La reina y el verdugo

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Conocí a Elda Lanza durante la presentación de uno de sus libros de literatura policial. La señora Lanza había comenzado a escribir thrillers con un poco de timidez,  pero la buena recepción por parte de lo lectores obligó a una segunda edición y a la publicación de varias novelas más. Después del evento, en el que la señora Lanza manifestó un humor muy agudo y una elegancia poco común, fuimos al restaurante de la Universidad. En el camino me enteré que había sido, en juventud, la primera presentadora de programas de televisión en Italia. La segunda característica de la señora me inquietó. Elda Lanza era una experta de etiqueta, de lo que llaman bon ton, y, en general, de buenas maneras. Nada como una presencia así para hacerlo sentir a uno al borde del abismo de la villanía. Sobre todo si uno no se ha educado en un colegio suizo, de esos en donde lo hacen estar a la mesa con un libro bajo los sobacos.

Como era de esperarse, la señora Lanza dio muestras de exquisitez y mundanidad, y usó su humorismo para hacer sentir cómodos a sus anfitriones. Sin embargo, el terror se apoderó de  la mesa cuando la camarera sirvió las patatas fritas que acompañaban a la carne. Todo el mundo se preguntó: “¿cómo se comen elegantemente las patatas fritas?”. Con un cierto descaro, un comensal le dirigió la pregunta a la experta. La señora sonrió y respondió: “Con las manos, como debe ser”, y atacó su porción, seguida alegremente por los demás. “En realidad”, comentó la señora, “la mejor muestra de buena educación es no poner en problemas a los huéspedes. Por ejemplo, no servir nunca patatas fritas, ni espárragos y mucho menos fruta. La fruta hay que servirla ya cortada, así los invitados pueden hacer uso del tenedor”.

 

No sin cierta sorpresa, aprendo que la palabra “etiqueta” proviene del español. Los franceses adoptaron la palabra como étiquette, y los ingleses, a menos que no signifique label o tag, usan el vocablo francés. Sucedió pues que, en el siglo XVII, Luis XIV, el Rey Sol, se casó con la española María Teresa de Austria. En la corte de Madrid habían inventado un método muy eficaz para colocar a los invitados a la mesa. Se ponían etiquetas delante de cada plato y así no había problemas de protocolo. Luis XIV, que amaba lo absoluto, se apropió de ese procedimiento y generó un sistema de reglas para comportarse en las comidas que, por extensión, vino a llamarse “etiqueta”. 

La “etiqueta” resulta muy útil si uno es invitado a cena por la Reina de Inglaterra. No creo correr semejante peligro, pero hay quien ha enfrentado con singular soltura la catastrófica experiencia. Los presidentes de los Estados Unidos, por fuerza, al menos una vez en su mandato han tenido que soportar esa tortura. Dícese de la anciana reina que es muy campechana, pero ello no es un obstáculo para que sus invitados tengan que atenerse a las rígidas reglas del protocolo. Una de ellas es que el brindis con riguroso champagne francés lo celebre solamente la reina, al final de la comida o la cena. La ceremonia es así: terminada la comida, se ejecuta el himno nacional británico. Al final, la reina levanta su copa, y los invitados, en coro, la imitan y exclaman: “¡The Queen!”. El Presidente Obama no lo sabía y apenas oyó el himno, levantó su copa en signo de brindis. Todos los demás lo miraron asombrados, y durante la ejecución, quedóse el presidente con la copa alzada, único en toda la mesa, protagonista de lo que, en ese ambiente, sería un papelón. Todavía mejor la historia de Ronald Reagan. Al final del brindis, la reina despidió a los camareros y anunció que iba a servir ella misma el café. A lo que Reagan exclamó: “¡Para mí, descafeinado, por favor!”. Entonces la reina llamó de regreso a un camarero para satisfacer a su huésped. Contento, Reagan dio una nalgada a la reina, en señal de satisfacción por el buen servicio. Uno puede imaginarse el hielo que descendió sobre la mesa. La reina lo deshizo, diciendo, con un murmullo, “Estoy contenta de haberlo complacido”. Siempre a propósito de reinas, quizá la mejor muestra de buena educación la dio María Antonieta, antes de ser guillotinada. Al subir al patíbulo, tal vez por los nervios de tan delicada situación, pisoteó a uno de los verdugos. Azorada, la reina no perdió la cabeza. “Perdone”, le dijo al enmascarado. “Lo hice sin querer”. 

Volver a los libros

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Había, en América Latina, un programa de televisión en el que una sedicente doctora enfrentaba parejas en conflicto o, en modo más general, familiares en conflicto. Entre juez y psicóloga sin título, la doctora, en lugar de mediar, atizaba y dividía a los contendientes, para la complacencia de un público que recordaba al de las antiguas arenas romanas, en donde los plebeyos saciaban sus instintos de muerte azuzando a los gladiadores. En el programa de televisión, primero hablaba uno de los afectados y acusaba al otro de un desaguisado. La sensación era que estaba contando un hecho comprobado y el espectador tendía a creerle, considerando, por tanto, un infame al acusado. Sin embargo, cuando este último tomaba la palabra, daba una versión completamente opuesta, y descalificaba al primero, pues parecía, también él, contar un hecho objetivo. En resumen, uno se preguntaba dónde estaba la verdad, cuál era la realidad de los hechos.

La lectora Pierre Auguste Renoir, 1876

De la televisión hemos pasado a las llamadas redes sociales. Para entendernos, Facebook, Whats App, Instagram, Twitter y, últimamente, Tik Tok. Desde estas plataformas se difunde un océano de opiniones, la mayor parte de ellas sin fundamento de ningún tipo. Imitando a los periodistas, los amigos escriben que “un importante estudio científico dice”, “un investigador sueco ha afirmado”, “un artículo publicado en la revista Nature afirma”, después de lo cual viene cualquier disparate, desde que los marcianos acaban de aterrizar en el desierto del Mojave hasta que vacunarse contra la gripe es una maniobra de oscuros poderes que quieren dominar el universo. Nunca una fuente autorizada, nunca una referencia comprobable, y cuando uno va a averiguar, la mayor parte de las referencias son falsas. Vivimos en el reino de las interpretaciones sin hechos que las confirmen. 

