Campeones del mundo

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Diego conocía la condición infernal de los veranos en Florencia. La ciudad estaba en una oquedad rodeada de colinas y, más allá de las colinas, la cordillera de los Apeninos con algunas modestas montañas. El señor Nipoti sabía los nombres de todas, y cuando, a los lejos, divisaba el monte Morello coronado de nubes, decía uno de sus tantos dichos campesinos: “Quando il monte Morello si mette il capello, bisogna tirar fuori l’ombrello” (Cuando el monte Morello se pone el sombrero, hay que sacar el paraguas). Los dichos del señor Nipoti se revelaban puntuales: las nubes sobre esa discreta montaña traían una lluvia inevitable. Siempre sobre la lluvia, el señor Nipoti decía: “Nubi a pecorelle, pioggia a catinelle”. Se refería a cuando las nubes se disponen como un rebaño de ovejas, preludio de aguaceros seguros. Tenía tantos dichos certeros. O certezas antiguas, como la de que en los meses con la “r”, no había que exponerse al sol. O como aquella otra, de que había que quitarse los abrigos solo después de Semana Santa. En efecto, después de esa semana, comenzaban los calores del verano, y no había riesgo de resfriado.

La cuenca de Florencia encerraba al calor, y no había corrientes de viento en todos los meses estivales, por lo que, junto con la humedad sudorosa de la ciudad, cuando la canícula apretaba de veras, un manto de ahogo irrespirable sofocaba a todo el mundo. Tampoco había aire acondicionado, porque esas eran cosas de ciudades sofisticadas y cosmopolitas, como Milán. Florencia conservaba las antiguas costumbres y nadie pensaba en esa rareza norteamericana de poner aire acondicionado en las casas. De ese modo, había noches en las que era imposible dormir. Sentados a la cabecera de la cama, la sábana a un lado, solo con el pijama empapado encima, Diego y su esposa sudaban sin moverse. Se levantaban al baño, se duchaban, pero apenas el agua dejaba de caer, comenzaban de nuevo a sudar. Se secaban, y regresaban otra vez a la habitación, a seguir sudando. Por eso, los que podían, se iban a las montañas, porque 500 metros de diferencia con la ciudad eran ya una gran ventaja. Otros se iban al mar. Pero Diego no tenía esos recursos y la villa de Vía San Leonardo fue una bendición, porque estaba ligeramente en alto, y porque poseía unos jardines espléndidos, que refrescaban el ambiente. Una noche, salieron como siempre a sentarse al umbral del apartamento, para robarle a la oscuridad un poco de tenue aliento, cuando vieron el milagro: miles de luciérnagas poblaban el jardín, y parecían pequeñas luminarias flotantes entre las plantas y las flores. Como las luces de navidad, las luciérnagas titilaban e iluminaban, como en un cuento de hadas, el pequeño espacio. Diego y Lily corrieron hacia ese mar de luz, y, como en un cuento de García Márquez, se hundieron en sus aguas rutilantes.

En eso, comenzó el Mundial de fútbol, que ese año se jugaba en España. Diego comenzó a seguir los partidos con gran distracción. Como no había equipos centroamericanos, o los eliminaban en los primeros partidos (El Salvador perdió 10 a 1), no seguía la primera fase. Además, el equipo de Italia iba de mal en peor. Jugaba desastrosamente, empatando o perdiendo los partidos. Con el potente equipo del Camerún, empataron 1-1. Italia pasó a la fase sucesiva gracias a la mejor diferencia de puntos con los otros equipos. Y, al pasar de turno, los italianos resucitaron y con ellos resucitó el entusiasmo de la gente.

En Vía San Leonardo, el señor Nipoti hizo bajar un peligroso cordón eléctrico hasta la enramada del jardín, en donde, sobre una mesita, puso un enorme televisor, siempre blanco y negro. Todas las noches, a la hora del partido, los señores Nipoti, su hija Laura, más Diego, su esposa y la esposa del cónsul holandés bajaban comida, cervezas y vino, y en la tibieza del verano conversaban y hacían como que veían los partidos. Inesperadamente, el equipo italiano se puso a jugar bien. El héroe de todos era Pablito Rossi, endeble y flaco, pero veloz y ágil. Lograba adelantarse por un segundo a los defensores adversarios, y les metía goles cuando menos se los esperaban. Italia venció a los dos grandes gigantes latinoamericanos, Argentina y Brasil. Al genial Maradona, el defensor italiano Gentile, cuyo apellido era la ilustración exacta del oxímoron, le hizo 22 entradas asesinas durante el partido. Solo la talentosa habilidad del argentino evitó que le partiera las piernas. Y el mismo Gentile no dudó en aplicarle las mismas palizas al delantero brasileño Zico. El equipo italiano jugaba con el estilo de siempre: el catenaccio. Consiste, dicho en modo simple, en amontonar a todos los jugadores como una muralla delante de la propia portería, y dejar a un par de delanteros, veloces como conejos, listos para el contragolpe. Y en esa red iban cayendo todos. Los malabaristas argentinos o brasileños, por más que estuvieran todo el partido delante de la portería italiana, no lograban pasar. Y de repente, cuando sentían, ya Pablito Rossi les había marcado gol. Así, poco a poco, partido tras partido, se llegó a la final. Sería Alemania Occidental (todavía había dos Alemanias) contra Italia.

A ese punto, la señora del cónsul holandés intercedió ante el odioso que había visto todos los partidos en su apartamento, delante del televisor a colores, mientras los habitantes de la villa se los gozaban en blanco y negro pero con vino, prosciutto, pasta y otras gracias hasta que, mucho tiempo después de que el partido se acababa, seguían contando chistes y bebiendo el rojo Chianti producido en esa casa. Y el odioso accedió. Para la final, Alemania-Italia, iba a bajar el televisor a colores al jardín. E iba a conceder el honor de bajar él mismo a ver el partido. Obviamente, el infame iba por Alemania, mientras toda la casa le hacía porras a Italia. De todas las sandeces dichas por el holandés, Diego recordaba una que lo había exasperado: “Estos países latinos siempre necesitan un dictador. Son demasiado indisciplinados”. Era necesario que Italia ganara, para darle en la cara al obtuso diplomático.

E Italia ganó. Cuando el árbitro pitó el final del partido, todos (menos el amargado holandés) comenzaron a gritar y a saltar, a abrazarse de júbilo, como si se hubieran sacado la lotería y decidieron unirse a las caravanas de automóviles que pasaban hacia el Piazzale Michelangelo mientras tocaban desaforadamente el clacson y gritaban eslóganes y cantaban canciones tradicionales. El señor Nipoti sacó el tractor, y sobre el tractor, iba su hija Laura, una estatua de la libertad envuelta en la bandera italiana. Como en el tractor no cabía nadie más, Nipoti le prestó a Diego una bicicleta de carreras y una bandera italiana, y Diego iba por la carretera, al lado del tractor, arriesgando a cada rato que lo aplastaran las enormes ruedas, y lastimándose el trasero con el agudo sillín de su precario vehículo. Los demás iban a pie y claro, nadie le ganaba a ese grupo de locos con tractor, mientras gritaban “¡Campeones del mundo! ¡Campeones del mundo!” y todos los aplaudían al pasar.

