Las cenas furibundas

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Diego se daba cuenta de que el tiempo era una materia pegajosa que se estiraba o encogía como las nubes, como el diafragma de un bandoneón, como esos sueños fulminantes que contienen un siglo. Un año había pasado desde su llegada a Florencia y tenía la dilatada impresión de que había vivido cinco o diez. Tenía tantas cosas que contar, a pesar de que los días eran apacibles, periódicos, repetidos. Por la mañana se levantaban tarde, y al subir la persiana que daba al patio interior, veían, del otro lado del pozo, a los repetidos oficinistas que entraban a algún soporífero lugar de trabajo y que se distraían un segundo viendo al desocupado del otro lado de ese espejo. El desayuno se componía de café, pan con abundante mantequilla y mermelada, y ese simple desayuno estaba destinado a convertirse, para el resto de la vida de Diego, en un memento de instantánea felicidad. Cuando, ya mayor, iba a desayunar a un hotel, con esa miniatura de banquetes incluida en el precio de la habitación, no hacía como los demás, que rellenaban sus platos con huevos, chorizos, churros, croissants, frijoles y cuanta vianda se ofreciera, como si acabaran de escapar de un campo de concentración; a Diego le bastaba comer un bocadillo de tanta mantequilla y poca mermelada y eso le servía para sentir una punzada de nostalgia. Proust y su miserable magdalena se habrían muerto de envidia (y de hambre) ante la comparación.

Luego todo era correr hacia la Universidad, escuchar a Cioni y a Tommasi, sus dos profes de hispanoamericano, el regreso a casa, la comida a la que Celeste llegaba siempre tarde y se iba de prisa, los cogollitos con Julio Herrera, la clase de Literatura española con Tartaglia, y, por la tarde, las visitas de Gloria, Rafael, Rudibundo, con quienes se discutía de pintura y de arte, sobre todo de las pinturas que tanto el español como el uruguayo llevaban a mostrar para oír las opiniones de los amigos. Tenían dos estilos completamente diferentes. Rafael era intimista, se concentraba en rostros y personajes, y más que pintar, dibujaba con plumillas de diferentes colores, línea por línea, con precisión de miniaturista, con una mano para el dibujo de gran certeza y seguridad. Rudibundo, al contrario, era realista, fuerte, de trazo abundante, con colores que resaltaban del lienzo y tocaba temas sociales, de acuerdo al destape que España estaba viviendo después de la muerte de Franco. Opuestos, los pintores se respetaban y se admiraban, mientras Gloria aprendía de ellos lo que después iba a enseñar en su universidad mexicana.

A la hora de cena, casi siempre se retiraban, cada uno a su casa, para frugales alimentos, quien por dieta, quien por necesidad. Diego y Lily se acostumbraron a una comida que la mayoría de los italianos despreciaban y que era la gran novedad en los supermercados: los congelados. Había una empresa, que en la conversación italiana de la época era el símbolo de la mala alimentación: hacía una suerte de empanadillas que, puestas a freír, se podían comer sin pena ni gloria. Eran baratas y eso las hacía apetecibles. Luego de cena, leían o escuchaban la radio, porque el presupuesto no les dio para comprar un aparato de televisión. Todo el mundo veía los programas televisivos, y por las ventanas se notaba el parpadeante resplandor azul de los afortunados que podían divertirse con la pacotilla de los dos únicos canales que había. Diego no podía comprender cómo era posible que la televisión fuera monopolio estatal y que no pudieran permitirse más que la RAI 1 y la RAI 2. Lo que más le dolía era no poder ver los partidos de fútbol del domingo por la tarde. Escuchar la radio (que también se componía de tres canales oficiales) se convertía en la música de fondo de sus noches, y, antes de acostarse, se aficionaron a un programa de quince minutos, “El cuento de la medianoche”, que la Radio 3 trasmitía antes de cerrar la transmisión. Los guionistas lograban condensar en pocos minutos cuentos fascinantes, luego de lo cual transmitían el himno nacional. De ese modo, Diego aprendió, también, la letra del himno italiano: “Fratelli d’Italia/ l’Italia s’è desta…” A veces, si se aburrían, Diego y Lily, puesto que eran jóvenes, se ponían a practicar esgrima con unos tubos de cartón que un inquilino anterior había dejado olvidado sobre el armario.

Todo comenzó a cambiar con la llegada de Celeste Luna. Con frecuencia, Celeste los incluía en las invitaciones que recibía de los estudiantes italianos con los que se relacionaba. No solamente el apocado Filippo, sino muchos otros, porque las cenas eran abundantes, generosas y llenas de gente. De estos tantos, una pareja se acercó más a Diego y Lily. Se llamaban Carlo y Mariateresa, y eran iguales y diferentes, como la luna y el sol. Carlo se presentó por primera vez a casa de los Cosenza después de que estos llegaran a una cena con una hora de retraso, en obediencia a la costumbre guatemalteca de no arribar jamás puntual a una invitación. En cambio, Carlo sancionó de una vez y para siempre, de acuerdo a su carácter: “¡Estos son napolitanos!”, dijo. “La próxima vez, los acompaño yo”. Y así fue. Cuando entró, curioseó un poco por la casa y se quedó fascinado con el hecho de que los Cosenza hacían el café en una Moka eléctrica. Para Carlo, era la confirmación del exotismo garcíamarquesiano de los “américos latinos”, como los llamaba. En otra ocasión, Diego quiso obligar a Carlo y Celeste a acompañarlo a cenar en la mensa universitaria, y a mitad de la cola Carlo se salió y exclamó: “Prefiero unos espaguetis a la porquería que sirven aquí”. Y se llevó a todos a su casa, en donde cumplió con su palabra. Verdad es que Carlo y su compañera Tere sabían cocinar como nadie de su edad. No solo hacían gloriosamente la pasta, sino que elaboraban una buena cocina toscana heredada de sus abuelas. De modo que las cenas en casa de Carlo y Tere eran pantagruélicas y divertidas.

La comida se condimentaba con furibundas discusiones políticas, que Diego escuchaba en silencio, en parte por su carácter poco belicoso, en parte por su parcial dominio del italiano. Los florentinos, acalorados por el abundante vino que se bebían en unas gordas botellas de litro y medio llamados “fiaschi”, hablaban rápido, convirtiendo las “c” y las “t” en “j”, de modo que la “casa” se pronunciaba “jasa”, el conejo, “joniglio”, la patata, “pataja”, y usaban un léxico muy local, que fuera de Florencia no se entendía. Sin contar que, en la misma Florencia, no era lo mismo el acento del barrio de Santa Cruz, el de Santa María Novella, el de Porta Romana, el de Borgo San Frediano. Eran famosos por sus tremebundas blasfemias, que no solo se pasaban llevando al Padre Eterno y a la Virgen Santísima sino que alcanzaba, en sus maldiciones espontáneas, hasta a los mismos Adán y Eva. A Diego se le heló la sangre la primera vez que escuchó a alguno, en esas cenas, invocar a la madre de la humanidad como “Porca Eva”, es decir, “Eva marrana”, pobre mujer, no sólo expulsada de paraíso sino tan mal tratada por sus descendientes, pero cuando vio que los insultos a las divinidades se prodigaban hasta a los santos inocentes, pronto se acostumbró y se concentró en lo que discutían.

Discutían de política, hablaban de la revolución necesaria e inminente, detestaban a los dos partidos políticos dominantes, la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, y especularmente eran antimperialistas contra los yanquis y contra los rusos. Estaba fresca la experiencia chilena, y ponían discos de los Inti Illimani, y sin saber español, cantaban en coro “El pueblo unido, jamás será vencido”, levantaban el puño izquierdo y se asombraban un poco de que Diego no fuera tan entusiasta, porque la música de protesta lo aburría y lo cansaba. De vez en cuando, cuando el nivel del Chianti ya iba en rojo, Diego se permitía intervenir o corregir, porque la formación marxista de los muchachos no era tan buena, decían disparates, y la escuela política de la Universidad de San Carlos no había sido vana. De ese modo, hablando poco o nada e interviniendo cuando había que demostrar que había ido a la cena no solo a comer, Diego se ganó la injusta fama de sabio marxista.

Sobre todo, cuando Carlo, ya pasada la medianoche, y en vista de que la discusión la estaba perdiendo, se subía a la mesa y comenzaba a patalear mientras gritaba sus razones. “De modo que así son los italianos”, pensaba Diego. Entonces, entre el estupor general, calmaba al agitado dueño de casa con un par de razonamientos que devolvían la tranquilidad al ambiente, luego de lo cual servían otro vaso de vino y un delicioso pastel que alguno había llevado por buena educación.

 

 

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Cogollito asegurado

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Con la partida de Pamela hacia las riberas del Arno, historiado y marrón, no pasó una semana sin que el apartamento vecino fuera dado en alquiler por el Conde Petirrosi. Los nuevos inquilinos eran otros becarios, marido y mujer, graduado en letras él, médico ella, y ambos, para no desmentir la abundancia, también argentinos.

– ¡Ah no! -se apresuraron a declarar-. ¡Porteños no! ¡Primero muertos! ¡Los porteños son chusma!

Ellos eran “cabecitas negras”, como los porteños llamaban a los provincianos.