El fenómeno es mucho más sutil de lo que parece. En realidad, gracias a los algoritmos de perfilación de los usuarios, recibimos los mensajes que las plataformas de las redes sociales han seleccionado para nosotros. Estamos atrapados en una jaula compacta, hecha de amigos que piensan lo mismo que nosotros pensamos y que comparten nuestras ideas. De forma que los mensajes que recibimos no hacen más que confirmar nuestras certezas. Si yo soy de derecha moderada, recibiré mensajes de derecha moderada. Y, si por error, recibo un mensaje de extrema izquierda, mi reacción será registrada por el algoritmo, que corregirá el error y me evitará el disgusto de leer aquello que me contradice o me descoloca. Tengo la impresión de vivir en un mundo en donde la libertad de expresión es lo más amplia posible, pero en realidad, esa libertad de expresión la corrigen sofisticadas fórmulas cibernéticas. La consecuencia es que la gente se divide, profundiza sus divisiones, los opuestos ya no dialogan, sino se confirman en sus certezas y literalmente odian a quien no comparte sus ideas. 

El viejo periodismo certificaba su oficio al verificar una y mil veces sus fuentes. Facebook y compañía han acabado con esa práctica. Basta ver los comentarios a las entradas de cualquier red social. Nadie pide cuál es la fuente de la información. Los comentaristas se dividen entre quienes con entusiasmo están de acuerdo y quienes, al no estar de acuerdo, sepultan con insultos al autor de la entrada. El anonimato y la libertad de expresión amparan a los expertos en todo. 

Propongo un modesto remedio. Leer libros. El antiquísimo arte de la lectura, que nos exige reflexión y diálogo, seriedad y puntualidad, lentitud y comprensión, no da lugar a afirmaciones alocadas ni a diatribas insensatas. En el programa de televisión de la doctora había circo y espectáculo, en Madame Bovary hay pasión y verdad.

La muerte de Domingo Choc

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El domingo 7 de junio de 2020, el señor Domingo Choc dormía en el corredor de una casa en la Aldea Chimay, San Luis Petén (Guatemala). Había reposado allí, en la casa de un pariente, porque lo había sorprendido la noche. Choc no era una persona cualquiera. Era un Aj Q’ij, palabra maya de difícil traducción.  La más fácil sería “sacerdote”, pero la equiparación con una categoría católica es irrespetuosa para ambas culturas. Peor es “chamán”, que sabe a casco de explorador y vestido caqui. Los mayas prefieren traducir al español este término como “guía espiritual”. Una persona que ha dedicado su vida al refinamiento de su sabiduría en el ámbito de la propia cultura y al cual los demás acuden en la necesidad. El Aj Q’ij aconseja, escucha, organiza ceremonias rituales, sabe los secretos de la ancestral conciencia de los mayas. Choc también era ajilonel, que una pobre traducción diría “médico herborista”, o también “científico investigador de los poderes curativos de las plantas”. Conocía profundamente la botánica de su región y colaboraba con varias universidades nacionales y extranjeras.

En la madrugada, Choc fue sorprendido en el sueño por un grupo de cuatro personas, de su misma etnia, pero que habían dejado la religión de los mayas para convertirse a otra. Esas cuatro personas habían absorbido el colonialismo cultural de la religión foránea y lo habían convertido en superstición. Por un movimiento natural que busca siempre culpables cuando se pierde a un ser querido, acusaban a Choc de haber hecho “brujería” al padre que acababan de perder. Lo apresaron, lo golpearon, le rociaron gasolina y lo quemaron vivo. Cuando llegó la policía, no había nada que hacer. 

La crónica judicial hablará de los nombres de los cuatro asesinos, del proceso que se les seguirá, de la sentencia que recibirán según el orden judicial del país. No me interesa hablar de los aspectos específicos de este crimen. Me interesa recordar sus orígenes. Lo que los homicidas llaman “brujería” es parte de la visión del mundo que los habitantes de América poseían antes de la llegada de los europeos. Existían Aj Q’ij y Ajilonel, y recibían el respeto debido, por sus cualidades religiosas, científicas y morales. Los europeos llamaban “filósofos”, “científicos”, “médicos” a sus Aj Q’ij. Cuando llegaron a América, redujeron a “brujería” la misma actividad, si esta era ejercida por los pueblos originarios. 

No era casual y sería reductivo hablar de malas intenciones. La empresa colonial partía de una distinción entre los seres humanos. En el siglo XVI, los europeos decidieron que eran “blancos”, y atribuyeron otros colores a quienes no eran europeos. “Blanco” fue sinónimo de superioridad. Cualquier otro color estaba manchado de inferioridad. Era la necesidad de justificar ideológicamente la esclavitud a la que serían sometidos los seres humanos “de color”. Era la necesidad de justificar ideológicamente la explotación sin misericordia a la que serían sometidos quienes no fueran blancos. Pronto, “blanco” fue una raza, y la categorización fue autorizada por la mejor tradición filosófica occidental. Todo el andamiaje de la modernidad se sostiene en el racismo. Le es consustancial. Naciones enteras fueron construidas sobre el racismo: la idea misma de nación tiene su base allí. De modo que el señor Domingo Choc no murió por la ignorancia, la superstición o la maldad. Murió porque el racismo quiere que los mayas sean “brujos”, y por tanto, dignos de la hoguera, mientras los blancos son médicos, y por tanto, dignos de homenajes y consideración. El señor Domingo Choc no murió por el fanatismo religioso de sus asesinos. Murió de racismo.  

Monumentos

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La mayor parte de los periódicos deplora, con abundancia de adjetivos, que algunos manifestantes, en diferentes lugares del mundo, se hayan dedicado a la singular tarea de derribar estatuas monumentales. No sucedía desde 1989, cuando algunos habitantes de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se divirtieron en abatir monumentos a Stalin, Lenin, Marx, Engels, Ceausescu y otros líderes locales. En Estados Unidos, con las protestas contra el asesinato de George Floyd por parte de la policía norteamericana, se han venido al suelo las estatuas erigidas en memoria de los generales sudistas, de cuyo nombre nadie se quiere acordar. En Inglaterra, han escrito “racista” sobre la estatua de Winston Churchill. Quién sabe por qué. El estadista inglés simplemente dijo, refiriéndose a los habitantes de la India: “un pueblo bestial con una religión bestial” (“a beastly people with a beastly religion”)[1].

