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LA BALADA DE JANE ELLIOTT (Serie en 4 episodios)

PRIMER EPISODIO: El crimen

El jueves 4 de abril de 1968 la primavera tardaba en llegar a Memphis, Tenessee. Quizá por eso, el reverendo Martin Luther King salió abrigado de su habitación en el motel Lorraine y encendió un cigarrillo en el corredor, que daba sobre la calle. Acababa de decirle al músico Ben Branch, para la función de más tarde: “Hazme el favor de tocar Take my Hand, Precious Lord, y te ruego, tócala bien”. Del otro lado de la calle, desde el cuarto de una pensión barata, James Earl Ray vio la figura del reverendo King en el centro de la mirilla telescópica de su fusil Remington 360. Ajustó bien el arma, verificó que la cabeza del reverendo estuviera centrada y disparó un solo proyectil calibre 30-06. La poderosa bala destrozó la mandíbula de King, le cortó la yugular y se alojó en la médula espinal. Eran las seis de la tarde con un minuto. A las siete y cinco, en el hospital, el doctor Martin Luther King expiró. Tenía 39 años, pero su corazón parecía el de un hombre de 60, dijo el médico que le practicó la autopsia. Tanto había padecido en sus luchas pacíficas por emancipar a los afroamericanos de los Estados Unidos.

Había llegado a Memphis para sostener a los trabajadores de color en el ramo sanitario. Las leyes del estado los sometían a un trato discriminatorio. Los blancos gozaban de un estatus superior. Por ejemplo, si había tormentas o temporales, los blancos se quedaban en casa. Los afroamericanos salían a trabajar. Cuando Martin Luther King habló a los trabajadores, no podía saber que ese sería su último discurso, y que ese discurso sería memorable. Su avión había salido con retraso de Houston, porque hubo una amenaza de bomba. Y a esa amenaza se refirió King en una alocución conocida como “Yo he estado en lo alto de la montaña”:

Y entonces yo fui a Memphis. Y alguien comenzó a hablar de las amenazas, de las amenazas que venían de fuera. ¿Qué me puede pasar a causa de nuestros enfermos hermanos blancos? Bueno, yo no sé qué puede pasar ahora. Tenemos días difíciles por delante. Pero no importa lo que me pase a mi. ¡Porque yo he estado en lo alto de la montaña! Y no me importa. Como cualquiera, yo querría vivir una larga vida. La longevidad tiene su razón de ser. Pero no estoy preocupado por eso, ahora. Solo quiero que se cumpla la voluntad de Dios. Y Él me ha llevado a lo alto de la montaña. Y yo miré delante de mí.  ¡Y yo he visto la tierra prometida! Yo no estaba allí con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche que nosotros, como pueblo, ¡llegaremos a la tierra prometida! Y yo soy muy feliz, esta noche. No tengo miedo de nada. No temo a ningún hombre. ¡Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!

La noticia del asesinato de King se regó por todo el país. En todas partes, como sucede cíclicamente en los Estados Unidos, estallaron tumultos, manifestaciones, protestas, saqueos e incendios. A mil kilómetros de distancia, en el nevado y provincial pueblecito de Riceville, en Iowa, la maestra Jane Elliott se enteró de lo ocurrido. Enseñaba en el tercer grado de la escuela primaria a no muchos alumnos. Como era propio del lugar, en el exacto centro de los Estados Unidos, todos los niños eran blancos, anglosajones y protestantes. Elliot se preguntó cómo hacer, al día siguiente, para explicarle a esos niños en qué consistía la discriminación racial. Pensó que no serían suficientes las palabras. “Más palabras, no”, pensó. Estaba viendo en la televisión una torrentada de discursos inútiles. Los comentaristas blancos decían: “Nosotros, cuando un líder muere, esperamos palabras de consuelo de su viuda. ¿Qué van a hacer ellos ahora que ha muerto su líder?”. Elliott se indignó por el racismo implícito en esas palabras. “No”, se repitió. “Más palabras, no”. En ese tercer grado, habían dedicado todo el mes de febrero a la figura de Martin Luther King. Ya todo estaba dicho. Entonces se le ocurrió una idea revolucionaria, que iba a servir de ejemplo para muchas generaciones futuras. Y la aplicó al día siguiente. 

