Los mágicos poderes de esta tierra

Si alguien podía ser radicalmente diverso al profesor Cioni, este era el profesor Tommasi, quien anunció su visita para el año siguiente. Cioni, mientras ejercía su profesión en Florencia, era severo, puntilloso, preciso y riguroso. Se proclamaba comunista, y cuando los estudiantes italianos salieron a las calles a soñar con una revolución improbable, Cioni los adversó y declaró públicamente que se consideraba estalinista, por lo que auspicó el aplastamiento del movimiento estudiantil. Por eso Diego se asombró cuando, al llegar al país, Cioni se convirtió en lo contrario de lo que había sido hasta ese momento: se volvió relajado, sensual, chisporroteante, curioso, conversador y hasta donjuán. No se le había borrado de la mente la despedida de Cioni, que subió las escaleras del avión con un sombrero de charro mexicano, que ya se anunciaba el profesor Tommasi, la otra cara de la moneda de Cioni.

EDVARD MUNCH Friedrich Nietzsche (1906)

Tommasi era siciliano, y si regularmente era malencarado y lunático (días de expansivo buen humor alternado a días de mírame y no me tentés), le bastaban dos vasos de vino para transformarse en un simpático contador de chistes, buen conocedor de las canciones de protesta latinoamericanas, y, fama que recorría toda la península itálica, gran tombeur de femmes. En los congresos de crítica académica, diversas estudiantes habían conocido la cama de Tommasi, cuyo encanto hacia las mujeres era, para Diego, un misterio. Así que cuando anunció su visita, Diego pensó que habría que recomendar a sus paisanas sendos cinturones de castidad. Y se preparó para días de juerga y regocijo.

También aquí se equivocó. Tommasi, al contrario de Cioni, pertenecía a una agrupación de extrema izquierda, casi una secta, no tanto por lo esotérico sino por la escasez de sus miembros. Venían de formaciones católicas, y eran de una ortodoxia marxista que rayaba en el fanatismo. Cuando iban a las manifestaciones, se les reconocía porque llevaban a la familia, los bebés cargados en brazos porque el carrito era un lujo pequeño burgués, y porque se esmeraban en vociferar los slogans más virulentos y combativos. Por lo que se refería a la moral sexual, eran completamente antiburgueses, y no era raro que experimentaran el desastre de las parejas abiertas, que casi siempre terminaban en feroces cismas de corte político. El amor universal estrellábase como el Titanic contra el iceberg de la posesión carnal.

De esa forma, antes de aterrizar en La Aurora, Tommasi había ido a hacer una visita pastoral a los compañeros sandinistas, con quienes había compartido la ilusión de estar realizando una revolución que no se sabía si era socialista, católica, socialdemocrática o simplemente nicaragüense. De Nicaragua había tomado un Tica Bus, que lo depositó con los huesos quebrantados enfrente del cine Fox, terminal de los autobuses centroamericanos. Como era de esperarse, Diego lo fue a recoger a esa terminal, y notó que Tommasi estaba serio y nervioso. Pensó que le hacían falta un par de vasos de vino para convertirse en el simpático casanova de siempre. Tommasi se quedó paralizado cuando vio el enorme Buick que Diego había heredado del Turquito. “¡Pero este no es un automóvil pequeño burgués!”, exclamó. “¡Este es un automóvil totalmente burgués!”. Diego temió que el profesor no se subiría al auto, pero no puso problemas. Mientras viajaban a la misma pensión en donde se había alojado Cioni, Tommasi le confesó el motivo de su seriedad. “Es que traía una agenda para entrevistarme con todos los compañeros guatemaltecos de la izquierda”, le dijo. “Pero la policía me la incautó en la frontera”. Diego lo volteó a ver, incrédulo. ¿Pero a quién se le ocurre, semejante animal, visitar un país como el nuestro con una lista de nombres y direcciones de gente de la oposición? ¡Claro que se la iban a incautar! Para la policía secreta de la dictadura, era Jauja un documento de ese tipo.

La visita de Tommasi convenció a Diego de que su país tenía poderes mágicos para cambiar a la gente. El famoso donjuán pasó un mes de estricta castidad, paralizado por el viaje y un poco por el miedo de estar en una dictadura militar, donde el clima de terror se respiraba con mayor fuerza que el chorro de humo de diésel negro que salía de los escapes de los autobuses. Y esa falta de relaciones sociales fue un castigo para Diego, pues tuvo que estar al servicio de su ex profesor casi todo el mes. Lo llevó a la Antigua, en donde Tommasi, en lugar de admirar la estética de las ruinas, se echaba largas disquisiciones sobre el imperialismo, el colonialismo y la liberación de los pueblos. Además, no quería comer en restaurante, sino en los mercados, para compartir con el pueblo la experiencia alimentaria. Se le quitaron las ganas cuando pasó por las carnicerías, en donde la carne colgaba de ganchos oxidados, con una impresionante aureola de moscas que revoloteaban y se posaban en los miembros de las reses que goteaban sangre. Lo llevó a Atitlán, que por esa época estaba sumergido en una niebla de marihuana. Lo montó en un avión para Tikal y lo esperó al regreso, cuando llegó violáceo de sol y de picaduras de mosquitos.

Sin querer, la pandilla del Mañas le echó una mano, pues decidió homenajear al compañero revolucionario que llegaba desde Italia. Un par de veces se lo llevaron a las bacanales que armaban, tremendas discusiones navegables en ron y coca cola, en donde no era raro que llegaran a romperse la cara. Eso sí que le gustaba a Tommasi, esos eran los revolucionarios latinoamericanos que se había imaginado en Italia, y también él participaba en las diatribas, con gran admiración de sus interlocutores, pues en el fondo Tommasi no era más que un remachón reprimido y compungido. Demostrar su sabiduría marxista delante de los recitadores de los manuales moscovitas habrá sido un placer. Esto Diego se lo imaginaba, pues, con la típica amabilidad de sus paisanos, a él no lo invitaban. Toda Centroamérica sabía que, en su país, todos te invitaban a cenar a su casa, solo que no te daban la dirección ni el teléfono.

Pero la hazaña más grande del profesor Tommasi ocurrió una noche en que, como de costumbre, Diego lo acompañaban en el transatlántico hacia la pensión. Circulaban pocos vehículos por el anillo periférico, después de las ocho y media de la noche. Como siempre, de vez en cuando, retenes militares detenían a los viajeros e inspeccionaban el interior de los transportes. Diego confiaba en que la majestad del Buick impusiera respeto a los pobres soldados, pero esta vez no fue así. El soldado, con una linterna, le hizo señas para que se detuviera. Tommasi se puso pálido. “No se asuste, profesor”, le dijo Diego. “Aunque nos están apuntando con sus metralletas, no nos van a hacer nada”. Tommasi tartamudeó: “Es que traigo la bolsa llena de propaganda de la guerrilla”.

Casi todas las noches, los grupos guerrilleros dejaban, en los baños de la Universidad, grandes paquetes de boletines de propaganda, que los universitarios leían allí mismo y luego tiraban a la basura. Tenía que llegar Tommasi para cometer la imprudencia de llevarse como souveniro como objeto de estudio, uno de esos papeles peligrosos. Mientras detenía el automóvil para su inspección, Diego pensó que si los soldados los descubrían, él se podría dar por desaparecido, mientras Tommasi sería expulsado del país. Dijo al imprudente: “No te muevas. Aferra tu bolsa y yo distraigo al soldado como pueda”. En efecto, Diego bajó el vehículo, saludó muy amablemente al soldado que no dejaba de apuntarlo con el fusil ametrallador, abrió el maletero, levantó la llanta de repuesto, le mostró todos los recovecos posibles, abrió las puertas traseras, levantó los sillones, y, al fin agobió al soldado con tales esfuerzos por mostrarle todo lo que había en el coche, menos la bolsa de Tommasi “un profesor italiano que nos honra con su visita”, que el soldado los dejó ir. Entonces a Diego le comenzaron a temblar las piernas.

No se extrañe nadie que, cuando acompañó al aeropuerto a su incauto profesor, Diego sintió un alivio del tamaño del Jumbo que se lo llevaba de regreso a Europa.