Si hubo algún momento feliz en la vida de Diego, esa celebración estrepitosa, camino de la plazuela en donde campeaba una reproducción del David de Miguel Angel, esa pérdida de la solemnidad y de la compostura, ese ridículo buscado y propiciado sin que le importara la opinión de la gente, ese momento, ese preciso momento, fue un momento feliz.

El verano indolente

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Así como en primavera levedad, ligereza, energía, así en verano compresión, bruma, densidad. Poco a poco, las obligaciones de trabajo fueron amainando, llegaron los exámenes en los que los estudiantes de medicina dieron cuenta de su poca inclinación para los idiomas, pero igual pasaron el curso. Suspenderlos hubiera significado que huyeran hacia francés o alemán, y la competencia estaba dura. Uno de tales días sucedió algo inexplicable para el carácter pacífico y quitado de ruidos de Diego. Estaba cargando con ambas manos un paquete de libros que acababan de llevar al Instituto. ¿Qué libros eran? ¿Por qué los estaba cargando? Diego se cruzó con la profesora de alemán, la mejor amiga de su jefa. La señora lo miró con desprecio, pues enseñar alemán la hacía sentir alemana, raza aria misteriosamente oculta en un cuerpecillo de ratón disecado. La teutona le dijo: “Menos mal que estás haciendo algo. Porque ustedes ganan demasiado”… Era una provocación, porque los lectores eran los peor pagados de la Universidad. Todos los meses de regaños, gritos y humillaciones se le vinieron encima a Diego. No tuvo tiempo de pensar. Cuando sintió, ya lo había hecho. Estrelló el paquete de libros contra el suelo, con tal estrépito, fragor y estruendo que retumbó a lo largo del corredor. La profesora se asustó, salió despavorida y fue a refugiarse a la oficina del Director, gritando que temía por su vida. Diego recogió el paquete, entró al despacho y lo puso en algún lugar. Un rato después, llegó el Director. Diego temió el despido. El Director extendió la mano, se la estrechó y le dijo: “Lo felicito. Era hora”.

Después de los exámenes, comenzaron las vacaciones de verano. La profesora Duchesi se fue a Madrid y Diego a Vía San Leonardo, en donde poseía la magnífica ventaja de no poseer teléfono. De vez en cuando, aparecían por allí Estuardo, el salvadoreño, y su esposa. A veces aparecía solo la esposa, con los dos hijos y unas grandes gafas oscuras, tipo diva del cine. Pero no lo hacía por coqueta, sino para tapar los moretes que le dejaban las palizas del marido. A pesar de que Estuardo era de ultraizquierda, en cuanto costumbres masculinas se le podría considerar un buen representante de la tradición centroamericana. Su periódico favorito era la Gaceta del Deporte, y no se perdía partido en la televisión. En el mercado lo conocían como violento, y ejercitaba su frustración de niño rico desheredado pegándole a su mujer y a sus hijos. Diego pensaba que era una forma un poco rara de ser de izquierda, pero, bueno, peores cosas había visto entre los muchachos.

Un día, se apareció por su casa Ramiro, el amigo de Bolonia. “Mirá”, le dijo sin entrar, “en el bar de la esquina te está esperando una persona que conocés bien”. Intrigado, Diego caminó con el amigo hacia el Bar Aurora, el único que había en kilómetros a la redonda. En el bar, también con gafas oscuras, pero no por palizas sino por ese aire conspirativo que tanto gustaba a los militantes de las organizaciones revolucionarias, estaba una mujer delgada y guapa. Tardó un segundo en reconocerla, tanto era el tiempo que no se veían. “¡Carmela!”, exclamó Diego, y la amiga le dio un abrazo caluroso. “Mira donde te vengo a encontrar”, dijo ella, recuperando una actitud seductora que Diego le conocía desde los tiempos de Guatemala.

Carmela había sido su compañera de trabajo en una de las facultades en las que Diego había trabajado. En esa época, Carmela era una de las mujeres más guapas de la Universidad. Naturalmente, lo sabía y no era avarienta de coqueterías lo que ponía a sus pies a cuanto cristiano se le atravesaba. Carmela no solo era guapa: pertenecía a una de las familias más encumbradas del país. Insólitamente, había desarrollado conciencia social y era secuaz de la izquierda más extremada. Tenía un cuerpo envidiable y por donde se movía la seguían miradas felinas. Tenía un novio, también de alta cuna, y ese novio la hacía sufrir. Cuando se encontraron en el Bar Aurora, Diego no recordaba por qué motivo Carmela sufría tanto. Y además no importaba, porque de pronto, ella y el novio desaparecieron. Con el tiempo, Diego supo que se habían ido a combatir a la montaña. Después, ella se había largado a Francia y el novio la había dejado por otra. El enredo del novio había comenzado en Guatemala, donde Carmela llegaba a visitar a Diego a su despacho. Apenas se sentaba frente a él, comenzaba a llorar. A Diego le fastidiaba su eterno papel de paño de lágrimas.

Y ahora la tenía enfrente, con una gran sonrisa. “¿Qué te hiciste?”, preguntó Diego lo que no tenía que preguntar. “Me fui por ahí”, fue la respuesta inevitable. “¿Y Bobby?”. Ella soltó la carcajada. “Hace años que nos dejamos. ¡Qué bruta que fui, verdad!”, exclamó, esperando ser desmentida. Diego no lo hizo. Ramiro no sabía de qué hablaban. “Ahora estoy en París”, dijo ella. “Esperando el triunfo de la revolución para regresar a la patria”. Diego no quiso discutir. Las noticias que tenía no hablaban de ningún triunfo, sino de todo lo contrario. “Mientras tanto, trabajo en la solidaridad internacional”.  “Me lo imagino. Tú no eres de los que se rinden”. “Para nada, mijo”.

La visita de Carmela trajo otras visitas. Una de ellas fue muy chistosa. Eran dos Emilitantes que vivían en Bruselas, y que viajaban juntos dando conferencias y testimonios. La peculiaridad era que se traba de un cura y de una guapa joven. El cura había tenido que salir corriendo de su parroquia después de que unos miembros de los Escuadrones de la Muerte entraron al barrio pobre en donde trabajaba, lo hicieron hincarse en el suelo y simularon una ejecución. “Mañana regresamos, y si no te has largado del país, te quebramos de veras”, lo amenazaron. La chica, en cambio, era estudiante en Bélgica, y se había sumado a la lucha desde allí.

