servirse otro trago.
El Mañas tenía gafas oscuras de aros espesos. Eran oscuras para disimular la elevada graduación de círculos de cebolla. Apenas se le veían los ojos. “Vení, no seas maricón”, lo invitó. “Echate un trago”. Diego comprendió que no era cuestión de declarar “yo no bebo”. Hizo de tripas corazón, tomó un vasito de plástico, se sirvió el líquido transparente, lo aderezó con hielo y Coca Cola y sintió el calor del licor en el estómago. El Mañas tenía una poderosa fascinación. No era lo que hablaba, aunque lo que hablara fuera interesante; no era cómo hablaba, aunque su lenguaje era chisporroteante e ingenioso; no era cuando hablaba, que era siempre. El carisma es un talento misterioso y quien lo tiene, lo tiene. No hay tantas explicaciones. Y el Mañas tenía quintales de carisma.
Su grupo de jóvenes admiradores lo veneraba, lo adoraba, lo reverenciaba. Al Mañas le tocaba el honor supremo de ponerle apodo a todos, porque allí nadie era llamado por su nombre. Y tenía la puntería de poner el apodo adecuado, aquel sobrenombre que desvelaba lo recóndito de la persona. Se reía con gargarismos, contagioso. Y su insolencia era simpática, aunque pudiera parecer hiriente. A su lado estaba sentado su mayor estimador, un muchacho alto, bien parecido, pero cuyo andar era incierto. El Mañas le puso “el Pato”. El Pato imitaba en todo al maestro, y poseía también un alto grado de carisma. Cuando estaba sin su maestro, era el centro de las fiestas. Tocaba guitarra y cantaba con buena voz, tenía chispa y un gran sentido del humor. Delante del maestro, callaba.
El Pato no calló, en cambio, cuando vio entrar a Diego. Se le acercó, cuando acababa de tomarse su primer trago y le dijo: “Todo lo que escribís es una mierda”. Diego no respingó. Sabía que los miembros del grupo literario del Mañas eran inflexibles, y que todo lo que escribían los demás no superaba la categoría fecal enunciada por el Pato. Salvaban a Borges, a Cortázar, a Vargas Llosa (que andaba por la mayor en esa época, sobre todo por el fuego revolucionario), a Rulfo. Pero detestaban con toda su rabia a Miguel Ángel Asturias, porque según lo que se decía en esos tiempos, había traicionado a la Revolución al aceptar la Embajada de Guatemala en París. Era el escritor que recibía más insultos.
Entre una tortilla con frijoles y un trago de aguardiente, el Mañas dictaba cátedra. Parecía haber leído todos los libros del mundo. Muchos años después, Diego Cosenza iba a descubrir el truco: había quienes hablaban solo de lo que habían leído, sobre todo de libros muy difíciles de encontrar, y le preguntaban al interlocutor si conocían el tal libro. Cuando el otro decía que no, lo hacían sentir un ignorante. Bastaba no salir del perímetro de lo que ellos habían leído. O, mejor, lo que no habían leído automáticamente entraban en el parámetro de la mierda, clasificación inapelable que dejaba todavía más ignorante al otro. Pero Diego no conocía esos trucos, y se deslumbraba ante la sabiduría del Mañas.
El Pato había derivado su borrachera en insultar a Diego. “Vos sos un remachón en la Universidad. Me das asco. Los académicos me dan asco. Son disecadores de la literatura. Son los asesinos de la literatura”, le decía, como si Diego fuera el representante de la academia universal. Muchos años después, el Pato se iba a graduar como Doctor en Literatura en los Estados Unidos, ya curado del asco. El Pato se estaba poniendo agresivo. Miki vino a rescatarlo.
“Diego, acompañame a comprar longanizas”, le dijo. “Muy bien”, aplaudió el Mañas. “Que sirva para algo ese mal escritor”. Diego siguió a Miki por las calles de tierra del pueblito. “No les hagas caso”, le dijo el sabio Miki. “Están borrachos. Te atacan porque te toman en cuenta. Si no, ni te hablarían”. No muy convencido, Diego entró detrás de Miki a través de una apolillada puerta de madera. Cruzando corredores sombríos, llegaron a una larga mesa, donde unos muchachos estaban soplando lo que parecían unos canutos de plástico. “Son los intestinos del cerdo”, le explicó Miki. Una vez que los intestinos estaban inflados y estirados, los muchachos metían la mano en una pasta de carne, cebolla, ajo y perejil, y con el dedo iban empujando todo, hasta rellenar la tripa. Con gran paciencia, empujaban con los dedos embadurnados de grasa y carne. Moscas volaban por montones. Con gran pericia, sin medir, los chicos fabricaban la longaniza atando los pequeños trechos de intestino. Compraron media libra y regresaron al kiosco.
La borrachera iba por el segundo tiempo del partido. El Cegatón estaba dando de empujones al Pato porque había dicho que Neruda era cursi. Se había interpuesto el Mañas, hablando de Jaime Sabines, que era verdaderamente un chingonazo. Ave Fénix se había quedado en trance etílico, recostado contra una columna. El Mañas anunció que ya había concluido la mejor novela de la literatura latinoamericana de este siglo, y que se estaban peleando por publicarla Mortiz y el Fondo de Cultura, en México.
Cayó la tarde. El grupo se refugió en una cantina. Diego se tuvo que salir, porque el Pato le quería pegar por académico. Se subió a su Fiat 1100 y condujo, otra vez con miedo, hacia la ciudad, convencido de que era un mal escritor, de que se había equivocado en todo, de que nunca lograría escribir las obras maestras del Mañas o las grandes novelas del Pato. De que Ave Fénix no lo quería ver ni en pintura. Las pálidas luces del Fiat iban creando el camino. Era como una ilusión, como si no habiendo luz, no hubiera realidad. Como si, borracho, hubiera tenido una pesadilla esa tarde de San Juan del Obispo.