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El dentista inofensivo

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Elpidio Zavala había sido un anodino compañero de colegio y se había graduado de dentista. Diego no lo había vuelto a ver desde que ambos habían sacado el bachillerato. Le había pasado con la mayoría de los miembros de la promoción. Un día eran un grupo bastante compacto, aunque fueran muchos, un grupo que salía desaforado a jugar fútbol a la hora del recreo, que juntos iban a la misa obligatoria del Colegio, que ordenadamente entraban a la clase, que hacían los mismos chistes y cantaban las mismas canciones; y al otro día se despertaban como extraños, se encontraban por casualidad por la calle, cuánto has engordado, la curva de la felicidad, me voy a casar, vendo seguros, con una maletita 24 horas en mano, soy visitador médico, mis viejos me compraron un auto al salir del colegio. Así había pasado con Elpidio. Había sacado con transparencia obscura la carrera en la universidad, brillante y estudioso cuanto desidioso había sido en el Colegio, había abierto su clínica y se había casado con una mujer guapa. Elpidio era pelirrojo y la pereza de sus compañeros había hecho inevitable el apodo de “Fosforito”. Uno de esos días insípidos en que el cielo amanece gris porque va a llover todo el día, Diego se enteró de que Elpidio Zavala había aparecido torturado y muerto a la orilla de una carretera.

Retrato del doctor Gachet por Vincent van Gogh, 1890.

Como Elpidio se había distinguido por su inexistente posición política, Diego pensó que, quizás, a su paso por la Universidad, se había enrolado en alguna de las tantas organizaciones armadas que hacían oposición a la dictadura. Era lo que pensaban todos cuando alguno era desaparecido o asesinado: “algo habrá hecho”, pensamiento cobarde y culpable que justificaba a la dictadura. El Flaco le contó la verdad.  “Nada que ver con la política”, le contó a Diego a la hora del acostumbrado café. “Elpidio tenía una doméstica de Zacapa, y la muchacha se hizo novia de un soldado de la G2. Se puede imaginar la flor de sicario con el que estaba. Un sábado, la muchacha regresó tarde, precisamente porque se entretuvo en algunos recónditos movimientos con su novio, y Elpidio la regañó. Tenía razón: para como están las cosas en el país, una mujer sola por la noche corre mucho peligro. La regañó fuerte y la muchacha se resintió. Al día siguiente se quejó con su novio. 24 horas después Elpidio apareció asesinado en una cuneta de la carretera al Atlántico”.  Diego le dijo al Flaco que había pensado en un Elpidio guerrillero. “¡Qué va!” le respondió el Flaco. “Elpidio pensaba en hacer plata con su carrera, no en la revolución”.

Diego le razonó al Flaco que era el período que estaban matando a los dentistas. El Flaco no se rio. Porque era verdad. Los sicarios del gobierno habían decidido acabar con la oposición universitaria, y, por método o estupidez, estaban atacando facultad por facultad. Habían comenzado por Derecho, y no pasaba día en que los periódicos no mostraran la fotografía de un automóvil con el parabrisas destrozado a balazos y un enorme titular: “El licenciado XX asesinado junto con su familia en la Calzada Aguilar Batres”. Porque las emboscadas no perdonaban a la esposa y a los hijos. La dinámica era casi siempre la misma: los asesinos en moto, protegidos por los cascos, se acercaban al automóvil de la víctima en un cruce, en un semáforo en rojo, y descargaban sus metralletas a ciegas, sin importarles que fuera la hora en que los padres acompañaban a sus hijos a la escuela. Y cuando habían terminado su tarea con la Facultad de Derecho, habían pasado a la de Odontología.

A veces, el instinto de sobrevivencia adopta la vestimenta de la tontería. Diego pensaba: “Menos mal que están atacando los dentistas y no a los humanistas”, sin pensar que la sistemática y obtusa táctica de los sicarios tendría que llegar también a su Facultad. Él seguía con sus costumbres y su rutina: por la mañana en casa estudiaba y preparaba las lecciones; después, comida; y sucesiva salida para la escuela Miguel García Granados; regreso a la Facultad, toda la tarde en el cubículo y a, partir de las cinco y media, clases, para regresar por la noche sobre el Anillo Periférico. Por la mañana, bebía grandes tazones de café mientras escuchaba música clásica. Tenía una máquina de escribir Olivetti, y allí fichaba cuanto libro leía. “Hagan fichas” les había aconsejado el maestro Albizúrez. “Les van a servir cuando se vayan al exilio”. Todos se reían de la ocurrencia de Albizúrez, sin saber que escuchaban una profecía. Había una muchacha que trabajaba en la vecindad, ayudando en las labores de limpieza. Diego supo que la muchacha había preguntado si se había muerto alguno. “Es que todas las mañanas ponen música fúnebre”, había dicho, refiriéndose, quizá, a Mozart.

Las tardes en el cubículo dejaron de ser tranquilas sesiones de lectura y estudio. Había, en la universidad, un clima vidrioso y salobre, como si una niebla de miedo y expectación hubiera descendido sobre el campus. De vez en cuando, llegaba a saludarlo Ruth Camposeco, que había sido su camarada de las Jornadas de Vida Cristiana. Allí, Ruth se había hecho novia de un líder católico, y por buen tiempo la pareja fue amiga de Diego. Cuando rompieron, porque el líder dejó a su novia por una más joven y bonita, Ruth iba al cubículo de Diego, que siempre tenía un paquete de pañuelos de papel por los resfriados y los llantos. Tenía que renovarlo con frecuencia. Pasado el tiempo, Ruth entró al Partido Comunista, que era clandestino por ley y público por malas lenguas, pues todos sabían quiénes formaban parte de esa agrupación. Se los consideraba inocuos, en comparación con los guerrilleros armados que actuaban en la provincia. Ruth estaba nerviosa por los ataques contra la Universidad, porque se había convertido en una funcionaria muy importante y Diego sentía que era su deber tranquilizarla. Era una especie de terapia, y Ruth salía más serena de la conversación con Diego.

También pasaba por allí el vigoroso Franz Galich, que lo saludaba con manotada y risotada. Franz siempre traía entre sueños proyectos utópicos e irrealizables, novelas monumentales y épicas, cuentos en donde el centro del mundo era su pueblo natal, Amatitlán, que reposaba como una feria permanente al lado de un lago de pobre turismo local. A las orillas de ese lago, Diego había visto el carrusel más triste del mundo. Había una asta plantada en el suelo, y de esa asta partían como los rayos de un círculo perfecto, las sillas en donde los niños se sentaban y daban vueltas y vueltas. Lo singular era que, para mover en círculo las sillas, no había motor, sino una especie de bicicleta, cuyos pedales hacían girar el tiovivo. Los niños se divertían y gritaban, los pequeños pies agitando el aire. Quien pedaleaba era otro niño, probablemente el hijo del patrón, con la cara sucia de mocos, de polvo, de agobio.

Los sicarios habían pasado de Odontología a Veterinaria y los periódicos no se cansaban de repetir fotos y titulares. Leer la prensa era un ejercicio deprimente y necesario. Los principales articulistas apoyaban al gobierno y pedían más mano dura para combatir a los que llamaban “delincuentes subversivos”. Diego ya se había acostumbrado a que una página entera del periódico estuviera dedicada a los desaparecidos. Llegaban los familiares con la foto de su pariente, en general sacada de un documento de identidad, y pedían al periódico que la publicara. ¿Para qué? No se sabía. Todos conocían que los desaparecidos estaban en manos de la dictadura, y que difícilmente iban a sobrevivir. Pero la obstinada esperanza insistía, y Diego, como los ancianos repasan la página de los necrologios, en plena juventud repasaba la página de los desaparecidos, para ver si reconocía a alguno.