Habían llegado a Florencia a dar unas conferencias y comieron y durmieron en casa de Diego. Con toda inocencia, Diego les dio su habitación y una cama adicional. Cuando, por la noche, se despidieron y apagaron la luz, Diego se dio cuenta de la imprudencia. ¿Y ahora? ¿Qué hacer luego de haber puesto al cura en semejante tentación? El mismo reverendo le hizo escuchar la solución. Como todo se oía, escuchó al cura preguntar a la muchacha: “Oye, ¿sabes la parábola del hijo pródigo?” “Más o menos”, contestó, socarrona, la chica. Y entonces el cura comenzó a contarle a todos una larga versión de la parábola, y eso los hizo conciliar el sueño y ponerse la conciencia en paz.

El motorino

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Con la entrada de la primavera, los días se hicieron más largos, y levantarse a las seis de la mañana era menos pesado que en pleno invierno, cuando todo estaba obscuro y uno tenía la impresión de que todavía era de madrugada. Los abrigos parecían pesados abrazos, había como un ansia de liberarse de ese estorbo, y la chaqueta de lana hacía sudar a Diego durante las clases, una lágrima caliente le bajaba cosquilleante por el espinazo, y había que pensar cómo vestirse ahora que no tenía qué ponerse y, cosa peor, cómo disimular la gordura acumulada en la estación fría. Fue entonces que el señor Nipoti le sugirió comprarse una moto ligera, que los italianos llamaban “motorino”, una especie de bicicleta robusta con motor. En la Vía Romana había un mecánico que los vendía usados, y vista la edad de Diego, que a sus 33 años ya estaba viejo para esos vehículos de adolescentes, el vendedor le sugirió uno para ancianos, más pesado y mas estable que los usados por los jovencitos. Los “motorini” no ofrecían ninguna complicación mecánica: se encendían con un botón y carecían de velocidades. De esa forma, Diego se encontró manejando por las estrechas calles de Florencia sin ninguna experiencia y sin saber las reglas del tráfico. Ni siquiera se necesitaba permiso de conducir.

Puesto que la condición principal para guiar el motorino era la inconsciencia y la ignorancia, pronto Lily, que en su infancia usaba la bicicleta, también se aventuraba por los laberintos de la ciudad, con mayor desenvoltura que Diego, quien se quedaba muy preocupado cada vez que veía salir a su esposa zumbando a toda velocidad por la Vía San Leonardo. Andar en motorino era muy divertido, sobre todo porque uno no tenía ni idea del peligro. Veía solo el frente, iba zigzagueando entre los automóviles embotellados en el tráfico, no sabía si atrás venía un camión, un autobús, o un tanque, y uno se sentía poderoso y libre, sobre todo en las carreteras de la campiña toscana, cuando podía ir a toda velocidad, es decir, a 60 kilómetros por hora, que era lo máximo que daba el aparato.

Por fin se acabaron las clases, pero no se acabó la desenvoltura con que la profesora Duchesi trataba a Diego. Le dijo: “Mira, tenemos la obligación de estar un día a la semana, por si hay estudiantes que quieren explicaciones. Nunca viene nadie. Así que vamos a poner la misma hora para atenderlos, así yo me quedo en casa y tú estás en mi lugar”. Diego pensó que él podía no llegar, tanto la señora no iba a estar. No contaba con su astucia. A la hora en que ambos tenían que atender en el Departamento, la profesora Duchesi lo llamaba para controlar que estuviera allí, papando moscas, porque efectivamente no llegaban estudiantes a consultar nada. Era un día perdido, si no fuera porque leía en el tren y leía en el despacho, y aprovechaba para estudiar o para ponerse al día con las novedades literarias.

Los amigos le habían mandado un libro que estaba teniendo un gran éxito. Se llamaba Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, y era la transcripción de las conversaciones de una jovencita maya con una antropóloga venezolana. El libro era apasionante y Diego se lo leyó como si fuera una novela. Solo que no lo era. Contaba los sufrimientos del pueblo k’iché, en Guatemala, y aunque Diego conocía esos sufrimientos, la eficacia de la narración de Rigoberta Menchú le hacía ver en carne viva lo que los tratados del Seminario de Integración Social o las denuncias de las organizaciones humanitarias relataban con datos y estadísticas. Lily lo hizo reír, porque se alternaban en la lectura del libro. “A mí también me nació la conciencia”, le dijo en broma, cuando iban por la mitad del libro.

Una de las veces que fue a Bolonia a sustituir a la profesora Duchesi, que sin falta lo llamó para controlar que estaba allí, iba leyendo el libro en el tren, bastante lleno porque con el buen tiempo la gente se desparramaba por Europa. Frente a él iban dos mochileros holandeses, que notaron el libro. En inglés, que Diego apenas entendía, le comentaron que eran un “great book”, o algo así. Diego se atrevió a contestar en un idioma que se parecía al inglés, que sí, que era un gran libro, y sobre todo, no se pudo callar que también él era de Guatemala. “Oh, my God!”, exclamaron los holandeses, admirados de encontrarse con un espécimen tan raro en un tren italiano. Y en su masticado globish, Diego les contó las desgracias últimas de su país.

Otra vez, cuando el calor comenzaba a arreciar y la estancia en el despacho de la profesora Duchesi se hacía agobiante, Diego se decidió a burlar la vigilancia de su jefa. A la media hora de estar allí, decidió fugarse antes de que ella hiciera la llamada de control. Cuando llegó a la estación, comprendió que había hecho una tontería. Fue a un teléfono público y llamó a la profesora. “Te me adelantaste”, le dijo, previsiblemente, la profesora. “Estaba por llamarte”. “Es que no viene nadie y me aburrí. Así que mejor te llamo yo”. “Muy bien”, le respondió, satisfecha, la señora. “Todo en orden en el despacho. ¿Estás allí?”. “¡Pues claro que estoy en el despacho!”, mintió Diego, y no había terminado de mentir, cuando por los altavoces de la estación resonó una voz femenina que anunciaba a todo volumen: “¡Tren 2546, proveniente de Milán, está llegando con cinco minutos de retraso!” “¡Me estás mintiendo!”, gritó la Duchesi. ¿Qué va a ser uno cuando lo pescan en el centro mismo de la mentira? “Es cierto. Estoy en la estación, me vine antes”, concedió. Los gritos de la profesora Duchesi no necesitaban teléfono para llegar a los oídos de Diego. Como siempre, lo amenazaba con quitarle el trabajo, lo acusaba de tratarla como una estúpida, lo conminaba a no hacerlo más.

El verano podía ser dulce en Vía San Leonardo, pero era amargo en Bolonia. Fue entonces cuando su amiga colombiana lo llegó a visitar en uno de esos días forzados en el despacho. “¡Ay tú, no me digas que la vieja te hace venir a sustituirla!” Diego le contó el episodio de la estación y ella se doblaba de la risa. “¡Qué gran pendejada te echaste!”, se reía. “Pero te traigo una buena noticia”. Diego puso cara de signo de interrogación. Ella continuó: “Mi profesor le contó tus desgracias al catedrático de Milán, el profesor Bresciani”. Diego se avergonzó. Bresciani era una autoridad internacional, y Diego le había mandado, desde Guatemala, alguno de sus libros. Luego, lo había visto en el Congreso de Venecia, y Bresciani, que tenía una memoria portentosa, le había agradecido el envío. Esa vez, Diego había pensado que aunque no los hubiera leído, mucho era que se recordara. Y ahora Bresciani estaba enterado de cómo lo trataba la jefa. Era una humillación más. “¡No, que va!”, lo desmintió su amiga. “¡Al contrario! Se interesó por el asunto. Dice que te quiere hablar, que vayas a Milán a buscarlo, que a lo mejor te arregla la situación”. Su amiga le dio un papel. “Aquí está el teléfono. Llámalo y haz una cita”.

