El secreto de Gordillo

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El padre Gordillo barría la clase con su mirada de ojillos negrísimos y refulgentes como un carbón de escondida brasa. Eran como una brocha negra que limpiase el aire de malos pensamientos y pecados inconfesables. Estaban cargados de una potencia que dejaba mudos a sus alumnos, como si un terror oculto se difundiera en el ambiente. Nunca perdió la paciencia: no tenía necesidad. Era como si en una época arcaica hubiera sentado un precedente definitivo, como si antes que su mirada recorriera la clase el miedo penetrara las entrañas de los niños, como si temieran un cavernoso cataclismo de pesadilla. Gordillo poseía un secreto cuya clave ni siquiera él mismo sabía. Algunos años después, iba a descubrirlo.

Sucedió después que Diego Cosenza terminara el quinto año de primaria con las peores notas que había sacado en su vida. Gordillo no lo suspendió. Lo hizo pasar raspado al sexto grado, como para confirmar su poder y, al mismo tiempo, como reconociendo que ese niño había resistido con obstinación todos sus castigos, sus regaños, sus burlas. Las vacaciones llegaron como un bálsamo liberador y al año siguiente su maestro fue el padre Alpírez, de extravagante bondad, que obtenía con sus compasivos modos la misma disciplina que Gordillo imponía a la fuerza. Alpírez era bueno, bueno, bueno, no castigaba nunca y tenía una paciencia inmortal. Con él, Diego Cosenza recuperó su papel de lector y autor de composiciones. Comenzó a llenar sus cuadernos de caligrafía con la mejor letra posible (siempre algo desastrosa) y ganaba todos los concursos de ortografía. Con estos, aprendió a abominar la prosa de Azorín y los rosados rebuznos de Platero, de castellano tan preciso, sazonado y perfecto que empalagaban para la eternidad a sus lectores. En la cuerda floja entre lo sublime y lo cursi, ambos caían sin red del lado pegajoso del idioma. Sus volutas lingüísticas parecían las volutas retorcidas del papel meloso que colgaba del techo de las tiendas, papel en donde las moscas quedaban atrapadas como un decorado inevitable y grotesco.

Una nueva promoción cayó en las garras de Gordillo, pero como aquellos presos que salen fortunosamente de la cárcel, Diego Cosenza no quiso saber nada más de su enemigo. Lo supo muchos años después, por su hermano David Cosenza, quien, por una némesis inexplicable, se convirtió, cuando le tocó el turno, en el favorito y consentido del tremendo cura. A esas alturas, cuando David fue su alumno, Gordillo era otro. Era otro porque un acontecimiento inesperado le había cambiado la vida.

Sucedió, pues, que, en uno de esos años entre Diego y David, Gordillo se inscribió, por curiosidad, por vagancia, por exceso de tiempo, a un curso de control de la mente, de esos tantos cursos que parecen una gran estafa y que solo los despistados, los holgazanes y los bobos siguen para ver si logran mejorarse, con puntual, exacto e infructuoso resultado. No fue así con Gordillo. Descubrió, en los quince días que duró el curso, que poseía facultades paranormales. Fue como si una microscópica y devastadora bomba atómica le explotara dentro de su pecho. Una muda deflagración sonora se expandió por su cerebro. Con los inocuos ejercicios que enseñaban, si más, a memorizar de uno a cien de atrás para adelante y viceversa, Gordillo descubrió que podía leer el pensamiento ajeno, que las pesadillas que lo acosaban todas las noches eran inevitables y odiosas premoniciones de lo que sucedería a la gente, que era capaz incluso de modificar la conducta de los demás. Era un iniciado, un elegido, un iluminado. Tenía el inmenso y agotador poder de la clarividencia. ¡Con razón los niños se doblegaban delante de su mirada de carboncillo ardiente!

A partir de ese momento, comenzó a ver a los demás como si fueran transparentes. Sabía, al encontrar a una persona, que un cáncer se le estaba formando en el hígado, que un corazón estaba a punto de explotar, que unos pulmones se estaban llenando de agua. Al principio, sólo les decía: “Ve al médico porque creo que tus riñones no andan bien”. Los otros iban, riéndose del cura y de sus ocurrencias, y salían destanteados por el espanto cuando el doctor les diagnosticaba una nefropatía casi mortal. Cuando su fama se regó por todos lados, ya pasaba directamente al diagnóstico: “Deja de fumar porque tienes un principio de tumor en los bronquios”. La situación se complicó cuando la gente lo comenzó a buscar para preguntarle qué tenía.

Otros poderes fue desarrollando. Cuando David Cosenza llegó a ser su alumno, los niños tomaban sus ocurrencias como espectáculo de circo. “Un día”, le contó David a su hermano mayor, “les dijo a mis compañeros, ¿quieren ver un retrato de David? Los otros dijeron que sí, y con la mirada, Gordillo proyectó en la pared una exacta pintura de mi cara, como si me hubiera tomado una fotografía”. De ese modo, mientras un hermano detestaba a Gordillo, otro lo adoraba. “Otra vez”, seguía contando David, “estábamos en la fila esperando la entrada a clase. «Aquí hay un alumno que está preocupado por algo», dijo el cura. Uno de los niños dio un paso al frente. El cura lo vio y le dijo: «Has perdido las llaves de tu casa». El compañero, muy afligido, asintió. «Están tiradas detrás del escritorio de tu papá, al lado de la silla giratoria». El niño se fue corriendo a su casa, encontró las llaves y la fama del cura creció por todo el colegio. Al final de las clases, los chicos hacían fila, con la foto de la novia en la mano, y el padre Gordillo les revelaba si eran fieles o infieles, si los querían o solo estaban jugando con él. «Ésta te traiciona. Le dijo a uno. Ve a la esquina de la séptima con la once y las vas a encontrar besándose con el otro». Tal cual. Al día siguiente el cornudo confirmaba”.

En otra ocasión, se celebraba una fiesta por el Día del Maestro. Apareció Gordillo, bebió una Coca Cola con los jóvenes docentes que llevaban más de una cerveza entre pecho y espalda. En lugar de un discurso retórico, les dijo: “Antes de que amanezca, uno de nosotros va a morir”. Los maestros se asustaron tanto que suspendieron la fiesta y decidieron ir a seguirla a un balneario. El festejo se prolongó hasta la noche y, con el festejo, las cervezas. Al final, como hacía calor, los maestros se comenzaron a tirar a la piscina. Estaban tan borrachos que no se dieron cuenta de que uno de ellos no salió del agua para seguir bebiendo. Solo al final, para las despedidas, advirtieron que faltaba uno y que ese faltante estaba hundido en el fondo de la pileta. El presagio del padre Gordillo se había cumplido, como se cumplían todas sus profecías.

Su fama se extendió por Centroamérica. Los grandes ricos de la región lo mandaban a traer en sus aviones privados para consultarle el futuro de sus negocios. Y Gordillo raras veces fallaba. Diego, escéptico, atribuía a la credulidad de la gente la fama de Gordillo. “Mirá vos”, le comentó a su hermano. “Pasó de tirano a charlatán”. Fue entonces que se juntaron en Costa Rica. Diego iba a un congreso de literatura, David a trabajar de ingeniero. “Vamos a ver a Gordillo’, propuso el menor. “Necesito encontrar dónde está el agua en un terreno donde estoy construyendo”. Diego lo acusó de supersticioso, baboso y bobalicón. De todos modos, aceptó ir a visitar a su viejo verdugo.

Llegó primero que su hermano. Gordillo lo recibió en la casa en donde lo habían segregado, porque su fama de clarividente no coincidía con las virtudes de un religioso. De hecho, lo habían expulsado de la congregación. Diego observó, compasivo, que ya estaba canoso y viejo y que la vejez lo había atemperado. “Tengo que ir a decir misa”, le dijo. “Espérame afuera”. Diego pensó que era raro que no lo invitara a participar. “Este ya comenzó a adivinar”, pensó. Al salir, Gordillo lo llevó en su automóvil a dar una vuelta para mostrarle las bellezas de esa zona montañosa. Ninguno de los dos habló de la guerra que habían enfrentado cuando Diego tenía once años. Pero las explicaciones del cura sobre las montañas, la vegetación, la laguna y el crepúsculo, eran una especie de oferta de reconciliación. Diego perdonó sin humillar al otro. Pero entendió la oferta de perdón. Cuando ya nada estaba dicho y todo entendido, llegó David. ¿Hay que decir que el cura adivinó el lugar exacto en donde estaba el agua y a cuántos metros de profundidad? ¿Hay que insistir en que lo estaba haciendo a tres mil kilómetros de distancia? ¿Hay que decir que Gordillo ha muerto, hace poco, y que pudo presagiar el año, el día y la ora en que iba a respirar por última vez?

 

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Guerras con Gordillo

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La guerra con el padre Gordillo duró todo el año. El cura parecía un gigante a quien una hormiga le diera fastidio en un pierna. Esa hormiga era Diego, quien descubrió las virtudes de la insolencia solapada en un perserverante ejercicio de la resistencia pasiva contra el maestro de los ojillos negros como carbones refulgentes y labios finos de mala gente. Con un dedo, blanco como su rostro de pálido asceta, Gordillo aplastaba la hormiga moviendo la yema hasta que el insecto parecía fenecido. Apenas Gordillo se alejaba, Diego se sacudía una patita, después la otra, después todas, y seguía adelante para molestia, fastidio y rabia del torturador.

