Diego y la política

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Cuando llegó a Florencia, Diego no ignoraba que allí vivía una de las más notables opositoras políticas a la dictadura militar. Desde el exilio, esa mujer organizaba las relaciones internacionales de una de las más combativas organizaciones revolucionarias, cuyo nombre se desvaneció cuando se firmaron los acuerdos de paz. Sin embargo, en esa época, la organización y su representante italiana gozaban de gran prestigio. Diego estaba tan atareado buscando trabajo que no se le ocurrió saludarla, a pesar de que alguien le había dado su dirección y teléfono cuando supo que se iba a Italia. Un día, quizá antes de ir a Venecia a cargarle las bolsas del supermercado a la esposa de Straccabuzza, o quizá después, le comentó a su amigo, mientras veían televisión casi acostados en los sofás de la casa. “¡Carajo!”, exclamó el amigo. “¿Y por qué no la has llamado!” “No lo sé, quizá la timidez”. “No seas pendejo, con las relaciones que tiene esa mujer, seguro que alguna chamba te encuentra”.

Stefano Ussi, «Niccolò Machiavelli nello studio», 1894

Diego recordó una torpeza cometida cuando acababa de llegar. Había ido a Roma para las cuestiones de la beca que nunca le dieron, cuando, caminando por el centro, en Trastevere, se dio de manos a boca con un inesperado amigo. El tipo se le había plantado delante y había exclamado: “¡Diego Cosenza!”, como quien ve a una esperada aparición inesperada. “¡Lo sabía que ibas a terminar en el exilio!”

Quien así le hablaba era un muchacho notablemente joven, a quien Diego había visto un par de veces en la Embajada de Italia en Guatemala, y de quien se decía que era el amante de la embajadora. Se habían encontrado en una chistosa ocasión cuando a Diego le encargaron presentar Il giardino dei Finzi Contini y Diego había publicado en el periódico que el fascismo era una doctrina “preterida”. Era una invitación demasiado golosa como para que el tipógrafo no se resbalara deliciosamente y, cambiando una letra, había convertido al fascismo en una doctrina ¨preferida”. Todos le tomaron el pelo, inclusive el joven cooperante sospechoso de enredos erótico-diplomáticos.

Y ahora lo tenía enfrente, con romanas exclamaciones de sorpresa y amistad, y preguntas sobre Guatemala, que el joven había abandonado y abandonando el país, también a su maduro amorío. Fueron a comer juntos y Diego le contó de su desesperada búsqueda.

El joven tenorio le sirvió en bandeja de plata una solución, que, con los años, Diego se habría arrepentido o quizá no de haber desechado. “Como sabes”, le dijo a Diego, que no lo sabia, “soy el hijo del subsecretario de Relaciones Exteriores”. Ahora el apellido del muchacho le sonó, por otros motivos. El padre era un socialdemocrático, quien a cada rato salía en los periódicos por motivo de marrullerías y escándalos que lo colocaban en la derecha. “Apunta su teléfono, pídele una cita y tendrás un trabajo asegurado”. Diego nunca llamó al político. La idea de tener un trabajo por recomendación de las altas esferas le parecía una inmoralidad. Y, con el tiempo, se arrepintió y no se arrepintió. Estaba orgulloso de ser fiel a sus valores; estaba, simultáneamente, avergonzado de no entender la cultura del país al que había llegado.

Además, para pedir la recomendación se habría tenido que colocar en la posición de exiliado. Y Diego consideraba que era un honor que no se había ganado. Para él, los exiliados políticos eran los luchadores contra las dictaduras, y, en el caso de Guatemala, los que habían militado en las organizaciones revolucionarias, o los heroicos dirigentes sindicales que se habían salvado de ser arrojados al mar desde un avión de la Fuerza Aérea. En ese momento, oponerse a la dictadura era un deber y probablemente habría sido también un deber ingresar a alguna organización revolucionaria. Diego no lo había hecho. No podía ostentar un título no ganado, sobre todo porque, en esa época, los exiliados políticos latinoamericanos recibían un trato favorable en Italia. Se les abrían las puertas de sindicatos, partidos, periódicos, y con frecuencia obtenían trabajo. Declararse exiliado político habría sido una impostura, algo así como robar.

En cambio, rendirle homenaje a una famosa representante de la oposición le parecía casi obligatorio. Con toda su timidez a cuestas, llamó al número de teléfono que le habían dado. Fue una extraña conversación. Diego se presentó, banal

– Me llamo Diego Cosenza -dijo.

– ¿El escritor? -respondió la voz, en español.

– Bueno, pues sí… -Diego, entre la sorpresa y el halago. ¡Su fama había cruzado el oceano!

– Sabía que andaba por aquí -la mujer, con voz divertida-. En Guatemala, todo se sabe.

– Así es. Llamaba para saludarla.

– Entonces venga a almorzar -lo que menos se esperaba.

– Ah, sí… ¿cuándo?

– Hoy, si quiere. Le doy mi dirección y nos comemos unos frijolitos.

Y de esa torpe forma culinaria, Diego fue, por unas horas, un escritor comprometido políticamente.

Cimabue en la cocina

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En la iglesia del Carmen, en Florencia, en el viejo corazón del Borgo San Frediano, menos prestigioso y más popular que los otros tres de la ciudad, se sostienen, adosados a las paredes de la helada construcción, unos frescos de intensa maravilla y perfección. Fueron pintados en una edad que todavía no era el Renacimiento, pero lo anticipaban. Su autor era Cimabue, sobrenombre de Cenni di Pepo, quien nació y vivió en la ciudad de Dante Alighieri en el año 1200 d.C. Se dice de él que rompió con la tradición medieval y que pasó de la rigidez bizantina a la humanización de las figuras. Quien admira el inagotable Cristo Crucificado de la iglesia de Santa Croce algo ve de bizantino y mucho de humano en la dolorosa inclinación de la cabeza de ese Cristo, entre dormido y sufriente. La leyenda quiere que Cimabue, paseando por la campiña toscana, haya encontrado a un pequeño pastor que dibujaba, y que ese pastor dibujase muy bien. También dice que enseñó a ese niño el arte de la pintura, y que al alumno superó al maestro. Ese niño era Giotto. Con el tiempo, en su tiempo, Giotto llegó a ser considerado mejor que Cimabue y esa fama se transmite hasta hoy.

Son cosas de coetáneos. Ahora, con el tiempo pasado, Cimabue es grande como es grande Giotto, y maestro y alumno no disputan jerarquía alguna. Las ligeras pinturas del robusto Cimabue conservan su encanto y el poder persuasivo del arte. Quizá la única diferencia entre los dos, conservada por la historia, es la leyenda de un Cimabue notablemente feo, y que, consciente de ello, nunca dibujó un autorretrato.

Hace unos días, circuló una noticia que se puede atribuir a los relatos maravillosos. Una señora francesa tenía, como adorno de cocina, un cuadrito de esos que todos conservamos, que no sabemos de dónde vienen (del cofre de la abuela, de un tío desembarazado, del sótano de cachivaches) pero que de alguna manera nos gustan y que adornan con la humildad de sus trazos antiguos el honesto calor del fuego familiar. Tal señora entró en dificultades económicas, no difíciles de suponer en estos tiempos difíciles, y decidió vender el pequeño cuadro. La intuición o el azar hicieron que no fuera al más cercano mercadillo de las pulgas, sino a un formal negocio de anticuariado de su ciudad.

Fue allí donde su aventura se volvió prodigiosa, una especie de cuento de las Mil y una noches, un genio que sale de una lámpara vieja cuando la frotamos con un trapo para limpiarla. El anticuario mandó a evaluar la pintura, los evaluadores se dieron cuenta de que tenían entre manos una manifestación del genio de la humanidad, y poco a poco, paso a paso, se identificó el breve cuadro de la cocina como una obra perdida de Cimabue. Ignoro los millones de dólares que la señora ganó en la subasta sucesiva al hallazgo.

Si yo fuera un filósofo barato, extraería una moraleja: “Guardas dentro de ti tesoros que no reconoces. Muestra lo mejor de tu persona a los demás y ellos verán la obra de arte”. Pero no soy de fácil filosofía, y no los deslumbraré con mis banalidades. Lo que quiero contar es mucho más modesto y más lineal. Se trata de mi última novela Réquiem por Teresa.