Guitare Verre Et Bouteille – Pablo Picasso

Se llamaban Julio y Rosa. Él era grandote, con cara de plato, ojos claros aguados y pequeños, mejillas condescendientes, cabellos abundantes, barba larga y cuidada, brazo peludo, joroba incipiente, papada temblorosa, modos amanerados y un pañuelito de seda al cuello que seguramente conjeturaba como lo máximo de la sofisticación europea. Ella era su contrario: petisa, rubia, nerviosa, nariz de patata, dientes cuidados a la perfección, trajes de señora joven, modos prácticos, sensible sentido del ridículo y un acento salteño exagerado, como para mostrar que ella no se avergonzaba de sus orígenes de provincia y que le importaban un pepino las manifestaciones literarias que hacían babear a su marido.

Julio declaraba que había llegado para estudiar literatura italiana. Rosa, en cambio, quería especializarse una de esas ramas de la medicina imposibles de recordar. Con el paso de los meses, Diego comprendió que Julio había llegado a vivir y Rosa a estudiar. Ella había ganado la beca, pero, con esa objetividad tan práctica que tienen los científicos, juzgó una boludez dejar a su marido suelto durante un año. Así que conectaron sus enchufes y lograron que le dieran beca a él también. Julio venía, en realidad, con vacaciones pagadas.

Se conocieron de la manera más cortés y bieneducada. Sonó el timbre en casa de Diego y cuando éste abrió, se encontró con el gigantón de su nuevo vecino, que le decía cortésmente:

– Dihculpe caballero si interrumpo sus labores, pero creo que lo más correcto es presentarme. Soy su nuevo vecino y sé, por el estimado Conde Petirossi, que usted es nicaragüense…

– Guatemalteco -protestó Diego.

– ¡Pardon!, guatemalteco…

Tendió una mano grande, ajena a los trabajos manuales.

– Me llamo Julio Herrera…

– Diego Cosenza…

– Mi esposa se llama Rosa…je, valga la rima…y ahora se la presento…

Rosa no había querido asistir al ritual de la presentación y se había quedado encaprichada en el apartamento. Julio dio una mirada hacia la puerta, como esperando que la mujer apareciera. Luego, dirigió a Diego una sonrisa de disculpa y gritó:

– ¡Rosa, ché, vení!

A Diego el nombre del argentino le sonaba. Atrás, apareció Lily.

– Esta es mi mujer…

Julio hizo un gesto inesperado. Besó la mano de Lily.

– A sus pies, señora.

Diego sólo lo había visto en las comedias.

Julio vio hacia su apartamento. La mujer no aparecía. Se puso nervioso. Como si los dejara deteniendo una pared, les hizo un gesto vago y regresó por donde había venido:

– Un momentito, ¿eh? Un momentito.

Tocó el timbre con tal vigor que parecía que lo iba a hacer pasar del otro lado. Se abrió la puerta y el silencio proveniente del escondrijo hizo evidente que la mujer le estaba haciendo señas.

– ¡Che, te están esperando para conocerte! -murmuró el marido con el chasquido que tienen las palabras exasperadas cuando se dicen entre dientes.

La mujer salió. No tuvo más remedio que salir.

Venía secándose las manos con el delantal, algo avergonzada.

– Perdonen, estaba fregando…

Diego y Lily saludaron.

– Además, estoy hecha un desastre.

En realidad, estaba sólo despeinada.

– Su nombre me recuerda el de un amigo… -dijo Diego, para confiar que el nombre le recordaba a alguien.

– ¿No será que le recuerda a un poeta?

Lo sorprendió en curva.

– ¿Un poeta?

– Claro, amigo. ¡El gran poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig!

¡Que burro! ¡Eso era lo que le recordaba: Julio Herrera… y Reissig! Fue un duro golpe para la vanidad literaria de Diego.

– Pero si le parece, podemos tratarnos de tú -propuso Julio.

– En todo caso, de vos -se rehabilitó Diego.

– ¿Cómo, de vos?

– Sí -quién sabe por qué, Diego estaba orgulloso de decirlo: -también los guatemaltecos nos tratamos de vos.

– ¡No me digás! ¡De vos ustedes también! ¡Pero che, el mundo es un pañuelo!

– Efectivamente.

Y con este intercambio de perplejas banalidades comenzó la amistad entre las dos parejas. Julio navegaba con bandera de ingenuo, pero no tenía un pelo de tonto, mientras que Rosa le permitía y perdonaba sus veleidades literarias, como una madre que permite al hijo un inocuo vicio secreto. A Julio le encantaba pasar horas y horas conversando de literatura, de filosofía, del mundo y del universo. Rosa necesitaba una amiga con la cual desahogarse, y Lily estaba pintada para la ocasión. De ese modo, los dos nuevos inquilinos se mostraron más persistentes todavía que Pamela, sólo que eran bien recibidos. Se añadieron al catálogo de visitantes cotidianos, con Rudibundo, Gloria, Rafael, Pamela, Celeste, de modo que el pequeño apartamento de los Cosenza se iba pareciendo al mercado de San Lorenzo.

Julio aparecía después de la comida, hacia la una y media de la tarde. Tocaba el timbre y su figura se delineaba en la puerta, siempre cortés, esperando la invitación a pasar, la guitarra en una mano y la botella de grapa en la otra. “¿Una grapita, mi querido amigo?”, decía a Diego. No osaba ofrecer alcohol a la distinguida esposa, que, por otra parte, hubiera caído redonda si hubiera bebido. “Pasá, Julio, pasá”.

Julio enseñó a Diego el arte de los “cogollitos”. Acordaba la guitarra, se echaba un trago de grapa para aclarar la garganta y comenzaba:

-“Amigo, Cosenza, amigo, cogollo de flor del cierzo,

Vengo aquí con mi guitarra,

Pa’ amenizarle el almuerzo….”

Pronto Diego aprendió a responder:

“Amigo Herrera, querido, cogollo de flor de napa,

Su guitarra es bienvenida,

Pero más bienvenida es la grapa…”

Más ocurrente el cogollito, más celebrado con aplausos, y más argucia en la respuesta. Y otra copita, nomá. En eso daban las cuatro y Diego apuraba: “Julio, ya es hora de mi clase de Literatura española. Vámonos”. A veces, Julio lo acompañaba a oír al viejito Tartaglia y otras veces se iba a dormir la siesta. Otras veces, si estaba inspirado, iba a alguna clase de italiano. Y al día siguiente, cogollito asegurado.

 

Celeste Luna

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Después del terremoto, Diego y Lily volvieron a lo de siempre. En el apartamento contiguo, la porteña Pamela tenía de huésped al marido y durante la semana que el cónsul estuvo en Florencia, Pamela alejó de sí árabes y neurosis y, tal como lo había prometido el marido, invitó a Diego y Lily a cenar, una comida desastrosa y aburrida, con la pareja italoargentina compartiendo flechazos con curare, y con la niña contenta de poder exhibir un papá, aunque fuera algo viejito. Al final de la estadía, Pamela le sacó al marido un aumento de la suma que le pasaba mes por mes, con la finalidad de pasarse a vivir a un apartamento con vista al Arno, cuyo alquiler costaba como si le vendieran a uno el mismo río, pero que la vanidad de la mujer, la vanidad de escribir a sus amigos de Buenos Aires, “tengo una casa con vista al Arno, jódanse ustedes con la crisis y los militares”, esa vanidad malsana necesitaba de tal consuelo.

Foto Nadia Reuther

La nueva casa de Pamela también era propiedad del Conde Petirossi quien se habrá relamido los inexistentes bigotes al poder aumentar su capital y así llevárselo al infierno. Pamela se compró muebles nuevos y un televisor enorme, así como un horno para poder fabricar sus cerámicas, que era el nuevo arte al cual se dedicaba y del que producía ceniceros, animalitos, floreros y varias zarandajas más de incalculable inutilidad y escaso gusto. Tanto dinero, tanto tiempo libre, la misma belleza del río y del Ponte Vecchio que entraban por la ventana, producían el efecto contrario al que Pamela esperaba: en vez de admiración, tristeza; en vez de envidia, compasión; en vez del deseo, la repugnancia. Era comerse una comida hecha con las manos sucias. Quedaba cerca de la antigua casa, así que Diego y Lily siguieron sufriendo las visitas terapéuticas de Pamela y sus invitaciones a comer, que incluían ataques de angustia de la niña y esqueléticos bailes de famélica sensualidad, al final.

La verdadera novedad fue que a las visitas de los amigos se añadió la de Celeste Luna, después de la aventura del terremoto, sobre todo porque se había fumado la beca en una llamada telefónica al novio guatemalteco, en un arrebato romántico. El arrebato romántico de Celeste tenía su colita. La muchacha tenía un admirador rendido, un italiano apocado, pero con la ventaja de la buena familia, que aquí se entiende como dinero a disposición. No era ni guapo ni feo; ni simpático ni antipático; ni bueno ni malo, y esa dorada mediocridad lo hacía anodino, desabrido y de poco gancho. Sin embargo, había decidido que tenía que conquistar a la guatemalteca, y ella se dejaba cortejar con lujo y abundancia. La sacaba a pasear, la llevaba a restaurantes románticos, le regalaba flores. Celeste se sentía halagada y culpable, pues Filippo, que así se llamaba el admirador, no tendría nunca lo que buscaba. Por eso había llamado al novio, como para verificar un poco la situación y como para hacerse perdonar esa culpa a mitad que llevaba entre risas y arrepentimientos. Por eso se había quedado sin un centavo. Por eso llegaba a comer todos los días a casa de Diego y Lily.

-¡Me quedé sin pisto, muchá! ¡Así que me van a tener que invitar!

