El ambiguo señor Antúnez

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David, el hermano menor de Diego Cosenza, cayó enfermo de un día para el otro. Así como una ficha del dominó hace caer a la más cercana, también Doña Trinis cayó en un estado de obsesión, angustia y desasosiego porque la causa de la enfermedad era un impenetrable enigma. A David no le dolía el estómago, no le dolía la cabeza, no le dolían los pies, no le dolía nada, pero se sentía abúlico, desmayado y al mismo tiempo inquieto, como si una desgracia desconocida le fuera a suceder de repente. Por su condición de benjamín de la familia, David fue el primero y último que tuvo pediatra, mientras el resto de hermanos estaban relegados a los cuidados, consejos y cuchicheos del bondadoso Doctor Castrillón. Llamóse, entonces al pediatra, que llegó a casa tarde en la noche, después de un día de abrumadoras consultas, bajo una persistente y abundante lluvia que agobiaba a torrentes la ciudad. “Vamos a ver qué tiene este ceroglífico”, dijo, al entrar. Diferentemente de Castrillón, de modos suaves y hablar melancólico, el pediatra Pereira ostentaba un fornido vocabulario de albañil y carretero. Entró a la habitación donde yacía el moribundo y con Pereira quería entrar doña Trinis, quien fue expulsada inmediatamente con el epíteto de “vieja metiche”.

La laboriosa auscultación duró una media hora. Durante esa media hora, la familia se reunió en la mesa del ansioso comedor, en espera de la definitiva sentencia del doctor Pereira, que, a pesar de sus malos modos, era eficaz, seguro y honesto. Lo habían experimentado algunos años antes, cuando otro pediatra quiso aprovecharse de las ansias de doña Trinis y había examinado al pequeño David porque la madre le veía una cabeza más grande de lo debido. Ese estafador pediátrico apenas vio el pollo pensó en desplumarlo. Presumió que podía tener una hidrocefalia temprana y mandó una poderosa e inagotable batería de exámenes que extirparon los exhaustos ahorros de don Roberto Cosenza. Conjeturó una posible operación para drenarle el agua de la cabeza, y la familia anduvo encrespada por mucho tiempo ante la posibilidad de verle el coco abierto al pequeño infante. Luego de lo cual, se hacía pagar cada semana para medir la circunferencia de calabaza de David, y hacía gestos de preocupación y disgusto después de coronar la cabeza del niño con una cinta métrica de sastre. A don Roberto Cosenza las sospechas de timo se le confirmaron el día que el medicastro le preguntó: “¿Y usted qué piensa, don Roberto? ¿Le habrá crecido la cabeza?” Fue entonces que visitaron al doctor Pereira, para una consulta alternativa. Pereira ni siquiera midió la testa del niño. Alzó la vista y apostrofó a los afligidos doña Trinis y don Roberto: “Viejos tarados”, les dijo. “Este niño es simplemente un cabezón y será toda la vida un cabezón. Ojalá sea inteligente también, no como ustedes, que se han dejado estafar”.

Pasado que hubo la media hora, salió el doctor Pereira de la mano de un resucitado David, y se dirigió así a los atribulados progenitores, con expresión más grave por la carencia de insultos: “Su hijo tiene algo que contarles”. Si no fuera un poco gastado, el adjetivo “compungido” sería el más adecuado para calificar la actitud de David, que entre pucheros y tartamudeos relató que el señor Antúnez, su maestro de catecismo, materia indispensable para hacer la primera comunión, ejercitaba sobre sus pequeños alumnos una violencia desorbitada. El tipo no era un cura sino uno de esos que se meten a cura y por alguna razón misteriosa no pueden completar la carrera. Se quedan a mitad de camino, y por eso, en vez de “padre”, se les llamaba “señores”. En algunos casos, como en el del violento encargado de la librería del colegio, se sabía que había interrumpido la carrera por los ataques epilépticos. En el caso del maestro de catecismo, ignotas y obscuras razones lo habían impedido. A esas clases asistía también el primo Oliver, una especie de patito feo y travieso, un gemelo gordito de David. “Es que el otro día”, comentó David a sus asombrados padres, “estábamos en clase de catecismo, y cuando el señor Antúnez le hizo una pregunta del librito a Oliver, aquél no supo responder y entonces el señor Antúnez se le echó encima y comenzó a darle de trompadas, tan furioso que creímos que lo iba a matar. Todos los niños nos pusimos a gritar, y por eso entró el padre Director, que andaba en los pasillos, oyó el griterío, y a duras penas logró sacar a Oliver de las manos del señor Antúnez. Oliver se meó del susto. Y yo no quiero hacer la primera comunión. Yo tengo miedo”, dijo David y se puso a llorar.

Al día siguiente, Doña Trinis se presentó en el Colegio y preguntó por el señor Antúnez. Un sirviente se perdió en los oscuros corredores que separaban la sala de espera de los impenetrables dormitorios de los curas. Al buen rato apareció Antúnez, baja estatura, pelo gris, fornido, ambiguo y con aire distraído. Se acercó a la señora y le preguntó, inconsciente: “¿Qué se le ofrece, Doña Trinis?” Lo que doña Trinis le dijo queda en los anales de lo inefable por exceso, de lo indecible hiperbólico, del insulto mayor y la amenaza ejemplar, de la imprecación soberana, de la blasfemia suprema, del denuesto descomunal, de la diatriba clásica y la deprecación en grado sumo. Si hubiera un honoris causa de la injuria y el ultraje, doña Trinis hubiera sido doctorada allí mismo por el jurado más exigente del universo. El resultado fue un señor Antúnez pálido, mudo, tembloroso, gelatinoso, con las canillas claudicantes y que salió disparado a vomitar al baño a causa del espanto provocado por la atroz filípica de doña Trinis.

Demás está decir que, en las sucesivas clases de catecismo tremolante, ningún niño fue rozado, ni siquiera con la vista, por el pávido Antúnez. Muchos años después, Diego Cosenza se iba a enterar de sospechosos rumores y maledicencias que circulaban sobre Antúnez. Un compañero le dijo: “Atrás del colegio hay un barranco. Allí se llevaba Antúnez a sus favoritos y les hacía mañas”. Diego también supo que los curas conocían esa anómala inclinación de Antúnez y como perentorio castigo lo habían mandado a un inerme internado de otro país.

El Grito Edvard Munch

Mientras tanto, el infame había desarrollado un terror patológico hacia doña Trinis. David contaba divertido que, una vez, mientras estaban de excursión en Los Aposentos, un helicóptero comenzó a sobrevolar el balneario. Nunca se supo si de bromas o veras, el señor Antúnez corrió a esconderse, gritando: “¡Doña Trinis, doña Trinis!”. No andaba tan descaminado. Porque Doña Trinis había alquilado un taxi, había seguido al autobús de excursionistas, y desde el taxi, aparcado en las afueras del balneario, vigilaba la conducta del pésimo maestro de catecismo.

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Lasaña, cabrito y borracho

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Para Diego Cosenza, la muerte de su abuelo Antonio era un crepúsculo de oblicua y tibia luz naranja, el fuerte perfume a madera del mostrador de la tienda, los tropiezos de una tía que pasa desencajada (¿llorando o gritando?) y anuncia la noticia, alborotada gente que corre, agitación, descompostura, una memoria que desaparece en la impasible niebla de sus cuatro años. Años después, le contaron que su abuelo había muerto, quizá, de un repentino ataque al corazón, y que la tía que le llevaba la comida lo había encontrado tendido en el piso, como si durmiera. El siguiente recuerdo, persistente, es el viaje a la capital, en un amplio y oscuro carro fúnebre, con el féretro al centro y un par de bancas a los lados. En ellas iban sentados los familiares. El entierro del abuelo en el Panteón Italiano selló una amistad con los paisanos que se prolongó por muchos años.

A la casa de los Cosenza no llegaban de visita los italianos ricos. Llegaba don Natale Milanese, que, por paradoja perversa, no era de Milán. Don Natale tenía un hotel en Escuintla y de vez en cuando trepaba la retorcida carretera hacia la ciudad, con un enorme cesto de especialidades de su tierra. Sus connacionales lo miraban de reojo, porque don Natale se había casado con una mulata de Puerto Barrios, quién sabe cómo recalada en Escuintla. Era ella, doña Felisa, la que abría el cesto de donde salía un fiasco de Chianti, cubierto de paja y con un pequeño gallo negro en la etiqueta. Luego brotaban los salamis, listos para ser cortados en rodajas, las mortadelas, redondas y pálidas, los quesos secos y los quesos cremosos, los quesos apestosos que sólo don Natale y don Roberto se comían con gusto, mientras doña Trinis y sus hijos se alejaban con horror de la pestilencia a patas podridas.

De la canasta emergía el príncipe de los quesos, el aristocrático queso parmesano que se distribuía en porosas hostias delgadísimas, como si fuera el sagrado cuerpo de un dios terrestre y dionisíaco. En la cocina, doña Felisa preparaba unos tallarines hechos en casa, con una salsa de carne que ya traía preparada. Brindaba don Natale con su vozarrón de barítono profundo, el oscuro vino en copas alegres y reparadoras, y brindaba don Roberto sintiéndose, lejanamente, una suerte de encarnación de su padre muerto. Don Natale se quedaba todo el día, comiendo, contando historias de Taormina, un paraíso delante del mar siciliano, bebiendo hasta el fondo el botellón de Chianti, y para rematar, antes de irse, unas copas de grapa que también llevaba para la ocasión. Y mientras don Natale llenaba la comida con su recia voz mediterránea, doña Trinis y doña Felisa cuchicheaban secretos y maledicencias.