 

 

Si me han de matar mañana…

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Los faros del autobús horadaban la oscuridad de la carretera, era como si crearan instantáneas ilusiones de esclarecida realidad que de inmediato volvían a la nada, pensaba Diego desplazando la cabeza al centro del corredor, en el interior de los transportes Galgos, subalterna trasposición tropical del Greyhound norteamericano; los faros iluminaban árboles, rocas, laderas, asfalto, la cinta central, y todo eso se volvía árbol, roca, ladera y asfalto mientras estuviera la luz, pero en nada se volvían mientras avanzaba la máquina, un rumor inconstante, según las dificultades del camino, un ronroneo que hacía dormir a los demás pasajeros, extendidos en los sillones que se podían abatir, como los de los aviones, gente con la cabeza derrumbada hacia los lados, o engarrotada como fetos, con las bocas abiertas y salivantes, o con ronquidos que aumentaban con la edad, parecían víctimas de una catástrofe sonámbula y Diego despierto y pensando, asomándose de nuevo al corredor como para controlar que todo fuera bien, la carretera desolada, la profunda noche del viaje a México que había comenzado a las seis de la mañana y a las seis de la mañana iba a terminar.

México era los libros que pensaba comprar, porque en las librerías nacionales había más libros escolares que literatura: secretos libreros apergaminados regían esos pequeños antros de esotérico conocimiento iniciático, se decía que eran sabios venidos de ultramar, españoles, judíos, eslovenos, húngaros o serbios perseguidos por pesadillas de progroms inconfesables, dignos con sus desordenados cabellos blancos y sus ancianas chaquetas raídas, y también, con esa dignidad, la pobreza, la angustia de no llegar a fin de mes para pagar el alquiler del negocio que no era negocio por la falta de lectores. De vez en cuando aparecían los poetas, los narradores, los ensayistas del país, cuyo signo era la afición por la conversación arriesgadamente política, todos bisbiseando contra la dictadura militar, insinuando secretas militancias clandestinas, y, lo peor de todo, con la tendencia a olvidar el pago de los libros que se metían en los morrales típicos que era ley portar por esas épocas. Los libreros veían hacia los estantes más nostálgicos, allí donde campeaban los libros menos ambicionados, toda la colección Gredos empaquetada en momificado plástico ceniciento de esmog, los clásicos Jackson, las ediciones económicas de Alianza, alguno que otro clásico castellano, tal vez la colección “Cátedra”. Casi suspiraban porque eran como reliquias sacrosantas, mientras que los lectores voraces compraban el último mamotreto que se anunciara como best-seller, que en el país era worst-seller,por el precio y la penuria de lectores.

De modo que para comprar libros había que viajar a México, y todos arrostraban el viaje de 24 horas en los Galgos. Antes de salir, no hubo quien no citara a Tito Monterroso. “Si nuestro país es el subdesarrollo, México es el subdesarrollón”. El chiste sonaba a Tito, pero era ligeramente pesado como para ser de él. Tito tenía sus chistes legendarios, ligeros, irónicos, disruptivos. Diego no iba a México a conocer a Tito Monterroso o a Luis Cardoza, que allá vivían. Eran demasiado monumento, demasiada leyenda, demasiada literatura. Diego iba a comprar libros y, como cualquier pueblerino, iba a conocer el México de las películas, donde para decir “estamos en la ciudad de México”, aparecía la Torre Latinoamericana, el Palacio de Bellas Artes, el Zócalo. Mientras el autobús entraba en la oscuridad, pensó que, graciosamente, conocía a México en blanco y negro, porque casi todas las películas que había visto eran previas a la llegada del color. Sabía todo de México, pero lo sabía en blanco y negro. Y bidimensional. Su amigo Miki, el poeta, lo había instruido mal sobre el viaje.

“Tenés que hospedarte en el Hotel Mellow, porque allí van a dar todos los paisanos. Es barato, está en el centro, a dos pasos del metro Allende. Casi enfrente está la cafetería “La Blanquita” a donde van a comer los exiliados de nuestro país. Si querés comer, come carnitas, que las venden los ambulantes en la calle. Aquí está la dirección de Radio Universidad, donde trabaja el poeta Illescas, que recibe a todos los connacionales. A los otros escritores mejor ni buscarlos, que arguyen todo tipo de compromiso, embuste y urgencia con tal de no verte. Andá a la calle Donceles que tiene los mejores libros viejos del mundo. Llevate Imodium y si podés antibiótico intestinal porque al tercer día te va a golpear la venganza de Moctezuma, y no te asustés, porque a todo el que no es mexicano le da. Un par de días de angustiosas meditaciones en el baño y ya estás listo para seguir comiendo tacos, tamales, frijoles colorados y guacamole. Ni te asomés a la Plaza Garibaldi, otro peladero de turistas y borrachos, que de nada sirve oír mariachis o terminar encerrado en algún lío”.

En cambio, el otro poeta, el Cegatón, lo había advertido: “No le hagás caso a Miki, porque ese vivió pobre y da consejos de calvinista. Andá y divertite, comé, bebé, hacé clavos, mirá el teatro que es bueno en México, pórtate como turista, que eso sos”. A un cierto punto del camino, el autobús había hecho una parada con el fin de que los viajeros comieran y fueran al baño. Era un comedor desolado en medio de la nada, apalabrado con los Galgos para el negocio fácil, pollo con arroz, cerveza, coca, y baños al neón con un centímetro de agua donde se caminaba chapoteando en esa inundación fétida y nauseabunda, se hacía en asco lo que se tenía que hacer, y se regresaba al autobús, que partía en la oscuridad profunda de las pesadillas o de los lugares desconocidos. El resto del camino fue entresueños, caídas profundas en alegorías confusas y repentinos despertares para comprobar que estaban todavía en el zumbido del motor viejo y de válvulas mal ajustadas, y otras caídas inevitables, irresistibles, hasta la brutal entrada al tráfico endemoniado de ciudad de México, millones de automóviles como avispas alborotadas, bocinas, gritos, y un profundo olor a gasolina que fue el olor de la ciudad por todo el viaje.

Si el viaje en autobús fue como atravesar un oscuro túnel de fatiga y desagrado, salir a la realidad del Distrito Federal fue como la apertura de un abanico en noche de calor. Un abanico andaluz, hecho con fibras de amate, con inciensos llenos de perfume emanado por milenios de adoración a dioses de nombre impronunciable, como los dos volcanes que se destacaban en el horizonte. ¡Decir el Popocatépetl, hablar del Ixtaccíhualt! Con los amigos, Diego cantaba: “¡Soy de Paranhuaricuatirimicuaro, soy de Paranhuaricutirimicuaro!”, vieja canción mexicana para pasar el tiempo y morirse de la risa.

No fue la altura vertiginosa de la Torre Latinoamericana; no fue la majestad de Bellas Artes ni su Ballet Folklórico; no fue la diversa ebriedad del Bar “La Ópera” o la del bar “Tenampa”; no fue el vasto Zócalo, Catedral y Palacio de Gobierno al canto; no fueron las librerías, el “Sótano” como un almacén de golosinas con toda la literatura del mundo, “aguja de marear entre quimeras”, o Porrúa, con sus clásicos a la mano; no fueron las comidas opulentas en Sanborn’s o en Café Tacuba, y no fue un memorable almuerzo en la Fonda Santo Domingo, con sus navegables chiles en nogada. Todo eso era para un turista cualquiera, como cualquiera era Diego entre millones y millones de habitantes del Distrito. Fue la diversa variedad del aire, que en tiempos de cronista fue la región más transparente, según Fuentes. Fue caminar agobiado por la alta presión de las alturas y la sangre de narices a mitad de Coyoacán. Fue la gente, salida de los diseños de Sahagún o de los informantes de Sahagún, les faltaba solo un globito que saliera de la boca para señalar que hablaban, y eran palabras dulces y amables, con el tono canterino y arrastrado de los chilangos. Fue el metro atorado de aztecas, chichimecas, oaxaqueños y mayas, era como estar en París (porque de allí venía el metro) pero en otra dimensión de la existencia, un París habitado por mexicanos, corteses y de bigotito cantinflesco. Fueron los pochos, así llamados los escarabajos Volskwagen, que fungían de taxis y cuyos taxistas no conocían la ciudad, tan vasta era, y si no la conocías tú, te bajaban del vehículo. Fue la extrañísima sensación de estar en país extranjero y estar en el propio, en el piso de arriba tal vez, porque todo era familiar, no iba uno a conocer México, iba a re-conocerlo, porque lo llevaba en la memoria, sangres confluían de remotos lares, de cuando, borrachos, cantaban “México lindo y querido, si muero lejos de ti…” como si hubieran nacido en México. Y qué gusto y reconocimiento gritar a voz en cuello: “..si me han de matar mañana, que me maten de una vez!”