Xela

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La cita era en la despercudida terminal de autobuses para Quetzaltenango, ciudad en donde se organizaba, cada año, el más prestigioso concurso literario de Centroamérica. Diego Cosenza había mandado una colección de minicuentos y un día, al abrir el periódico, vio su foto, perdida entre los retratos de los premiados. Había ganado un tercer lugar en cuento, para peor, compartido con un muchacho salvadoreño. Los organizadores lo llamaron por teléfono, le dijeron que se presentara el 12 de septiembre a las 6 de la mañana en la terminal de buses y le asignaron una habitación en el Hotel Modelo. Era el año de 1973.

Estaba emocionado. Junto con él viajarían los escritores consagrados del país y que Diego admiraba desde hacía años. Los conocía por fotografía y, en la antesala de la estación de buses, se presentó equipado con la agobiante timidez que en esos años lo torturaba. Los poetas apenas le hicieron caso, porque estaban comentando las noticias y las fotos del periódico de la mañana. Un golpe militar había derrocado al presidente Allende, en Chile, y las fotos mostraban el bombardeo del Palacio de la Moneda, los tanques por las calles de Santiago, el cadáver de Allende con un casco en la cabeza. Todos estaban consternados. Alguien dijo: “Es el fin de la vía democrática al socialismo”. Otro preguntó: “¿Y quién es ese Pinochet que dio el golpe?”. “Otro traidor”, contestó alguno. “Nosotros estamos acostumbrados a estas cosas”, comentó un pasajero. “Los chilenos no. Ellos creían que nunca les iba a pasar algo tan latinoamericano”.

El autobús partió temprano y Diego se sentó junto a Luis Alfredo Arango, un poeta alto, flaco, de nariz aguda y dientes salidos, con una barbita que venía a ser salvaje perilla. Arango era maestro de escuela y su voz era potente, sonora, diversa de los susurros atiplados de algunos de sus compatriotas. El camino era largo, montañoso, en subida. Del cemento de la capital se pasaba a las amplias extensiones de pino y a las suaves ondulaciones de la montañas, cuyas tonalidades de verde cambiaban según la distancia, hasta convertirse en el azul desvaído de la cordillera de la Sierra Madre.

En ese viaje, Diego sintió la emoción de hacerse amigo de un hombre al que admiraba. De la conversación, le quedaron en la mente dos fragmentos. Ya estaban entrando a la ciudad, cuando un niño preguntó: “¿Cómo se llama este río?”. Nadie le respondió. Entonces Arango alzó la voz y dijo: “¡Se llama Salamá!”, con tono de maestro ofendido. ¡No saber los nombres de la patria! Tampoco Diego sabía. Y luego, en algún punto del camino, Arango le preguntó: “¿Vos bebés, muchacho?”. “No. No soy bueno para los tragos”, se avergonzó Diego. “¡Eso está muy bien!”, juzgó el poeta. “Me vas a hacer un favor. No dejés que tome licor. Porque si comienzo, ya no termino”. Diego pensó que no lo iba a hacer. Estaba en la fase de dejar que cada quien se cuidase por sí mismo. Y si el poeta se quería emborrachar, que lo hiciera.

Apenas bajaron del autobús, los mandaron al hotel. Los cuartos parecían celdas frigoríficas de supermercado, castigadas cámaras conventuales, oscuras y penitenciales, con el frío que calaba los huesos. Diego sintió el mareo de la altura de Quetzaltenango. Era como una efervescencia oculta, un malestar de nervios alterados, una irritación sin causa. Luego del almuerzo, tocaba el repaso de la ceremonia en el Teatro Municipal, un edificio neoclásico con estatuas griegas al frente. Diego no sabía nada de la premiación. Sobre todo, no sabía que coincidía con la presentación en sociedad de las señoritas de la buena sociedad de Xela. Y cada una entraría de la mano de uno de los premiados. Una señora mandona dirigía el ensayo.

Las chicas eran altas, algunas guapas, otras menos. Se reían, nerviosas, de caminar hacia el escenario de la mano de señores más o menos viejos, todos feos, algunos libidinosos, gente que escribía versos o novelas o dramas que ellas nunca habían leído y jamás iban a leer. La señora dijo a Diego que levantara la mano izquierda a la altura del hombro. Sobre esa mano, la señorita en flor depositó la suya. La que iba con Arango estaba contenta, porque era como caminar al lado de Don Quijote. Otras lo estaban menos, sobre todo si el poeta era, como la mayoría, chaparro y pobretón. Era como caminar de la mano de Sancho. Cuando pusieron el disco con la marcha de Aída, todos comenzaron a descender operáticamente hacia el escenario. Allí esperaban la Reina de Deportes, la Reina de la Cultura y la Reina de Belleza. Diego sintió que todo el ridículo del mundo descendía sobre ellos.

Al salir, le dijo a Arango: “¡Yo me regreso! ¡Yo no vine a hacer el payaso de las niñas bien de la ciudad!”. Arango se enfadó. “¿Sabés lo que sos? ¡Un soberbio! ¡Un poco de humildad, hombre!” Diego se sintió desconcertado. Arango siguió con su lección: “¿Qué creías que era la literatura? ¿Estar encerrado en tu cuarto escribiendo estupideces? ¡La literatura es también esto! ¡La literatura es salir a la calle y hablar con la gente y hacer lo que hacen todos, y escuchar lo que dicen todos! ¡La literatura es participar de lo ridículo, porque es tu oficio! ¡La literatura es mancharse las manos de grasa, de barro, de mierda! ¡La literatura es indignarse, enfrentarse a la injusticia, pagar los precios que te exige!¡Hoy te exige hacer el ridículo, mañana te exigirá irte a la cárcel por oponerte al gobierno!¡La literatura son premios, condecoraciones, medallas y escarnio, insulto, anatema! ¡Ya verás hoy, en el acto, la denuncia que haremos contra el golpe en Chile! ¡No podés vivir enclaustrado, carajo!”

Diego se retiró a su cuarto, agobiado por el ensayo, por la reprimenda y por la altura de la ciudad, que le hacía doler la cabeza. Se metió entre las cubiertas y se quedó dormido. No soñó. Era como si hubiera tenido un ladrillo mojado en la cabeza. Cuando despertó, fue a dar un vuelta al parque, antes de regresar a vestirse para la ceremonia.