„La scultura davanti palazzo Mezzanotte – Foto Ferry V.“

Debo declarar que aborrezco el arte ecuestre de la estatua al héroe. Cada vez que se habla de ello, todos los escritores del mundo recuerdan la historia de la estatua de Morazán en Honduras. En algún momento del siglo XIX, el parlamento del país centroamericano deliberó la instalación de un monumento al luchador por la unión centroamericana. Mandaron una delegación a París, para que un escultor francés esculpiera la figura del héroe. Sin embargo, quién sabe en qué se gastaron los diputados el dinero escultóreo y con lo que les sobró, compraron en el mercado de las pulgas una estatua del Mariscal Ney. Ahora, en el parque Central de Tegucigalpa, los hondureños honran al Mariscal francés creyendo honrar al héroe nacional. Si uno va al Foro Itálico, en Roma, lo sorprenderá un enorme busto ciego de un marmóreo Mussolini, que allí quedó como recuerdo de las infamias pasadas. Más modestamente, si pasa por el pueblo de Jocotenango, cerca de la Antigua Guatemala, podrá notar un monumento al Jocote, fruto agridulce que da nombre al lugar. Encontré, no sin asombro, una réplica del David de Miguel Ángel en un pueblo perdido en las montañas de Guatemala. Y cerca de Chiapas, en México, un quiosco con techo de cúpula de Brunelleschi. Hay, en la capital de Guatemala, una estatua de Simón Bolívar, que empuña valerosamente su espada de Libertador; lástima que, vista de lado, la estatua pareciera empuñar cualquier otra cosa, y los niños que pasean siempre hacen preguntas impertinentes. Los grandes capitalistas de la Bolsa de Milán encargaron a Mauricio Cattelan un monumento a su actividad de especuladores. Cattelan esculpió, en mármol, una mano cerrada con el dedo medio alzado. Los capitalistas de Milán, que respetan el arte, le pagaron y tienen, en la plaza de la Bolsa, su merecido escarnio. 

Los monumentos son, salvo los casos pintorescos, homenajes que el poder rinde a sí mismo. No hay monumento que no sea una celebración de un personaje o de un acontecimiento que confirma, en el poder, a los dueños de la nación y que se ensalza a sí mismo a través de la piedra, que considera eterna. El origen de ese dudoso arte es funerario, desde las pirámides de Egipto hasta las estelas mayas. En Milán, una atracción turística es el Cementerio Monumental, destinado a las familias más poderosas de la ciudad italiana. Obeliscos, estelas, estatuas ecuestres nos recuerdan, por si hiciera falta, quién manda y quién cuenta. Y la metáfora es límpida: están hasta arriba, son de piedra, resisten a los embates de los fenómenos naturales. Son la demostración inobjetable del dominio. Al punto que, quien las toca, se va a la cárcel. Aunque sea el monumento al jocote. 


[1] https://www.independent.co.uk/news/people/winston-churchill-from-accusations-of-anti-semitism-to-the-blunt-refusal-that-led-to-the-deaths-of-9999181.html

El escarabajo sagrado

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Debo, a un artículo lateral de un semanario de cultura, el descubrimiento de los Souvenirs entomologiques, del científico francés Jean-Henri Fabre. Llamar “científico” a Fabre es levemente limitado, porque fue muchas cosas a la vez: botánico, físico, maestro y, last but not least, también poeta. Gozó de la amistad de Charles Darwin, no de la fe en el evolucionismo. Fue reconocido y condecorado en vida, y es considerado el fundador de la entomología moderna. Uno podría imaginar que dedicarse a la minuciosa y terrestre descripción de los insectos puede ser un árido ejercicio. No lo fue para Fabre, quien practicó su talento de poeta en la prosa de sus observaciones. La lectura de los dos primeros capítulos de los Souvenirs, obra que comenzó en 1879 y concluyó en 1909, da cuenta del estilo barroco del autor. Rival de Góngora, escribe:

“Mientras charlábamos sin ton ni son a lo largo de un sendero bordeado de setos de saúco y espino, donde la cetonia dorada ya se había embriagado con aromas amargos en los corimbos floridos, fuimos a ver si el escarabajo sagrado había aparecido en la meseta arenosa de Les Angles o había enrollado su pelotita de estiércol, imagen del mundo para los antiguos egipcios; fuimos a comprobar si las aguas vivas al pie de la colina realmente albergaban, bajo su alfombra de lentejas de agua, a los jóvenes tritones, cuyas branquias parecían ramitas de coral; si el picón, elegante pececillo de los arroyos, se había vestido con la librea nupcial, azul o púrpura; si la golondrina, tan pronto como llegaba, había tocado el césped con su aguda ala, buscando la típulas que ponen sus huevos mientras bailan; si, en el umbral de una madriguera excavada en la arenisca, la lagartija ocelada ofrecía al sol su lomo tachonado de manchas azules; […]  si… pero detengámonos aquí…”

La hipnótica prosa de Fabre nos ilustra, durante varias páginas, la vida de los escarabajos sagrados, no sin antes enumerar sus variedades: el Copris hispanicus, el Copris lunaris, el Bubas bubalus  y el Bubas bison así como el Onthophagus Taurus y el Ontophagus furcatus.  Y, al final, nos desvela la intriga que lo ha llevado a tan largas y morosas descripciones: ¿cuál es la finalidad de la vida del escarabajo sagrado? En breve: dotado de un portentoso olfato, el insecto es capaz de captar el aroma seductor de una plasta de estiércol olvidada en los caminos por un caballo, por un asno, por cualquier otro animal. 

Sus prodigiosas antenas lo orientan hasta encontrar esa mina de oro, y, junto con otros congéneres, se ayuda de sus patas posteriores para hacer, de ese Eldorado, unas perfectas esferas que pueden llegar a tener el tamaño de una naranja. Luego de lo cual se encamina al interior del bosque, arrastrando con una dificultad extraordinaria el tesoro que ha encontrado. A veces, por el camino, encuentra a otro compañero escarabajo, quien se ofrece a ayudarlo. Nuestro héroe acepta, aunque sabe que el ofrecimiento no es caritativo. Al primer descuido, el samaritano le robará la preciosa carga. Habrá que luchar con él, y espantarlo, o doblegarlo en un encuentro de pugilato, para que el vencedor se apropie del botín. 