Por lo general, hablar de mis obras literarias me provoca ataques imbatibles de timidez. No soy el único. Me contaron de Ernesto Sábato que reaccionaba con un cierto énfasis y decía: “No tengo nada que decir de mi obra. Ella habla por sí misma, no necesita explicaciones. Y si necesita explicaciones, quiere decir que no ha sabido hablar”. Son tajantes modos de escurrir el bulto, de esconderse detrás de lo ya escrito, de devolver la pelota al interlocutor. Sin embargo, toda obra literaria tiene una historia, que no es la historia que se cuenta en ella. Es la historia de cómo se compuso, cómo vino a la luz, cómo la conocieron los demás y, sobre todo, de sus consecuencias en la vida del autor. Algunas obras han corrido el riesgo de no ser conocidas: dos, para ejemplo. La Recherche, de Marcel Proust, fue rechazada por André Gide, y no le bastó la vida al segundo para excusarse del error. Y todos sabemos que Kafka ordenó quemar sus manuscritos, y el buen amigo Max Brod fue mal amigo, pues no siguió la orden y publicó lo que debía haber incinerado.

Cito estos dos ejemplos no para compararme con ellos, aunque mi vanidad lo quisiera. Los cito solo para contar la historia de Réquiem por Teresa. Como la señora francesa en su cocina, tenía yo el manuscrito entre mis papeles viejos (todo escritor tiene un depósito de manuscritos inciertos e inseguros) y lo tenía en consideración como esa pintura de la cual sospechamos valor, pero no sabemos cuál y cuánto. No pensaba publicarlo por dejadez, por esa virtud mediterránea que es la extensa y azul desidia heredada de mis antepasados del mar Tirreno, o quizá de mis antepasados de las montañas de Chimaltenango, o quizá de mis antepasados de las duras tierras de Zamora. Necesitaba, como la pintura que ornamentaba esa cocina humeante, alguien que le diera su valor.

Hacía muchos años, Luis Eduardo Rivera, viejo compinche de aventuras y lecturas, me había instado a publicarla. No bastaron sus severas y amistosas palabras de encendida reconvención. También Pepe Mejía. Tampoco Pepe Mejía. Y se quedó allí, entre otros papeles que ahora reviso con curiosidad, no vaya a encontrarme con otro Cimabue inesperado. Quedóse la novela dormida y su autor, más aun.

Y en esas estaba, cuando recibí una llamada de Paco Ignacio Taibo II, con quien nos amistamos desde hace muchos años. Me preguntó si tenía una novela para publicar. Yo le dije que no. El año anterior, Paco había apreciado el buen humor de El abogado y la señora y creo que imaginaba algo así. Paco insistió. Entonces me acordé de Réquiem por Teresa, que yacía en su canasto de olvido. Le dije, “algo tengo”. Con su carácter decidido, Paco me conminó a enviarle el manuscrito. Temeroso de una respuesta demoledora, pues así como es buen amigo Paco es implacable con la calidad literaria, le envié el manuscrito. A los dos días me llamó con un entusiasmo contagioso. Recuerdo que me dijo: “¡Es un novelón!” Había sometido la novela a una prueba: la había hecho leer por su equipo de trabajo en el Fondo de Cultura Económica, y todos estaban convencidos del entusiasmo de Paco. También yo tenía mi Cimabue en la cocina.

La novela es breve, intensa, profunda. Es graciosa hasta la comicidad en algunas partes; y es trágica hasta el llanto, en otras. La releo y me sorprende con lastimados reflejos como esos inesperados destellos de sol  que uno ve en los espejos y que hieren la vista. Habla de una verdad de la vida y esa verdad es el dolor. Yo lo había aprendido en Schopenhauer y también lo había aprendido viviendo. Una cosa hay: es el dolor. Manejamos el relato de nuestra existencia de modo que pareciera una sucesión de episodios felices, pero mentimos. Detrás está el dolor. Otra cosa hay, y está en las antípodas: es el amor. El ser humano vive en equilibrio entre ambos: búsqueda, rechazo, mezcla, inmersión en profundidades desconocidas para huir y buscar uno y otro. Y eso misterioso hay en la novela Réquiem por Teresa. ¿La escribí yo? ¿En qué estado me encontraba para que, de mis manos, de mi mente, de mis entrañas saliera esa historia? No interesa saberlo.

Más interesante ha sido la reacción de los lectores. Una señora me reclamaba, en una presentación: “¿Se da cuenta de lo que escribió? ¿Estaba usted consciente de las consecuencias de su novela en los lectores?” La respuesta era: “No, señora. Nadie sabe lo que va a pasar con lo que escribe”. En cambio le mentí y le dije que sí. En cambio yo no sabía que a la mayor parte de lectores no les importa quién escribió la historia, sino les importa mucho la historia de Teresa, su trágico buscar un destino trazado desde que nació, porque les importa pensar en sí mismos, y, en efecto, terminan contándome sucesos que les han pasado a ellos, o a su familia, o a sus amigos, y quedan prendados de la novela porque habla de la vida, no habla de otra cosa, no de la historia, de la sociología, de la psicología, de las artes ni de intelectualidades varias. Habla de la vida. Como un amigo te confía un secreto y dice, tal es la vida. Como Italo Svevo dijo antes de su Conciencia de Zeno: “La vida: quiero decir, arte y dolor”.

(El domingo 1 de diciembre, en la FIL de Guadalajara, estaré presentando Réquiem por Teresa, en el Salón Elías Nandino, a las 20 horas, en buena conversación con María Fernanda Ampuero y Rocío Martínez. Para los que puedan y quieran, están invitados).

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Pintando bardas

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Cuando el profesor Straccabuzza se enteró de los sucesos que Diego Cosenza había pasado con su colega Cioni, se puso a reír a carcajadas. “¡Cosenza”, le dijo, mientras se agarraba la panza de la risa, “¡Cioni lo jodió!”.  Stracabuzza no desdeñaba las palabrotas españolas y las usaba con una cierta profusión. “Vamos a ver cómo lo ayudo a salir del paso, pero las cosas se le están poniendo color de hormiga”. Lo peor de todo es que el eminente lingüista había terminado ya su Diccionario de gestos latinoamericanos, por lo que tampoco había chamba por ese lado. Sin embargo, una última cosa quedaba por hacer. Cada cierto número de gestos requerían una ilustración, y a Straccabuzza todavía le restaban fondos del Consejo de Investigaciones como para pagar a alguno que sirviera de modelo en las sesiones fotográficas que ilustraran los gestos. “¿Sabe qué?”, le dijo Straccabuzza, “mi mujer, no obstante ser una india quechua, maneja muy bien la cámara fotográfica, y si usted sirve de modelo, pues le sacamos unas cuantas fotos y le pagamos por eso”. Diego pensó en su futuro arruinado por la inmortalidad que suponía salir en un libro haciendo gestos obscenos, pero, por otro lado, tenía necesidad… No lo pensó mucho. “Profesor Straccabuzza”, le respondió. “Usted sabe que soy tímido, pero ni modo, de algún lado tengo que sacar para vivir”.  Straccabuzza sentenció como un Paolo Coelho cualquiera: “¡La necesidad tiene cara de chucho con rabia, mi amigo!”.

Jean Michel Folon – Le rêve de pierre, 1970

Llamó a su mujer y le expuso la idea. La señora puso la cara torcida y solo dijo, “¡Ay, no! ¡Diego no!” “¿Y por qué no?” “¡Ay, no!”, repitió la señora. “Diego tiene una cara muy corriente, no sirve para la fotografía. Se necesita a alguien con personalidad.” De nuevo, Straccabuzza soltó una carcajada. “¡Qué mala suerte tiene, Diego! No le bastaba Cioni. ¡Ahora lo jodió la india quechua!”. Y de ese modo, Diego perdió la oportunidad de pasar a la historia como modelo del profesor Straccabuzza. Acababa de llegar a Florencia un peruano de buena familia, alto, blanco, de barbita cuidada y ojos castaños. Se llamaba Eugenio Grandet, y todos le tomaban el pelo por Balzac. El hombre era guapo y se reía, acostumbrado a las cultas tomaduras de pelo. “El modelo ideal sería Eugenio Grandet”, dijo la señora Straccabuzza, y Eugenio se ganó el puesto. Ahora, en las ediciones que restan del gran Diccionario de gestos, Grandet aparece para siempre, congelado en gestos. Quién sabe a qué llegó en su patria, tal vez a ministro, pero menos mal el libro circuló poco, pues no faltaría quien quisiera extorsionarlo.