Aleccionado por su maestro instantáneo, participó en todo. Ese año, el primer premio de poesía le fue concedido a Gustavo Valdez, un poeta guatemalteco que vivía en la Argentina. Por tres años seguidos, sus vibrantes versos sociales habían conquistado al jurado. Y el que ganaba tres veces el premio de poesía tenía un título adicional. Lo coronaban “Maestro del Gay Saber”. Por ese entonces, la palabra “gay” no tenía otro significado. Valdez tenía, además, otra obligación: elaborar una “Salutación poética” a la Reina de Belleza. Sin empacho, esa tarde el poeta escribió lo primero que se le vino a la cabeza y el público aplaudió que se venía abajo el teatro. Años más tarde, se supo que Valdez había desaparecido en la Argentina. Nunca se supo más de él y el Maestro del Gay Saber ni siquiera se menciona en los libros escolares. El ganador del Premio de Dramaturgia hizo tres reverencias teatrales a las tres reinas. Los escritores, como le había advertido Arango, jugaban al juego que les tocaba y se divertían como locos.

Luego de la ceremonia, fueron a los salones de la Feria Municipal, en donde se desató la bebida y el baile. Estaban todas las reinas de belleza de Centroamérica. El joven escritor salvadoreño que había ganado también el tercer lugar en cuento se había hecho amigo de Diego. También él había tenido un problema diplomático. Más grave que el de Diego. Resulta que le entregó el premio el embajador salvadoreño, un coronel chaparro y canoso. Y el muchacho había dado un brinco: “¡No, no puede ser!”, dijo. “¿Qué pasó?”, le preguntó Diego. “Ese militar hijueputa me torturó cuando caí preso!” Para desilusión del salvadoreño, el Embajador le dio el diploma y ni se dio cuenta de quién lo recibía.

Arango estaba sentado a la misma mesa, contando anécdotas con su voz tonante. Diego vio que se sirvió un trago. Arango se dio cuenta. Le guiñó un ojo y le dijo: “Es solo uno, para celebrar”. Diego le sonrió. El salvadoreño le dijo: “Mirá qué linda está la Reina del Salvador. Me encantaría bailar con ella, pero no me animo, porque soy muy sapo y feo”. Diego se levantó y fue hasta donde estaba la chica. “El poeta que acaba de ganar un premio para su país estaría encantado de bailar con usted. ¿Le concede esta pieza?” Por supuesto que sí. El salvadoreño no tuvo más remedio. Le pasó diciendo a Diego que lo iba a matar.

A las dos de la mañana, los borrachos comenzaron a tirarse las sillas a la cabeza. Diego juzgó que era hora de irse a acostar. Se metió a la cama helada bajo una montaña de ponchos, y no se había dormido cuando alguien tocó a la puerta. Era otro famoso poeta. “Yo no tuve premio, hermano”, le dijo. “Pero me vine de colado, solo que no tengo dónde dormir. ¿Puedo acostarme en el diván?” Estaba ciego de borracho. Diego le dijo que sí. Y se durmió pensando que también esto era la literatura.

En la lucha

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Las tardes de los meses de vacaciones podían ser lánguidas, aburridas, desmayadas. Diego Cosenza perfeccionó el arte de dormir una siesta fulminante, de no más de quince minutos, en medio de una acumulación de ruidos que comprendían: el tráfico de autobuses que parecían descoyuntarse en la cuesta de la Avenida Santa Cecilia, el televisor a todo volumen con dibujos animados que distraía a sus hermanos, las voces que venían del corredor (la doméstica que cantaba, su madre que llamaba a alguien, una conversación telefónica), y todo ese ruido se disolvía en los apresurados y dilatados sueños que podían ser una continuación delirante de las aventuras de Bugs Bunny. Luego de ese sueño, Diego llenaba una palangana con agua muy fría y sumergía el rostro en ella, para refrescarse y soñar que era un investigador submarino, con los ojos abiertos, aguantando la respiración hasta sacar burbujas y emerger triunfador de alguna imaginaria lucha contra un calamar gigante.

Monumento a la madre en Mazatenango, Suchitepéquez. (Foto Prensa Libre: Cristian Icó)

Otras tardes se animaban con los inesperados sucesos de la zona 8, como la vez que el novio de la tía Crispina, abandonado el día anterior por esa misma tía, apareció universalmente borracho y con una absurda pistola en la mano, dispuesto a suicidarse en mitad de la calle. Allí era donde emergía Doña Trinis y su notorio carácter, quien imprecaba contra Carlos, que así llamábase el desesperado, y le decía: “¡Déjese de babosadas, Carlitos, que mujeres hay y no hay que desperdiciar pólvora en sanates!” Los sanates eran los pájaros más comunes del país. Luego Doña Trinis llegaba, le quitaba el arma y lo hacía pasar a la sala, donde el hombre lloraba por lo largo y ancho sus penas de amor, consolado por una buena taza de café caliente antes de ser despedido con dirección a su casa, “que lo consuele su madre”, decía Doña Trinis, “ya tengo suficientes hijos”.

O la tarde en que el dueño de la tienda de al lado, que se recetaba siestas profundas, largas y soñadoras, se desesperó porque la pandilla de la cuadra no lo dejaba dormir. Todas las tardes armaban un partido de fútbol en el callejón de tierra, gritaban “¡carro!” cuando un raro automóvil se asomaba en una esquina, y, sobre todo, rebotaban la pelota contra la pared del dormitorio del tendero. Por mucho tiempo el hombre soportó los sobresaltos de los pelotazos, pero esa tarde salió a gritarles que si seguían jugando los iba a matar. Los muchachos se comportaron como muchachos, y ni caso le hicieron. Siguieron el juego, con más gusto hicieron rebotar la pelota contra el muro, y al cuarto de hora salió el de la tienda, revólver en mano, y comenzó a disparar a ciegas. Cuando vio que uno de los muchachos caía muerto, salió huyendo hacia la Santa Cecilia, con los pies descalzos. Al bajar los escalones que daban hacia la 27 Calle, se cayó y se fue rodando como un oso. La policía lo alcanzó hacia la 30 calle.