Uno de los primeros enfrentamientos se dio a causa de los libros de texto. Todos los años era la misma historia. El primer día, los profesores daban a sus alumnos una agobiante lista. Había libro de Lenguaje, libro de Matemáticas, libro de Ciencias Naturales, libro de Estudios Sociales, libro de Historia y hasta libro de Religión. Solo Educación Física no tenía libro, pero sí uniforme. Otro gasto. Todos los años, Diego regresaba a casa con la lista, como si cargara la roca de Sísifo, solo para oír la desconsolada respuesta: “No hay dinero. Hay que esperar a fin de mes”. Si Diego hubiera tenido necesidad de un certificado de pobreza, nada más eficaz que la respuesta de su padre. Solo que los maestros no entendían cómo era posible que una familia no tuviera dinero para comprar los voluminosos libros que se vendían en la librería del Colegio. La librería estaba a cargo del señor Schultz, un alemán malencarado que se mantenía de un humor de todos los diablos, que frecuentemente se peleaba con los alumnos y que no dudaba en saltarse el mostrador para agarrarse a trompadas con sus pequeños clientes. Los curas explicaban: “El señor Schultz iba para sacerdote, pero le comenzaron a dar ataques y se quedó en señor”. A pesar de todo, la mayoría de los maestros tenían la paciencia de esperar a que Diego apareciera, el primero de febrero, con los coloridos libros de texto. Mientras, había generosos compañeros que compartían libro con él, y los ejercicios los copiaba en un cuadernito, que era el único gasto que se podía permitir don Roberto en esos tiempos.
El que no lo comprendió para nada fue el padre Gordillo. Al segundo día de clases, cuando lo vio sin los libros de texto, le dio una angustiosa semana de tiempo para comprarlos. Diego veía cómo había otros compañeros que no solamente llevaban los libros de relucientes tapas, sino también lápices de colores de marca Staedtler, que él se los soñaba. Al pasar la semana, Gordillo lo estaba esperando a la vuelta de esa esquina: “¡Cosenza! ¿Qué pasó con sus libros?”. Diego se quedaba mudo, abochornado, avergonzado, humillado. “Usted, jovencito, es muy rebelde. Hoy le voy a dar un castigo leve: póngase de pie contra la pared y así se va a quedar la primera hora”. Todo el mes de enero duró la tortura y el malentendido: entre la dignidad de Diego de hidalgo pobre y el cura que interpretaba esa falta como una rebeldía. También, durante ese mes, Diego desarrolló el arte de no ir a clase con una buena variedad de estratagemas.
El primer truco que se le ocurrió fue esconder su cuaderno debajo del colchón. Cuando llegaba la hora de salir para el colegio, hacía como que lo buscaba, y, claro, no había forma de que apareciera. Se pasaba la hora, y con cara de muerte le anunciaba a su madre que si no llegaba a tiempo el padre Gordillo le iba a aplicar un tremendo castigo. Como era un niño mimado, su mamá accedía a escribirle una nota de excusa, y al menos se salvaba del castigo por no haber llegado a clase. Otras veces se inventaba él mismo la enfermedad. “Me duele la garganta”, decía, y como era un niño hipocondríaco en una familia hipocondríaca, su madre le creía, y en lo que le medía la fiebre imaginaria y le daba una aspirina, se pasaba la hora de ir a clases y una nueva nota de excusas le salvaba el trasero. Alguna vez, cuando se ponía amable, cosa rara y notoria, Gordillo le tomaba el pelo: “Aquí tenemos un niño consentido que no viene al colegio cuando le duele una uña”. Broma que ponía furioso a Diego y que atizaba su cólera contra el maestro. De modo que se escabullía cuando era la hora de confesarse, y Gordillo olfateaba que había un pequeño pecador en clase; o no pasaba a comulgar como la mayoría, y Gordillo pensaba que había un hereje, un pagano, un gentil en medio de sus obedientes y temerosos alumnos.
Otro tormento era la misa del domingo. No solo era obligatorio presentarse a las ocho y media, junto con todos sus compañeros, sino que era obligatorio vestir un traje completo de color azul, con camisa blanca y corbata también azul. El problema no era el primer año, cuando sus padres lo habían llevado con un sastre que le había tomado medidas, y le habían comprado un corte de tela de lo más barato. El problema era a finales de año, pues por desgracia, aunque chaparro, Diego crecía, y la chaqueta no cerraba (además, era discretamente gordito), y los pantalones quedaban muy por encima de los zapatos. Don Roberto se burlaba: “Parecés saltacharcos”, le decía, y se reía a carcajadas. Al final de las cansadas, el traje ya no le quedó, y sus padres atravesaban un crónico período de estrecheces. En lugar del traje, le compraron un suéter, para mayor desgracia de color rojo encendido, que resaltaba como la capa del torero en medio del mar azul de los trajecitos de sus compañeros. Por un misterio que solo años después se iba a resolver, el padre Gordillo también interpretó como desobediencia el chillón suéter dominical de Diego Cosenza.
El quinto año siguió en esa batalla permanente. Si había que rellenar el cuaderno de caligrafía, Diego hacía la peor letra posible, lo cual desataba la ira de Gordillo, quien le mandaba repetir el ejercicio y la repetición salía peor. Si había que escribir una composición, Diego metía todas las faltas de ortografía que le sugería su conocimiento de las letras, y el cura, sabedor de ello, lo castigaba con ferocidad. Si había que hacer un dibujo, Diego lo llenaba de manchas, y si lo hacía en casa, las manchas eran de grasa o de café. Si había que contribuir con dinero para las rifas que Gordillo organizaba (la finalidad era la construcción de la Basílica), Diego daba dos céntimos, mientras otros se lucían con ostentosos billetes que sus padres les daban para que el quinto grado fuera el primero entre todos los contribuyentes del Colegio.
Muchos años después, un Diego Cosenza adulto y un padre Gordillo anciano se juntaron en Costa Rica, en una casa privada en donde, por una especie de castigo, lo  habían segregado. “Lo hice por tu bien”, le explicó Gordillo. “Creí que necesitabas estímulo para ser mejor.” Ahora, que Gordillo ha muerto en esa casa de repudio, Diego lo ha perdonado, pero durante ese año mantuvo viva la llama del rencor, de la rebeldía y de la resistencia. Eso le enseñó Gordillo, a rebelarse sin misericordia contra la injusticia, a no reconocer autoridad sin fundamento, a comprender mejor a los demás y a entender la pobreza, cuando se le presentaba.

Gordillo

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La pesada intervención de los mayores en los asuntos de los niños hizo que, cuando Diego Cosenza estaba por entrar al quinto de primaria, todos, escolarizados o semianalfabetos, le dijeran: “¡El quinto año es el más duro!”. Con tal aciago presagio, Diego reforzó sus estrategias para no ir al colegio, pero como todo lo malo se cumple y lo bueno siempre está por llegar, llegó el primer día de clase y con él las primeras amarguras de la escuela.


