Con la gramática no se come

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Más que una sucesión en el tiempo, los acontecimientos del último año de secundaria parecieron derrumbarse como aquellas casas que son demolidas con pequeñas cargas de dinamita. No fue un tic, tic, tic, tic, tic, una cosa después de la otra, sino un inmenso brooooooom, con nubes de polvo y detritos por todas partes.

Todo comenzó con la inesperada herencia recibida por el Flaco y su familia, de la cual beneficiaron también los amigos. La primera venganza contra el destino fue comprarse una opulenta camioneta familiar para sustituir al disparatado Catafalco, que tantos servicios había rendido a la familia. Uno de ellos tenía que ver con la costa. De todas sus propiedades, don Victor Hugo había conservado un pedazo de tierra costeño, lejos de la capital pero también del mar. Su única gracia, además de la profusa y excesiva vegetación que crecía espontánea y se enredaba entre maderos, mesas, sillas, máquinas y pilastros, era un riachuelo, cristalino como en las odas de Garcilaso, que atravesaba la pequeña finca. Don Víctor Hugo, industrioso y fantasioso, quiso construir un balneario, y con sus propias manos excavó el equivalente de una piscina que sería el primer anzuelo para atraer a los fantasmáticos clientes.

No pensó, el futuro empresario turístico, que el balneario requería una copiosa inversión: cementar la piscina, dotarla de desagües, ponerle una lona todas la noches para evitar que los insectos y otros alicrejos abusivos se regocijaran en baños nocturnos, clorarla constantemente, y, en fin, cuidar de ella como si fuera un perrito recién nacido. Y siempre con la metáfora de los animales, don Víctor Hugo cayó en la cuenta de que no solamente estaba en época de vacas flacas sino que más bien ni vacas había. De modo y manera que la piscina transformóse en estanque, con aguas hermosamente verdes y musgosas que reposaban entre hojas, mosquitos, avispas, ratones muertos y otras eflorescencias de la exuberante tierra del país.

Como aquel otro que exclamó: “¡Leoncitos a mí!”, don Víctor Hugo no renunció al uso de su efímero balneario, y organizaba, para las vacaciones escolares de sus hijos y amigos, largas temporadas de estancia en la finca. Para trasladarse allí, el Catafalco viajaba de la capital a la costa de ida y vuelta por varias veces. Iba repleto de ollas, sartenes, platos, cubiertos, varios colchones apilados, y la gente que cupiera. A Diego le encantaba viajar acostado en uno de los colchones, conversando surrealismos con el Flaco, que iba al timón, y que controlaba, por el retrovisor, que el amigo no saliera disparado por una ventanilla.

A la finca iban convergiendo los amigos, Josema, el Mono, Charlie, que se permitían multiplicar la invitación a otros amigos y amigas, de modo que el lugar parecía más una comuna anarquista fuera del tiempo que un grupo de invitados a una temporada de vacaciones. Misteriosamente, doña Ángela cocinaba para ese ejército, que devoraba, por juventud y costumbre, los panqueques de la mañana y los frijoles con arroz más platanitos fritos de los dos tiempos de comida. Nacían amores y se desvanecían como en medio de una neblina.

Por esa época, Diego había entrado en una etapa de languidez, que se complacía en cultivar, porque le parecía un estado artístico. No tenía fuerzas, no tenía ganas de nada, se quedaba acostado en la hamaca cuando los demás se iban de excursión, escribía horrendos poemas en un cuadernito que había llevado, sentía oleadas de angustia o de entusiasmo, observaba a los demás como desde una lente de aumento, y dormía soporosos sueños espontáneos que lo acometían a cualquier hora del día.

Una de las chicas se enamoró del Mono, pero el Mono no se entusiasmó lo suficiente, sólo la besó detrás de un árbol tan escondido que todos los vieron y fue el comentario general: “¡El Mono se detalló a la Marisa!” Y el siguiente problema del Mono fue cómo desprenderse de la enamorada que se le había pegado como un escargot y se le arrimaba a todas horas. El siguiente y último capítulo de la telenovela ocurrió un par de días después, cuando la Marisa apareció en el patio que era como un corral lopesco, con los ojos llorosos y la cara desencajada, y todos diciendo: “¡El Mono plantó a la Marisa!”.

Como la Marisa, el Catafalco pasó a otra dimensión con la llegada de la herencia. Y los muebles de casa, y los trajes de la familia, y la calidad de la comida, y, para sellar el cambio radical de la fortuna, cambió también la casa. Don Víctor Hugo compró una mansión digna de su nuevo estatus, trasladáronse todos, incluidos los amigos. Esculturas, conversaciones y juegos cambiaron de lugar, no de sustancia. Se ampliaron, sin más, porque alrededor de la mansión había campos baldíos, y don Víctor Hugo organizó fantásticos juegos de softball con bates y pelotas improvisadas. También se jugaba fútbol, pero el dueño de la casa ya no estaba para esos bruscos avatares.

Carlitos Marx, que en paz descanse, habría hecho un severo gesto de reprobación ante la manera cómo don Víctor Hugo usaba la herencia. Don Carlitos conocía el capitalismo como sus manos, y se dio cuenta de que el marxismo de don Víctor Hugo era de la rama de Groucho, Harpo y Chico. “El capital se invierte”, le habría dicho, “se acumula, se invierte y así se reproduce”. En cambio, don Víctor Hugo simplemente se gastó la herencia en menos de cinco años, al cabo de los cuales se encontró como antes. Menos mal que todo lo había comprado al contado, y, también, muy mal que hubiera actuado así, porque se encontró con bienes y sin dinero.

De ese modo, el abigarrado último año de secundaria sorprendió al Flaco y a su amigo Diego en la misma situación. Pobres. Ambos compartían una costumbre ligeramente incómoda. Poseían dos únicos pantalones de dos colores diferentes. La primera mitad de la semana usaban uno; la segunda mitad, el otro. Mientras el primero se lavaba y secaba, usaban el segundo. Y así, en rotación. Un compañero del Flaco, presuntuoso y rico, le dijo con el gesto del que está oliendo algo que huele mal: “Vos, Flaco, ¿cuándo te cambiás de pantalón? ¿No te da vergüenza usar siempre lo mismo?” El Flaco calló y se confió con su amigo Diego. La humillación compartida: “Yo también ando igual”, le confesó Diego. “No veo las horas de comenzar a trabajar para comprarme ropa”. Un año después, el Flaco se encontró con Diego, y le dijo lleno de satisfacción: “¿Se acuerda de aquél que nos reclamaba la falta de ropa? Me lo encontré en la calle vendiendo seguros… ¡Ahora está peor que nosotros!”

Ese último año se derrumbó en el tiempo, como los castillos de arena ante una ola inesperada. Un parpadeo y estaban ya en la ceremonia de entrega de diplomas del suntuoso título de “Bachiller en Ciencias y Letras”. Eran noventa alumnos en las dos secciones del último año y todos se graduaron, gracias a Don Bosco y a las entradas que Don Bosco tenía en el Ministerio. Diego cerró sus estudios como los había comenzado: le tocó decir el discurso de fin de año. Preparó palabras memorables y eternas, con metáforas, sinécdoques, sinestesias y otros vuelos retóricos que se disiparon en el momento mismo que las decía. Aparte que nadie lo oía porque la graduación fue en el patio del Colegio y el espantoso ruido que hacían los de los otros años no dejaba oír nada. Allí comprendió Diego que no había nacido para orador. Todos vestidos con el riguroso traje azul, el uniforme del colegio, que iba a servir para bautizos, matrimonios y aniversarios de los años sucesivos.

Ahora se abrían las puertas de la Universidad. Naturalmente, la Universidad de San Carlos, nacional y autónoma. Sólo había otra, la universidad de los jesuitas, pero era tan cara que a ninguno de los amigos le pasó por la mente estudiar allí. Apenas terminada la ceremonia de graduación de Bachilleres, ya tenían que presentarse a la San Carlos para el examen de admisión. “¿Y qué carrera pretendés sacar?” le preguntó don Roberto a Diego. Sin dudarlo un momento, Diego le respondió: “Quiero sacar Letras”. Don Roberto lo sepultó con una de sus sentencias: “Estás loco. Con la gramática no se come”

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Las dos muertes de don Víctor Hugo

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Don Víctor Hugo, el padre del Flaco, se murió dos veces y de las dos salió invicto para recomenzar a modelar esculturas, tomar la solemne merienda de las cinco, comentar las noticias con sus jóvenes amigos, reparar (mientras duró) el armatoste que tenía como vehículo familiar y examinar la vida que le pasaba delante desde su bigotito de Charlot recién pasado. Don Víctor Hugo era un artista de la escultura en madera, un maestro de las artes manuales, un conversador inagotable. No era, en cambio, ni buen comerciante ni buen administrador de la economía doméstica.

Así, cuando Diego Cosenza comenzó a conocer a don Víctor Hugo, este era dueño de una buena finca en las afueras de la ciudad, que en esa época era todavía breve y parroquial. Las familias cuyo apellido provenía de la época de la colonia española vivían en el centro, en los alrededores de un Palacio Presidencial construido por un dictador de pésimo gusto y aspiraciones napoleónicas. El Palacio imaginaba ser una suerte de fortaleza medieval o quizá el hecho de que el dictador fuera general lo había hecho pensar que el máximo de lujo era una suerte de exagerado cuartel, con torres y almenas, pesado a la vista y horizontal en todo, pintado de color verde oscuro, como si fuera la cáscara de un grandioso aguacate. No por nada la población había bautizado el lugar como “el Guacamolón”, aludiendo a la salsa que se hace con aquella fruta.