Increíblemente, Diego no se precipitó al teléfono para llamar a Bresciani. Increíblemente, dejó pasar varias semanas sin hacerlo. Hasta que su amiga se lo preguntó: “¿Ya llamaste?” Cuando le dijo que no, se puso furiosa. “¿Eres tonto o qué te pasa?”, lo regañó. “Mira que si no llamas me haces quedar a mí también como pendeja”. No comprendía que Diego no llamaba por orgullo, por no decir que lo estaban tratando como a un calcetín, por no dar su brazo a torcer. Tampoco sabía que, cuando llamara a Bresciani, su vida iba a cambiar.

Manuel José

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Diego Cosenza había admirado al poeta Manuel José Arce desde los tiempos de la adolescencia. ¿Cómo es que había leído Los episodios del vagón de carga? Quizá de la misma forma que había leído Todos los fuegos, el fuego, o las poesías de Roberto Obregón, El fuego perdido. Los libros se los prestaba el Padre Sanatillo, su maestro de literatura, quien, no obstante su amor por la derecha (creía de veras en el anticomunismo) amaba más la buena literatura. Leía y releía los poemas de Manuel José (todo el mundo llamaba al poeta por su nombre, con familiaridad) y hasta llegó a aprendérselo de memoria. Había una poesía de Arce dedicada a Otto René Castillo, muy sentida, que comenzaba: “Poeta cegatón /me dijo un día…”  y luego elaboraba un retrato del amigo militante. Años después, cada vez que Diego, en la Universidad, se cruzaba con José Alberto Piñera, que gastaba unas gafas negras espesas, con aros negros cuadrados, como se usaba en la época, Diego lo saludaba: “¡Poeta cegatón!”, y José Alberto le contestaba: “¡…me dijo un día!”. Esas bromas de jóvenes, esos sobreentendidos. Con José Alberto hacían esos juegos. A veces, Diego comenzaba: “Íntimo amigo del ensueño, Ulises…” Y el amigo continuaba: “…volvía a su destino de neblina…”. Diego: “…un como regresar de otros países….” José Alberto: “…a su país. Por ser de sal latina…” y se despachaban así el soneto de Asturias, que ambos sabían de memoria.

Manuel José Arce murió en el exilio en 1985. (Foto: Hemeroteca PL)

Por eso, cuando los compañeros de la solidaridad le anunciaron que Manuel José Arce iba a pasar por Florencia y le pidieron posada, Diego se sintió entre contento y preocupado. Estaba muy bien que el poeta tan admirado reposara en su casa. Pero, ¿cómo sostenerle la conversación? ¿Cómo no parecer un palurdo, un paleto, un ignorante delante del gran representante de las letras nacionales? Por otro lado, Arce provenía de las más rancias familias del país. Un tatarabuelo, que llevaba el mismo nombre, era materia de estudio en la escuela secundaria, porque había sido el primer presidente de las Repúblicas Unidas de Centroamérica. El apartamento de Via San Leonardo, con todo y formar parte de una villa del siglo XVI, era modesto, con muebles que la familia Nipoti había sacado de la buhardilla, muebles de segunda, tercera y cuarta mano. ¿Qué iba a pensar de la modestia de su vivienda?

Diego había visto a Manuel José una sola vez en su vida, cuando el poeta dirigía el Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad. Por esa época, Diego era estudiante del último año de la Facultad, y con otros compañeros había fundado una revista, la cual tuvo la duración que tienen este tipo de revistas: un número, el primero y el último. El relativo éxito de esa publicación dio lugar a discusiones entre los redactores y esas discusiones mandaron a la fosa cuentos, poemas y ensayos del segundo número. Pues bien, como necesitaban financiación, encargaron a Diego ir a Extensión Universitaria a pedirle dinero a la Universidad. Cuando llegó a la cita, Diego no sabía si estaba más nervioso por el encargo o si porque iba a conocer a uno de sus ídolos literarios. Los nervios aumentaron cuando apareció, de repente, Sergio Ramírez, el narrador nicaragüense, por ese entonces dirigente de la Unión de Universidades Centroamericanas. Diego lo conocía por fotos, y ni siquiera se atrevió a acercársele, porque dos admiraciones literarias en un día eran demasiadas. Sergio Ramírez, obviamente, no necesitaba pedir cita, por lo que entró directamente al despacho del poeta y Diego se quedó una hora esperando que terminaran la conversación. Al final, se fue tan rápido como había entrado y al fin Diego pudo conversar con Manuel José, quien andaba retrasado con su agenda y le pidió que fuera al grano. Cuando explicó al poeta por qué había ido a buscarlo, éste abrió los brazos: “¡Ay mijo, a mal palo te arrimás!”, le dijo, desconsolado. “La Universidad es pura deuda, no tiene ni para pagar los sueldos del mes… Búsquense un patrocinador de la empresa privada…” Y lo despachó con las cajas destempladas. De todos modos, la revista salió, con una modesta contribución de cada uno de los redactores.

Manuel José llegó a Florencia con uno de sus hijos, el último, un rubiecito hijo de su última ex esposa. Era un adolescente callado y algo triste, errante como su padre, quien había tenido que dejar el país por haber afrentado al dictador de la época. Manuel José, además de poeta, era un óptimo cronista. Tenía una columna en un periódico, “Memorias de un escribiente”, donde contaba deliciosas historias y, de cuando en cuando, arremetía contra la dictadura. La columna era una de las más leídas del país. Por sus muchas afinidades, era miembro del partido de Manuel Colom Argueta, alcalde socialdemócrata de la capital. Cuando la dictadura asesinó a Colom Argueta, las cosas se pusieron difíciles para Manuel José. Se tuvo que exiliar en Francia, de donde provenía su esposa. El exilio, ya se ha dicho, es duro, y al poco tiempo de llegar a París, la pareja divorció. Y Manuel José tuvo que buscarse la vida. Encontró trabajo en el sur de Francia, en un pequeño ayuntamiento, que le dio trabajo en el departamento municipal de la basura. También, cuando podía, participaba en las actividades de solidaridad con Guatemala y para eso había ido a Italia, a reunirse en Roma con los miembros del comité italiano. Pidió pasar por Florencia, a saludar a la viuda del alcalde asesinado, y los amigos del Comité le pidieron posada  a Diego.