Como sucede a veces, las mujeres pueden tener problemas fisiológicos que un hombre está lejos de entender. Un día llegó con el rostro preocupado y se encerró con Lily durante un buen rato. Diego las vio pasar y siguió estudiando. Al rato salieron del encierro y Lily le dijo:

– Diego, voy un momento a preguntarle algo a Gloria.

Le hizo unos ojos que significaban: “No sea pesado, atienda a Celeste mientras tanto.”

Diego dejó los libros a un lado y le dijo a la afligida:

– Siéntate.

– Pero estás estudiando…

– Descanso un rato. ¿Qué me cuentas?

– Ay calláte, vos. Algo acoquinada…

Celeste tenía el vicio, muy de niña bien, de combinar el vos y el tú junto con el uso de un lenguaje muy populachero. Era la época en que los jóvenes ricos de Guatemala se disfrazaban de mayas. Cuando crecieran, serían los mismos que seguirían explotando a los que tanto admiraban.

– ¿Y qué te puede acoquinar a ti?

– ¿Tú creés que yo soy una irresponsable, verá?

En eso regresó Lily.

– Ya está -informó a Celeste.

Y a Diego, que alzó un signo de interrogación:

– Es un médico, que le hace falta a Celeste.

Al día siguiente, ambas se presentaron a la clínica privada del doctor que Gloria había aconsejado. Celeste entró, el otro la examinó y garabateó una receta. Al salir, la secretaria les hizo una condescendiente sonrisa, para que pagaran los altos honorarios que se disparaba el galeno, pero, con la mayor sangre fría del mundo, Lily y Celeste se dirigieron a la salida, cerraron la puerta, se vieron las caras, pegaron una veloz carrera escaleras abajo, y todavía afuera, corrieron por la plaza en donde estaba situado el consultorio, hasta parar unas dos cuadras más adelante, en donde se detuvieron, risa y risa, sofocadas, medio ahogándose, carcajeándose, abrazándose. Cuando al fin se calmaron, Celeste preguntó:

– ¿Y había que pagar, pues?

 

Terremoto

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El timbre estaba sonando desde hacía ratos, pero el abismal sueño de Diego no dejaba pasar, como si fuera un muro de nieve, el sonido insistente y repetitivo, amortiguado sólo por un pedazo de papel que le había puesto al martillito para que no rompiera los tímpanos. Los timbrazos eran largos, y navegando su sueño, Diego braceaba entre las aguas neblinosas del que se quiere despertar pero no puede, la cabeza que se levanta y vuelve a caer, hasta que al fin la niebla se disuelve, los ojos se abren, la chicharra se vuelve una presencia tangible, material, concreta, no copia ni solución del sueño, y aún no se comprende qué pueda ser, hasta que el nombre viene a caer como un sombrero a la cabeza:

-¡El timbre!¡Están tocando el timbre! -dijo a su mujer que no salía del sopor.

Se levantó.

¿Quién podría ser: la luz, el gas, el conde, quién?

Gloria y Rafael.

Caras asustadas.

Diego: en pijama, despeinado, abotagado, hinchado, fastidiado.

– Pasen adelante…

– ¿Dormían?

La pregunta no obtuvo respuesta. Obedeciendo al gesto, los dos amigos pasaron hacia el comedor, pues no había sala en la casa. Las visitas a deshoras no eran una novedad y puesto que eran alrededor de las diez de la mañana, tampoco resultaba de mala educación no obstante la timidez que asaltó a ambos.

– ¿Un cafecito?

– No, gracias -dijeron apresuradamente-. Sólo queríamos saber si tenían noticias….

– No, no hemos recibido carta…

– ¿Entonces no saben nada?

– ¿De qué?

Los dos se miraron, como el que ha metido la pata. Hubo un silencio pesado, y, enseguida, Gloria, que había llevado la batuta, decidió hundir la pata de una vez por todas.

– Pues dice la radio que hubo un terremoto en su país…

-¡En Guatemala!

– Sí, así dicen. Y parece que fue movido -dijo Rafael.

Guatemala el-terremoto de 1976

Luego de lo cual se fueron, compungidos, como si fueran ellos los causantes de la catástrofe. Diego y Lily se vistieron a toda prisa, mientras inútilmente trataban de escuchar alguna noticia en la radio. Pero los noticieros tenían horarios incomprensibles, por lo que decidieron ir corriendo a la central de teléfonos.

Como el terremoto había ocurrido después del cierre de la edición de los periódicos, ninguno de los de esa mañana reportaba nada. Habría que esperar la edición de mediodía. Para mientras, entraron de carrera a la telefónica y, luego de infinita cola, pudieron hablar con los  telefonistas, quienes parecían presos condenados a trabajos forzados, tal era el pasmo y el negro humor con que trabajaban. A fuerza de tratar con extranjeros, también eran xenófobos, y repartían generosas malas caras, villanas groserías y  bellacas respuestas.

– ¿Guatemala? – dijo un empleado de cara grande, rojo como si se acabara de beber una botella de coñac, con los ojitos grises brillando de la alegría de la desgracia ajena-. ¡No se puede hablar! ¡Están interrumpidas las comunicaciones!

La voz escandalosa del hombre de color rojo llamó la atención de todos, quienes bañaron de compasión, con complacidas miradas de hermanita de la caridad, a Diego y consorte. ¿Qué hacer, mientras la angustia era una especie de marea que iba y venía, disminuía y crecía, se retiraba y regresaba hora por hora? Fueron a preguntar si había telegrama para ellos, en la casilla postal y no había nada, naturalmente. En esas andaban cuando salió el periódico del mediodía, con enormes titulares de pánico: CATASTROFE EN GUATEMALA. TREMENDO TERREMOTO ARRASA CON TODO EL PAIS.

Regresaron corriendo a Teléfonos. Las comunicaciones seguían cortadas. A la casilla no había llegado ningún telegrama. Se sentaron en las gradas del edificio de correos para ver las terribles fotos del periódico vespertino: cadáveres apilados en la Avenida Elena, ruinas por todas partes, grietas en las carreteras, nombres geográficos totalmente equivocados, cifras enormes de muertos. Según las noticias, toda la capital se había caído, y, con ella, la mayor parte de las ciudades del anterior. La desesperación, el desasosiego, la impotencia era no poder comunicarse, no saber nada de los parientes. No querían pensar, pero pensaban lo peor, como sucede cuando uno está lejos y no logra saber nada. (Diego no había tenido dinero para comprar una televisión, se contentó con un aparato de radio. Y los periódicos los compraban de vez en cuando, porque eran un lujo).

Los amigos que se encontraban por las calles les preguntaban y ellos no podían más que repetir lo leído en los periódicos. Oían los escasos noticiarios radiales y todos daban la misma información. Alguien les dijo que las imágenes de la televisión eran espantosas, y Pamela, que tenía tele, los llamó desde el apartamento vecino pero, en lo que llegaron, ya había pasado el reportaje.

Tres días después del terremoto, seguían en la misma oscuridad del sueño del que Gloria y Rafael los habían despertado. El sádico de Teléfonos se divertía diciéndoles que no había línea, los periódicos iban perdiendo interés en la tragedia, la radio daba noticias cada vez más reducidas, a correos no llegaba absolutamente nada. ¿Y si se había caído la casa? ¿Y si se había muerto alguno? ¿Y si había que regresar a la carrera –y no tenían boleto ni dinero para comprarlo– para sostener a la familia?

En esas angustias andaban cuando Diego se recordó de Celeste Luna Suárez, la chica que acompañaba a Colom Argueta cuando se conocieron. No se habían vuelto a ver, porque ella solo se relacionaba con familias acomodadas de Florencia, pero Diego había guardado el número de teléfono, porque nunca se sabe, y ahora se sabía que podía servir de algo.

Y sirvió. Celeste Luna, por teléfono, le dijo que ya se había comunicado con su familia (de ella) y que todos estaban bien. “¡Pero si no hay teléfonos!”, le dijo Diego. “Teléfonos no, pero unos amigos son radioaficionados, y se comunicaron con otro radioaficionado de Guatemala, quien pudo preguntar por mi familia. Juntémonos con ese señor, y preguntemos por la de ustedes”. Esa misma tarde fueron a casa del radioaficionado, quien se comunicó con Guatemala, y con eso Diego y Lily salieron de angustias (y de las humillaciones en la compañía telefónica) pues supieron que sus familias estaban incólumes y las casas en pie.

Además, añadieron a Celeste a la lista de amigos, y fueron los primeros latinoamericanos que ella incluyó en su propia lista. Los únicos, también. No lo podían saber, pero Celeste iba a ser la llave que les abriría las puertas de los jóvenes acomodados de Florencia, y de amistades que iban a durar mucho más allá de la estancia florentina. Pero esto es cosa de muchos años después.

La cartografía de lo humano

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Por las tarde, Diego asistía a sus clases de Literatura española. Por costumbre de poner apodos, Diego llamaba “Chiltepito” al iluminadísimo profesor Onofrio Tartaglia, conocido en todo el mundo como una eminencia en su materia.  El chiltepe es una variedad de los chiles de Guatemala. Mínimo, abundante, verde o rojo, quien lo viera no intuiría sus explosivas propiedades picantes. Uno o dos chiltepes disueltos en el caldo de mediodía, convierten el alimento en una experiencia de fuegos artificiales, en una prueba de resistencia, casi una resurrección mística.