Había dos posibles maestros para los párvulos del quinto año: el reverendo padre Alpírez, costarricense y alto, moreno y bondadoso, pausado y comprensivo; el otro era el padre Gordillo, también costarricense, bajo, blanco como la cal de las paredes, de eterno ceño fruncido, de labios delgados como dos líneas sobre las macizas mandíbulas, severo e inflexible como un guillotinazo. Cuando el Padre Consejero estaba por anunciar a quién tocaba Alpírez y a quién Gordillo, las almas de los pequeños alumnos elevaron sus oraciones a todos los santos del firmamento celestial para que les tocara Alpírez. La prueba de tal afición por el buen padre Alpírez se daba todos los viernes, cuando, a media mañana, los alumnos eran llevados a confesión obligatoria. La fila de los contritos que confesaban sus pecados al padre Alpírez llegaba hasta el fondo de la iglesia. En el confesionario de Gordillo no había fila. Alpírez despachaba a sus clientes con un avemaría que estos rezaban a toda velocidad apenas fuera de la espuria confesión; Gordillo recetaba un padrenuestro y un rosario entero, más una buena regañada que dejaba nuevos a sus asiduos.
El padre Consejero emitió el veredicto: de la A a la L, iban con Gordillo. De la M a la Z, Alpírez. La mitad de la clase, de Moscoso a Zapata, vitoreó la sentencia. La otra quedó abochornada y compungida. Separáronse los grupos, cada quien fue con lo suyo y comenzó la guerra. Al entrar en su clase y sentarse en el pupitre que le habían asignado, Diego Cosenza no sabía que ese año iba a ser de sangre, sudor y lágrimas, como Churchill prometió a los ingleses antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial. Para Diego, sería su primera batalla verdadera contra la autoridad.
Como ya se ha contado pero no es ocioso repetir, lo único que distinguía a Diego de sus compañeros era la habilidad de leer y, con los años sucesivos al primero, la de hacer composiciones con buena caligrafía, redacción y ortografía. Esta última le venía de sus constantes lecturas, y a Diego se le hacía increíble que la gente metiera las patas al escribir, aunque lo hiciera con las manos, pues a quién se lo ocurre poner “gaznate” con “s”, si se ve mal, basta ver la palabra y darse cuenta qué fea cosa era escribir “aver” por “haber”, era como si las palabras se formaran naturalmente delante de sus ojos, y esas formas tuvieran una belleza que la mala ortografía venía a romper. Años más tarde, al estudiar literatura más a fondo, vino a saber que Rafael Arévalo Martínez y Miguel Ángel Asturias, dos de sus ídolos primeros, también metían las patotas cuando escribían y eso le aguzó las orejas y erizó los pelos de la cabeza, pues comprendió que no bastaba la buena ortografía para escribir literatura. Una cosa era escribir bien y otra cosa era escribir arte.
Sucedió, pues, que una vez reunidos en el aula, bajo la severa mirada de los ojitos diminutos, negros como carbones, y como carbones, quemantes, de Gordillo, este dijo: “Comencemos con una lectura. A ver, ¿quién pasa a leer?”. En coro, como siempre lo habían hecho los años pasados, sus compañeros dijeron: “¡Diego Cosenza, Diego Cosenza!”. Gordillo paseó su mirada austera y dura, como dos canicas negras sin expresión, sobre toda la clase. “No”, dijo, para asombro, sorpresa y maravilla de todos. “Que pase Guzmán”. Nadie había pensado que Guzmán podía ser tan bueno como Diego para la lectura. Y lo fue, con el resultado que Diego sintió una profunda humillación, y, más todavía, sintió que su pupitre era un barquito que había perdido las amarras, y que comenzaba a bambolearse arrastrado hacia un mar desconocido, o, para decirlo en corriente y sonante y contante, sintió que se le abría un hoyo debajo del pupitre y que allí precipitaban él, su cuaderno, sus libros y su fama. Había perdido su papel, ya no era nadie delante de sus compañeros. Ni buen futbolista, ni buen gimnasta y ahora, ni siquiera el lector de la clase. Y ese destino anónimo fue el suyo hasta el último día del año.
El resto del año fue una guerra sin cuartel entre Gordillo y Diego. Sin conocer la técnica, sino por instinto, Cosenza se declaró en resistencia pasiva y comenzó a desobedecer en silencio las órdenes del cura. Gordillo tenía una potencia oscura, impalpable, imperceptible. Bastaba que entrara a la clase y una oleada de pavor dominaba a sus alumnos. No tenía necesidad de imponer castigos: solo alzaba la aguda y penetrante mirada y todos quedaban sometidos. Todos, menos dos: Diego Cosenza y Roberto Lam, quien a pesar de su apellido chino no tenía rasgos orientales. Lam era alto, muy moreno, hocicudo y con el pelo castaño largo y desordenado. También era bravucón y pendenciero, y casi todos los días se retaba con alguno para romperse la cara a la salida de clases. Casi siempre vencía Lam, y pronto el rumor llegó a los oídos del padre Gordillo. A partir de ese momento, Roberto Lam fue considerado el peor de la clase. Esa fama invencible hizo que Diego se hiciera su cómplice, pues ambos, de alguna manera, gozaban de la antipatía del poderoso cura.
Apenas salían de clase, y una vez que Lam había solventado a pescozadas algún compromiso adquirido durante el día, los dos niños se iban al callejón de tierra que estaba frente a la casa. Diego había recibido como regalo de navidad una pelota de plástico, y con ella organizaban interminables campeonatos de penaltis, uno contra el otro, y ambos llenaban la cuadra con sus gritos de gol. Solo se interrumpían cuando pasaba algún automóvil o cuando el sol se ponía y Lam recogía su mochila y se iba a casa. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, Lam estaba delante de la puerta de casa de los Cosenza, y comenzaba a gritar: “¡Diego Coooosenza! ¡Diego Coooosenza! ¡Diego Cooosenza!”. Hasta que Diego no salía a la ventana y le decía, en voz baja, “Ya voy”. Todas las mañanas se presentaban como monaguillos para la misa de las cinco y media y así seguían hasta las siete, cuando los curas les servían un desayuno de frijoles y café con pan dulce.
Una vez, en lugar de llevarlos a la iglesia para confesión semanal, Gordillo les dijo de sorpresa: “Hoy los confieso yo, en clase”. Los fue llamando en orden alfabético, los niños se arrodillaban delante de la cátedra, y musitaban sus inexistentes pecados. Tenían que inventárselos, ayudados por un breviario que los curas vendían en la librería del colegio.
Cuando Gordillo lo llamó, Diego desgranó los pecados de siempre. El cura, al final, hizo un silencio teatral. Diego lo miró. Gordillo le dijo: “Te falta un pecado”. Diego puso los ojos como platos, con cara di signo de interrogación. “¿Y qué me faltará, si hasta las malas palabras he confesado?”, pensó. Luego de otra pausa escénica, el cura completó: “Te faltó confesar que tienes malas compañías. Tú eres muy amigo de Roberto Lam, el peor de la clase. Eso es pecado. Tienes que prometerme dejar esa amistad”. Y aquí Diego experimentó de nuevo ese movimiento de rebelión que le venía de las tripas, delante del padre Gordillo. No obstante eso, prometió dejar de ver a Lam. Rezó el largo rosario recetado por el cura como penitencia, y al rato ya estaba jugando con Roberto.
La cosa se resolvió cuando el padre Gordillo expulsó a Lam del colegio por haber pateado en los huevos a otro compañero. En realidad, lo expulsaba por insolente y peleonero, y por sacar sistemáticamente malas notas. El agravante mayor estaba también en que Roberto Lam era protestante, en un colegio católico. Diego Cosenza no volvió a ver a su amigo y eso lo hizo aumentar su rebeldía silenciosa contra el padre Gordillo. Terminó el año ocupando el último lugar . Mucho tiempo después, supo la razón de la mala conducta de su amigo. Le contaron que, una vez, al regreso de la escuela, había abierto la puerta, y el espectáculo que se le presentó fue el cuerpo de su padre, todavía pataleando, colgado de una viga de la casa.

La sentencia de Bolívar

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Monumento a Simón Bolívar en Guatemala

Muchos años antes, Diego Cosenza encendió la radio y se sorprendió cuando, en lugar de la radionovela “Los tres Villalobos”, escuchó lo que parecía música clásica. Todavía vivían en casa de la abuela y acababan de emigrar a la capital. La abuela fluctuaba por allí, como un hada gorda y maciza, con una escoba en la mano, y Diego le preguntó:

– ¿Por qué pusieron música de muerto en todas las radios?

– Son marchas fúnebres –contestó la abuela.

-¿Y por qué transmiten solo marchas fúnebres?

-Porque mataron al presidente, mijo.

La noche anterior, un soldado de guardia había apuntado su fusil contra el Presidente Carlos Castillo Armas y había hecho fuego. Los otros le dispararon a él, sin mucho juicio. Dos muertos: el Presidente y el soldadito. Todas las radios del país se habían puesto en cadena y transmitían la música de Semana Santa, dolorosas marchas fúnebres, acompasados pasos de difuntos, que arrastraban cadenas de fantasmas melancólicos.

Años más tarde, Diego Cosenza encontró en Youtube un curioso video en el que Ricky Tricky Nixon condecoraba, en inglés, a Castillo Armas, por su lucha contra el comunismo. Ese día, los periódicos celebraban el martirio del héroe del anticomunismo, y ninguno se atrevía a decir que el pueblo lo llamaba “Cara de hacha”, por la marcada nariz aguileña de aguzado rapaz, nariz que era un ariete delgado en un rostro huesudo y moreno, con el relumbrante y negro pelo liso estirado hacia atrás, como recién bañado. Diego aprendió, ese día, una palabra nueva: “magnicidio” y de la música monótona recibió un dolor de cabeza que le duró toda la jornada.

Años después de ese dolor de cabeza, don Roberto Cosenza explicaba a sus hijos, por episodios, a la hora del almuerzo, por qué habían matado a Castillo Armas. Una vez les dijo: “A Castillo Armas lo mataron los gringos. Les había servido para derrocar a Árbenz y se le había subido a la cabeza el título de salvador de la patria que los mismos gringos le habían atribuido. Les dio pereza organizar un golpe de estado y le pagaron al soldadito para que lo matara y a la escolta para que matara al soldadito. Hasta ahora, la muerte de ese caudillo es un misterio que a nadie le importa resolver.”

Y muchos años después todavía, Diego pensaba que esas historias de realismo mágico no pertenecían solo a América Latina. Una tarde, acababa de terminar el almuerzo y Diego se había ido al cuarto a dormir la siesta. En su cuarto estaba la televisión. Y mientras sus hermanos veían cualquier programa, Diego se dormía lo mismo. Esa tarde lo despertaron a gritos: “¡Mataron a Kennedy!¡Mataron a Kennedy!”. Eran sus hermanos que lo sacudían y lo sacaban de un sabroso sueño, en donde caminaba bajo las olas del mar y se sorprendía de que no necesitaba respirar. Es que a esa hora pasaban “El investigador submarino”, una serie que tenía como protagonista a un buzo, quien, en cada episodio, arriesgaba ahogarse o lo atacaba un tiburón, o lo golpeaban unos piratas, y lo mejor era cuando bajaba a las profundidades y solo se oía el glub, glub,glub, de las bolas de aire que salían de sus tubos de oxígeno. Cuando estaba solo, se imaginaba metido en la escafandra, y con pausados movimientos exploraba el fondo del mar imaginario que era su mesa de noche, glub, glub, glub, la extensa cama llena de arena y rocas de colores, glub, glub, glub, los peces que en cardumen se movían como los pájaros cuando emigran al sur, glub, glub, glub, y en eso un bandido le cortaba el tubo del oxígeno, y comenzaba a patalear para alcanzar la superficie que era el blando lecho de su cama de madera.

Mataron a Kennedy. La tele había interrumpido las transmisiones regulares para hacer ver los videotapes de la llegada de John y Jackie al aeropuerto de Dallas, el aparatoso y paquidérmico desfile ante la no muy nutrida multitud que agitaba banderitas de la Unión, la curva para quedar frente al depósito de libros y, luego, los tiros, las cabecitas que se abaten, Jackie que se tira hacia atrás mientras un agente trata de subir por el baúl del enorme Lincoln que transporta al ya cadáver John Fitzgerald Kennedy. En las calles, la gente lloraba, pero no se oía nada, porque en esa época la tecnología no daba para tanto. Diego y sus hermanos asistían al espectáculo compungidos, como si se hubiera muerto un familiar, casi lloraban, un nudo en la garganta, ¿cómo era posible que mataran al Presidente de los Estados Unidos? Luego pasaban un programa cómico y lo interrumpían para más noticias. Y todos pegados al televisor, hasta cuando se vio al cara de palo Lindon B. Johnson jurar con la mano puesta en Biblia. Mataron a Kennedy, cosa más grande la vida, chico, habría dicho Trespatines, un cómico cubano que trasmitía su programa desde Miami.