(Continuará)…

Cuba

El gran sabio dominicano Pedro Henríquez Ureña atribuye a Cristóbal Colón (y sucesores) el mito de América como realización del Paraíso Terrenal. En efecto, a veces la necesidad aguza el ingenio, y Colón no podía regresar de su azaroso viaje proclamando el fracaso de su hipótesis de que, navegando hacia Occidente, un viajero tenía, por fuerza, que toparse con las Indias occidentales. Ahora cualquiera puede burlarse del magnifico Almirante (“que descubriste una nueva ruta”) pues llamó Indias a lo que sería, después, América. En su época, Colón fue creído, y fue creído también cuando afirmó que las islas encontradas estaban pobladas por gente mansa, pacífica, en crudo estado natural, y que su ingenuidad era tal que restituían oro en cambio de espejitos. Para subrayar la ida de Paraíso, Colón declaró que los habitantes de las islas iban desnudos como su madre los parió. Nada era verdad, pero Europa entera se tragó la leyenda de América como Paraíso, confirmada años más tarde por el mismo Colón que juró haber hallado en Venezuela el sitio exacto en donde Adán y Eva habían habitado, pecado, y procreado (ignoro si el orden es exacto). El mito tuvo un arraigo tan profundo y tan intenso, que todavía a finales del ‘800 los europeos pobres se embarcaban hacia América, con la esperanza de encontrar allí el paraíso prometido. Muchos lo encontraron. 

Una de las grandes metas, sobre todo de los españoles, fue la isla de Cuba, en donde volverse rico parecía cosa de nada. Hacerse de un terreno, llenarlo de esclavos y rascarse la panza podía ser un ideal de vida regalada. Quizá el mayor esfuerzo era azotar a algún africano díscolo. Pocas colonias españolas tuvieron una relación tan privilegiada con la península y todavía ahora hay cubanos que tienen parientes en toda España, principalmente en Asturias. Hay que ver las ostentosas mansiones de los “indianos” en el verde paisaje de esa privilegiada región. Quizá la desgracia de Cuba fue esa: una isla favorecida, una meta paradisíaca, un lugar donde todo era posible. O, como dice Nicolás Guillén con la certera imagen que solo un gran poeta puede elaborar: “siempre hubo quien la encontró”. Fidel Castro nunca negó sus orígenes gallegos, y por muchos años circuló el chiste de que “solo un gallego podía imaginar una revolución en una isla tropical”.

Cuba ha tenido, siempre, un lugar especial en el corazón de España y en la cultura hispánica. Durante la colonia y después, los lazos con la península nunca se han interrumpido. Difícil hacer la lista de los grandes intelectuales y artistas cubanos, porque muchos y muy buenos. Uno podría evocar al fascinante José Martí, cuya prosa enseña a Darío la senda del modernismo. O al barroco Lezama Lima, Góngora en el trópico, cultísimo, hedonista, esteta máximo. La refinada escritura de Carpentier, los entrañables versos de Nicolás Guillén, el grupo Orígenes. Los malabarismos lingüísticos de Guillermo Cabrera Infante. Y así…

Hubo un momento, en la cultura de América, en donde había tres faros que iluminaban y atraían. Eran México, Buenos Aires y La Habana. Todo artista de un cierto nivel pasaba por esas capitales. Por decir: en los años treinta, se reunían en la capital de Argentina, en coloquios de altísimo nivel, Borges, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Bioy Casares y otros que discutían de literatura inglesa en inglés, de literatura francesa en francés, de literatura griega en griego… En México, las editoriales publicaban las últimas novedades del mundo, en español, y esa gran función educativa la fomentó la Revolución Mexicana con el Fondo de Cultura Económica, que formó generaciones de latinoamericanos.  En Buenos Aires, Alejandro Losada publicaba a Kafka, Joyce, Vigrinia Woolf y también a todos los autores españoles en el exilio, que la dictadura de Franco había censurado en patria. Y a Miguel Ángel Asturias y a José María Arguedas. Después de la Revolución de 1959, la casa de las Américas, en Cuba, se convirtió en un punto de referencia para todos los intelectuales latinoamericanos, a través de su prestigioso premio anual y a través de la Revista, que sigue siendo una publicación de todo respeto. 