 

 

 

 

 

Hombre en la oscuridad

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Diego Cosenza comprendió que hay momentos, en la mitad del camino de nuestra vida, que uno se pierde como en una selva obscura, porque la recta vía se ha perdido. Para el artífice de esa frase, la mitad del camino eran los 35 años y fue generoso, porque la gente se moría mucho antes de los 70. Diego frisaba los 30, pero no pensaba siquiera que podría cumplir el doble, y esa ausencia no era debida a juiciosas consideraciones filosóficas, sino a la ligereza propia de quien se siente joven, y, por lo tanto, eterno. Ahora, de pronto, como en algún bosque de la Alta Verapaz que había visitado, los árboles cubrían el cielo, la vegetación no dejaba caminar, se necesitaba al baqueano que con el machete desbrozara la senda que se volvía a rellenar de inmediato con otra vegetación, y la sensación de pérdida y vértigo era como en el célebre verso de Dante Alighieri. Porque la recta vía se había perdido.

El Greco – Muchacho encendiendo una candela

Nada sucede de repente cuando lo humano se descompone y mancilla: va por lenta degradación imperceptible que sólo la experiencia advierte. Los viejos pasan por sabios simplemente porque recuerdan: “Esto ya sucedió, esto se va a repetir”, cuando husmean, como los perros adiestrados, un resabio de olor, un lejano aroma de podrido que ya anuncia lo que vendrá. Todos se burlan, se ríen, no hacen caso, porque no advierten la grieta mínima en el piso que será el abismo en el que se derrumbarán. Así, Diego no supo reconocer las pequeñas señales de catástrofe, esa levedad húmeda en el ambiente eléctrico, un olor a hongos tumefactos que precede al huracán o al tornado.

Sucedía que, a mitad de la clase de las 8 de la noche, cuando todo estaba oscuro y las facultades de la Universidad eran como islas de luz en medio del campus, como botellas llenas de luciérnagas en la oscuridad nocturna, de vez en cuando había un apagón. Digamos la verdad: los apagones eran frecuentes en la ciudad de Guatemala. “Se fue la luz” decían todos, poetas multiplicados por millones, sin darse cuenta de la metáfora. También existía la certeza de que no pasaría una hora sin que regresara la energía eléctrica y, en ese momento, daban ganas de aplaudir y cantar.

No fue así después del asesinato de Oliverio Castañeda, el líder estudiantil. Todos comprendieron que la Universidad estaba en el centro de la mirilla del ejército, y que cualquier pretexto les vendría bien a los militares para entrar a la Universidad y disparar a ciegas contra los estudiantes. Había un video que las televisiones de Centroamérica habían transmitido sin parar, en donde se veía la UCA, la universidad de los jesuitas de San Salvador, invadida por los militares. Se oían los secos disparos de las metralletas y lo que más terror daba era que los estudiantes, tendidos en el suelo con las manos sobre la cabeza, rezaban en voz baja “Dios te salve, María, llena eres de gracia…”, porque sabían que los iban a matar.

De modo que cuando, a mitad de una clase en la que los alumnos se aburrían tomando notas sobre los aspectos verbales, de pronto se iba la luz, una oleada de exclamaciones, casi un grito compartido, atravesaba la clase. La primera vez Diego entendió que toda la responsabilidad de una posible tragedia estaba en sus manos. No sabría decir de dónde salió su voz imperativa que llamó: “¡Silencio!”. Los cien estudiantes que abarrotaban el aula callaron. Hablando a una oscuridad en donde percibía el aliento alterado de los alumnos al borde del pánico, Diego ordenó: “¡Todos de pie!”. Escuchó el ruido de los cuerpos que se alzaban. “Recojan sus cosas”. Poco a poco, los ojos se acostumbraban a la oscuridad. Se veía, por la ventana, las luces de los primeros automóviles que abandonaban la Ciudad Universitaria. Oyó el ruido de los que metían sus cuadernos en las bolsas. “Ahora van a salir, uno por uno, los de la primera fila”. Oyó, cómo, ordenadamente, iban saliendo, algunos alumbrados por encendedores. Y así, fila por fila, hasta que la clase se vaciaba. Algunos de sus alumnos más allegados se quedaban con él, para cuidarlo. El ataque contra la Universidad había creado esta insólita complicidad entre estudiantes y profesores. Diego llegaba a casa más temprano no sin observar que la luz se había ido solo en la Universidad.

A pesar de ese ambiente de opresión, la gente seguía celebrando sus fiestas, cumpliendo con sus rutinas, ganándose el pan, porque el ser humano a todo se acostumbra y vuelve normal lo anormal, sólito lo insólito, rutinario lo excepcional. De ese modo, su sobrina, la hija del Matón y de Teresa, cumplió 15 años y estuvo meses en los preparativos de la fiesta. El Matón andaba muy ajetreado por esa época en sus menesteres militares, y hablaba del “Área”, un misterioso punto geográfico del país en donde los guerrilleros combatían contra el ejército. Cuando uno de sus compañeros era mandado al Área, era compadecido y envidiado. Compadecido porque le tocaba irse a la guerra, donde las emboscadas, las bombas y las balas eran verdaderas; envidiado porque los que se iban al Área hacían grandes negocios con los proveedores de abastecimientos y de armas, mínimo el diez por ciento en cada compra.

Llegó el día de los 15 años y Diego fue, a desgano, a la misa en donde su sobrina entró emperifollada como una coliflor, con un vestido blanco de tules y encajes que anticipaba el de novia que se suponía iba a vestir en el futuro. La fiesta fue a partir de las siete de la noche, en la casa de Teresa y el Matón, en plena Colonia Militar. El Matón servía tragos y cervezas con su cara de besugo socarrón, mientras Teresa distribuía chucherías para acompañar la bebida. Habían puesto el estéreo a todo volumen, con música caribeña, y los retumbos del ritmo antillano se oían hasta la carretera que pasaba fuera de la colonia.

Diego se metió al baile con entusiasmo, aunque siempre envidiaba a los que verdaderamente sabían los pasos de la cumbia, del merengue, de la samba, mientras que él se dejaba llevar como un muñeco desarticulado por el ritmo. En realidad, no le importaba. El baile era como un desahogo, un salirse de sí mismo para ser otro, el reverso de la medalla de su fachada profesoral, de su timidez, de su presunta seriedad. Bailaba con Lily, con su hermana, con sus sobrinas, y bailando desordenadamente estaba cuando se le acercó el Matón y le dijo, con cavernoso aliento alcohólico: “Un amigo tuyo te quiere saludar”. Diego lo miró extrañado. El Matón le disparó una sonrisa aguardentosa.

Lo condujo hasta una habitación de la casa, desde donde se podía ver la fiesta sin participar en ella, y en una esquina, sentado de espaldas a la pared, había un hombre en la oscuridad. A Diego se le pasó la leve ebriedad de la cerveza y el baile. Sintió como si, en lugar de entrar en esa habitación desierta, poblada por las tenebrosas vibraciones de un solo hombre que se protegía las espaldas frente a un abundante vaso de whisky, hubiera entrado en una selva llena de penumbra, donde apenas se distinguían plantas, objetos, movimientos. Mientras del vaso se distinguía el reflejo de las luces en el hielo y en el líquido amarillo oscuro, sobre el rostro del hombre había como un brochazo, como esas manipulaciones digitales para borrar la cara de una persona que no debe ser vista, como los íncubos en los que uno se esfuerza por distinguir y no distingue. El Matón le dijo: “¿Te acordás de Pancho, tu amigo del pueblo?”. Una voz metálica, proveniente del hombre que estaba sentado, confirmó: “¿Te acordás de mí, Diego? ¿Te acordás que de niños jugábamos horas?” Diego no podía acordarse, porque no lo veía. Dijo que sí, cómo no me voy a acordar. El hombre se rio con carcajadas de pecho constipado y eso inquietó a los cuatro guardaespaldas que lo custodiaban, que se movieron como animales alertas, moviendo ligeramente sus metralletas. “Andá a bailar”, ordenó el hombre. “Y olvídate de mí. No me has visto esta noche. Y ya no somos niños”. Diego regresó al baile aturdido sin saber que esa conversación iba a ser definitiva, un mal augurio para el resto de su vida.