“Lo de Árbenz fue mejor hecho”, dijo otra vez, en otro almuerzo, don Roberto Cosenza. “A Árbenz se lo bajaron porque había tocado los intereses de los ricos y los de la United Fruit Company”. En la biblioteca de su casa, campeaba un volumen clandestino: El imperio del banano, que contaba toda la historia de la compañía bananera. “Árbenz era patriota y quería sacar adelante al país, dos crímenes que se pagan muy caro”, proseguía don Roberto. “Le organizaron bien la caída. Primero, la frutera convenció al congreso gringo que Árbenz era comunista, cosa de la cual estaban convencidos los ricos de aquí. Segundo, no hubo periódico en todo el mundo que no repitiera esa convicción. En poco tiempo, Árbenz significaba “comunismo” en el universo entero, y en el corral de los periódicos de aquí. Fue lo mismo con Allende, en Chile, muchos años después”.

De esas cosas no se hablaba en el colegio. Las clases de historia patria, si mucho, llegaban a la Independencia de España, y no se entendía muy bien por qué había sucedido. Cuando se hablaba de la Reforma Liberal, en 1871, la versión dependía del maestro. Si era laico y liberal, pintaba a Justo Rufino Barrios como si fuera el Cid Campeador. Si era un cura, contaba que Barrios había perseguido a la Iglesia Católica, era masón y más sanguinario que Nerón. El aniversario de la Reforma Liberal se celebraba en todas las escuelas públicas, mientras que en los colegios católicos se ignoraba esa fecha.

“Piensen ustedes”, contaba don Roberto, en otro almuerzo, “que para la invasión de Guatemala por los mercenarios de Castillo Armas, bombardeaban la capital. ¡Buuum!, se oían los bombazos que retumbaban por todas partes. Los aviones que pasaban volando bajo se llamaban “Sulfatos” y no me acuerdo si era su verdadero nombre o le habían puesto así porque el sulfato se usaba como purgante, y uno se zurraba del miedo oyendo el estallido de las bombas. ¿Y saben qué es lo más chistoso? Que esas bombas nunca existieron, porque el ruido del estallido lo transmitían unos altoparlantes que estaban en la embajada gringa. Lanzaban volantes incitando al pueblo a levantarse contra el comunismo y uno decía, ¿pero dónde está ese comunismo? Lo que conocimos después fue el anticomunismo. Y ese sí que era un purgante. El miedo de perder el empleo a causa de un lenguazo, el cuidado para hablar, la desconfianza hacia todos, hasta de los mejores amigos.” Y don Roberto concluía: “¿Saben lo que dijo Simón Bolívar en su lecho de muerte?”. Los hermanos Cosenza se miraron a los ojos. Tampoco eso lo enseñaban en la escuela. Satisfecho de su pregunta retórica, don Roberto concluía: “Simón Bolívar, en su lecho de muerte, dictó una sentencia y una condena. Dijo: «¡Nunca seremos dichosos, nunca!»”. Entonces, Diego salió con una ocurrencia que se volvió célebre en la familia: “Será porque no tenemos derecho” . Más célebre la respuesta de su padre: “El derecho a la libertad se la ganan los pueblos saliendo a la calle para derrocar al tirano”. Era una pedagogía cívica, inservible en un país de endémicas enfermedades militares.

Marisol y el amor

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El amor, ejercicio de torpezas, sueños y obsesiones, apareció bajo la forma inesperada de una chiquilla española que cantaba canciones con una seductora zeta, pronunciada con la lengua asomando entre los fascinadores y parejos dientes blancos de ratón. Se llamaba Marisol, era rubia, de ojos verdes o azules, en todo caso claros, quizá con algunas pecas y de mejillas redondas como si le hubieran sacado una muela de cada lado.

Tales atributos hicieron caer subyugado a Diego, y, para su mucha desgracia y mayoría de celos, a todos sus compañeros y a millones de admiradores en el suspendido reino de  España y en las alborotadas repúblicas de Latinoamérica. Esto comportaba una ventaja: podía uno declararse enamorado de Marisol sin que se burlara nadie, porque todos lo estaban. La niña cantaba canciones de filosofía profunda, como aquella que decía:

La vida es una tómbola

tom, tom, tómbola

de luz y de color

de luz y de color.

Diego había recortado una foto de Marisol y la veneraba sobre su mesa de noche. Cuando en el cine Tropical, a pocas cuadras de su casa, pasaban una película de la niña canora, Diego estaban entre la  multitud de niños que abarrotaban el cine, en adoración perpetua y arrobamiento místico a cada aparición de esa pequeña deidad rubia.  Muchos años después, supo que Marisol se había casado con su procurador, se había convertido en una mujer cálidamente sensual, había escapado con un violento bailarín de flamenco (¡la pura Marisol!) y profesaba radicales ideas de extrema izquierda (¡la maravillosa Marisol!).

Otro niño prodigio que la Península había regalado al público hispano era un morenito, quizá sevillano, de trivial nombre: Joselito. En menor grado, Diego también era admirador del precoz artista, quien protagonizaba películas inverosímiles, y entre aventura y aventura, gorjeaba canciones tan deplorables como las de Marisol, tal una que se llamaba “En un pueblito español”, donde aparecía una divina flor que hacía rima con dejé mi amor. Joselito tenía el pelo de un negro acentuado, patillas en forma de abstracto signo de puntuación  y un bozo de púber ligeramente arrogante, cejas espesas, el ceño adusto  y un pincelazo de antipatía. También Joselito tuvo que crecer, y, al hacerlo, terminó en el fracaso y en líos con la justicia. ¿Dónde estará Joselito, ahora, ruiseñor de sesenta años, tal vez agobiado por el peso de sus hazañas canoras impresentables, como aquel que hojea un álbum de fotos, sepias ya, nostalgia en blanco y negro de lo que pudo ser?

Por esa época, pasaban por América algunos artistas cuya carrera estaba en el bulevar del crepúsculo y a quienes no quedaba más remedio que encantar a públicos ajenos, en estadios descangallados, teatros derruidos, rudos gimnasios escolares, cines con espeso olor a humedad. O los había jóvenes, que cimentaban su carrera con la pasantía de los países latinoamericanos, hoy Venezuela, mañana Colombia, pasado mañana el Perú, cuyos públicos eran de generoso aplauso y fácil perdón cuando al cantante se le atravesaba un gallo. Había uno, muy joven, que llenaba el gimnasio del Colegio: llegaban a oír su voz nasal gente de los pueblos, de los barrios lejanos, y las mujeres se ponían a gritar como si al escenario subieran los Beatles o Elvis Presley. Se llamaba Julio Iglesias y nadie lo conocía en España.

El primer amor conocido de Diego Cosenza, aparte del natural y resabido del incondicional y eterno por su señora madre, fue también un homenaje a la lejana Madre Patria. Vivìa en Chimaltenango doña Mercedes Sabadell, por otro nombre “doña Meches”, quien había procreado con un efímero compatriota, también catalán, a dos hijos. Julio, el mayor, llamado “Julín” y una niña llegada años después, la María Soledad, llamada “Sole”, a veces, y “Chole”, otras. Por ignotos motivos, Julín salía al patio de su casa, en donde, amarrado a un palo al lado de la pila, tenía un espejo, y con el agua de la pila, un jabón espumoso y una temible navaja de barbero se rasuraba todos los días, gran espectáculo para los niños, y probablemente para las doncellas, pues lo hacía a torso desnudo.

Como Diego y la Sole jugaban juntos, pronto ambas madres inventaron que eran novios, situación que causaba asco y horror a ambos niños, pero nada podían hacer ante su situación oficial. Doña Meches, Julín y la Sole se disolvieron en la nieblas de San Pedro Yepocapa, un pueblo hilvanado en las faldas del Volcán de Fuego, a cada rato sepultado por la cenizas telúricas, y cuyos habitantes dormían arrullados por los retumbos del monstruo que los arropaba. Cuando, pasados muchos años, doña Meches visitó a los Cosenza en su casa de la zona 8, llevó consigo a la Sole. Julín desapareció en la conciencia, con su jabón de afeitar y su navaja de barbero catalán. Con desaliento, Diego percibió que la novia que le había sido atribuida era mucho más alta que él, tenía rizos de virgen de pueblo, era nariguda e insulsa como la tez blanquecina de moribunda que ostentaba con orgullo en un país de gente morena. Apenas se hablaron.

