Diego y sus hermanas

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Diego Cosenza vivía en una placentera isla rodeado de hermanas, que le hacían la gracia aunque no la tuviera, que competían con Doña Trinis en consentirlo y mimarlo, que lo hicieron crecer en el conocimiento de la oscura y esotérica selva del mundo femenino. De vez en cuando, las hermanas se peleaban, y una pasaba por el corredor, gritando, perseguida por la otra que le quería jalar los pelos. Las dos mayores, Rosa y Teresa, eran el sol y la luna. Rosa era morena, decidida, pragmática y quien dijo miedo no se lo enseñó nunca. Rosa pertenecía a la estirpe de los que construyen catedrales por el gusto de desafiar el cielo. Teresa era lenta, asustadiza, misteriosa, y a su misterio contribuía una belleza que venía de sus ancestros italianos, que, en la exageración familiar, quien la paragonaba a Ingrid Bergman y quien a Isabella Rossellini. Teresa era sonámbula: con frecuencia caminaba, en las altas madrugadas, por el corredor de la casa, se asomaba a la puerta del cuarto de sus padres, quienes la conducían, aun dormida, hacia su cama. “No hay que despertar a los sonámbulos, porque se vuelven locos”, sentenciaba don Roberto. Diego respetaba y envidiaba a su hermana mayor: le hubiera gustado tener su coraje, su energía y su ambición. En cambio, tenía un carácter parecido al de Teresa, con la que andaban frecuentemente del brazo, y las visitas maliciosamente murmuraban que parecían novios. Carolina, la menor, estaba demasiado lejos de sus hermanas: andaba por su cuenta en el eterno triciclo con el que desaparecía debajo de la mesa del almuerzo, o se entretenía hablando sola con sus muñecas, mientras los otros desempeñaban con engreimiento su papel de hermanos mayores.

Las tres hermanas en la playa: Joaquín Sorolla y Bastida

En las primeras épocas de la zona 8, en esa casa cuya esquina parecía una proa que iba a entrar en el portón de la iglesia de enfrente, los hermanos dormían todos en el último cuarto. Mitad de la casa estaba alquilada por doña Mercedes de la Luz, casada con don José Noriega, jamás llamado por su nombre, sino conocido en el universo mundo como “Don Chepe”. Era un hombrón alto y barrigudo, que usaba tirantes para que no se le cayeran los pantalones, unos bigotones hitlerianos que entonaban con el pelo liso echado hacia atrás. Tenía la cara de un perro escocés de los dibujos animados y le gustaba ponerse a contar historias a los niños, al contrario de doña Meches, que quizá por no haberlos tenido, quería más a su perrita, de mal nombre “La Mosqueta”, poco amada por los Cosenza y quizá tampoco por don Chepe.

El último cuarto, por las noches, se convertía en el escenario de variados espectáculos de teatro protagonizados por Diego, que hacía de payaso para sus hermanas. Inventaba telenovelas de estrepitosos y ridículos amores, que las niñas celebraban con risas y aplausos. También había películas de vaqueros, que a ellas interesaban menos y que, en cambio, eran protagonizadas por Hopalong Cassidy y su caballo “Topper”, o por el Llanero Solitario y su compañero el Zorro. Como en los dibujos que venían con “El Imparcial” de los sábados, el Zorro llamaba al Llanero Solitario, “Kemo Sabay”, que en la lengua de los Sioux o de los Hopis o de lo que fuera el Zorro, nadie sabía qué quería decir. A lo mejor quería decir “El Llanero Solitario”. Pero lo más esperado era un espectáculo inspirado por Zorro, y era las historia de unos pieles rojas norteamericanos que atravesaban las montañas llenas de peligros y de insidias. El grupo, personificado simultánea y esquizofrénicamente por Diego, se llamaba “Los indios Pedros”, y quién sabe por qué sus hermanas se reían tanto de las desventuras de esos pieles rojas que se resbalaban en cada piedra, se daban de frente con cada roble, se escapaban de ahogar cada vez que atravesaban un río. El final el espectáculo era un inesperado strip tease, protagonizado por la joven doméstica que dormía con los niños, y que sin pudor, recato o vergüenza, se quitaba la blusa y enseguida el brassier, dejando a los hermanos Cosenza con la boca abierta delante de sus senos al descubierto, cosa que duró por muchos meses hasta que una de las hermanas se lo contó a Doña Trinis y Doña Trinis despidió a la Agripina por lujuriosa y deshonesta. Diego, en ese período, se confesaba con el cura, pero no lograba ubicar bien cuál era su pecado, porque lo que le provocaba la visión de las hermosas tetas de Agripina era una turbación inconsolable.

Las vacaciones de fin de curso coincidían con noviembre, y noviembre coincidía con los cumpleaños de la familia. Por una curiosa conjunción astral, la mayoría de los Cosenza eran escorpiones: solo Carolina era de enero y Rosa de abril. Quizá por eso eran diferentes: luminosas, extrovertidas, solares. Los otros de la familia andaban con el aguijón levantado, listo para ensartárselo a las visitas o a los conocidos, de quienes se reían poniéndoles apodos sarcásticos. La ronda de cumpleaños se iniciaba el 7 de noviembre, cuando cumplían años, el mismo día, Doña Trinis y Diego. Por supuesto, la casa se llenaba de amigos de Doña Trinis, y también aquí Diego era segundón, arte de pasar desapercibido detrás de otros más destacados, arte que afinó y refinó por el resto de su vida. Solo muy de vez en cuando sacaba su aguijón y la gente caía redonda, sin darse cuenta de quién, a qué horas y cómo lo habían picado. Como todos estaban de vacaciones, se armaba un escuadrón para fabricar el pastel, quién batía las yemas, quién montaba las claras, quién revolvía la mezcla que daría lugar al pastel y quién ayudaba a Doña Trinis en la fabricación del turrón de miel, porque en casa la crema estaba prohibida merced a las extravagantes diarreas que la leche provocaba a toda la familia. Ocho días después se repetía la liturgia con el cumpleaños de don Roberto, cumpleaños de arte mayor, con buenas comidas italianas compradas en el almacén de alimentos de don Cristiano Saccardo, quien de cocinero del Embajador pasó a ser expendedor de lasañas, canelones, ravioles, pasta al huevo, pizzas y demás especialidades italianas que los Cosenza se podían permitir solo en los cumpleaños del jefe de la familia. También se sacaba el whisky Johnny Walker, etiqueta roja pues en la época no había otra, y la fiesta terminaba a gritos entre los mayores, con baile y sudor mientras los chicos se retiraban a su cuartito de teatro y espectáculo. Ocho días después era el santo de Teresa, y como ella, se celebraba en tono menor, con alguna de sus amigas que iban a comer un pastel que a los Cosenza ya les salía por las orejas, de tanto repetirlo.

Fue por esa época que doña Trinis se quedó embarazada, para susto y sorpresa de toda la familia, hablamos de las abuelas, que se espantaron de semejante barbaridad, ¡el quinto hijo!, de tíos y tías que llegaron a sonrojar a doña Trinis, y de don Diego Cosenza que manejaba un presupuesto familiar ya muy precario, y que se veía venir los gastos ingentes de tener un hijo en la capital, que allí nacían en hospital y con médico, no como en Chimaltenango, donde abuelas, tías y comadronas se hacían cargo de la parturienta, y todo era una ceremonia familiar, sin el olor a antiséptico y meados que gobierna a las clínicas, con la angustia no sólo de la enfermedad, sino también de la cuenta generosa que los hipocráticos médicos pasaban al final de las cansadas.

Consecuencias de una noche de insomnio

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Doña Soledad Montoya de Medina sufrió la agobiante y parcial tortura del insomnio la noche entre el 14 y 15 de septiembre de 1821. Toda esa noche escuchó el dócil rumor de la fuente del patio de su casa señorial, lujuriosamente adornada por las flores y las plantas; enumeró los escasos ruidos nocturnos, los conocidos y los desconocidos; se dio cuenta de que el tiempo casi se congela cuando uno quiere que se deslice con velocidad; oyó al gallo cantar cuando se le daba la gana, y no cuando debía, al alba; dio más vueltas en el lecho que una serpiente enroscada en el tronco de un árbol frondoso; se apercibió de que su marido roncaba con sabiduría y profundidad; anotó que esos ronquidos no la molestaban, sino le daban la tranquilidad que el hombre, si bien gordo, estaba sano y jocundo; ella misma, pensó con desconsuelo, se había vuelto una señora jamona, rolliza, oronda, por más que los vestidos importados de Madrid trataran de disimular la prosperidad y la salud.

A las cuatro y media en punto de la mañana, se sentó en el lecho y susurró: “¡La independencia!”. Entre todas las obsesiones de esa noche, la más persistente era constatar que México ya se había independizado de España, también toda Sudamérica, con Bolívar y San Martín a la cabeza, solo quedaban la Capitanía General de Guatemala y algunas islas del Caribe. A las cinco y media de la mañana estaba convencida: “Estos inútiles tiene que declarar la Independencia, antes de que seamos los últimos, como siempre”.

Se levantó, se bañó, se vistió y salió al patio, llamando a voces a Leopoldo, un mozo de campo y plaza que lo mismo se subía al techo a limpiar las tejas, que ensillaba los caballos o curaba a los conejos. A sus voces, el hombre corrió con el sombrero en la mano. “Polo”, le ordenó. “Conseguíme una buena marimba para mediodía, y la misma cantidad de cohetes que quemamos en la Nochebuena”. No le dijo para qué, ni al mozo le interesaba. A las ocho y media, mientras su marido se apacentaba con un desayuno que incluía huevos fritos, jamón, frijoles espolvoreados de queso de Zacapa y tortillas, le ordenó que convocara a la Asamblea Nacional para declarar la Independencia. “¿Querés que seamos siempre los últimos en todo?”, fue su argumento principal. A las doce del día, la Asamblea decretó la Independencia de España. A una señal de doña Soledad, los marimbistas comenzaron a tocar en el centro exacto del parque, mientras Polo se divertía, desatado, quemando tantos cohetes que el humo, el estruendo y el olor a pólvora se esparcieron como la niebla por la breve capital de lo que era la Capitanía General, y ahora eran las Provincias Unidas de Centroamérica.