La profecía infausta

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Uno de los aprendizajes más duraderos y profundos de Diego Cosenza en Italia fue el de las variadas supersticiones peninsulares, que se añadieron a las propias. Diego encontró chistoso que también, en Italia, los gatos negros fueran perniciosos; que jamás se debía pasar debajo de una escalera; que la mención de una desgracia atrae a esa desgracia. A tales sólidas y científicas creencias, Diego añadió otras nuevas: aprendió que la vista de un cortejo fúnebre debe ser conjurada con el signo de los cuernitos: índice y meñique alzados, pero con ambas manos e indicando el suelo; aprendió que el exorcismo también se aplica a la vista de una o varias monjas que vengan en sentido contrario por la calle; aprendió que nunca se debe anunciar una victoria si esta no ha sido conseguida, porque el resultado será el contrario, y si algún imprudente te dice “vas a ganar” en cualquier aspecto de la vida, ¡inmediato conjuro de dedos señalando al suelo como flechas, como el que quiere expulsar la mala suerte de su camino! Una variante no tan secreta del educado conjuro con los deditos era tocarse los huevos, y si la educación no permitía hacerlo descaradamente en público, como varias veces lo vio hacer, la variante cortesana era meterse las manos a los bolsillos y desde allí, delicadamente, como quien juega con una pelotita de ping pong, efectuar el exorcismo.

En este lugar fue asesinado Castañeda de León el 20 de octubre de 1978

Así pues, no pudo más que deplorar la observación que le hizo el profesor Cioni antes de su partida: “Veo la situación del país muy positiva. Hay manifestaciones, protestas, huelgas y no se ven signos de represión. Ustedes van camino de una apertura democrática”. Después de tal desafortunada previsión, se imponía uno cualquiera de los conjuros aprendidos en Italia, pero Diego no los efectuó porque se consideraba racional, lógico y dialéctico. En cambio, nunca una profecía fue más desafortunada.

Aunque al sillón presidencial estaba bien atornillado un general de apellido extranjero, Olof Stargasson, no había señas de la violencia que habían desatado sus antecesores. De modo y manera que en la Universidad se desplegaba una actividad política exuberante, con representantes de todas las facciones, desde la extrema derecha hasta los exponentes políticos de fuerzas guerrilleras. Y si había manifestaciones contra el gobierno, estudiantes y profesores bajaban al centro de la ciudad, desde el Trébol hasta el Palacio Presidencial, con pancartas, slogans, banderas, el infaltable gorrito calado hasta los ojos, y las solapas de las chaquetas levantadas, para que los fotógrafos de los servicios secretos, que se hacían pasar por periodistas, no sacaran fruto de las instantáneas que lograban y después analizaban. De vez en cuando, también Diego y Lily se confundían entre los manifestantes y allí encontraban a todos sus compañeros de trabajo, quienes, pese al rudimentario disfraz, se reconocían a la legua.

Stargasson había llegado al gobierno por un mecanismo casi automático que los militares habían inventado para eternizarse en la Presidencia de la República. A partir de la caída del simpático general Ydígoras Fuentes, a quien su compadre el coronel Peralta Azurdia aplicó limpiamente la técnica más ortodoxa del golpe de estado, el Presidente en funciones nombraba un ministro de la defensa, quien, gracias a limpias, transparentes y democráticas elecciones constitucionales, vencía a sus contrincantes según el famoso dicho del dictador de Nicaragua: “No importa quién vota; lo que importa es quién cuenta los votos”. En efecto, en las elecciones que vieron vencedor a Olof Stargasson, iba ganando un adversario patrocinado por la Democracia Cristiana. Estaba a punto de ser proclamado mandatario cuando un colosal apagón dejó sin energía eléctrica a toda la República, y, por consecuencia, se interrumpió el conteo de votos. Cinco días tardó la reparación de la central hidroeléctrica que había saltado. Después de esos cinco días, el recuento de votos daba por ganador a Stargasson. A su contrincante (al que le pusieron un tanque frente a su casa para convencerlo) le dieron, de premio, irse a España como Embajador.

Diego no fue a esa manifestación. El motivo, ¿quién se lo recuerda? Era una de esas masivas, con decenas de miles de personas que culebreaban desde las afueras hasta el Parque Central, frente al horrendo Palacio de Gobierno, un cuartelón de color verde desvaído, que por ese color había sido bautizado por el pueblo “el Guacamolón”. A la cabeza iba el líder de los estudiantes universitarios, Oliverio Castañeda, quien por una de esas coincidencias absurdas, se llamaba igual que un famoso sicario del gobierno. Oliverio era guapo, alto, carismático, de fácil palabra y discursos que arrastraban a las masas. Pertenecía a una familia histórica del país, que había dado intelectuales, médicos, políticos, historiadores. Cuando la manifestación llegó al Parque, Oliverio subió al estrado, y desde allí fascinó a sus seguidores con un fogoso discurso que terminó con una frase que se convertiría en frase histórica: “¡Mientras haya pueblo, habrá revolución!”

Fueron sus últimas palabras.

Al bajar del palco, un grupo de sicarios del gobierno le comenzó a disparar. Oliverio corrió, en medio de una valla de alaridos de gente espantada, perseguido por sus asesinos. Apenas pasó el Portal del Comercio, lo alcanzaron y lo liquidaron a tiros. Luego, amenazando a todo el mundo con sus ametralladoras militares, huyeron en un Ford Bronco, una especie de jeep que se iba a hacer famoso como vehículo de secuestradores y homicidas.

Al día siguiente, una manifestación con miles de personas desfiló por las calles de la ciudad, con fotos gigantescas de Oliverio Castañeda, con grandes pancartas que decían: “¡Mientras haya pueblo, habrá revolución!”, y había quienes lloraban, y quienes gritaban de rabia, y todos llevaban un clavel rojo en la mano. Aparte la indignación, un sentimiento corría por la masa como un escalofrío: el terror. Diego sentía esa sensación helada, y le daba más miedo que a cada cien metros hubiera fotógrafos del ejército, que se documentaban para fichar a los manifestantes, y temía por Lily, verificaba si estaba suficientemente oculta por la gorra y por las solapas levantadas, y temblaba porque si él reconocía a sus amigos, era fácil que los torturadores, los secuestradores, los asesinos los reconocieran a ellos. El único que no se escondió fue Franz Galich, más alto que la mayoría de los manifestantes, y destacaba su gran cabeza romana de molde eslavo, y su brazo que levantaba el clavel rojo, y su voz que decía: “¡Mientras haya pueblo, habrá revolución!”. Al día siguiente, la foto de Franz estaba en todos los periódicos. Era así, Franz, valiente hasta la temeridad.

Diego y Franz eran amigos desde los estudios secundarios. Los dos habían sido salesianos, los dos habían publicado cuentos en el periódico escolar, los dos se respetaban por esa especie de familiaridad. Diego, que era ligeramente mayor, cuando vio a Franz tan al descubierto, le llamó la atención: “¡Franz, no seas imprudente!”. El otro soltó una gran carcajada. “¡Nadie se muere en la víspera!”, le contestó con gran voz, y luego se perdió en la masa.

Iba a ser la última manifestación popular. En la siguiente, bandas de sicarios dispararon contra la gente, y a muchos se los llevaron en los Ford Bronco de los escuadrones de la muerte. Era gente que nunca más iba a aparecer. Comenzaban, si se habían suspendido, los años del terror. Diego lo fue advirtiendo, más que por esas señales espantosas, por el sutil modo en que cambiaba la conducta de sus amigos y la de él mismo. Se habían vuelto desconfiados, circunspectos, herméticos. Era como si una amenaza oscura flotara en el aire, invisible y presente, impalpable y verdadera.