Manuel José llegó una tarde, cuando la primavera había avanzado. Él y su hijo eran una pareja que despertaba una cierta ternura. Como descendiente de familia hidalga del país, Manuel José parecía un antiguo caballero andaluz. En Guatemala, a veces, paseaba con una capa de otros tiempos, como una estampa del siglo XIX. Aun sin la capa, en Florencia, parecía haber descendido de un caballo de raza, que se hubiera quedado atado a las puertas de casa. Naturalmente, llamó la atención de los Nipoti, a los que presentó. Los ojillos verdes del poeta despidieron una imperceptible chispa cuando le presentaron a Laura, la hija de los patrones. “Laura”, glosó Manuel José, “como la amada ideal de Petrarca”. Y con una reverencia: “Y bella, como en la poesía”. Los Nipoti quedaron conquistados por la galantería y la rancia caballerosidad del recién llegado.

Manuel José fue, durante su breve estancia florentina, una lección de literatura y de exuberancia. La poesía, en él, era un don natural. Hay un vago recuerdo de una cena, frente a Palazzo Pitti, donde estaban una simpatizante francesa, la viuda del alcalde asesinado, el niño, Diego, su esposa y Manuel José que los hacía reír con su gracia natural. A la viuda de Colom le recitó de memoria la genealogía de su marido, que también pertenecía a las grandes familias del país. En el recuerdo, la noche es agradable, con la tibieza de la primavera avanzada, y el regreso a pie, por la cuesta de Via Belvedere, bajo el perturbante perfume de los jazmines en flor.

Dos años más tarde, Manuel José murió en Francia, de un cáncer fulminante. Diego todavía tuvo tiempo de encontrarlo en México, en una reunión de escritores. Estaba delgadísimo y totalmente calvo, por las quimioterapias inútiles. Diego todavía recuerda sus ojos verdes, agrandados por la enfermedad, y la frase terminante con que se dirigió a él y a otro escritor: “En Guatemala, hay que vivir a ras de suelo. Porque apenas uno alza la cabeza, ¡se la cortan!”

Ernesto Cardenal

En la madrugada del domingo 1 de marzo de 2020, ha muerto, en Managua, el poeta Ernesto Cardenal. Su vida, que en cierto sentido también es su obra, inclina a pensar que fue uno de los últimos místicos en lengua española. Estudiante rebelde y bohemio en su juventud, durante el período más intenso de fiestas y borracheras entra en crisis espiritual y decide ser un sacerdote católico. En México, había publicado algunos célebres epigramas, que dan cuenta de una originalidad, una vocación y un talento poético excepcional. El duro período del convento, pasado bajo la supervisión de otro poeta, Thomas Merton, le sirvió de intensa reflexión sobre el arte de la poesía. Merton le había prohibido escribir, durante esa época. Cardenal memorizó, entonces, algunas poesías que fundarán un modo de expresión que él (o los críticos) llamarán “exteriorismo”. Se trata de una suerte de panteísmo poético. Todo es poético en el mundo, pues el Dios Creador es el gran Poeta del universo. El ojo del poeta debe descubrir lo poético en lo real.

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Este es el núcleo de su fundamental Gethsemany, Ky., en donde el trigo del campo es poético, el discurrir del río es poético, las latas vacías de Coca-Cola en la basura son poéticas… La disolución de la distinción entre poesía y no poesía es la gran contribución de Ernesto Cardenal. De allí, también la forma: no existe una manera poética de escribir, sino la mera descripción de la realidad es poética. No llame a engaño la teoría, porque Cardenal tenía un extraordinario oído musical, y sabe encontrar la música de la lengua en donde otros no la oyen. Por otro lado, su religiosidad le permite profundizar en algunos temas que son el eje del cristianismo: la fe, la esperanza invencible, la caridad como acto práctico de solidaridad con el prójimo. De gran poeta del amor romántico entre hombre y mujer, Cardenal pasa al amor universal: el amor al prójimo. Reescribe algunos salmos de la Biblia en clave contemporánea con un doble propósito: la actualización y el ataque a los sátrapas contemporáneos. Las multinacionales, el imperialismo, las guerras, la amenaza atómica son la Babilonia contemporánea, y los millones de oprimidos de la tierra son el pueblo de Israel en perpetua fuga y búsqueda. El pecado, la culpa y la redención son los temas del clásico Oración por Marylin Monroe. Y esos mismos temas se elevan a nivel de sociedad en toda su poesía que por pereza se ha llamado “política”, cuando en realidad es una expansión del concepto de religiosidad: la unión con todos los seres humanos que sufren humillación y pobreza. Más adelantó en su vida, más elevó su mirada: el Canto nacional es una extensa oda a Nicaragua; Oración por los indios americanos abarca el continente americano; Cántico cósmico, uno de los poemas más extensos que existen, declara un amor profuso, desde las moléculas que constituyen la base de la existencia material hasta las estrellas, las constelaciones y las galaxias. Cardenal fue revolucionario en todo, y al principio se le recordará como revolucionario social, pero el tiempo afianzará su revolución poética, que es una revolución de amor por la humanidad.

Era la hora de la primavera

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La primavera fue entrando poco a poco, lenta y suave, con el mismo ritmo con que algunas ramas secas por el frío comenzaban a mostrar minúsculos brotes verdes, apenas perceptibles, y en las colinas musgosas comenzaban a aparecer las violetas, quién sabe por qué las primeras en dejarse ver. Diego no lograba acostumbrarse a que la primavera también le conmocionara el cuerpo. De un estado casi depresivo pasaba a una mediana euforia, una tranquila exaltación contenida, una inevitable observación pasajera de los cuerpos jóvenes que se mostraban con urgente generosidad, como si fuera obligatorio declarar el final del invierno. La primavera estaba en los árboles, en las plantas, en la naturaleza que reflorecía y estaba también adentro de cada uno: un mortal y efímero deseo que cubría el mundo.

Sandro Botticelli – La Primavera

A la exuberancia primaveral se contraponía, como en una balanza, el sueño matutino. Levantarse costaba más que en invierno, sobre todo en su nueva habitación de Vía San Leonardo. Un extremo de esa calle desembocaba en la Plaza Pitti, el inmenso palacio que contenía una maravillosa pinacoteca y un jardín espléndido llamado de los Boboli. Uno subía por esa calle hasta escalar la colina que dominaba Florencia, muros y cipreses y olivos, verde y marrón renacentista cuya belleza era simple y sincera. Al llegar a la cúspide, atravesaba una gran avenida dedicada a Miguel Ángel, y del otro lado, a unos doscientos metros, estaba la villa donde vivía Diego Cosenza. Si seguía unos pasos más, llegaba al Poggio Imperiale, donde terminaba la calle y estaba el colegio para señoritas más exclusivo de la ciudad.