El invierno estaba por comenzar. Los días se volvían grises y con las hojas de los árboles el ánimo de Diego Cosenza estaba cayendo aceleradamente por tierra. Y en estas estaba cuando sonó el teléfono en casa de su amigo y este le pasó la corneta a Diego. “¿Cosenza?”, había preguntado el siciliano. Lo llamó toda la vida por su apellido, jamás por nombre. Años después, si el teléfono sonaba y alguien preguntaba “¿Cosenza?”, Diego sabía sin dudas que era Straccabuzza. “¡Cosenza, tengo una buena noticia!”, casi gritó el siciliano. La buena noticia era que una institución internacional había sacado becas para latinoamericanos en Italia, y que Cosenza podría, con las buenas recomendaciones de Straccabuzza, ganar una de ellas. Y de nuevo peregrinó Diego a la casa de campo del eminente lingüista, quien, con generosidad, lo ayudó a compilar un formulario de solicitud de beca, con curriculum y todo. Mandaron la papelería a Roma y, en un gesto que aparecía en el Diccionario, cruzaron los deditos para que la beca saliera. “No se preocupe, amigo Cosenza”, le aseguró Straccabuzza. Con los contactos que tengo en Roma, esa beca es pan comido”.

Mientras tanto, los días pasaban y los pocos ahorros de Diego se agotaban. Aplicaba a todos los puestos que salían anunciados en los periódicos o en los anuncios de la Universidad, pero sabía que sin una carta de recomendación formidable, nada iba a conseguir. Se atrevió a llamar a Straccabuzza, para preguntarle si no tenía algún trabajito, por humilde que fuera. Al profesor solo se le ocurrió uno: “No se vaya a ofender, Cosenza, pero la barda del jardín necesita una mano de pintura”. Diego no se ofendió, vio esa pintada como una de las tantas formas de la salvación. “Esperemos a que haga un mejor tiempo, y así se gana un dinerito pintando la barda”.

Pasaron un par de semanas. Ninguna noticia de la beca. Ninguna noticia de nada, ni siquiera de la barda. Mientras tanto, sus amigos comenzaban a cansarse de tenerlo en casa, pues la oferta de hospedaje no había ido para siempre. “Oye”, le dijo la esposa de su amigo. “Seria bueno que te independizaras, un hombre necesita su libertad y creo que nosotros te servimos de estorbo para muchas cosas”. Diego se rio para adentro. El que estaba de estorbo era él, no había duda. Y aunque la situación se volvía crítica, se puso a buscar un apartamento para sí y para su esposa. Tales ocupaciones lo distrajeron de su angustia principal, y tan distraído estaba, que la llamada de Straccabuzza lo tomó por sorpresa.

Era para comunicarle el resultado de sus gestiones acerca de la beca. “¡Cosenza!”, le gritó Straccabuzza del otro lado del teléfono. “¡Nos la han metido doblada!”, utilizó una expresión que Paco Taibo II haría célebre, en México, varios años después. Diego hizo como que no entendía. “¿Cómo así, profesor?”, le preguntó, ingenuo. “¡Hombre, que la beca se la dieron a otro más recomendado que usted!”. Las explicaciones sobraban, y, en efecto, Straccabuzza no se las dio. Con el alma por tierra, Diego le dijo: “Bueno, no me queda más remedio que pintar la barda de su jardín”, ofreció sus servicios manuales. “¡Ni hablar, mi amigo! ·, respondió el siciliano. “¡Ese trabajito se lo robó el peruano que nos sirvió de modelo para los gestos!”

Falsas promesas

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Días antes de la cena veneciana, Diego había sabido, por el buen amigo que lo hospedaba, que el profesor Cioni había pregonado en los ambientes universitarios una buena noticia. Había dicho que, vista la situación, había propuesto que Diego Cosenza fuera llamado como Lector de español en su Cátedra de Literatura Hispanoamericana. Tan buena nueva llenó de alegría a Diego, quien se dispuso casi de inmediato a ir a visitar a su exprofesor. El cargo de “Lector” denominaba, en modo algo pomposo, a un profesor de idiomas. Los ingleses, que gozan fama de precisos y correctos, inmediatamente habían aprovechado la ocasión para crear un malentendido a su favor. En efecto, “Lecturer”, en el sistema inglés, equivale a un alto cargo en la Universidad, y todos los ingleses asumidos como “lectores” en las universidades italianas, habían impreso sus tarjetas de presentación como “Lecturer”, con notable ventaja en el currículo.

<span style="font-size: x-small;">«La Promesse», 1950, de René Magritte.

Diego tomó, pues, el autobús número 19, se bajó en el centro y se encaminó hacia la sede donde Cioni tenía su despacho. Llegó temprano, antes que el profesor, y solo se encontró con una compañera de estudios que preparaba la tesis. La muchacha le hizo un montón de fiestas, y con gran curiosidad, le preguntó el motivo de su regreso. Diego le contó sin mayores detalles qué andaba haciendo por allí, y también añadió que Cioni había prometido asumirlo como Lector. La chica dio mayores muestras de alegría, y como el profesor no tardaba en llegar, le propuso darle una sorpresa. “Escóndete detrás de la puerta”, le propuso, “así le das la alegría de verte”. Diego se dejó llevar por la propuesta. Cuando Cioni estaba por entrar, Diego se escondió como habían preparado.

Cioni tenía una voz baritonal, profunda. Sus “buenos días” rebotaron en las cuatro paredes de la antesala, convirtiéndola en una sucursal del Teatro Comunale de Florencia. La chica le respondió el saludo, y le dijo, un poco haciéndose la nena: “Prof, tengo una sorpresa para usted”. Melodramático, Cioni alzó las cejas, mostró los dientes amarillos de tabaco en una sonrisa artificiosa, y preguntó: “¿Una sorpresa? ¿Y qué buena sorpresa me puedes tener?” A un gesto de la muchacha, Diego salió de su escondite y se presentó: “¡Buenos días, profesor Cioni!” le dijo a su maestro. A Cioni se le cayó la sonrisa de la cara, se puso verde, abrió los ojos como en los dibujos animados y con todo su corazón exclamó: “¡Diego Cosenza! ¿Qué estás haciendo aquí!”. Para no parecer enterado de lo que todos sabían, Diego le dijo: “¡Vine a visitarlo, profesor!”. A Cioni se le desmoronó la expresión y solo atinó a decir, como el que ha recibido una puñalada repentina: “¡No me puedes hacer esto!”. A ese punto, la chica y Diego se quedaron helados. “¿Qué dijo, prof?”, exclamó la chica, profundamente extrañada. “Déjalo”, respondió Cioni, con una expresión que era la manifestación gráfica de la palabra “cariacontecido”. “Hablemos diez minutos de tu tesis y luego me dejas solo con este muchacho”.

“Este muchacho”. La expresión dejó perplejo a Diego. “Este muchacho” sonaba a pedrada, después de que Cioni se había declarado “su hermano” cuando había visitado Guatemala. Se quedó esperando, dándole vueltas a lo que acababa de pasar. ¿Por qué Cioni se había puesto verde cuando lo vio? ¿Por qué no le había causado alegría verlo? ¿Y el puesto de trabajo? ¿No había contado a los cuatro vientos que había pensado nombrar a Diego Cosenza para Lector? Por suerte, la sesión de tesis terminó pronto, y la chica se fue casi corriendo, temerosa de haber metido la pata en grado sumo delante de su tutor. “Pasa, Diego”, lo invitó Cioni.

Cuando Diego se sentó frente a él, Cioni repitió: “Pero, ¿cómo me has hecho esto?” Diego no sabía qué responder. “¿Cómo te apareces sin avisar, sin pedir cita, sin prepararme para este golpe?”  Entonces Diego, digno, se puso en pie. “Profesor, si quiere me voy”. “No, no, quédate. Al menos una explicación me tienes que dar”. Entonces Diego se lanzó: “Vine a verlo porque me contaron que usted me había propuesto para ser Lector de su cátedra”. Cioni elaboró un silencio largo, grave, como solía hacer. Luego respondió: “¡Pero era todo teórico! ¡Qué iba yo a saber que ibas a venir de regreso!” ”Entonces, ¿no me tiene un puesto de Lector?” “¡Para nada, mijo! Ese puesto de lector es para una venezolana. Ya di mi palabra, la chica ya compró el boleto aéreo, está por llegar. ¡Un colega de la Universidad de los Andes me invitó a dar unas conferencias, y yo le pago contratando a una de sus alumnas!” Diego pensó, pero no lo dijo: “¿Y yo no te invité a mi país? La diferencia es que no pedí nada…” Lo pensó, pero no lo dijo.