En los últimos días, importantes publicaciones internacionales se ocupan de las protestas de parte de la población cubana contra las restricciones que deben sufrir sus habitantes. Se ocupan de ella con el mismo interés momentáneo y efímero con que, periódicamente, se acuerdan de Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Con la misma superficialidad y con la misma parcialidad. Cuando un país latinoamericano está gobernado por una férrea derecha y tiene a la población en condiciones de miseria, no hay periódico que lo recuerde, porque consideran que esa debe ser la situación normal. Les permite clasificarlo bajo la despreciable acepción de “república de las bananas”. Basta que alguno se desvíe de ese lugar común para que se activen las redes sociales, los servicios de televisión, los corresponsales (desde Nueva York) de periódicos altisonantes propiedad de grandes multinacionales, y comiencen los epítetos de rigor: antes era comunista; ahora, populista. ¿Cuándo los periodistas norteamericanos y europeos conocerán de veras a América Latina? 

Solo queda desear, para Cuba, una mejor suerte en el futuro. Que podría comenzar con el levantamiento del embargo económico. Lo dicho: Cuba es un gran país con una gran cultura. No merece la superficialidad con que los medios de comunicación la tratan. 

El Monstruo de Florencia

La deplorable historia del Monstruo de Florencia se hilvana de 1968 a 1984. Se habla del primer serial killer italiano y su misterio permanece todavía vivo. La dinámica de sus delitos era simple, cruenta y horrenda. El Monstruo, o la entidad que los periodistas bautizaron como “el Monstruo de Florencia”, se especializó en atacar a jóvenes parejas que hacían el amor en sus automóviles, en lugares lejanos de las ciudades, generalmente bosques, plazuelas, descampados. No había, en Italia, por esa época, los famigerados moteles latinoamericanos, cuya función nunca fue albergar cansados viajeros o entusiastas turistas, sino servir de anónimo y modesto refugio para amantes desesperados que no paraban mientes en la calidad de mueble alguno, excepto, naturalmente, el lecho ajado y de sábanas limpiamente grises. Los italianos, entonces, estimaban en sumo grado la novedad de los automóviles de respaldo reclinable, buscaban aquella apartada orilla que don Juan Tenorio alaba cada primero de noviembre, y consumaban el ritual amoroso en modo silvestre y ecológico. El primer asesinato de la serie ocurrió en 1968, y la policía lo catalogó como delito pasional y, según el manual del perfecto policía, capturó al marido no ignaro de las varias y promiscuas infidelidades de su esposa.  Aquel pobre marido fue inculpado por un delito que no había cometido. Le dio tiempo de cumplir su condena y salir a leer en los periódicos que había un monstruo que atacaba a las parejas en los alrededores de Florencia.

He dejado de escuchar un podcast dedicado a los delitos del Monstruo de Florencia porque me pareció excesivamente largo, excesivamente detallado y excesivamente morboso. De todos modos, el par de capítulos que escuché me llevaron a pensar en tres cuestiones que me sorprendieron, de alguna manera. La primera es que durante todo ese período yo viví en Florencia y la historia del Monstruo ni siquiera era tema de conversación; la segunda, la existencia de amplias zonas de la población que vive en una degradación moral e intelectual en desacuerdo con el grado de desarrollo de un país del primer mundo; la tercera, que Florencia y los florentinos no merecen ser salpicados por el amarillismo de los que quieren lucrar con una historia enferma y que ha dado lugar a una avalancha de libros, películas de serie B, reflexiones de serie C. 