Otro tipo de italiano que frecuentemente se sentaba a la mesa de esa casa eran los curas. En primer lugar, los salesianos, que vivían enfrente, y cuando la desoladora y desierta e íngrima soledad de sus votos les resultaba insoportable, caían en casa de los Cosenza, a la búsqueda de la rumorosa calidez familiar que escaseaban en la comunidad. “¡Vengo a almorzar, Doña Trinis!”, anunciaba el cura Mengacci, por ese entonces Director del Colegio. Mengacci no se fiaba de nadie para cocinar los espaguetis, de manera que se iba a la cocina, se ponía el delantal y preparaba él mismo una variedad que bautizó “espaguetis a la tumistufi”, que otra cosa no era que al ajo, aceite y chile picante. Mengacci se sentaba a la derecha de don Roberto y hablaba como una tarabilla, mientras la familia comía en silencio. No por nada era el Padre Director. Tal investidura no era obstáculo para que aceptara, al final, un señor vaso de whisky, “¡al final, doña Trinis, al final de la comida, no como hacen ustedes, bárbaros y salvajes, que se lo toman de aperitivo!”

Los otros curas que no faltaban, de vez en cuando, eran los misioneros de un pueblecito de los alrededores de la capital. El pequeño pueblo distaba 20 kilómetros en línea de aire y unos cinco siglos en subdesarrollo y miseria. Eran todos italianos, y cuando llegaron al país, se quedaron espantados ante la miseria de la gente. Uno de ellos, el padre Calimerus, comenzó a protestar en los sermones contra la explotación de sus feligreses, los desarrapados campesinos del pueblo. Los sermones terminaron al rayo, luego de que uno de los robustos y panzones finqueros lo visitó en la casa parroquial, botas manchadas de barro y sombrero tejano, acompañado de cuatro sicarios que eran cuatro sicambros, tenebrosos y funestos y aciagos, y con una sonrisa meliflua le insinuó con mansedumbre que los revolucionarios de la región terminaban colgados de los huevos.

Cuando los espantados misioneros localizaron a don Roberto Cosenza, éste les tuvo que explicar en breves palabras la bronca situación nacional. Los misioneros no parecían venir de Italia, sino de la luna o de algún asteroide todavía más lejano. Don Roberto se compadeció y les escribió los estatutos, les armó una asociación sin fines de lucro y, en fin, para gloria y exaltación de Nuestro Señor, les consiguió la exención total de impuestos por la naturaleza caritativa de su comunidad. Si los misioneros hubieran estado en Roma, hubieran consagrado santo ipso facto a Don Roberto.

Más modestamente, se contentaban con caer, de vez en cuando, en cuadrilla y a mansalva, a la hora de la comida. Con la exención de impuestos, importaban buenos vinos de Italia, y llevaban varias botellas. Doña Trinis se esmeraba con los mejores platos que había aprendido a cocinar. Las lasañas de doña Trinis eran de novela de caballerías. Salían humeantes del horno, reposando en un molde de vidrio, cubiertas por un queso blanco apenas dorado, cada porción un blando mundo de reconciliación con sabores terrestres y arcanos, la salsa de carne cocida por horas y horas, desde la tarde anterior, ni seca ni húmeda, la pasta en su punto, suave como un reposo blanco y despreocupado, la bechamel apenas perceptible, aromatizada con nuez moscada, e, insinuada, desparramada, lechosa como la niebla sobre el mar, una blanca mozzarella que se esparcía en el plato disimuladamente. Los curas entornaban los ojos al comer, decían cosas en italiano, ‘parece la lasaña que hacía mi abuela’, murmuraban, y para amortiguar el excesivo placer de la comida, bebían el vino silencioso y cálido que habían llevado.

Luego doña Trinis les servía un cabrito horneado, carne fuerte y suave, encontrada a través de un marchante misterioso a quien todo se le podía pedir, porque hubiera hallado con facilidad carne de tacuacín, de caimán o de iguana, si le fuera pedida. También la carne de cabrito quería su preparación, pues es ardua y correosa, áspera como las montañas que las cabras tiene que escalar. Doña Trinis la maceraba todo el día en un vino aromático lleno de especies y de hierbas misteriosas, que poco a poco iban impregnando y suavizando las fibras, antes duras y resistentes. Luego, la ponía a dorar con blando aceite de oliva virgen, y cuando la carne estaba sancochada, le echaba tomate en salsa, y la dejaba varias horas con un lento fuego mínimo, hasta que del tomate no quedaba rastro: de allí su color oscuro y su consistencia delicada, y el variado sabor denso como una escondida cueva umbrosa.

De postre, doña Trinis servía uno de sus manjares de mayor éxito: el borracho. Era éste un pastel hecho con la base más simple que pueda existir: el llamado pan de España o en otras partes pastel margarita. Doña Trinis, luego de que el pan salía del horno y se había enfriado, lo empapaba con abundante ron añejo del país, y al final, lo cubría con una capa de manjar de leche. Diego nunca sabía porqué los curas, cuando saboreaban el pastel, decían: “O babá, o babá”, como si se hubieran vuelto idiotas. Al final pasaba el café.

El padre Calimerus, ya naufragado en alguna nube de un íntimo edén, sacaba un cigarrillo, fumaba y bebía el café y decía una frase que a Diego se le quedó en la memoria: “¡Esta es vida!” . Se le quedó en la memoria porque había oído al misionero al principio, cuando estaba indignado por la explotación de los campesinos, y no podía conciliar esos discursos con la sentencia definitiva con que el cura cerraba sus comidas. “¡Esta es vida!” decía el padre Merus, y quizá tenía razón, pues si la vida eterna fuera como uno de esos banquetes de doña Trinis, buena cosa habría sido ganar ese nirvana suspendido en el tiempo, como una isla que se hubiera desprendido del planeta y se hubiera ido flotando, placentera, deliciosa y embriagante, como si los problemas hubieran desaparecido en las roscas de humo grisáceo que el cura elaboraba con sofisticado hedonismo, en el sopor de la tarde que se iba…

Las fuentes georginas

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Don Roberto Cosenza había nacido en la costa, aunque su carácter fuera el de un severo y taciturno habitante del altiplano. De la costa tenía el apodo que le habían puesto sus hermanos, “Negrito”, apelativo cariñoso alejado de su aspecto físico, porque don Roberto había heredado de su padre italiano una nariz importante, grandes ojos negros (“de loco” iba a decir irreverentemente, años después, uno de sus locos yernos), el cabello ondulado, las mejillas sonrosadas y una boca bien dibujada bajo el bigotito de galán de cine mudo. De la costa tenía también el gusto por el clima cálido, que sus hijos puntualmente detestaban, y una aptitud para la natación que lo hacía adentrarse en el mar, hasta superar la barrera en donde las olas se rompían contra la superficie, cosa que causaba espanto a sus hijos, a ninguno de los cuales enseñó a nadar, por los eternos terrores de doña Trinis a que les sucediera un accidente. Y, por fin, de la costa tenía el gusto por los viajes largos e insólitos, viajes que aparecían siempre al final de una fiesta, cuando los tragos habían hecho su entusiasta efecto y don Roberto proponía irse al lago de Atitlán, mientras doña Trinis le hacía naufragar el proyecto en las lacustres olas de varias cubas libres.

“Mi papá llegó de Italia con una mano atrás y otra delante”, contaba, en uno de esos almuerzos conversados con que fascinaba a sus hijos con los recuerdos o las imaginaciones, que son lo mismo. “Y se fue de este mundo tal como vino al país, porque de todos los italianos que llegaron con él, tuvo la especial puntería de ser el más pobre, aunque no el menos trabajador. Lo adorábamos”, seguía contando, “y hacíamos una competencia de lucha libre para ver quien tenía el honor de atarle las cintas de los zapatos. Él nos defendía como una fiera, y llegó a amenazar al director de la escuela, allá en la costa, si nos tocaba un pelo”.

El lejano abuelo venía de la Calabria, una región que los Cosenza veían dibujada en una guía turística de Italia, libro que su padre conservaba como si fuera la Biblia. Ese libro estaba poblado por la imágenes típicas de la península: góndolas en Venecia, el Vesubio en Nápoles, la catedral de Milán, el Coliseo en Roma, y de Calabria había una foto de tres muchachas en traje típico, que era el típico traje folklórico de cualquier pueblo del mediterráneo. El abuelo hablaba un dialecto extraño, que no era italiano, y que solo él entendía. El abuelo tenía los ojos grises, grandes y disparatados, era flaco hasta los huesos y de los rizos de antes no le quedaba más que una pelusa hirsuta en la cabeza. Diego recordaba, vagamente, a esa figura fantasmal mientras cortaba una piña, ofrecerle una rodaja y luego caminar con él por el pequeño sitio en donde los árboles de jocote tenían hojas de sabor astringente, como el fruto. El abuelo, anciano, entre la vegetación, hablaba su idioma arcano en voz alta y el pequeño nieto veía hacia las copas de los árboles que parecían perforar las nubes.

Puesto que don Roberto Cosenza venía de la costa, solía criar, como en un reflejo condicionado, una serie de animales que poblaban el escaso patio de la modesta casa que ocupaban. Los pavos de Navidad se criaban en casa; alguna vez uno de los hijos se ganó un pollito en una feria, y cuando sobrevivían, que eran las menos veces, se convertían en gallinas o gallos que la familia consumía con un complejo de culpa que los hacía atragantarse. También hubo loros que imitaban las letanías familiares para regocijo de los Cosenza. Una vez don Roberto apareció con una ardilla, que misteriosamente se esfumó a los pocos días. En otra ocasión, compró dos periquitas completamente idiotas, que se dejaban caer de los palos en que se posaban, se estrellaban contra el suelo, volvían a ser colocadas en su lugar y se volvían a tirar, suicidas. Algunas tortugas también poblaron ese poco patio, y de repente se mimetizaban con las macetas, para aparecer meses después como si nada. Perros no hubo, porque mucho comían. Y una vez, en el eterno combate contra los ratones, les prestaron un gato, el gato se subió al tejado, y Diego fue el protagonista de un peligroso rescate en equilibrio, donde tenía que atrapar al gato sin ser arañado, cosa ya ardua, y meterlo en un costal rápidamente, cosa más ardua todavía. Sin embargo, lo logró, y lo más vergonzoso fue recorrer toda la avenida Santa Cecilia, para ir a devolverlo, con un escandaloso costal enloquecido en la mano, mientras los del barrio se morían de risa al verlo pasar.