La Via San Leonardo tenía un prestigio antiguo y contemporáneo. Diego supo que en esa calle vivía Adriano Panatta, en esa época el tenista italiano más mundano y que salía a cada rato en los periódicos por sus triunfos en los torneos de todo el mundo. También supo que allí había vivido Tchaikosvky, y una lápida a mitad del recorrido lo confirmaba. Y, donde comenzaba la bajada, otra lápida señalaba la estancia de Dostoyevsky en ese lugar. Lo que no decía la lápida era que a Dostoyesvsky lo habían echado de su casa de Via San Leonardo, porque, desesperado por la muerte de su hija, daba de cabezazos contra la pared, mientras lloraba a gritos, lo cual molestaba en grado sumo a sus aristocráticos vecinos, y el pobre escritor tuvo que cambiarse a un apartamento en Plaza Pitti, donde siguió con los cabezazos y las locuras de padre desesperado. Al final, lo echaron también de Plaza Pitti y se regresó a la santa madre Rusia.

La villa de Via San Leonardo era propiedad de la señora Nipoti, que quién sabe por qué recovecos de parentesco la había heredado. Era una de esas herencias que habría sido mejor no recibir. En efecto, mantener la casa y mantener el parque circunstante costaba un capital y la profesión del señor Nipoti, que era carnicero en el mercado (y se decía que los carniceros eran ricos), apenas si daba abasto. Ese pobre rico se levantaba con las gallinas, trabajaba un rato en los establos (tenían crianza de caballos), se iba disparado al mercado, regresaba por la tarde, se montaba en el tractor y seguía hasta el crepúsculo en los trabajos de la agricultura. Por la precariedad de las ganancias, alquilaban dos apartamentos. Uno, en el piso superior, pegado al de la familia, y otro abajo, en donde vivían Diego y su esposa. Al lado del apartamento de Diego, sobraba una habitación, que la hija de los señores Nipoti ocupaba para estudiar.

La señora Nipoti andaba por los cincuenta, pero todavía no era la época en que las mujeres se cuidaran mucho. Se notaba que había sido bella, pero le habrán sobrado sufrimiento y kilos en esa vida de falso bienestar donde llegaban a fin de mes como los náufragos a una ansiada playa desierta. Había un dicho en Florencia: se decía que una persona podía ser como “il galletto mugellese, che ha cent’anni e sembra un mese”. Significaba aparentar una edad mucho menor de la que se tenía: ser como el gallito del Mugello (una región toscana), que tiene cien años y parece de un mes. No era la situación de la señora Nipoti. En todo caso, aparentaba más años de los que llevaba encima.

El señor Nipoti, en cambio, parecía y era un hombre sobre los sesenta. Canoso, alto, seco, trabajador hasta lo inverosímil, tenía una cultura mitad campesina mitad urbana, como sus oficios. Diego regresaba de Bolonia y ya se lo encontraba en el tractor, bajando hacia la parte del terreno donde había necesidad de fajarse para sobrevivir. A partir de la primavera, Diego solo dejaba sus chunches a la entrada del apartamento, y se sentaba en el dintel para ver los espléndidos crepúsculos toscanos. Algo le decía, con justicia, que nunca más en su vida iba a tener esa oportunidad.

En el apartamento de arriba habitaban el cónsul holandés y su señora. El holandés era un sajón de pequeña estatura, pocos cabellos en la cabeza, raza aria enana y un sentido de superioridad injustificable por físico e ideas. Su señora, de origen brasileño, tenía un rostro dulce y ajado, parecía la prima de la señora Nipoti, pero la melancolía que se cargaba encima era como una aureola invisible de miel amarga y espesas añoranzas. A veces, bajaba al jardín, y se le sentía en el aliento el alcohol de su despensa solitaria, los despojos de las recepciones diplomáticas de cócteles y tentempiés que habían vaciado el tiempo de su vida. Además, estar casada con un gañán nórdico, de escasas luces y mucho ego, no le habrá ayudado en la dura tarea de la sobrevivencia. Mientras que con la señora del cónsul había plática vespertina sobre lo de más y lo de menos, con el enano rubio prácticamente no se hablaban.

Diego se quedaba sentado en el dintel, y esperaba que la tarde cayera (al fondo, el oscuro relincho de los caballos) con sus varios celajes: el azul se iba haciendo amarillo, luego naranja, luego rojo, luego volvía a ser una especie de celeste, regresaba a ser azul hasta que se ponía negro y se levantaban profundos perfumes terrestres, con el frío que entraba y con el frío, Diego a su casa, a ver la televisión en blanco y negro que los Nipoti les habían proporcionado. También ellos tenían, en la parte señorial, un gran televisor en blanco y negro. El único que poseía el lujo de una televisión a colores era el holandés, pues el sueldo diplomático rebasaba, en posibilidades, a las entradas de los dueños de casa, no se diga al raspado salario que Diego recibía cada seis meses.

Lentamente, entraba la primavera.

 

El exilio era eso…

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En el trabajo, la profesora Duchesi se estaba aprovechando de la necesidad de Diego, pues sabía que quitarle el empleo habría sido dejarlo a mitad de la calle con los calzones en la mano. Un día, cuando lo vio desocupado por una hora, le dijo: “Cosenza, visto que no tienes nada que hacer, súbeme el mueble de la biblioteca del piso de abajo al de arriba”. Diego se comió todo su orgullo, bajó, desocupó el mueble, sudando y acezando lo arrastró hasta donde le indicaba su patrona y luego subió los libros. Cuando los hubo colocado, la profesora Duchesi observó el mueble, observó los libros, observó a Diego y le dijo: “No. No me gusta este mueble aquí. No queda bien. ¿Sabes qué? Vuélvelo a su sitio”. Y en la siguiente hora rehízo el trabajo. Cuando fueron al comedor de los perros, Ramiro encontró a un Diego derrumbado.

Sísifo de Tiziano (1548 – 1549)
Madrid, Museo Nacional del Prado

En alguna parte, Diego había sabido que Neruda declaraba que solo había una cosa peor que no comer: comer solo. Ese día, Diego habría añadido: comer amargo. Para hablar del sufrimiento del exilio, Dante Alighieri decía que el pan ajeno sabía a sal. Pues no hay cosa peor que comer mientras la amargura no está en los alimentos, sino depositada en tu alma. Era como si esa amargura se trasmitiera a las viandas, pesadas y tristes. En las frías tardes de Bolonia, las tripas le tronaban como esa chistosa variedad de los cohetes que en su país llamaban “saltapericos”, y en efecto, parecía que tuviera en las entrañas una procesión de Semana Santa, con sus respectivos triquitraques, la matraca, los morteros y las ametralladoras. Un gato soñoliento bostezaba en la panza de Diego soñoliento.

La profesora Sandini lo trataba con árida simpatía. Le asignaba tareas, le daba libros para fichar y, en fin, lo mantenía a distancia jerárquica, de modo que Diego no recordó, por el resto de su vida, ninguna conversación con su jefa vespertina. Y eso estaba bien, porque, en cambio, de la profesora Duchesi, su jefa matutina, ya se sabía de memoria el “¡COOOOOSEEEEENZAAA!” con que abría la puerta sin saludar a nadie. Casi siempre lo encontró, salvo las veces que el tren llegaba tarde y entonces la profesora se daba gusto con severas regañadas.