Viví en Florencia, con un par de años de interrupción, entre 1975 y 1980. Puedo asegurar que, entre mis amigos florentinos (y entre los numerosos y excelentes latinoamericanos) nunca hubo la menor preocupación por el Monstruo de Florencia. Alguno podría objetar que quizá mis amigos pertenecían a un círculo que hacía de la castidad un punto de virtud. No tendría la osadía de desmentirlo. Lo único que puedo observar es que el problema se daba entre aquellos que tenían hijos adolescentes. La cuestión fue resuelta con la elasticidad de pensamiento que caracteriza a los italianos. ¿No se puede ir a los campos a consumar los efluvios eróticos? Muy bien: el día señalado, los padres se iban al cine, comían después una pizza y daban las llaves de la casa a los hijos, que convenientemente invitaban a su pareja y las cuatro horas a disposición eran suficientes, se supone, para la aristotélica unión de las dos mitades del ser humano. Así que lo afirmado en el podcast, esto es, que en Florencia había un clima de terror, según mi experiencia es completamente falso.

Más me llamó la atención la descripción de algunos ambientes sórdidos y miserables que había en los campos de la Toscana, una de las regiones más ricas y desarrolladas del país (además de ser una de las más bellas). Resulta estremecedor el paisaje de degradación moral, de miseria cultural, de primitivismo tribal que reinaba en algunas comunidades de campesinos, como si la modernidad hubiera llegado a ellos solo en las formas más exteriores: automóviles, televisor, teléfonos, agua potable, luz eléctrica. El comportamiento de la comunidad de emigrados sardos que da lugar al delito de 1968, sorprende por lo elemental de las relaciones entre la gente. Los trabajos que realizan son los más humildes posibles, con escasos salarios y condiciones de vida muy pobres. Lo sexual se impone como centro de la vida, las pulsiones elementales sofocan el razonamiento y el delito resulta la desembocadura natural de ese tipo de vida.

¿Cómo es posible que, en el corazón del Primer Mundo, ese Occidente decantado como “el mejor de los mundos posibles”, ocurran semejantes situaciones? Podría proponer como respuesta que el sistema capitalista avanzado no ha logrado resolver un problema que nace con el mismo capitalismo y que se agudiza en la medida que ese sistema evoluciona y se perfecciona. El capitalismo parecería generar una gran riqueza solamente para quien ya es rico y, en cambio, pareciera excavar una fosa entre esos ricos y la gente que se va quedando a la zaga, en un círculo vicioso por el cual los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más numerosos y más pobres. No por nada, los cantores del sistema elogian su amplia libertad. Ya lo dijo Lucien Goldmann en un tratado clásico: el capitalismo genera toda la libertad posible y, al mismo tiempo, toda la desigualdad posible. Y por más vueltas que se le den, no hay solución. Es la otra cara de la moneda del socialismo (sigo siempre a Goldmann): toda la igualdad posible, toda la falta de libertad posible. Por eso es indispensable pensar en una salida diferente ante la ociosa contraposición capitalismo/socialismo.

La tercera cuestión se refiere al clima humano que experimenté en Florencia. Nada que ver con el terror que el podcast proclama imperante en la Toscana de la época. Hallé una virtud que pocos pueblos pueden exhibir: la hospitalidad y la magnanimidad. No puedo contar, porque habría que escribir un libro, todas las anécdotas sobre la generosa alma de los toscanos. De la madre de una compañera de universidad, quien, al saber que estábamos solos en Florencia, nos invitaba casi todos los domingos a comidas que comenzaban a la una de la tarde y terminaban a las seis, al punto que a la mitad del banquete había que hacer una pausa para no morir de abundancia; y la señora que decía: “¡Están solos, no tienen compañía, coman, coman!” con esa mentalidad maternal que hace equivaler alimento material a alimento del alma. Y cuánta razón tenía. Y aquellos que se inscribieron a un curso de español, en una asociación cultural, y que de alumnos pasaron a ser amigos, y cada clase semanal terminaba con una espléndida cena, y con los cuales quedamos de amigos para toda la vida. Y de la familia florentina que nos adoptó como hijos, no obstante fueran más jóvenes que nosotros, y nos confió a sus hijos, que hoy son jóvenes que nos consideran familiares suyos, y nos llenaban de cariño y festejos cada vez que llegábamos a su casa, nos pagaban las vacaciones, nos incluyeron en su círculo de amigos, y seguimos siendo uña y carne para toda la vida, que ya es mucha y también, que ya es poca… 