Todas la mañanas, don Víctor Hugo bajaba a la ciudad en un vieja camioneta Ford, lleno de las flores que él y sus peones habían cultivado. Esos madrugones hacían que a veces se durmiera mientras conducía, pero nunca hubo accidentes porque en el carril contrario no venía ningún automóvil, ostentación que solo pocos se podían permitir en ese tiempo. Don Víctor Hugo tenía como sistema económico el de muchos finqueros: hipotecaba la propiedad al inicio del año y pagaba la hipoteca con las ganancias obtenidas con la venta de las flores. Un viaje al extranjero le fue fatal: mientras estaba en Houston negociando unas nueva variedad de tulipanes, el Banco aplicó una de esas cláusulas que nadie lee en los contratos, y le pignoró la finca con todo y arbustos. Al bajar del avión, se enteró de que estaba en la calle.

Fue entonces que se trasladaron al barrio donde vivían los Cosenza. La numerosa familia de don Víctor Hugo comenzó a vivir del aire y él se aplicó a seguir modelando esculturas, construyendo juegos para los jóvenes, reparando el viejo catafalco que los trasladaba a la costa durante la época de las vacaciones. Ser pobre y honesto será un orgullo, pero la angustia de las cuentas por pagar carcome al más bragado. Un día, don Victor Hugo cayó al suelo, con un dolor en el centro del estómago que parecía que lo hubieran acuchillado y el color del rostro gris, como si ya hubiera pasado al otro mundo. Los bomberos voluntarios lo llevaron al Hospital General, en donde los médicos lo operaron a causa del infarto que había sufrido. “Se salvó por un pelo”, le dijo el médico que lo dio de alta. “Tiene que dejar de fumar, reducir sus actividades físicas, y no comer grasas”. De las tres condiciones, la única practicable era la primera, porque las otras dos ya las ejercía sin necesidad de consejos sanitarios. Pero esa única condición se convirtió en un martirio. Le dijeron que comiera dulces para distraer el hambre de tabaco, y por un período se puso ligeramente gordo porque se mantenía con un caramelo de carrillo a carrillo, los ojos desorbitados del ansia de no fumar y la bolita de la golosina haciéndole bulto y estorbándole la buena pronunciación. Si ya antes era difícil entenderle por la velocidad con que hablaba, ahora resultaba imposible, y los que conversaban con él parecían sordos, decían que sí a todo, aunque don Víctor Hugo les hubiera hecho una pregunta.

Un día, mientras Diego y sus amigos estaban en el cuarto del Flaco, pasó don Víctor Hugo como una locomotora de gritos, casi aullando que ya no podía más, que con eso bastaba, que mejor le diera otro infarto y se moría de una vez por todas, que esa no era vida, que se largaba de esa casa y se largó de veras, dejó a sus espaldas un portazo que dejó a todos mudos y con cara de signo de interrogación. El ataque de impaciencia duró poco, y al rato don Víctor Hugo regresó masticando un chicle, que era el compañero de los dulces, sustitución precaria del cigarrillo, más prohibido que la manzana de Eva y otros frutos inaccesibles.

Pasaron los meses y poco a poco la situación se fue estabilizando. Don Víctor Hugo de verde pasó a amarillo, y allí se quedó, pues nunca había sido de buen color. También se habituó a no fumar, aunque, de vez en cuando, quien entraba al baño era sorprendido por un fuerte olor a tabaco. Cierto, se le notaba más agitado que antes, y a veces su respiración era alcanzada, como si le faltara algo. Por lo demás, la rutina familiar se volvió a instalar con una cierta tranquilidad: esculturas, merienda, juegos, reparaciones mecánicas.

Hasta que un día don Víctor Hugo sintió, otra vez, una cuchillada en el centro del estómago. Ya el médico lo había advertido: “Se tiene que cuidar, porque si le da otro infarto no se salva”. Mientras llegaba el médico, don Víctor Hugo se acostó y reunió a la afligida familia a su alrededor. “Ya estoy en las últimas”, dijo a quienes protestaban que no dijera eso, que ya estaba llegando el médico, que no hablara, que no gastara esfuerzo. “Al menos, antes de morir, quiero dejarles una herencia espiritual, visto que lo material no se nos ha dado”. Las protestas subieron de volumen. “Quiero decirle a mis hijas que he tenido la culpa de protegerlas demasiado, y, por esa falta de mundo, se han enamorado el primero que se les puso enfrente. No hay que hacer así. Hay que vivir un poco, también las mujeres, la virginidad es una gran bobada que se inventaron los curas. Nadie sabe quién la tiene y quién no, porque también la virginidad se inventa. A mis hijos hombres quiero decirles lo mismo: que no estudien tanto y que vivan más, porque los primeros de la clase son los últimos en la vida, y que de nada vale un diploma de honor si uno no ha conocido mujer, ni ha sabido el gusto de una buena farra, o de varias farras, más vale una parranda desaforada que un libro de matemáticas, ya habrá modo en la vida de arreglárselas, nadie se muere de pobre, ya ven nosotros, seguimos adelante con todo y deudas. A mi santa esposa le agradezco que haya sufrido en silencio luchas y pobrezas, amarguras y estrecheces. Al menos, te juro que nunca te falté, fui siempre fiel y no porque me hubieran faltado las oportunidades”. En esas estaba cuando llegó corriendo el médico con su maletín negro y echó a todos del cuarto.

Quince minutos después salió el galeno con cara de disgusto. “Lo que tiene es un ataque de gastritis”, rezongó. “Seguramente por la falta de fumar ha comido demasiado. Le receté unos antiácidos y en pocas horas estará como nuevo”. Parecía desilusionado de que su paciente tuviera tan poca enfermedad. Dicho esto, cobró y se fue. Los hijos y la esposa se quedaron consternados, no tanto por la salud de don Víctor Hugo, que se había demostrado intacta, sino por la solemnidad de las últimas palabras, que por no ser las últimas se volvieron bochornosas.

Estaban en esas, cuando una noticia les hizo olvidar el incidente. De la lejana costa sur les llegó una noticia que ni en los mejores de los sueños se hubieran esperado. Un pariente de cuarto grado les había dejado una herencia conspicua y cuantiosa, tanta, que de pobres que eran habían regresado al bienestar de la finca de flores. Una era de efímera riqueza de proyectaba en el  horizonte.

Mario Vargas Llosa : La vida y los libros

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MARIO VARGAS LLOSA (Arequipa, Perù, 28 marzo 1936)

Es el mayor y más importante escritor viviente en lengua castellana.
De niño vive entre Colombia (Cochabamba) y Perú (Piura, Lima) donde estudia en colegios católicos. En 1950 el padre lo envía al colegio militar Leoncio Prado de Lima. Una vez abandonado el colegio militar, regresa a Piura y acaba los estudios superiores en el Colegio San Miguel. Ya por esos tiempos (1952) empieza su carrera literaria escribiendo artículos para periódicos locales.
En 1957 gana, con un cuento intitulado El Desafío, el concurso organizado por la «Revue Française». El año siguiente obtiene la licenciatura en Literatura con una tesis sobre Bases para una interpretación de Rubén Darío.
En 1963 publica La ciudad y los perros, su primera novela con la cual gana el premio Seix Barral y le permite alcanzar el reconocimiento internacional como escritor. A esta primera y sólida demostración de innegable talento literario siguen obras consideradas clásicos modernos de la literatura en lengua española. Entre ellos: La casa verde, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, a los que se añaden ensayos literarios sobre Arguedas y Flaubert, más una incansable actividad de periodismo de alto nivel. En 1975 es nombrado miembro de la Academia Peruana de la Lengua. Desde 1994 es miembro de la Real Academia Española de la Lengua.
Participa activamente en la vida política de su país. En 1990 es candidato a las elecciones presidenciales en el Perú. Al no resultar vencedor, regresa a Europa. Publica constantemente novelas, ensayos, cuentos, piezas teatrales. Es profesor invitado en muchas Universidades americanas y europeas. Ha recibido doctorados Honoris Causa y premios a sus obras en todo el mundo. Sus trabajos han sido traducidos a todas las lenguas europeas, tambien al turco, hebreo, árabe, chino, japonés, vietnamita, coreano, hindi, georgiano, cingalese, malese, bahasa, malayalam. En 1986 recibe el premio “Príncipe de Asturias de las Letras” y en 1994 el prestigioso premio “Miguel de Cervantes”.
En 2010 le es conferido el Premio Nobel de Literatura.

Generales, cantantes, licenciados

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El imaginario oficio del periodismo, profesión de alquimistas que transmutan en consolidado hecho histórico las pasajeras ocurrencias solo si escandalosas, insólitas, paradójicas, cruentas, trágicas y bulliciosas, suele tener la ventaja de conocer los hechos antes que sean publicados, o de conocerlos sin que puedan ser publicados. Don Roberto Cosenza conocía los entresijos de la vida nacional porque a la redacción del periódico llegaban las informaciones bajo forma de chismes, anónimos, denuncias firmadas por apócrifos, sutiles insinuaciones de los servicios secretos, papelitos deslizados en la mano de un reportero, hojas membretadas provenientes de oficinas ministeriales, susurros de embajador, y muchas de estas cosas quedaban sin conocer la tinta de la imprenta, para convertirse en anécdota de caldo de arroz con pollo y calabacitas cocidas. Las pequeñas migajas de la historia caían en la redacción del periódico y don Roberto Cosenza las recogía con una especie de resignación, sin llegar todavía al cinismo de muchos de sus colegas.