Un erudito con sombrero

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El profesor Cioni llegó de México, donde había folklorizado por una semana, con un colosal sombrero charro en la cabeza, como si fuera el atuendo cotidiano de los latinoamericanos. Diego se avergonzó por él, cuando lo vio encaminarse a migración y luego a aduanas, antes de salir a la calle, porque en el Aeropuerto la Aurora no hay transiciones, no hay un espacio cubierto en donde recibir a los viajeros, sino que los parientes y amigos tienen que estar en la calle y a la calle salen los turistas desconcertados, en inútil espera de algún paréntesis de protección, una especie de cámara de descompensación, un segundo de seguridad antes de salir al descampado peligroso de ciudad de Guatemala.

Así que Cioni se encontró con todo y valijas (y el descomunal sombrero de charro mexicano) de pronto en la calle, de pronto delante de Diego que lo había ido a recoger al aeropuerto, y, teatral como era, Cioni tiró al suelo maletas y bolsas (ojo a los rateros) abrió los brazos como el cristo del Corcovado y exclamó, con voz operática y estentórea:

-¡Carissimo!

Abrazó a Diego y casi lo ahoga, mientras el abrazado/ahogado trataba de decir: “Bienvenido a Guatemala”, pero el abrazo solo lo dejó balbucear algo así como “Bonf-bonf-ido mala-mala” cosa que dejó indiferente a Cioni, que venía pletórico de entusiasmo, eléctrico, lleno de energía, parecía como si le hubieran cargado las pilas al límite del electroshock, tenia una excitación burbujeante, y, por otro lado, estaba casi irreconocible, pues se había puesto al cuello una especie de pañuelito rojo a la Emiliano Zapata, la camisa era blanca de algún mercado folklórico, con bordados inverosímiles, y en lo único que podía parecer normal no lo era, pues los pantalones vaqueros en él resultaban asombrosos, en Florencia vestido de punto en blanco para las clases y ahora de viajero con una facha inconcebible para un puntilloso catedrático.

Diego lo había colocado en un hotelito del Centro, la Pensión “Antigua”, así llamada porque recordaba a aquella ciudad, en su interior de patios de flores y plantas y los infaltables loros en las esquinas, que insultaban y divertían a los turistas con palabrotas castellanas, y esa pensión era lo suficientemente pintoresca como para encantar al profesor Cioni, quien venía invitado por la Universidad (es decir, por las influencias de Diego) para dictar un curso sobre Augusto Roa Bastos, que profesores y estudiantes conocían solo de nombre. Pasaba eso en los estudios latinoamericanos: había una gran competición por conocer las últimas modas de la crítica y de la literatura europea, y una gran indiferencia hacia la literatura hispanoamericana. Por no decir de la nacional, que se ganaba con abundancia y ganancia el desdén casi asqueado de los estudiosos.

Diego y su profesor florentino se habían seguido escribiendo,  al punto que Diego se atrevió a insinuarle a Cioni que si se pagaba el boleto de avión, la Universidad de Guatemala le podía financiar la estancia y la comida. Cioni aceptó de inmediato. Era el período de atender huéspedes.  Lo mismo le había pasado en Florencia, cuando numerosos compatriotas caían, con advertencia previa o sin advertencia alguna, por su casa de Via Guicciardini. Hubo quien le escribió un telegrama:  “Mañana llego estación Florencia. Ruégote venirme a recoger y sacarme a pasear”. Era como si pensaran que estaba de vacaciones permanentes, y que su único oficio era atender a los paisanos que andaban de viaje por Europa, con el típico sistema latinoamericano de viajar: mortal aborrecimiento de hoteles y amor desaforado por las casas de los amigos, que debían proveer, faltaría más, también a la alimentación. Uno de sus invitados más memorables fue un ex compañero de estudios. Diego lo hizo levantarse temprano, y después de desayuno, lo llevó a conocer los principales sitios turísticos: el piazzale Michelangelo, luego el centro, la Galería de los Oficios, el jardín de Boboli, y cuando, por la noche, después de cena, se prometía seguir el tour al día siguiente, su invitado le dijo: “¡Momento! Ya estoy hasta aquí de museos y cultura. Basta. Para mí es suficiente regresar y decir: ‘Estuve en Florencia’. Mañana descansamos”, y no se movió del apartamento.

Con Cioni no fue así. Fue exactamente al contrario. El catedrático de literatura hispanoamericana consideraba ese viaje como parte de sus deberes laborales y quería conocer hasta las cucarachas que se escondían en los desagües. En ese particular aspecto, la Pensión Antigua no lo desilusionó. Diego lo llevó a comer a casa de doña Trinis, quien al saber que venía el gran profesor italiano, preparó un banquete que hubiera satisfecho a diez elefantes. “¡Tu madre es una potencia de la naturaleza!”, exclamó, banal, el profesor Cioni. Luego, a cena en casa de Lily, se enamoró de la hermana de Lily, “una belleza enigmática, seductora, llena de misterio”, le confió casi al oído, porque el viaje había destruido la distancia entre profesor y alumno y ahora Cioni trataba a Diego como a un cómplice.

Las clases en la Universidad fueron un éxito, pues Cioni era un Pavarotti de la enseñanza. No solo sabía una carretada de cosas, sino que además, poseía el don del histrionismo. Habría sido un actor o, aun mejor, un cantante de ópera consumado. Los colegas de Diego, sobre todo los que habían estudiado en el extranjero, y más que todos los que habían sacado un posgrado en París, sembraban el camino de Cioni de explosivas minas culturales con preguntas insidiosas y de muy mala leche, que Cioni sorteaba con la gracia de un Arlequín. “No saben que soy también un hispanista consumado”, se jactaba el visiting profesor, luego de sus victorias docentes.

Diego había planificado cuidadosamente los viajes turísticos de cada fin de semana. No por nada poseía el Buick formidable que le había dejado el Turquito, y que lo llevarían sin fallar por los caminos de montaña de Guatemala. ¡Chichicastenago y sus dieciocho curvas en “u”, en donde montones de autobuses habían caído al barranco con todo y pasaje! Para el Buick, era cosa de risa.

Diego casi no podía reconocer al severo, preciso, obsesivo y erudito profesor que le había dado clases en Florencia. El viaje lo había transformado en conversador, dicharachero, extrovertido y algo mundano. Si en Florencia vivía encerrado preparando minuciosamente sus lecciones, en Guatemala vivía en la calle, invitado aquí y allá, divirtiendo a la gente con sus agudas observaciones y explorando cuanto restaurante había en el centro (porque era la época en que todavía se podía vivir en el centro). Sin embargo, una costumbre le había quedado de la personalidad compulsiva de Florencia: el diario. O esa especie de diario que llevaba y que rellenaba cada noche con su letra diminuta. Se lo confió a Diego: “Todas las noches no me voy a acostar sin escribirle una carta a mi esposa, en donde le cuento minuto por minuto lo que he hecho en el día, y le describo la gente que conozco. Es mi manera de llevar un diario”.

Los viajes turísticos se terminaron abruptamente a la segunda semana. “Quiero hablarte como a un hermano”, le dijo Cioni. “Porque tú eres ya un hermano para mí”. Diego detestaba esos extremos emotivos. No creía en ellos. “Lo último que quisiera en este mundo es ofenderte. Pero sucede que, para mis observaciones científicas, prefiero viajar solo. Montar autobuses de tercera, con el pueblo oloroso, entre gallinas y verduras. Quiero empaparme de este país.” Diego se mostró comprensivo, fraterno, cómplice. En realidad, estaba por dar saltos de júbilo de zafar el bulto.

Y por el resto de la estancia en el país, Diego casi ya no vio a Cioni, apenas le dio tiempo de acompañarlo al aeropuerto, de regreso, y, naturalmente, con el estrepitoso sombrero de charro puesto en la cabeza.

Un Turquito en Nueva York

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— Te quiero hablar de una cuestión privada —le dijo oscuramente el Turquito al teléfono y Diego Cosenza se inquietó, porque su cuñado rico casi no le hablaba, a veces iba a los almuerzos de los domingos en casa de doña Trinis y soltaba chascarrillos, contaba chistes, echaba indirectas y se reía él solo de sus propias gracias, pero nunca dejaba ver lo que realmente estaba pensando. Diego Cosenza había aprendido, sin mucho esfuerzo, que los grandes contadores de chistes usan esa artimaña para no comunicar con los demás. Convierten a los otros en público, en grandes orejas pasivas, en recipientes de sus gracejadas, y al mismo tiempo no escuchan a nadie y sortean el peligro de relatar alguna intimidad. Diego había de conocer, en su vida, a varios de ellos, que monopolizaban una cena contando una historieta detrás de otra, y al final uno terminaba cansado, empobrecido, árido, con la clara sensación de que el narrador no lo consideraba un amigo, un interlocutor, una persona a la altura de su conversación. De modo que la llamada de su cuñado le hizo sospechar de quién sabe qué misterios bizantinos.