Diego Cosenza recordaba siempre a Doña Soledad Montoya de Medina, porque era la causante de los desfiles de conmemoración de la Independencia patria. El singular modo que había de celebrar la fiesta era el remendado remedo de un desfile militar realizado por los colegios civiles de la ciudad. Cada escuela o colegio tenía una banda de guerra (así se llamaba, sin temor de paradoja) y detrás de la banda de guerra se formaban batallones de alumnos enmascarados de soldados en uniforme de gala, cada colegio en bélica y carnavalesca competición con los otros, desde el diseño del traje (gorra, pompón, correajes, galones) hasta la consistencia de la banda. Diego no entendía toda esa parafernalia, en parte porque implicaba una marcha interminable bajo el sol reverberante de septiembre, en parte porque se sentía completamente inútil para la vida militar. Los mejores, que quería decir los más machos del colegio, formaban parte de la banda de guerra, tocaban impecables trompetas desafinadas, una baja lira destemplada que figuraba una marimbita de metal alrevesada, balbucientes redoblantes como panderetas de oso de circo y un par de tamborones que mal llevaban el ritmo. Uno de los orgullos de Diego Cosenza, para el resto de su vida, fue el de no haber desfilado jamás, ni con la banda de guerra, ni con los batallones de efímeros soldaditos del Colegio. Inventó enfermedades, lo echaron del desfile por no saber llevar el paso, se escondió de todas formas y, en fin, reconocido como literato inútil para tales varoniles faenas, fue exonerado implícita y explícitamente del desfile militar. Así pudo gozar mejor de las vacaciones escolares que venían después. De octubre a noviembre comenzaba una libertad sin más límites que la escrupulosa disciplina que doña Trinis imponía en casa.

Al contrario de la Semana Santa, cuando los viajes eran obligatorios, los tres meses de vacaciones escolares transcurrían en casa, inventando entretenciones para pasar el tiempo. El primer placer era levantarse tarde y el segundo era vagar por la casa buscando qué no hacer. Diego se apoderaba de la máquina de escribir de su papá, una Olivetti 32 de esmerado diseño italiano y en la cual había aprendido a escribir con todos los dedos de la mano. Diego redactaba un pueril periódico familiar, y su escasa imaginación no dio para más que un nombre banal: “La Gaceta”. Para que el periódico fuera completo, Diego añadía ilustraciones, dibujos de niño tonto, y fotos al revés, pues había aprendido que rayando con un lápiz detrás de las fotos de “El Imparcial”, la tinta pasaba al papel, de modo que podía dar cuenta también de las novedades nacionales e internacionales.

Doña Trinis convocaba al almuerzo apenas entraba Don Roberto Cosenza, quien se venía a pie desde el periódico, comía, dormía una breve siesta y regresaba, también a pie, a la oficina. Y cuando don Roberto se iba, doña Trinis se recostaba, como una reina, en el lecho matrimonial, y a su alrededor, como cachorros inquietos, sus hijos. Muchas veces era Diego el encargado de ir a la tienda a comprar un cucurucho de cacahuetes, que doña Trinis distribuía entre todos mientras conversaban, contaban chistes, hablaban mal de los vecinos, se burlaban de don Roberto visto que estaba ausente y de vez en cuando alguno se pedorreaba y venía expulsado con deshonor de la convención familiar.

“Yo me pude casar mejor”, se lamentaba doña Trinis de la pobreza en la que vivían. “Tuve mis buenos pretendientes antes que apareciera el papá de ustedes. En cambio, me enamoré de Roberto, que apareció en Chimaltenango cuando yo era empleada en la tienda de los Aycinena. Por esa época, un coronel del ejército había ido a hablar con mi mamá, para pedir mi mano, pero a mí no me gustaba, porque era bajo y gordo. Luego hizo carrera y se volvió general. Ahora yo sería la esposa de un militar de alto grado. También me propuso matrimonio el Licenciado Guerrero, que llegó a Ministro de Gobernación, pero tampoco ese desabrido me gustó. Me enamoré del recién llegado de cara bonita y de bigote fino, Roberto Cosenza, que tenia una mano atrás y otra delante, pero a mi no me importaba que fuera pobre, porque cuando uno se enamora se vuelve burro, y ciego, y sordo, y solo burro, ciego y sordo puede uno querer casarse, pues si supiera todos los inconvenientes del matrimonio, no se casaría nunca, en cambio, en ese estado de estupidez, uno se va al altar y dice sí, sí quiero, padre, y se arruinó toda la vida”. Los hijos protestaban ante ese cuadro nefasto y alegaban que si no se hubiera casado con don Roberto, ellos no existirían. “En eso tienen razón”, consentía doña Trinis. “Pero yo podría haberme casado mejor”.

El presidente desnudo

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A la hora del almuerzo, don Roberto Cosenza contaba historias que parecían tan antiguas como las añejas películas que pasaban en la televisión vespertina: blanco y negro con líneas de garabato que como rayos temblorosos atravesaban la pantalla, frases cortadas por la tijera del proyector, escenas desvaídas por el tiempo. “El general Ubico hubiera querido ser un Napoleón montado en un caballo blanco, de crines al viento”, decía don Roberto. “Al general Ubico le hubiera gustado tener un monumento en el Parque Central, un monumento de bronce en donde él apareciera con su gorrita militar, encima de un gran equino de color verde, el bronce oxidado por las lluvias. Pero nunca hubo monumento y don Jorge se cayó del caballo en 1944, para caer sentado en Miami, en un colchón de dólares amasados durante su dictadura”. Las elecciones sucesivas, “¡las primeras elecciones libres en todo el siglo XX!”, solía exagerar don Roberto Cosenza a la hora del almuerzo, las ganó el doctor Arévalo, quien navegó una tormentosa balsa siempre a punto de naufragar, “¡treinta y ocho golpes de estado resistió sin parpadear!”, decía don Roberto Cosenza a la hora del almuerzo, y logró cumplir con su mandato presidencial no obstante las conjuras de turiferario, alto uniforme y placas diplomáticas, “al embajador norteamericano le dio orden de abandonar el país en 24 horas” prorrumpía don Roberto Cosenza a la hora del almuerzo, “y cuando le dijeron que lo iba a pagar caro, respondió: «¡Quiero ser presidente de Guatemala al menos 24 horas!»”, celebraba don Roberto Cosenza.

“Luego vino el pobre Árbenz”, deploraba don Roberto Cosenza. “Arévalo salió de la presidencia como había entrado, con lo puesto. Lo único que había ganado, la banda presidencial, se la colocó a Árbenz en el estadio nacional. Otro como él no hubo”. En las comidas familiares se recordaba la época de la Revolución como aquella edad a quien los antiguos pusieron el nombre de dorada y una de las razones principales era que el gobierno había nombrado a doña Trinis Directora de la Guardería Infantil de Chimaltenango. “Cuando los gringos se bajaron a Árbenz, las encumbradas viejas gordas del pueblo fabricaron rencorosas listas negras. Allí inscribieron a tu mamá, que jamás volvió a conseguir empleo. En toda su vida”. Don Roberto Cosenza achacaba al presidente Árbenz haber dejado por los suelos la bandera de la revolución. Diego imaginaba una bandera de Guatemala en medio de la sexta avenida, sobre un suelo inexplicablemente mojado por la lluvia, atropellada por los automóviles que le pasaban encima con indiferencia. Como suele suceder con casi todos los hombres mansos, don Roberto era radical en sus palabras, “debió haber armado al pueblo, para hacer frente a las tropas de la Liberación. En cambio de eso, se asiló en la Embajada de México”.

El Presidente de la República, Jacobo Árbenz Guzmán, alto, guapo, rubio, campeón de pugilato en la Escuela Politécnica, sale por una puerta trasera del Palacio. Un soldadito de guardia se cuadra y tercia el arma. Cree que el presidente está saliendo para encabezar la resistencia a la invasión. Con un somnoliento gesto desvelado, Árbenz lo apacigua. “No”, le dice, adivinando su error. “Sólo voy a cruzar la calle”. Al otro lado de la acera está el sólido portón de la Embajada mexicana. Con esa desconcertante falta de épica cayó la Revolución del 44. Peor: en el aeropuerto, antes de abordar el avión que lo llevaría al exilio, el Presidente Árbenz fue desnudado delante de las cámaras de los periodistas, a ver si no llevaba, en los calzoncillos, joyas, oro, diamantes. Esa humillación le dio la vuelta al mundo. Esa afrenta espera todavía una redención.

No es improbable que alguien lo haya dicho: la paradoja es el motor de la historia. De esa cuenta, la caída de la Revolución empujó a la familia Cosenza a emigrar a la capital. ¿Qué habrán sido sus antepasados, nómadas, húngaros, herejes, turcos, gitanos, jenízaros, cíngaros, para que los Cosenza se movieran siempre de un lado a otro, como si en vez de casa tuvieran un carromato con abalorios, malabares y prestidigitaciones, cantando arias de ópera italiana, como salían los gitanos en las películas de la tarde? Diego piensa que, a pesar de haber nacido cuando la Revolución ya estaba en marcha, y a pesar de que ni cuenta se dio de la derrota, toda su vida estuvo signada por esa Revolución. En San Andrés, en la tienda de su bisabuela, estaba enmarcado un sobrio y desteñido diploma que declaraba a su bisabuelo “Mártir de la Revolución”. La foto, desvaída, reflejaba a un hombre joven, mestizo, con los cabellos negros y la piel cobriza. “Lo mataron los indígenas”, le explicaba su bisabuela. “Ellos eran ubiquistas, estaban con el dictador y contra la revolución”. Debieron pasar muchos años para que Diego entendiera esa ironía involuntaria de los hechos pasados.