Escarceos, esbozos, asomos a lo que posteriormente sería la llegada prepotente del ciego sentimiento deseado y aborrecible, que todos llaman amor y nadie sabe de lo que está hablando. Más tarde, o quizá más temprano de la época de Marisol, su hermana llevó a casa a unas compañeras de clase. Naturalmente, presentó a su hermano Diego, quien les estrechó la mano, mientras ellas hacían muecas y se reían de burla o de vergüenza. Una de ellas, Violeta Ríos, se le quedó estampada en la mente: quién sabe cómo era. Quizá era morena, de ojos grandes. O quizá no, quizá de pelo castaño. Diego se quedó pensando en la niña aun cuando no quería pensar en ella, y él solo se ruborizaba de ese pensamiento recurrente. La cuestión empeoró cuando su hermana le llevó un papelito que Violeta le mandaba. Diego se fue a su cuarto, se encerró y leyó. El estremecedor texto recitaba: “Le mando muchos saludos. Violeta”. Para Diego, era una declaración de guerra, una invitación a saltar al ruedo, un envite irrevocable. Así que reunió el poco valor que tenía, cortó una hoja de su cuaderno y respondió con gallardía y no esperado coraje: “Yo también”. Al día siguiente, su hermana llevó el mensaje a Violeta. Diego esperó la respuesta y la espera era peor que cuando tenía que ir al dentista o le tenían que poner una inyección. Violeta nunca respondió.  No quiso, no pudo, ni quiso ni pudo. La más segura era Marisol, fija en la sonrisa, en el flequillo, en los ojos zarcos que lo miraban desde el retrato (“una sombra”, decían los abuelos) pegada sobre la mesa de noche.

Castigos

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El profesor Campari visitaba las aulas de la primaria para ver cómo se comportaban sus antiguos alumnos. No era raro que encontrara a alguno de ellos castigado, de pie frente a la pared, culpable de haber susurrado algo a otro compinche, de no haber respondido correctamente a una pregunta, de haber dado un coscorrón a un compañero. Allí estaban, como condenados al paredón, pero al revés, con la cara pegada al muro. ¡Ay de ellos si se movían, o murmuraban entre sí, o se ponían en posición de descanso! Como un rayo llegaba el maestro y les aplicaba una sanción mayor. Las sanciones mayores implicaban la regla de madera que el maestro llevaba persistentemente en la mano. Instrumento didáctico indispensable, servía para señalar alguna ecuación en la pizarra, servía para aporrearla contra la cátedra en caso de mucho ruido, servía, en fin, para descargarla contra los díscolos atorrantes, que nunca faltaban y siempre abundaban.

El profesor Campari exploraba la fila de castigados. “¡Ah, pero si aquí está López, y aquí Murillo, y aquí Duarte!”. Eran sus ex alumnos. “¡Así que me están poniendo como mi cara delante de su maestro!”, exclamaba, falsamente enfurecido. Entonces, se acercaba a sus antiguos discípulos, que no se movían por temor a una reprimenda todavía mayor. Campari había refinado el arte del castigo más allá del burdo reglazo que aplicaban sus colegas. Sacaba un elástico de escritorio, fino y marrón, lo estiraba al máximo y apuntaba a la oreja del alborotador. Descargaba un latigazo certero y dolorosísimo en cada oreja, lo cual provocaba un salto de su víctima y las risas de los compañeros. “¡Así aprenden a comportarse bien!” y amenazaba: “La semana entrante regreso, y no los quiero ver castigados”.

Diego Cosenza había conocido los castigos en el segundo año de la primaria. Su maestro de primero, el prodigioso profesor Rojas, jamás los había tocado y ninguno recordaba ni siquiera una llamada de atención. Los niños querían tanto al profesor Rojas que su mayor miedo era darle un disgusto. En cambio, ya en el segundo grado, con el profesor Roca, las cosas cambiaron. Roca era feroz y malencarado, no soportaba un murmullo, y al infeliz que caía en desgracia, lo azotaba con severos reglazos en las nalgas, si la falta era leve, y si era mayor, en los tobillos, donde dolía más. En una ocasión, exasperado por el mal comportamiento de sus alumnos, los había sacado al pasillo, donde los tuvo de plantón por una hora. Un compañero, de apellido Albanés, se movió imperceptiblemente. Roca se le lanzó con furia y le dio tales reglazos que partió el instrumento de castigo. Albanés se orinó en los pantalones.

También en el segundo año de primaria, Diego descubrió que no veía bien. Al principio del año, le habían asignado un lugar en mitad de la clase, y cuando el profesor Roca le pidió leer lo que estaba en la pizarra, Diego se quedó mudo. Por una inspiración de los dioses de la misericordia, Roca no se le lanzó blandiendo su temerosa regla de enderezar tuertos y desaguisados. “¡Acérquese diez pasos!”, ordenó. Diego se salió de la fila y caminó diez pasos exactos. Las letras comenzaron a evidenciarse mejor. “Y ahora, ¿lee o no lee?”.  “Más o menos”. “¡Cinco pasos más!”. Ahora sí, el texto aparecía claro y Diego no esperó la orden de su maestro. Comenzó a leer. “¡Momento!”, lo interrumpió el sátrapa. “Lo que le pasa a usted, amigo mío”, sentenció, “es que está ciego”. Lo pasó a los primeros bancos y escribió un papelito que ordenaba a sus padres llevarlo donde el oculista. Quince días después, Diego estrenaba unas gafas de gruesos aros negros, según la moda de la época, y unos cristales que evocaban banalmente el fondo de las botellas. También banalmente, sus compañeros lo comenzaron a apostrofar con un apodo que le aplicaban a todos los miopes: “¡Cuatrojos, cuatrojos!”. Quién sabe por qué motivo, Diego se sentía humillado por esa burla. Duró poco. El tiempo necesario para que sus compañeros se acostumbraran a verlo con los culos de botella de cebollitas a los lados.

Eso de los apodos era cosa común en el colegio. Sin mayor imaginación, se llamaba “Sapo” al de baja estatura; “Conejo”, al dientudo; “Caballón” al corpulento; “Colocho”, al de pelo rizado; “Ratón”, al pequeñito; “Burro”, al de pocas luces; “Caballo loco”, al inquieto; “Mono” al ágil; “Pelopincho”, al de cabellos espinosos. Luego los había fantasiosos: quien arrastró por toda la vida el mal nombre de “Elvis”, por haber bailado rock en una fiesta; “Pellejo”, al de apellido Pellecer; “Chechis”, variante de Julio César; “Chorro de humo”, el mayormente moreno; “Carepalo”, el inmutable; “Jute”, como el cuerpo del caracol, por estirado y seco; “Chusema” el loco. De los apodos no se salvaban los profesores, quienes, in absentia, eran llamados “Préstamo”, el calvo que se cubría el campo abierto con los pelos de las sienes; “Almohadillazo”, un maestro que tenía una mancha blanca de canas en la coronilla; “Chichibuche”, el profesor de Educación Física, gordo y con papada. Se salvaban del apodo los curas, por el temor reverencial de su estado.

Uno de esos curas se divertía hasta la muerte con los castigos corporales. Era pequeñito, costarricense, regordete y rubicundo como un monito del zoológico. También era quisquilloso y respondón. Cuando un estudiante se volvía imposible, los maestros lo remitían a él, pues ostentaba el cargo de Consejero. No era pródigo en consejos, por cierto, sino en sopapos y bofetadas. Como si fuera una gracejada, le había puesto nombre de golosina a las puniciones: “Coca Cola” eran correazos propinados con las cintas de las persianas; “Pepsi”, lo mismo, sólo que con un cinturón de cuero; los “pop corns” eran coscorrones innumerables en las duras cabezas de los incorregibles; “Chocolates” las pescozadas y “maníes” los infaltables reglazos en los tobillos.

Don Roberto Cosenza, hombre de paz y diálogo hasta las últimas consecuencias, reprobaba el uso de los castigos corporales. “Hay padres de familia que van al colegio y dicen a los maestros que entregan a sus hijos con todo y nalgas”, decía. “Mi señor padre, don Antonio Cosenza, nos llevó a la escuela y luego que hubimos entrado al aula, se presentó al director, puso una pistola sobre el escritorio del maestro, y le dijo, si toca a uno de mis hijos, lo mato”. Naturalmente, siendo pacifista, don Roberto no repitió el ejemplo. A la violencia de la escuela oponía el poder de la palabra, en casa. La palabra más repetida era: “no”. Simple y monosílaba. Podían los hijos tirarse al suelo, retorcerse en berrinche titánico, con mocos y pataleo, que, inmutable, don Roberto Cosenza repetía hasta el infinito: “La respuesta es: NO”. Diego hubiera preferido un buen reglazo a esa obstinada tozudez de su padre. Decía una frase que estuvo de moda entre los abuelos: “No se debe lastimar a una dama ni con el pétalo de una rosa”. En ese ambiente utópico, en donde todo se resolvía con palabras, educó a sus hijos. Lástima que afuera, comenzando por la escuela, todo era una tempestad de violencia y de agresiones. Con ellas, Diego y sus hermanas tuvieron que hacer cuentas todo el resto de su vida.

La mentira de la literatura

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Como todas las cosas humanas se terminan, así también terminaban las vacaciones escolares. Diego veía venir la forzada tortura de regresar a las aulas desde la mañana de Navidad, cuando todos se levantaban tarde, examinaban los regalos sosegada ya la desilusión de la noche anterior, preparaban la retumbante ametralladora de chisporroteantes cohetes que saludaría el paso de la procesión y comenzaban a flotar por la casa los profundos aromas del exuberante almuerzo que prolongaría la fiesta iniciada en la víspera.