Università degli Studi di Firenze – Lettere e Filosofia – Chiostro Piazza Brunelleschi

Tartaglia era una miseria de hombre, chiquito como un guisante pero fogoso como un chiltepe, el mínimo cuerpo transportaba un cerebro privilegiado, lúcido como una mañana de sol trasparente. El viejito tenía como mil años y era amigo de Montale, de Luzi, de Ungaretti, de Quasimodo, a los cuales se refería a veces con el nombre propio, y la historia de la literatura italiana lo contemplaba entre el grupo de poetas herméticos (denominación que los alumnos, de generación en generación, se cuidaban de no pronunciar en su presencia, pues, como todo poeta, se creía único, y meterlo en un grupo era un insulto irrevocable), mientras que los críticos caían pataleando en delirio extático cuando lo contemplaban, pues era autor de textos “definitivos”, verdaderos knock-outs de la crítica sobre la generación del ’27, y, ocioso es decirlo, había conocido a algunos de sus miembros. Una “luminaria”, como se dice.

Las clases de Tartaglia eran de dos tipos: somníferas, las más de las veces, y exaltantes cuando salía del sopor de su ancianidad y emitía irradiaciones de inteligencia y erudición. Diego no se perdía ni una de sus lecciones, no fuera a ser que, de repente, saltara la pulga y les concediera algo de su prodigiosa sabiduría. Pero la mayoría de veces hablaba al garete, porque ya no preparaba los textos, improvisaba sobre la marcha, y entonces la vocecita de abuelo, el calor de la calefacción, la aglomeración de estudiantes, la hora postmeridiana y los humos de la digestión iban sumiendo a los alumnos en violentos golpes de sueño de los que despertaban con cabezazos angustiados, con el corazón en la boca, con el terror de que Tartaglia los estuviera viendo, pero Tartaglia no hacía caso de nada, él hablaba para sí mismo, los estudiantes eran transparentes, invisibles para los ojillos de iguana que se cerraban hacia la pared y que transmitían el invencible sueño a los alumnos.

Se los decía:

– Ustedes son invisibles para mí. Yo no hablo para ustedes sino para los alumnos a los que ustedes repetirán mis clases.

El muy vanidoso y acertado.

– En Italia ya no existe el proletariado -anunciaba-. En Italia los obreros se han aburguesado de tal modo que los miserables son una minoría exigua. Por eso el finado Pasolini se equivocó.

Hablaba de la homosexualidad de Pasolini y de Penna como uno que ya está más allá de esas trivialidades.      Tartaglia era un Catedrático perfecto. Había que estar en el aula quince minutos antes de que comenzara, pues una ley no escrita hacía que nadie entrara después de que él hubiera comenzado la clase. Hasta los más rebeldes se quedaban afuera, si llegaban tarde. Quince minutos antes, pues, los imberbes ocupaban su pupitre y comenzaban a conversar del último partido de la Juventus,  mientras Tartaglia, del otro lado de la puerta, dejaba transcurrir el sacrosanto cuarto de hora académico, antes de irrumpir con una cierta violencia en el aula.

La ceremonia de entrada de Tartaglia, los primeros días, impresionó a Diego, que estaba más acostumbrado a los relajamientos de la Universidad de San Carlos, en donde ya poco faltaba para que los alumnos examinaran a los profesores. Llegada la hora, se abría la puerta y entraban los asistentes, en orden de importancia, menos a más, y, después de un suspiro de suspenso, hacía su ingreso triunfal Tartaglia, que dada la escasez de volumen, no podía ser más que grosero, en lugar de faraónico, como tal vez debía ser. Los estudiantes sabían que se acercaba el inicio de la clase porque entraban los dos lectores, enseguida el Asistente Voluntario, después, en orden de ancianidad, el Tercer Asistente, el Segundo Asistente y la Primera Asistente. El lector llevaba la tiza. El Tercer Asistente, la almohadilla. La Primer Asistente limpiaba la pizarra.

Eran los mártires. En medio de las clases más mortales, cuando hasta el más anfetamínico caía vencido por los cabezazos del sueño, se volteaba con los ojillos entrecerrados y preguntaba al Segundo Asistente:

– ¿Verdad que sí?

Y el otro, saliendo de las más hondas profundidades de su inconsciente, respondía automáticamente:

-Sí, claro, clarísimo, profesor.

– ¿Sí qué?

Y allí el Asistente se convertía en trapecista de circo, improvisando nunca vistos malabarismos verbales para tratar de reconstruir, en lo más profundo de su memoria, allá en donde el eco de la vocecita de Tartaglia había llegado, atravesando telarañas y estalactitas de sueño prehistórico, las últimas frases del Profesor, o, por lo menos, el tema del que estaba hablando. Todos despertaban de repente, temblando del miedo de que Tartaglia les preguntara a ellos, y haciendo memoria de qué nubosidades había estado diciendo el viejito al menos en los últimos cinco minutos.

Sobre una cosa no cabía duda: Tartaglia amaba la lengua española y la literatura española con amor siciliano. De pronto, al evocar un verso de Machado (daba la impresión de saberse de memoria a todos los poetas españoles), decía: “Escuchad la música, el ritmo, la melodía de este idioma”. Y repetía el verso como quien hace girar en su boca un caramelo de almíbar. Y arrebatado en el éxtasis de la pasión por el español, corría a la pizarra, cogía el yeso y diseñaba de memoria el cuadro fonético perfecto de la lengua castellana. Daba lo mismo que hubiese hallado, en algún texto, un verso como “Salid, sin duelo, lágrimas corriendo”, o “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día”, o la perfección de Jorge Manrique y sus redobles funerales. Saboreaba el español como una miel ajena. Y decía cosas que no estaban en los libros, en ningún libro, sino que venían de una convivencia total con la poesía. Decía:

– Un libro de poesía puede salvarse por un verso. No importa que todo el resto sean ripios, pero si tiene un verso eterno, todo el libro está justificado.

Tartaglia era famoso en todo el mundo por sus ediciones críticas de Jorge Manrique pero sobre todo por sus estudios sobre Antonio Machado. Había recorrido España entera detrás de las huellas del poeta sevillano, y se sabía de memoria las calles de Soria, de Baeza, de Sevilla, de Segovia y de Madrid, allí donde el desportillado poeta había exhibido su torpe aliño indumentario, y su nobleza de ánimo y su grandeza de alma. Al recordar la peregrinación de Barcelona a Colliure, la dura habitación donde durmió sus últimas noches al lado de la madre anciana, la muerte inhóspita, la sepultura injusta y republicana, Tartaglia se encendía de encono y rebeldía, ya no era un anciano, era un ánima viva en carne viva, sin la humillación de las lágrimas y con el fuego de la indignación, y sus alumnos lo veían, viejito y encendido, y se contaminaban, se contagiaban de justa cólera, y amaban como él a la lengua española y a sus poetas grandes, y le daban razón cuando decía que serían los futuros alumnos de estos alumnos los que recibirían el legado sabio y profundo de una pasión castellana más allá de las geografías y las naciones, porque era la cartografía de lo humano.

Cortázar en la Standa

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Julio Cortázar salió a cuento porque Gloria, Rafael y Lily se lo encontraron en la Standa. La Standa era una cadena de supermercados populares y qué andaba haciendo Cortázar con Aurora Bernárdez en la Standa constituye misterio que nunca se va a aclarar. Diego no iba en la comitiva porque le había dado gripe, y, para Diego, la gripe era enfermedad gravísima de guardar cama bien arropado y no asomarse a la calle por lo menos en quince días. De modo que regresaron todos agitados con la noticia de que se habían topado con el más gigantesco de los escritores latinoamericanos de esa época.

-¡Nos encontramos a Cortázar! –le dijeron cuando Diego salió a abrirles, con una gruesa bufanda para que no lo sorprendiera un aire encontrado.

-¡No puede ser! ¡Mentirosos!

-¡Claro que puede ser! – le dijo Gloria, la mexicana de Nuevo León. -¡Mira, me firmó un autógrafo!

Y le enseñó un pedazo de papel de cuaderno, mal cortado, en donde se veía, fresca de tinta, la firma de Cortázar.

El escritor argentino aparece junto al Sena en una mítica fotografía de Antonio Gálvez de la serie ‘Retratos de Julio Cortázar 1967-1972’

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-¿Y qué le dijeron cuándo lo vieron?

– Gloria casi se le tira encima – contó Rafael-. ¿Y sabés qué le preguntó, la boluda?

-¿Qué le preguntó?

-Le preguntó: ¿Usted es Julio Cortázar?

-¡Nooooo! ¡No puede ser, qué papelón! ¿Y él qué contestó?

-Qué iba a contestar… “Sí, yo soy”

-Entonces –dijo Gloria- yo recorté una hoja de mi cuaderno y le pedí el autógrafo.

Diego maldijo su mala suerte: miren que tener gripe cuando Cortázar andaba suelto en Florencia…

-Eso no le quita lo estafador- dijo Rafael.

-¿Cómo estafador? –protestó Diego- ¿Por qué decís que es un estafador?

-Porque nos engañó a todos los que lo leímos en América Latina. Nos hizo creer que la estancia en Europa eran brumosas noches parisinas, insomnes de jazz, tango y mate, con altas discusiones filosóficas sobre Nietzsche, sobre Sartre, sobre Schopenahuer, con mujeres maravillosas como la Maga, el humo de los cigarrillos azul ofuscando el ambiente, y mirá vos lo que es estar aquí. Una partida de ignorantes y vividores, que no saben nada de filosofía ni de arte, que ni aprenden el idioma, que todo se les va en chupar y en coger…

– No exageremos –protestó Diego-. No seas snob.