Esas conversaciones fueron por la época en que pasaron de la zona 4 a la zona 8. Alquilaron casa de esquina, con la misma patrona de su abuela. Quedaban a pocas cuadras, siempre en la avenida Santa Cecilia. Muchos años después, el poeta Luis Alfredo Arango le iba a confesar, como quien revela un misterio: “Yo también viví en la Santa Cecilia”, y con los grandes dientes de gran roedor que le arañaban la barbilla, comentaba: “es una zona mágica para los poetas: de allí es también el padre Hugo Estrada”. Estrada era un cura peso mosca, más bien mosquito, delgadísimo a punto de calavera, mínimo, volátil, tenue, transparente y poeta. El mejor profesor de literatura de ese mundo de crepúsculos de fútbol y frío.

La casa de la zona 8, que fue la definitiva, tenia una ventana que daba a la Avenida. Como estaba en la cumbre de la colina, desde allí se veía la ciudad desplegada hasta terminar en las faldas del Volcán de Pacaya, nítido en el horizonte. Todas las noches el Volcán de Pacaya hacía erupción. También la hacía durante el día, pero no se podía ver. En cambio, por la noche, se miraba la explosión de la lava, y los dorados hilos incandescentes que descendían por las faldas del volcán. Diego se asomaba a ese mirador exuberante y creía que era natural poder mirar todas las noches un volcán en erupción. Por las mañanas, en lugar del volcán, el espectáculo lo daban familias indígenas que subían la dura cuesta de la colina arrastrando un pesado carro lleno de abundantes verduras. El padre al frente, tirando como un mulo, la esposa y los hijos pequeños empujando con todas sus fuerzas desde atrás. “Vengan a ver”, los llamaba don Roberto. Diego y sus hermanos se agolpaban en la ventana. “¿Lo ven?”, preguntaba, didáctico. Y luego remataba: “¡Esto justificaba la revolución!”

Los vecinos de casa también habían sido arevalistas y también habían participado en la Revolución del 44. Cuando cayó Árbenz, llegaron los anticomunistas y dispararon contra los vecinos. En el comedor de la familia Cosenza quedaba una huella del atentado. Una bala perdida había dejado un agujero redondo en la ventana, con estrías como instantáneas telarañas. Pasó mucho tiempo antes de que cambiaran el vidrio. Don Roberto era un periodista, desidioso y retrechero para el trabajo manual, sordo a los reclamos de doña Trinis, de modo que había una gran cantidad de cosas inservibles en casa. Bastaba repararlas, pero el padre de familia llegaba tarde del trabajo, y había veces que regresaba verde de la migraña y sólo se encerraba en su cuarto, a oscuras, enemigo de los ruidos, a esperar que las aspirinas hicieran su milagroso efecto. Diego se iba a la ventana, la abría, y miraba, ya caída la noche, las explosiones de lava del volcán, el líquido naranja derramado como un vertedero de fuego, y, como todos los niños de su edad, no había paisaje que dibujara en donde no hubiera un volcán. Y, naturalmente, un lago.

Películas de vaqueros

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Una alocada variante de la abrumadora Semana Santa de rítmicas marchas fúnebres y agobiantes procesiones eran las calurosas temporadas en la costa. Los capitalinos más ricos tenían chalets en la playa, en Iztapa, en Monterrico, en Likín, en Tilapa, en Río Dulce, en Atitlán y como el lago todavía no era la cloaca que es hoy, algunos pasaban las vacaciones en el lago de Amatitlán. Los más humildes se iban todos al puerto de San José, en trenes abarrotados por lo más conspicuo de la pobrería, que se desataba durante esas fechas sagradas como si de repente se hubieran convertido en desaforados paganos, ávidos de placer y desmadrados, como locos sueltos después de un largo manicomio. Los más afortunados se hacinaban en los vagones, hechos una trenza de sudor y pestilencias profundamente humanas. Los que no cabían adentro se iban en el techo del tren, cocinándose a la brasa del sol de marzo, aderezando el asado con abundante aguardiente barato. Ya en el puerto, se dispersaban en las volcánicas playas negras, se quedaban hipnotizados contemplando el salvaje y retumbante Océano Pacífico, y cuando se emborrachaban, se tiraban al agua y se ahogaban.


Don Roberto Cosenza anunciaba a la familia la demoledora noticia: “Nos vamos a ver a mi mamá”. Si había algo peor que estar en la capital aplastado por la música de muerto, eso peor era irse a la costa a la casa de la abuela. Todos protestaban, Diego el primero, y le hacían coro sus hermanas Rosa, Teresa y Catalina, pues faltaba por nacer Guido, el accidental último vástago. Doña Trinis, por contentar a su marido, con resignación piadosa, propia de las fechas, preparaba las desportilladas maletas, grandes y pesadas como armarios, y una canasta de víveres, pues el viaje era largo: tres horas en autobús, desde el altiplano hasta el nivel del mar.
Un par de veces, don Roberto prefirió el tren. Subían al primero de la madrugada, que no llevaba gente, porque los que se iban de vacaciones se levantaban tarde. La diferencia entre el tren y el autobús estaba en el precio y en la duración del viaje. Lo que el autobús se tardaba tres horas, el tren lo hacía en diez, porque su velocidad máxima eran 30 fatigados kilómetros por hora. Tenía largos sillones de madera, y, arriba, un compartimiento de  maletas igual al de los trenes de las películas de vaqueros que daban en el cine “Venecia”.
Ese cine estaba a tres cuadras de la casa: con el cine “Real”, eran el sueño de los fines de semana de la zona 8. Los domingos, por pocos centavos, uno podía ver dos películas del oeste, de diez a una de la tarde. Se llenaba de niños que comían pop corns, que tenían, en verdad, un nombre hispánico: “poporopos”. También vendían, en el intermedio entre una película y otra, tostadas con frijoles, tostadas con salsa, espolvoreadas de queso blanco de Zacapa y perejil, tostadas con carne y panes con chiles rellenos.
Un vaquero solitario cabalgaba en blanco y negro por la pradera, hablaba en inglés con subtítulos y llegaba a un pueblo dominado por un bandido o por muchos bandidos, se enamoraba de la hija del sheriff y decía cosas como “¡sharap!”, que quería decir “¡sho, cerote!”. También decía “Camón, camón”, que significaba “manos arriba” o algo parecido. Y cuando al final de la película, el bueno perseguía al malo en su caballo alazán, que siempre tenía un nombre fastuoso y era negro brilloso o acanelado y rubio, todos los niños pataleaban contra el piso del “Venecia”, ya no se oía nada, sólo el pataleo que hacía temblar todo el edificio, el piso de madera de la platea y de la galería a punto de reventar con el zapateado que imitaba los cascos del caballo, hasta que el héroe alcanzaba al villano, se le tiraba encima y entonces estallaba una fragorosa ovación de estadio, con vocerío histérico de los niños, que en su candor e inocencia pedían al bueno que asesinara al malo, quien caía al suelo desmayado con la primera pescozada que le pegaba el protagonista. Al final, beso con la hija del sheriff y a la siguiente película. Lo malo de esas emociones es que daban ganas de orinar. Y todos salían del cine empuñando pistolas de imaginación con las que se disparaban tiros simulados con la boca, esquivando el silbido de las balas que rozaban las orejas y lo más genial es que caían muertos, para resucitar después y seguir peleando.
El tren para la costa bajaba lentamente a Amatitlán, en unas tres horas. A veces se quedaba parado sin razón, como eternamente se quedan parados siempre los trenes. Uno miraba por la ventanilla y no había más que tantos árboles, tupidos bosques, retorcidos alambrados. Al rato tren se ponía en movimiento y en todas las estaciones había vendedoras con canastos en la cabeza. Vendían atol de elote, atol de masa, atol de frijol, atol de haba, elotes asados, rellenitos, corbatas chinas con su aureola de moscas, plátanos fritos y asados, piñas, mangos, cocos, de todo. Pero Doña Trinis solo abría el mantel que había extendido en un asiento vacío, y allí había de comer para tres semanas.
A medida que el tren bajaba, el aire se iba haciendo caliginoso. Los suéteres que se habían puesto en la madrugada ahora estorbaban, y con paciencia Doña Trinis los metía en una de las maletas. Una vez, aunque todo el vagón iba vacío, un tipo con planta de ladrón se les sentó enfrente y se le quedó viendo fijamente a Rosa, la mayor de las hermanas. No hacía nada más que mirarla. Pero la miraba con los ojos de uno que no ha visto un pastel en su vida y que descubre los pasteles y se los quiere comer. Don Roberto le pidió que se cambiara de lugar, pero el tipo no le hizo caso. Siguió viendo a Rosa como las serpientes yerguen la cabeza y se quedan a punto de atacar a su víctima. La solución fue cambiar de vagón e irse al siguiente, que también iba vacío El tipo se quedo mirando fijo, al vacío.
Luego venían Palín y las vendedoras de todo lo comestible de esas tierras: había también iguanas que parecían pequeños dinosaurios, serpientes redondas de carne blanca, panes con pollo, tomate asado. Y después de Palín, Escuintla, en donde el calor hacía parecer el vagón un horno incandescente. Allí, Diego Cosenza sentía la flojera que lo iba a acompañar por todo el tiempo de la estancia en la costa. El calor lo aguadaba, le daba sueño, lo hacía sentir dentro de un sonámbulo submarino de gelatina.
De la costa, aparte el incesante calor que lo agobiaba desde la mañana, Diego odiaba la casa de la abuela, hecha de tablones disparejos que dejaban ver, por las fisuras, a la gente que iba por la calle. También odiaba que no hubiera baño, sino letrina. Uno tenía que ir al patio, abrir la puerta de madera, amarrada con una pita, y sentarse en un sillón también de madera que daba a un pozo ciego, del cual venían sólidos y consistentes efluvios de desagüe. Al lado, pinchados con un clavo, trozos de periódico cortados escrupulosamente en cuadritos. Pero lo que más odiaba eran las espantosas tempestades que estallaban de repente, con rayos que dejaban a la gente alucinada, y truenos con retumbos de tambores, que se desplomaban encima de su cabeza y luego se iban perdiendo como rebotando en las montañas. Caía tanta agua que era inútil usar paraguas. Era una cortina densa como si un dios costeño estuviera volcando cubetadas de agua sobre el pueblo. Estallaba otro rayo y el corazón le palpitaba acelerado, puro miedo concentrado, y al rato el trueno que se dejaba caer como un tremebundo terremoto rodante, rechinaban de miedo los tablones de las falsas paredes, desde donde salpicaba el agua que convertía las calles en corrientes de agua de chocolate.