Diego se levantaba nervioso el veinticuatro de diciembre. Sabía que a las doce en punto de la noche, doña Trinis les iba a dar los regalos de Nochebuena, regalos que nunca iban a coincidir con las exigencias, insinuaciones, indirectas y pedradas que cada uno de los hijos iba expresando con coherente anticipación, de modo que Santa Claus, el Niño Dios, los Reyes Magos, don Roberto Cosenza y demás encargados proveyeran a las estrictas necesidades de jugar y divertirse, que son el oficio y sazón de los niños de esta tierra de cristianos. Durante toda su infancia, Diego Cosenza soñó con un cochecito de pedales, un pequeño armatoste que figuraba un automóvil de verdad, un Pontiac, un Chevrolet, una Cadillac, y ya se veía conduciendo por la acera, o incluso dentro de casa, como había visto hacer a otros niños de su edad. Durante toda su infancia, la desilusión era grande y abundante, porque libros de fábulas, libros de dibujos para colorear, camisas o pantalones, algún idiota cinturón de cuero, cualquier otra cosa pedestre y utilitaria sustituía a su sueño de conducir un cochecito de pedales. Durante toda su infancia, la noche de Nochebuena le destrozó los nervios a la espera del regalo que nunca llegó. Muchos años después, Diego se iba a dar cuenta de que sus padres jamás habrían tenido el dinero para satisfacer esos pueriles caprichos. Tampoco sus hermanas se quedaban contentas, pues en lugar de las rubias barbies que anunciaban profusamente en televisión, recibían muñecas de imitación, con alambrosos pelos rubios de plástico destinadas a terminar despelucadas al cabo de pocos meses.

Una de esas navidades, don Roberto se fue a Puerto Rico con una beca que le dieron los gringos. Cada semana llegaban postales con deslumbrantes playas blancas y agobiadas palmeras doblegadas por los cocos delante de un cristalino mar azul. Doña Trinis lloraba delante de esos mares de papel, y se encontró sin dinero para enfrentar las fiestas de ese año. Roberto recibió un pinche librito de pocas páginas y mucho era que las ilustraciones fueran a colores. Esa Nochebuena la desilusión fue el regalo más amargo. Si don Roberto hubiera estado presente, lo habrían sepultado las protestas de sus hijos. Él habría respondido con uno de sus aforismos: “¿Quieres saber lo que cuesta el dinero? ¡Ponte a conseguirlo!”. Abominables sentencias que ponían salomónicamente furiosos a los hijos.

Como se ha dicho, no sin desconcierto, al principio, lo peor de las navidades era que anunciaban el próximo año escolar. Diego sentía el temor, la impotencia y el rechazo de la obligación de levantarse temprano y salir corriendo para llegar puntualmente tarde al colegio. La única vez que entró ilusionado fue cuando le regalaron Corazón , de Edmuindo de Amicis. En las dos semanas que separaban la Navidad del inicio de las clases, se devoró el libro, y se quedó contagiosamente enamorado de sus personajes. Un par de días de realidad lo convencieron de la mentira de la literatura. Una cosa era “De los Apeninos a los Andes”, otra, de su casa al colegio.

Se acababan entonces las interminables tardes de noviembre y diciembre, durante las cuales, aparte de la concentrada composición del periódico familiar, de la organización de las tandas de teatro con sus hermanas, los Cosenza se despachaban horas y horas delante del televisor que transmitía, en el único canal disponible en esa época, todas las películas argentinas y mexicanas de los años 30 y 40. El canal era pobre, y no tenía para películas contemporáneas. Se reían viendo las películas de Luis Sandrini, un cómico argentino de quien no quedó más recuerdo que el nombre. De vez en cuando transmitían una de Carlitos Gardel, que se la pasaba cantando metálicos tangos en desvaído blanco y negro, de tragedia y de abandono. También dramones que sucedían en Bariloche, con lagos y pinos y gomina y amores frustrados. Las hermanas Silvia y Mirta Legrand, rubias ellas, y la majestuosa dama Libertad Lamarque, cuyo nombre parecía una declaración de independencia. Abundaban las rancheras mexicanas, con Jorge Negrete y los hermanos Aguilar, una mano en la guitarra y otra en la pistola, entre canciones y balaceras. También gozaban con los cómicos menores: “Tin Tan” y su carnal “Marcelo”, que los hacían matarse de la risa; “Clavillazo”, cuya única gracia era decir “nomááááás”, con fuerte acento chilango: delante de la puerta de una iglesia, da limosna a un mendigo. Éste lo bendice: “Que Dios le dé más”. Y Clavillazo: “¡Noooo! ¡Que no me dé más, que me dé…. Nomááááááás!” De vez en cuando, como un gran regalo, una de Cantinflas y sus barrocos parlamentos.

Toda esa felicidad se terminaba con el principio del año escolar. Su hermana Rosa se iba radiante al colegio de doña Columba Hassler, cuyo estricto apellido alemán parecía garantizar una alta cultura teutónica. En realidad, la mejor y más refinada especialidad de doña Columba era sacarle plata a sus alumnas, con rifas, fiestas y creativos eventos de indefinida utilidad didáctica. Rosa entraba al colegio y entraba en su reino, pues era la líder indiscutible, el femenino caudillo latinoamericano, la jefa suprema de todas las actividades escolares y extra escolares. Cuando se trató de elegir reina, puesto que los votos se compraban en beneficio de ignotas obras escolares, para Rosa fue cosa de chiste ser elegida reina del Colegio. En algún lugar de la casa estará la foto de la soberana, con capa, corona y cetro de falsos brillantes.

También Teresa estudiaba en el Colegio “El Divino Amor”, que así le había puesto doña Columba. Teresa postuló para reina, pero faltándole las dotes de su hermana mayor, perdió aparatosamente las elecciones y se pasó una semana llorando amargamente. La tercera hermana, por pequeña, estaba en un colegio protestante a dos cuadras de la casa. Se llamaba “Las flores del Señor”, y en ese colegio Carolina coleccionó algunas aventuras épicas que no fueron menos que las de sus otras hermanas. Una vez, mientras se columpiaba en el área de juegos, se le fue volando el cheque de pago del mes. Le dio tal ataque de desconsuelo que la llevaron a la casa casi cargada, deshecha en llanto. Mucho se tardó don Roberto Cosenza en convencerla de que los cheques se podían reponer. A veces, por las tardes, los alumnos de “Las flores del Señor” se agarraban a pedradas con los del “Don Bosco”, por ser los unos evangélicos y los otros católicos. Diego Cosenza no participaba en tales contiendas religiosas, aunque no fallaba en confesarse los viernes, y comulgar todos los días, pues la misa diaria era obligatoria. Once años de misa diaria, comprendidos sábados y domingos (excepto las gloriosas vacaciones) lo llevaron a una extraña familiaridad con los ritos religiosos, una resbalosa confianza con santos mayores y menores, una excesiva cercanía a los misterios de la fe, como si no fueran misterios, sino letanías rezadas con obstinación y disciplina, destempladas de la pasión original.

El venerable vicio de la honradez

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Los hijos de don Roberto Cosenza resolvieron pronto el escondido enigma de la pobreza persistente e invulnerable que se abatía sobre la familia. Los maestros, en la escuela; los columnistas, en los periódicos; los economistas, en los manuales; y hasta los choferes, en los autobuses, predicaban, con Amado Nervo, que “el hombre es el arquitecto de su propio destino”. De ese modo, en el prodigioso sistema capitalista, un individuo podía, con talento, obstinación y mucho trabajo, nacer pobre y convertirse en millonario. ¿Cómo era posible que su papá, Don Roberto, tuviera talento, trabajara como un condenado a las galeras, inventara siempre formas nuevas de ganar dinero, y, a pesar de ello, no lograra salir de la pobreza? No era perezoso, no era dejado, no lo poseía la famigerada languidez y desidia que los sajones atribuían a los pueblos latinos. Y sin embargo, como el dinosaurio de Tito, la pobreza estaba allí, constante, inmutable, cotidiana.

La respuesta a tan insidioso problema filosófico, sociológico y económico estaba en una sentencia que don Roberto profería de vez en cuando, en los almuerzos conversados y narrados de la familia Cosenza. “Nunca te arrepentirás de ser honrado”, predicaba don Roberto, y una salva de silbidos y abucheos recibía a tan sabio aforismo, pues los hijos estaban hartos de mucha sabiduría y pocas nueces. Porque uno se cansa de ser pobre. Puede serlo toda la vida, pero no por eso deja de estar harto de ser pobre. La pobreza, como una enfermedad vergonzosa, agobia y es rabia acumulada, violencia enmudecida, cólera sorda.

Don Roberto Cosenza  era conocido en su ambiente por honesto e incorruptible. Otros, con el mismo cargo y a su mismo nivel, viajaban en cómodo automóvil burgués, con trajes comprados en la exclusiva tienda a puertas cerradas de don Patroclo E. Martìnez, mandaban a sus hijos a bilingües colegios suntuarios, viajaban a Disneyland para sus vacaciones, mientras don Roberto alzaba la noble cabeza repleta de dignidad y, ocioso es repetirlo, de pobreza.

Don Roberto Cosenza, pensaban sus hijos, llenaba todos los requisitos para salir de pobre: inteligente, emprendedor, laborioso. Solo un vicio podía justificar que su destino no fuera como el de un amigo suyo, don Alejandro Pantoja, quien ya se había graduado de economista, había entrado a la Superintendencia de Bancos y estaba a punto de ser nombrado Director del Banco de Guatemala. Solo un vicio podía justificar el destino de los Cosenza, y ese vicio era el venerable vicio de la honradez. Cuando Diego Cosenza llegó a la edad anciana, todavía encontraba quién le dijera: “¿Usted es hijo de Roberto Cosenza? ¡El hombre más honesto que he conocido!” Y, por tanto, pobre.

Variados y disparejos fueron los trabajos de don Roberto, arrastrando, en ello a su familia de mujer y cinco hijos. Uno de ellos fue ponerse a sacar la carrera universitaria. Recién casado, habìa sacado el bachillerato en la Antigua Guatemala. Todas las tardes, al salir del trabajo, tomaba un autobús cuyo  nombre era un auspicio:”La Esperanza”. Regresaba tarde, en la noche, en otra Esperanza, que era la de terminar la carrera. Graduóse, ya padre de dos hijos, en una ceremonia que las fotos de familia reportan en blanco y negro, con corbata de mariposa, al lado de una joven muchacha morena, misteriosa compañera de estudios que, para los Cosenza, vivió solo en esa instantánea. Y, en la capital, se inscribió a la Facultad de Humanidades, sacó los dos primeros años de estudio, pero se derrumbó en el tercero, mermadas las fuerzas y el intelecto.