Se comprende que haya dejado de escuchar ese podcast sensacionalista.

La Acabadora y La Arminuta

Menos mal que existen narradoras que devuelven su amplio aliento a la literatura italiana, y salen de la comodidad de las historias más vendidas para hablarnos de una Italia que no existe en las tarjetas postales, que no existe en el imaginario de la televisión, que no existe ni siquiera en el sofisticado cine de esa nación. Como aquel que acaba de leer un libro y siente la urgencia de comunicar a un amigo su hallazgo, me gustaría referir tres lecturas que reconcilian con la literatura, con el placer de abandonarse a las páginas de un texto, con la sensación de haber añadido experiencia a la experiencia, como si no se hubiera vivido ya lo suficiente.

Son narraciones parecidas y muy diferentes, por lo que cuentan y por el lugar en donde se desarrollan. La primera es La acabadora, de Michela Murgia. Las otras dos son La Arminuta  y Borgo Sud, de Donatella de Pietrantonio. 

Michela Murgia nació en la isla de Cerdeña, que está y no está en Italia. Cerdeña es un mundo agreste, arduo, áspero. Su gente parece labrada con cinceles para madera dura y resistente, su acento italiano es correoso, donde las consonantes parecieran prevalecer sobre las vocales, su concepto de la vida se asocia a la dignidad, a la lucha, a la dificultad. Nada que ver con los melodramas operáticos con los que los estereotipos han arruinado a los habitantes de la península. Murgia, en La acabadora, no se aleja de sus orígenes y de su isla, de sus tradiciones y de sus raíces. Uno podría liquidar la trama de esa novela como la de una novela de formación, pero es algo más. Algo de misterioso y de no dicho corre bajo la superficie de esa espléndida narración, y ese algo nos recuerda, quién sabe por qué, el mundo subterráneo de Juan Rulfo, con su lenguaje seco y al mismo tiempo rico, con una historia apasionante y bien relatada. En Cerdeña, una “acabadora” es una mujer del pueblo que ayuda a la gente a bien morir. Obvio, el origen hispánico de la palabra. 

Uno de los aciertos de Murgia es hacer ver el relato con los ojos de una niña, acogida en casa de la “acabadora” y que no sabe el oficio de su benefactora. El otro acierto es utilizar un registro narrativo realista, sin artificios ni pintoresquismos, que resulta en una lectura emocionante, en el descubrimiento de un mundo campesino y arcaico que uno difícilmente imaginaría en la ostentosa Italia de los medios de comunicación. Un recuerdo de que existen, en el centro de Europa, realidades todavía por explorar y por relatar, si uno tiene la mano segura del narrador nato.

La Arminuta concentra, como la novela de Murgia, un secreto en su título. Para quien sabe el italiano, “arminuta” no significa nada. Solo leyendo la novela de Donatella de Pietrantonio uno descubre ese arcano. En el dialecto de la región de los Abruzos, significa “la restituida”, “la regresada”, “la devuelta”. Cuenta la historia de una niña que, según antigua costumbre, ha sido dada en adopción a una familia acomodada, porque sus padres tienen demasiados hijos y no la pueden mantener. Con esa crueldad que solo los adultos pueden ejercer contra los niños, a un cierto punto los padres adoptivos la devuelven a la familia de origen. Que es como devolverla a la miseria, a las privaciones, a la ignorancia, a la dureza de la vida. También esta novela es dura, fuerte, inesperada. Y al mismo tiempo es dulce, resignada, empática. Quizá lo mejor de la novela es la relación que se establece entre la recién llegada y una hermana menor, díscola, insolente, malhablada y necesitada de amor. 