Lo único que le gustaba era cuando iban al río. Atravesaban el pueblo, y Diego ya se había acostumbrado a las mujeres indígenas que andaban con el pecho descubierto, los grandes senos perturbantes como redondas calabazas de inquietud, soles de carne morena y líquida, “eso no se ve en la capital”, protestaba doña Trinis, “que las mujeres sean deshonestas”, mientras don Roberto se burlaba del pudor de su mujer: “toda la vida han sido así en la costa”, explicaba. El caminito para el río era un sendero que atravesaba varios cafetales, protegidos por un alambrado de espigas, que ellos levantaban con un palo e iban pasando con la furtiva conciencia del que escapa de una prisión. Al final, límpido y refrescante, el transparente río se les ofrecía en su líquido deslizamiento, con las piedras lisas de todos los colores, remansos que llamaban pozas a las que los niños se tiraban desde las rocas, entre gritos de miedo y alegría, y unos pececillos mínimos, “se llaman “tepocates”, decía don Roberto, recuperando su infancia en ese río, “y cuando crezcan se convertirán en sapos, como ustedes”.

Semana Santa

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Las vacaciones llegaban en octubre con el final de las lluvias y el principio de unos desmelenados ventarrones de arrebato que invitaban a los niños a irse a lugares altos, en descampado, a volar pequeños barriletes de papel de china, amarrados o pegados en armazones de bambú, con una cola ondulante y barbitas a los lados, y que se iban para arriba, para arriba, para arriba, como si un imán invencible los atrajera hacia el sol, hacia las nubes redondas y blancas, hacia el cielo azul profundo del altiplano. En Santiago Sacatepéquez, en noviembre, para la fiesta del santo patrón, los mayas armaban barriletes gigantescos, que uno diría pegados al suelo, y que sin embargo, con una cierta majestad de ornamentado elefante ceremonial se iban bamboleando hacia el cielo hasta que se rompía la cuerda y se caían con la poca gracia del que se tropieza con sus propios pies.

Diego Cosenza se sintió como un preso al final de su condena cuando el último día de clases, al grito de “¡rompan filas!” salió corriendo para su casa sin el temor de tener que volver a esa prisión. Todos los años de la escuela primaria se los pasó contando los días que faltaban para las vacaciones y cada año superado aumentaba su odio por

la escuela, en lugar de menguarlo.

Durante ese tiempo, cambiaron dos veces de casa. La primera fue para trasladarse a la zona 4, que era considerada zona residencial. Allí las calles no se llamaban calles, sino “rutas”, y las avenidas adquirían el nombre de “vías”, según el excéntrico alcalde que urbanizó esos potreros. La segunda fue para volver a la zona 8, exactamente frente al Colegio “Don Bosco”, de modo que Diego no tenía más que cruzar la calle para encontrarse delante del portón. Esa cercanía fue la causa de infinitas llegadas tarde, puntualmente castigadas por los sucesivos maestros de la Primaria, quienes se repetían en el regaño: “Vive enfrente y llega tarde, es el colmo”. Muchos años después, Diego habría de entender una ley natural: llegaba tarde precisamente porque vivía enfrente.

Al principio fue la zona 4. Entre el colegio “Don Bosco” y la casa de la zona 4 había un tupido bosque, llamado “La Cipresalada”, que Diego atravesaba con temor porque todos decían que había una banda de robachicos que asaltaba a los niños cuando pasaban por ahí. Por eso, con frecuencia se hacía acompañar de Witt, un compañero de origen alemán que tenía los aguados ojos zarcos y un defecto: el brazo izquierdo no se le había desarrollado, y parecía que anduviera como si lo tuviese arremangado. Crueles, los compañeros le habían puesto un apodo: “Manita”, aceptado por Witt a pesar de su carácter endiablado que con frecuencia lo hacía arrastrarse a trompadas con otros escolares. Los profesores señalaban a “Manita” con bajas notas en conducta y ese fue uno de sus primeros amigos de malas costumbres. Los maestros decían a Diego que no se explicaban cómo un niño que leía tan bien pudiera andar pegado a otro tan bravucón y descompuesto. El secreto estaba allí. La cercanía de Witt daba a Diego una suerte de invulnerabilidad.

Cuando Diego Cosenza atravesaba solo La Cipresalada era como entrar en las aguas borrosas de una pesadilla. De entre los árboles llegaban ruidos que le parecían presagiar la llegada de la banda de secuestradores, o de repente, por las veredas que atravesaban el bosque, veía venir a un hombre desarrapado que se lo iba a llevar a rastras para venderlo en el mercado. Le pasaban al lado, casi sin notarlo, y a Diego le quedaba solo el temblor de las canillas. Faltaba lo peor: al superar el bosque, entraba a las primeras casas de la zona 8, y a esa hora de la mañana andaban sueltos todos los perros del vecindario, que eran muchos, y que a la vista del niño comenzaban a ladrar en desafinado concierto de pavor y miedo, y algunos se le lanzaban a morderlo enseñando colmillos y encías rojas, por lo que Diego salía disparado con el chucherío atrás, hasta llegar a la Avenida Santa Cecilia en donde, quizá por qué motivo, tal vez el tráfico, los chuchos se quedaban como delante de una barrera invisible, ladrando contra la pequeña presa que se les había escapado. Ya la escuela era una tortura; si también lo era llegar, se puede comprender el odio de Diego Cosenza contra la sagrada institución de enseñanza. Cuántas veces soñó que una bomba, un terremoto, una catástrofe hacían desaparecer los tres pisos del Colegio, y que allí mismo comenzaban las vacaciones.

Durante el año, había otras vacaciones. Eran las de Semana Santa. Otro de los profundos hastíos de Diego Cosenza se concentraba en los largos días de la Semana Santa. Naturalmente, no había clases, y quedarse en casa, en medio de los calores tenebrosos de marzo, no significaba ninguna alegría. Todas las radios (la televisión no había llegado aun) transmitían música fúnebre, desde la mañana temprano hasta el cierre de transmisión. Tata-ta-chin-ta-chin-ta-chin… Para desgracia del país, uno de las mayores excelencias musicales de Guatemala era la deprimente composición de oprobiosas marchas de muerto en honor del Señor Sepultado, de Cristo con la cruz a cuestas, de la Virgen con los Siete Puñales, y uno se iba hundiendo, hora tras hora, en una tristeza de derrumbe y desmoronamiento, o, en el caso de Diego, en un aburrimiento más hondo que las cuevas de Alicia en el país de los funerales. Los curas advertían que se debía jugar con respeto, medida y discernimiento, y que mejor era rezar un santísimo rosario, y rezarlo varias veces, para la salvación de la propia alma y de las ánimas del purgatorio, y también como compensación por los sufrimientos que los hombres habían causado a Cristo Nuestro Señor, que desfilaba en las agobiantes procesiones de todas las iglesias de todos los barrios, doblegado por una cruz de falsa madera, con la relumbrante cara angustiada y pesarosa, también él prisionero de las vacaciones de Semana Santa, la corona de espinas de la que caían copiosos chorros de sangre lacada, el cilicio en la cintura que le bañaba de púrpura el taparrabos amarrado con un lacito, las piernas moreteadas y también con hilillos rojos como los ríos en los mapas. Alguna vez su tía lo llevó a ver las procesiones, pero no vio nada, porque era niño, y porque además de niño era de baja estatura, siempre había alguien más alto delante de él, y estar bajo el aplastante sol de marzo, en espera del grito de “¡ya viene, ya viene!” y la procesión que no venía, hasta que pasaba una monumental anda monstruosa, cargada por cucuruchos sudorosos y malolientes a alcohol y sudor, parecía que se fueran a caer de un momento a otro, y a Diego le venía un dolor de cabeza que le trepanaba los sesos, y odiaba las procesiones, la música fúnebre, las viejas de mal aliento que cantaban:

¡Perdón, oh Dios mío,

perdón y clemencia,

perdón e indulgencia,

perdón y piedad!