De vez en cuando, la abuela que se había quedado en la costa mandaba una encomienda con los atravesados autobuses que viajaban imprudentes por las carreteras que ascendían a la capital. En la encomienda venían zapotes, mangos, pitahayas, rapadura, caimitos, chocolate áspero y virgen, a veces algún coco. Eran los frutos de tierra caliente que no se daban en el altiplano. De vez en cuando, la abuela misma viajaba a la capital, para visitar a su hijo y la familia. La señora era como una anciana de fotografía, con el rostro surcado de una geografía de arrugas, nariz más larga que la de su padre, y el pelo canoso que deben tener las abuelas. Siempre venía acompañada de la Darcy, hija espuria de una tía que no se había querido hacer cargo de esa niña. Darcy era morena, bonita, pequeña y perturbante porque encerraba uno de esos secretos de familia que todos sabían y nadie quiere revelar. Le daban ataques epilépticos y cuando le daban, caía al suelo con los ojos trabados y había que sacarle la lengua de la boca para que no se la mordiera. La Darcy estaba siempre en silencio, como queriendo desaparecer. Ella y la abuela tenían que soportar, por las noches, las temibles funciones de teatro que Diego organizaba para la ocasión, con sus hermanas vestidas de hadas que recitaban poesías, cantaban, bailaban, y el cierre estrepitoso de Diego con sus payasadas. La abuela asistía hierática y estoica a esa tortura, ni siquiera sonreía, impasible como una estela maya, pero no descartaba la cortesía de aplaudir al final de cada acto. La Darcy miraba a sus primos con sus grandes ojos estáticos, como a punto de tener otro ataque.

Todas las hermanas de don Roberto Cosenza se habían quedado en la costa y todas lo adoraban como si fuera un hijo grande y tierno que no hubiera crecido lo suficiente. Doña Trinis comentaba la trabajosa vida sentimental de sus cuñadas con adjetivos rotundos y sentenciaba, al final de sus comentarios, que la gente de la costa vivía de tumbo en tumbo, desordenadamente, como si las normas y reglamentos les vinieran flojos, como si la costa fuera otro mundo respecto de la capital. Don Roberto no se atrevía a contradecirla, pero amaba ese mundo de donde venía. Y amaba a sus hermanas sin poner condición alguna, las amaba porque eran sus hermanas, las amaba porque ellas lo tenían en un altar: ¡el Negrito! La mayor de esas tías era la que más rasgos italianos había heredado. Era más colorada que blanca, el pelo castaño claro, robusta y con la voz estentórea de los europeos. De los italianos tenía la simpatía desbordante y el carácter extrovertido y melodramático. Era exactamente lo opuesto a don Roberto Cosenza. Cuando llegaba de visita, después de varios kilómetros de autobús, sacaba una botella de aguardiente de su bolsa y anunciaba: “¡Negro, vamos a chupar!” Tenía el guaro alegre, y contaba historias divertidas, se reía con escándalo y placer, y terminaba cantando, con su hermano que la veía entre admirado y estupefacto.

Esa tía estaba casada con un transportista. El hombre era macizo, moreno como un hindú, el pelo lacio y la piel grasosa. Era masón y le había puesto a sus hijos nombres sacados de la Revolución Francesa: Brumario, Germinal, Termidor, Libertad, Cándida y Artemisa. Como tenía varios vehículos, una vez montó a las dos familias en un camión y se los llevó a las Fuentes Georginas, un balneario de aguas termales en la bocacosta del país. Una burbujeante piscina de aguas azufradas los esperaba a todos. Los niños se pusieron los trajes de baño y chapoteaban en el agua medio hirviente. El marido de su tía se entretuvo en tomarse grandes tragos de aguardiente. Luego se fue a los vestidores y salió de ellos disparado a lanzarse en clavado. Se había puesto mal el traje de baño y se le salían los testículos por un lado. Griterío de niños y adultos. Doña Trinis comentó, exasperada: “¡Se los dije que así eran los de la costa!”

Las púberes canéforas

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El piadoso doctor Castrillón recibía a sus pacientes en su frondosa y húmeda casa colonial de la Avenida Bolívar. Era un caserón en forma de 7, con oscuro zaguán de penumbras remotas, donde nunca hubo un automóvil guardado, probablemente porque las finanzas del decoroso médico no daban para tanto. En ese zaguán, uno podía imaginar una carroza de fábula con caballos piafantes, listos para salir a un paisaje que ya no existía, hecho de calles empedradadas e hidalgos antiguos embozados en capas misteriosas con la espada relumbrante pronta al duelo o la batalla. Había, en la casa, un patio extendido, con fuente de agua musical al centro, y delante de esa fuente, un largo corredor umbroso al que se asomaban las habitaciones de la familia. De las vigas del corredor colgaban plantas verdes y floridas, el diente de león, las flores de mayo, una que otra orquídea misteriosa y críptica, las pomarrosas, todas un jardín colgante como en la mayoría de las casas señoriales de la capital.

Canéforas, William Buguereau, 1952
En algunas fiestas de la Antigüedad, doncella que llevaba en la cabeza un canastillo con flores, ofrendas y objetos necesarios para los sacrificios.

La clínica del doctor Castrillón era la primera habitación después del zaguán. Espartana, esencial, estoica, nadie se atrevería a decir que era una clínica pobre, sino, más bien, que estaba a la altura de los hacendosos pacientes de ese médico de barrio. Diego Cosenza la visitaba, asiduo, no porque sus enfermedades fueran frecuentes, sino porque su imaginación, adecuada para la escritura de cuentos (y algunos poemas que se perdieron para felicidad de los lectores del mundo), también fabricaba enfermedades imaginarias, acosado por la obsesión angustiosa de Doña Trinis, cuya hipocondría se ejercía en los hijos, notables consumidores de cuanta pastilla estuviese a su alcance.

“¿Qué lo trae por aquí, mi estimado amigo?”, preguntaba el médico a Diego, quien llegaba con alguna aflicción menor y pasajera. Solo escuchar al doctor Castrillón, gordito, bajito, con su bigote cantinflesco y su voz tranquilizante y profunda hacía pasar la mitad de la enfermedad. El doctor era de aquellos médicos chapados a la antigua, de ojo clínico certero y cuya presencia era taumatúrgica. Diego declaraba el malestar que lo estaba llevando a la tumba, y, con parsimonia lenta y consoladora, el médico le ordenaba que se despojara de camisa y camiseta para comenzar la ceremonia de la auscultación. Mientras tanto, le preguntaba su importante opinión sobre la situación nacional. Diego, que poco entendía y menos sabía, enunciaba alguna majadería, que el médico comentaba largamente, antes de proceder al examen con el estetoscopio. En casa, de regreso, el ingrato Diego lo imitaba: “Dice el doctor Castrillón que por aquí y que por allá, que de este lado y de este otro, que arriba y abajo, que este país se está hundiendo, que los políticos son unos ladrones que no sirven para nada, que vamos directo al barranco, que esto y que lo otro, y que mejor esto que aquello…” En realidad, la lenta conversación del médico tenía efectos terapéuticos y el paciente se iba relajando, relajando, relajando, otro poco y se dormía, y en eso comenzaba el doctor a auscultarlo, ponía la palma de la mano en el pecho, y daba tres toques de martillo con su regordete dedo índice, toc, toc, toc, “el pecho está bien”, y repetía la operación en la espalda, a la altura de los pulmones, toc, toc, toc, “los pulmones perfectos, no hay catarro”, decía, para enseguida continuar con el estómago y el plexo solar, donde hundía sus deditos como si estuviera preparando una pizza, y si no encontraba dolores, daba por buena la panza, y si los había, “son los gases”, dictaminaba antes que estos salieran de su agobio por los conductos naturales del cuerpo, y luego venía la presión, y el termómetro de mercurio, tres minutos exactos en la boca del paciente mudo que escuchaba, mientras tanto, las tajantes opiniones políticas del doctor Castrillón, un opositor decidido de los gobiernos militares que desde los tiempos de Tata Lapo oprimían al país. Después de una hora, al final del largo proceso de examen médico, todos los miembros de la familia Cosenza sabían de memoria el diagnóstico: “Son los riñones, mi estimado Dieguito”. Lo curioso era que recetaba una medicina que no tenía nada que ver con los riñones. Pero siempre los riñones eran los culpables.

Cuando Diego tuvo un patatús de padre y señor mío, cuyas razones se explicarán en mejor ocasión, una aterrorizada Doña Trinis convocó de emergencia al Doctor Castrillón para que se presentara inmediatamente delante del lecho donde Diego Cosenza estaba entregando el alma al Creador por ignota enfermedad recóndita.

El venerable médico, viéndolo en tal estado, luego de diagnosticar que padecía un tremendo surmenage por exceso de estudio y reclusión, le recetó una cucharada de bromuro cada hora, y al cabo de un cierto tiempo Diego había dejado de patalear y de temblar, no así de sentir una angustia de muerte que no tenía explicación ni motivo. Algunos días después, cuando ya pudo deambular por la casa, fue a la clínica del doctor Castrillón. Tocó el timbre, entró en la penumbra de la casa colonial, y fue atendido de inmediato por el regordete galeno.

No le ordenó despojarse, no le midió la presión, no le tomó la temperatura, no lo auscultó. Simplemente, le disparó el siguiente sermón:

“Mi estimado y buen amigo, usted no necesita medicinas y no necesita doctor. Lo que necesita es menos estudio, menos literatura y más diversión. Usted debe convertirse en un hombre con todas las de la ley. ¿Hace ejercicio?”

“No, doctor”, respondió Diego, avergonzado.