Borgo Sud es la continuación de aquella novela. Encontramos a las dos protagonistas en la edad adulta, una con carrera universitaria en Francia y la otra (la pequeña rebelde) confinada a su destino de pobreza en el barrio llamado “Borgo Sud”, barrio de pescadores y marginales, en donde han seguido su vida todos los otros protagonistas de la primera novela. La ardua vida de la sobrevivencia en la periferia de una ciudad grande hace recordar algunas novelas de Pasolini, deudoras, a su vez, del neorrealismo italiano. No obstante el tiempo, no obstante la modernidad, no obstante el primer mundo, la vida no ha cambiado para los habitantes de Borgo Sud. Como en La acabadora, de Murgia, modos ancestrales se mezclan a las baratijas de la revolución informática, y, en el fondo, queda, muy subrayado y muy vivido, el dolor de la vida, perenne, real, inextinguible. 

El pudor del consumo

Dice el sumo poeta Dante Alighieri que no hay cosa peor que acordarse de los tiempos felices en la desgracia. Hay algo peor, y eso peor es ostentar la riqueza, el bienestar y la felicidad delante de los que están pasando penas, hambre y carestía. Debo a Robert Shiller, en algunas páginas de su libro sobre Narrativas económicas, una interesante reflexión sobre este tema. Según Shiller, un estilo de vida modesto y frugal encuentra sus raíces en la Antigüedad. En Grecia y Roma, en China y Japón, existen narraciones muy antiguas que exaltan, incluso dentro de las normas religiosas, una conducta humilde y espartana. (En épocas mas recientes se ha puesto de moda el conspicuous consumption, el “consumo vistoso”, según el cual para obtener éxito en la vida hay que exhibir la riqueza como signo del poder material obtenido). En alguna parte he leído que el futbolista Cristiano Ronaldo posee 6 automóviles de superlujo, que no sabemos cuándo tendrá el tiempo de conducir. Quizá una para cada día de la semana, menos el domingo, cuando juega. Otro colega suyo, el jugador Brozovic, fue a despedazar una Maseratti contra un árbol, luego de una noche de juerga en Milán. Se habrá comprado una nueva al día siguiente.

En los Estados Unidos, la modestia en la exhibición de la propia riqueza se impuso durante los años 30 del s. XX, a causa de la Gran Depresión. Shiller llama a ese fenómeno “la nueva modestia”, nacida de la sensibilidad por la gente que sufría, sin ninguna culpa, a causa de haber perdido el trabajo. Miles de familias se encontraron, de la noche a la mañana, sin un techo, porque la desocupación los había dejado sin el dinero para pagar la hipoteca. Miles de personas tuvieron que salir a la calle a pedir limosna. Mientras otras, más ingeniosas, se inventaron la llamada “economía de la manzana”. Ponían una mesita en la acera y se ponían a vender manzanas, seguros que los otros, por compasión, algo les comprarían, en una manera indirecta de caridad. Los que todavía conservaban el empleo procuraban no derrochar lo que tenían. Dejaban para después la compra de un automóvil nuevo, o, en general de objetos considerados no estrictamente indispensables. (A propósito de mendigos, Shiller anota que lo mismo ocurrió en Alemania, pocos años antes de que Hitler ascendiera al poder. Sin ironía, Shiller anota que “después de su elección, en 1933, Hitler enfrentó el problema internando a los mendigos y a los homeless alemanes en campos de concentración”). 