Llegado a su destino, en el interior del bosque, el escarabajo sagrado cava un orificio en el suelo, introduce la no menos sagrada bola, y se encierra en esa pequeña cueva a darse un banquete que durará varios días. Fabre señala la utilidad ecológica de tal operación: la digestión del escarabajo sagrado es velocísima, y mientras come, emana una suerte de collares depurados que serán fertilidad y abono de los suelos silvestres. Tal la vida del escarabajo sagrado. Cualquier parecido con personas o circunstancias de la vida real, es pura imaginación y malevolencia del lector. 

Los zapatones del padre Gariglio

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El Padre Gariglio era un maestro de excesiva bondad: en su clase volaban las bolas de papel, los avioncitos del mismo material con la cola en llamas, las cáscaras de naranja convertidas en proyectiles por hondas artesanales. Algunos se divertían rellenando la base del pupitre de un compañero y pegándole fuego. El Padre Gariglio no castigaba nunca y trataba de amansar a los salvajes con buenas palabras. Quién sabe si, por eso, nuestra promoción le otorgó el dudoso honor de llevar su nombre como padrino.

Ignorantes, nos burlábamos del padre Gariglio porque, cuando aludía a Descartes, pronunciaba Decart. No sabíamos que, mientras en el mundo hispánico, por afán purista, se decían vocales y consonantes de ese nombre célebre, los italianos, como el padre Gariglio, lo enunciaban a la francesa. El padre Gariglio, por un defecto neurológico, había perdido la sensibilidad del pie derecho. Caminaba como Frankenstein, y del monstruo tenía unos zapatones negros impresionantes. Conducía un Fiat 128 y uno se preguntaba cómo hacía para calcular la presión sobre el pedal del freno y, peor, sobre el acelerador. Mejor no pensar.

Cuando Padre Gariglio, en medio de la barahúnda que era su clase de Psicobiología, pronunciaba en latín el famoso razonamiento cartesiano: Cogito, ergo sum, las carcajadas de la clase lo dejaban sin habla. Probablemente, no conocía las implicaciones del verbo “coger”, en América, aunque sí conocía a los palurdos de sus alumnos. El padre Gariglio explicaba que la expresión de Descartes significaba que el mundo real existía, por supuesto, pero que solo podía existir si yo lo reconocía. Y que de eso uno podía sospechar que el mundo real existía solo en mi subjetividad. 

Más tarde, Nietzsche remató la frase cartesiana con otro famoso dicho: “No existen verdades, solo representaciones”. Por supuesto, los contextos de ambas frases son extremadamente complejos y necesitarían varios volúmenes para ser explicados. Esos volúmenes llegaron a Heidegger quien, además de apoyar a Hitler (que no es pecado venial como muchos pretenden), profundizó aún más en esta arcana investigación de la existencia de lo real. Después vinieron los filósofos franceses de la postmodernidad: Foucault, Baudrillad, Derrida… 

Debemos a tan ilustre elenco de pensadores una serie de calamidades contemporáneas. Los talk show televisivos, en donde tiene razón el que grita más o el que no deja hablar a sus contendientes; las columnas de opinión de los periódicos en donde se explayan desde el ortodoxo defensor de la sacralidad marxista hasta el adorador fanático del anarcocapitalismo, pasando por los moderados que tienen un pie en cada zapato; y, last but not least, los twitters, los post de Facebook, este mismo post, los comentarios a este post y las tremendas bolas de Whats app, incluyendo las prefabricadas para incautos. Total, no existen verdades, dijo el viejo filósofo, solo interpretaciones. El amor por la paradoja quiere que señalemos que la última aseveración tampoco puede ser tomada como una verdad, sino como una interpretación.

Cuatro relatos antiguos

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El Antiguo Testamento nos habla de un justo, Job, a quien Yahvé pone a prueba. Hombre rico y piadoso, Job navega en la prosperidad. Todos sabemos su historia: Jehová permite que el demonio se ensañe con Job. Lo hace enfermar gravemente, pierde sus bienes, pierde a sus amigos, sus hijos mueren y su esposa lo abandona. En plena miseria, destruido por la enfermedad, acosado por la soledad, la virtud de Job no es la paciencia, aunque ella sea proverbial en los dichos populares. La virtud de Job es la prevalencia de la fe  por sobre el apego a los bienes materiales. La enseñanza de su vida es que de nada sirve la bonanza material y física: lo importante es mantener el contacto con lo trascendente. Como en las mejores fábulas, al final de sus pruebas, Job será premiado con una nueva prosperidad. Para todos, es una admonición: lo material es fugaz, efímero, mortal. Solo queda una vida intensamente dedicada a lo único trascendente que tenemos: el espíritu. 

El Nuevo Testamento da un paso más. Cuando un joven rico quiere hacerse prosélito de Jesús (los apóstoles, sabido es, eran unos muertos de hambre), el Cristo le ordena dejar todas sus riquezas y repartirlas entre los pobres. Más que Job, quien es el ejemplo del desapego de los bienes materiales. Más que Job porque debe dividir, compartir, solidarizar. Más que Job porque encarna una de las características cristianas: la existencia del Otro me obliga a considerarlo, y a darle cuanto tengo. Es la famosa caridad, que no consiste en darle a los demás lo que no me sirve, como los que reparten chucherías a los niños pobres, sino consiste en despojarme de lo que tengo para redistribuirlo a los demás. 

Un cuento zen relata que un discípulo va con su maestro y le pide qué debe hacer. El maestro le aconseja despojarse de todos su bienes materiales. El joven va y así lo hace. Cuando ya no le queda nada, regresa a donde está su maestro. “Me he despojado de todo, ya no tengo nada, vengo con las manos vacías”, declara, satisfecho. “Entonces, te queda una cosa más por abandonar”, responde, enigmático, el maestro. “Maestro, si ya no tengo nada, ¿qué más puedo abandonar?”. El maestro le responde: “Eso, precisamente. Conserva siempre esa última pregunta”.

En la sabiduría maya, existen dos gigantes vanidosos y soberbios: Zipacná es una suerte de demonio arrogante que hace pareja con otro presuntuoso, Cabrakán. Para castigarlo por su petulancia, cuatrocientos muchachos le preparan una trampa, pero Zipacná escapa de ella y mata a los muchachos, que se convertirán en una constelación de estrellas. Jun Aj Puh e Ix Balam Ké deciden que no está bien la existencia sobre la tierra de un tal prepotente. Fabrican un falso cangrejo, que es la comida favorita de Zipacná, lo meten al fondo de una montaña e incitan al goloso para que se coma el suculento crustáceo. Cuando Zipacná ha metido el cuerpo en la montaña para cazar al cangrejo, los dos gemelos derrumban el cerro encima de él y lo matan. La enseñanza, también aquí, conspira en contra de la ambición de acumular bienes materiales.