O las tardes de marzo y abril del 62, cuando la policía perseguía a los manifestantes contra el payaso que fungía de presidente. Eran oleadas de gente que llenaban la Avenida como las correntadas de agua en la época de lluvia. Doña Trinis abría la puerta de la casa y allí se refugiaba la gente, pálida, agitada, asustada, acezando de la carrera que llevaban desde el centro. Luego se iban yendo, mientras agradecían a la dueña de casa el asilo temporal que habían recibido.

Una tarde, estaban todos concentrados en sus labores desocupadas, inventando entretenciones para pasar el tiempo, cuando una vecina tocó la ventana y gritó: “¡Doña Trinis, venga a ver!” No solo salió doña Trinis. Salieron todos: Rosa, Teresa, Carolina y David, el más pequeño de los hijos. También estaba en casa, de visita, el tío Rosalío, quien acababa de regresar de los Estados Unidos, en donde había prestado servicio militar. Todavía tenía el corte de pelo estilo mariney cuando estaba de pie parecía una estaca, no como el agobiado y encurvado caminar de los militares nacionales. La llamada era porque, en una puerta lateral de la iglesia de enfrente, tres figuras despertaban el escándalo del barrio. Al centro, una vieja prostituta derrengada se manoseaba con sus acólitos, en una recoleta orgía vespertina, provocada más por el alcohol que por la lujuria. Doña Trinis le gritó: “¡Vieja sucia! ¡Vaya a dar mal ejemplo a su casa!” La vieja hizo el gesto de la higa y siguió entretenida en hurgarse con sus jóvenes viciosos. Doña Trinis insistió: “¡Mire que llamo a la policía!”. La vieja y los dos muchachos se distrajeron de sus oficios. Bajaron a la calle, que era de tierra, y comenzaron a tirar piedras contra la casa. Todos replegaron hacia adentro. En primer lugar, el valiente militar recién regresado de los Estados Unidos. Diego se imaginaba en una trinchera, y sacaba la cabecita unos milímetros, por la ventana, mientras veía venir la lluvia de pedruscos contra la casa. “¡Van a quebrar los vidrios!”, gritó alguien. Entonces Doña Trinis salió a la puerta, sin darse pena por las piedras que el trío seguía disparando y comenzó a caminar hacia los facinerosos. Cuando vieron el ejemplo, los vecinos comenzaron a marchar detrás de ella, y pronto se formó una pequeña tropa que iba hacia los réprobos al grito de “¡Viva Doña Trinis! ¡Adelante doña Trinis!”. Los obscenos se batieron en retirada y desaparecieron, corriendo, detrás de la última esquina. Doña Trinis se detuvo, dio la vuelta, y regresó hacia casa, mientras el pueblo que la seguía la llenaba de aplausos. El tío militar se había quedado adentro, como el general que dirige las operaciones desde una colina.

En otra tarde, la modorra de las vacaciones fue interrumpida por la irrupción de Matilde, una hondureña que había llegado a Guatemala con su marido cocinero. Recomendados por algún pariente, habían recalado en casa de Doña Trinis, quien lo primero que hizo fue organizarles el casamiento, pues vivían en regular concubinato y mancebía. Matilde entró gritando con desafuero, alharaca y aspaviento. “¡Doña Trinis, doña Trinis, el Manuel no llegó a dormir!”, gritaba. El malevo, recién casado, no había desaparecido por motivos políticos, que era lo más corriente en la época. Había desaparecido con sus colegas cocineros, y se habían pasado la noche bebiendo y quizá con qué compañía porque había llegado con tamaños signos de besos de crayón barato en la cara y camisa. Esa misma tarde Manuel fue convocado al tribunal de doña Trinis, quien le pegó una enjabonada de padre y señor mío. Tan dura, tan fuerte y con tanta autoridad, que Manuel se fue a la tumba sin haber cometido desaguisado alguno. La Matilde, eternamente agradecida.

O la tarde en que la visitó la secretaria de su médico, quien, durante una consulta, le había dicho: “Doña Trinis, le quiero hablar”. “Pues venga a mi casa, mija, a ver en qué la puedo servir”. La secretaria llegó, y luego de que fueron alejados todos los oídos indiscretos (de todos modos, sabían que a la hora de la cena doña Trinis se los iba a contar), se confió, con abundantes lágrimas y desesperación. “Lo que me pasa viene de hace algunos meses. Al principio no me daba cuenta de lo que sucedía, solo que una inquietud me comía las entrañas y no me dejaba dormir”. “¿Y qué le pasa, mija?”. “Doña Trinis, ¡estoy enamorada del doctor!” “Pero el doctor está casado”. “Y yo estoy enamorada, no puedo dejar de pensar en él. ¿Qué me aconseja?” Doña Trinis no lo pensó un momento: “¡Decláresele!”, le dijo. Santo remedio. Nunca la familia supo si la secretaria se declaró o si no tuvo el coraje de hacerlo. Pero a partir de ese momento, la paz reinó en la clínica médica.

Diego pensaba que su madre no les había dejado ni un solo objeto material, como herencia. Bueno, un montón de cachivaches viejos, listos para ser embarcados en un camión de fletes dirigido al basurero de la zona 3, algunos televisores de tubo catódico, a punto de estallar en fulminante corto circuito, una refrigeradora grandísima en donde, en algún rincón, se anidaba una docena de huevos de pterodáctilo, y varios colchones alamparados en un cuarto de trastos inservibles. La herencia era otra: el coraje de enfrentar a los violentos, la fuerza moral de proteger a los desvalidos, la conciencia de estar siempre del lado de los más débiles, y la resolución irrecusable de actuar contra la prepotencia, la soberbia y la avidez de los poderosos. Salvo un par de poco afortunadas excepciones, todo el mundo respetaba a doña Trinis. Y era una herencia, meditaba Diego, que pesaba más que un cuantioso legado millonario.