“Entonces, lo primero será que usted se compre una bicicleta, y salga a correr por las calles y avenidas, a primera hora de la mañana, para fortalecer el cuerpo, que es fortalecer el alma. Tiene usted, querido Diego, un cuerpo de alfeñique, está más flaco que la muerte, y donde debería haber músculos hay solo carne fofa. Está bien que quiera ser escritor, que quiera ser artista, pero si sigue así, no va a ser ni escritor ni artista. Va a ser difunto”, sentenció el médico.

“Además, estoy seguro que usted no conoce mujer”, afirmó.

“No, doctor”, se avergonzó Diego, ruborizado.

“No le voy a aconsejar que frecuente burdeles, experiencia vulgar, chocarrera y perniciosa. Pero hay un tipo de muchachas de su edad, que no son como las otras… Son muchachas de ideas más abiertas, más condescendientes con el placer que el cuerpo proporciona y que se van a la cama sin mayores requerimientos ni embelecos. Usted tiene que encontrar una de ellas, o varias, sería mejor, y tener muchas experiencias, de manera que esos nerviosismos y temblores le pasen de una vez por todas.”.

Diego se compró una bicicleta y, aunque nadie le había enseñado a usarla, por varios meses salía a las seis de la mañana, recorría toda la avenida Santa Cecilia, subía por el Guarda, enfilaba el Bulevar Liberación, llegaba hasta el final de la Avenida las Américas, y luego hacía el camino de regreso y a las siete estaba de nuevo en casa. Un par de veces se salvó de que lo aplastara un camión, pero en general, fue una experiencia feliz.

La segunda receta no la pudo aplicar nunca. Con la misma aplicación y disciplina con que se dedicaba al estudio, trató de encontrar a una de esas míticas ninfas rubendarianas que saltaban desnudas y procaces por la fragorosa selva olímpica y solo se topó con su timidez y su torpeza. Por nefasta consecuencia, Diego siguió vagando en ese mundo nebuloso de sensibilidad y angustia: un mundo todo suyo, lleno de fantasías e imaginaciones, un mundo otro respecto de aquel donde vivían sus compañeros, atléticos, robustos, carnales, vencedores. Su mayor atrevimiento era recitar el verso de Rubén: “¡Carne, celeste carne de mujer…arcilla!”

Una infancia de cristal

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La quebradiza niñez de Diego Cosenza estuvo poblada por numerosas y variadas enfermedades (no siempre reales) que lo abatían como un insecticida pone fuera de combate a las molestas moscas tropicales. La dolencia príncipe de su infancia, el punto débil de su cuerpo, la kryptonita verde de sus nulos poderes fueron las amigdalitis. Lo advertía al despertarse. Sentía como si se hubiera tragado una barra de hierro incandescente y esa tortura le dolía como si lo estuvieran ahorcando. Pronto llegaba una fiebre que podía subir a los 40 grados. Su madre lo obligaba a estar en cama y lo que más detestaba Diego de esos períodos de enfermedad era la angustiosa obsesión de Doña Trinis, que lo trataba como si estuviera en punto de muerte. A cada rato se asomaba a la puerta de su cuarto y le preguntaba: “¿Estás bien?” “¿Estás bien?” “¿Estás bien?”. Fuera cual fuera la respuesta, llegaba y le medía la temperatura por la enésima vez. “Treinta y nueve”, sentenciaba doña Trinis. “Voy a llamar al doctor”. Doña Trinis llamaba al doctor por cualquier cosa. El padre Gordillo le tomaba el pelo: “¿Qué pasó, Diego?”, le decía. “¿No te duelen las uñas hoy?”

El niño enfermo (Autorretrato en Cadaqués) – Salvador Dali

Era la época en que los anticuados doctores llegaban a las casas para examinar a los enfermos. El médico de la familia Cosenza era el venerado doctor Castrillón, gordito, bajo, moreno, de fino bigote y con un leve hiato en los dientes delanteros. Castrillón auscultaba de pies a cabeza a su enfermo, aunque lo hubiera visto el día anterior. El frío estetoscopio hacía dar un brinco a Diego, encendido de fiebre. Con rollizas manos de panadero que amasa la pasta del pan, el doctor Castrillón hundía los deditos gordinflones en la panza del niño, “¿duele aquí?”, preguntaba con voz suave, sedante, taumatúrgica, “¿duele aquí?”, pero qué le iba a doler el estómago si lo estaba matando la garganta, pensaba Diego. Hasta que el médico hurgaba dentro de su maletín rigurosamente enlutado, sacaba una paleta de metal, le pedía que abriera la boca mientras se colocaba una lamparita en la frente. Diego tenía que decir “aaaaaaaaah” hasta que la paleta le provocaba conatos de vómito. “Es amigdalitis, otra vez, doña Trinis”, el médico se dirigía a su mamá. “Habrá que operarlo”.

Por esa época, todos sus compañeros sufrían de amigdalitis y la mayor parte de ellos fueron operados. Era una cirugía que estaba de moda, y a quien no le habían sacado las amígdalas parecía el miembro de un club de expulsados de un ignoto paraíso. “La operación no duele nada”, se jactaban sus amigos. “Además, después uno se come un montón de helados”. Quién sabe por qué, los médicos aconsejaban comer helados para combatir la inflamación. Había quién sentía dolor de amígdalas cuando ya no las tenía, como aquellos a quienes les han amputado una pierna y sienten dolor en una rodilla que ya no existe. Luego pasó la moda y los médicos dejaron de extraer amígdalas infantiles.

Diego salvó sus amígdalas porque don Roberto Cosenza era enemigo de las operaciones quirúrgicas. “En lo posible, uno se tiene que ir a la tumba entero. Además, los médicos no miran la hora de meterle cuchillo a sus pacientes, porque para eso estudiaron. Te extraen un órgano y te extraen toda la billetera. Al final, terminas jodido y agradecido”, sentenciaba. Y añadía la vieja frase de que los médicos son los únicos que entierran a sus errores. Sucedió, pues, que sus padres, en el afán de buscar a un especialista que lo curara de una vez por todas de las amígdalas, encontraron a un médico más famoso por poeta que por médico. El lírico doctor examinó a Diego de la misma forma que Castrillón, pero además le hizo muchas preguntas vagas, borrosas, soñolientas. Diego le habrá contado las pequeñas grandes desventuras que abruman a un niño. Lo cierto es que el poeta no le recetó una operación. Le recetó dosis masivas de Vitamina B, para fortalecer los nervios. Después de varios meses de tratamiento, los ataques de amigdalitis no volvieron. Se fueron para siempre. Y el laureado médico poeta ganó fama de milagroso en esa banda de descreídos que componía la familia Cosenza.

La infancia es una estancia poblada de terrores. Para contribuir a ese estado, los adultos les relatan cuentos de hadas que son cuentos de miedo destilado. Cuando Diego se iba a Itzapa a pasar una temporada, su tía abuela le contaba las leyendas del país, luego de que, a las nueve de la noche, se iba la luz en todo el pueblo. Iluminada por la lumbre de un quinqué, la tía le hablaba de la Llorona, de la Siguanaba, del Cadejo. La leyenda más truculenta era la de la Llorona: una mujer indígena, con tal de vivir con un español, mata a sus hijos. Cuando el español la deja, la mujer se mata y su alma vaga por los barrancos, o por las negras calles de los pueblos nocturnos, aullando su dolor. “Mientras más lejos se oye, más cerca está; mientras más cerca se oye, más lejos está”, decía la tía. Y como los coyotes rondaban las montañas de Itzapa, a Diego se le encogía el estómago oyendo los aullidos de los animales, que parecían lejanos.

Otra leyenda impresionante era la de la Siguanaba. Un hombre regresa, en la noche oscura y tarda, de su trabajo a su casa. O de la cantina a su casa. Lo más probable, de la cantina. De pronto, delante de él ve una mujer hermosísima, de largo pelo negro, seda azabache que relumbra a la luz de la luna. El hombre la sigue y ella lo conduce a las afueras del pueblo. Cuando están solos, el hombre está por alcanzarla. Entonces, la Siguanaba se da vuelta y le muestra al hombre un descomunal rostro de caballo. El hombre se espanta, el caballo ríe con todos los dientes: ¡es el demonio, que arrastra al hombre al infierno, culpable de desviarse del camino de su casa! Los miedos que Diego Cosenza pasaba en la noche infinita de Itzapa eran oscuros y fríos como la temperatura de montaña del lugar.

Diego no se perdía una gripe, cuando llegaba la época fría. También allí, doña Trinis lo mandaba guardar cama, rigurosamente, y cada cinco minutos asomaba la cara por entre las cortinas y le preguntaba: “¿Estás bien?” “¿Estás bien?” “¿Estás bien?”. Si se dormía, doña Trinis se acercaba sigilosamente para verificar si todavía respiraba, y con eso lo despertaba. Estar enfermo comportaba la desesperación de la enfermedad y la desesperación de estar vigilado permanentemente por su madre. Por la noche, le preparaban asquerosas cataplasmas medicinales de olor grisáceo y grumoso, le esparcían en el pecho una espesa materia nauseabunda con una paleta, como si fuera el turrón de un pastel, y luego, encima, un trapo de franela, y Diego sudaba y se embriagaba con la hedentina violeta de la medicina. Hubo una época en que doña Trinis lo hacía tragarse una cucharada de Vicks.

Tampoco se perdió las acostumbradas enfermedades infantiles. Había pocas vacunas obligatorias: la polio, la tuberculosis y la viruela. El resto de enfermedades había que tenerlas, opinaban los médicos, porque si daban en la edad adulta dejaban estériles. De esa forma, Diego ejerció el sarampión con rigurosas ronchitas rojas; ostentó la varicela, pero no se rascó, por lo que no le quedaron hoyos en la piel; se hinchó de paperas, y la cara se le abultó como si estuviera comiendo un caramelo enorme. Al final de esos períodos de enfermedades cíclicas, Diego estaba listo para entrar en la pubertad. Solo que, mientras la mayor parte de sus compañeros entraban en ese torbellino imperioso y atormentado como en una montaña rusa, Diego permanecía obstinadamente niño. Por eso, se quedó de piedra cuando, al confesarse, un cura le preguntó: “¿Ya has tenido poluciones nocturnas?” Diego le contestó que no sabía qué era eso. El perverso se lo explicó. Lo mismo, Diego no le entendió. Solo quedó confuso por el resto de la jornada.