Mural en el Palacio Nacional de Guatemala

Cuando el general presidente Manzano Absurdia terminó su mandato, los militares convocaron a unas elecciones democráticas que iban a servir de ejemplo, paradigma y envidia al universo mundo. Se sabía que debía sucederlo en la Presidencia su delfín, el temible coronel Fontana Baldón, Ministro de la Defensa cuya inexorable ferocidad habían probado los opositores al gobierno. La democracia, bien se sabe, es concepto fluido y maleable, tornasolado y opinable, por lo que pronto los dueños de finca convocaron a sus peones para decirles que tenían que poner una “x” en la redonda facha de Fontana Baldón, y les enseñaban un cartelón gigante para que no se equivocaran. “Ese día, fiesta y licor gratis para todos”, prometían los patrones, y los campesinos festejaban. Qué les importaba a ellos quién fuera el Presidente de la República, si los que mandaban de verdad en la finca eran el sombrerudo señor patrón y sus sombrerudos capataces. A los pueblos llegaban los entusiastas emisarios del partido político fundado para la ocasión, y prometían láminas y fertilizantes a quienes votaran por el candidato oficial. “Si el coronel Fontana Baldón no gana, van a venir los comunistas a quitarles sus piochas”, amenazaban. Y sea por el miedo a la expropiación socialista que por la ilusión del fertilizante y las láminas, los pueblos votaban compactos por el candidato militar.

De ese modo, las votaciones dieron como resultado el abrumador triunfo popular del coronel Fontana y eso dio la oportunidad a don Roberto Cosenza para emitir una de sus sentencias favoritas: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Uno de los primeros actos de gobierno de Fontana fue autopromoverse a general, cosa que a nadie le importaba mucho, pues no había guerras en el horizonte. La única guerra, eterna, era contra los opositores al régimen, y presto Fontana encontró remedio, porque inauguró la técnica de los desaparecidos y, junto con ella, la de soplarse a cuanta gente parecía simpatizar con la guerrilla, por lo que por cada supuesto guerrillero se iban al plato unos cien cristianos. A los problemas generales de la nación, Fontana tenía que añadir los domésticos, que no eran pocos.

Resulta que Fontana estaba regularmente casado con una señora cuyo físico y vestimenta se correspondían con lo que se podía clasificar científicamente como “esposa de militar”: sufrida, invisible, ligeramente gorda, floreados y coloridos trajes de tiendas baratas de Miami.   “Lo que nadie sabe y nadie se atreve a comentar”, relataba don Roberto en los almuerzos, “es que las hijas de Fontana se van en helicóptero a las bases militares para fastidiar a los jóvenes soldados. Organizan bacanales de fin de semana y los conscriptos están obligados a asistir y a hacerles la gracia a las hijas del general”.

Durante el régimen de Fontana, una cantante ganó el Festival Latinoamericano de la Canción. Las portadas de los periódicos se llenaron con las fotos del triunfo nacional canoro y en las páginas culturales abundaban las entrevistas a la voluptuosa joven vencedora. Usaban frases como “orgullo de la nación”, “representante de la patria”, “ejemplo para la juventud”, y esas cosas. “Ganó porque es amante del presidente”, reveló don Roberto a su familia. “El hombre pagó una millonada de los fondos públicos para facilitar la buena voluntad del jurado”. Y días más adelante: “Cuentan que la Primera Dama está furiosa con su marido. Y que el general le ha tenido que poner guardaespaldas a la muchacha, porque sus hijas han tratado de asaltarla para echarle ácido en la cara”. La vida de Diego seguía así, entre noticias de desaparecidos, cadáveres a las orillas de la carretera, chismes sobre la vida sentimental del general presidente, los estudios secundarios que estaban por terminar, el Matón y su pandilla de barrio, su hermana Rosa cada vez más novia del Turquito, las tardes lánguidas en casa del Flaco, entre canciones y tazas de café, su hermana Teresa y sus admiradores, y cerraba el panorama la hiperbólica figura de Doña Trinis con el férreo control de la situación familiar.

“Parece que la Embajada quiere un civil como presidente”, relató una vez don Roberto. Cuando se hablaba de la Embajada, solo podía ser aquella donde uno tenía que presentarse a las cinco de la mañana para pedir visa, y, luego de extenuante cola, sufrir un interrogatorio puntilloso sobre sus propiedades en el país, certificado del registro de la propiedad inmueble a la mano; la demostración de tener un estipendio mensual, certificado de trabajo a la mano; declaración de que el viaje no tenía motivos laborales, boleto de ida y vuelta a la mano; no fuera ser que el infeliz solicitante quisiera quedarse a vivir en ese paraíso terrenal donde en los ríos discurría leche, miel y Coca-Cola. “Se va a reorganizar el Frente Popular Libertador, el partido de Arévalo, y van a presentar a Agustín Casamatas como candidato”. A las pocas semanas, las palabras de don Roberto Cosenza se hicieron realidad, con una pequeña variante. El día que anunciaron su candidatura, el licenciado Agustín Casamatas se pegó un tiro en la sien.

“Lástima”, comentó don Roberto. “Todos estaban seguros que iba a ganar. Iba a ser el primer civil en muchos años, y tenía arrastre entre la gente. En el periódico la mitad de la redacción cree que se suicidó del miedo, la otra mitad cree que lo suicidaron los militares”. Pronto, el Frente Popular Libertador reemplazó al suicida con el hermano del suicida, el Licenciado José María Casamatas, fino intelectual y experto en Derecho, que a la sazón era Decano de la Facultad de Leyes. Don Chemita, que no se esperaba semejante investidura, se aferró a los efectos tranquilizadores de Johnny Walker para poder enfrentar el camino que le esperaba. Le impusieron como candidato a la Vicepresidencia a un periodista cimarrón y violento, el licenciado Napoleón Armando Guerra, dueño de un periódico en el cual escribía la página central usando diferentes seudónimos. El licenciado Guerra no tenía amigos, solo enemigos a los que extorsionaba amenazándolos de publicar sus más íntimos secretos. Diego leía divertido los editoriales de Napoleón Armando Guerra, porque eran una colección de vituperios, insultos y palabrotas como para ganar el Premio Pulitzer de la chabacanería.

“Firmaron un pacto con el Ejército”, dijo don Roberto cuando el Frente Popular Libertador ganó las elecciones. “Chemita y Guerra se van a ocupar del trabajo de administración; pero los negocios fuertes y la represión van a seguir en manos de los militares”. Diego admiraba al nuevo presidente de la República, no por sus ideas políticas y menos por su debilidad de carácter. Lo admiraba porque era un orador culto, cuyos discursos a la nación eran una urdimbre literaria como nunca había oído en un mandatario de su país. Diego padecía del antiguo culto hispánico por el ingenio verbal. “Lástima que se esté ahogando en alcohol”, le dijo su padre. “Dicen que la Embajada ya se aburrió. El próximo presidente será un militar”. Y así fue.

Barrio

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La pandilla del barrio tenía como jefe a un muchacho al que llamaban, por buen nombre, el Matón. Se lo había ganado en interminables peleas a puño desnudo en el campito terroso delante de la casa de los Cosenza. De vez en cuando, alguien llamaba: “Vengan a ver, el Matón se está peleando otra vez”. A lo lejos, en una esquina del campo de tierra, que servía también de campo de fútbol para los pobres, un grupo de muchachos rodeaba a los contendientes, y se veía a las figuritas acercarse y alejarse, alejarse y acercarse, como una danza funesta, y el final siempre era el mismo, en una nube de polvo, los dos por tierra dándose de trompadas hasta que alguno los separaba. Siempre ganaba el Matón, que con esto coronaba su puesto de capitán de la pandilla. Los otros miembros eran conocidos por el apodo, y Diego se recordaba solo de uno que era llamado “el Pirata”, por la simple razón de que le faltaba un ojo, y a veces llevaba parche y otras ojo de vidrio.

Francisco de Goya y Lucientes -Duelo a garrotazos

Pues han de estar y estarán que en el callejón de la 26 calle “A”, a dos casas de los Cosenza, vivía la familia de un coronel, al cual casi nunca se le veía. Solamente emergía durante Navidad y Año Nuevo, porque en ambas ocasiones se salía a la calle, completamente borracho, y en lugar de quemar cohetes como todos los mortales, desenfundaba la pistola y disparaba al aire. Los disparos se confundían con el coheterío que nublaba la ciudad. El coronel y su familia eran los únicos que no pasaban de casa en casa a abrazar a los vecinos para desearles Feliz Navidad o Feliz Año, según fuera la fecha. Hasta la mamá y el papá (putativo) del Matón pasaban, ella muy sentimental, él gordo y bueno, y daban grandes palmadas en la espalda de sus vecinos. La madre del Matón era abrazada con melindroso gusto y contento, porque la señora, que entraba en la madurez, aun era de buen ver.

El coronel tenía dos hijas que vestían ostentosamente, y tenían predilección por las faldas abundantes y coloridas, de aquí que fueran conocidas como “las Piñatas”, sin que nadie recordara el nombre de bautismo. Iban y venían por la cuadra, a comprar dulces a la tienda, y cuando pasaban, con sus abundosas faldas folklóricas y pintorescas, los rumores burlones iban detrás de ellas como una cola indeseada. De pronto, una noticia como un terremoto sacudió a esa pequeña porción del barrio: ¡una de las piñatas estaba embarazada! Cuando su estado se hizo inevitablemente obvio, el coronel, con ruda disciplina, entereza y pundonorosa honestidad castrense, le ordenó: “Pues vas a salir a la calle y te vas a enseñar como estás. Ya que metiste la pata, no te vas a esconder. Y ese será tu castigo”. De ese modo, ahora pasaban las Piñatas con sus amplias faldas, y una de ellas con una falda abombada, riéndose como siempre, siempre a comprar dulces y siempre detrás de ellas el rumor alborozado de los vecinos que comentaban descaro y desfachatez. Algún tiempo después se supo que el causante del estrafalario incidente había sido “el Pirata”, y se supo porque el coronel lo obligó a casarse con su hija desenfundando la pistola fuera de las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Pirata y Piñata emigraron a los Estados Unidos y nunca se supo más de ellos.