Los periódicos recibían una cantidad considerable de cartas de lectores que contaban historias desgarradoras de cómo habían precipitado en la pobreza después de vivir una existencia acomodada. Los lectores de esas cartas se quedaban impresionados y procuraban no demostrar, ante los demás, consumos excesivos, actitud considerada como una grosería delante de los que estaban sufriendo la carestía. Esa preocupación por los demás unía a una gran masa de ciudadanos con los líderes de la nación y con los economistas que buscaban una salida. En otras palabras, se estaba creando un espíritu nacional de solidaridad. La Gran Depresión se convirtió, en los Estados Unidos de Norteamérica, en un período de reflexión sobre las cosas importantes de la vida, mas allá de las riquezas puramente materiales. Se creó, además, una especie de pudor, por el que la ostentación de la riqueza equivalía a la vulgaridad.

Ese pudor se extendió a Hollywood, en donde los actores salían en la pantalla sin joyas y vestidos sobriamente, para no herir la susceptibilidad de los espectadores caídos en la pobreza. Una anécdota muy interesante se refiere a los pantalones vaqueros. En 1934, la Levi Strauss Company creó los primeros blue jeans para mujeres, que llamó Lady Levi’s. En 1936, Levi Strauss colocó, en la parte posterior del bolsillo trasero de sus jeans el primer logo puesto sobre un traje de vestir. También por primera vez, la revista Vogue publicó, en su portada, la foto de una modelo que vestía blue jeans. Nació allí la moda de usar pantalones vaqueros, para demostrar una cierta humildad en el vestido. Es más (la historia se repite, cíclica) algunas mujeres dañaron y descosieron sus jeans, a propósito, para seguir la moda de la pobreza. 

Según Schiller, pocas veces en la historia de los Estados Unidos hubo una oleada nacional de solidaridad, altruismo y compasión, como en esa época. Durante las grandes tragedias, la gente tiende a ayudarse entre sí, y el que tiene más procura, con discreción, ayudar al que tiene menos. Sucede durante los huracanes, los terremotos, los grandes incendios. Y sucede también en épocas de epidemia, de guerra, de crisis económica. Hay una profunda moral interior que impide la ostentación durante la carestía. Excepto en algunos casos, excepto en algunos países, excepto en algunos lugares en donde quien tiene más sale todo los días en automóviles de lujo y va a centros comerciales en donde se puede encontrar una boutique del lujo que vende solo coches que van de los doscientos mil dólares para arriba. Anestesiados por la abundancia, su corazón se ha inmunizado contra la compasión y el altruismo. 

Nuestros nombres

Llevamos nuestro nombre a cuestas con la ligera irresponsabilidad con que respiramos, con la naturalidad que vemos lo que está a nuestro alrededor, con la inconsciencia que sentimos el gusto de las comidas. Nuestro nombre nos parece tan espontáneo como la salida del sol por las mañanas o las constelaciones en una noche clara. Como el mar encrespado cuando hay viento, como la copiosa lluvia en los meses de la primavera. Y, sin embargo, de todos nuestros negocios, el menos ingenuo es el nombre que nos dieron. Podemos ser responsables de los errores que cometemos. Nos podemos atribuir las virtudes que creemos poseer. Alguien puede concedernos un premio por nuestro talento, o un ascenso por nuestro buen trabajo. O podemos ser multados por dejar nuestro automóvil en lugar prohibido. De todo eso, nos asumimos la responsabilidad. De lo que no podemos responder es del nombre que nuestra madre y nuestro padre decidieron ponernos. 

La Divina Commedia di Dante de Domenico di Michelino  (1417–1491)

Había un periodista, en los años de la guerra en Guatemala, cuyo apellido era bastante común en el país: Colón. Padre y madre de este periodista no tuvieron piedad y le pusieron, de nombre, Cristóbal. Para exuberancia de desgracias, el muchacho cubría la crónica roja (que en otros países se llama crónica negra). En medio de las refriegas urbanas entre el ejército y la guerrilla, allí estaba el joven reportero describiendo la noticia. La cosa se ponía dramática cuando los militares le pedían que se identificara. “Y usted, ¿cómo se llama?”, lo increpaban con sonoro vozarrón bélico. Tembloroso, porque ya sabía lo que iba a suceder, el jovencito respondía, mostrando su carnet: “¡Cristóbal Colón!” (a gritos, porque de fondo sonaban la metralla y los bombazos). Los militares se enfurecían: “¡Ah, no, hijo de su madre, usted no me va a tomar el pelo de esa forma!”. Y bueno, era un martirio convencer a los uniformados de que ese era su verdadero nombre. 