El lugar del escritor

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Con la promoción a director de la revista del colegio, Diego suspendió la publicación de “Veneno”, su panfleto de chismes, porque ni modo que se iba a hacer la competencia a sí mismo. Cada mes, sus compañeros mandaban al periódico todo tipo de artículos, desde insípidas reflexiones presuntamente metafísicas hasta escolásticos relatos montaraces pasando por pretenciosas poesías fogosas, las más de amor, porque la edad era esa. También había algunos cuentos de Franz Galich, quien se convertiría en famoso escritor nacional; o los de ciencia ficción de Gonaz, que no se llamaba Gonaz, pero había optado por ese seudónimo y que sería luego analista político y embajador; y los de su amigo Turino, ahora un respetado y amado maestro de literatura. Por supuesto, no faltaba una ponderada, sobria y bien escrita meditación del Padre Cabañas y tampoco faltaba un cuento de Diego, que seguía ejercitándose en los finales truculentos y sorpresivos, según aprendía de lo que iba leyendo. Diego Cosenza admiraba sin limitaciones la prosa de Cabañas y Cabañas aprobaba con paternal condescendencia las ocurrencias de Diego.

Pierre Bonnard – Musée d’Orsay 1926

El periódico tenía publicidad, en general financiada por ex alumnos quienes, por esos engaños de la memoria para los tiempos pasados, guardaban buenos recuerdos de su paso por el colegio. Con el dinero de la publicidad y con el de las ventas, el “Ecos del Don Bosco” se autofinanciaba, porque Dios guarde pedir dinero al Director, era como sacar agua de las piedras. Además, era tan hábil que uno terminaba dando el óbolo que había ido a pedir. Quién sabe por qué, los religiosos vivían obsesionados por construir edificios o iglesias. De esa forma, la sede inicial, que era una larga barraca colgada sobre la colina de Santa Cecilia, se había trasladado a un edificio de tres pisos, en la cima del promontorio que dominaba la zona 8, construido gracias a contribuciones, rifas, loterías, limosnas, donaciones, legados y todo tipo de financiamiento con que algunos trataban de limpiar sus culpas a golpe de cheque o billete de beneficencia.

Lo duro del trabajo de escribir se le reveló cuando, cada fin de mes, tenía que recorrer la ciudad para cobrar la cuota de los anunciantes. Los panzones ex alumnos (antes, según las fotografías de cada promoción, desnutridos estudiantes) lo recibían cordiales y de prisa, y con disimulado mal humor soltaban el dinero. La mayor sorpresa se la dio el gerente de la Coca Cola, uno que ni ex alumno era, y que quién sabe por qué motivo anunciaba en una revistilla escolar. “Lo siento mucho, jovencito”, le dijo. “No te puedo pagar”. Diego no respondió del susto. “Te equivocaste en el color del logo”. ¿El color del logo? ¿Y la Coca Cola no es roja, pues? “No, mijo. El tono exacto de rojo no es el que sacó el periódico. El tono exacto es el que tienen las botellas”. Así aprendió Diego Cosenza una cuestión filosófica, fundamental para su existencia: el tono rojo de la Coca Cola es matiz especial, y si es más pálido, o más encendido, no es el de la bebida que desatasca las tuberías, que corroe las monedas más resistentes y que es causa de redonda y burbujeante obesidad. Tuvo que ir a la imprenta para que, en los números sucesivos, el rojo de la bebida gaseosa fuera del mortal matiz que la distinguía. Aprendió que también eso era parte del oficio de la literatura. Que para poder ejercitar su imaginación y publicar esos ejercicios era menester salir a la calle a ganarse la vida.

Otro duro aprendizaje que le regaló la dirección de la revista fue que la literatura provoca reacciones, y no todas favorables. Sucedió pues, que, en el aula, los estudiantes estaban distribuidos según la estatura. Los más pequeños adelante, los más grandes atrás. Y atrás de Diego había dos gañanes de singular tamaño, grandes futbolistas, grandes boxeadores, grandes bebedores y nulos estudiantes. Aparte de esa cualidad positiva, odiaban todo aquello que se pudiera parecer a la cultura o, peor aún, a las artes. De modo que la primera vez que salió un cuento de Diego en la revista, se dedicaron al deporte de burlarse de él. Uno de los dos leía una línea del cuento y el otro, como para burlarse, le sonaba un coscorrón en la cabeza. Luego de lo cual, se desgañitaban de la risa. Al final de la lectura, coscorroneado y humillado, Diego juraba que nunca iba a escribir un cuento en su miserable vida. Sólo que quince días más tarde estaba escribiendo otra vez, y publicando otra vez y recibiendo, otra vez, los golpes de sus cimarrones compañeros, que gozaban de su prepotencia y de su superioridad física. La tortura terminó por la obstinación de Diego en seguir publicando. Los rudos compañeros se cansaron del juego y lo dejaron en paz, para dedicarse a joder a algún otro, como los perros que se distraen con un hueso nuevo. Entonces Diego aprendió que la literatura era también obstinación. Recordaba (y recordaba mal) haber leído una frase de Emerson, o de Washington: “Cuando tengas la razón, no dudes”. Peligrosa frase, pero Diego no dudaba de su vocación literaria.

Peor le fue con los profesores. En uno de sus relatos, se le ocurrió convertirse en escritor comprometido y de denuncia. Era la época en que cundía la fiebre de coleccionar estampas para rellenar álbumes. Inventado para embaucar infantes, el coleccionismo se contagió a los adultos, y pronto los profesores estaban en competición e intercambio con sus alumnos con tal de completar primero su álbum de estampitas. Uno de sus maestros, en la calentura obsesiva de hallar las estampas que le faltaban, anunció en clase que si algún alumno lo ayudaba, le perdonaría uno de los numerosos castigos que propinaban todos los días. A Diego no se le ocurrió mejor cosa que incluir el episodio en uno de sus cuentos.

Al día siguiente de la publicación del cuento, el Toro Medina, profesor de Matemáticas con apariencia de cargador de bultos en el puerto, un pésimo profesor que hacía de la materia una de los más recónditos y retorcidos e inexplicables misterios del universo, se dio por aludido, aunque no practicara el mercadeo de estampitas. De pronto, sin que viniera al caso, su voz retumbó en el aula: “¡Yo no tengo necesidad de cambiar castigos por estampitas!”. Ante ese gancho al hígado, Diego sintió que se abría un agujero en el suelo y que allí iba a precipitar con pupitre y libros. “¡Yo tengo dinero suficiente como para comprar todos los álbumes que me dé la gana!”, tronó. “Aquí hay un mentiroso que acusa a sus profesores de ser deshonestos. Esos infundios se pagan”, amenazó. Diego percibió que su cara se estaba incendiando. No podía responder nada, porque el profe hablaba en general, a quien le venga el guante que se lo plante. Al mismo tiempo, sabía que hablaba de él, que una oscura e ignota amenaza, como una nube negra, estaba sobre su cabeza. “Pero dejémonos de esas bajezas disfrazadas de literatura” concluyó el Toro Medina.”Ya el futuro dirá”.

Y el futuro dijo. Ningún otro profesor fue tan explícito como el Toro Medina, que no se pudo reprimir. El resto se quedó mudo, algo frío respecto de Diego, pero sin dar señales de disgusto. La venganza llegó con los exámenes de medio año: aparte de las materias impartidas por los curas, que de las simoníacas estampitas nunca se ocuparon, Diego fue suspendido en todas las clases, con un resultado deplorable en Matemáticas. Desconcierto, desconsuelo, desolación. Y la seca observación de don Roberto Cosenza el domingo que regresó de misa con las notas de medio año. No lo amonestó, no lo reprimió, no lo castigó. Simplemente le dijo: “hay que ser el primero en todo”.

Diego se quejó con el padre Cabañas, cuando le pasó la humillación y de esta pasó a la indignación. Cabañas escuchó la encendida queja de su protegido y luego le echó el sermón: “Has descubierto, Diego, la otra cara de la literatura. Lo que se escribe, se paga. Ahora sabes cuál es tu lugar: estar en contra. La literatura no esconde, descubre. Busca la verdad con la belleza. Y uno tiene que estar dispuesto a pagar lo que sea: con la cárcel, con el exilio, con la vida. El escritor que tiene miedo, ya no es escritor. El lugar del escritor está siempre en la oposición”.

El poeta que vino del frío

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El primer desaparecido fue un poeta que Diego Cosenza nunca conoció. Diego había leído las suntuosas, admirables y hermosas poesías de ese brumoso desconocido, quien por serlo, adquiría un halo mítico. Sabía, por las noticias de la contraportada de sus libros, que había estudiado en la Unión Soviética y que allí le habían editado un poemario de dos millones de ejemplares. (“¡Dos millones!”, se admiró Diego).

Los desaparecidos de Laurel Reuter

Por esa época, Diego había sido nombrado director de la revista del colegio. Con una movida astuta, el padre Cabañas lo puso al frente de la publicación mensual y de sus trabajos. En esas estaba cuando desapareció el poeta que admiraba. También el padre Cabañas lo admiraba, aunque con recelo, porque lo consideraba un rojillo. El padre Cabañas era un honesto anticomunista. Sin embargo, su gusto por la poesía era superior a su ideología, y por eso comentaba con favor las obras del poeta desaparecido. Antes que desapareciera, el poeta había regresado a Guatemala y probablemente influido por su glacial experiencia soviética, se había entregado a gigantescas inmersiones en bebidas alcohólicas, ya no el helado vodka sino el cálido aguardiente nacional llamado “guaro”. Y cuando bebía, olvidaba que estaba en el país y no en Moscú, por lo que se ponía a gritar “¡Viva la libertad!” “¡Viva el comunismo!”, esas cosas que gritan los borrachos, poetas o no, de todo el mundo, pero que bajo la dictadura militar equivalían a una sentencia de muerte.