No siempre se ha fijado, como finalidad de la existencia humana, el atesoramiento de bienes materiales. Es una novedad introducida por la economía de consumo. La sabiduría de los pueblos antiguos dice más bien lo contrario. La máxima fundamental del budismo es “no desear”. Ubica el sufrimiento humano en el deseo de cosas materiales. Para no sufrir, basta no desear. Y para no desear, se impone una disciplina interior que privilegie el desarrollo espiritual, la frugalidad, la esencialidad, la sobriedad. La búsqueda no está afuera, sino adentro. Los antiguos griegos lo decían. La cifra de la plenitud de una persona estriba en una frase: “Conócete a ti mismo”. 

Fin de la historia

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Una triste canción de Sergio Mendes resonaba en la nostalgia de Diego Cosenza cuando el ferry que los llevaba de regreso a Florencia atravesaba el trecho entre Portoferraio y Piombino. La canción, melancólica, recitaba: Tristeza não tem fim, felicidade sim. Y la felicidad de los días en la isla de Elba, con la familia de Carlo, Tere y sus hijos, se acababa como la transitoria estela que la nave iba trazando en el mar tranquilo de finales de agosto. Atrás se quedaban los días de playa, cuando los niños prestaban sus máscaras y el snorkel a Diego y Lily, que ni para eso tenían, y los niños adoptaban a la pareja de “américolatinos”, como los llamaba Carlo, y chapoteaban con ellos en el agua, y el día iba pasando con el sol que evaporaba angustias y preocupaciones. Todo parecía lejano, otro mundo, otra realidad. A veces, por las tardes, Diego y Lily caminaban hacia una higuera poblada de frutos, y entre los higos que se comían y los que depositaban en una cesta era la de nunca acabar. La higuera parecía infinita, maternal, bíblica. De regreso, Carlo les enseñaba a comer higo con nueces, o con salami.

Al regresar a Florencia, Carlo y Tere abrían de nuevo su trattoria, mientras los amigos de Roma contactaban a Diego para irse a la Fiesta de la Unidad. Estos amigos eran parte de una red europea de comités de solidaridad con el pueblo de Guatemala, porque la guerra seguía en el país, y no se daban abasto para denunciar los crímenes de la dictadura. A principios de septiembre, se reunían en algún lugar de Italia, en donde se celebraba la Fiesta Nacional de la Unidad. En varios kilómetros cuadrados se reunían los mejores restaurantes de carne y pescado, regionales e internacionales, y allí peregrinaban no solo los aficionados a la política, sino quien quisiera comer bien y comprarse buenos libros, pues tan heterogéneas eran las librerías como los restaurantes. El olor permanente era el de carne asada, que flotaba en el ambiente junto con las notas de los Inti Illimani y “el pueblo, unido, jamás será vencido”.

El stand del “Comité de solidaridad con el pueblo de Guatemala” estaba en un área marginal de la Fiesta, pero eso no era obstáculo para que fuera visitado por muchos curiosos. Había que explicarles todo, dónde estaba Guatemala, que había una guerra, que mataban y desaparecían a los opositores políticos. De vez en cuando, pasaba un viejito de buena memoria, y exclamaba: “¡Guatemala! ¡Árbenz, 1954, la invasión norteamericana!” Los más jóvenes miraban con curiosidad el mapa y ubicaban el pequeño país al sur de México. En el estand se vendían libros editados en Italia, algunos firmados por Asturias o Cardoza, otros con seudónimo por una gran intelectual que había vivido en Italia muchos años, había sido miembro del grupo del “Manifesto” y luego de una experiencia amorosa terminada en añicos, se había retirado a México. También se vendía café de Guatemala, con mayor éxito que los libros, y a Lily se le ocurrió una idea genial. Como todavía era la época en que se usaba escribir cartas, puso a la venta sellos del país. La gente se peleaba por esos sellos. Mientras tanto, Pietro Magazzini, el más locuaz y simpático militante del Comité de solidaridad, les encajaba un discurso sobre la situación del país, con el resultado que, siendo tan carismático, la gente se agolpaba delante de él, como si fuera Cicerón en el senado romano. Por muchos años, Diego estuvo en el stand de Guatemala, y la única vez que faltó fue de buena suerte, pues ese año llegó un infiltrado del Ejército para hacer una lista de los miembros del comité. Por suerte, Diego había ido a México, y no figuró en la lista del espía.

A mitad de septiembre, Diego regresó a Bolonia, a reanudar su trabajo como lector de las profesoras boloñesas. El sol de la Isla de Elba le había hecho bien, pues por primera vez en su vida había tomado sol, y estaba bronceado, con una lámina dorada sobre la piel. Otra profesora que se apareció por el Instituto, lo vio, admiró su piel tostada y le dijo: “Sei bellissimo!”. Nunca se iba a acostumbrar al desenfado de las mujeres europeas. No supo qué responder. En cambio, su amiga colombiana le preguntó: “¿Ya hiciste la cita con el profesor Bresciani?”. “No. Me da vergüenza”, respondió, sacando el típico carácter de los guatemaltecos. La otra se enfureció. “¿Eres estúpido o qué?” Hacía un segundo se había declarado “dichosa” de verlo. Los colombianos y sus expresiones. Para ofrecer un café, le preguntaban a uno si “le provoca un café”.  La chica siguió: “Mira que me estás haciendo quedar muy mal con mi profesor. Hoy mismo llamas a Bresciani”. Y se quedó allí, vigilando que Diego marcara el número del eminente profesor de Milán.

Respondió la señora del profesor. “Beppe, ti chiama un tale Diego”, y no escondía que tal nombre le evocaba la figura del Zorro. Bresciani ya sabía de qué se trataba. Le dio cita para la semana siguiente, y la semana siguiente Diego se puso el mejor traje que tenía, que era un mediocre traje para la elegancia italiana, tomó el tren y se tardó cuatro horas en llegar a Milán. Luego, entre metro y autobuses, logró dar con la dirección, que la mayoría de profesores de Humanidades de Italia se sabían de memoria, porque era allí donde mandaban súplicas, ruegos, peticiones, lamentos. De acuerdo con su educación guatemalteca, pasó a una panadería para comprar unos pastelitos surtidos y se presentó en casa de Bresciani.