Se acercaba el mediodía. “¡Dale, te invito a almorzar!”, le dijo Cioni. “Vamos a comer, que comiendo se entiende la gente”. El almuerzo fue abundante, lleno de vino y especialidades toscanas, crostini, prosciutto, pappardelle al sugo, un tajo de florentina, tiramisú y tanta pena. Cioni le contó a Diego su extenso viaje a Venezuela, Caracas y sus barriadas en las montañas, el trato exquisito que le dieron los colegas, los restaurantes de carne y música, las fiestas con cumbia y merengue, la sabana, los llanos y los Andes, la escapada a las playas. Le contó, como si no lo supiera todo el mundo, que Venezuela era el lugar en donde Colón había ubicado el Paraíso. Fue extenso y detallado al confirmar la fama de la belleza femenina. “¡Son todas Miss Universo!”, dijo el entusiasta Cioni, cuando la botella de vino estaba expirando y pedía el Vino Santo para acompañar los biscottini di Prato.

Después del excesivo almuerzo, salieron a dar una vuelta. Diego sintió que el vino lo había emborrachado. Sintió también piedad por Cioni, que no sabía cómo hacerse perdonar la finta de haber engañado a todo el mundo con la cuestión del puesto de Lector. Diego sintió tanta lástima por su acongojado profesor, que le dijo: “No se preocupe. Ya me las arreglaré. Comprendo que haya tenido compromisos y comprendo que haya usado mi nombre para hacerse aprobar el puesto”. Cioni se plantó en medio de los portales de Correos. Abrió los brazos y vociferó: “¿De veras? ¿Lo dices en serio? No estás hablando como en la ópera que dice: ‘Te lo hizo decir el vino…’” Y acto seguido, cantó el aria operística Te l’ha fatto dire il vino… Diego se sintió ridículo, vio a la gente que se reía, vio los cristales de las gafas de Cioni que se oscurecían porque tenían un tratamiento para opacarse con la luz, y sintió el profundo bochorno de la situación.

Con eso, Cioni comenzó a tener prisa de irse, su casa quedaba lejos, había dejado el auto aparcado cerca de la estación, le pidió que le confirmara el perdón y se fue más corriendo que andando. Diego se quedó frente a la puerta de Correos, percibió que la tarde comenzaba a ponerse fría, como una anticipación del otoño, y puesto que se sentía mareado por el vino, comenzó a caminar hacia Fortaleza da Basso, para alargar la vía del regreso. Con la tarde, una profunda desolación y un sentimiento de abandono cayeron sobre él. Y mientras caminaba, el licor se evaporaba, y la conciencia volvía, y se encontró, en medio del tráfico abundante de la circunvalación de Florencia, de nuevo solo, literalmente en la calle, sin esperanzas de trabajo, y, sobre todo, con la desilusión de la actitud de Cioni. Mientras caminaba, percibió que de sus ojos estaban saliendo algunas lágrimas inconsultas. “Estoy llorando”, constató, y Diego, que raramente dejaba mostrar sus sentimientos, se dejó poseer por el desconsuelo, y, camino de regreso, anónimo en medio del tráfico de bocinas e insultos, percibió claramente el crepúsculo, la orfandad, el abandono, la traición.

 

 

Los hombres invisibles

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Una vez que hubieron descargado las bolsas de la compra, Diego y su amigo retornaron a la casa de la señora que les daba posada. Por lo caro de los hoteles en Venecia, los dos muchachos se hospedaban en Mestre, donde una compasiva señora les había destinado la habitación de los huéspedes, “es muy canchera, la doña”, le había dicho su amigo, y con algo de vergüenza aprovecharon la generosidad, tanto el traslado en tren o autobús costaba poco y duraba quince minutos. Regresaron a la casa, se ducharon, se pusieron los mejores trapos que tenían y volvieron a darse de codazos con las multitudes turísticas que llenaban las calles de Venecia.

Al llegar a la casa (“¡ya llegaron los chicos!”, trinó la esposa de Straccabuzza), se encontraron con que el ilustre profesor había contratado camareros para servir el buffet, y se desplazaban bandeja en mano, ofreciendo copas de vino blanco y tinto a los comensales, que poco a poco iban llegando. Diego y su amigo se aferraron a la primera copa de tinto, para entrar en calor y en valor, “ché, no esperen que los presente yo”, los saludó Straccabuzza, “apenas ven un profesor famoso, se le tiran al cuello y se presentan ustedes mismos”. Estraca había vivido un tiempo en Buenos Aires y de allí sacaba de vez en cuando el “vos” y el “che”, según le conviniera. A veces, si el interlocutor era un estirado miembro de la Real Academia, sacaba quién sabe de dónde la “zeta” y el “vosotros”, un poco mal usados, y nadie le decía nada, porque contaba más el vol-au-vent de salmón y mayonesa que llenaba toda la boca, y ¿de qué estábamos hablando?, la distracción de la comida arrebatada de las manos del camarero, antes que los otros voraces académicos barrieran con lo existente.

En casa de Straccabuzza había una chimenea falsa, que sirvió a los amigos para apoyar un plato con diferentes apetitosos entremeses, y con la segunda copa de vino, que venía a reforzar el inexistente valor no logrado con la primera. No había mentido, el profesor siciliano. Poco a poco fueron llegando las eminencias más conocidas de la academia mundial. “Ese creo que es Ángel Rama”, dijo su amigo. Allí descubrieron un pequeño problema: habían leído casi toda la producción de sus admirados críticos, pero no los conocían por la fisionomía. No sucedía así con los escritores, que últimamente salían fotografiados hasta en las revistas de moda, un elegante Carlos Fuentes con abrigo de camello y bufanda de seda con fondo de París; un rizado García Márquez con guayabera en La Habana; un canoso Pepe Donoso meditando en las callejuelas de una barbuda Madrid; hasta el esquivo Rulfo salía en foto por todos lados; no digamos Borges entrevistado a diestra y siniestra, como estrella de cine, generoso Borges que no se negaba ni siquiera al periodista más bisoño. En cambio, ¿quién conocía a los desglamorosos críticos? Desde su puesto de observación, Diego y su amigo vieron que en los sillones más cómodos se habían sentado, en equilibrio de plato y copa, algunos de los que parecían más importantes. Pero, Dios mío, ¿quién era Fernández Retamar, quién Fernando Aínsa, quién Cornejo Polar? Tuvieron que preguntarle a Straccabuzza, quien los llevó de un brazo a donde estaba el círculo de poderosos críticos, y desfachatadamente los presentó: “¡Señores, aquí está el futuro de la Universidad latinoamericana!” y entonces tuvieron que adivinar, al dar la mano, el nombre que musitaban los eminentes, porque se suponía que todo el mundo estaba enterado de quiénes eran, y ellos repitiendo el suyo, olvidado más rápido que el flash de un fotógrafo, no sólo el nombre, todo ellos, porque lo más granado de la crítica latinoamericana inmediatamente regresó a su importante conversación e ignoró la presencia de los dos muchachos.

Regresaron a su puesto de observación, la chimenea. A la cuarta copa de vino, observaron que la misión de hacerse conocer por los críticos había fallado. “¿Sabés qué?”, le dijo su amigo. “¿Qué?”. “Somos los hombres invisibles”. Diego se rio. Nunca había tenido superpoderes, pero esta vez concedió a su amigo la razón. Ambos eran dos superhéroes, los dos hombres invisibles. “No nos está cagando nadie”. Era la cuarta copa de vino, una palabrota era admisible. “¿Te acordás del chiste del japonés con eyaculación precoz”. Diego pensó que su amigo había bebido un poco más de la cuenta. “No”, le contestó. “¡Banzai!¡Yatá!”, exclamó su amigo, y los dos se doblaron de la risa. Un profesor que pasaba cerca oyó el chiste y se rio. Se detuvo a escuchar el próximo. Borrachines como estaban, Diego y el otro comenzaron a desgranar su repertorio, y a cada chiste, un nuevo profesor se añadía al grupo. Hasta los que estaban sentados en los mullidos sofás, al ver la diversión de la chimenea, se levantaron a escuchar. De ese modo, lo que había comenzado como un estrepitoso fracaso se estaba convirtiendo en un éxito rotundo. Los profesores andaban escasos de chistes, se veía, mientras los dos desocupados amigos traían nuevos y frescos, por lo que se convirtieron en las estrellas de esa noche. ¡Cuánto se reían los profesores! Los palmeaban en la espalda, qué muchachos tan simpáticos, se agarraban el estómago de la risa, y al final se despidieron con un abrazo, porque Diego y su amigo se fueron hasta que vaciaron las ollas. “Muy bien, chicos”, les dijo Straccabuzza, al final. “Me han amenizado la cena. Así se hace, aunque sea como payasos hay que darse a conocer”.