María

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Diego vagaba de nebulosa en nebulosa, como el enano príncipe de Saint-Exupéry, en un estado que se parecía mucho a la imaginada “sensual hiperestesia humana” de Darío. Tendrían que pasar muchos años para que se diera cuenta de que el artificio romántico y la pose modernista habían creado la ilusión de lo sublime, lo genial y lo maldito, cuando en realidad no había arte sin duro trabajo, sin riguroso oficio, sin disciplina. Vivía en un estado de exaltación permanente, con los nervios a flor de piel, y con fugas de la realidad que se parecían peligrosamente a las chifladuras. Se le dio por componer canciones, generalmente horribles, y se abstraía en los lugares menos adecuados para ponerle letra a las melodías que se le venían a la cabeza. Una vez, en clase de Madame, lo acometió la inspiración y comenzó a tararear en voz baja, mientras los demás alumnos hacían sus tareas. Uno de ellos, que Diego consideraba campestre, rupestre y pedestre, hizo un gesto a Madame, como diciendo mire este loco, y Madame, que comprendía a los verdaderos artistas, le hizo otro gesto como respondiendo déjenlo en paz.

Aparte del grupo de amigos que se reunía en casa del Flaco, Diego prefería la amistad de ovejas negras, balas perdidas, amigos bohemios desmadrados, borrachos, marihuanos y drogatas a según. Por lo general llegaban a su casa a escuchar música, porque Diego, con el primer salario de maestro, se había comprado un tocadiscos Philips que tenía la mayor novedad de esa época, la estereofonía, y había colgado una bocina en la parte más alta de la pared y otra, en el otro extremo. Los amigos llegaban y oían con devoción de monje budista a los Creedence Clearwater Revival, a los Beach Boys, a los Dave Clarke Five, a Gerry y los Pacemakers, a los Rolling Stones, y había quienes parecían entrar en unión mística con alguna divinidad psicodélica, mientras un trance musical se los iba llevando por un camino de strawberry fields forever.

En una de esas, tocó a la puerta de su casa uno de sus amigos, con quien se llevaba mejor gracias a las notables diferencias que los unían. El amigo se llamaba Pocho, o le decían, y vivía la vida que Diego habría querido llevar. Se emborrachaba hasta la inconsciencia en las cantinas de su barrio, y luego se iba a su casa armando escándalo, trifulca y pendencia si era necesario. También variaba de novia cada quince días, y al principio eran enamoramientos de pasión encendida, para terminar en bataholas bestiales con muchachas de armas tomar, que lo mandaban al diablo a veces a bofetadas. Pocho se ponía morado de marihuana y esto era lo de menos. Lo de más era su afición a las pastillas de LSD que se lo llevaban por frondosos y floridos laberintos mágicos. “Ayer vi una puesta de sol desde mi cuarto que era la pura onda chilera”, le contaba a Diego. “Lo malo es que mi cuarto no tiene ventanas”, se reía.

El Pocho había tocado a su puerta porque el día anterior se le había ido la mano con el LSD y frente a casa de Diego le había asaltado una alucinación irrecusable. “Dejame sentarme y oír música”, le suplicó. “Al menos hasta que me recupere. Es difícil caminar por el asfalto de la Avenida Santa Cecilia entre ceibas de colores, mariposas gigantes, hipopótamos berreantes y serpientes que te asaltan desde las ramas de la selva”. Se pasaron la tarde conversando y lo que más llamó la atención de Diego fue la jerga hippie de su amigo. Hablaba con palabras que todos los jóvenes usaban en esa época, y esas palabras se le quedaron estampadas en la mente. Cuando Pocho se fue, Diego fue a la máquina de escribir, y en cinco minutos había compuesto un minicuento que parodiaba María, de Jorge Isaacs, con el lenguaje de su amigo Pocho. Para Diego, era un ejercicio de estilo, y como los minicuentos estaban de moda, nada mejor que condensar todo en media cuartilla.

Pocos días después, pasó por su casa otro amigo destrampado, un poeta de gafas gruesas y hablar vehemente, rudo y colérico, caparazón con la cual ocultaba una ternura que era su lado débil. Le iba de perros con las mujeres y no tenía amores sino tormentosos romances de escándalo, drama y tragedia. Llegó, pues, este amigo y le pidió algo para publicar en el suplemento cultural de un periódico. Diego le dio tres minicuentos. Uno de ellos, la parodia de María. El domingo siguiente, compró tres ejemplares del periódico, y se solazó releyéndose en letras de imprenta, como si lo que había escrito fuera otra cosa, un grado más alto en el prestigio y la gloria.

Estaba paciendo su neurosis, el lunes por la mañana, cuando lo llamó su tía. “¿Qué escribiste ayer en la prensa?”, le preguntó la señora al otro lado del teléfono. “Unos cuentos”, díjole el banal Diego. “¿Por qué?” “Porque en el programa de radio “El club de la olla y la sartén’” te están crucificando las amas de casa”. Ese programa se transmitía por las mañanas y lo oían las señoras que preparaban la comida para la familia. Consejos de limpieza, recetas de cocina, consultas del corazón y noticias rosa llenaban las tres partes de su contenido. El resto eran anuncios. Pues las amables y queridas radioescuchas estaban bombardeando la radio con llamadas de protesta contra ese escritorzuelo, periodista, cagatintas analfabeta llamado Diego Cosenza que había osado manchar con malas palabras el mito romántico adorado por las damas de América Latina: María, de Jorge Isaacs. Las señoras se pasaron la mañana insultando al obsceno autor de la parodia, y Diego alzó los hombros: “Si a las señoras del «Club de la Olla y la Sartén» les cae mal lo que escribo, no voy por mal camino”, pensó.

Lo malo comenzó al día siguiente. En el cotidiano más difundido en el país, salió un artículo de segunda categoría en el que se afirmaba que Diego Cosenza no existía, sino que probablemente era el seudónimo de un enfermo mental, un drogado, un peludo, un inadaptado, un amargado, un frustrado, que desahogaba sus defectos escribiendo obscenidades contra los símbolos de la gran literatura latinoamericana, como lo era María, de Jorge Isaacs. Diego leyó con asombro la diatriba, pero imaginó que sería algún anciano redactor falto de temas, que seguía la línea de las señoras del “Club de la Olla y la Sartén”.