Cuando no llegaba Ramiro a acompañarlo al comedor de los perros, aparecía una compañera que enseñaba español en la Facultad de Letras, dichosa ella. Era una colombiana delgada, casi cadavérica por seguir las dietas anoréxicas que la moda imponía. Tenía la fascinación mestiza de las latinoamericanas y el cuerpo delgado era la percha ideal de los costosos vestidos que su marido le compraba. “A Florenzi (lo llamaba por el apellido) le encanta exhibirme. A veces me dice: “Vamos al restaurante, pero te quiero vestida de modo que todos se volteen a verte”. Y claro que se volteaban. Era irremediablemente exótica.

La colombiana aparecía, pero no se dignaba poner un pie en el comedor de los perros. “Hiede a chucho”, decía. “No sé cómo haces para comer allí”. Llegaba, entonces, para invitarlo a un café. No lo dejaba pagar: “Tengo marido rico”, decía. Y a esta nítida declaración, Diego no objetaba. Su caballerosidad llegaba hasta donde iniciaba la bonanza económica de su involuntario benefactor. “Oye”, le dijo un día la muchacha. “Me contaron que la Duchesi entra todos los días vociferando tu apellido”. Diego sintió la humillación caer sobre sus hombros como un poncho chileno “Sí”, admitió. “Lo cuentan sus colegas para ponerla en mal”, añadió la chica. “Y yo se lo conté a mi profesor…” Diego lamentó el chisme. “Dice mi profesor que te va a ayudar…” “¿Y cómo me va a ayudar?” “Ya verás…”

El exilio era eso. Un primo de Diego Cosenza, que al principio de la dictadura militar era Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, tenía el defecto de ser íntegro y severo en la aplicación de las leyes. La amenaza de muerte le llegó ipso facto, y ahora andaba en Chiapas de cajero en un supermercado. “No me puedo quejar”, pensaba Diego. “A otros les ha ido peor”. Y recordaba a su compañera Frida Barrios, profesora de Historia y también cuentista, que se había escapado a Nueva Orléans y había terminado como entraineuse en un bar, porque sabía francés. Un año duró. La melancolía se le hizo cáncer fulminante. O, para ejemplos más ilustres, el poeta Manuel José Arce, que andaba en Francia trabajando para la empresa municipal de basura de una ciudad de provincias.

Uno de esos días, cuando ya se acercaba el verano y las vacaciones eran inminentes, la profesora Duchesi, más amable que de costumbre, es decir, más amable que nunca, le dijo: “Me dieron un texto para traducir”. Diego puso cara de signo de interrogación. “Pero como no tengo tiempo”, añadió la señora, “vas a venir a mi casa y lo vas a traducir tú. Espero que no te moleste que lo firme yo”. ¿Podía decir que no? Así que, al rayar el mediodía, Diego tuvo el honor de conocer la casa de la profesora Duchesi. Era una modesta y desarreglada habitación de señora viuda de clase media. La profesora le indicó la mesa del comedor. “Siéntate”, le dijo, y le dio los papeles. Ni siquiera le prestó la computadora. Papel y lápiz. “Mientras tanto”, añadió la profesora, “me preparo de comer”. En efecto, mientras Diego escribía la no difícil traducción, la profesora Duchesi se transformó en la señora Duchesi y se cocinó unos espaguetis. Puso la mesa con pulcritud (con el rabo del ojo y el agua en la boca, Diego observaba los preparativos), acomodó un plato hondo sobre uno plano, cubiertos a los lados, y vaso para el agua enfrente. (“Falta un plato”, pensó el ingenuo, mientras seguía escribiendo).

La profesora Duchesi probó los espaguetis, dictaminó que estaban al dente, se sirvió una generosa porción y la condimentó con salsa de tomate, aceite y parmesano. Diego seguía traduciendo, al otro extremo de la mesa. Sintió una mezcla de extrañeza, admiración y distanciamiento, como si lo que le estaba pasando le estuviera sucediendo a otro y Diego estuviera observándolo todo desde arriba, colgado de la lámpara del techo. Sintió esa sensación indefinible cuando, en una película de horror, el protagonista está completamente desprevenido, haciendo sus trabajos cotidianos y el asesino aparece a sus espaldas. Esas ganas de gritar: ¡Noooooooo!  En cambio, la profesora terminó sus espaguetis, Diego terminó la traducción y ella le ofreció un café. Diego apenas tuvo tiempo de responder: “No gracias, tengo que comer primero”. “Muy bien”, le dijo la profesora Duchesi. “Entonces, si ya terminaste, te puedes ir. Ya te contaré qué me dijeron de la traducción.”. Y, con la cola entre las patas, Diego se encaminó hasta la doliente estación de Bolonia.

Via San Leonardo

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En Via delle Stufe, la humedad era como una enredadera que venía desde el subsuelo cenagoso de Florencia y trepaba por las paredes con la persistencia de los engendros de pesadilla. Una noche, mientras conversaba con su esposa, Diego se apoyó en la pared, y cuando retiró la mano, la sintió completamente mojada. Ya no era humedad, era como si un monstruo marino se hubiera apoderado de la casa y estuviera emanando agua por todas partes. “No podemos seguir así”, se dijeron. “Tenemos que encontrar otro lugar”. La empresa no era fácil en una Florencia atestada de ricos estudiantes extranjeros que pagaban alquileres muy altos por apartamentos desvencijados en los que gozaban un período de bohemia antes de regresar a su país e instalarse en la burguesía. Diego dormía mal, ahogado por el manto verde de la humedad, y ahogado por la angustia de buscar casa nueva.

Sin embargo, estaba por comenzar una historia un poco extraña. Por una razón que nunca pudo averiguar, Diego recibía su sueldo cada seis meses. Entonces, abrió una cuenta de ahorros en un banco que le había recomendado Estuardo, el salvadoreño, que todavía vivía en Florencia arrastrando carretas. Era el banco de los ricos de Florencia, un pequeño banco suizo en donde los extranjeros depositaban tesoros de las mil noches y una, y que, por eso mismo, cuando Diego llegaba a dejar su cheque miserable, despertaba la compasiva simpatía de los empleados. Por latinoamericano y por pobre. Mientras hacía su depósito, charlaba con un flaco rubiecito sobre lo que se puede hablar con uno que apenas se conoce. Los resultados del equipo local, la Fiorentina, que ya se sabía que nunca iba a ganar el campeonato, porque siempre lo ganaba la odiada Juventus de Turín. El estado del tiempo, paraguas siempre abierto para los momentos vacíos de la conversación. La gripe que va y que viene. Y esas cosas.