Al día siguiente, en los corredores del congreso, Diego caminaba con un pequeño dolor de cabeza instalado como corona de espinas en las sienes cuando se cruzó con uno de los profesores de la noche anterior, uno de sus amigazos que se había detenido de su brazo para no caerse de la risa. Hizo el amago de saludarlo, pero el profesor miró hacia el frente, como si Diego no existiera, y corrió hacia una sala donde se discutían importantes temas académicos. Diego lo calificó con incalificable epíteto, y habría seguido si no se encuentra con otro de los de la noche anterior, evidentemente con retraso y desvelado por la farra. Como si estuvieran entrenados para ello, Diego estaba por levantar el brazo para saludarlo cuando la luminaria de las letras por poco lo atropella, sin reconocerlo, antes bien disculpándose por la prisa y corriendo hacia otro salón. Después de tres o cuatro desplantes, Diego se refugió en un aula vacía. Allí estaba su amigo. “¿Te lo hicieron a vos también?”, le preguntó el amigo. “¿A vos también?” replicó Diego. “Sí, hermanito. Nadie nos reconoce. Te lo dije anoche, somos los hombres invisibles”. Les dio un ataque de risa histérica.

Una chica uruguaya, que había llegado al congreso con las mismas intenciones que ellos, se les acercó. “¿De qué se ríen?”. Ellos le contaron. Ella se comenzó a reír también, primero a carcajadas, luego en una especie de convulsiones y al final estalló en sollozos. Finalmente rompió a llorar. “Malditos”, exclamó. “Yo venía llena de ilusión a conocer gente famosa, y me dejan hablando sola, me voltean la espalda, no les intereso, sólo buscan a los que les pueden cambiar favores. Viajé de balde”. Ninguno de los tres lo sabía, pero con el tiempo iban a ser buenos amigos. En ese momento, el amigo no se pudo contener: “Ahora estamos perfectos: encontramos a la mujer invisible”.

Cena en Venecia

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Durante los primeros meses en Florencia, Diego vivió en casa de un buen amigo, quien le había ofrecido hospitalidad después de recibir los recortes periodísticos de las masacres en Guatemala. Ambos habían cursado la Universidad, con Chiltepito, Cioni y Tommasi, y eso había creado esa sutil complicidad que, con frecuencia, practican los compañeros de estudios. Cuando el amigo supo que Diego llegaba al congreso de hispanistas en Venecia, se inscribió él también. En el plazo de dos meses, Lily tendría que llegar de Guatemala, en donde estaba terminando la carrera. Mientras, Diego se puso a la incesante y desalentadora búsqueda de un trabajo.

El primero (y único) que encontró fue ligeramente extravagante, aunque intelectual. Un profesor siciliano estaba compilando el máximo y definitivo diccionario de gestos de América Latina. El trabajo superaba los límites de la lingüística para instalarse en la semiología. La cuestión más importante que planteaba era si existían gestos que fueran exclusivos, auténticos y singulares de América Latina. Algunos lo eran, otros no. Varios eran obscenos; la minoría, inocuos. El profesor Straccabuzza, que así se llamaba el siciliano, tenía una casa en las afueras de Florencia, y el trabajo que daba a Diego y a su amigo era el de verificar si las fichas compiladas por él correspondían a la verdad. Ellos tenían que llegar en tren a la estación de un pueblo cercano y allí llegaba Straccabuzza, los recogía en una Mini Cooper y los llevaba a su casa de campo, situada en las suaves colinas toscanas.

Uno podría pensar que era mucho lujo para el sueldo de un profesor universitario, pero la duda se disipaba cuando descubría que el siciliano estaba casado con una de las representantes de las familias más ricas del Ecuador. Rica y encumbrada, la esposa tenía marcados rasgos indígenas, por lo que el profesor, con una cierta frecuencia, la llamaba “india quechua”. Ella no se ofendía, fingía una risita embarazada y regañaba a Straccabuzza delicadamente: “¡Ay, este Estraca siempre con sus bromas!”, decía. El profesor ya era viejo, la casa estaba aislada, de modo que la esposa siempre daba evidentes muestras de alegría algo exageradas cuando llegaban “los dos muchachos”.

Después de un café con galletas, comenzaba la sesión científica. Straccabuzza tenía una habitación llena de libros y ficheros, y en esos ficheros estaban la descripción de los gestos considerados exclusivamente latinoamericanos. Con una financiación considerable del Centro de Investigaciones italiano, “Estraca”, como le decía su mujer, había recorrido casi todos los países de América Latina, había escogido el primer informante que se le había puesto a tiro, y se había hecho representar los gestos autóctonos de cada país. A Diego la cosa le parecía poco científica, porque un informante por país le parecía nada. ¿Y si el informante se equivocaba? ¿Y si el informante mentía? Para eso estaban Diego y su amigo, más otros que el profesor iba contratando, para tener un doble informe. Donde la cosa se ponía difícil era con la Argentina, porque los gestos típicamente argentinos eran peligrosamente parecidos a los gestos típicamente italianos. Por ejemplo, el “corte de manga”. Con lenguaje exquisitamente técnico, el profesor escribía: “Se posa la palma de la mano izquierda sobre la concavidad interna del codo del brazo derecho y, acto seguido, se alza tal brazo en dirección del cuerpo, en rápido movimiento, mientras se pronuncia alguna maledicencia, por ejemplo: ‘para vos, hijo de puta’. Si se desea acentuar el insulto, puede cerrarse el puño de la mano implicada, dejar al descubierto el dedo medio, hacia arriba, mientras se exclama: ‘¡Y para tu mamá!’, y en la hipersemiosis del insulto, se elaboran circulitos con el susodicho dedo medio, y se añade: ‘¡Y también para tu tía!’”  Diego y el amigo se reían de tales extravagancias, pero el profesor las anotaba con escrúpulo en los miles de fichas que había acumulado.

Respecto del corte de manga, los variados enemigos de Straccabuzza contaban que se encontraba en el aparcamiento del Centro Nacional de Investigaciones y buscaba con desesperación un lugar donde estacionar su Mini. En eso, divisó una 500 que estaba por salir, y le tocó el claxon para que se apresurara. Entonces, de la 500 salió una manita que hacia un gesto identificable, según el Diccionario, por un claro y nítido “corte de manga”. El profesor, que era belicoso, se salió de la Mini, se encaró con el asustado automovilista y le endilgó su propio corte de manga con las dos añadiduras para la mamá y para la tía. El otro, azorado, aclaro: “No si yo estaba sacando la mano para decirle que esperara un minutito”. En efecto, el dedo que había enarbolado no era el medio, sino el índice. Un minutito, no más. Straccabuzza, que no era del tipo que pide disculpas, solo lo regañó: “Pues fíjese bien en los gestos que hace”.

Luego de la sesión científica, el profesor llevaba de regreso a sus informantes hacia la estación de tren. Como era tuerto, la esposa le hacía de copiloto. Igual el hombre manejaba como loco, a toda velocidad en las arriesgadas curvas de las colinas toscanas. “¡Ay, Estraca, ten cuidado!”, le decía angustiada su señora, “¡Nos vas a ir a matar!”. El otro ni caso le hacía. Sólo le contestaba: “¡Calláte, vos, india quechua!”, y ella se reía avergonzada. Por suerte, siempre llegaron sanos y salvos a la estación. En el tren, los dos amigos se reían del diccionario de gestos. Diego le contaba a su amigo que Straccabuzza le había hecho verificar el signo guatemalteco del “qué me importa”: “Se cierra el puño de la mano derecha, dejando libres y unidos el índice y el medio en posición vertical. Acto seguido, se lleva la mano hacia la proximidad de la carótida izquierda y se golpea ésta con ambos dedos rítmicamente de dos a tres veces”. El amigo se reía: “¿Y es cierto?”. Diego le hacía la seña descrita por el profesor. “Sí, es cierto. Quiere decir qué me importa. ¿Y sabés qué? A mí, el diccionario de gestos…” y repetía la seña guatemalteca.

Cuando Straccabuzza supo que los dos amigos pensaban ir al Congreso de Venecia, se alegró. “Allá nos veremos, muchachos”, les dijo. “Les voy a presentar a lo más gaucho de los académicos del mundo, a ver si consiguen algo”. Con esta promesa, los dos amigos se alegraron. Era la época en la cual todavía creían en las promesas. Mientras tanto, seguían asistiendo al profesor en sus verificaciones semanales. Naturalmente, algo les pagaba por cuenta del Consejo Nacional de Investigaciones, pero era una miseria. Se imponía conseguir trabajo.