Diego se equivocaba. En los siguientes veinte días, los redactores de ese periódico no ignoraron el insulto y difamación. Ahora, Diego abría el periódico con el temor, justificado por lo que hallaba adentro, una nueva embestida en su contra. El delirio periodístico fue in crescendo y culminó con un editorial del director en persona intitulado: “DIEGO COSENZA NO ES UN SEUDONIMO; ES UN ANONIMO”. El artículo comenzaba con la frase: “Lo que escribe ese degenerado no es digno de empapelar las paredes de un water closet”. Seguía con los insultos de siempre. Doña Trinis leyó, vio a Diego y le preguntó: “¿Y no vas a contestarle a este imbécil?” Diego le explicó que no. Que las obras literarias se defienden por sí solas y que es patético que un autor salga a explicarlas o a defenderlas. “Entonces voy a ir yo a romperle la cara a ese energúmeno”, anunció su señora madre. Diego tuvo que hacer uso de todos sus recursos de súplica para evitar que doña Trinis cumpliera con su amenaza.

La campaña moralizadora cesó cuando otros escritores aprovecharon la oportunidad para desahogarse, con palabrotas y todo, contra los periodistas conservadores. Desinhibidos, los colegas esgrimieron falacias, insultos populares, groserías mayores y amenazas físicas. Al final, cuando se descubrió que Diego Cosenza existía de veras, los difamadores se dieron cuenta de que habían cometido varios delitos y se batieron en retirada. Diego se quedó destrozado por unas semanas, pues verse insultado todos los días quiebra a cualquiera. Con el tiempo, se dio cuenta de dos cosas: que si sus cuentos provocaban una reacción tan violenta, era que valían la pena; que los periodistas conservadores al haberlo mencionado tanto y tan constantemente, lo habían hecho famoso en el país. Ahora sí que podía sentirse un escritor.

Meses después, ganó por primera vez un premio literario: el tercer lugar en el concurso de cuentos de Quetzaltenango. Era el primer fruto de su mala fama.

Huelga de dolores

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La Universidad, las clases en el Colegio, el cochecito y el eros  indescifrable llenaban los días de Diego en esos que eran sus veinte años. Ya desde los primeros cursos Diego concluyó que la vida universitaria no autorizaba un esfuerzo literario. Años después, supo que había notables “novelas de campus”, pero la mezquindad de la lóbrega academia le parecía anodina, o, a lo más, tan despreciable como las calumnias de cualquier empresa en donde los seres humanos se enfrentan unos contra otros armados de soberbia, envidia y ambición. Peores y mejores cosas había fuera de los muros universitarios y más dignas de ser contadas.

Excepciones había, como las deliciosas clases de lengua francesa impartidas por una minúscula y quebradiza señora parisina, que el azar había casado con algún burgués autóctono. Entre los lujos más apetecidos por la aristocracia criolla estaba el matrimonio con extranjera, preferentemente gringa, mejor si europea, máximo si francesa y rubia. Madame Ibarreigoicochea, por obvias razones patronímicas, era conocida solo como “Madame”. No había otra en la Universidad. Hablaba el español con frecuentes incursiones en el acento agudo y con la prestigiosa “r” gutural que Diego trataba de imitar y que causaba las burlas de sus compañeros.

En esa época, el idioma culto por excelencia era la lengua de Proust, y todos los aspirantes a escritores se inscribían en la clase de Madame, con resultados disparejos. Desde su tímido banco universitario Diego conoció a gente que iba a pasar a la historia del país, y que para él eran modelos de bohemia y rebelión. Había un muchachón alto, de frondosa melena y barba abundante, que se ponía una especie de cencerro en el cuello, para escándalo y extravagancia del universo, y tal parecía un Ulises recién salido de la Odisea, acompañado siempre de una novia en miniatura, a la que nadie echaba ni siquiera una mirada, por la corpulencia del montañoso novio. Llegaba a la clase y Madame, falsamente severa, lo regañaba: “Juan Albegtó, es el octavo que inicias el primeg año de froncé”, le decía, seducida por la simpatía de su alumno. “Algún día aprenderé”, le contestaba el muchacho con una carcajada que parecía retumbar en las cuevas de algún cíclope homérico. Nunca aprendió. Al poco tiempo, un escuadrón de la muerte lo convirtió en uno de los primeros desaparecidos del país. Su madre comenzó a protestar públicamente (perdido el hijo, poco le importaba perder la vida) y, un día, cuando se paseaba con un cartelón de protesta frente al Palacio Nacional, como una solitaria madre de plaza de mayo, los militares le mandaron una ambulancia que la recluyó en el manicomio.

Más que idioma, constatado el pétreo oído de sus alumnos, Madame enseñaba literatura francesa. Por esa época, Diego se entusiasmó tanto que aprendió con empeño, aunque le costaba un triunfo decir las frases más simples. Cosas le quedaron en la cabeza, como que “le petit pont” se dice “lup’tipó”, cosa incomprensible, pues si había vocales que no se pronunciaban, ¿para qué se escribían? Aprendió también algunas frases, como “Avec de la patiente, on s’arrive a tout”. Pero hasta allí llegaba su francés oral. Mejor le iba con el escrito y después de El principito, arremetió con la obra completa de Saint-Exupéry, de modo y manera que en el examen final escribió varias hojas sobre la novela realista francesa, con todo y anécdotas copiadas de Hauser, lo cual hizo exclamar a la celestial Madame: “O la là! Nous avons un professeur de litterature!” y como era parisina, no se sabía si era halago o burla.

También en la Universidad, Diego se hizo fama de escritor, pues publicaba cuentos en los suplementos culturales de los periódicos. Algunas veces copiaba el discurso directo de Joyce, a quien no había leído, o el suave discurrir de Virginia Woolf, a la que estaba leyendo; otras, las audacias de Henry Miller, sin la experiencia de vida de Miller; otras, el escueto estilo de Hemingway, de quien Faulkner había dicho: “Es un escritor que escribe con miedo”; muchas veces, a Miguel Ángel Asturias y su barroco guatemalteco. Una vez, al entrar a la clase de Antropología, una mujerona impresionante le dijo: “¿Vos sos Diego Cosenza, el cuentista?” Era la primera vez que lo llamaban cuentista. “¡Qué buenos cuentos escribís, vos!” Diego se batió en retirada.