Se dieron cita en un restaurante del centro. Diego llegó un poco tarde, por lo que, cuando entró, el Turquito estaba ya esperándolo frente a una taza de café. Se saludaron con esa extraña relación, ni de afecto ni de amistad, quizá de complicidad, que hay entre cuñados. “¿Un café?”, preguntó la camarera. Diego no quiso acompañar ese café con un pastelito, porque se estaba poniendo gordo. Hacía pocos días se había topado con el Mañas, quien, cuando lo vio, se regodeó en carcajadas. “¡Parecés zapote!”, le dijo, y aunque Diego no entendió la metáfora, sí la entendió, porque era un calambur: el Mañas le había querido decir que parecía un sapo inflado, “un sapote”, y había usado el fruto tropical como pretexto. De modo que rechazó el pastel.

“Vos sabés que me dedico a los negocios”, le dijo el Turquito, y eso Diego lo sabía y no le importaba un pepino a qué fantasiosos negocios se dedicaba el cuñado. Solo sabía que era rico, heredero de una familia de árabes millonarios. Mala suerte con los cuñados. Uno, militar y, por tanto, anticomunista de profesión. El otro, empresario, e igualmente de derechas. Deplorable gusto el de sus hermanas, pero como decía doña Trinis, “hay que ser estúpido para enamorarse”. Es decir, la cuestión sine qua non del enamoramiento era la estupidez. “Si uno razonara, si uno usara la cabeza, no se casaría nunca”, proclamaba doña Trinis, “porque para las mujeres es el peor negocio que hay”.

“Pues te quería contar que aquí, en este país, ya no encuentro espacio para mis ideas”, le confesó el Turquito. Diego pensó, con amor de cuñado: “¿Y tendrá ideas este bobo?” En cambio, le contestó: “Lo comprendo, porque sos un profesional muy brillante”. “Exacto”, confirmó el Turquito. “Y entonces he decidido irme a los Estados Unidos a fundar una empresa”. Eso significaba un golpe para la familia, no porque fueran a extrañar a los chistes del Turquito, sino a su hermana y sus sobrinas. “¿Y no tenés problemas con migración?”, preguntó Diego, el ingenuo. El Turquito se rio, de gusto. “Cuando hay dinero, no hay problemas, vos. Con la cantidad que llevo, los gringos me abren todas las puertas”. Y el Turquito llevaba mucho dinero, pero mucho.

“Además, quería pedirte un favor”. Salió a relucir el peine. “Por eso me citaste”, pensó Diego, “porque si no tuvieras que pedirme algo, ni me hablarías”. Obsequioso, según el carácter nacional, Diego respondió: “¿Y en qué te puedo servir?”. “Pues fíjate que no sabemos qué hacer con el Buick que conduce tu hermana. Y dejarlo estacionado en un garaje lo arruinaría. Te queríamos pedir que lo usaras, pues creo que vamos a estar un par de años fuera, y al regreso nos lo devolvés”.

Fue de esa manera que Diego se encontró, de manos a boca, conduciendo un transatlántico de lujo, de esos que solo veían en las películas norteamericanas, y raramente por las calles. Era un automóvil inmenso, tan inmenso que daba miedo, y cuando Diego fue a retirarlo a casa de su cuñado, le temblaban las piernas cuando lo sacó del garaje. Pasado unos cuantos minutos, se dio cuenta de su equivocación. El automóvil se dejaba conducir con mucha más facilidad que los míseros carricoches de hojalata que los japoneses vendían a los pobretones del tercer mundo. Pasada una hora, Diego exclamó, con satisfacción pequeñoburguesa: “¡Esto sí que se llama un automóvil!”, mientras observaba cómo los otros se hacían a un lado cuando lo veían venir.

Diego siguió haciendo su recorrido habitual: por las tardes, de casa a la colonia Miguel García Granados, de allí a la Universidad, y por la noche, de la Universidad a su casa. Se acostumbró a la prepotencia del más grande y más fuerte, y les echaba la máquina encima a los que iban en cochecitos de clase media, aceleraba y rebasaba sin prudencia columnas enteras de oficinistas, y oía divertido los insultos que le gritaban, insultos de impotencia y admiración, y daba acelerones que disparaban el automóvil como si fuera un yate que empina la proa en alta mar. Una vez, estaba echando gasolina en un distribuidor, cuando pasó Vicente García, un fotógrafo de prensa que trabajaba también para la Universidad. A Vicente lo iban a desaparecer en pocos meses, pero en ese momento nadie lo podía saber. Se le acercó y le dijo: “Diego, ese monstruo que andás conduciendo no va con vos”, mientras meneaba la reprobatoria cabeza.

Diego lo sabía. Sabía que en la Universidad lo criticaban ásperamente por ese estilo burgués, cuando todos se sentían revolucionarios y proletarios. También sabía que una cosa era hablar y otra actuar, por lo que seguía gozando de la única prebenda capitalista que le había dado la vida. Sabía, por fin, que nunca tendría otro automóvil así, porque los golpes de suerte, a la gente como él, ocurren una sola vez en la vida.

El Turquito se llevó a la familia a Nueva York. Al menos, eso dijo. En realidad, vivían en New Rochelle, que no era precisamente Manhattan, pero qué iban a saber los ignorantes de sus congéneres tales sutilezas. “Se fueron para Nueva York”, decía doña Trinis con orgullo, y quién le iba a rebatir algo, sólo cuando les tocó ir a visitarlos se dieron cuenta de que estaban en un residencial muy cerca de donde el diablo dejó tirado el poncho. Sin embargo, la oficina de su empresa sí estaba en el centro de Nueva York, con la particularidad de que nadie sabía la dirección. Por las mañanas, muy temprano para no perder el tren de cercanías, el Turquito se levantaba, se duchaba, se ponía su traje de camisa blanca y corbata, salía disparado a tomar el autobús que lo llevaba al ferrocarril y después de pasar todo el día en la metrópoli, regresaba cansado como cualquier cristiano de los suburbios de la middle-classnorteamericana.

Diego no podía decir, como el Chapulín Colorado, que “lo sospechó desde un principio”. Con el tiempo, toda la familia se dio cuenta de la extraordinaria obra de teatro que el Turquito había montado. En realidad, no trabajaba en ninguna parte. En realidad, no trabajaba en nada. En realidad, no trabajaba. Vivía de las remesas que sus padres le mandaban (y era mucho dinero, porque sus amorosos progenitores preferían tenerlo lejos por su carácter belicoso) y fingía tener un trabajo, una oficina, un horario que cumplía rigurosamente, de lunes a viernes, ocho horas diarias, porque no por nada las masas trabajadoras habían logrado esa conquista fundamental. Por todos los años que vivió en Nueva York, el Turquito cumplió con esa exquisita farsa. Fueron muchos años. Y el mayor misterio, el más grande enigma de todos los enigmas, la interrogación que se quedó colgando en el infinito cielo sobre el río Hudson fue: ¿qué hacía el Turquito, perdido en el centro de Nueva York, todos los días de la semana, fuera invierno, otoño, primavera o verano?