El insospechable Carlos Gustavo Jung convirtió el psicoanálisis de Freud en una suerte de misterio esotérico y simbólico. Como bien dijo Borges, los inventores del psicoanálisis nos devolvieron los mitos griegos que el racionalismo nos había robado. Jung sostenía que el nombre dado por los padres a los hijos es una especie de mandato, o, en el mejor de los casos, un auspicio, una sugerencia. Por eso, dice, bautizan a sus párvulos con nombres sacados del santoral cristiano. Y al que llaman Francisco es para invocar en él las virtudes del santo de Asís; y Antonio lo será por el de Padua; Jesús, por el jefe de todos; Jaime, por el vencedor de dragones y de moros; Benito, porque es bendito; Mario, para la protección de la Virgen, y así. Un nombre bastante difundido en la América del Sur es Washington, y supongo que se debe al deseo de que el así bautizado tenga el espíritu combativo y de independencia del prócer norteamericano. Gran prestigio gozan los nombres bíblicos, sobre todo de profetas: llamarse Esaú, Ezequiel, Isaías, Jeremías o Salomón es una invitación a la sabiduría y a la adivinación. Llamarse María es un programa de virtud y de maternidad protectora, al punto de acompañar al hijo hasta cuando lo crucifiquen. De María provienen cantidad de nombres hispánicos: Dolores, Soledad, Remedios, Auxilio y Socorro, que no imponen, a las así nominadas, dolores, soledades, remedios, auxilios y socorros, sino que están antecedidos por “María de…”, porque quien se llame Concepción no es porque esté destinada a tal cosa, sino porque invoca a María de la Concepción Inmaculada. 

El complicado psicoanalista francés Jacques Lacan predicaba que cualquiera que le otorga el nombre a un niño ejerce la función del padre. Aunque sea mujer, en ese momento es el padre. Algo así como los gansos de Konrad Lorenz, que, habiendo visto como primera cosa en su vida de gansos al famoso etólogo, lo confundieron con su mamá gansa y lo seguían por todos lados sin reconocer que ese alto, flaco y canoso alemán no podía ser el animal que ellos creían. Para Lacan, el nombre del padre, esto es, el nombre que nos dan nuestros padres, implica un mandato inconsciente. No necesariamente directo: no porque llamo a mi hijo Sansón, este va a crecer forzudo y hercúleo. Probablemente, el mandato es luchar contra las injusticias. Sé, de seguro, que había un señor llamado Aquiles Pinto Flores. ¿Sería una casualidad que se convirtió en uno de los más prestigiosos críticos de pintura del país? También sé de un amigo llamado Napoléon Armando Guerra, pero, por suerte, no emprendió batalla alguna en su vida. Y sé del poeta Eloy Amado Herrera. En este caso, estaba prohibido llamarlo por el diminutivo de su nombre propio, pues todo el mundo se ruborizaba. Me parece obvio que quien bautizó a su hija Madeinusa quiso otorgarle el prestigio imperial de los Estados Unidos. Y lo mismo los innumerables Usnavi que pueblan el Caribe. A propósito, en los pueblos caribeños se usa mezclar el nombre del padre y de la madre para crear el del hijo. De modo que al descendiente de María y Miguel se le llamará “Marguel”. Ingenioso modo de subrayar y reconocer el mestizaje. 

¿Somos lo que nuestros nombres ordenan? Lo sabremos al final de nuestras vidas. Lo único de lo que podemos estar seguros es que no hemos ordenado nuestros nombres. Seremos, como dijo el poeta modernista, “arquitectos de nuestro propio destino”, pero de nuestro nombre, no.