Las noches del barrio eran silenciosas y oscuras. De vez en cuando, un avión que aterrizaba en el aeropuerto “La Aurora” y que descendía rozando los techos de las casas, porque el aeropuerto está en el centro de la ciudad, hacía tronar el cielo. Diego medio despertaba, daba vuelta en la cama y se volvía a dormir, mientras pensaba que gracias a Dios no había sido terremoto. El silencio de la noche era violado también por los silbatos de la policía, que pasaba en bicicleta y anunciaba su presencia de esa manera. Algunas veces, no había silencio por acontecimientos cíclicos que se alternaban puntualmente como la época de las lluvias o la época de los vientos fuertes. Uno de esos acontecimientos cíclicos eran los asaltos.

En el mismo callejón en donde, por el día, las Piñatas se contoneaban con sus faldas polícromas, se apostaban algunos asaltantes y no faltaba quién se aventurara por allí a altas horas de la noche. Entonces, cuando los bandidos le caían al pobre cliente, comenzaban los ruidos y los gritos. “¡Aaaaay, me asaltan! ¡Socoooorro! ¡Auuuuxilio!”, gritaban los pobres asaltados, pero nadie se atrevia a salir de su casa. Excepto el finquero que esa noche estaba durmiendo con su amante de la ciudad y que vivía enfrente de los Cosenza. Si asalto y finquero coincidían, salía el hombre en calzoncillos, arma en mano, y disparaba al aire, con lo que los forajidos salían corriendo y el golpeado imprudente agradecía a su salvador, quien lo mandaba, imprecando, a su casa y de paso lo regañaba por andar en las calles a esas horas. El problema se presentaba cuando no había finquero. Don Roberto Cosenza y doña Trinis encontraron una solución. Compraron dos silbatos de policía, y cuando estaban asaltando a alguno en el callejón de las Piñatas, comenzaban a pitar como desesperados, y los ladrones salían corriendo como si el finquero estuviera disparando al aire. El democrático ingenio de la gente civil.

Otro acontecimiento cíclico eran las fiestas en casa del Matón. Ponían la música a todo volumen y el golpe de los bajos retumbaba en el suelo de todas las casas, y ya se sabía que esa noche se iba a dormir mal, porque nadie tenía el valor de ir a reclamar nada a una familia de tan festivo mal carácter. Ya se sabía cómo terminaban esas fiestas. La familia del Matón tenía lo que se llama “mal trago”, o sea, se ponían violentos en la medida que se emborrachaban. Hacia las dos de la mañana, se comenzaban a pelear entre ellos. Sobre todo, el Matón sacaba todo el resentimiento contra su padrastro, se retaban, salían a la calle, y mitad de la familia apoyaba al Matón, la otra mitad apoyaba al padrastro, y los gritos tenían a toda la cuadra con los ojos pelados. “¡Matalo, desgraciado, partile la cara!” “¡A ver si se atreve, a ver si es hombre!” “¡Dejalo, infeliz, no ves que es casi tu papá!” “¡Este viejo imbécil no es nada mío, ahora le rompo la madre!” “¡Ay, socorro, se están matando!”. Ya nadie les hacía caso. Ya se sabía que todo iba a terminar en llantos desconsolados, en abrazos de pacificación, en la madre del Matón que consolaba a todos y desparramaba su perdón sobre toda la familia. Diego se dormía y despertaba, pensaba: “Siguen peleándose”, se volvía a dormir, despertaba otra vez con los llantos, y pensaba “Menos mal, ahora me van a dejar dormir”.

Quizá el Matón era violento por necesidad, por el deseo de ponerle orden a un mundo que, en el juego de azar que era su vida, le había salido descolocado. Su padrastro era un hombre sin carácter, y la única cosa valerosa que había hecho en su vida, había sido el pecado original de esa familia. En efecto, el actual padrastro había sido el compadre de la señora Refugio. Y como según el viejo dicho siciliano, “con la comadre no es pecado”, había sustraído a doña Refugio a su marido. Y se habían ido a vivir juntos. De modo que esa familia era un desorden de hijos e hijastros. El padrastro del Matón era mecánico de la compañía de aviación nacional. Una mañana, hacia las seis, casi derriba la puerta de los Cosenza a toquidos. “¡Por el amor de Dios, don Roberto!”, suplicó, “¡déjeme llamar al aeropuerto, porque se me olvidó colocarle una pieza al avión que está despegando ahorita!” Naturalmente, se le concedió llamar, pero el avión ya se había ido. Se pasaron el día esperando la noticia de un avión caído en las montañas, pero, en cambio, para buena estrella del padrastro mecánico y de los pasajeros, no sucedió nada.

La familia del Matón no tenía teléfono. Así que doña Refugio, con frecuencia, pasaba a casa de los Cosenza a hacer recónditas llamadas sospechosas, que doña Trinis consentía. Otras veces, pasaba, después de los acuerdos telefónicos, y le rogaba a doña Trinis que le sostuviera la mentira de una falsa salida al centro, a una tienda, a una oficina, a una iglesia, mientras ella se perdía en algún hotel con algún compadrito que se había encontrado por allí. “Doña Refugio que no me diga nada”, comentaba doña Trinis. “Que la tengo agarrada por la cola”.

Quizá por eso, los Cosenza por poco se mueren cuando supieron que el Matón andaba enamorando a Teresa. Y que Teresa estaba bien dispuesta hacia el jefe de la pandilla.

Hot dog

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El amor, los amores, fueron entrando en el grupo de amigos con la naturalidad de las estaciones del año y fueron desarmando a ese grupo con la tenue indiferencia de la rigurosa vida, que no pregunta sino abre brechas y desbroza senderos, como las aguas de los ríos fatales que todos los años se desbordaban en la costa, inundaban los caminos, derribaban puentes, arrasaban caseríos para luego volver a su cauce en el verano, con un caudal sobrecogido que no dejaba adivinar la portentosa furia del invierno.

Balthus – La partida de naipes (1948 – 1950)

El Mono ya tenía novia desde que era adolescente y casi nunca la dejaba ver. Encontraba tiempo para todo, el Mono. Paseaba en su motocicleta, iba a fiestas con la gente de su clase, visitaba a la pequeña rubia pecosa en doméstico horario de estricta puntualidad, y se reunía con los amigos en casa del Flaco para jugar futbolito, ping pong, cartas a veces, y las más para cantar boleros mientras tocaba la guitarra o el acordeón. “El acordeón lo practico en el baño”, declaraba sin ruborizarse. “Cada mañana me tardo una hora en satisfacer mis necesidades musicales”. Tenía fama de decir las cosas sin avergonzarse, y en eso era una especie de persona muy rara en el país: los sinceros, los directos, lo espontáneos. Mientras la mayor parte de la gente era remilgada y vergonzosa, la gente como el Mono, que se sentía parte de una clase cuya altura estaba más de un centímetro por encima de los demás, llegaban a la impertinencia. La impertinencia del patrón.

El Flaco tenía entusiasmos fugaces, más que amores, y eran entusiasmos porque le pasaban rápido o porque las muchachas no le hacían caso. Cuando se enamoró de una chinita que nadie conoció, se volvió loco por todo lo que fuera chino. Diego recordaba el sabor agridulce de los caramelos chinos, algunos más ácidos que dulces, y recordaba que el Flaco los saboreaba como si estuviera besando en la boca a la chinita desconocida. Y cuando le pasó ese entusiasmo, se enamoró de otra muchacha misteriosa, y solo supieron que la aventura había terminado mal cuando el Flaco, en una excursión al mar, quiso suicidarse como Virginia Woolf o Alfonsina Storni, solo que estaba tan borracho que lo sacaron rápido y cayó dormido de inmediato. Tuvo una novia de larga duración, pero como le había dicho que sí con una cierta facilidad, se desinteresó de ella. Ese noviazgo terminó cuando el Flaco descubrió que la muchacha estaba preparando el ajuar de bodas. “¡Ya tiene listos los manteles, las copas, las sábanas y las mantas!”, comentó espantado, antes de salir corriendo como si hubiera visto un aparecido.

Y en esas estaban, cuando Josema se apareció por la casa del Flaco con una novia que los dejó ligeramente desconcertados. Venía de Puerto Barrios, un lugar de donde no venía nadie, pues era la Costa Atlántica del país y no se sabía de persona conocida que hubiese nacido, vivido y crecido en el Caribe. Se llamaba Miriam Terembé y su nombre correspondía a la persona. Era alta, más alta que Josema y menos que el Mono, morena clara de ojos verdes inquietantes, y si había algo que la caracterizaba era la abundancia. Los grandes ojos claros, la boca de hermosos apetitos, los sólidos dientes blancos, y un cuerpo fastuoso, grande y sinuoso, que todos se miraron como preguntándose dónde había encontrado Josema semejante joya. Miriam entraba en las casas y era ella la que entraba pero junto con ella entraba su presencia, que abarcaba mucho más de su proprio cuerpo. Era como si entrara en cámara lenta y a cada paso quedara una sombra suya, que se incorporaba a otra y a otra y a otra. Fue la primera vez que doña Ángela levantó una ceja preocupada. Luego se retiró a la cocina, muerta de la risa. Los hermanos menores del Flaco la miraban como a una atracción de circo, y Miriam se dejaba admirar, acostumbrada como estaba a despertar la zozobra de la gente. Era de modos suaves, atenuados, y hablaba con una voz baja, sedante, un poco aniñada.