“¿Te gustó la procesión?”, le preguntaba su tía. “¡No!”, respondía Diego de mal genio. “Ve qué niño más maleducado”, comentaba su tía. “Te tienen muy consentido, eso es lo que pasa. No te vuelvo a traer”. Y el dolor de cabeza, el calor agobiante, y, de regreso a casa, las interminables marchas fúnebres, del color de la remolacha que servía, el viernes, para una ensalada fría de verduras que llamaban “fiambre”, ácida, agria, amarga por el corozo que le metían, y que Diego detestaba como aborrecía toda la Semana Santa.

La múcura está en el suelo

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El colegio “Don Bosco” no era el conjunto de ostentación levemente kitsch, seguramente nacional-popular, en que lo convirtió un extravagante arquitecto salvadoreño quien, según el Director, era genial. Hoy, corona el paisaje de la pobre zona 8 una formidable basílica en forma de pez acostado, en cuyo frente campea un Sagrado Corazón pantagruélico, paquidérmico, monumental, el más grande Sagrado Corazón del mundo, parecía que lo hubiera depositado en su nicho una astronave aliena, en vez de los cinco tráilers que cargaban los pedazos de Cristo de bronce ahuecado, la cabeza en uno, el torso en otro, brazos con manos en el tercero, la túnica que cubría los pies en el cuarto, y los pies con sandalias en el quinto. Toda la zona 8 salió a la calle a ver pasar el desfile de entierro y funeral de los cinco tráilers que hacían retumbar las paredes de la casas a su paso, con el polvo que llovía del tabanco como si el volcán hubiera hecho erupción. Y toda la zona 8 se pasó una semana viendo cómo, con gran aparato de grúas, poleas y obreros con casco amarillo, bajo la solemne dirección del genial arquitecto salvadoreño y los comentarios del Padre Director, se montaron las piezas, y se quemaron cuetes y se aplaudió, y se montó una feria con tragos y baile, hasta que el Sagrado Corazón de bronce se quedó en su sitio, para la eternidad con una sólida mano en el pecho y la otra abierta en férrea bendición.

Pero eso fue después de que Diego Cosenza entrara a mitad del año escolar a Primer Grado de Primaria. Antes de la Basílica, el colegio todavía era pobre, y las clases se daban en un galerón de barro y madera, con pizarras negras y pupitres adustos, las ventanas en alto, la luz endeble. A la hora de lectura, Diego se aburría porque bastaba que leyera un párrafo para que la hora se le terminara, mientras sus compañeros silabeaban siguiendo con el dedo cada frase. “Pe-dro-de-Al-va-ra-do-fue-el-con-quis-ta-dor-de-Gua-te-ma-la”, leían a tropezones, como si estuvieran descifrando los glifos de una tropical y arcana estela maya. Entonces, viéndolo aburrido y aburriéndose él mismo, el profesor Rojas lo llamaba: “Diego Cosenza, venga para acá”. Él se acercaba a la cátedra. “¿Sí, profe?”. “Hágame un favor”. “Sí, profesor”. “Vaya a tercer año y dígale al profesor Roca que tengo un mensaje para él”. Diego salía de la clase, iba al aula de tercer grado y se acercaba al profesor Roca. “¿Qué querés, Diego Cosenza?”, también el profesor Roca lo llamaba por nombre y apellido. “Dice el profesor Rojas que tiene un mensaje para usted?”. “Ah, muy bien. Andá con tu maestro y preguntále cuál es el mensaje”. Entonces Diego se iba de regreso, llegaba con el profesor Rojas y le refería: “Dice el profesor Roca que cuál es el mensaje”. “Andá de regreso y decile que digo yo que «parece que va a llover»”. Obediente, Diego desandaba el camino, entraba a tercer año, y refería a Roca: “Dice el profesor Rojas que parece que va a llover”. Roca se quedaba pensativo un momento. “Muy bien, muchachito. Decile que digo yo que «el cielo se está nublando»”. Diego retornaba sobre sus pasos, y refería: “Dice el profesor Roca que el cielo se está nublando”. El maestro Rojas alargaba un poco los labios, como quien se detiene en una profunda reflexión. “Ajá”. Y luego de algunos segundos de concentración, lo conminaba: “Decíle al profesor Roca que «la múcura está en el suelo»”. El tiempo iba pasando. Diego iba con el profesor Roca y le refería: “Dice el profesor Rojas que la múcura está en el suelo”. Roca apenas sonreía ante el alto reto que se le planteaba. Ya faltaba poco para que sonara el timbre. Entonces remataba el intercambio con la sentencia final: “Contestále a tu profesor lo siguiente: «¡Ay mamá, que me estoy mojando!»”. Era la letra de una popular canción caribeña, de moda en esos tiempos. Diego Cosenza regresaba con el profesor Rojas, y le refería: “Manda a decir el profesor Roca que ¡ay mamá, que me estoy mojando!”. Apenas daba tiempo para que Rojas soltara la carcajada y sonara el timbre de fin de la hora.

Ese galerón original quedó olvidado cuando los curas construyeron dos edificios de tres niveles al otro extremo del patio de tierra que servía de portentoso campo de fútbol. A la hora del recreo salíamos todos los alumnos de primaria y cada grado jugaba su partido privado, con su propia pelota comprada con los ahorros de todos, y era un milagro que cada encuentro se jugara simultáneamente, sin confundir adversarios ni pelotas, solo de vez en cuando un alumno caía derribado como bocha de billar cuando lo alcanzaba un pelotazo ajeno que lo sorprendía distraído. Era una algarabía de madrugada de pájaros, como los famosos gorriones que se ponían como ripiosos signos de pentagrama en los cables de la luz de la ciudad de Escuintla, y por las tardes de calor torrencial alborotaban las calles con sus gorjeos agresivos.

En realidad, el galerón era la parte trasera de la Iglesia de Santa Cecilia, una construcción blanca y pobre que fue derrumbada cuando construyeron el monumental Santuario al Sagrado Corazón. El galerón se quedó con el singular nombre de “Anexa”, porque allí los curas instalaron una escuela para niños más pobres que nosotros, que los había. El colegio se unía a la Iglesia por medio de una sacristía, y los que vivíamos más cerca nos peleábamos por ser los monaguillos de las misas matutinas. El premio por ayudar misa era un plato de frijoles colados, muchas veces pasados de tueste, unos plátanos fritos, un pan y café más aguado que la lluvia arcillosa que chorreaba de las láminas durante los aguaceros del invierno.

Entre la sacristía y el Colegio, merodeaba el alma del Padre sin Cabeza. Todos los alumnos del colegio sabíamos que no podíamos andar solos por esos corredores oscuros y tétricos, porque seguro se nos echaba encima el misterioso cura que era solo cuerpo y sotana, y que quién sabe por qué había sido decapitado. No faltaba la ocasión en que, si uno caminaba solitario de la sacristía a los vestidores, para depositar alba y sotana, detrás de una puerta apareciera un compañero y le pegara un gran susto gritando: “¡Soy el Padre sin Cabeza!”. Y uno salía chillando aterrorizado, hasta que veía al otro tirado en el suelo, muerto de risa. Comenzaban entonces esos forcejeos de animalitos mitad pelea, mitad juego, con que frecuentemente se enzarzan los niños, y que los curas nos prohibían terminantemente con un refrán: “Juegos de manos, son de villanos” .

Menos frecuente era encontrar a la Siguanaba, un demonio disfrazado de mujer, con los cabellos negros largos, un manchón de azabache lúcido, que se robaba a los niños para comérselos en una olla de barro. Todos la habían visto, nadie la había visto. “Tiene cara de caballo y cuerpo de mujer”, decían los mayores “y apenas te ve te estrangula. Después te cocina con zanahoria y cebolla”. Diego Cosenza nunca vio al Padre sin Cabeza ni a la Siguanaba, aunque muchas noches, a la hora de las pesadillas, comenzaba a correr desesperado cuando sentía a sus espaldas el ronquido espantoso del fantasma del cura decapitado, o el alarido desesperado de la mujer de cabellos negros. Lo malo era que los pies no se movían, por más esfuerzo que hiciera. O, a veces, se movían, pero no avanzaba. A veces, al despertar, se reía de otra pesadilla: estaba todavía en Chimaltenango, y el diablito que aparecía en las latas de carne prensada SPAM, con la cola de escorpión y un tridente en la mano, comenzaba a correr detrás de él. El diablito tenía bigote y barba, y era todo de color rojo, rojo, rojo. Otras veces, despertaba por la noche, y veía una figura parada en la oscuridad. Le costaba trabajo darse cuenta que era el perchero, de donde colgaban vestidos y chaquetas. Los incontables terrores de la infancia.

Chivito perdido

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Los dioses protectores de los niños mandaron al mágico profesor Rojas para que fuera, por la eternidad, maestro del primer año de la escuela primaria. Rojas era bajo, moreno, con el pelo rizado que comenzaba a escasear en las entradas de la frente, usaba un bigotito a la Jorge Negrete y ropa que le quedaba inexorablemente grande, como las chaquetas del mal sastre de Groucho Marx. A todos los niños les ponía un apodo, y cuando Diego Cosenza se quedaba aislado en los recreos, todavía estupefacto de estar allí, como si una nave de marcianos lo hubiera secuestrado y depositado en otro planeta, Rojas lo llamó: “el chivito perdido”. Contribuían a esa sensación de desarraigo los pantaloncitos cortos que Doña Trinis consideraba de rigor en el primer grado de primaria, mientras el resto de niños usaba rigurosamente pantalones largos.

Dos episodios habían marcado el desconcierto de entrar a la escuela. La prueba de lectura y la primera lección de catecismo. La prueba de lectura fue cuando el Padre Director entró a la clase, en pleno junio, con Diego detrás, y le pidió a Rojas que le hiciera leer un fragmento del libro de texto. Rojas, perplejo, escogió un párrafo y se lo dio al niño de pantaloncitos cortos. Diego leyó sin tropiezos, dejando a los compañeros mudos por un instante. En el instante sucesivo, comenzaron las protestas de los niños: “¡Se lo sabe de memoria!”, decían, “¡Se lo sabe de memoria!”. Para comprobar el asunto, Rojas procedió con otro párrafo, y Diego leyó también con soltura, extrañado de que los otros niños protestaran, porque para él era natural leer así. Al final, todos aceptaron la evidencia: el niño nuevo sabía leer.