Se le ocurrió, entonces, una infernal idea de buenos resultados comerciales. Compró la colección completa del Diario Oficial, y se puso a recopilar todas las leyes tributarias emanadas por el Congreso. Todas las noches, después de cena, mientras sus hijos jugaban, leían o se entretenían, don Roberto se sentaba frente a una imponente Olivetti (homenaje a su padre italiano), metía un esténcil y copiaba una ley y otra ley. Muchas noches, Diego Cosenza se dormía mientras escuchaba el tecleado de la incesante Olivetti. ¿Hasta qué horas trabajaba su padre? Hasta la una, las dos de la mañana.

Cuando terminaba sus trabajos nocturnos, llevaba el rimero de esténciles a un impresor, quien, en mimeógrafo, le hacía unas 500 copias de cada página. Terminada la impresión, un camioncito llevaba a la casa  de los Cosenza los textos reproducidos. Sobre la mesa del comedor se ponían las hojas, y se compaginaban los folletos. Cada hijo colaboraba, menos el benjamín de la familia, David, que era demasiado pequeño. Al final de la cadena de montaje, estaba doña Trinis, con una engrapadora extra grande, que le estampaba tres grapas a cada ejemplar. En un proceso ulterior, el lomo del libro casero se adornaba con cinta de aislar roja.

Entonces don Roberto pagaba un anuncio en la prensa: “YA ESTÁ A LA VENTA LA RECOPILACIÓN DE LEYES TRIBUTARIAS DEL AÑO 1963, POR ROBERTO COSENZA”. Seguían dirección y teléfono. Era un éxito impecable. Al día siguiente, comenzaban las llamadas telefónicas. ¿Quién era el encargado de ir por la ciudad a distribuir el nuevo libro? Como era época de vacaciones, Diego, al despertar, veía una hojita pegada a la pared. Injuriaba su suerte y su desgracia, pues la hojita contenía todas las direcciones a donde había que ir a entregar los libros. También le dejaba unos centavos para el autobús. De esa forma, Diego aprendió a identificarse como “el hijo de Roberto Cosenza”. “¡Saludos a don Roberto!”, le decían los compradores.

Había otro distribuidor de los libros de su padre: era un paisano de Chimaltenango, de quien nunca se supo el nombre, porque siempre, al regresar, cuando se le preguntaba cómo le había ido con la venta, respondía en idioma kaqchikel: “¡Pin, pin, utz, utz!” que era una forma superlativa de celebrar lo bueno de las ventas. En casa, todos los llamaban “Don Pin Pin Utz Utz”. Cada éxito de ventas se transformaba en una mejoría: un libro significó  la mesa y las sillas del comedor, otro implicó un aparato de alta fidelidad, con algunos discos de música italiana (uno, maravilloso, de Roberto Murolo, se lo robó el maestro de música de Rosa). Pero el más celebrado fue el que hizo llegar el primer aparato de televisión, un Admiral en blanco y negro, sin antena aérea, sino con dos tubitos telescópicos que había que orientar en dirección de la señal cada vez que, en lugar de imagen, aparecían nevadas negras o rayas de zigzag que traveseabean en la pantalla.  ¿Cuánto trabajó y cuánto se esforzó don Roberto Cosenza para salir de pobre? Tanto y mucho. Pero todo lo ganado lo despilfarró, para desesperación de sus hijos, en el venerable vicio de la honradez.

El Benjamín

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Hacia las 2 y media de la tarde del jueves, Doña Trinidad de Cosenza sintió las primeras contracciones. Comprendió que no podía esperar a que regresara su marido del periódico, lo llamó y le anunció que se iba al hospital. Armó, como pudo, una maleta para un par de días, llamó a Rosa, su hija mayor, le encargó la casa y se fue caminando a esperar el autobús. Como era coqueta, doña Trinis jamás se había puesto las gafas de culo de botella que su miopía obligaba, y siempre se hacía acompañar de uno de sus hijos para saber el número del autobús. Esta vez no hizo concesiones, y fue Diego quien le indicó que el carromato humeante que estaba acercándose era el número siete. Con notable dificultad, doña Trinis subió al vehículo y, al verla embarazada, varios caballeros se levantaron como resortes para cederle el asiento, como se usaba en tales épocas de atraso y cortesía.

Fue así como vino al mundo el último de los Cosenza, que, por serlo, se transformó en el primero, “el Benjamín de la familia”, decía don Roberto que había salido disparado del periódico al Hospital, a donde llegó apenas a tiempo para tomar de la mano a doña Trinis que ya iba rumbo a la sala de partos. Tampoco se acostumbraba que los maridos entraran a ver el pataleo de sangre, gritos, mocos y miasmas, y sólo los berridos del recién nacido le anunciaban que todo se había consumado. Cerróse la puerta de la sala, don Roberto corrió a un teléfono de monedas que había en una esquina y llamó a su casa. Le contestó Rosa, quien le informó que estaba preparando la cena y que sus hermanos estaban demostrando un buen comportamiento.

Nació el benjamín, la madre fue conducida a la sala de parturientas, un poco avergonzada de su edad madura en medio de tanta joven, corrió don Roberto a tomarla de la mano y confortarla, volvió a correr para ver a su hijo, el recién nacido, detrás de un gran vidrio y no lo reconoció en medio de tantos miquitos, peludos y asustados, que movían las manitas como a la búsqueda de algo, todos iguales, todos parejamente indefensos, todos apenas asomados al dolor y a la incertidumbre. “No está allí”, le dijo una enfermera. “El médico ordenó incubadora, porque el parto fue difícil”. Don Roberto se angustió doble: por el niño y por la cuenta del hospital.

Regresó con doña Trinis y cometió el error de decirle que el niño estaba en una incubadora. Doblegada por el esfuerzo y por el ansia, su mujer comenzó a llorar. Don Roberto Cosenza redobló el error: “No te aflijás. ¿No ves que es hombrecito?” No pudo disimular su orgullo de haber generado otro varón. La mujer lloró con más descorazonamiento y él no supo qué hacer. Al cabo, Doña Trinis se calmó y le ordenó que regresara a la casa, pues los otros hijos estaban desamparados. De este modo se despidieron, don Roberto se subió a la 7 y vio como, en la medida que se acercaba a su casa, el bus se iba llenando de gente. “Háganse para atrás, que hay espacio”, ordenaba el conductor, y de atrás le contestaban obscenidades. Es cierto que don Roberto había conseguido asiento al subirse, pero cuando subió una anciana, no tuvo más remedio que ponerse de pie y agarrarse del tubo. Cuando llegó a su destino tuvo que salir a codazos y empujones, con el riesgo de que el chofer arrancara antes de tiempo y lo fuera a dejar una parada después.

Cuando llegó a su casa, encontró a Rosa vestida con un traje de doña Trinis y con los tacones altos de su mamá, mientras preparaba una improbable cena que corría el riesgo de chamuscarse de un momento a otro. Solo la ausencia de su mujer le hizo sentir un gran desorden y un gran desasosiego, y agradeció que dentro de tres o cuatro días ya el ama de casa iba a estar de regreso. Ordenó a su hija vestirse como la gente, y Rosa se fue a cambiar mientras protestaba a alta voz. Los otros dos estaban pegados a la radio, oyendo las aventuras de Tamacún, el vengador errante.

Al día siguiente, al llegar al hospital, don Roberto Cosenza se encontró con dos sorpresas: su hijo había salido de la incubadora y formaba parte del ejército de monitos que berreaban detrás del vidrio, mientras que su mujer había sido trasladada al intensivo porque el imbécil del médico que la atendió había olvidado extraerle una parte de la placenta y la señora se moría de septicemia. Fueron días muy duros, pues no podía decirle a sus hijos que doña Trinis estaba entre la vida y la muerte, y al mismo tiempo, los médicos le anunciaron que dentro de poco le entregarían al niño, para llevarlo a casa, mientras la madre se reponía en el hospital.

La lucha de doña Trinis contra la infección duró quince días. Mientras tanto, uno de esos días, don Roberto regresó a la casa en taxi, gran lujo que apenas se podía permitir, y bajó con un bulto entre los brazos. Rosa, Diego, Teresa y Carolina recibieron con estupor el envoltorio en donde se escondía un especie de ratoncito, que tomaba el biberón, lloraba de vez en cuando, hacía buches, le daba hipo, y cagaba ralo y verde, con un fuerte olor a mierda que no era el mismo olor a mierda de todos los demás. “Yo me hago cargo”, dijo Rosa, quien a pesar de los regaños de don Roberto, seguía poniéndose los vestidos de su mamá y calzando los zapatos de tacones altos que la hacían caminar como gigante de feria.