La familia del Flaco siempre tuvo perros y permanecerá en los siglos el misterio de cómo hacían para alimentarlos. Eran su pasión, y uno circulaba en esa casa seguro de que se iba a tropezar con un animal, o que cuando estaba tomando café con pan, seguramente surgiría, debajo de la mesa, un hocico y una lengua mojada que iba a intentar robarle la comida. Cuando un perro se les moría, la tragedia asolaba por quince días a todos los miembros de la familia, que lloraban a moco tendido, hasta que no conseguían otro perro al que iban a mimar y cuya inexorable muerte iban a llorar como si fuera la de un familiar cercano.

Por esa época, reinaba en casa un robusto perro de raza desconocida al que habían bautizado “Tarzán”. Ya habían tenido, por supuesto, un “Nerón”, y en respeto de su memoria, cada perro cambiaba nombre. El Tarzán era como parte de los muebles de la casa, pero cuando apareció Josema con su novia Miriam Tembelé, dejó de ser mueble para convertirse en casi humano. Cuando la perturbadora novia de Josema entró a la casa por primera vez, poco faltó para que Tarzán abandonara su posición cuadrúpeda para erguirse sobre las patas y golpearse el pecho dando un grito atronador. ¿Qué perfume secreto emanaba Miriam? Lo cierto es que el perro se metía debajo de la mesa y comenzaba a restregarse contra las hermosas piernas blancas de Miriam, que se quejaba quedo: “El Tarzán me está molestando”, por lo que había que arrastrar al chucho al cuarto de atrás, entre lastimeros quejidos y aullidos. El único que parecía no percatarse de la potencia erótica de su novia era Josema, que seguía como si nada, como aquél al que le dan una maleta con nitroglicerina y le dicen que contiene agua bendita. Hasta don Víctor Hugo, al despedir a la joven novia del amigo, se tardaba un segundo más de la cuenta en los abrazos y los hijos le susurraban: “¡Papá, ya estuvo bueno!”.  Un día, cualquier día, Josema les anunció que había terminado con Miriam, y sin dar mayores explicaciones ni muestras de dolor, siguió cantando las canciones de moda, siguió jugando futbolito y siguió ganando casi todos los partidos de ping pong.

Lo peor de todo es que Diego se enteró de que Josema había pasado a enamorar a su hermana Teresa y que Teresa parecía seriamente enamorada de su amigo. Tampoco eso duró mucho para Josema. Más o menos un mes. Al cabo de los cuales Diego vio asombrado como su hermana Teresa se encerraba en su cuarto para llorar sin consuelo, y eso le parecía incomprensible, pues veía feo a Josema y bellísima a su hermana, por lo cual el que debía estar llorando era Josema, no su hermana. Doña Trinis dio una media explicación: “Es que una se pone ciega, y de ciega pasa a bruta. Si no fuera porque las mujeres nos volvemos ciegas, no habría hombre que encontrara su con quién”, sentenciaba. El llanto le duró un montón a su hermana, hasta que no encontró a un pretendiente peor. Y mucho peor.

El futuro novio de su hermana corría parejas con el novio oficial de una hermana del Flaco. El Flaco tenía dos hermanas, ambas regularmente ennoviadas. La primera tenía como novio a Piojo Blanco, así llamado por ser rubio, sin otras gracias conocidas. Contaba malos chistes y era como de otro planeta, por lo que no formaba parte del grupo. Tenía gesto y cara de listo, mas nunca se supo si lo era. La segunda tenía como novio a un gigante moreno y contundente, cuya función principal era servir de Autan a cualquier idea romántica respecto de su novia. Aunque manso, la sola presencia provocaba miedo, y fue célebre la noche en que, mientras jugaba futbolito con los demás del grupo, Charlie, que era una especie de zancudo, vio pasar a la pareja y dijo a la hermana del Flaco: ”¡Qué bonita estás esta noche!”. Todos se quedaron helados, hasta que el monumental novio no se rió a carcajadas. “Charlie”, le dijo. “Como que te querés morir antes de tiempo”. Y se fue riéndose.

Jornadas

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Diego y sus amigos eran, también, los distraídos presidentes de cada sección del último año de secundaria. Los elegían sus compañeros, por costumbre, por desatención, por inercia. No servían para nada, sino para formar parte de una especie de élite, el Club Domingo Savio, que tampoco servía para nada sino para hacerse detestar de sus colegas. El único que no era presidente de cosa alguna era el Flaco, quien vivía concentrado en sus matemáticas y que hizo historia ese año por haber sido el único que superó el áspero examen de Química preparado por el profesor Bermejo. Junto con la de Inglés, la clase de Química era una borrascosa batahola permanente a la que Bermejo presenciaba con indiferencia, como si la disciplina le fuera ajena o como el que medita una meticulosa venganza. En medio de la algarabía y chisporroteo de las pláticas, de las peleas, de los ruidosos chistes, de las bromas pesadas, de los papeles incendiados, de los avioncitos de papel que surcaban el precario cielo del aula, Bermejo seguía escribiendo sus abstrusas fórmulas en la pizarra, y el único que ponía atención era el Flaco, toda la vida fascinado por los acertijos de la ciencia. Así fue como llegaron a medio año, y el socarrón Bermejo suspendió draconianamente a todos, menos al Flaco. La segunda mitad del año la clase de Química transcurrió en un silencio sepulcral, con medio mundo tomando apuntes para salvarse del naufragio. Estaba en juego el título de Bachilleres, y los muchachos estaban dispuestos a torturar y comerse cruda a la más querida de sus mascotas, como si fueran narcos o kaibiles, con tal de obtener ese precario papel.

Gloriosa Victoria – Diego Rivera (1954) con la colaboración de Rina Lazo y Ana Teresa – Museo Pushkin de Moscú

Andaban en esas cuando los tres presidentes fueron citados a la Consejería de Colegio. Un cura gringo, de la orden Maryknoll, estaba de visita para seleccionar a los líderes estudiantiles católicos con el fin de organizar unas Jornadas de Vida Cristiana. Además de ellos tres, también llamaron al Flaco y a otro estudiante, extremadamente piadoso aunque muy encerrado en sí mismo. Lo llamaban “Paleta”, porque caminaba muy recto y alguien le encontró semejanza con aquel helado de barrio.

De ese modo, una madrugada Diego se encontró cargando un inmenso maletón que doña Trinis le había preparado para los tres días y que, vistas las dimensiones, habría alcanzado para trescientos años. Su gran consuelo fue llegar al punto de donde partían los autobuses y verificar que también el Flaco llevaban otro  gigantesco maletón. “Me lo hizo mi mamá”, se justificó. “¿Y quién cree que me lo hizo a mí?”, le contestó Diego. Se trataban de usted, porque la amistad era muy grande. Eran las cosas raras de ese país alrevesado en el que nacieron. Se comenzaba con un “usted” ceremonioso, se pasaba al “vos” y cuando la amistad era verdaderamente estrecha, se retornaba a un “usted” casi íntimo.

Unos cincuenta muchachos de diferentes colegios católicos iban llegando, poco a poco. Cuando comenzaba a clarear, un hombre bajito, de más edad que todos ellos, les gritó: “¡A ver muchachos, ya estamos todos. Súbanse al autobús. Nos vamos a la Antigua!”. El trayecto duró una hora, más o menos. Durante ese trayecto, el chaparro se hizo cargo de la situación. Comenzó contando chistes, algunos decididamente pesados, y luego siguió con cantos que la mayoría conocía. Diego no. Eran cosas de colegio de postín y ellos, los del Don Bosco, eran bastante pobretones. Una canción decía: “Cuando Fernando séptimo usaba paletó / cuando Fernando séptimo usaba paletó / paletó / usaba paletó…” ¿De dónde sacaban eso? Olía a tortilla española, a círculo de vascos o asturianos en el exilio, a la naftalina de las sotanas de los curas gallegos. A ellos, en el Don Bosco, les enseñaban canciones misioneras, como aquella que decía: “Kin kun tili mulitali mulinasai, kin kun kai, kin kun ko”, que venían quizá de Italia y que los italianos habían importado tal vez del África.  A esas alturas, el chaparro se había presentado: se llamaba Frankie y su nombre se les grabaría en la mente, porque estaba en todas partes, con su repugnante sentido del humor. En verdad, era como mosca en leche, por bajo, peloso, grasiento y porque vestía mal. Parecía un intruso, en medio de los niños bien de la Jornada.

Al llegar, les asignaron habitaciones múltiples y les dieron quince minutos para bajar. Allí, en un salón frío y escueto de la Posada Belén, comenzó una maratón de conferencias religiosas predicadas por curas modernos, vestidos de burgueses, jóvenes, atléticos, atractivos, con ideas revolucionarias. Cada conferencia era un rebalsante cubo de culpabilidad que les echaban directamente en el alma. El pecado no consistía solamente en lo que ellos creían que estaba mal hecho y que hacían: emborracharse con cerveza, tener varias novias simultáneamente (Diego, ahogado por su timidez, pensaba: “Dichosos”), abusar de la doméstica de la casa (Diego pensaba: “¿quéééé?”) copiar en los exámenes, sustraer dinero a sus padres (Diego pensaba: “¿cuál?”)… El pecado era también el vasto bosque de sus malos pensamientos, de sus obscenas imaginaciones sexuales, de sus perturbantes masturbaciones. Y no terminaba allí el pecado, también consistía en la omisión. El católico tenía una responsabilidad para con el mundo y ustedes, muchachos, sólo piensan en sí mismos, en su placer, en su conveniencia, en su carrera. Ignoraban la pobreza de la gente y no movían un dedo para que los otros estuvieran mejor.