Y he aquí cómo desapareció el poeta venido del frío. Lo invitaron a dar un recital en un país vecino, tan vecino que de capital a capital bastaban tres horas de automóvil. Los autobuses, por más que corrieran, se tardaban cuatro, y una hora se iba en pasar la frontera, en donde los aburridos y zaparrastrosos funcionarios de migración examinaban los absurdos documentos de los viajeros, que aprovechaban la pausa para tomar un café, una cerveza, tortillas con frijoles o salsa y cosa imprescindible y de impostergable rigor, ir al baño. Luego volvían a subir al autobús y se dormían. En el viaje de regreso, el poeta bajó del autobús, y a mitad del puente de frontera se desvaneció como un fantasma. Nadie lo vio entrar a la oficina de migración. Ni el chofer ni los pasajeros quisieron preguntar qué había pasado con el pasajero que se había esfumado, porque los militares no admitían preguntas, solo respuestas. Nadie lo podía saber en ese momento, pero fue el primero de decenas de miles que la dictadura militar hizo desaparecer como si fueran de niebla, como si nunca hubieran existido.

Quiso el destino que los padres del poeta, don Osmundo y doña Engracia, fueran paisanos de don Roberto Cosenza. Así que a los veinte días de la desaparición, tocaron la puerta de la casa, en busca de ayuda. Eran dos gentes humildes, de un pueblo perdido del sur, morenos y descoloridos como todos los de la costa, cuya tez parece la de eternos enfermos de malaria o de paludismo crónico. Taciturnos y cohibidos, le explicaron a don Roberto el motivo de su visita. “Robertío”, le dijeron “como eras el secretario municipal del pueblo, sos el más leído que conocemos. Necesitamos que nos ayudés a redactar una carta al Presidente de la República, para que encuentre a nuestro hijo”. Sin pensar en dictaduras o represiones, don Roberto Cosenza se sentó frente a la máquina y comenzó: “Los infrascritos….”, una oficinista carta angustiada, implorante e inútil, como se iba a demostrar con el tiempo.

El Presidente ni les contestó, así que bajaron sus aspiraciones al Ministro de la Defensa. Al otro domingo estaban allí, de nuevo. Y de nuevo don Roberto: “Los infrascritos…” que no recibieron respuesta alguna. Después de escribir el memorial, los dos señores pasaban a la mesa del comedor y acompañaban a la familia en la merienda del domingo. Con su presencia, hacían de ese ritual doméstico una celebración casi funeraria, como si el aire estuviera poblado de desconcierto y de tristeza, de preguntas sin contestar, de esperanzas descoloridas.

Volvían cada quince días, siempre juntos, cada vez más disminuidos, como si estuvieran bebiendo, a pequeñas dosis, algún curaro que los encogiera, como encogida tenían el alma. “Escribamos otro memorial, Robertío”, le decían a don Roberto, que ellos trataban con la superioridad familiar de la gente mayor hacia la más joven. “Vamos a marear al ministro con nuestros memoriales”. Y don Roberto escribía: “Los infrascritos…” Luego, pan y café más tristes que una tarde de lluvia en el nuboso altiplano de las melancólicas tierras frías.

Un día, don Osmundo y doña Engracia comprendieron que el Ministro de la Defensa nunca les iba a contestar. Entonces se presentaron a una recepción ofrecida al cuerpo diplomático por el engalonado militar, una de esas fiestas estiradas en las que todo el mundo parece haber asistido cargando el pesado desgano de quien no ve las horas de quitarse un apretado traje que lo está ahorcando. Con gran disimulo, quizá confundidos entre los camareros que llevaban en equilibrio los vasos de whisky o de cuba libre, los azafates de entremeses y tostadas con salsa, los padres del poeta desaparecido atravesaron la sala hasta plantarse enfrente del ministro. “¡Señor Ministro!”, dijo don Osmundo con la fuerza y la desesperación de la desgracia. “¡Por favor, por el amor de Dios, díganos dónde está preso nuestro hijo!” Revuelo, murmuración diplomática, escándalo de etiqueta. A una seña del Ministro, cuatro camareros que eran cuatro soldados levantaron en vilo a los dos viejos y los pusieron en la calle. Sin embargo, su desplante tuvo efecto. El Ministro los mandó a traer en un jeep militar, los recibió en su despacho y les gritó: “¡Viejos brutos, cuándo van a entender que su hijo está muerto, bien muerto y que no va a aparecer nunca!”

El domingo siguiente, don Osmundo y doña Engracia tocaban a la puerta de los Cosenza. “Nos dijo que está muerto. Pero nosotros no le creemos. Preso lo han de tener, ¿no cree? Robertío, ¿le escribimos otro memorial?”. Don Roberto no tuvo corazón para decirles que no. De alguna manera supo que no aceptamos que un ser querido esté muerto hasta que no lo vemos con nuestros ojos, tendido como el tronco seco de un árbol derribado, enjutado, sin savia, sin color, con las hojas marchitas amarillentas que cuelgan desconsoladas y definitivas. A pesar de que doña Trinis ya le había advertido que estaba poniendo en peligro a toda la familia, con su habitual paciencia y tranquilidad cogió una hoja de papel en blanco, la metió en la máquina de escribir, se sentó y comenzó a redactar: “Los infrascritos….”

Un primero de enero

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El primero de enero de 1959 no hubo periódicos ni quién los escribiera pues reporteros y redactores andaban en la angustiosa búsqueda de anular la resaca de la noche anterior, si no es que seguían la parranda, sin parar mientes en esas quimeras universales que son las noticias. Don Roberto Cosenza se reía: “Noticia es lo que sale en los periódicos”, decía. “Si no hay periódicos, no hay noticias. Es como si no hubiera pasado nada. Como si el mundo se hubiera acabado de repente”. Tampoco había noticieros de radio, por el mismo embriagante motivo pachanguero de festejar la llegada del año nuevo, bueno o malo que fuera, lo importante era festejar.

Don Roberto Cosenza desde el 31 de diciembre ni se había asomado al periódico ni pensaba hacerlo hasta el 2 de enero, cuando todo el mundo despertaba del letargo y comenzaba a trabajar con imperio, abrían las bullangueras escuelas, se levantaban las ruidosas persianas metálicas de las tiendas, comenzaban a disparar chorros de humo negro los estruendosos autobuses del servicio público, y se dejaba a las espaldas el fiestón de Año Nuevo para empezar, quien con hedonista desgano cósmico y universal, quien con apolíneo entusiasmo renovado por las imposibles falsas promesas dichas por vino o por sentimentalismo, quien con el ejemplar estoicismo de quien sabe que una cosa son las fiestas y otra las ilusiones. Después de una celebración, lo que queda es la basura esparcida por el suelo, y lo peor es que hay que recogerla.

La noche del 31 de diciembre de 1958, todos en el barrio se sentían buenos o con una cierta inclinación a la bondad, motivada también por los saludables maracanazos que habían comenzado a dispensarse, con ejemplar disciplina, desde el mediodía. Ya a eso de las ocho de la noche las mesas estaban puestas, y todos comenzaban a partir las nueces californianas a martillazos, a zapatazos, apretadas en la mano los más mañosos, con un golpe seco en la extremidad superior los mundanos, tirándolas contra el inútil suelo los niños, con cascanueces los más pudientes, que usaban ese aparato una vez al año para lujo y desatinada ostentación. También había uvas rojas del mismo origen, y grandes cacahuetes que se comían uno detrás de otro como una obsesión compulsiva, y nueces del Brasil, en espera de que llegara la medianoche y todo el mundo se abrazara y bailara con la música que estaba de moda. Quizá por esas fechas se cantaba un ritmo tropical que se volvió el estribillo de los futuros años nuevos:

Yo no olvido al año viejo

Que me ha dejado cosas muy buenas

Ay yo no olvido al año viejo

Porque me ha dejado cosas muy buenas

Me dejo una chiva

Una burra negra

Una yegua blanca

Y una buena suegra

Apenas sonaron las doce, todos salieron a la puerta de casa y quemaron la mayor variedad de cohetes y petardos que su bolsillo podía permitir. Diego Cosenza era el encargado de encender la mecha de la ametralladora de dos metros que su padre había comprado, mientras sus hermanas se tapaban los oídos, entre espantadas e hipnotizadas. El cielo de la ciudad era surcado por fuegos de artificio, sonaban estruendosos morteros, los canchinflines eran serpientes que salían disparadas como víboras esquizofrénicas, y nadie se aventuraba a usar el automóvil a esa hora, no fuera a ser que terminara incendiado en medio de la cohetería irrefrenable de la medianoche. Una niebla asquerosamente gris y densa iba saturando toda la atmósfera y el olor a pólvora era más fuerte que el frío de esos meses invernales.

Los vecinos, ya que estaban en la calle, pasaban de casa en casa a abrazar a todos, y uno terminaba abrazándose con los que le caían como piedra, era todo un querámonos ahora que mañana no sabemos, don Roberto Cosenza se quedaba en su casa, no salía, recibía hierático los abrazos de los compadres y las comadres instantáneas de esa madrugada del primero de enero de 1959, abrazos demasiado estrechos para su gusto, con el aliento alcohólico que habría eliminado todas las moscas a cien kilómetros a la redonda, y ojo al vecino coronel que no saliera a festejar disparando al aire como a veces solía. La señora de enfrente, notoria amante de un finquero y por tanto calificada con adjetivos bastantes sustantivos, atravesaba la calle y también se abrazaba con sus vecinos, quienes, bondadosos, por ser el año nuevo de 1959 le absolvían todos sus pecados presentes y futuros, sobre todo los futuros, porque vaya que era escandaloso el finquero cuando llegaba de visita rigurosamente entre semana. Los miembros de la pandilla oficial del barrio se divertían echando cohetillos en las ventanas abiertas, y salían corriendo muertos de la risa mientras los vecinos les mentaban la madre, a quien acababan de abrazar con afecto.