Mucho tiempo de la aplicación universitaria se pasaba en la cafetería, discutiendo arduamente sobre técnicas literarias mal sabidas, sobre teorías filosóficas mal aprendidas y peor digeridas, sobre malos y buenos profesores… De vez en cuando, pasaba un muchacho del Oriente del país, flaco, amarillo y con un ligero bigote de Rodolfo Valentino. Era el líder de la Asociación de Estudiantes de su Facultad, quizá Economía o Derecho. Por la violencia de la política, andaba armado y no disimulaba la pistola en la cintura. Aquel muchacho tenia un coté literario. Se sentaba frente a Diego y, brusco, le decía: “Así que vos escribís”. Diego no podía dejar de admirar a esos hombres resueltos a cambiar el mundo con la desesperación de la utopía. El líder sacaba de su bolsa unas hojas escritas a máquina. “Yo también escribo cuentos”, le dijo. “Leélos y me decís qué te parecen”. La semana siguiente Diego le decía que le parecían magníficos, aunque eran demasiado regionalistas, demasiado didácticos, demasiado ideológicos. Muchos años después, iba a reconocer el violentado rostro de su trágico amigo entre los guerrilleros caídos en el asalto a una casa de un grupo revolucionario.

La Universidad también era la goliardía. En sincretismo pagano y católico, los estudiantes de la nacional, autónoma y tricentenaria “San Carlos”, suspendían las clases para celebrar la Huelga de Dolores, que empezaba un mes antes del Viernes Santo. Durante ese período, cada Facultad elegía un “Honorable Comité”, compuesto por facinerosos de gran agudeza verbal, que cada semana publicaban un Boletín en el que desahogaban todas las frustraciones y la rabia de los estudiantes. Los chismes, defectos y corrupciones de las autoridades universitarias pero sobre todo de las autoridades políticas nacionales salían a luz, en un estilo quevedesco y gongorino muy apreciado por la agudeza de ingenio y el alarde de estilo: calambures, metáforas, retruécanos, metonimias y juegos de palabras competían con los apodos y las más sonoras obscenidades aplicados a los principales personajes de la política y de la cultura del país. Quizá allí nació el célebre epitafio de un profesor de apellido Aguado, para quien los estudiantes propusieron escribir, sobre su tumba: “Aquí yace tieso quien en vida fuera Aguado”. O de un joven escritor, compañero de una célebre poeta de nombre Luz: “¿Por qué Fulano es insomne? ¡Porque duerme con la Luz prendida!” Y todo se cerraba con un desfile que recorría la principal avenida de la capital, en donde los estudiantes competían por elaborar la mejor carroza carnavalesca en donde se ponía en la picota a curas, militares y empresarios. Años después, Diego comprobaría, melancólicamente, la semejanza de la goliardía universitaria con el desfile del gay pride, tal era la cantidad de estudiantes que se disfrazaban de mujer.

Diego logró entrar en el comité de huelga de su Facultad. Comprobó que no todo es como parece. A él le tocaba redactar el boletín, pero no le salía tan gracioso como hubiera querido. Las reuniones del comité eran competiciones para ver quién bebía más de la cerveza que regalaba la Cerveceria Nacional. Era tanta, que la empresa no donaba botellas, sino barriles, que cada viernes se ponían a disposición de los alumnos en el patio de la Facultad. Hacia el final del período, Diego fue invitado por el presidente del comité, y así se enteró que se había robado un barril de cerveza y que bebía, en su casa, de la noche a la mañana. Eran días de bacanal y juerga, después de lo cual comenzaba la cuaresma, Jesús azotado y escarnecido, Cristo en la Cruz, la Virgen de las Siete Espadas, el Señor Sepultado, la cuaresma, la cuaresma, el luto y el dolor, esto es, la vida.

El cochecito

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Un año y varias desventuras después, Diego Cosenza regresó a la Universidad. Tuvo que caer en cama acosado por neblinosas y fantasmales angustias; tuvo que acudir a la magia del doctor Castrillón para emerger del pantano de arenas movedizas en que se estaba hundiendo; tuvo que tocar con la punta de los dedos la frontera de la locura y ver que no era cosa buena aunque romántica; tuvo que reconocer, en fin, que los seres humanos gozamos de potentes debilidades y que el conocimiento de esas debilidades podrían ser nuestra fuerza. Desmejorado, demacrado y anoréxico, Diego era la estampa de lo que se imaginaba un artista joven al borde mismo de volverse póstumo y sin obra. Cuando su padre lo vio en ese estado y supo que Diego había abandonado la Universidad, le dijo, seco: “Mirá, mijo, estudiá lo que se te dé la gana, sacá la carrera de alcornoque si querés, pero volvé a la Universidad”.

Para ayudar con un milagro, en el año en que el Flaco y Diego dejaron la Universidad, los mismos estudiantes acabaron con los Estudios Básicos a través de una huelga general que dejó desoladas a las autoridades, con la amenaza de que el siguiente paso serían devastadoras manifestaciones por las calles de la ciudad. Al año siguiente, las Facultades comenzaron a funcionar como antes, con los estudiantes de derecho que estudiaban derecho; los de economía, economía; los de medicina, medicina, y no matemáticas, historia o filosofía.

El Flaco, después de que la chinita de la que estaba enamorado dio contundentes muestras de indiferencia, desapego, tibieza, desafección y displicencia, no obstante el inflamado amor hacia la amada en que el amado se inflamaba, tuvo una de esas reacciones que eran todas suyas: pagó apatía con desgano, desamor con hielo, descuido con desidia y abulia con desinterés. Dejó de comer misteriosos caramelos agridulces, de comprar sonrientes budas panzones y de consumir compulsivamente wan-tan y chao-mein. Dejó, en fin, de interesarse en los amores, con sus deseos y devaneos, para dedicarse a los estudios. Entró a la Facultad de Ingeniería Química, en la que se iba a graduar con grandes honores.