Al final de esa devastación moral, Diego se sintió una especie de gusano, un ser humano abyecto, y eso que muchos de los pecados enumerados no lo rozaban ni de broma. Pero no tenía ni veinte años y su sensibilidad vibraba como las tensas poesías de Bécquer o las cursis y declamadas retóricas del tardo modernismo: “¡Vida: nada me debes. Vida, estamos en paz!” A esa edad, cualquiera. Por la noche, antes de acostarse, hicieron bromas de cuartel. Diego ya no se reía. Se sentía mal, agobiado por la culpa. Y a medianoche, Frankie pasó tocando una campanita, pues al día siguiente los esperaba una jornada igual. Todos callaron y el frío de la Antigua hizo que se cubrieran hasta la nariz, susurrando apenas para no romper la consigna del silencio. Diego durmió y tuvo pesadillas obsesivas toda la noche.

Al día siguiente, despertó con un fiebrón que lo hacía temblar en la cama. Sus compañeros de cuarto se asustaron y avisaron a Frankie. Éste llegó con un termómetro, vio que la temperatura estaba alta y le ordenó quedarse acostado. Al rato llegó el médico, quien le recetó aspirinas, agua y descanso. Esa enfermedad salvó a Diego de la segunda jornada y es posible que haya preocupado a los organizadores. Porque, si la primera jornada estaba pensada para destruir la personalidad de los asistentes, la segunda servía para reconstruirla en una perspectiva de militantes católicos de la doctrina social de la Iglesia. El primer día se destruía, el segundo se reconstruía.

Al tercer día, ya sin fiebre, Diego se levantó y asistió a la jornada conclusiva. Era como ir al cine, perderse la mitad de la película y llegar solo al final. Diego se quedó asombrado de encontrarse en un ambiente de manicomio, los muchachos excitados y exaltados, con una luciferina decisión de entregar su vida a Cristo, listos para embarcarse en la próxima cruzada para conquistar Jerusalén. Vio cómo dos viriles, altos y robustos machazos se abrazaban llorando, pidiéndose perdón, porque alguna vez se habían peleado. Escuchó a más de alguno confesar a gritos sus intimidades, con la voz quebrada por el arrepentimiento, y la firme decisión de cambiar de vida. Se quedó de piedra cuando vio que el Mono tomaba la palabra y juraba que se iba a portar bien por el resto de la vida y que, si no lo hacía, podían llamarlo amujerado. Diego estaba en la nube de los analgésicos y los antipiréticos, y todo le parecía envuelto en una neblina engañosa.

La continuación de las Jornadas eran reuniones semanales en algún colegio del Centro, que servían para reforzar las promesas hechas durante los tres días de reclusión. No duró. A los pocos meses, ya todos andaban de nuevo en lo suyo, excepto algunos que se quedaron resquebrajados por la destrucción psicológica del primer día. Al contrario de las finalidades de las Jornadas, estos se dedicaron con devoción a todo lo que se pudiera parecer al pecado del que habían abjurado. Otros, más concentrados y persistentes, caminaron lentamente hacia una oblación de la propia vida, un católico holocausto en el que se consumieron, sea porque las juventudes socialcristianas en la Universidad eran la entrada a la corrupción de la Democracia Cristiana, sea porque el ingreso en otros grupos más radicales los condujo a la guerra, al exilio o a la muerte.

La marcha de Radetzky

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Muchos años después, Diego Cosenza iba a saber que la Marcha de Radetzky, además de su irrevocable condición soldadesca, era considerada por los austríacos una música festiva: para más señas, la ritmada, zapateada y aplaudida clausura del Concierto de Año Nuevo ofrecido, entre cotillonsy espumosa ebriedad, por la Orquesta Filarmónica de Viena. Cada primero de enero, la televisión de ese país dejaba de ser una emisora de segunda categoría para convertirse en una seria competidora de Federico Fellini y el Papa, pues transmitía, urbi et orbi, dos cursis horas de melosos melodiosos valses de los Strauss, y allí Diego había descubierto que los Strauss habían sido como ciertos profesores de universidad, que multiplicaban su oficio como conejos, es decir, heredaban a sus hijos y nietos el oficio que los había distinguido. La Orquesta vienesa tocaba valses, polkas y mazurcas de Joseph Strauss padre, de Joseph Strauss hijo, de Joseph Strauss nieto, de Joseph Strauss tataranieto, y lo mismo sucedía cuando el Strauss se llamaba Johann. Diego sospechaba que, si hubiese habido un Wolfgang Strauss, también hubiera encontrado inspiración en verdes y dilatados bosques, en caramelosos caballitos de carrusel, en pizarrines de menta que evocaban anuncios añejos de barbero italiano. Pero eso Diego lo iba a descubrir muchos años después.

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En cambio, mientras estuvo en su país de nacimiento, si, de pronto, la radio o la televisión comenzaban a transmitir la Marcha de Radetzky, todos en casa exclamaban: “¡Cayó el gobierno!”. Y así era. En la peculiar dinastía que los militares habían establecido a partir de la invasión gringa, a veces había, entre los vigorosos y viriles gobernantes, finas susceptibilidades, desavenencias de adolescente, disgustos de amiguitos, malentendidos chismosos, quisquillosidades ambiguas, y ofensas de mírame y no me toques que se resolvían limpiamente con un golpe de estado, generalmente efectuado por el Ministro de la Defensa, hasta ayer compadre y uña y carne del General Presidente al que estaba derrocando. Entonces, se interrumpían todos los programas de radio y televisión, se anunciaba la Cadena Nacional de Telecomunicaciones, y al cabo de un rato aparecía un locutor oficial, de esos que lo mismo narraban un partido de fútbol que leían líricos textos patrióticos en los programas de música folklórica, con profundo español de voz cavernosa, y anunciaba: “Señoras y señores, transmite la cadena nacional de radio y televisión”, que era como decir, “los militares se acaban de recetar otro golpe de estado”.

En efecto, el locutor continuaba: “En vista del desorden, indisciplina y anarquía en que se encuentra la nación, y en defensa de las libertades y derechos democráticos de todos los ciudadanos de este país, el Ministro de la Defensa, General Miguel Palotones, llevado por los altos ideales que implica su alto cargo, y para evitar ulteriores degeneraciones en las proporciones de las situaciones y condiciones de las naciones, ha decidido consumar el sacrificio de asumir la guía del país, en sustitución del General Saturnino Menganónez, quien se encuentra arrestado en el cuartel Mariscal Sobada. A tal efecto, se declara disuelto el Congreso de la República, destituidos los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y suspendidas las garantías constitucionales hasta nueva orden”. La última parte era la peor, porque significaba que otra vez los militares iban a meter a la cárcel a quien se les diera la gana (generalmente los mismos, siempre los apaleados miembros del medio muerto Partido Comunista, quienes mantenían permanentemente una maletita en la puerta de la casa, pues, en caso de golpe de estado, era de ley que llegara la policía a catear la casa y a llevárselos por un tiempo al tambo, mientras se restablecía el orden constitucional, que era simplemente la instalación del compadre del Presidente en la jefatura de estado). También se iban al bote los compinches del expresidente, acusados de corrupción por los negocios hechos durante la efímera magistratura, y en espera de que los nuevos compinches del nuevo presidente hicieran los mismos negocios en defensa de la libre empresa, de las libertades democráticas, del orden constitucional y de los valores cristiano- occidentales.

Esas cosas pasaban como por encima de la vida de la gente, que poco se emocionaba con los pases de ballet entre militares. Algunos hasta se alegraban, porque al día siguiente del cuartelazo no había clases, no abrían las tiendas y estaban cerradas las oficinas. Era como un día festivo inesperado. Lo que no se podía evitar era la sensación de violencia, que vibraba en el aire como el vapor de los espejismos, como el olor a diésel de los autobuses urbanos, como las campanadas de las numerosas iglesias que poblaban el país. La violencia estaba allí, y de pronto explotaba y de pronto se extinguía. Una especie de virus en acecho. En un descuido, atacaba de nuevo.

Diego percibía esa violencia también en el Colegio, en donde por cualquier nimiedad sus compañeros se daban cita a la salida, y, en el callejón de tierra del al lado, se daban de trompadas rodeados por sus compañeros, que los aupaban para que se mataran, hasta que veían que uno estaba dominando al otro, los separaban y declaraban un vencedor. Diego asistía a esos encuentros de pugilato con una desazón que era como una sal en la boca, veía a sus compañeros ponerse pálidos, de miedo o de ira, caer al suelo y revolcarse hasta quedar llenos de polvo, y levantarse de nuevo mascullando amenazas de odio y venganza. Diego se sentía inadecuado, incapaz, fuera de lugar. En todo el tiempo que asistió al Colegio, nadie lo retó a pelear: gozaba de una especie de franquicia por ser el que leía y escribía, el que inventaba cuentos, el que sabía de literatura, esto es, un incapaz para las cosas de la vida.