Varios días después, cuando llegaron al congreso, se encontraron con Straccabuzza. Estaba rodeado por profesores que tenían la apariencia de ser verdaderamente importantes. El profesor siciliano hizo como que nos los conocía, pero apenas estuvo libre los llamó. “Chicos”, les dijo. “Están invitados a cena esta noche en mi casa”. Straccabuzza siempre los sorprendía. Además de su villa en Toscana, tenía una mansión en Venecia y pronto sabrían que poseía otra en París. No por nada estaba casado con la potentada a la que trataba tan despectivamente. “Eso sí”, les aclaró. “Se van a tener que ganar la invitación. Júntense en el puente de Rialto con la india quechua, hoy a las tres, y la ayudan con el supermercado. Aquí en Venecia no hay coches, así que todo se hace a pie. La pobre mujer no tiene quién la ayude con las bolsas de la compra”.

De esa manera, los dos jóvenes intelectuales hispanoamericanos pagaron su presencia en la cena de los ilustres. A las tres de la tarde estaban con la esposa de Straccabuzza, la cual los recibió con todos los dientes (no podía evitar la alegría de ver a los dos jóvenes), y los saludó con efusión. Fueron al supermercado, y como estaba fuera de Venecia, en la Plazuela Roma, de regreso atravesaron la romántica ciudad de las calles y las góndolas, agobiados por el peso de las bolsas de la compra, guiados por la alegre cháchara de la señora Straccabuzza, mientras los turistas se tomaban fotos, se abrazaban, contemplaban extasiados el reflejo de los palacios patricios en la ondulante agua de los canales historiados y exclamaban su admiración, arrobados por la mística belleza de la ciudad. Que a Diego le parecía horrible, con las gotas de sudor que le recorrían el espinazo y jadeando como asmático, mientras subía y bajaba los escalones de los puentes. La cena de esa noche no iba a ser menos que la aventura de la tarde.

El retorno de Diego

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Al subir al avión, Diego Cosenza se asombró de los adelantos de las aeronaves en apenas dos años. Ahora, en lugar de la pantalla gigante en el centro del panel que separaba la primera de la segunda clase, cada asiento poseía un pequeño video de televisión, en donde uno podía escoger qué película ver o qué música escuchar. Otra novedad era que el espacio entre un asiento y otro se había reducido. Lo comprobó horas más tarde, cuando el pasajero de adelante recostó el sillón. Diego se sintió atrapado, como animal en trampa, como bonsai estreñido, como pie de geisha. Las doce horas de viaje no desmintieron la agobiante rutina de ese sacrificio transatlántico: a un cierto punto, pasaban las azafatas y distribuían a los prisioneros una bandeja de comida. La elección no había cambiado: carne o pescado. Junto con el plato principal, se amontonaban un pedazo de pan, un cubito de mantequilla, otro de queso, un pastelito barato y alguna ensalada, todo con sabor de plástico, y de ese conjunto lo mejor era una mínima botella de vino, suficiente para relajar los sentidos e inducir un primer sueño o una primera conversación, pues los galeotes que navegaban el aire comenzaban a tratar de pasar el tiempo hablando entre ellos, y de allí venían chistes, confidencias, largas e indeseadas historias de mi vida, hasta que apagaban las luces de la cabina y había quienes se dormían como muertos (alguna pastilla engullada con el vino) y había quienes se desvelaban viendo dos o tres películas, pues la duración del viaje daba para tanto.

Como siempre, un dolor de cabeza bastante incierto se insinuó entre los sesos de Diego, mientras con los ojos pelados veía alguna de James Bond. Durmió o creyó que dormía por unas horas, ¿cuántas? Como quería que fueran muchas, se engañaba a sí mismo diciéndose que eran más de cuatro, cuando podrían haber sido dos. Trataba de leer, y por un rato lo lograba, pero las letras comenzaban a bailar en el papel, y entonces se daba por vencido, recostaba la cabeza en el respaldo del asiento y se ponía a pensar en desorden, así como se piensa siempre, una cosa le recordaba otra, y con frecuencia no había lógica, sino afinidad entre esas conexiones casuales. Revisó el programa del Congreso de Hispanistas al que pensaba asistir, y sólo los títulos de las ponencias le provocaban enormes bostezos de los que se avergonzaba de inmediato (hay que ser educados, hay que taparse la boca al toser o bostezar, se reconvenía), Las epifanías paradigmáticas en el Lazarillo de Tormes, Los vuelcos semánticos de Góngora, El retruécano barroco en Cabrera Infante, Las polifonias bachtinianas en los Diálogos, de León Hebreo, La problemática morfosintáctica de la partícula “se” en el siglo XVI, Ludicismo y existencialismo en Julio Cortázar, La especificidad heterodiegética en la narrativa contemporánea. Tales títulos lo hacían sentir una profunda ignorancia, pero no podía dejar de advertir la ausencia de autores centroamericanos. Desde el anatema lanzado contra él por la izquierda latinoamericana, Miguel Ángel Asturias había desaparecido del mapa, y junto con él otros como Cardenal, Roque Dalton, Salarrué, Monteforte, Cardoza, Rogelio Sinán. Por buenos que fueran, padecían de un pecado mortal: pertenecían a una región que no existía en los mapas académicos, una región donde se podía leer la inscripción, apenas terminaba México: hic sunt leones. En esas estaba, cuando se durmió.

Lo despertaron el dolor de espalda, el dolor de cuello, el dolor de cabeza, el dolor de estómago y otras urgencias varias. Si algo de bueno tenía ese prolongado viaje, era hacerle presente la existencia de un cuerpo, un precario cuerpo cuya fragilidad le pesaba. Corrió al baño, y descubrió que otros compartían sus mismas preocupaciones. Después de un largo rato, entró al mítico mundo de los baños de los aviones. Comprobó que ya apestaba. Que antes de usarlo había que hacer una somera y estoica limpieza. Que había quienes ignoraban dónde se tiraban los papeles. Que alguno se había robado ya el frasco de eau de toilette. Que parecía cabina de astronauta. Y que, en fin, era incómodo y apretado, quizá para apresurar a los usuarios a que salieran pronto de ese brete.

Cuando después de infinitas horas que demostraban de forma irrefutable la teoría de la relatividad, el avión aterrizó en Frankfurt, Diego estaba hecho una piltrafa. El dolor de cabeza se había apoderado de su cerebro, sentía la barba crecida, el sabor a moneda barata en la boca, la falta de una ducha en todo el cuerpo, y un atolondramiento general. Menos mal, el tren salía desde el aeropuerto. Para ahorrar, había planificado viajar en el tren nocturno desde Frankfurt hasta Florencia. Eran diez hora más, pero el tren era otra cosa. Había comprado un puesto en una litera, en un compartimiento de seis. Era como se veía que eran las cárceles. Tres literas de un lado y, especularmente, tres del otro.

Por fin encontró su tren: salía a medianoche de Frankfurt y llegaba a las diez de la mañana a Florencia. Subió, mostró al conductor el boleto que había comprado en una agencia de viajes en Guatemala, y dejó su maleta en la entrada, como todos. Solo metió al compartimento su bolsita de viaje, con medicinas y esas tonterías que uno considera indispensable llevar consigo. Amarrado a la panza, llevaba un cinturón con todos sus dólares, como se usaba en la época. Al entrar, descubrió que le había tocado la litera más alta. Sus compañeros de viaje, dos japoneses, dos gringos y una muchacha que descubriría que era austriaca, ya estaban acomodados. Diego temió apestar, y, con vergüenza, se quitó los zapatos. Husmeó un poco pero no le llega olor a queso. Para más desgracia, en la litera de enfrente viajaba la austriaca, agraciada, rubia y de ojos claros, como quiere el lugar común. Saludó a todos con un estreñido “Good night”, que para su sorpresa le contestaron en coro, y se dispuso a lo largo de su precario lecho.

Se durmió como si le hubieran inyectado morfina en las venas. Seguramente roncó, seguramente se agitó, seguramente habló solo. Lo despertó un rayo de sol y el ruido de gente que conversaba. Cada quien estaba sentado en sus literas, y cada quien había tenido la previsión de llevar algo de beber y de comer para el desayuno. Diego sentía una sed atroz y también tenia hambre. Miró desconcertado a sus compañeros de viaje. La austriaca advirtió su invalidez. Sacó un vasito de su bolsa y le ofreció te. Para alivio de Diego, la muchacha hablaba italiano. También le dio la limosna de unas galletas.

Pasó el inspector y los hizo desarmar las literas. El compartimento volvió a su estado normal: dos largos sillones enfrentados, con tres personas por lado. Entonces, invadió a Diego una sensación sobrenatural, envolvente, llena de felicidad. Pocas veces en su vida iba a repetir esa especie de éxtasis. Se sintió libre, ligero, resucitado, despojado del terror que lo había atenazado todo los meses anteriores, se sintió como se han de sentir los sobrevivientes de un naufragio cuando por fin tocan tierra: a salvo, lejos de los asesinos que habían acabado con media universidad, sintió un alivio profundo, un agradecimiento difuso, una reconciliación invisible. La muchacha austriaca le estaba hablando pero él no la escuchaba, abrumado por esa felicidad del que salva la vida. Diego veía el paisaje italiano correr por la ventana del tren, y ese paisaje conocido fue como un bálsamo para él. Nunca supo más de la compasiva muchacha austriaca, no su nombre, no su destino, quizá para agradecerle ese té y esas galletas que fueron el primer gesto de amable hospitalidad, el primero de muchos y tantos que iban a seguir.