Rafael recargó la artillería:

-Snobs son los personajes de Cortázar. Decíme dónde has encontrado un sublime Oliveira, ni del lado de acá, ni del lado de allá. Y decíme si has conocido una como la Maga, sin ofender a las presentes. ¡Estudiantillos de medio pelo, burguesitos aparcados en Europa en espera de que les toque su turno de explotadores en su país, ignorantes dándose una barnizada de europeísmo, solo para presumir de que estudiaron en el Viejo Continente! Mientras tanto, nuestros adolescentes sueñan con viajar acá para participar ellos también en cultas discusiones esotéricas….

Diego no tenía ganas de discutir con nadie, porque la gripe lo tenía a las puertas de la muerte. Pensó en Rayuela y en que Rayuela no solo le había cambiado su idea de qué era escribir (“no literatura de la revolución, sino la revolución en la literatura”), sino también su idea de la vida: ¡ah, las famas y las esperanzas! Diego hubiera querido ser siempre de aquellos que no aprietan el tubo de la pasta dental por el fondo, sino anárquicamente destriparlo en cualquier lugar, como sugería Cortázar, pero se había resignado a su naturaleza de cuadrado, aunque su mente y sus pasiones lo empujaran a ser un aspirante cortazariano.

La otra vez que el grupo tuvo noticia de un escritor latinoamericano fue por la suerte y fortuna de Gloria. Iba cruzando el Ponte della Vittoria cuando reconoció a un señor con gafas de tecolote y barba de pimienta. Como Gloria era escandalosa, no pudo evitar los gritos: “¡José Donoso! ¡José Donoso! ¡José Donoso!” El chileno se asustó un poco del vozarrón de la mexicana, y se quedó parado a mitad del puente. Y de nuevo la pregunta fatal: “¿Usted es José Donoso, verdad?” Por supuesto, José Donoso era José Donoso. Y por supuesto, Gloria volvió a romper una hoja de su cuaderno para pedirle el autógrafo. Para su desgracia, mientras Donoso, incómodo, firmaba apoyado en el borde del puente, se le ocurrió preguntar: “¿Y qué libro mío ha leído, señorita?”. Campechana y sincera como era, Gloria sólo atinó a responderle: “¡Pos ninguno, maestro. Es que lo vi en la portada de Vanidades!” Cuando se lo contó a sus amigos, por poco la matan. “Sos una rupestre, una agreste, una pedestre”, la apostrofó Rafael, mientras ella hacía tintinear los cristales con sus preocupantes carcajadas.

Diego asistía a clases y eran tiempos de asombro y descubrimiento. El profesor Cioni comentaba la literatura peruana, no la más contemporánea, la de Vargas Llosa o la de Julio Ramón Ribeyro. Más atrás, Cioni se sumergía en los mundos andinos de José María Arguedas, y sus alumnos acompañaban a Ernesto la noche en que, acompañando a su padre, tocaba las ancestrales piedras de la muralla de Cuzco para sentir el estremecimiento de las voces de los espíritus de sus antepasados, que le llegaban como los mugido de toros dolientes que se lamentaran desde el fondo de los lagos de la luna. Y lo seguía cuando el padre lo dejaba abandonado en medio de los cholos, en la cocina, y con ellos hablaba en quechua, una lengua en donde el verbo al final iba, donde la frase en la última palabra terminaba. Las cholas del rostro quemado por el calor de los leños, en donde inmensas ollas gorgoriteaban caldos que se habían inventado para el Inca o para los súbditos del Inca. Y apasionadamente Cioni explicaba el misterio del zumbayllu, que en Guatemala “trompo” se llamaba, pues, y que la palabra “illu”, que venia después del “zumbay”, significaba un sonido que a veces nuestros oídos no podían escuchar, pues “illu” era el rumor de las alas de los insectos cuando se quedan suspendidos en el aire, o el de ciertas hojas de ciertos árboles que se mueven porque algo se les antoja, o el inaudible sonido que subía trepando por la montañas y que provenía de los ríos que se precipitaban allá en el fondo de los barrancos, esos que eran hilitos brillantes vistos desde lo alto de las montañas, fríos ríos transparentes que lamentaban fugitivas penas, y ese sonido, sutil como las alas de un colibrí, era una de las tantas maneras de ser del “illu”.

Diego aprendió que la palabra “cholo” se le aplicaba a los que tenían los afilados rasgos de César Vallejo, quien en París recogía las botellas de leche para revenderlas y poder comer y a veces no comer; que hay días en que pienso en lo que es la vida y me dan ganas de correr y decírselo a Georgette; días donde me pongo la camisa en alta voz; donde tengo colgado un mapa de mi España. Donde Vallejo se murió en un hospital cumpliendo con la profecía que él mismo había escrito:  “Me moriré en París con aguacero”, a los 38 años, sin saber que iba a ser el poeta que le daría caravuelta a la poesía, porque sus poemas eran humanos y el era sobradamente, incorrectamente humano, y Diego aprendía la pasión por Vallejo, la pasión por los Andes helados y de nula vegetación, en donde el cielo se pone negro por la altura, y un pastor se va quedando atrás, con su sombrero andino y sus ovejas, oscurecido del sol que lo quemado, sueltos los dientes de masticar hoja de coca. La pasión por la escenas de multitud y arrebato en donde la masa se hundía en un alucinado remolino de yawar fiesta,y lo que estaba aprendiendo no solo era el amor por la literatura del Perú, sino algo más profundo e hiriente: quizá, con palabras exageradas y necesarias de un mayor apaciguamiento, lo que Neruda habría llamado, con su voz pastosa de llama rumiante: el amor americano.

Ak’abal

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Quizá la cifra para leer la figura de Humberto Ak’abal sea un cifra histórica. El conocimiento de su obra poética coincide con la emergencia de otras dos figuras importantes en el mundo literario guatemalteco: Luis de Lion, para la narrativa de imaginación y Rigoberta Menchú, para esa forma de la épica que la academia ha catalogado como “testimonio”. Los tres autores comparten fuerza expresiva, identificación personal con los temas que tratan y un carisma personal que los convierte en figuras nacionales, en figuras que representan mucho más que la etnia de la cual provienen. Por último, no creo que se ignore un hecho de importancia para ellos: son los primeros mayas que hablan con voz propia, con el profundo orgullo de su cultura, desde la época colonial. Si hubo otros antes, estos otros no tenían como marca la insolencia de ser orgullosamente indígenas.  Asombra todavía comprobar que las voces de los mayas fueran silenciadas por siglos, desde un poder lingüístico que negaba toda autoridad a la mayoría de habitantes del país. El juego de palabra induce a decir que la de Menchú, de Lion y Ak’abal no fue una emergencia, sino una insurgencia literaria, paralela a aquella otra insurgencia que fue reprimida con barbarie. Mientras la insurgencia armada fue aplastada con todos los medios violentos, la fuerza de la cultura hizo el milagro de que la insurgencia de la palabra se impusiera, y no porque paternalistamente se le fuera permitido, sino por el tesón, el coraje y el inmenso talento de quienes tomaron la palabra a pesar de todo.

También, las fuertes personalidades de cada uno de ellos marcó una voz diferente: muy culta y muy experimental, aunque rabiosamente contestataria, la de Luis de Lion; con la cadencia de los viejos relatos que contaban las abuelas y los abuelos en torno a una fogata, la de Rigoberta Menchú; con la sencillez ecológica de la naturaleza misma, la de Humberto Ak’abal. Por esas voces (des)concertadas, corre la indignación, la sorpresa de quien ve su rostro por primera vez en el reflejo del agua, la conciencia de ser pioneros y de estar inaugurando una etapa de la cual no se regresa: la reaparición, en superficie, de la literatura de los mayas.

Sus biografías son ásperas, poco envidiables. Su lucha por no ser reprimidos, en cambio, ejemplar. Ak’abal comienza como obrero en la ciudad, proveniente de su nativo Momostenango, pueblo de tierra fría si las hay, puesto que allí fabrican ponchos que se usan en todo el altiplano. Encuentra en el espléndido Luis Alfredo Arango un maestro generoso, que lo conduce al encuentro de su ritmo más original. Ese ancestral caballero hispánico, cuya hidalguía lo conduce a volverse uno con los indígenas de San José Nacahuil, mucho tenía para aconsejar a los jóvenes poetas, pues sabía de poesía casi como un profeta. Del encuentro con Arango, Ak’abal sale transformado: descubre la esencialidad de la palabra, la economía del gesto poético, el uso de la metáfora precisa.

De allí en adelante, Ak’abal usa su talento para elaborar una poesía que logra ser, antigua, originaria, familiar y simultáneamente su forma de presentarla llega al happening, a la teatralidad colorida de lo postmoderno, al diálogo intenso con un público arrobado. Creo que hay más intuición que teoría en la visión de un mundo ecológico, completamente compenetrado con la Madre Tierra (sabremos mucho de ese concepto en los años sucesivos), en donde los seres humanos están compenetrados hasta las raíces con el barro, la lluvia, los árboles, los ríos, las montañas, las nubes, el aire, y también con los pájaros, los conejos, las taltuzas, los humildes perros, los gatos salvajes. Los seres humanos como parte de la naturaleza, y no sus enemigos ni sus vencedores. Otra visión del mundo que comienza a ser la visión del siglo XXI.