Terminado el ritual de los cohetes y los abrazos, comenzó la cena, donde los tamales eran obligatorios aunque ya iniciaba a infiltrarse la imitación de los gringos que imponía el pavo relleno con manzanas de linaje anglosajón. También la música iba cambiando, y del ritmo tropical se pasaba al bolero tristón y lacrimoso: “Diciembre me gustó pa’ que te fueras…” y los niños iban cayendo dormidos como si les hubieran dado un palmetazo con el matamoscas, mientras los mayores seguían más despiertos que nunca, cantando destemplados, nostálgicos y esperanzados, a gritos, a voz en cuello, como si estuvieran invocando la buena suerte que les había faltado el año pasado, y el pasado, y el antepasado. ¡Comenzaba el año 1959, cada día era nuevo era como si esa novedad se contagiara a todos, como si todos no fueran los mismos, sino se hubieran convertido también ellos, como el año, en cosa nueva y por estrenar!

El primero de enero de 1959, Diego Cosenza se levantó tarde, a las once de la mañana, único día del año en que su madre les permitía quedarse pegados a las sábanas más allá de las ocho y media. Lo despertaron las campanas de la iglesia que llamaban a la misa de doce. Sintió la pegajosidad del desvelo y el hambre destemplada del que duerme mal. A lo lejos, se oían las ametralladoras de los que se habían levantado temprano para celebrar. Sus hermanas vagaban por las casa con el pelo alborotado, con la desidia del que sabe que habita un día vacío, un día que no es día, ¿qué es el primero del año si no un día tirado a la basura, cuando uno no hace nada, no quiere hacer nada, no debe hacer nada?

“Vengan a tomar café”, ordenó doña Trinis a la pequeña tropa desganada. “Sobró pan de huevo y también pastel”. Solo entonces Diego se dio cuenta de que su padre, don Roberto Cosenza, no estaba en la casa. “¿Y mi papá?” preguntó algo inquieto a doña Trinis. “Lo llamaron de emergencia del periódico. Debe haber pasado algo. Como que están haciendo una edición extraordinaria”, anunció doña Trinis, quien, con fatiga, trataba de poner orden en el caos que las fiestas de año nuevo habían provocado.

Hacia las cuatro de la tarde del primero de enero de 1959, don Roberto Cosenza regresó a su casa, cansado, excitado y algo borracho, pues también en el periódico había whisky. “Fidel Castro y sus barbudos entraron en La Habana hoy”, anunció a su perpleja prole. “Cayó Batista y triunfó la revolución”. Había estado trabajando en una edición extraordinaria del periódico que estaba por salir esa tarde. “¿Qué es la revolución?”, preguntó Diego a su padre. Don Roberto dio un mordisco victorioso a una manzana color bordeaux. No quiso o no pudo responder. “La libertad no es cosa que se regale. Los pueblos la conquistan con las armas en la mano, si es necesario”, sentenció, y añadió uno de sus refranes favoritos: “La fuerza de los malos está en la cobardía de los buenos” . En algo acertaba y en algo se equivocaba, pero ya no le hicieron caso porque doña Trinis estaba sirviendo el ponche de frutas.

 

Tamales incendiarios

La vehemente Doña Trinis le pegó fuego a la casa por su pantagruélica afición a los apacibles tamales. En esa época, doña Trinis cocinaba las comidas importantes en la parte de atrás, en una estufa de leña que, curiosamente, no tenía chimenea. Por eso, el humo llenaba el ambiente con una niebla gris y había ennegrecido las paredes y el techo, que era de machihembre. También la cocinera salía ahumada, por lo que doña Trinis prefería usar la gran estufa enladrillada solo para las grandes ocasiones, y para la vida diaria, en cambio, utilizaba una modesta estufa de kerosene.

Hacer los tamales para Navidad era una magna empresa que llevaba varios días y que requería un riguroso y largo proceso de ingeniería culinaria. Comprar la masa en el molino de nixtamal; mezclarla con pequeñas dosis de cal y con blanca y generosa manteca de cerdo; comprar las hojas de plátano, inmensas y profundamente olorosas a una primordial oscuridad de umbrosa selva verde, y también el humilde cibaque, que era el lazo vegetal para amarrarlos. Luego venía la preparación: horas y horas de pausada y gorgoritante ebullición en el perol de tiempos pasados.

Esas horas y horas fueron fatales para la familia Cosenza. Doña Trinis terminó al crepúsculo la preparación de los tamales y puso el perol en la estufa como a las seis de la tarde. El agua hervía a borbotones volcánicos gracias a los gruesos trozos de leña que habían prendido vigorosamente. La familia cenó, vio televisión y se fue a acostar envuelta como un tamal en el cálido olor vegetal del cocimiento que prometía lentamente ese inefable placer de maíz cocido.

Lo que doña Trinis no advirtió fue que de la cocina se desprendían pequeñas chispas, mosquitos de luz que se iban volando en el ambiente, y que algunas de esas chispitas se quedaban pegadas en el machihembre. Poco a poco, más y más chispitas se pegaron al techo y de pronto, la madera comenzó a convertirse en un carbón encendido. Como a las cuatro de la mañana, un fuerte olor a quemado despertó a doña Trinis. “Se me están chamuscando los tamales”, pensó, y salió corriendo hacia la cocina. Para su sorpresa, los tamales estaban intactos y el perol reburbujeante de agua hirviente. Todo parecía normal. “Pero si huele a quemado, no puede ser”. Con una gran paleta removió los tamales del fondo y vio que estaban intactos. De pronto, una chispita explotó como un instantáneo fuego artificial delante de sus ojos y entonces elevó su vista al techo. Mitad de la madera relumbraba como esos paisajes nocturnos en donde se ven solo las luces de las casas a la orilla de alguna playa. Y el mar negro era toda la madera que ya se había quemado. “¡Roberto!”, entró gritando al dormitorio, “¡se está quemando la casa!”.

Mientras don Roberto Cosenza llamaba a los bomberos, doña Trinis fue a levantar a sus hijos: “¡Levántense y vístanse, que ahí vienen los bomberos!” los sacudió de un sueño profundo y legañoso. En pocos minutos la cuadra se atiborró del estruendo de las sirenas y de la campanilla del camión de los bomberos, que llegaban haciendo escándalo por gusto, pues las calles estaban vacías a esa hora. Entraron y tomaron posesión de la casa. Treparon al techo de lámina, como los arrojados asaltantes medievales tomaban un castillo enemigo, armados de hachas y mangueras, y comenzaron a destrozar toda la la cocina y a inundar el resto con potentes chorros de agua. Menos mal que se había incendiado solo esa parte, porque los bomberos la pulverizaron sin misericordia. Como a las ocho de la mañana, una multitud de vecinos aplaudió a los heroicos uniformados que salieron a anunciar a la masa de desocupados que el incendio estaba extinguido y que la familia estaba a salvo.

Mientras tanto, doña Trinis había preparado en la cocina de kerosén una olla de café y había mandado a Diego a comprar una canasta de pan. Así que los bomberos pudieron desayunar con gusto y, con el mismo furor con que habían acabado con la cocina, acabaron con el café y con los panes recién salidos del horno que los Cosenza les ofrecieron en pago de sus servicios. Naturalmente, los tamales se salvaron, pues antes de que llegara la horda bárbara de destructores, doña Trinis había puesto a salvo la olla de su plato favorito, que llegó intacto para las fiestas de Navidad.

La estufa de ladrillo se volvió inútil después del incendio: los Cosenza se quedaron literalmente quemados por esa experiencia. De allí en adelante, los tamales se hicieron, con grandes esfuerzos, en la estufa de querosén. Más adelante, cuando algo de prosperidad llegó a la familia, don Roberto compró una monumental estufa eléctrica de doscientos vatios. Fue la época efímera en que lo nombraron Jefe de Redacción del periódico. No solo aumentó el sueldo. Para Navidad, llegaron abundantes canastas navideñas con todo tipo de chucherías, mandadas por publicistas y por la fauna de hombres públicos que medraban del Estado.

Duró poco. El inflexible don Roberto se dedicó a impedir que sus reporteros recibieran dinero a cambio de noticias favorables a políticos o empresarios. “Entienda, Robertío”, le decía el director del periódico. “Esa es la práctica desde que existe la prensa. No hay periodismo sin fafa”. “Fafa” era el nombre de esos milagrosos fajos de billetes detergentes con los que los hombres públicos limpiaban su imagen. “Una cosa son los ideales y otra es la realidad”, insistía el director. “Mire que si usted sigue con esa política de periodismo honrado nos van a cortar los anunciantes”. Nada que hacer: don Roberto Cosenza entendía que el periodismo era la persecución de la verdad y su divulgación sin censuras. Sus jefes y sus subalternos lo miraban actuar con una mezcla de burla, asombro y miedo.

En eso llegó Navidad y llegaron las canastas de regalos a la casa de los Cosenza. Ese año, con el salario duplicado por el nuevo puesto, don Roberto se permitió regalos costosos para sus hijos y esa abundancia los hizo sentir, por primera vez, que la Navidad podía ser una época de deliciosa felicidad material.

Nada en contra de la espiritualidad, el ambiente de paz, la bondad esparcida a los cuatro vientos gracias al nacimiento del niño Jesús en el pesebre, escoltado por la Virgen y San José, bajo el aliento humeante del buey y la vaca, cerca de un espejito que simulaba un lago. Nada en contra de las canciones gringas que no se entendían, pero que algo decían de júbilo, de nieve y de serenidad (en eso llegó José Feliciano y todo fue claro). Nada en contra de la misa del gallo, a la que los Cosenza no iban a pesar de tener la iglesia enfrente. Pero lo mejor de la navidad eran los regalos grandes y abundantes, y las comidas estrepitosas con exóticas nueces, uvas y manzanas de California.