Retar a las sombras

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Tiempos recios pertenece al filón de las novelas históricas que Mario Vargas Llosa ha cultivado a partir de La guerra del fin del mundo (extraordinario affresco de la guerra de los sertones, en el noroeste del Brasil), y cuya mayor expresión es La fiesta del chivo, último de los grandes relatos sobre las dictaduras latinoamericanas. El refinamiento literario, el diestro uso de las técnicas narrativas, el cuidadoso lenguaje estaban al servicio de una potente historia, de una historia épica que retrataba al abominable tirano de la República Dominicana y a sus idealistas adversarios. De igual manera, Tiempos recios recupera la épica histórica para narrar la desconsoladora tragedia guatemalteca de 1954, con la conciencia de que fue también una gran tragedia latinoamericana y con la conclusión, como veremos, de que sus consecuencias arrasaron con las esperanzas democráticas de toda América Latina.

Como suele suceder con las novelas de Vargas Llosa, en esta última hay varios hilos narrativos que confirman algunas predilecciones del autor. La Historia con mayúsculas, encarnada en protagonistas que figuran en los libros canónicos; la petit-histoire, esa que elaboran los individuos comunes, los que edifican torres, palacios, catedrales, pirámides y de los cuales no sabemos el nombre; la sordidez y la abyección de ambientes y persnajes; la sexualidad desviada y pervertida, que le sirve para pintar mejor la obscenidad de algunas vidas que chapotean en el fango y que, por desgracia, han influido en la suerte de las naciones. Todos esos hilos narrativos están al servicio de un ritmo ágil, pariente del montaje cinematográfico, que conduce severamente hasta el final. Aquí, Vargas Llosa cumple con aquel aforismo de Huidobro: “El poeta es un pequeño Dios”. En efecto, el novelista crea su mundo y lo organiza en un aparente desorden, para después hacer confluir las historias en un solo nudo, donde se entrecruzan, de forma inextricable, las vidas de Castillo Armas, Jacobo Árbenz, Odilia Palomo, María Vilanova o José Manuel Fortuny, para decir unos nombres.

Dicho en una línea, Tiempos recios relata la historia de la destrucción de la democracia guatemalteca por un acto imperial de los Estados Unidos. Uno de los tantos errores en política internacional de ese gran país, errores que han llevado a otros errores, hasta culminar en auténticas catástrofes con repercusiones en todo el mundo. Errores repetidos hasta la saciedad, con un olvido estupefaciente de la historia. Errores simultáneos y sucesivos en todas partes del orbe. Errores que no han exportado la democracia, como la propaganda se obstina en repetir, sino que han creado dictaduras para mantener la democracia en el centro del imperio.

Si un escritor guatemalteco hubiese escrito esta novela, habría sido tachado inmediatamente de nostálgico y, ça va sans dire, impenitente comunista. Resulta de fundamental importancia que lo diga un narrador por encima de toda sospecha, un defensor de la idea liberal clásica: de la libertad, del individualismo, de la democracia. ¿Qué cuenta Vargas Llosa? Lo que mis padres (y los padres de todos mis amigos) relataban en voz baja durante nuestra infancia y que resultaba subversivo bajo las eternas dictaduras militares. Hubo una vez, en Guatemala, en el año 44 del siglo XX, una insurrección popular que produjo los dos únicos gobiernos realmente democráticos en el país. Los dos grandes estadistas fueron Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz Guzmán. Las titubeantes reformas económicas que propusieron tenían como objetivo sacar al país del régimen feudal en la que lo tenían los trogloditas dueños del poder, finqueros coloniales aferrados a sus riquezas, dispuestos a cualquier cosa (y no cualquier cosa fue el genocidio de los años 80) con tal de mantener una situación anacrónica incluso para América Latina. Arévalo y Árbenz querían implantar el capitalismo para construir una sociedad democrática, como lo había hecho Costa Rica en 1948. Ese fue su pecado. El resto es ceguera, maldad, traición y vileza.

Quizá el tema central de la obra sea la traición, o quizá es el tema que impresiona más. Traidores que traicionan a otros traidores, en una cadena infinita que solo lleva a la tragedia. El traidor por antonomasia, Castillo Armas, un judas con minúsculas, mediocre y sin grandeza, desechable como aquellos pañuelos de papel después de recónditas limpiezas; la amante de Castillo Armas, aquí bajo el pudor de otro nombre, bella y socarrona, lista a saltar a la cama del triunfador de turno, por repugnante que sea (dos amantes de antología de la abyección, Cara de Hacha y Johnny Abbes); el Ministro de la Defensa de Arbenz, quien le promete continuar con los ideales de la Revolución si renuncia, y que al día siguiente olvida la promesa; Trinidad Oliva, que asesina a quien debía proteger; Rossell yArellano, que entrega a los cadetes patriotas…De traición en traición, una institución, que, en lugar de defender el suelo patrio (¿quién recuerda las palabras del himno nacional?) no obstante estar doblegando a los mercenarios que invaden el país, se rinde ante la amenaza de la intervención norteamericana. Ese rubor está patente en la novela, y tendría que llenar de bochorno a más de alguno.

Debemos a Vargas Llosa una novela estupenda, con hilos narrativos apasionantes como los de un thriller: ¿qué fue de la bellísima “Miss Guatemala”, cuya mancebía con Cara de Hacha dividió a los liberacionistas? ¿qué papel tuvo Trujillo en el asesinato de Castillo Armas? ¿cómo terminó sus días el sicario de Trujillo, Johnny Abbes García, luego de raptar a Marta Borrello, como Cara de Ángel a Camila en El Señor Presidente? En ciertos momentos, se siente como si esta novela fuera el epílogo de La fiesta del Chivo, de la que continúa algunas tramas.

Mas la cuestión fundamental de la última obra de Vargas Llosa es el rescate y rehabilitación de dos grandes estadistas latinoamericanos: Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz Guzmán. El escritor no oculta algunas sombras que están por aclararse aun: por ejemplo, el asesinato del coronel Francisco Javier Arana en el puente La Gloria de Amatitlán, supuestamente para allanar el camino político de Árbenz; o el incidente de Arévalo que costó la vida a dos bailarinas rusas… Sin embargo, lo que resalta es la voluntad de ambos de llevar a Guatemala hacia la democracia, el espíritu patriótico y la voluntad de justicia social. No se cansa, Vargas Llosa, de repetir que la finalidad de Árbenz era convertir a Guatemala en un país capitalista, y, por ende, en un país democrático. La ceguera de la prensa internacional, hábilmente manipulada por los publicistas de la United Fruit Company, y la ceguera mundial, que creyó a la estupidez de que Guatemala se estaba convirtiendo en un satélite comunista, produjeron la tragedia de los años sucesivos en el país.

Y la tragedia de toda América Latina. Encuentra Vargas Llosa que el resultado directo de la invasión de Guatemala fue la radicalización de la Revolución cubana. Todos conocemos el razonamiento del Che Guevara, que estaba en Guatemala durante la caída de Árbenz. Para hacer triunfar a la revolución, había que acabar físicamente con las clases dirigentes. Fue el inicio de una cadena trágica. La frases finales de la novela son tajantes: “Hechas las sumas y las restas, la intervención norteamericana en Guatemala retrasó decenas de años la democratización del continente y costó millares de muertos, pues contribuyó a popularizar el mito de la revolución armada y el socialismo en toda América Latina. Jóvenes de por lo menos tres generaciones mataron y se hicieron matar por otro sueño imposible, más radical y trágico todavía que el de Jacobo Árbenz”.

En mi infancia y juventud, todavía había borrachos que, en la euforia de la embriaguez, rompían la soledad nocturna de las esquinas anónimas de ciudad de Guatemala con un grito de libertad y sueño: “¡Viva Arévalo!”. Era como retar a las sombras y a la ignominia de un pasado reciente. Estoy seguro que ahora ya nadie, por borracho que esté, declara esta nostalgia de libertad en las noches guatemaltecas. Sin embargo, al leer Tiempos recios, dan ganas de proclamar, en plena sobriedad y con total conciencia, a la luz del día: “¡Viva Arévalo!” Y de continuar, por justicia tardía y melancólica: “¡Viva Árbenz!”. Lo dijo por su presente y nuestro futuro, Pepe Batres en el siglo XIX: “Triste y desventurada patria mía”. Lo refrendó Cardoza, parafraseando a López Velarde: “Dura patria”.