Ak’abal fue conocido y aclamado en muchas partes del mundo: su presencia despertaba revuelo, admiración y entusiasmo, a veces muy semejante a la de las estrellas de la cultura pop. Su poesía “Canto de pájaros”, más que una declamación tradicional, era una auténtica performance. Quizá a algunos extrañe ese entusiasmo masivo que Menchú y Ak’abal han provocado en sus presentaciones públicas. Creo que podría atribuirse a la tradición oral en la comunicación de los mayas. Durante siglos, negada la escritura, se han ejercitado en la transmisión verbal de su cultura, con una eficacia cada vez más refinada. Son grandes oradores, grandes relatores de cuentos, grandes e inspirados poetas. ¿Por qué extrañarse, entonces, de su habilidad verbal? Humberto Ak’abal raptaba a sus auditorios con la poderosa fuerza que habrán tenido los antiguos aedas, con la seductora palabra que nos revela el universo íntimo que nos sustenta.

Una buena (aunque no novedosa) metáfora para imaginar a De Lion, Menchú y Ak’abal sería la de tres sacerdotes mayas que prenden fuego a tres antorchas en una noche cerrada, de total oscuridad, como es la noche en la que todavía viven mayas y ladinos pobres en Guatemala. A pesar del viento, a pesar de la lluvia, a pesar de la adversidad, esas tres antorchas siguen brillando en lo oscuro y alumbran los ojos de quienes tienen el futuro. Cuando, dentro de algunos años, se hayan encendido tantas antorchas que todo el campo esté iluminado (ya he dicho muchas veces que el resurgir de los mayas en Guatemala es imparable y es la única esperanza del país) entonces recordaremos que Ak’abal fue pionero: dio la luz de su poesía a quien no tenía ni siquiera esperanza; encendió el futuro con el llameante ocote; fue alumbrado nahual del ajaw de las palabras que liberan.

Que su palabra siga corriendo por el viento, por el aire, por las ramas de los árboles; que su rabia adolescente prenda en los corazones de los mayas, para, como él, emerger de la noche colonial; que sus versos pasen del corazón a la voz, y de la voz a la mente. Porque el verdadero poeta ha construido un monumento indestructible con palabras definitivas, su legado a toda una nación. Que siga con nosotros aunque no lo veamos, porque los más jóvenes leerán sus poesías y las dirán en las altas montañas, y él emergerá de la niebla helada, fumando cigarros como brasas encendidas, horadando las nubes y escalando cada vez más alto.

P.S. El poeta Humberto Ak’abal murió el 28 de enero de 2018 en la capital de Guatemala. Tenía 67 años. Murió como mueren tantos guatemaltecos pobres: por la escandalosa falta de asistencia médica, por la miseria de la sanidad pública nacional. Lo habían operado de emergencia en la ciudad de Totonicapán, el día anterior, y su agravamiento motivó a los médicos de esa ciudad a sugerir el traslado a la capital, para salvarle la vida. Escandalosamente, no había ambulancias y los familiares se tuvieron que agenciar una (con la fatal pérdida de tiempo que eso implicaba). Por fin la consiguieron y tres horas después, a la llegada al Hospital General de la ciudad de Guatemala, murió casi de inmediato. Ese tiempo perdido, esa falta de medios son severamente culpables. No sabemos si se hubiera salvado de todos modos, pero podemos decir que si hubiera sido uno de esos grandes ricos del país, habría tenido un helicóptero a disposición; que si hubiera estado en Europa, la atención habría sido inmediata. Que en Guatemala se muere, anacrónicamente, de clase social.

El ogro de Mónaco

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Cuando Diego y Lily llegaron al apartamento de Via Guicciardini, Pamela Wieloska ya estaba allí.

Ya estaba en el apartamento contiguo.

Pamela dejó pasar dos días antes de tocar a la puerta de los Cosenza y presentarse con cualquier excusa, aunque, recordando cómo era, muy bien pudo ser que se haya presentado sin ninguna excusa. “¡Chicos, me dijeron que una pareja de latinoamericanos habían alquilado aquí al lado! ¡No lo puedo creer!”. Al decir esto, empujó la puerta y entró sin esperar invitaciones. “¡Che, pero qué cliché de pisito de estudiantes! ¡De película neorrealista! ¡Es pobre y todo!”, exclamó. Atrás caminaba su hija, de unos ocho años, rubia descolorida como ella, con los grandes ojos indecisos entre el asombro y el miedo.

Marina Vlady en “Giorni d’amore” de Giuseppe De Santis. Foto de Federico Patellani

Pamela Wieloska era argentina, flaca sin esperanzas, ojos claros y nariz de flautín, boca más grande que pequeña, cuidados dientes manchados de tabaco, con una aureola desazonadora que provocaba un no consciente rechazo en su interlocutor.  Su hija daba cuenta del desorden de la madre: agraciada, el descuido en que vivía la afeaba por despeinada, mal vestida, y por un gesto defensivo insólito en un niño. De alguna manera, uno se daba cuenta de que Pamela trataba a su hija como una maleta necesaria e indeseada.

Quizá por la vecindad, quizá por ventaja, quizá por aprovechada, también Pamela tomó el apartamento de los Cosenza como confesionario y litoral de desahogo. “Yo también era estudiante en Buenos Aires”, les contó. “Estudiaba letras como vos. Pero como soy linda, se enamoró de mí el cónsul italiano, un veterano de cincuenta años que me hizo esta piba. Yo, con tal de mejorar y de venirme a vivir a Italia, hice el negocio de mi vida: apenas al llegar aquí, pedí la separación y ahora el vejete me mantiene. Él vive en Mónaco y de vez en cuando le permito ver a la hija”. Todo esto delante de la niña. Diego comenzó a sospechar que quizá Pamela caminaba sobre un alambre finísimo, abismal. “Además, qué te voy a decir, el viejo ya ni sopla, mejor separados, así puedo llevar mi vida como quiero”.

De ese modo, Pamela les hacía visitas improvisadas. Tocaba a la puerta, entraba sin preguntar, y se sentaba en la cama, cruzando las piernas de modo que se pudieran ver, blancas y largas,  pues la mujer se consideraba extremadamente hermosa. Comenzaba entonces a hablar, sin preguntar si era oportuna, si había que hacer en casa, si interrumpía o era bien recibida. “Mejor vengo aquí, así me ahorro el loquero. Total, che, sólo te recetan pastillas y no te ayudan en nada. Yo soy lacaniana, porque Freud es un berreta. ¿Ustedes saben que Buenos Aires es la ciudad con más psicoanalistas del mundo? Es que los porteños somos demasiado finos,” se reía. “En realidad, no somos latinoamericanos, no tenemos indios. Ustedes tienen rasgos indios, pero yo no, yo soy caucásica, se ven mis orígenes eslavos. Por eso les gusto a los árabes”.

Quién sabe cómo, Pamela había entrado en contacto con la comunidad árabe de Florencia, y se rodeaba de jóvenes de la alta burguesía de los países norafricanos. Un día les presentó a un compadrito de cabello rizado, bigotito prolijo, ojos negros profundos y permanente traje completo, chaqueta y corbata. Con un singular gusto por los colores: las telas eran verde aguacate, las corbatas fucsia o amarillas, los zapatos entre naranja y marrón. Lo arruinaba también una perpetua sonrisa que no se sabía si cínica, despectiva o ausente. “Chicos, no se imaginan cómo coge este hombre. Eso sí, le tengo que parar el tren, porque tiene sus manías. Pero está loquito por mí. Dice que va a repudiar a la esposa que sus padres le tienen preparada en su país”. Diego no lograba entender cómo Pamela sacaba a su hija del cuarto y la ponía a dormir en el diván de la entrada, mientras pasaba la noche con su árabe. Y eran tamaños gritos y escándalos que la niña sofocaba tapándose los oídos.

Algunos sábados, la escuela de arte en la que Pamela estaba inscrita organizaba visitas a los museos. Esos sábados tocaba otra vez a la puerta de los Cosenza, que le abrían medio dormidos, e introducía a la niña atolondrada: “Chicos, aquí les dejo a la Fulvia, me la cuidan hasta la una. Así me ahorro la baby sitter”. Fue así como descubrieron cómo vivía Fulvia. Le servían el desayuno, pero la niña no podía tomarlo. Comenzaba a correr alrededor de la mesita del comedor, no por juego sino por una angustia fulminante, y había que detenerla, abrazándola y tomándola por los hombros, fijar la vista en sus ojos llorosos, y decirle: “Cálmate, cálmate, cálmate. Respira hondo, dale, respira hondo, respira hondo…” hasta que le iba pasando la taquicardia y el terror inexpugnable que la acosaban.

“Che, para pagarles un poco todo lo que les rompo las pelotas, los invito a cena”. Diego se resistía, pero la cortesía guatemalteca que engrilletaba a su esposa lo obligaba a aceptar. Pamela era una pésima cocinera, y mientras se limitara a los guisos corrientes en Italia, se podían comer sin mayores consecuencias. Un día les anunció: “Muchachos, hoy les hice una especialidad argentina. Se llaman «chinchulines», ustedes coman y luego me dicen qué les parece”. Los chinchulines tenían la gomosa textura de los callos a la madrileña. Diego advirtió un sabor ácido, desagradable, ligeramente maloliente. Pamela, al final de la cena, les reveló el secreto: los chinchulines eran los intestinos de la vaca. Entonces Diego comprendió el misterio del raro sabor del alimento: Pamela no los había limpiado bien. Al regreso a casa, dijo a Lily: “Hoy sí puedo afirmar, con competencia y conocimiento, que he comido mierda”. Acto seguido, devolvió cuanto había cenado.