Un día, estaba jugando un partido de minifútbol en los anchos corredores que costeaban el gran campo de fútbol del Colegio. La pelotita de hule se fue rodando sin que ningún jugador la alcanzara y se tropezó con los pies de otro compañero llamado, por mal nombre, Chorro de Humo. Éste, en lugar de la cortesía de siempre, que era devolver la pelota a sus amigos, tuvo la ocurrencia de burlarse de ellos, y le dio tal patadón a la pelota que esta se perdió por encima del techo. Diego se puso furioso y se enfrentó a Chorro de Humo. “¿Por qué la pateaste, idiota?”, lo insultó. Chorro de Humo no respondió. Cerró los puños, asumió una posición de boxeador y le espetó una expresión que era un reto: “¡Sho, pues!”. Diego se quedó helado. En su vida le había ocurrido cosa semejante. Y ahora estaba allí, frente a un contrincante dispuesto a partirse la cara con él, y él con unas grandes ganas de salir corriendo y de escapar por donde fuera. Pero no había escape. Ya los compañeros los rodeaban, ya comenzaban a corear por uno o por otro, mientras ahora el sabor de sal se volvía saliva, y las piernas le flaqueaban del miedo. No se podía escapar. Entonces, por hacer algo, Diego disparó dos puñetazos: uno al ojo izquierdo y otro al ojo derecho. Así, por probar. Y probando, acertó. Exclamación del grupo. Entonces Chorro de Humo se puso furioso, se le tiró encima, lo hizo caer y comenzó a golpear a Diego, un racimo de golpes que parecían de entreno con un punching ball.Los separaron. Y fue gran escándalo y gran curiosidad y gran noticia en el Colegio que Diego Cosenza se había liado a golpes, y que Chorro de Humo se había quedado con un ojo violeta, mientras Diego, el más golpeado, parecía intacto. Los compañeros pasaban ante Diego y le hacían alzar los brazos, declarándolo vencedor, como si fuera un Rocky Balboa ante litteram.

Nunca tuvo otra pelea.

Sin embargo, ya mayor, cuando decidió ponerse lentillas, don Roberto Cosenza lo desaconsejó. “No te conviene usar esos lentes dentro de los ojos”, opinó. “¿Por qué, don Roberto?”. “Porque cualquier día tenés un lío en la calle, y te pueden dañar los ojos a trompadas”. Lo peor del caso es que tenía razón. La posibilidad de que, por un motivo cualquiera, uno terminara pegándose con otro en las calles del país era muy alta. Porque pese a la fama de que los habitantes de esa pacífica y hospitalaria nación eran gente buena, amable, calurosa y cortés, bastaba una mirada de soslayo, un malentendido o un suspiro a destiempo para que te propinaran una paliza de ambulancia y hospital.

El mar

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Diego detestaba el mar tanto como su padre, don Roberto Cosenza, gustaba disponer exhaustivas excursiones, con la familia a cuestas, en autobuses repletos hasta la enajenación, cada familia con un canasto o con una bolsa llena de provisiones para el dilatado viaje de tres horas. En esas épocas de tiempos aletargados, un itinerario que durara más de una hora se consideraba verdaderamente trascendental: era meritorio de provisiones y bebidas, no fuera a ser que los viandantes desfallecieran, desmayaran o desalentaran por el esfuerzo, el agobio y el afán. Panes con pollo, tortillas con queso, frijoles, recado, carne o lo que cupiera en el delicioso taco que proverbialmente escurría su contenido por la palma de la mano y, si el gesto no era suficientemente ágil para detenerlo, manchaba sin remedio el pulso de la camisa. Chuchitos rellenos o tamalitos sin rellenar, con apazote, con flor de izote, con chipilín. Trozos de pollo comidos al desnudo, sin rubor de mancharse de grasa los carrillos que para eso está el dorso de la mano y, en los bien educados, una servilleta típica con guacamayos estilizados. Eran viajes comunitarios, en donde doña Trinis se hacía de efímeras amistades, y en su ayuda acudía Rosa, la mayor, que para desenvoltura lingüística no era inferior a su señora madre. Diego detestaba el periquerío de la gente, detestaba el calor, detestaba el desmayo que le daba la costa, detestaba las incomodidades de ese sol apabullante que lo convertía en color de camarón, de langosta cocida, detestaba la arena negra que más parecía ceniza de volcán, detestaba la violencia de las olas del oceano que algún conquistador borracho había bautizado “Pacífico”, siendo como era el más violento del mundo. Al menos, del mundo que conocía Diego, que otro mar no había visitado.

Otra cosa fue cuando su grupo de amigos comenzó a organizar excursiones de fin de semana. El Mono tenía amigos ricos, y uno de ellos le prestaba una casa en la urbanización que se había puesto de moda, al lado del Puerto de San José. Al puerto iba la chusma, a la urbanización los acomodados. Los amigos fueron a la playa varias veces, unas como chusma y otras como niños bien. Dependía de si los amigos del Mono le prestaban la casa o no. Si iban como chusma, se llevaban sacos de dormir y algunas carpas, armaban unas fogatas en la playa y compraban una caja de latas de cerveza, que acompañaban con crackers y mejillones españoles los cuales, con el hambre que daba meterse al mar y cada vez estar a punto de ser arrastrado por las corrientes submarinas, entre gritos y esfuerzos, alharacas y luchas contra las olas o entre sí, parecían el manjar más exquisito del mundo, de ese mundo. Terminaban borrachos, hacia las dos de la mañana, y amanecían temblando de frío y de resaca, y les parecía imposible que en ese mismo lugar cayera tanta helada, si hacía unas horas había que buscar sombra para no morir asados como pescados.

En el mar siempre pasaban cosas. En una Semana Santa, su tío Rigoberto se había bebido una botella de ron y tal poción mágica lo convenció de que sabia nadar sin que nadie antes lo hubiera visto, en las hondas piscinas de Chimaltenango, ni siquiera meter los pies al agua. Entróse, pues, sorteando las olas cada vez más altas que llevaban a la reventazón, y perdióse de vista. Como el mar estaba lleno de gente, pronto oyeron el griterío que se expandió sobre la playa. “¡Un señor se está ahogando, un señor se está ahogando!”. Menos mal,  para Semana Santa ponían salvavidas y cuatro de ellos sacaron el cuerpo exánime de Rigoberto, se le sentaron encima y le bombearon la protuberante panza, mientras, convertido en ballena, el tío expulsaba géiseres de agua y probablemente también el contenido de la botella de aguardiente.

Don Roberto Cosenza había nacido en un pueblo de la costa que nunca se supo cuál era, pues en unas versiones se llamaba San Felipe Reu y en otras San Antonio Suchitepéquez. Del mismo modo, jamás se supo su verdadera fecha de nacimiento, pues el trastornado del abuelo olvidó inscribirlo en el Registro Civil, y con la proverbial italiana tirria contra las multas, y la itálica sagacidad para sortearlas, mintió sobre la fecha de nacimiento del recién nacido. En la costa pasaban cosas.

Cuando Diego estaba ya en la Universidad, llegaron a su casa dos paisanos de don Roberto, dos paisanos que no eran de San Felipe sino de San Antonio. Llevaban 60 años de casados y ya andaban con bastón. “Queremos divorciarnos, Robertío”, anunciaron y ni siquiera dijeron por qué. “Como usted era secretario municipal y escribió el acta de casamiento, háganos favor de ayudarnos.” Poco quiso don Roberto para armar viaje a la costa, pero esta vez Diego se negó a formar parte de la comitiva familiar. Ya era mayor de edad, no le iban a venir con esos cuentos. Además, con las nuevas carreteras, el autobús se tardaba mucho menos, y ya no era el caso de andar con canastas y comidas. El autobùs hacía una parada en un restaurante y allí iban todos a comer y al baño.

Dos o tres días después, cuando don Roberto regresó, regresó muerto de la risa. “No sabés lo que te perdiste”, se burló, “vos que andás con la vanidad de ser escritor”.  Luego le contó que, en el lejano y prehistórico día en que se habían casado los dos viejitos, las celebraciones habían comenzado muy temprano, en la mañana, con el novio, sus amigos, el alcalde y don Roberto incluidos, de modo y manera que a la hora del matrimonio, todos se mantenían en pie con dificultad, y más se tardaron los novios en decir que sí, que sí en la dificultades y sí en la enfermedad y que sí para siempre, que sí, que sí , que sí, que en salir corriendo a seguir celebrando y festejando, al sonido de una marimba que tocaba un muchachito que años después iba a ser el Director de la Orquesta Sinfónica Nacional. Y ahora, que habían llegado a los archivos húmedos y comidos por la polilla, abrieron el libro de matrimonios y descubrieron que nadie había firmado nada, borrachos como estaban, no había firmado el novio, no había firmado la novia, no había firmado el alcalde, no había firmado don Roberto Cosenza, el secretario municipal. “Así que estos dos viejitos se querían divorciar y les salió cupón, porque nunca habían estado casados”. Cuando pasaban estas cosas, don Roberto se caía sentado en el sillón de la sala, muerto de la risa.

Diego prefería ir al mar con sus amigos, pues contaban con la ventaja de que se iban en automóvil. Una de las curiosidades de la pobreza de don Víctor Hugo, el padre del Flaco, era que había logrado salvar de la catástrofe financiaria una vieja camioneta familiar de marca inverosímil. No tenía marca conocida, pero era amplia y larga, por lo que los muchachos la llamaron simplemente “el catafalco”.

El Catafalco se mantenía perennemente descompuesto, y por ese motivo, cuando no estaba esculpiendo sus figuras estilizadas en madera preciosa, don Víctor Hugo estaba peligrosamente debajo del automóvil, arreglando frenos, embragues, ejes, aceitera, junturas, embadurnado de pies a cabeza de la negra grasa de los mecánicos. Por ese motivo, los amigos se podían dar el lujo de irse al mar en el Catafalco. Conducía siempre el Flaco y a su lado iba Diego, quien quería aprender a manejar. Con gusto y paciencia, el Flaco le enseñaba cómo entrar en las curvas, cómo frenar con motor, cómo mantener el coche firme en una cuesta jugando con el embrague y el acelerador, mientras en el asiento de atrás el Mono contaba chistes o cantaba canciones, pues andar con él era andar con la gracia y con la luz.