De allí en adelante, en todo el colegio corrió el rumor de que había un niño de primer año que leía sin parar. De vez en cuando, el profesor Rojas lo llevaba a tercer grado y lo hacía leer, “para que aprendan, burros”, decía a los de tercero, “que uno de primer año lee mejor que ustedes”. Y lo llevaba a cuarto y a quinto grado, y repetía la representación. También los de tercero, cuarto y quinto lo acusaban de haber aprendido el texto de memoria, y también allí la cosa se volvía un circo, porque escogían ellos lo que tenía que leer, y el niño leía, y se quedaban asombrados, se burlaban de sus pantaloncitos cortos, y se quedaba asombrado también Diego, asombrado que que los otros se asombraran, si era tan natural leer de esa manera.

Tanta fama y éxito derivaron en el primer fracaso de su vida de estudiante. Puesto que era bueno para leer, sus compañeros dedujeron que tenía que ser el capitán del equipo de fútbol, sin saber que no es lo mismo Chana que Juana ni que no es lo mismo Juan Domínguez…. En su primer recreo de capitán del equipo, Diego Cosenza corrió al centro del campo, orgulloso de su nuevo papel de líder futbolístico. Otro compañero le pasó la pelota y Diego dio tal patada al aire que se cayó sentado en el suelo de tierra. En ese mismo instante lo despojaron del titulo de capitán y tendrían que pasar muchísimos años para que Diego Cosenza se consolara de semejante humillación. Fue cuando vio a Maurito Icardi, delantero centro del Inter de Milán, pagado millonadas por jugar fútbol, solo delante de la portería y en lugar de pegarle a la pelota, madó un patadón al aire, igualito que él en primer año de primaria. Solo que a Icardi no le quitaron la faja de capitán y le siguieron pagando millones por jugar fútbol.

También años más tarde, Cosenza iba a llegar a la conclusión de que lo que llamamos “vocación” es, simplemente, lo que los otros nos dicen que hagamos. Sus compañeros decidieron que no sería nunca futbolista. También decidieron que iba a ser el lector oficial de la clase, por muchos años. Puesto que aprendió también a escribir, pronto decidieron que sería el escritor oficial del curso. Cuando, en los años sucesivos, un maestro decía: ¿quién pasa a leer? Todos delegaban sin pensarlo: “Diego Cosenza”, decían, y lo llamaban así, por nombre y apellido. ¿Quién escribe la composición? “Diego Cosenza”, repetían. Y así, por muchos años, Diego no tuvo otro oficio. Jamás lo incluyeron en los equipos de fútbol.

El segundo episodio tenía que ver con la religión. La clase de catecismo la impartía el reverendo padre Márquez, un mulato panameño de pocas luces y mucho mal carácter. Tenía un sistema para que los niños aprendieran los principios católicos. Quizá había un librito, era probable, y en ese librito los dogmas y principios estaban desmenuzados en preguntas y respuestas. Entraba el padre Márquez con su voz de trueno y retumbaba: “¿Quién es Dios?”. Y el del primer banco respondía como una tarabilla: “¡Dios es un ser omnisciente, omnipotente e infinitamente perfecto!”. “¿Y en qué consiste el misterio de la Santísima Trinidad”. El del segundo banco: “¡En tres personas iguales y distintas!”.

Diego Cosenza, en su primera clase de religión, veía atónito cómo el padre Márquez furiosamente preguntaba, y veía como sus compañeros respondían casi con entusiasmo. Veía también que el padre se iba acercando a su banco y con terror imaginaba que le iba a hacer una pregunta, y que él no sabía qué carajos responder.

En efecto, dos bancos antes, el padre Márquez preguntó: “¿Cómo son los mandamientos?”. El niño de adelante contestó: “¡Una escalera grande y otra chiquita!”. Ahora le tocaba a Diego Cosenza. El padre Márquez no reparó en que era un escolar nuevo. Con los ojos inyectados en sangre, casi le gritó: “¿Cuál es la escalera grande?”. Mente en blanco. ¿Cuál podía ser la escalera grande? Poco tiempo después, Diego iba a saber que la escalera grande eran los diez mandamientos de la religión católica, y que la escalera chica eran los diez mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Pero en ese momento no lo sabía. “¡Cuál es la escalera grande!”, le gritó el padre Márquez. Diego Cosenza sintió que se hundía en el pupitre que el profesor Rojas le había asignado. Se quedó mudo, y como se quedó mudo, el padre Márquez se le echó encima y lo comenzó a sepultar con una lluvia de coscorrones, hasta que los demás niños comenzaron a gritar: “¡Es nuevo, padre, es nuevo!”. El panameño se quedó en vilo, por un instante. Lo examinó como si tuviera delante una pegajosa aparición, movió los ojos en redondo, y dijo, “Es verdad, es nuevo. ¡Pero mañana me contestas de memoria, o te cae otra vez!”, lo amenazó. De esa forma, Diego Cosenza aprendió el catecismo.

El conocimiento del catecismo era la preparación para la primera comunión. Cuando se acercaba la fecha del acontecimiento, ya todos los niños sabían de memoria el librito, con el eficaz método del Padre Márquez. Tan eficaz, que Diego Cosenza supo por toda la vida cuáles eran la escalera grande y la chiquita.

El día anterior al de la ceremonia de Primera Comunión, todos los niños se fueron a confesar con el padre Márquez. Uno de los primeros fue Diego Cosenza. “Ave Maria Purísima”, sintió el aliento a zanahoria podrida del cura del otro lado del enrejado del confesionario. “Sin pecado concebida”, respondió correctamente Diego. “¿Hace cuánto tiempo que no te confiesas?”, le preguntó el cura. Diego se quedó como un imbécil. No se había confesado nunca y, por tanto, no estaba preparado para contestar de memoria a esa pregunta. Se quedó callado, con unas inmesas ganas de hacer pipí. “¡Que hace cuánto que no te confiesas!”, le gritó el padre Márquez. Diego estaba a punto de llorar: “No lo sé, padre, no lo sé”, confesó, al menos, su ignorancia. Al cura se le rebalsó la cólera. Se salió del confesionario y de nuevo sumergió a coscorrones a Diego Cosenza, mientras le gritaba: “¡No saben ni confesarse, ni confesarse saben!”. Al fin, lo absolvió de sus ningunos pecados, y Diego pudo hacer su primera humillante comunión. Quizá por esos motivos, Diego odió toda su vida ir a la escuela y nunca fue el primero de la clase, y, a veces, fue el último.

(Ilustraciones de Sempé)

Cayó Perón

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En el mundo de la memoria, no hay fechas exactas: se pasa de un evento a otro como en los sueños, sabemos mejor el dónde que el cuándo, y así, en mis recuerdos, pasamos, como en una disolvencia cinematográfica, de la pensión “Paz y reposo” a la casa de la abuela. Perfectos inmigrantes, una muchedumbre cupo en la casa de la zona 8. Un cuarto para nuestra familia, padre, madre y tres niños; los otros, para mi abuela y mis cuatro tíos. Era una casa curiosa. Estaba en la 28 calle, allí donde defluye en la Avenida Bolívar. Una cuesta de 30 grados, por lo menos. Algún municipal genio había dispuesto que el autobús de la línea 13 escalara de la Avenida Santa Cecilia a la Bolívar por esa empinada subida, y como el río de chatarra que transitaba la Bolívar tenía la preferencia, el gran autobús se balanceaba (juego de prestigio entre el acelerador y el embrague) hasta que encontraba un agujero en el tráfico y con gran estrépito y chorro de humo de barco de vapor, se metía en la Bolívar. Naturalmente, un día uno de esos autobuses no logró mantener el equilibrio, se le apagó el motor y se empotró en nuestra casa. Destrozó la puerta de entrada y abatió el muro de la sala. Salimos en el periódico: “AUTOBUS ENTRA EN CASA DE LA ZONA 8”, y estábamos en la foto. Fuimos célebres por un día. Compramos cinco ejemplares de “Prensa Libre”.

Debo confesar que fue una de las mejores épocas de mi vida. Ignoro si existía, en esa época, el kindergarten, pero me ahorré esa primera cárcel. Pasé los años de mi infancia en plena libertad, sin escuela ni maestros. No sé qué clase de niño era yo; sé que me gustaba escudriñar los cómics de los periódicos, aunque no supiera leer. ¿Quién me leía los globitos con los diálogos de los personajes? ¿Mis tíos? ¿Mis padres? No lo sé. Me gustaban los dibujos, algunos no tenían diálogos y eran los mejores. Todas las tardes pasaban metiendo “El Imparcial” debajo de la puerta. ¿Quién lo hacía: el voceador, la empresa del periódico, otro distribuidor? Como una magia, de pronto aparecía la mancha blanca del periódico y yo corría a verlo primero, buscando con voracidad la página de los muñequitos.