Así como Pamela describía las maravillas atlético-eróticas de su árabe, de igual manera pintaba a su marido, el cónsul italiano que vivía en Mónaco, como un malvado de los hermanos Grimm: le pegaba, era celoso hasta de las paredes, odiaba a los latinoamericanos (ojo a Diego), y solo compensaba tanto defecto con la cuantiosa pensión que le pasaba y que le permitía efectuar los más neuróticos estudios de arte de toda Florencia. Un día les anunció: “Prepárense, chicos, porque viene el ogro. Este fin de semana viene a ver a la Fulvia. Ya le avisé al árabe para que se haga humo. Ustedes también. Ni se hagan ver”.

Los Cosenza se sintieron aliviados. Por lo menos, no iban a tener a la enmarañada vecina que se les entraba a la casa cuando quería. Y se prepararon también a esconderse del malvado rufián que llegaría de Mónaco. Ese sábado fueron al supermercado, y regresaban cargados de bolsas de plástico cuando, al tomar el ascensor, se dieron cuenta de que, junto con ellos, entraba un señor con una alarmante maleta. Era el monstruoso marido. En verdad, no era tan monstruoso. Era alto, elegante, con una incierta distinción. Por lo moreno, podría decirse que provenía del sur. Parecía pausado, reflexivo, cortés. Al cerrar la puerta y darse cuenta de que iban al mismo piso, el hombre les preguntó: “¿Ustedes son los vecinos de Pamela?” “Ahora me mata”, pensó Diego. “Sí”, tuvieron que reconocer. Entonces el hombre les habló con suavidad, con dulzura, con preocupación. “Se las recomiendo mucho. No está muy bien de la cabeza, se habrán dado cuenta. Les ruego, les suplico, ayúdenla en lo que puedan, Pamela necesita siempre asistencia”. Les dio la mano y se encaminó hacia el apartamento, el malvado ogro de los cuentos de terror.

El sabor de la democracia

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Cuando Diego y Lily, al salir de la mensa, vieron la manifestación, reaccionaron como si hubieran estado en Guatemala: salieron corriendo, conejos despavoridos a la vista de un cazador. Al ver que nadie hacía lo mismo, se detuvieron, pálidos y espantados, y voltearon a ver el desfile de gente que cantaba, repetía consignas y llevaba grandes pancartas con escritos en contra del gobierno. Se quedaron asombrados. ¿Dónde estaba la policía, con gases lacrimógenos primero, y armas de fuego después, que atacaba a los manifestantes? Para su estupor, la policía iba adelante, abriendo un monótono y burocrático camino, casi cómplice de los revoltosos que más que revoltosos parecían parte de una procesión festiva, padres de familia con los hijos al hombro, jóvenes enamorados que caminaban abrazados, ancianos inocuos de cabellos blancos alborotados, y los coros iban y venían, insultaban a los patrones, al estado, a las multinacionales, y ensalzaban a los obreros, a los proletarios, a los oprimidos del mundo. Cerraba la manifestación otro grupo de policías, como si fuera un grupo de enmascarados de carnaval que formara parte del desfile. Aunque poco después esa ganga se iba a acabar, con los violentos años de plomo, en ese momento las manifestaciones parecían fiestas populares.

¿Así que era esa la democracia? Prudentemente de lejos, siempre esperando que de pronto los policías se voltearan y comenzaran a macanear al pueblo, Diego y Lily vieron alejarse al numeroso grupo que expresaba su descontento contra los poderosos. “Así no se vale”, dijo Diego. “Manifestación sin garrotazos ni balacera, qué gusto tiene”. Se acordaron de las últimas a las que habían ido, en su país, con las gorritas de béisbol hasta las cejas, grandes pañuelos que les cubrían la boca y la nariz, limones en los bolsillos para los lacrimógenos, vestimentas pobres y zapatos tenis para la huida. Solo Franz Galich se había dejado fotografiar, el rostro descubierto, el cabello rizado despeinado por el viento, y un clavel rojo levantado hacia el cielo. Franz, el idealista y valiente Franz, creía que no tener miedo a la policía significaba ser invulnerable.

Durante las manifestaciones italianas, algunos se separaban del grupo para ir a tomar un café al bar. “No puede ser, entonces no es cosa seria”. “Es cosa seria, se llama democracia”, le contestaron. A Diego no le cabía en la cabeza que hubiera tanta libertad. ¿Y él se había pasado la mayor parte de su vida en el terror, con la creencia de que la protesta era cosa mala, digna de bastonazos, disparos al aire, cárcel y la paranoia de que alguien te está por caer encima?

Poco a poco, fue descubriendo que, en Florencia, casi todos eran comunistas. Eran militantes del Partido Comunista las ancianas de la panadería de la esquina, que despachaban el pan mientras lanzaban chistes a los clientes; era comunista el carnicero, vendedor de los mejores embutidos de la zona; era comunista el portero del edificio; comunista el vendedor de periódicos; comunista el expendedor de bombonas de gas; comunistas los empleados del banco donde tenía su libreta de ahorros y comunistas los que le pagaban la mensualidad de la beca. Diego venía de un país en donde los comunistas vivían en la clandestinidad, y cuando los pescaban, se iban a la cárcel con todo y zapatos. Un país en donde uno leía en el periódico que había sido ametrallado a pocas cuadras de su casa un obrero, culpable de pertenecer al sedicioso partido comunista guatemalteco. Donde la imagen de un comunista, transmitida en el colegio, era el de un desarrapado de camisa sucia, ojos turbios y sanguinolentos, boca babeante, un ser maloliente y de malas maneras, un resentido desadaptado dispuesto a matar con tal de conquistar el poder, quitarle a la gente sus pequeñas posesiones e imponer una implacable dictadura soviética. Y ahora resultaba que los comunistas eran esta gente común y corriente, esta amable gente que votaba en masa por un partido que tenía un nombre cómico para los oídos hispánicos: “pi-chí”, un partido en donde convivían el sentido de la justicia social con el antiguo gusto italiano por la buena vida. En Florencia, ser comunista era lo mínimo: de ahí en adelante, uno podía ser algo más atrevido: anarquista, troskista, maoísta, y cada uno de estos atrevimientos se subdividía en infinitas bifurcaciones hasta tocar el peligroso límite de la prédica de la insurrección armada. Uno de sus profesores le dijo una vez: “Este fin de semana fui a Parma, en misión política. Me llevé el coche lleno de propaganda, hasta el tope. Cuando entregué los papeles, me fui al mercado, y me regresé más cargado que a la ida, pero esta vez de jamones, mortadelas, pancetas, tocinos y, claro, un par de kilos de queso parmesano auténtico.” Diego entendió el comunismo italiano a través de esta historia.

Supo entonces el sabor de la democracia. Una vez, después de un domingo de elecciones en las que el Partido Socialista salió particularmente apaleado, entró a clase una compañera, militante de ese partido. Naturalmente, le tomaron el pelo con sarcasmos y chistes, como después de que un equipo recibe una goleada en el clásico dominical. Ella dio una respuesta que, para Diego, fue una lección: “Yo no soy socialista para ganar las elecciones. Yo soy socialista porque creo en los ideales de mi partido, creo que el futuro será mejor con nuestros valores, y no importa perder unas elecciones y otras y otras; lo que importa es que yo sea fiel a lo que creo, fiel a mis padres y abuelos socialistas”. Los demás la aplaudieron.

Todos sus compañeros eran comunistas y lo eran también sus profesores. Alguna vez le preguntaron: “¿Tú eres comunista?”. Diego se quedaba extrañado ante esa estrambótica e insólita pregunta, que en su país nadie hacía. Y por reflejo, respondía casi defendiéndose: “¡No, qué va a ser! ¡Comunista, ni loco!”. Lo miraban mal. “¿Demócrata cristiano, socialista, social democrático?” Entonces Diego tenía que explicar que, en Guatemala, nadie declaraba sus ideas, y mucho menos si eran contrarias al gobierno, porque arriesgaba la vida. Sólo la sospecha de ser un opositor a la dictadura podía costar el secuestro, la tortura y la muerte. Entonces lo miraban con una mezcla de lástima y respeto. Su renuencia a responder era interpretada como una admisión de ser un revolucionario, un patriota clandestino, un conspirador por la libertad. En realidad, era solo un reflejo condicionado. Y venía de lejos. En el siglo XIX, un intelectual nicaragüense había visitado Guatemala, y se había quedado impresionado del hermetismo de los habitantes del país. De regreso a Nicaragua, había declarado: “En Guatemala, hasta los borrachos son reservados”.

Solo los fascistas eran mal vistos. Por esa época, no habían pasado 40 años de la derrota de Hitler y Mussolini, y la palabra “fascista” era considerada un insulto. Tanto, que había quienes llevaban a los tribunales a quienes los habían apostrofado de esa manera. Parecían inexistentes, pero de vez en cuando, sus pocos militantes ponían bombas en los trenes, en los bancos, en los sitios concurridos. Sin embargo, el gobierno era estable y sólido. El primer partido del país era la Democracia Cristiana y el segundo el Partido Comunista. Eran adversarios, pero no exactamente enemigos. Y en los momentos de emergencia nacional, se unían. El más fino político de ese momento era Giulio Andreotti, un hombre devoto del poder, al punto de llevar una vida monástica, intachable y estoica, aunque su convivencia con los servicios secretos hacía temer maniobras subterráneas contra sus enemigos. Era descendiente de las más fine estirpe de políticos europeos, cultísimo, refinadísimo, curial. Tenía frases que sus adversarios le celebraban. Cuando un periodista le preguntó si, como se creía, el poder desgastaba a quien lo detentaba, Andreotti respondió: “El poder desgasta a quien no lo tiene”. Y había inventado, para definir su relación con los comunistas, “el gobierno de las convergencias paralelas”, un oxímoron magnífico y verdadero: la Democracia Cristiana y el Partido Comunista convergían paralelamente, en un binario que parecía infinito, hasta que el cansancio y la historia los derrumbaron.