Por poco se desmaya cuando la señora Bresciani le ofreció un café para acompañar los pastelitos. El modo como lo trataba la profesora Duchesi lo había acostumbrado al mal trato. Y mientras bebían el café con algún pastelito, comenzó una conversación de sobrentendidos.

-¿Así que trabaja usted en Bolonia? -le dijo Bresciani.

-Sí, profesor.

-¿Y con quién, se puede saber?

-Con dos profesoras, Duchesi y Sandini.

Bresciani se sonrió. Asintió con la cabeza, como diciendo, comprendo en qué hoyo está metido.

-¿Y está contento de trabajar con ellas? ¿Lo tratan bien?

Diego comprendió que Bresciani tenía toda la información necesaria. Pero, según había sido educado, primero se habría dejado torturar que cometer la grosería de hablar mal de ambas señoras.

-Sí, profesor, me tratan bien -dijo, con una cierta amargura.

-Entonces, se lo voy a decir de otra manera. ¿No estaría usted mejor a algunos kilómetros de distancia de sus profesoras?

-Sí, profesor. Sospecho que estaría mejor.

-Entonces, nos hemos entendido. No le diga nada a nadie, pero dentro de un mes lo llamo a Milán para que trabaje conmigo.

No había pasado un mes cuando llegó, a casa de Diego, una carta de la Universidad de Milán. Le informaban que le proponían un contrato como lector de Español y que se presentara inmediatamente. Diego fue a Milán, firmó el contrato, y, de regreso, se detuvo en Bolonia. Desde el despacho de la Facultad, llamó a la profesora Duchesi. “Te tengo que hablar”. La respuesta era fácil de adivinar: “No tengo tiempo”. Diego le advirtió: “Es urgente, tienes que venir”. Curiosa, la profesora Duchesi llegó al despacho.

-¿Qué es la cosa tan urgente que me tienes que decir?

Diego pronunció despacio las palabras que todo dependiente ofendido sueña con decir algún día:

-Me voy. Renuncio. Voy a Milán, a trabajar con el profesor Bresciani.

La escena que montó la profesora Duchesi fue de comedia a la italiana. Le dijo de todo, pero Diego no escuchaba, porque ya estaba cerrando la puerta, la carta de renuncia sobre la mesa, y un futuro en Milán que sería su futuro, no un lecho de rosas, pero tampoco la corona de espinas que se acaba de quitar de la cabeza.

Vacaciones italianas

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Pasados el Mundial y sus festejos, la señora Nipoti y su hija Laura se fueron de vacaciones a la playa, probablemente a Viareggio, porque seguían las costumbres populares. Diego y su esposa se habían resignado a pasar el verano en Florencia, sumergidos en la olla de vapor caliente de la ciudad, por notoria falta de fondos para cumplir con el deber sagrado de todos los italianos: irse al mar o a la montaña a pasar el mes de agosto.

Isla de Elba, Portoferraio

Y en esas estaban, cuando aparecieron Carlo y Tere, los amigos de la universidad, que habían abandonado los estudios para abrir un restaurante típico toscano. La cosa había sido así: cuando Diego regresó a Italia, después de pocos días revisó su vieja agenda florentina, y encontró el número de esos amigos. Lo marcó y, al otro lado, respondió la madre de Carlo. Diego no tuvo mejor idea que preguntar:

En dos años, Carlo y Tere habían cambiado de vida. Abandonaron la Universidad y, siguiendo la tradición familiar de Carlo, cuya madre y abuela cocinaban maravillosamente, abrieron un restaurante de comida toscana. Su éxito consistió en no pensar en un desplumadero de turistas, con los ripiosos platos italianos que los extranjeros se imaginan obligatorios: pasta, pizza y algún helado. Carlo impuso que en su restaurante no se iba a servir ningún tipo de pasta, pues esa no era la tradición regional. En Toscana, en cambio, se acostumbraban las sopas, de muchos modos y maneras. Así, los clientes se quedaban asombrados de su menestra de pimientos, de farro, de arveja, y tantas otras más. De la antiquísima tradición tenía el cuello de pollo relleno, la cresta de gallo, los pichones estufados. Carlo había heredado de las ancianas de su familia una sazón infalible para sus platos. Y pronto, el restaurante creció en fama, al punto que con dificultad se daba abasto para satisfacer a la clientela. Mientras tanto, habían tenido tiempo de concebir una hija, una rubiecita de ojos celestes cuya vivacidad estaba cubierta por un pequeño abrigo de gente mayor, que en esa época era llamada, por el material con se fabricaba, el “loden”. Cuando Diego la vio, le pareció una muñequita disfrazada de abuela.

Carlo tuvo que ampliar el restaurante, y de la tradición toscana sacó otra idea nueva. La parte frontal del restaurante, llamada “el restaurante de los ricos”, era una sala elegante y refinada, con esmerados cubiertos y manteles de tejido; la parte de atrás, llamada “la trattoria de los pobres”, servía exactamente los mismos platos, pero a menor precio, con vasos en lugar de copas y manteles de papel en lugar de tela. Ambos se llenaban a tope todas las noches, y pronto el restaurante de Carlo y Tere fue un punto de referencia para la ciudad. La primera vez que Diego visitó el lugar, fue a la parte de los ricos. Como los que entraban allí lo eran de verdad, y vestían con pieles y trajes de marca, al ver a Diego comer solo en una mesa, ligeramente abochornado (lo dijo Neruda, “solo hay una cosa peor que no comer: comer solo”), murmuraron, en voz lo suficientemente baja como para que Diego escuchara: “Debe ser un pariente pobre”. No regresó.

De allí en adelante, cuando llegó Lily, se vieron con frecuencia. Pero no en el restaurante, sino en casa. Carlo y Tere habían tenido otros dos hijos, ambos varones, y para el nacimiento de ambos Diego y Lily habían estado presentes, casi como familiares, en el hospital. De ese modo, cuando Carlo decidió seguir con la costumbre familiar de pasar el verano en la isla de Elba, invitó a Diego y Lily. Con la inconsciencia que da la joven edad, aceptaron. Aceptaron también que todos los gastos de esas vacaciones fueran sostenidos por Carlo, cuyo éxito en el restaurante lo volvía pródigo y gamonal, pues su carácter no conocía la avaricia.