En una hora estaban en Escuintla. En ese bajón de dos mil metros, los oídos se tapaban, y ya en Palín tenían que despojarse de los suéteres o lo que los cubría, pues el calor de la costa se hacía insoportable. Los automóviles no tenían aire acondicionado, por lo que iban con las ventanillas abiertas y les alborotaba los cabellos un viento que parecía provenir de un secador de pelo. En Escuintla paraban para tomarse la primera cerveza, y para echarse antimosquitos, que de nada servía porque de todos modos los jejenes se los iban a comer por la noche. Allí compraban las provisiones para la tarde y para el día siguiente, y Diego recordaba cuánto detestaba el calor, mientras cantaba las canciones que el Mono acompañaba con la guitarra, en el asiento de atrás….

La entrañable transparencia

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Para Diego, las tardes transcurrían monótonas, con sus costumbres crepusculares: algunas horas en el Colegio y luego, por la Avenida Santa Cecilia, de camino a la casa del Flaco, las más de las veces a pie, frente a tiendas, tortillerías, sastrerías, panaderías, talleres mecánicos, aserraderos, cada cual con su denso y neblinoso perfume. Las tortillerías olían a leño chamuscado y olían también al húmedo elemento del que están hechas las gentes, el apetitoso maíz ya molido, encalado y dormido sobre los comales donde las señoras sudorosas lo cocinaban lentamente; las panaderías también despertaban el hambre, ese olor sonámbulo de los panes levitando en el horno, promesa de reconciliación y consuelo, de armonía blanca y migajosa; los talleres mecánicos untaban el aire de grasa sólida, de sólido trabajo, de brazos ensuciados por el sobado trajín entre motores y aceites; los aserraderos emanaban un boscoso aroma natural que evocaba montañas, ríos, ásperas cumbres, valles verdes que se desleían en azul.

Y ya en la casa del Flaco, don Víctor Hugo, entretenido en modelar sus esculturas de madera, entre Modigliani y los muralistas mexicanos, se levantaba y saludaba como en los tiempos antiguos: “¿Cómo está mi querido Diego?”, trataba a todos de usted y los demás le devolvían el ceremonioso afán. “¿Qué me cuenta de nuevo, de bueno y de extraordinario?”. Recibía siempre así a los jóvenes huéspedes, que de nuevo, bueno y extraordinario no tenían nada que relatar, por lo que se reducían a un modesto: “Aquí, pasándola, don Víctor Hugo”. Entusiasta, el padre del Flaco ofrecía de inmediato la implacable taza de café, con redomados molletes, champurradas, pan dormido, pan de a cinco, pan de huevo, y los jóvenes devoraban sin piedad el alimento que parecía gratuito, pues nunca se habían ganado la vida y no sabían lo que ese esfuerzo costaba. (“¿Quieres saber lo que cuesta el dinero?”, sentenciaba don Roberto Cosenza. “¡Ponte a conseguirlo!”)

Mientras ponía los ojos bizcos al pasar el protuberante escalpelo por alguna ondulada nalga de una venus regionalista, don Víctor Hugo comentaba la política nacional, siempre la misma, siempre con los mismos corruptos, siempre con los mismos militares. El papá del Flaco había sido, como casi todos los padres de ese grupo de muchachos, un revolucionario del 44, y como todos esos padres, cargaba con la frustración de la invasión norteamericana. “¡Otro gallo nos cantara si los gringos no hubieran metido su cuchara en este país!”, se lamentaba don Víctor Hugo, los mechones de pelo negro a los lados de la frente y el gran bigote escondiendo la importante boca que sus hijos heredaron. También heredaron los dientes de conejo.

“Desde la invasión”, seguía don Víctor Hugo, “hemos vivido bajo la dictadura de los militares, y para ustedes, que no vivieron los días de la Revolución, eso les parece lo más natural”. El padre del Flaco tenía razón. Diego y sus amigos se habían acostumbrado a vivir bajo la represión y los garrotazos, y para ellos ese era el único sistema posible, aunque en el colegio estudiaran las bellezas de la democracia, sobre todo de la democracia norteamericana. Aprendían, en las clases de Estudios Sociales, lo que era el Estado, la separación de poderes en el Organismo Ejecutivo, el Organismo Judicial y el Organismo Legislativo, lo estudiaban para los exámenes de fin de año y respondían a los tests que les propinaban sus profesores, con la misma disciplina con que estudiaban Biología y la descripción de las cucarachas y los zancudos. La democracia era un ente abstracto que estaba en los libros y que servía para superar los exámenes. El gobierno era otra cosa: era un miedo permanente a cruzarse con un militar, siempre armados y siempre abusivos, amparados por la impunidad de las pistolas que ostentaban en la cintura. Peor eran los policías, armados de revólveres pero no de educación y en muchos casos ni siquiera de alfabetización. Por eso, sus mismo padres los habían instruido para que, cuando un policía los detuviera por cualquier motivo, la primera ley fuera no contradecirlo, sino humildemente conceder: “Tiene usted razón”, aunque uno se estuviera carcomiendo las entrañas, y en segundo lugar, jamás llamarlo “policía”, vil nombre plebeyo, sino “señor agente”. La tercera cuestión era ofrecerles dinero para sacárselos de encima, y también allí había que ser delicado y premuroso, para no herir la susceptibilidad de tan honrados servidores públicos. La palabra mágica era: “¿Podemos arreglarlo de otro modo, señor agente?”.

Don Roberto Cosenza detestaba a los militares, pero no podía escribirlo en el periódico. Don Víctor Hugo detestaba a los militares, pero no hacía más que rezongar en su casa, mientras delineaba los finos labios de alguno de sus héroes de ébano. Todos los muchachos del grupo de Diego querían sacar una carrera universitaria, y decir estudiante universitario era decir enemigo de los militares. Durante una fiesta goliárdica llamada “La Huelga de Dolores”, los estudiantes llevaban serenata romántica a los jóvenes cadetes de la Escuela Militar, que se saltaban las paredes y se enfrentaban a puñetazos con los universitarios.

Una de esas tardes de camino a pie hacia la casa del Flaco, de entrada directa al comedor donde don Víctor Hugo esculpía sus maderas suntuosas, donde se bebía el café con abundantes panes antes de ir a jugar futbolito, ping pong o recluirse a cantar canciones viejas y nuevas, llegó El Imparcial, el periódico vespertino. Todos se quedaron mudos ante la foto y el titular. Este recitaba escuetamente, como era el estilo del periódico: “Muerto el Che Guevara en Bolivia”. La foto, en blanco y negro, algo borrosa por la transmisión urgente de la Associated Press, mostraba el cuerpo del guerrillero argentino fotografiado desde la perspectiva de los pies. Tenía los ojos abiertos (la impiedad de sus victimarios había olvidado el gesto misericordioso de bajarle los párpados), opacos y tristes, estaba flaco y desnudo del torso para arriba, la barba larga, los cabellos desordenados, la cabeza levantada sobre una loza de piedra, como de piedra era el lecho mortuorio. Diego no pudo reprimir una observación: “Parece Cristo sepultado”. Don Víctor Hugo alzó la vista, sacudió la cabeza, y exclamó: “Aquí se ha muerto la esperanza de América”. Naturalmente, el periódico describía al Che como un delincuente, un subversivo, un comunista, un vendido a Moscú, todas las injurias posibles que se abaten sobre los vencidos.

Esa tarde, el grupo de muchachos cantó canciones de protesta. Se sabían de memoria las de los Guaraguaos, un grupo de Venezuela que en un festival había hecho avergonzar a los guatemaltecos. Lo contó Charlie, que no se llamaba Charlie pero había sido nombrado caprichosamente de esa manera. Era miembro de la Estudiantina de la Universidad, y los habían mandado a representar al país en ese evento. “Pasamos a cantar después de que habían tocado Los Guaraguaos, y comenzamos con nuestras canciones de siempre, cancioncitas coloniales venidas de España, cuyo ritmo era solo bueno para dar un brinquito con un pie y otro con el otro. El público nos chifló y tuvimos que retirarnos”. Había una que comenzaba: Qué triste se oye la lluvia /en las casas de cartón…

Cantaron esa canción y cantaron también las de Silvio Rodriguez y las de Alberto Cortez. No podía faltar Serrat, que le había puesto música a don Antonio Machado, y faltaba la más famosa de todas, la que se iba a convertir en un himno de los jóvenes de América: Aquí se queda la clara / la entrañable transparencia / de tu querida presencia / Comandante Che Guevara!….

Fue una tarde triste y, en una de esas, Diego se quedó de pie frente al umbral de la cocina, donde doña Ángela, que seguía acumulando puntos para convertirse en santa, cocinaba los eternos frijoles negros. “¿Ya vio lo que pasó, doña Angelita?”, comentó Diego. “Ya lo vi, ya lo vi”, le respondió la señora. “Eso no es justo”, protestó Diego. “Eso no es justo. El mundo es injusto, hay que componerlo, hay que cambiar el mundo”, proclamó con notable y sensiblera retórica juvenil. Doña Angela guardó silencio por un instante. Luego razonó, más para sí que para su interlocutor. “¡Ay, Diego, usted va a sufrir mucho, pero mucho!”