Y así, una beca destinada a hacer estudios superiores de Historia del Arte se convirtió en una escuela de democracia. Diego se convenció de que lo mejor que podía desear para su país era salir de la dictadura para instaurar una democracia, una deliciosa democracia como la italiana, con ardientes panfletos proletarios y damajuanas de vino color rubí, jamones, vacaciones tórridas en islas mediterráneas, discusiones apasionadas en donde el mundo mejor era un mundo para todos, en el que los obreros llegaran en su automóvil a la fábrica, donde no hubiera divisiones entre ricos y pobres, o entre ladinos e indígenas, todos iguales, creyeran lo que creyeran, desearan lo que desearan, aspiraran a lo que aspiraran, pero en paz, sin imponerse nada unos a otros, y aceptando la decisión de la mayoría como lo había hecho su compañera socialista. Entendió por qué Italia había sido la cuna del renacimiento humanista. Y, sin que él mismo se diera cuenta, su vida, su mente, su alma cambiaron en el subsuelo donde se enraízan las ideas profundas, las que determinan el propio mundo.

La revolución postergada

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A medida que pasaban los meses, los latinoamericanos más militantes y enconados de la Oslai, sea de la rama soviética que de la rama china, se fueron alejando de la casa de Diego Cosenza. El hecho de que fuera casado, de que siguiera regularmente sus estudios, de que superara los exámenes y, sobre todo, de que no asistiera a ninguna reunión, ni siquiera a las culturales, sirvió para ponerle la etiqueta de burgués-apoltronado-en-el-sistema lo que equivalía a maldición eterna, anatema irreversible y ostracismo perpetuo. También contribuyeron algunas discusiones entre los líderes y Diego, quien había fogueado su dialéctica en la Universidad de San Carlos, en donde las polémicas eran furibundas, mañosas y entreveradas. Luego de que Fischer le había abierto los caminos de la estética con La necesidad del arte, Diego había emprendido una lectura personal de Marx.

Una alumna chilena de Louis Althusser, Marta Harnecker, había compuesto una especie de catecismo marxista, que con palabras claras y sin los retortijones que producían los filósofos alemanes, explicaba con claridad el materialismo histórico y el materialismo dialéctico. La mayor parte de los compañeros se daban por satisfechos con haber subrayado, anotado y memorizado un manual chileno de las tesis de un francés sobre un economista alemán, y de allí en adelante dictaban cátedra sobre cualquier aspecto de la teoría de don Carlitos, o aplastaban a sus oponentes con frases hechas del tipo: “Las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”, o mejor todavía, “El ser social determina la conciencia social”, fatalismos que no consentían casualidades, coincidencias o azares. Para Diego, en cambio, era en los entresijos del marxismo donde estaba la diversión, como en el momento en el que Althusser se plantea cómo es posible que en una sociedad atrasada se puedan generar grandes artistas. Para un marxista remachón, sería imposible, pues “la infraestructura determina la superestructura”. Cuando Diego, con paciencia, explicaba a los amigos de la Oslai que no se trataba de recetas de cocina, sino de una más vasta explicación del mundo, aquellos se ofendían y se retiraban seguros de tener la razón y de que Diego simplemente era un revisionista aburguesado, encandilado por el capitalismo transnacional. Salvo que, cuando les caía alguna pena, reparaban de nuevo en casa de los Cosenza, pañuelo en mano y derramaban sin duelo, lágrimas corriendo.

En alguna ocasión, una de las becarias más aguerridas y belicosas, que no sentía retar al ridículo cuando vestía de uniforme verde olivo, con sus botas de combate y la gorrita a la Che Guevara, llegó a refugiarse a Via Guicciardini pues le estaba por caer una catástrofe. Sus padres le anunciaban visita inminente, y allí se descubrió que la chica era hija del gerente de la licorera más cotizada en su país, y que la niña no era rica sino millonaria. Que sus padres descubrieran en qué fachas y amistades andaba podía ser una tragedia descomunal y todo el licor producido por su padre no serviría para ahogar semejante calamidad. De modo que la chica y Lily salieron hacia la Rinascente,la tienda de modas prét-a-porter más cara de Florencia y regresaron con vestidos glamorosos que la gordita se probaba delante del espejo, con exclamaciones de admiración o reprobación de Lily, mientras Diego soportaba el escándalo que le hacía de fondo musical al libro que leía. La muchacha licorera era pro china, pero la revolución maoísta tuvo que tomarse una pausa en su gloriosa marcha hacia el porvenir, mientras los papás de la líder visitaban Florencia, y eran presentados a Diego y su esposa, como muestra del buen comportamiento de la feroz guerrillera vietnamita. Una vez que los facultosos padres desaparecieron, también desapareció la combatiente, quien volvió a sus batallas de papel. De ese modo, los Cosenza quedaron rodeados de pocos amigos que se volvieron habitués de su casa, como se ha dicho, a la hora de comida.

En el correo habían conocido a Livi Pawelkosky, una hebrea argentina quien estudiaba arte en la Academia, pero que los reconoció porque Diego andaba con un ejemplar de El Aleph en la mano. “¿Son latinoamericanos?”, los abordó. Diego dio muestras de su agudeza cuando le preguntó: “¿Cómo nos reconociste?”. Y fue de hablar de Borges, y de Cortázar y de García Márquez y ya que era la hora de la comida, por qué no te venís a comer unos espaguetis con salsa, tanto es lo único que tenemos y siempre mejor que un panino en un bar del centro. Livi era muy individualista, y no se relacionaba mucho con el círculo que se iba formando alrededor de la mesa de comedor de los Cosenza.

Sin embargo, como eran compañeros en la Academia, Livi llevó a un par de invitados que se convirtieron en huéspedes permanentes. Uno era Rafael Umbertini, un uruguayo de barba rubia, cuyos pocos cabellos estaban escapando a toda velocidad de su cabeza. Quizá por eso, Rafael andaba siempre con una boina vasca que hacía juego con el impecable foulard que los estudiantes rioplatenses se ponían en el cuello. Rafael era de modos muy finos y de ironía casi guatemalteca, que él, en cambio, relacionaba con sus orígenes ingleses, pues todos los argentinos y uruguayos lo primero que decían, al presentarse, era su ascendencia europea. Era un dibujante preciso, y pintaba a plumilla, con leves líneas que poco a poco iban configurando un rostro, un paisaje, un objeto. Su realismo era lírico, como los autores ingleses que solía leer. El otro amigo que Livi presentó estaba en las antípodas de Rafael: se llamaba Rudalberto, y el visigodo nombre aludía a la Toledo en que había nacido, aunque su aspecto era el de un alto príncipe moro, de negros cabellos rizados y pelambre por todas partes del cuerpo, hasta en las manos, los ojos algo bizcos, las manos, de leñador, un mucho macho de enérgica raigambre española. Rafael y Rudalberto eran de buen parecer y lo sabían, por lo que cada quien ostentaba su masculina belleza acentuando, el uno, la finura y delicadeza; el otro, la rudeza y la rotunda aridez de la estepa castellana. Andaba siempre con ellos una mexicana del norte, rubia de esa blancura clorada que tienen las sábanas colgadas a secar: también su carácter era tosco, de voz alta y dientes separados. Se llamaba Gloria y ya era profesora de historia del arte en la Universidad de Nuevo León. Andaba en Florencia con “la harta lana que tiene mi universidad”, decía, para que viera, en la realidad, lo que tenía que enseñar en las láminas de los libros de su especialidad.

A veces, Gloria y Rafael se dejaban caer por la tarde, después de la comida, y Rafael decía: “Aquí les traigo unas masitas”, lo que significaba que llevaban pastelitos para el café. “Nosotros, los uruguayos, les decimos «masitas»”, aclaraba. Y como le tenía insólita tirria a los habitantes de Buenos Aires, una tirria que a Diego se le hacía inexplicable, decía: “Un porteño diría vulgarmente: «pahtelito»; porque los porteños son todos mersas, decir «mersa porteño» es una redundancia”. Aclarado el significado de “masitas”, faltaba el de “mersa”. “¿Ah, no conocen el significado de «mersa»? Mirá vó. «Mersa» implica una vulgaridad que solo los porteños tienen. No hay peruanos mersas, ni rosarinos mersas, ni santafecinos mersas, solo los porteños llevan la grosería a ese grado sublime”, decía. Y achinaba los ojos, mientras se reía quedito, como el que ha dicho una picardía, mientras Gloria soltaba una carcajada que hacía temblar los vidrios. Otras veces llegaba Rudalberto y se convertía en el blanco de las ironías de Rafael. “Che, Rudi, ¿te pusieron el nombre apropiado o vos sos rudo para estar a tono con el nombre?”. Rudi trataba de explicarse, pero se enredaba, mientras Rafael lo seguía provocando. Tanto, Rudi consideraba a Rafael un perfecto maricón, y lo llamaba “el Príncipe”, lo cual, inexplicablemente, enfurecía al uruguayo. Ambos compartían y se disputaban la amistad de la campechana norteña, y a veces, sospechaba Diego, también la cama.