Una tarde, El Imparcial traía un titular enorme, de noticia importante. Cogí el periódico y me lo llevé al cuarto. Allí, sin saber lo que hacía, leí en voz alta ese titular: “CAYO PERON”. ¿Quéééé?, dijeron mis padres, estupefactos. Yo repetí, sin leer y sin entender lo que decía: “Cayó Perón”. Mi padre me miró como quien descubre una cucaracha en la comida: “¿Pero vos sabés leer?”, me preguntó como si yo supiera la respuesta, y yo le contesté que, obviamente, no. “¿Y entonces cómo hiciste para saber lo que decía el título?”. Compungido, confesé que no lo entendía yo tampoco. Esa sorprendida tarde, mis padres me hicieron ir silabeando todos los textos que podían, como el que encuentra un objeto indescifrable y lo examina por todos lados. Al final, mi padre, don Roberto Cosenza, dictaminó con solemnidad: “El muchacho sabe leer”.

Uno de mis tíos me había puesto apodo, por causa de la lectura. Cuando íbamos en el autobús, yo iba leyendo los letreros de las tiendas, de las ferreterías, de las panaderías, de las carnicerías, de las abarroterías. “La divina providencia”, decía yo en voz alta. Era como un juego descubrir ese mundo de letras. “El Globo”. “Se venden zapatos”. “Capas Ciclón”. La ferretería de don Carlos Herrera se llamaba “C. Herrera”. Yo leí, soberbio y engreído: “Cherrera”. Mi tío se doblaba de la risa y por mucho tiempo me cambió el nombre. Me llamaba solo “Cherrera”.

Pronto toda la familia se acostumbró a que yo supiera leer sin haber ido a la escuela, aunque no tuve mayor premio por eso. Parecía natural que supiera leer un niño que se mantenía sepultado bajo la sábana del periódico, o leyendo hasta los nombres de las tiendas. Yo era el único nieto varón, por lo que gozaba de la protección amurallada de mi abuela. A las cinco de la tarde, aunque no fuéramos ingleses, tomábamos la merienda. Mi abuela llenaba un canasto de pan dulce. Las redondas y perfectas champurradas, que se mojaban en el café y lo absorbían como si fueran de papel secante. Los molletes, almohada dulce que tenían una miga compacta y exigían beber algo caliente. Las batidas, dos panecillos gemelos como dos perros salchichas. Y si uno se quería premiar, el pan de a cinco, llamado tan prosaicamente porque costaba 5 centavos, y era el triple de un pan normal, con el color amarillo de la generosa yema de huevo. ¡Ah, las tardes lluviosas en que el frío se templaba con el vapor humeante de la taza oscura, el sabor potente del café, los panes que invitaban desde la cesta de mimbre! Todos decían que mi abuela compraba el pan dulce solo para mi. Y así ha de haber sido.

De esa preferencia, nació que a mi abuela la llamáramos mamá, y a mi mamá por su nombre, como si fuéramos amigos: Doña Trinis. También por eso, a mi padre nunca le dijimos papá, sino Don Roberto. Ahora que lo pienso y lo digo, me doy cuenta que éramos una familia algo extraña. O quizá muy extraña. Mis hermanas y yo vivíamos encerrados en el universo un poco oscuro de la casa de mi abuela. Era una casa de dos pisos. El de abajo tenía puerta que se abría en la 28 calle. En el segundo piso vivía otra familia, y su puerta se abría en la Avenida Bolívar. Nos bañaban por la mañana, con jabón de coche y agua fría de la pila. “Séquense bien la cabeza”, decia mi abuela. “Si no, les va a heder la nariz”.

Mi hermana mayor había comenzado a ir a la escuela cuando estábamos en la pensión “Paz y reposo”. Allí armaba la de Dios es Cristo, con su carácter rebelde y mandón. Andaba siempre rodeada de sus compañeras, que le celebraban las gracias. Cuando cumplí siete años, a mis padres les pareció superfluo inscribirme en la escuela. “Total”, decía don Roberto Cosenza, “ya sabe leer”. Llegó un amigo de la familia y mis padres me exhibieron delante de él. “Diego, leé el periódico”, decía mi padre y los amigos celebraban el chiste. “Sabe leer sin ir a la escuela”, decían, como su fuera una foca que jugara con una pelota. Uno de esos amigos preguntó: “¿Y cuántos años tiene el nene?”. Candorosos, mis padres le confesaron que yo frisaba los siete. El amigo se admiró, no de que yo supiera leer, sino de que no me hubieran inscrito a la escuela. “¡Están locos!” los regañó. “¡La escuela es obligatoria, babosos! ¡Los van a meter presos!”

Mis padres se asustaron y enfrentaron el no desdeñable problema de que el año escolar había empezado hacía seis meses. Me llevaron al Colegio Santa Cecilia, que dirigían los salesianos, y que era un colegio para clase media pobre. Sospecho de la benignidad con que solemos vernos: era un colegio para pobres, dividido en tres categorías científicas: menos pobres, pobres y más pobres. El director les dijo que era demasiado tarde para inscribirme. Mis padres le suplicaron que hiciera una excepción. El director respondió que no podría aprender a leer en tan poco tiempo. “Pero si ya sabe leer”, le respondieron mis padres. “¿Y quién le enseñó?”. “¡Nadie, aprendió solo!” El cura les dijo que eso no lo creería sino hasta verlo con esos ojos que se iban a comer los gusanos. Entonces me llevaron a la clase de primer año, con el mágico profesor Rojas, y le explicaron el problema. El mágico profesor Rojas sacó el curioso manual de lectura y me invitó a proceder.

Mi lectura tuvo un doble efecto, parejamente adverso: me aceptaron en el colegio, con lo cual perdí mi libertad para siempre (el resto de la vida ha sido una sucesión de disimuladas prisiones: la escuela primaria, la secundaria, la universidad, el trabajo…), y comencé mi carrera de fenómeno de circo: causó sensación en el colegio la historia del niño que había aprendido a leer solo, como el hombre cañón, la mujer barbuda, los enanos malhablados, la mujer pintada que cantaba boleros, los payasos tristes y el león desdentado que bostezaba con ruido y todo el mundo salía corriendo creyendo que eran rugidos.

La pensión “Paz y Reposo”

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“No me entienden”, se angustió Diego Cosenza. “No me entienden”, cuando leyó que los lectores alegaban, con un cierto enfado, no comprender el último cuento que había publicado. La actitud de Diego probaba que los escritores, como todos los artistas, no son egocéntricos, sino ególatras. Una vez, mientras su mujer desgastaba una insólita gripe en un hotel de La Habana (habían llegado vestidos para el trópico pero en enero La Habana puede ser fría como un pueblo de los Andes) se quedaron viendo una película sobre Degas, el pintor de bailarinas en tutú, y en la película el pintor regaña a dos niñitas aprendices, y les dice, aunque no sean genios, ustedes deben creer que son genios, porque sólo con esa convicción pueden dar lo máximo de sí mismas. Y estaba hablando de sí mismo, sin duda, pensó Diego, y le hablaba a él también, eterna víctima de una modestia tan falsa como todas las modestias artísticas. Y quizá por eso decía, medio en broma, que sus lectores quejosos (“no entiendo un coño”, se atrevían a escribir en caribeño puro) no lo comprendían, cuando es cosa sabida que son los autores los que tienen que comprender a sus lectores y no al revés.