La patria es una casa…

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El avión despegó con puntualidad de avión, es decir, tarde, del aeropuerto “La Aurora”. Era, y sigue siendo, un pequeño aeropuerto de provincias, con una de las pistas más aventuradas del mundo. En un extremo, está el acueducto “Los Arcos”, una pequeña joya de arquitectura colonial, que todavía hoy lleva agua a la capital de Guatemala. Inmediatamente después del acueducto despuntan los edificios del sector financiero, que aspiran a rascacielos sin serlo. Eso sí, son altos, por lo que, en cada despegue, la aeronave pasa peinando los techos de esas construcciones. También los aterrizajes son espeluznantes, porque quien llega por primera vez tiene la impresión de que el aparato se está desplomando sobre la ciudad. El otro extremo de la pista no es mejor. Al final de ella, el terreno se corta al tajo en un repentino barranco, que, como sucede por estas partes del mundo, está imprevisiblemente poblado de casas pobres. Un error al aterrizar y el avión irrumpe en medio de la cena familiar. Pero lo más peligroso no está en la presencia de obstáculos que ponen a prueba la pericia de los pilotos. Lo más peligroso es que la pista es muy corta, por lo que un error de cálculo puede provocar que de repente se te acabe el terreno y adiós avión y pasajeros. Algunos han caído sobre la ciudad, pero siempre pequeños y heroicos, pues los pilotos han buscado zonas baldías para estrellarse sin remedio.

Diego sintió cómo el piloto aceleraba el motor a su máxima velocidad, sintió el momento del despegue al filo del acueducto, y vio pasar casi bajo sus pies los techos de bancos, institutos, concesionarios de autos, condominios, el Instituto de Seguridad Social, el Banco de Guatemala y el Palacio de Finanzas, hasta que se hacían pequeños, cada vez más pequeños, como si fueran ellos los que se alejaran y no el avión que ascendía. Identificó las zonas del norte de la ciudad, y se acomodó relajado cuando el avión horadaba las primeras nubes. Estaba dejando su país.

La parte mejor del despegue es que, si el día es bueno, como las más de las veces en el año, se tiene la visión de los volcanes cuya ostentosa majestad impone una extraña sensación de belleza, por más cínico que uno sea. Reconoció la trilogía de la Antigua: Agua, Fuego y Acatenango, y, casi al lado, el volcán de Pacaya. Pensó en su infancia, cuando, para divertirse por las noches, se entretenía viendo la erupción permanente del volcán de Pacaya, la chispa y los ríos de lava. Estaba dejando su país, le decían las montañas de la Sierra Madre, oscuras de vegetación fértil e intrincada. Más adelante, el regalo del lago de Atitlán, cuenca perlada de otros volcanes, un milagro de orfebrería mágica, los dioses del Popol Vuh jugando a poner la piezas más hermosas en tan poco espacio. Estaba dejando su país.

El avión se perdía entre las nubes y Diego se perdía en el recuerdo de su pasado próximo. Muy rápido se corrió la voz de su partida al extranjero. Una noche, una de esas noches nerviosas cercanas al viaje, se despidió de Arnulfo Tobías, un gordito patilludo que se reputaba teórico de la literatura, y con el cual Diego había tenido varios enfrentamientos. Tobías era del Partido Comunista, todos lo sabían en la Universidad, y se temía por su vida. Aunque se habían peleado muy duro por cuestiones de teoría, pues Arnulfo todo lo veía bajo los lentes del marxismo, en el momento de despedirse esas cosas se olvidaron. Diego le dio un abrazo y le dijo: “Vaya paradoja. El que tendría que irse sos vos”. Arnulfo sonrió con melancolía, casi con resignación. “No puedo”, le contestó. “Perdería mi empleo y con el sueldo no solo mantengo a mi esposa, sino también a mis padres, que quedarían desamparados”. Rebatirlo fue fácil: “Más desamparados quedarían si te mataran”. Arnulfo volvió a sonreír, casi convencido: “No. No me van a matar. Soy un intelectual inofensivo”. A los dos meses, en ese mismo aparcamiento, varios hombres armados introdujeron a Arnulfo en una insólita camioneta Volkswagen, de esas que se usaban para hacer camping. Nunca más se supo de él. Con los años, alguien le contó a Diego que el partido había dado órdenes a sus miembros de que no abandonaran el país. Tenían que estar en la trinchera. Esa era la verdadera razón. Durante varios años, su esposa lo buscó por todos lados. Jamás lo encontró.

Otro del que se despidió fue de un sociólogo al que llamaban “El Sombrerón”. No tenía nada que ver con los sombreros, pero era de cuerpo maltrecho, con una visible joroba que le coronaba la espalda. Muy inteligente, no se acomplejaba por su físico, y él mismo se inventaba las bromas. “Hacés bien en irte”, le dijo el Sombrerón. “Aquí ya no se puede vivir”. Fue natural que Diego le preguntara: “¿Y entonces, por qué no te vas?”  El Sombrerón le contestó con evasivas. Y como no era tanta la amistad, Diego no insistió. Años después, Manuel José Arce le preguntó a Diego: “Te acordás del Sombrerón?”. “Sí, ¿qué fue de él?”. Como buen dramaturgo, Manuel José no pudo evitar el efecto teatral. “También al Sombrerón lo secuestraron. Le enderezaron la joroba a martillazos”.

El piloto informó, con su anónima voz metálica de robot medio humano, que habían alcanzado la velocidad de crucero. Se apagó la señal de cinturones de seguridad y, como si estuvieran entrenados para hacerlo, varios de los pasajeros se levantaron hacia el baño. Del fondo del aparato, llegaba ruido de platos, tenedores y cucharas y un olor a comida ligeramente nauseabundo. Diego creyó que se iba a dormir. En lugar de eso, se repitió, como si fuera otro, que estaba dejando su país. Le pareció que pensaba en una forma ridículamente retórica. ¿Qué era la patria, en fin de cuentas? Recordó que Cardoza llamaba a Guatemala “dura patria”, parafraseando al mexicano Ramón López Velarde que llamó “Suave Patria” a su país.

¿Qué era la patria, en fin de cuentas? ¿Los volcanes, el lago, la ciudad colonial, las ruinas de Tikal? ¿Iba a llorar por eso? ¿Quizá las comidas: las tortillas, los frijoles negros, los chuchitos, los tamales, los rellenitos de plátano, todos los sabores de su infancia? Pasaría mucho tiempo antes de que volviera a comerlas, pero tampoco eso acuciaba su nostalgia. Una vez había pasado por Madrid, y descubrió un McDonalds. Entró, se comió el hamburgués, y el sabor de ese plato norteamericano lo hizo sentir un verdadero estúpido, porque le recordaba a su propio país.

Tendrían que pasar muchos años para que se diera cuenta de que la patria no era la retórica nacionalista que le habían enseñado en la escuela. Cuando en el avión se preguntaba, ¿qué era la patria, en fin de cuentas?, el cansancio, el sueño, el ronroneo implacable del motor le daban dolor de cabeza, y no lograba responder a una pregunta tan simple. ¿Qué era la patria, en fin de cuentas? “La patria es una casa…” comenzaba un sincero poema de Julio Fausto Aguilera en donde imaginaba una patria justa y solidaria. O también estaba Otto René Castillo, gran poeta popular, que proclamaba: “Vámonos patria a caminar, yo te acompaño…” Diego Cosenza estaba consciente de que su idea de patria no era la de Julio Fausto ni la de Otto René.

¿Qué era la patria, en fin de cuentas? Tantos años pasaron para darse cuenta de que la patria estaba en el abrazo de su madre antes de que se subiera al avión. Ese abrazo con lágrimas lo había fastidiado, injustamente la había regañado diciéndole: “Si no me estoy muriendo, solo me voy de viaje”. Ella tenía razón; él, no. Algo se moría a sus espaldas cuando dejaba a todos, pasaba la inspección de policía y se volteaba a saludarlos. La patria estaba en su amigo el Flaco, que no faltó a despedirlo. En las largas tardes en las que conversaban de puras tonterías, el Flaco de las últimas teorías científicas, Diego de literatura. La patria estaba en su padre ya anciano con su ejemplar fama de honestidad. En sus hermanos, a quienes quería sin aspavientos. La patria no eran paisajes, ni monumentos, ni símbolos, ni comidas. La patria era un terreno saturado, un territorio interior, un extenso campo verde en donde estaban enterrados sus afectos.