Diego, por su cuenta, entró a la Facultad de Humanidades, para más señas a la carrera de Letras y junto con él, ese año, entraron un montón de jóvenes, para sorpresa, espanto y maravilla de los maestros, acostumbrados a tener alumnos de madura edad, en general profesores de secundaria deseosos de mejorar su curriculum. Lo mejor de todo era que había más mujeres que hombres, y las chicas que estaban destinadas a ser sus compañeras eran una mejoría notable respecto de las clases de secundaria, formadas solo de varones. Diego, acosado por las crisis de angustia que, a traición, lo acometían en público, había hecho un pacto consigo mismo: si el ansia subía a niveles insoportables, abandonaba la clase sin explicaciones y se regresaba a su casa. El truco dio resultado, porque después de algunos abandonos, permaneció en la mayoría de las clases, sobre todo cuando ocurrió algo inesperado: comenzó a sacar buenas notas en los exámenes y entre sus maestros había quienes le reconocían talento para las letras, y esas observaciones eran dulces halagos para la devastada ánima de Diego, como si con una brocha gorda le untaran un bálsamo de piedad y amable consuelo.

Como las clases en la Universidad estaban pensadas para estudiantes trabajadores, comenzaban a las 5 y media de la tarde y terminaban a las ocho y media de la noche; y como el campus de la San Carlos estaba muy lejos del centro de la ciudad; y como el servicio de autobuses era pésimo de todo pesimismo, malo de toda maldad, y eterno en la eternidad; y, por último, como todos los amigos de Diego se habían comprado un automóvil: el Flaco se movía en la camioneta nueva; el Mono tenía uno de los primeros Toyota que llegaron al país; Josema remedió un artefacto alemán de orígenes inciertos, un Hansa, carromato de marciano diseño y desportillado al grado de amarrar con un lazo las portezuelas; dadas esas premisas, Diego comenzó con la tarabilla de que un automóvil era necesario para sus estudios. Habría fulminado a don Salvatore Taormina, quien se permitió opinar que Diego quería tener carro solo para imitar a sus amigos.

Al fin, don Roberto Cosenza llegó a un acuerdo con Diego. Iban a comprar un automóvil, con la condición de que Diego pagaría la mitad de las cuotas con su sueldo, y la no menos indispensable condición de que el vehículo tenía que ser Fiat, en honor a don Giuseppe Cosenza que yacía ignaro de esos homenajes en el Panteón Italiano. Así fue. Un amigo de esos que nunca faltan para tales negocios, estafó a don Roberto Cosenza que de mecánica entendía menos que de fútbol, y de ambas materias era semianalfabeto. Le vendió un Fiat 1100 con más de 100 mil km. de recorrido, algo así como un rocín flaco y sarnoso, famélico y tembloroso, no ajeno a pulgas y sabañones, listo para irse a la tumba.

El puntazo torero para el Fiat 1100 se lo propinó Diego, con la pequeña ayuda de una de sus hermanas. El día que el coche estaba listo para la entrega, Diego fue a recogerlo sin haber conducido nunca en su vida. A él le parecía suficiente haber visto cómo conducían sus amigos. Lo llevó de la agencia a la casa, con la emoción del cantante que por primera vez sale a escena. Por la noche, antes de ir a guardarlo, hizo un recorrido por la ciudad, atravesó el centro, llegó al final de la sexta avenida y regresó por la Santa Cecilia. Solo cuando lo metió al parking se dio cuenta de que, esa primera noche, había conducido con los faros apagados. Por suerte, ninguna patrulla policial lo sorprendió ni tampoco cruzó calles sin iluminación.

Al día siguiente, decidió ir a dar una vuelta a la Avenida de las Américas. Iba despacio y con prudencia, aunque más que prudencia habría que hablar de miedo. De todas formas, llegó al final de la Sexta Avenida, y trató de enfilar el Bulevar Liberación. Por estar viendo si venía tráfico de ese lado, no se dio cuenta, al cruzar a la izquierda, que se estaba yendo a estrellar contra un poste de la luz. Cuando vio el poste era demasiado tarde. El golpe le pareció imaginario, parte de alguna pesadilla. Como iba tan despacio, el daño fue escaso, pero no tanto como para no ir al taller del paisano don William Tarantini, quien lo vio entrar y movió la cabeza, con paciencia y resignación. “Muchiachio”, le dijo. “Se hai comprado il caro solo ieri, e ya hoy lo chiocaste”. Luego dijo lo de siempre: “Los paisano se matan por conducir como loco, en cambio los de aquí se matan por brutos”.

Apenas el automóvil salió del taller, su hermana Rosa quiso conducirlo. Como maestra de prácticas de automovilismo se ofreció la tía Coco, que era joven y tenía un cochecito. Para ir a probar a un lugar seguro, pidieron permiso para usar el amplio patio del Colegio Don Bosco. Diego se había ido a dormir la siesta, mientras su hermana jugaba con el juguete nuevo. Lo despertó la sirena de una ambulancia. En medio del enorme e infinito patio del Colegio, ancho como el desierto del Sahara, el único obstáculo existente era una sólida columna de cemento, que servía como base para una de las canastas del campo de básquetbol. Como si el cemento fuera un imán, allí había ido su hermana Rosa a romperse la cara con todo y automóvil. Cuando la tía Coco le dijo: “¡Frená!”, Rosa oprimió con todas sus fuerzas el pedal del acelerador. Le salió mucha sangre de nariz y por eso llegó la ambulancia. Había que ver la cara de antología que puso don William Tarantini cuando vio llegar, en menos de un mes, la grúa que arrastraba el Fiat 1100 con la trompa completamente destrozada ante el invicto paral de cemento. Aún sometido a tan duras pruebas, el fiatillo, como era llamado en casa, resistió por varios años más, hasta que el empleado nuevo de una gasolinera, en lugar de echarle agua al radiador, abrió la tapa del motor y roció generosamente válvulas y pistones, en una masacre que el mismo William Tarantini se resistía a creer que fuera verdad.