Para los Cosenza, la llegada del hermano menor fue una fiesta. “Se va a llamar Benjamín”, anunció don Roberto, y la desaprobación fue unánime. “Entonces le diremos Mincho”, propuso Diego y ese apodo dejó pensativo a don Roberto. Al final, decidió que se llamaría David, para recordar que era el más pequeño de todos, y el resto de la vida don Roberto se la pasó comparándolo con el rey bíblico que había vencido a Goliat de un hondazo. Para los hermanos, no era un niño: era un muñeco. Cuando don Roberto no estaba, se peleaban para cargarlo en brazos y arrullarlo, y todos aprendieron a cambiarle los pañales y a limpiarle el culo cuando fuera necesario. Los pañales estaban afianzados por una faja, sujetada por un gancho grande de ropa. Sueltos gancho y faja, el pañal se quitaba como se abren las hojas de un tamal. Aparecían entonces las partes íntimas del bebé, que se había zurrado con generosidad. Se le quitaba el pañal con gesto de asco, y se limpiaba con aceite Johnson, para que no le fuera a dar sarpullido. Una vez limpio, se le espolvoreaban polvos de talco, como si fuera el azúcar de nieve para un pastel, y luego se procedía a ponerle el pañal, la faja y el gancho, y a seguir jugando con el muñeco. Lo besaban, le hacían cosquillas, conversaban con él, lo velaban mientras dormía y se asomaban a la cuna para verificar que siguiera durmiendo, y cuando despertaba dando gritos, le ponían en la boca el biberón, que el recién nacido bebía como si acabara de ser rescatado del desierto y le hubieran ofrecido todo el agua que le había faltado.

Veinte días después, doña Trinis salió del hospital. No hubo más remedio que pagar taxi otra vez, pues la señora apenas se podía tener en pie. Mientras don Roberto pagaba el taxi, bajó tambaleándose y caminó hacia su casa, soñando con derrumbarse en la cama y descansar en su lecho. Cuando entró, sus cuatro hijos la recibieron con globos de colores y con un gran aplauso. Doña Trinis se puso a llorar, no por el aplauso, los globos y la fiesta. Se puso a llorar porque la casa estaba devastada: parecía que un huracán personal e intransferible hubiese entrado a esa casa y la hubiera puesto patas arriba con la violencia de un terremoto. Rosa, su hija mayor, seguía vestida con sus trajes y los tacones altos, y los demás estaban a la buena de Dios, desarreglados y desconcertados, parecían gente de la calle, sin quién por ellos, Teresa tenía en sus brazos a David, el recién nacido, y parecía que se le iba a caer de un momento a otro, y doña Trinis lloró al comprender que era importante, que había estado a punto de morirse, y que su ausencia habría significado una catástrofe para sus hijos. Lloró por ella y lloró, también, por ellos.

Diego y sus hermanas

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Diego Cosenza vivía en una placentera isla rodeado de hermanas, que le hacían la gracia aunque no la tuviera, que competían con Doña Trinis en consentirlo y mimarlo, que lo hicieron crecer en el conocimiento de la oscura y esotérica selva del mundo femenino. De vez en cuando, las hermanas se peleaban, y una pasaba por el corredor, gritando, perseguida por la otra que le quería jalar los pelos. Las dos mayores, Rosa y Teresa, eran el sol y la luna. Rosa era morena, decidida, pragmática y quien dijo miedo no se lo enseñó nunca. Rosa pertenecía a la estirpe de los que construyen catedrales por el gusto de desafiar el cielo. Teresa era lenta, asustadiza, misteriosa, y a su misterio contribuía una belleza que venía de sus ancestros italianos, que, en la exageración familiar, quien la paragonaba a Ingrid Bergman y quien a Isabella Rossellini. Teresa era sonámbula: con frecuencia caminaba, en las altas madrugadas, por el corredor de la casa, se asomaba a la puerta del cuarto de sus padres, quienes la conducían, aun dormida, hacia su cama. “No hay que despertar a los sonámbulos, porque se vuelven locos”, sentenciaba don Roberto. Diego respetaba y envidiaba a su hermana mayor: le hubiera gustado tener su coraje, su energía y su ambición. En cambio, tenía un carácter parecido al de Teresa, con la que andaban frecuentemente del brazo, y las visitas maliciosamente murmuraban que parecían novios. Carolina, la menor, estaba demasiado lejos de sus hermanas: andaba por su cuenta en el eterno triciclo con el que desaparecía debajo de la mesa del almuerzo, o se entretenía hablando sola con sus muñecas, mientras los otros desempeñaban con engreimiento su papel de hermanos mayores.

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En las primeras épocas de la zona 8, en esa casa cuya esquina parecía una proa que iba a entrar en el portón de la iglesia de enfrente, los hermanos dormían todos en el último cuarto. Mitad de la casa estaba alquilada por doña Mercedes de la Luz, casada con don José Noriega, jamás llamado por su nombre, sino conocido en el universo mundo como “Don Chepe”. Era un hombrón alto y barrigudo, que usaba tirantes para que no se le cayeran los pantalones, unos bigotones hitlerianos que entonaban con el pelo liso echado hacia atrás. Tenía la cara de un perro escocés de los dibujos animados y le gustaba ponerse a contar historias a los niños, al contrario de doña Meches, que quizá por no haberlos tenido, quería más a su perrita, de mal nombre “La Mosqueta”, poco amada por los Cosenza y quizá tampoco por don Chepe.

El último cuarto, por las noches, se convertía en el escenario de variados espectáculos de teatro protagonizados por Diego, que hacía de payaso para sus hermanas. Inventaba telenovelas de estrepitosos y ridículos amores, que las niñas celebraban con risas y aplausos. También había películas de vaqueros, que a ellas interesaban menos y que, en cambio, eran protagonizadas por Hopalong Cassidy y su caballo “Topper”, o por el Llanero Solitario y su compañero el Zorro. Como en los dibujos que venían con “El Imparcial” de los sábados, el Zorro llamaba al Llanero Solitario, “Kemo Sabay”, que en la lengua de los Sioux o de los Hopis o de lo que fuera el Zorro, nadie sabía qué quería decir. A lo mejor quería decir “El Llanero Solitario”. Pero lo más esperado era un espectáculo inspirado por Zorro, y era las historia de unos pieles rojas norteamericanos que atravesaban las montañas llenas de peligros y de insidias. El grupo, personificado simultánea y esquizofrénicamente por Diego, se llamaba “Los indios Pedros”, y quién sabe por qué sus hermanas se reían tanto de las desventuras de esos pieles rojas que se resbalaban en cada piedra, se daban de frente con cada roble, se escapaban de ahogar cada vez que atravesaban un río. El final el espectáculo era un inesperado strip tease, protagonizado por la joven doméstica que dormía con los niños, y que sin pudor, recato o vergüenza, se quitaba la blusa y enseguida el brassier, dejando a los hermanos Cosenza con la boca abierta delante de sus senos al descubierto, cosa que duró por muchos meses hasta que una de las hermanas se lo contó a Doña Trinis y Doña Trinis despidió a la Agripina por lujuriosa y deshonesta. Diego, en ese período, se confesaba con el cura, pero no lograba ubicar bien cuál era su pecado, porque lo que le provocaba la visión de las hermosas tetas de Agripina era una turbación inconsolable.

Las vacaciones de fin de curso coincidían con noviembre, y noviembre coincidía con los cumpleaños de la familia. Por una curiosa conjunción astral, la mayoría de los Cosenza eran escorpiones: solo Carolina era de enero y Rosa de abril. Quizá por eso eran diferentes: luminosas, extrovertidas, solares. Los otros de la familia andaban con el aguijón levantado, listo para ensartárselo a las visitas o a los conocidos, de quienes se reían poniéndoles apodos sarcásticos. La ronda de cumpleaños se iniciaba el 7 de noviembre, cuando cumplían años, el mismo día, Doña Trinis y Diego. Por supuesto, la casa se llenaba de amigos de Doña Trinis, y también aquí Diego era segundón, arte de pasar desapercibido detrás de otros más destacados, arte que afinó y refinó por el resto de su vida. Solo muy de vez en cuando sacaba su aguijón y la gente caía redonda, sin darse cuenta de quién, a qué horas y cómo lo habían picado. Como todos estaban de vacaciones, se armaba un escuadrón para fabricar el pastel, quién batía las yemas, quién montaba las claras, quién revolvía la mezcla que daría lugar al pastel y quién ayudaba a Doña Trinis en la fabricación del turrón de miel, porque en casa la crema estaba prohibida merced a las extravagantes diarreas que la leche provocaba a toda la familia. Ocho días después se repetía la liturgia con el cumpleaños de don Roberto, cumpleaños de arte mayor, con buenas comidas italianas compradas en el almacén de alimentos de don Cristiano Saccardo, quien de cocinero del Embajador pasó a ser expendedor de lasañas, canelones, ravioles, pasta al huevo, pizzas y demás especialidades italianas que los Cosenza se podían permitir solo en los cumpleaños del jefe de la familia. También se sacaba el whisky Johnny Walker, etiqueta roja pues en la época no había otra, y la fiesta terminaba a gritos entre los mayores, con baile y sudor mientras los chicos se retiraban a su cuartito de teatro y espectáculo. Ocho días después era el santo de Teresa, y como ella, se celebraba en tono menor, con alguna de sus amigas que iban a comer un pastel que a los Cosenza ya les salía por las orejas, de tanto repetirlo.

Fue por esa época que doña Trinis se quedó embarazada, para susto y sorpresa de toda la familia, hablamos de las abuelas, que se espantaron de semejante barbaridad, ¡el quinto hijo!, de tíos y tías que llegaron a sonrojar a doña Trinis, y de don Diego Cosenza que manejaba un presupuesto familiar ya muy precario, y que se veía venir los gastos ingentes de tener un hijo en la capital, que allí nacían en hospital y con médico, no como en Chimaltenango, donde abuelas, tías y comadronas se hacían cargo de la parturienta, y todo era una ceremonia familiar, sin el olor a antiséptico y meados que gobierna a las clínicas, con la angustia no sólo de la enfermedad, sino también de la cuenta generosa que los hipocráticos médicos pasaban al final de las cansadas.