 

Los trabajos del Flaco

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¿Por qué el verbo que el idioma obliga para la amistad es “cultivar”? Cierto, pensaba Diego Cosenza, que el lenguaje vive de lugares comunes, de repeticiones, de palabras automáticas que uno ya las dijo antes de pensarlas. No por nada un chiste repodrido era responder: “¿Qué tienen de buenos?” a los rituales “Buenos días” con que se saludaba a la gente. Nada. Los buenos días no tienen nada de buenos, son puras palabras, un juego de reconocimiento, como decir aquí estoy, hoy me levanté y a falta de un gruñido al menos te deseo “buenos días”. Un juego. Eso era el lenguaje, ponernos de acuerdo en que llamar “perro” a la criatura en cuatro patas que mueve la cola de gusto cuando te ve y te olfatea los molestos pies se llama perro y no se llama gato, y en una novela o quién sabe dónde había leído que alguien había nombrado a su perro con el singular apelativo de Nec, porque, en ruso, perro se dice nëc, y el tipo, sabe Dios dónde lo había descubierto, había querido pasarla de original. Pues la amistad se cultiva, como las flores o los jardines o el maíz, y allí también, pensaba Diego, se daba uno cuenta de que la lengua es pura metáfora, pues la obligación de cultivar la amistad era la misma de echarle agua al romero, a la salvia, a la albahaca, y ni modo que uno le iba a echar agua a sus amigos.

Los dos años de ausencia habían puesto a prueba el cultivo de la amistad con los amigos que todos los días habían compartido pan, café, guitarra y libros en la casa del Flaco. Ahora que Diego había regresado, se le ocurrió al Flaco reunir a los viejos compañeros de antes, para dar la bienvenida al “hijo ausente de la patria amada”, como recitaba con voz conmovida el locutor de la Radio Nacional en su quejumbroso programa de música de marimba. Vinieron el Mono y Josema, porque a los demás les faltaron excusas para no venir a una reunión que adivinaban aburrida. Y así lo fue.

Diego descubrió que cada quien había tomado un rumbo diferente y que lo que interesaba a uno no interesaba a los demás, por lo que se redujeron a recordar los tiempos pasados, con grandes carcajadas y palmadas en la espalda, y Diego sintió una especie de frustración por no poder contar sus aventuras italianas, porque los otros estaban ya en otra cosa, quien empeñado en fundar una empresa, quien peleando por la gerencia de una multinacional, quien arrancando con dificultad un comercio. Y entonces se hablaba de dólares, de licitaciones, de facturas, de la corrupción de los ministerios, de Miami, de Las Vegas, y de los viajes a Disney, que era como una medalla en el pecho para demostrar que se pertenecía a la clase media acomodada. “Yo ni que me paguen iría a verle las orejas a Mickey Mouse”, dijo Diego, y los otros se burlaron de él, lo trataron de pedante, de engreído, de izquierdista. Porque también en eso divergían: el acomodamiento en las esferas altas de la clase media exigía una corrección hacia la derecha en la manera de pensar y había que ser un comunista de la Universidad de San Carlos, perdoná Diego, para estar pensando en esa babosada de la justicia social. Los izquierdistas lo único que quieren es el poder para enriquecerse ellos, son unos resentidos sociales, dijo el Mono, quien había llegado en un Porsche; y Josema, que había llegado en un Volvo reluciente, le dio la razón. El Flaco actuó de bombero y sacó una guitarra y se pusieron a cantar las canciones de antes, pero sus voces ya no estaban acordadas, hacía rato que no cantaban como cuando jóvenes.

Se volvieron a reunir pocas veces después. Diego solo se veía con el Flaco, una o dos veces por semana, cuando, por las tardes, se escapaba de la Universidad y se iba a tomar una taza de café y eran largas las conversaciones, porque ciertas afinidades se mantienen, y no por nada Diego y el Flaco se conocían desde los siete años, cuando Diego sufría las burlas de sus compañeros porque llevaba pantalones cortos, y el Flaco tenía lo suyo con los dientes de conejo que sobresalían como una peineta. Nunca hubo competición escolar entre ellos, porque Diego reconocía que el Flaco era más inteligente que él, y el Flaco lo negaba, pero lo sabía, y lo ayudaba con las matemáticas y las ciencias, mientras Diego le explicaba las obras literarias, porque era su único recoveco, su defensa y su prestigio. Esa complementariedad se afinó con los años, y he aquí que los dos amigos se reunían por las tardes, y el Flaco le explicaba cuestiones de química, con tal entusiasmo que Diego las conservaba en la memoria, o le consultaba al Flaco aquello que no entendía de la realidad material, mientras el Flaco preguntaba por la filosofía y por las letras. Como en toda amistad verdadera, había un desbalance. Diego era más confidencial, contaba al Flaco sus intimidades, mientras había una zona secreta en el alma del Flaco que Diego nunca logró tocar, por más que la intuyera. Como toda amistad verdadera, podía más el respeto que la curiosidad. Como toda amistad verdadera, el afecto nacía de sobrentendidos, inefabilidades, suposiciones.

El Flaco se había graduado con honores en la Universidad. Una empresa multinacional lo contrató de inmediato y lo puso a verificar fórmulas, experimentos, estadísticas. Era brillante y lo mandaron a México a profundizar lo que sabía, en la sede central. Al regreso, descubrieron un talento superior: la diplomacia. De modo que la empresa le dio el encargo de recibir y agasajar a los ejecutivos de la empresa que llegaban de Alemania para supervisar la sucursal autóctona. Pronto, el Flaco se dio cuenta de que llegaban al país con el ánimo de pasar unas buenas vacaciones, y también de putear al subdesarrollado personal formado por colonizados inferiores que nunca llegarían a la excelencia y a la eficacia de la raza aria. Con discreción, con paciencia, con amabilidad, el Flaco llevaba a cenar a los tudescos, que comían y bebían como trogloditas.

Diego asistió al personal proceso de liberación nacional del Flaco, una revolución mexicana, rusa, cubana o algerina en miniatura. Sucedió, pues, que de tanto llevar a beber a los alemanes, el Flaco se alcoholizó él también. “Estoy preocupado”, le confesó a Diego. “Ya van varias veces que regreso a la casa y al día siguiente no me acuerdo de cuando me subí al automóvil ni de qué camino hice. Un día de estos me voy a matar en la carretera”. Además, lo desquiciaba el racismo de los ejecutivos de la multinacional, que, ya ebrios, despotricaban en contra de los latinos, en el inglés deplorable que usaban cuando el licor les trababa la lengua. “Estoy harto de ser un sirviente de lujo”, le decía el Flaco. Y de tanta hartura, una noche memorable destrozó su carrera y su reputación.

Habían llegado varios cabezones de Alemania y el jefe de la sucursal nacional organizó una cena en su casa. Como siempre, el Flaco departió con los ejecutivos, pero estaba en el punto que le bastaban pocos tragos para emborracharse. Y esa noche lo hizo a fondo. Tampoco esa vez se recordó cómo había llegado a casa ni cómo había aparcado el automóvil. Nunca lo supo. “Cuando me presenté al trabajo” le contó a Diego ”el lunes siguiente, noté que me miraban raro. Todos. Una secretaria me dijo casi masticando las palabras: “El jefe le quiere hablar”. Y yo en la luna. “Siéntese, ingeniero”, me invitó el jefe. “¿Así que quiere presentar su renuncia?” Me quedé pasmado. “¿Yo? ¿Y cómo lo sabe?”  “Porque lo comenzó a gritar a los cuatro vientos, en la fiesta del sábado, mientras se orinaba en el rosal favorito de mi esposa. Lo tuvieron que sacar a empujones los guardaespaldas, ingeniero. No necesita renunciar. Está despedido”.

Con el dinero de la indemnización, el Flaco comenzó a vender donutsa domicilio. Las hacía tan bien, que tuvo que contratar personal para repartir los panecillos en todo el barrio. Y la demanda se hizo tan grande, que tuvo que fundar una empresa para repartirlos en toda la capital. Y el éxito fue tan expansivo que el Flaco se decidió a fundar una pastelería. En el momento en que Diego pasaba a saludarlo todas las tardes, el Flaco era dueño de una cadena de pastelerías en toda la capital. Era singular, el Flaco. Le gustaban tanto sus propios pasteles que se estaba poniendo gordo de comérselos él mismo. Estaba dejando de ser el Flaco y la multitud de empleados que tenían lo llamaban por nombre, o ingeniero, y siempre anteponían un respetuoso “don”.

También Diego estaba engordando, y en el país reinaba una sospechosa calma, como sucede en el mar, cuando nubarrones negros se comienzan a poner densos, la luz desaparece, las aguas apenas se mueven, hay electricidad en el aire, huele a sal, y ya se sabe que después se va a venir el cielo abajo.