Su problema principal era relatar la migración de la familia a la ciudad. ¿Quién se fue primero a la capital? ¿Su abuela con los tíos o fue su papá, don Roberto Cosenza, el que arrastró a toda la familia? No se podía acordar, y, puesto que escribía una novela, no era tampoco el caso de ir a preguntar a los familiares, porque no se busca la verdad, sino la memoria. Cierto era que en la capital vivían dos paisanos muy bien metidos en la administración pública. Uno era hasta famoso y se llamaba don Anhelo Menchú, quien muchos años después iba a pasar a la historia como el fundador de las investigaciones científicas del crimen, una especie de CSI paisano y popular. El otro estaba metido en el Ministerio de Economía, y se llamaba don Petronio Menchú. ¿Quién sería el papá de estos Menchú y qué habrá leído para ponerles esos nombres? Viéndolo bien, eran hermosos nombres. El mejor era Anhelo … Autorizaba cualquier desmán y locura. Y en cambio era un obsesivo compulsivo, se piensa, por su oficio.
Entre nieblas y furores, entre traiciones y humillaciones, entre rabia y vergüenza, el coronel Jacobo Árbenz Guzmán había sido derrocado de la Presidencia de la República y con su derrocamiento se había ido a la fosa la Revolución de 1944. Mientras tanto, don Petronio Menchú había logrado colocarse en “El Imparcial”, al lado de César Brañas, Paco Méndez, Francisco Soler y Pérez y otros que pasaban el aguacero anticomunista con el paraguas de columnas culturales que decían y no decían. Fue entonces que le escribió a don Roberto Cosenza para que se viniera a la capital, en vista de que en el periódico habían visto con muy buenos ojos sus crónicas de la masacre de San Andrés.
¿Quién se vino primero? En la memoria de Diego Cosenza, está solo la pensión a la que fueron a parar todos. Su papá, su mamá, su hermanas, los tíos, las tías y su abuela viuda. ¿O no fue así? ¿O a la pensión solo fue a dar la familia Cosenza, mientras la abuelita, en cambio, de un golpe consiguió alquilar la casa de la zona 8? ¡Tanto que explicar! Mejor comenzar por la pensión. En la radio, pasaban una farsa que se desarrollaba en una pensión, y la pensión se llamaba “Paz y Reposo”, nombre chusco porque todo era un despatarre descomunal. En la memoria de Diego, la pensión a donde fueron a parar se llamaba así, aunque a lo mejor tenía un nombre menos memorable.
La pensión “Paz y Reposo” quedaba a dos cuadras de la casa de su abuelita, que estaba en la 28 calle de la zona 8. La regenteaba doña Sinforosa Remedios, viuda de don Patrocinio Melgarejo, y madre de un muchacho demasiado avispado cuyo sobrenombre era un titulo nobiliario. En el barrio era conocido como Samuel, “el Ratero”. Diego Cosenza no tiene más prueba que su recuerdo para aseverar que Samuel era mañoso, pero lo era, porque no estudiaba, no había pruebas de que estudiara, y se mantenía de viva la flor en la Pensión, papando moscas, acostado en la cama como si fuera enfermo, y con salidas inopinadas como si fuera un sereno de barrio. Búho nocturno, rapaz pero no por joven, delgado hasta los huesos y moreno y rizado.
¿Cuánto tiempo pasaron en la pensión? Quizás un año, porque los sueldos de don Roberto no alcanzaban para alquilar casa. Lo suficiente como para que su fantasiosa hermana Rosalba inventara en la escuela que vivía en una mansión con una doméstica y un sirviente, que serían doña Sinforosa y Samuel el Ratero. Como sus compañeras no le creían, Rosalba llevó al grupito de niñas a la pensión, y con ese arte de convencer a cualquiera que sigue ejerciendo hasta el presente próximo pasado, presentó a sus estupefactas compañeras a doña Sinforosa como si fuera su ama de llaves, y al desvaído Samuel como si fuera su mayordomo. Doña Sinforosa estaba encantada con los niños. Los niños éramos nosotros tres, los hijos de don Roberto y doña Trinidad. Mi madre se llamaba así por haber nacido el día de los santos difuntos, y como no le podían poner Difunta de nombre (hasta para los fantasiosos nombres latinoamericanos hay un límite), acudieron a la Santísima Trinidad. Quitándole, para suerte suya, lo de santísima. Los niños, para quien no lo sepa y aunque no lo quieran saber, éramos mis hermanas Rosalba y Teresa, y este servidor, Diego. Rosalba era la mayor, yo en medio y venía después Teresa.
Aparte de esa historia de mi hermana embaucadora y del apodo de Samuel, de la pensión “Paz y Reposo” no me acuerdo más. No recuerdo cuándo salimos de Chimaltenango, cómo salimos, cómo llegamos. Me habría gustado usar la palabra “bártulos” para nombrar las pocas cosas que la familia se trajo del pueblo, solo per el gusto de usarla. Nada que hacer. Mente en blanco. En un momento, estamos en Chimaltenango, con su parque de árboles altísimos cuyas copas parecen horadar el cielo, con su fuente de mazapán cuyas aguas, misteriosamente, desembocan en el Oceano Atlántico y en el Océano Pacífico, con su iglesia blanca, cuyo resplandor hiere la vista, y que se viene abajo, por partes y parsimoniosamente, a cada terremoto que la Madre Tierra generosamente nos concede. Al momento siguiente, ya estamos en la pensión, al lado de la Avenida Bolívar, llena de autobuses, camiones, automóviles, con un ruido incesante, con su cine y sus pandillas, con su barrio memorable, calles de tierra que se van columpiando entre el cerro del Guarda y el cerro de Santa Cecilia, con sus lluvias urbanas, que hacen de cada callejón un pequeño río momentáneo, con sus panaderías olorosas a desayuno y almohada, con sus carnicerías feroces y sangrientas, largos y anchos cuchillos para una libra, dos libras de rochoy, sus abarroterías abarrotadas de todo abarrote, tiendas a tres menos cuartillo, y el colegio de los Salesianos en la cumbre…

Un día normal

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El Conejo Duarte vivía en la Avenida Elena, cerca del cementerio. Un sábado a mediodía regresaba de la oficina hacia su casa, por la tercera avenida. Tenía un Volkswagen verde, todo destartalado. El sol caía fuerte a esa hora. Se buscó, en el bolsillo de la camisa, los Ray Ban. Mientras se palpaba, se acordó de un chiste.

Estaba por reírse solo cuando una sombra apareció a su izquierda. Antes de que pudiera reaccionar, sintió que el mundo se desplazaba ligeramente, cerró los ojos y oyó el ruido arrastrado y violento. “Ya me chocaron”, pensó. Apretó el pedal del freno sin darse cuenta y cuando abrió los ojos, un segundo después, las llantas todavía rechinaban y el carro se detenía a un milímetro de un poste de la luz. Ya todo había pasado.

Se bajó de un salto. El corazón le palpitaba en la garganta. En alguna parte había leído que el miedo y la rabia son iguales. Algo como el miedo o rabia le tronaba en el cerebro cuando el tipo del enorme Chevrolet que lo había chocado se bajó lentamente.

‑Bueno usté‑ ‑le gritó el Conejo‑ ¿no se fija que aquí hay alto? ¿En qué venía pensando?

El otro terminó de bajarse. Escupió. Tenía una camisa color caqui y el pelo cortado casi al rape, con un estilo que llamaban “a la francesa”. Cerró de un golpe la portezuela y le contestó:

‑¿Y qué pisados?

‑¡Cómo que qué pisados! ¿No ve cómo me dejó el carro, animal? Y todavía se hace el gallito… ¡Ora me lo paga como nuevo!

El militar sólo dijo:

‑Sho pues‑ y comenzó a caminar hacia el Conejo.

El Conejo se puso en guardia.

‑Sho será tu madre, cabrón‑ atinó a responder antes de parar la patada que el chafa le lanzó. El Conejo había pasado toda la vida en líos callejeros. Cuando controló la patada y el puñetazo del militar, perdió ligeramente el equilibrio. Se asentó bien con el pie izquierdo y tiró el derecho, como un latigazo, contra los riñones del chafa. Sonó a pisto. Pero el maldito no se descompuso, acos­tumbrado como estaba a las pateadas de la Politécnica.

Antes bien, dio un salto para atrás y arremetió de nuevo. Hizo la finta de un rodillazo y el Conejo bajó la guardia; entonces el chafa, con el envión que traía, le enterró el puño en la nariz y le hizo rebotar la cabeza contra la portezuela del Volkswagen. El Conejo sintió el líquido caliente y la sangre de narices lo hizo enfurecerse. Recostado en su carro, levantó con toda su alma la rodilla y le hizo tronar los huevos al otro, que se agachó contrito.

Entonces, con el codo, le zampó un trancazo en la sien y cuando el militar salió revirando como trompo, todavía le metió de canto otra patada en los huevos. Fue a caer cerca de su carro. Ahora también aquél estaba chorreando sangre de narices. El Conejo le tiró la puerta y el militar enterró el hocico entre el vidrio lateral. Intentó resistir, levantarse, pero ya el Conejo se le había tirado encima, como loco, y le estrellaba la cabeza contra la carrocería, que se abollaba en cada porrazo. Como un ahogado que se debate, el chafa pataleaba, trataba de ordenar su respuesta, pero los golpes del Conejo eran exactos, crueles, experimentados. La gente que los rodeaba pensó que lo iba a matar. Pero, de pronto, el chafa se escabulló. Desesperadamente, corrió al otro lado y abrió la puerta derecha. El Conejo ya lo alcanzaba cuando el chafa abrió la guantera y sacó la cuarenta y cinco.

‑Matáme, pues, hijo de la gran puta‑ le gritó el Conejo, quieto, a un paso‑. Con el cuete en la mano sí sos valiente, verdad, amujerado.

Siempre los tiros parecen irreales. Son secos, no retumban y parecen incapaces del daño que hacen. El Conejo retrocedió por los impactos, pero no cayó. Se puso blanco, apretó los dientes, ya no buscó pegarle al militar. Se llevó la mano al estómago.

‑Mirá cabrón ‑le dijo al chafa‑ si sos hombre me esperás aquí.

Se abrió paso entre la gente que se apartó como delante de un leproso. Ni siquiera lo siguieron. El que intentó hacerlo tuvo que retroceder, porque el Conejo lo amenazaba oscuramente. Lo separaban tres cuadras de su casa y las caminó destrozándose las muelas del dolor, mientras trataba de esconder con el suéter la camisa empapada de sangre. Las caminó todas, como el que lleva un traje sucio y disimula ante las gentes su deshonestidad. Bajó de la tercera a la primera avenidas, logró llegar al barrio sin hablar. Con la mano que le temblaba como si estuviera de goma, introdujo el llavín en la puerta y pasó directamente a su cuarto.

Apenas dijo “ya vine” al pasar delante de la cocina en donde su mamá preparaba el almuerzo. La señora, acostumbrada, no le hizo caso. Se inquietó cuando lo vio pasar de regreso. “Ya vas para afuera otra vez, parecés chucho”, le gritó desde adentro. Él ni se volteó. Cerró tras de sí la puerta de calle, sintió que las fuerzas le faltaban porque ahora el camino era en subida, pero le dio ánimos ver que todavía estaba el grupo de mirones en el lugar del accidente. Cuando vio pasar corriendo, en sentido contrario, a los patojos vecinos de casa, pensó que se debía apresurar, pues de seguro le iban a dar la queja a su mamá.

Quién sabe por qué el militar no se fue inmediatamente. Tal vez el conjuro que le había echado el Conejo tuvo el efecto de hacerlo creer que no era hombre si escapaba. Quizá creyó que no le había hecho nada y que había huido. Tal vez, con la pistola en la mano, se creía omnipotente. Lo cierto es que, cuando el Conejo llegó de regreso al sitio del choque, el chafa todavía estaba examinando los daños. Tuvo un parpadeo de advertencia cuando vio delante de él al Conejo, que había regresado a su casa a traer una pistola. De esa pistola que estaba disparando, entre pequeños humitos, que lo empujaba hacia atrás.

Un balazo le atravesó la garganta y no pudo ni gritar. Otro se le introdujo en un ojo. El militar cayó sentado, como exhausto, con el cuerpo recostado contra las grandes llantas del Chevrolet. El Conejo sintió una lanzada en el estómago, se agarró de la portezuela de su carro y se sentó frente al timón. Allí se quedó muerto.