Salían de Florencia en la madrugada, en un automóvil atiborrado de chunches, y con frecuencia, Diego ayudaba a conducir. Para no ser como todos, se iban por los caminos secundarios, y evitaban el fastidio monótono de la autopista. Su camino sería, en el recuerdo de Diego, un onírico recorrido por la suntuosa belleza del paisaje toscano. De Florencia salían por la llamada Via Cassia, un camino construido por los romanos, y, a un cierto punto, desviaban y se metían por San Gimignano, una antigua ciudad medieval famosa por sus altas torres de piedra, construidas por los ricos señores de la época, uno en rivalidad con el otro. Con infantil soberbia, más alta la torre, más poderoso el constructor. Superado San Gimignano, se llegaba a Volterra, borgo severo, una joya entre el tesoro de pequeñas ciudades que constelaban el camino entre Florencia y Siena. Y al salir de Volterra, se tomaba una estrecha carretera que serpenteaba sobre el altiplano, a cada curva un espectáculo de belleza que dejaba sin aliento. Luego se iba bajando, curva y curva, hasta llegar al nivel del mar, y, dejando atrás Cécina (había una ciudad que se llamaba California, en el camino), se entroncaba con otro antiguo camino romano: la vía Aurelia, que llevaba al puerto de Piombino, donde se embarcaban en un ferry que los transportaba hasta la isla de Elba.

El ferry tardaba unas tres horas en atravesar el escaso trecho de mar que separaba la isla de la tierra firme. Desembarcaban en Portoferraio, capital de la isla, y se iban rumbo a una pequeña finca, propiedad de una señora de altos rumbos, que les alquilaba la casa de los arrendatarios. Allí se instalaba toda la familia, y en la familia estaban comprendidos Diego y Lily. Tanto, que puesto que era casa de vacaciones, nadie tenía habitación propia. En la principal dormían Carlo, Tere y su hijo menor, en la otra Diego, Lily y los otros dos hijos de la pareja. Diego no tenía un centavo para contribuir a los gastos. Es más, durante todo el invierno, Carlo le prestaba, cada mes, el exacto importe del sueldo, y, cuando seis meses después la Universidad le pagaba, Diego corría a honrar su deuda. Y Carlo lo volvía a financiar. De modo que, en las vacaciones, no se hablaba de dinero, sino de política, y vino, y comida. El paladar de Carlo y Tere era refinadísimo, y muchas veces había largas discusiones sobre ingredientes y sabores que debían tener las viandas. Pasar las vacaciones con esos amigos enseñó a Diego y su esposa a distinguir sabores, olores, tiempos de degustación. Había veces que Carlo rechazaba un vino, arguyendo que sabía a corcho. Al cabo de unas vacaciones, Diego y Lily aprendieron qué era ese extraño sabor oxidado que puede adquirir un vino.

La rutina consistía en levantarse ligeramente tarde, desayunar pan tostado con mantequilla y mermelada, y, luego, armar el automóvil para ir a explorar algunas de las muchas playas de la isla. Una primera excursión se dedicaba al mercado más cercano para comprar pescado fresco y otros alimentos, que servirían para la cena. A mediodía, solo un panino con jamón, y quizá una cerveza. Carlo despreciaba la superstición de que no había que meterse al agua después de comer. Apenas terminado su panino, se tiraba al agua, y el eructo se podía apreciar a varios metros de distancia. “¡He digerido!”, gritaba Carlo, desde el agua, mientras reía a carcajadas. También estaban prohibidos los protectores solares, cosa de burgueses. De modo que los primeros días eran de quemadas formidables, hasta que la piel se tostaba, entre ardores y bronceados naturales. Por la noche, cena en casa, con abundancia del vino que la misma patrona de la finca producía, y no barato, con discusiones que llegaban hasta la madrugada. Tuvo que pasar mucho tiempo para que Diego se diera cuenta que esa época fue una de las más llenas de vida, de salud y despreocupación de toda su vida.

La rana y el escorpión

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Alguien me recordó, hace algunos días, la fábula de la rana y el escorpión, que podríamos atribuir a Esopo. Una rana está por atravesar un río. En eso, aparece un escorpión que quiere pasar a la otra orilla y pide a la rana que lo lleve a cuestas, pues él no sabe nadar. La rana le responde que no, porque teme que la vaya a picar. El escorpión rebate que sería una tontería, porque si él la picara, ambos se hundirían y se ahogarían. Con tal razonamiento, la rana acepta y, cuando van a mitad del río, el escorpión la pica. “¿Por qué lo has hecho?”, le pregunta la rana, “Ahora nos vamos a morir los dos”. El escorpión responde: “Porque soy un escorpión y hago mi oficio de escorpión”.

Paisaje con pavos reales” de Paul Gauguin, 1892

Los poderosos, los economistas, los industriales, los grandes propietarios que piden que se regrese inmediatamente al trabajo porque, si no, la economía se hunde, recuerdan al escorpión. Todo el resto, todos nosotros, somos las ranas. Hasta ahora, nos han dominado con la ideología de la modernidad: la vida de los seres humanos depende del progreso, social e individual. Según tal ideología, el progreso de la sociedad equivale al progreso económico: una economía exitosa se mide con los grandes números. El producto interno bruto de cada país tiene que crecer, es el progreso. No importa cómo ese progreso se reparta en el interior de la sociedad, lo que importa es que crezca. Hay países con una economía pujante y, al mismo tiempo, con la mitad de sus niños desnutridos. No importa: según las reglas del Fondo Monetario Internacional, ese país está bien. El progreso individual, por su parte,  se mide con el éxito económico de cada persona: si alguien acumula bienes materiales, ha tenido éxito en la vida. Si no, es un marginado, un perdedor, un frustrado. La consecuencia se revierte sobre millones de personas que trabajan como desesperados, llenos de stress y ansia, de feroz espíritu competitivo, con tal de poseer los bienes de consumo que le propinan los mismos que los explotan. La ideología moderna del progreso ha producido desigualdad, exclusión, injusticia, y, sustancialmente, tribulación.