Al año siguiente, gracias a su política de honradez cabal como el hilo de la plomada, a don Roberto lo trasladaron de la poderosa jefatura de redacción del periódico a la interesante, distinguida y honrosa “Sección de Investigaciones Económicas”, con mayor currículo y menos sueldo, y sobre todo, sin contacto alguno con los anunciantes y los políticos, que pudieron seguir pagando las alegres fafas al sucesor de don Roberto y a los otros periodistas, con un suspiro de alivio por el orden restablecido. Se acabaron las canastas navideñas. Y la familia Cosenza regresó a la honrada pobreza a la que estaban acostumbrados.

 

Cuentos y lecturas

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“Diego”, le dijo el temible Padre Director, un italiano rubicundo que poco se correspondía con la colorida imagen de los italianos que propagaban los dibujos animados de la televisión. “Diego, te quiero hablar”. Al principio, la pobre televisión del país no tenía dinero para comprar cartoons contemporáneos, así que pasaban añejas caricaturas de los años ’40 o, si mucho, de los años ’50. Eran todas en blanco y negro y sus movimientos eran bruscos y saltones, con dibujos torpes y elementares. Nada que ver con los lujosos largometrajes de Walt Disney que pasaban en el cine, donde los amelcochados personajes se movían con naturalidad aunque la pálida Blancanieves se pareciera mortalmente a la rubia Cenicienta y los príncipes carilindos fueran iguales al apretado y modoso Peter Pan. Sólo años más tarde, aparecieron “Los Picapiedras”, “El oso Yogui” y otras caricaturas de la Hanna-Barbera, que amenazaron, con cómica seriedad, opacar la fama del odioso Pato Donald y del petulante Mickey Mouse. Diego hubiera querido ser parte del equipo de caricaturistas de alguna empresa de dibujantes, pero no había en el país nada que se le pareciera. Se tuvo que conformar con un manual de cómics que le regalaron sus padres durante unas navidades, y de allí en adelante se ejercitó con esas pocas nociones. El Padre Director no parecía italiano, al menos, no como los que salían en las caricaturas de la tele, en donde siempre estaban disfrazados de gondoleros venecianos con un pañuelo en el pescuezo y un sombrerito de paja, cantando O sole mio y haciéndole los ojos de miel a la ratoncita de turno, quien parpadeaba ruidosamente para dar a entender que correspondía a los lujuriosos sentimientos del libidinoso remador. El Padre Director más parecía un manager gringo, con sus modos directos, su pragmatismo impecable y su sequedad calvinista.

“Diego”, le dijo. “Te quería hacer una pregunta”. Ya para ese entonces, Diego había publicado varios cuentos en el periódico del Colegio y se había hecho la fama de escritor, al menos en el vasto universo de los corredores, el patio y las aulas del Colegio Don Bosco. El periódico se llamaba, por ventura, “Ecos del Don Bosco”, y, por desventura, los rivales del Liceo Guatemala, en mano a los maristas, pronto rebautizaron a la publicación mensual como “Huecos del Don Bosco”, a sabiendas de que en Guatemala se le llama “hueco”, por vulgaridad, bastedad y brusquedad, a todo aquel que dé muestras de afeminamiento, homosexualidad o, dicho en los impropios términos políticamente incorrectos que en esos tiempos se usaban, declarada y manifiesta mariconería. Allí aprendió Diego, para siempre, que cuando se escoge el título de un cuento, una novela, un libro de poesía o una obra de teatro, hay que ser cuidadoso al extremo, pues los otros escritores están siempre al acecho para desprestigiar la obra con una chuscada derivada de ese título. En algún lugar, Borges se burla del monumental Pérez Galdós, a quien se le ocurrió, en mala hora, bautizar una novela con el gatuno título de “Miau”. “Fijate vos”, le dice a Bioy Casares, “acaban de publicar una novela de Pérez Galdós, con una faja publicitaria que dice: «Por el autor de Miau». Quién la va a comprar”. Se podría escribir la historia de la literatura con la burla de los títulos de cada obra famosa.

Culpa de la actividad literaria de Diego la había tenido el padre Cabañas, quien, después del cuento del niño que se quiebra el pie porque sueña que está jugando fútbol, lo había llenado de alabanzas por su vocación y había echado leña al fuego pasándole libros que, a su vez, Cabañas descubría gracias a sus profesores en la Facultad de Humanidades. Diego pasó, entonces, de los libros de aventuras a los arduos libros de la literatura latinoamericana, que Cabañas le prestaba con generosidad. Antes, Diego había agotado la biblioteca del colegio, en donde abundaban algunas novelitas españolas de pura y dura propaganda anticomunista. Eran bodrios muy bien escritos, historias de persecuciones y espionajes, aventuras en una imaginaria y feroz Rusia soviética en donde los comisarios políticos vestían gruesos abrigos y se calzaban en la cabeza enormes colbacs, llevaban un revólver en la cintura y sometían a suplicio a los jóvenes que buscaban la libertad y la justicia. Con tal de leer algo, Diego se tragaba esa avalancha de propaganda que venía de la España de Franco, y lamentaba la triste suerte de los jóvenes católicos que terminaban en la cárcel o en los gulags con la nieve hasta las orejas. A veces, escapaban al Occidente, en donde hallaban la felicidad para siempre, en los amorosos brazos del buen capitalismo.

Cabañas lo sacó de ese pantano y le pasó El llano en llamas, de Juan Rulfo. Diego lo leyó dos veces para convencerse de que era verdad esa fulgurante prosa, esas sentencias breves y exactas, esos cuentos perfectos y redondos. También tuvo, por primera vez de muchas veces, el deseo de abandonar la literatura. Si había alguien que escribía así, ¿para qué meterse en camisa de once mil varas con sus balbuceos literarios? El padre Cabañas se reía y le decía que todos comenzaban como él, como Diego, tambaleando en los primeros pasos, pero que nadie podría saber a dónde se podía llegar. De esa forma, leyó el adusto Pedro Páramo, y pasó luego a las complicaciones memoriales de La muerte de Artemio Cruz, admiró la arquitectura barroca de El reino de este mundo, se dejó seducir por la seca y amarga ternura de El coronel no tiene quién le escriba.

La lectura de esos autores le daban un sentimiento contradictorio: la cabal humildad de saber que sus modestos cuentos no llegaban a tanto, y la impúdica soberbia de seguir escribiendo para alcanzar esa perfección. Además, su éxito colegial continuaba. Publicó un cuento, llamado “La estampita”, en donde un imaginado alumno del colegio se dedica a la pasión que en ese entonces gobernaba a todos sus compañeros: llenar un álbum de estampitas. Era una pasión absurda que explotaba la obsesiva manía de coleccionismo que todos llevamos dentro. Inspirado en el desaforado mercado que las ilustraciones provocaban, Diego imaginó una trama muy simple: un niño está a punto de llenar su álbum, le falta una estampita, la consigue, ésta se le escapa de las manos y por alcanzarla, se expone más de la cuenta y se cae del segundo nivel y se mata. Ejercía, sin darse cuenta, la simplonería de los autores que, no sabiendo cómo terminar un cuento, matan al personaje. La consecuencia de ese cuento fue que algunos creyeron que había sucedido de verdad, y de pronto, ya todo el colegio estaba convencido de que un niño se había matado cayendo del segundo piso por querer capturar una estampita. Y, claro, el rumor llegó a las oficinas de la dirección.

Para Diego, la literatura era una isla en donde se refugiaba con frecuencia. La casa en donde vivían era un alborotado desorden en movimiento, con sus hermanas que discutían, se reían, se contaban chistes, veían televisión, consentían al benjamín de la familia, se peleaban y pasaban corriendo por el corredor una en persecución de la otra, y Diego, frente a la máquina de escribir, creaba un mundo todo suyo, sordo a lo que le rodeaba, simulando, con sus muecas, las caras de sus personajes, hablando en voz alta los diálogos para oír cómo sonaban, veía delante de sus ojos lo que estaba contando y trataba de escribirlo con los diez dedos de la mano, a veces tiraba una hoja completa al basurero y regresaba al principio, en un autismo completo y absorbente que Doña Trinis, temerosa de que su hijo se hubiera vuelto loco, había tardado mucho en comprender.

Doña Trinis ejercía un control total de la casa, de lo que hacía cada uno de sus habitantes y, si podía, de lo que pensaba cada uno de sus habitantes. Lo lograba, sin duda, con don Roberto Cosenza, a quien exasperaba con sus interrogatorios al punto que don Roberto se levantaba de la mesa y se largaba, dejando la comida a medias, mientras doña Trinis corría tras él para calmarlo y hacerlo regresar, cosa que puntualmente lograba. Sabía lo que sus hijos hacían, minuto por minuto, quiénes eran sus amigos y con quién hablaban por teléfono. Y lo que no sabía, lo preguntaba con imperio, de modo que no había excusa para no responder. Al único territorio al que doña Trinis nunca llegó fue al de los cuentos y fantasías de Diego Cosenza. Quizá le complacía que su hijo, en lugar de alguna depravación recóndita, se aislara del mundo frente a la máquina de escribir. Por suerte, nunca se le ocurrió pedirle a Diego que le leyera sus cuentos antes de publicarlos, porque seguramente allí habría terminado la afición de Diego por la escritura.

“Diego”, le dijo el Padre Director mirándolo a los ojos. “Quiero que me digas la verdad. ¿Eres tú el que escribe los cuentos o es tu padre el que los escribe y tú solo pones la firma?”. Esa duda del Padre Director fue, para Diego, una suerte de consagración literaria. “No, padre, los escribo yo”. El padre lo miró con sus ojillos negros de acerina: “¿Me lo juras?”. “Sí, padre, se lo juro”. “¿Por María Auxiliadora?” “Por María Auxiliadora”. Entonces era cierto. Entonces sus cuentos podían ser confundidos con los de una persona mayor. Entonces iba por buen camino, quizá iba a ser escritor, salió Diego casi cantando de la oficina del cura.