En realidad, ese modelo ya estaba en crisis desde hace muchos años. Necesitaba de una catástrofe planetaria para derrumbarse definitivamente. Pudo haber ocurrido muchas veces antes: si, en 1962, los soviéticos no se hubieran asustado con el bloqueo militar a Cuba; si Chernobyl no hubiese sido apagado y se hubiera convertido en una bomba atómica contra Europa; si algún líder desconsiderado hubiese usado masivamente armas prohibidas en las numerosas guerras que se han combatido últimamente. No ocurrió. Ocurrió, en cambio, la pavorosa pandemia del coronavirus, que se ha extendido por todo el planeta y ha obligado a muchos seres humanos a recluirse en sus casas. Y, en esa reclusión, darse cuenta que la vida que estaban llevando hasta ese momento era una vida falsa, una insensata carrera que terminaba con una muerte también insensata.

De esta experiencia que todos estamos viviendo o nace una nueva sociedad, o al cabo de un par de años estamos en las mismas. Solo que una segunda oportunidad no hay. O aprovechamos esta lección, ahora mismo, o nos preparamos a una gradual extinción de la especie humana. Tanto, el globo terrestre seguirá girando, una mínima partícula en un universo inmenso, ignorante de la desaparición de una especie más en un planeta que es un grano de polvo en la galaxia.

Imagino, o quizás espero, que algunos hechos se hayan consumado o se estén consumando. Uno de ellos es la lenta y segura decadencia del imperio norteamericano. Como Nerón incendió a Roma y Calígula nombró cónsul a su caballo, los Estados Unidos gozan de un Presidente indigno de la gran cultura de sus intelectuales y artistas. Empeñados en verse el ombligo y recitar todos los días que son una gran nación, pierden terreno e iniciativa en todas partes del mundo. Y su lugar está siendo ocupado por otra empresa imperialista, la China. Otro hecho patente es el fin de la dictadura de la ideología economicista. La letanía de que el Estado debe desaparecer y que la buena salud de las sociedades estaba en la libertad de los mercados se extinguió bajo las imploraciones de auxilio que piden la urgente intervención estatal para combatir la pandemia. Lo único que hizo el mercado fue demostrar su perversión, alzando el precio de las mascarillas. Otro mito que, paradójicamente, se tambalea, es el mito de la ciencia como sucedáneo de una divinidad infalible. Al lado del heroísmo de muchos médicos y enfermeros que expusieron y sacrificaron su vida por ayudar a los enfermos, estaba la falta de una terapia conocida, la lentitud en la elaboración de una vacuna, las contradicciones entre virólogos y científicos.  También la decantada globalización demostró sus fallos, primero como responsable de la difusión del virus; segundo, con el cierre de las fronteras de todos los países. Pero el mito más importante que se vino al suelo con la pandemia fue el mito de que el ser humano solo puede progresar y alcanzar la felicidad si domina y doblega a la naturaleza. No es verdad. La progresiva destrucción del ambiente ha llevado a toda la humanidad a la misma situación de los obreros de una fábrica de acero en el sur de Italia. La fábrica se llama “Ilva” y, además de ser el primer productor de acero de Italia, es la principal fuente de cáncer para los habitantes de Taranto. Ellos tienen que escoger entre tener trabajo o tener cáncer. La mayoría escogen tener trabajo y morir seguramente de manera atroz. La producción del aceite de palma es otro ejemplo. Produce inmensas riquezas para los propietarios de la fincas, pero destruye la tierra donde se siembra y esclaviza a los campesinos. ¿Es esto el progreso? ¿Vale la pena vivir así?

Por eso, el día después del fin de la pandemia no podemos  regresar a los errores de antes. El primer paso es el planteamiento de políticas de convivencia con la naturaleza y el ambiente. La palabra clave es “respeto”. No contradice ningún credo, ninguna religión y ninguna ideología el respeto por los árboles, por los ríos, por los animales. La sociedad humana ya no se puede dar el lujo de vivir contra la naturaleza, porque entonces se estará condenando estúpidamente a la propia extinción. Por supuesto, es de todos sabido que cada quien tiene derecho a que se le garantice alimentación, techo, educación y salud. En lugar de políticas de competitividad y acumulación, políticas de bienestar para todos. El ser humano no es competitivo por naturaleza. Lo es por educación. Y, aquí, la palabra clave es “solidaridad”. La conciencia de que la vida humana no puede evitar el dolor ni el sufrimiento: solo puede paliarlo con la ayuda de quien esté a su lado. ¿Y si los políticos, en lugar de construir carreteras infinitas que van clavándose como un cuchillo de asfalto en medio de grandes reservas naturales, en lugar de erigir faraónicos rascacielos con jardines colgantes solo para privilegiados, en lugar de seguir erigiendo fábricas de armas para que los pobres se maten entre sí, si en lugar de todo eso, invirtieran en crear espacios urbanos o pequeños pueblos en el campo en donde la gente pudiera vivir de energía sostenible? ¿Con-vivir con la naturaleza en modo natural, sin lujos, sin excesos, pero con la garantía de una vida digna para todos?

Se trataría de una revolución cultural, que son las verdaderas revoluciones. El llamado Renacimiento fue, sobre todo, un profundo cambio cultural: el antropocentrismo. Arrastró consigo revoluciones en todos los campos, pero el principal fue en el terreno de la cultura. Además de una nueva relación con el ambiente, el otro cambio indispensable es el final del patriarcado. Hasta ahora, hemos vivido en un mundo gobernado por los varones y por la mentalidad viril. No ha sido la gran cosa. Ese modelo también se ha agotado. Está llegando la hora de las mujeres. Nótese, por ejemplo, como se impone el estilo maternal del Angela Merkel. Alguno objetará que es una dura mujer. ¿Y por qué no? La mujer dulce y etérea es una invención de los hombres. Solo una poderosa entrada de las mujeres en la organización de las sociedades puede cambiar decididamente la mentalidad de todos. Ese es el próximo, irrefrenable cambio cultural.

Imaginemos un mundo sin grandes potencias imperialistas; imaginemos un mundo en donde el ambiente es respetado y amado; imaginemos un mundo en donde, a la dictadura de la economía, se sustituye el consuelo de la cultura; imaginemos un mundo en donde ciencia y técnica están al servicio del hombre y no al revés; imaginemos un mundo sin consumismo, sin competitividad, sin falsas esperanzas de efímeras felicidades. Imaginemos un mundo de solidaridad, en donde, lo expresó mejor Vallejo: “¡Se amarán todos los hombres /y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos tristes / y beberán en nombre de vuestras gargantas infaustas!” Respeto, solidaridad, femineidad: tres palabras claves para un nuevo humanismo.