Quién sabe por qué salió, en la conversación, la casa húmeda de Via delle Stufe. “¿Quieren un apartamento bonito?”, les preguntó el muchacho del banco. “Bonito ya es mucho pedir”, respondió Diego. “Uno que esté seco, que no destile agua por las paredes”. La cara del muchacho se iluminó, con la alegría de quien hace un favor sin que le cueste nada. “Te voy a dar el teléfono de la señora Singer, una norteamericana que es agente inmobiliaria. Se acaba de ir, y andaba buscando estudiantes para un apartamento fantástico”.

La señora Singer contestó la llamada con un vago acento eslavo. Probablemente, el inglés no era su lengua materna. “Sí, tengo un apartamento amueblado en Via San Leonardo”, informó. Diego no recordaba esa calle. “Ah, sí…” Escandalizada, la señora le preguntó: “¿No sabe usted dónde está via San Leonardo”? “No… sí. Más o menos”. “Hum. Es mejor que nos veamos y conversemos”, dijo la señora. “Cuando quiera”, le contestó Diego. “Entonces, el miércoles a las tres de la tarde en el café Giacosa”. El café Giacosa era uno de los más refinados y caros de Florencia, y Diego ya se veía pagando la cuenta. “Muy bien, señora Singer”. Y estaba por colgar cuando la señora le dijo: “Pero no nos conocemos, querido”. “Es cierto”. “Bueno, yo soy alta, rubia, y llevaré un traje sastre, ¿y usted?”. Diego no pensó en autodescribirse. “Yo llevaré un abrigo verde”, informó a la señora. “Y un periódico La Nazione bajo el brazo”. Qué ridículo, pensó. Parece una parodia de película de espías.

El miércoles, a las tres de la tarde, cruzaba el umbral del café Giacosa, lleno de esos viejos muebles de terciopelo que quieren expresar riqueza y solo evocan polvo y antigüedad, y de un olor indefinido a perfumes costosos sobre pieles arrugadas cruzados, los perfumes, con la pestilencia antigua del tabaco viejo. Estaba entrando cuando el camarero comenzó a gritar: “¡Cosenza, Cosenza!”. Abrumado, Diego otro poco y dice “presente”. El camarero lo vio, vio el abrigo verde, vio la pobreza como un aura maléfica, y le dijo en voz alta: “Acaba de llamar la señora Singer. Dice que trae diez minutos de retraso”.

La señora Singer había olvidado advertir a Diego que andaba por los sesenta. Al oír rubia y alta, Diego había imaginado una Ingrid Bergman, una Uma Thurman, una versión gigantesca de Ursula Andress o algo así. Evidentemente, la señora Singer lo había sido, y le había quedado el gesto orgulloso y coqueto de las mujeres bellas. “Así que usted busca un apartamento”, dijo, banal y elegante, cuando se sentó delante de Diego. Lo examinó como quien toma una instantánea a escondidas. “¿Y en qué trabaja, si trabaja?”. Diego debió de haber dicho: “Soy el sirviente de la profesora Duchesi”, pero, en cambio, se ornamentó: “Soy profesor de la universidad”. “Pero usted es extranjero”. “Sí”, volvió a mentir. “Soy profesor visitante y me regreso en un año a mi país”. Eso causó una estupenda impresión en la señora Singer. “Muy bien, muy bien. Y dígame, ¿es usted casado?”. “Sí, señora.” “Casado, no conviviente, como hacen los jóvenes de hoy”. “No, señora. Casado por la iglesia”. Y entonces la pregunta fatal: “¿Tiene hijos?”. “No, señora, no tenemos hijos”. Fue la segunda estupenda impresión. Estocada final: “¿Piensan tenerlos?”. “No, señora. Vivimos en un mundo terrible, tan terrible que tener hijos es una irresponsabilidad”. Tercera estupendísima impresión. “Soy de su opinión, profesor, vivimos la decadencia del Occidente”, sentenció la señora Singer. “Me ha caído usted bien. Se lo recomendaré a la dueña del apartamento de Via San Leonardo. Este es el teléfono y la dirección”. Naturalmente, Diego pagó la cuenta.

Llamó al teléfono del apartamento. Le contestó una señora afable, con un acento florentino irrenunciable. La señora tenía un raro apellido: Nipoti. Pero Diego ya se estaba acostumbrando a los apellidos italianos, variadísimos y en algunos casos increíbles. Bastaba ver la lista de sus alumnos. No era como en español, donde se necesitaba el apellido del padre y de la madre para evitar homónimos. Generosos, los italianos tenían apellidos creativos y variados. “Nos vemos el sábado por la tarde, le muestro el apartamento y nos ponemos de acuerdo en el precio”.

El sábado por la tarde estaba lloviendo y Diego descubrió que Via San Leonardo estaba afuera de las antiguas murallas de la ciudad. Tuvieron que tomar un autobús de circunvalación y se bajaron en una esquina. Había que caminar una cuadra y llegaron a una villa construida en 1600, rodeada de un alto muro amarillo. Salió a abrir la misma señora Nipoti, con un paraguas gigantesco. Era una señora sencilla, y no una marquesa o una duquesa, como debería ser la dueña de esa villa. Les mostró el apartamentito. Era similar al de Via delle Stufe, pero estaba seco, a pesar del tiempo lluvioso, y frente a él se podía divisar la propiedad entera de la señora Nipoti. Dos kilómetros cuadrados de campo, con un jardín al frente y el horizonte cerrado por una colina con cipreses. Unos caballos pastaban a lo lejos.

Esa noche, cenaron con unos amigos. “Hoy vimos un apartamento”, comentó Diego. “¿Y dónde está?”, le preguntaron. “En Via San Leonardo”. Los amigos hicieron un coro improvisado: “¡Via San Leonardo!”. “Sí”, les respondió Diego. “Pero tiene la desventaja de que está fuera de las murallas de la ciudad”. Uno de los amigos, florentino y vehemente, por poco le pega. “¡Estás loco! ¡Están locos los dos! ¡Es la calle más exclusiva de toda la ciudad! ¡Mañana mismo vas a alquilarlo, antes de que te lo quiten!” En efecto, estaba por comenzar un período de vida en una especie de paraíso renacentista.

Cabaretera

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Mientras tanto, la búsqueda del apartamento había dado buenos resultados. Por arcano mandato de los dioses que gobernaban a la ciudad atravesada por el Arno, Diego vivió siempre en la parte opuesta a los centros de poder, en una zona popular que los florentinos llamaban, sin desprecio, el “Oltrarno”, lo cual significa “más allá del Arno”, aunque ambos lados de la ciudad eran exactamente iguales y equidistantes. Quizá era eso, pensaba Diego, quizá era el hecho de que las familias señoriales que gobernaban Florencia vivían en el palacio de los Médicis, en el palacio de los Strozzi, alrededor de Plaza de la Señoría, del Palazzo Vecchio y de la plaza de la Santa Cruz. Quien decía “más allá del Arno” indicaba un “más acá” y ese lugar no era geográfico sino espiritual, era “el lugar en donde vivo yo”, el lugar de los ricos, de los comerciantes, de los acomodados. Para los potentes, todo aquello que no se les asemeja está más allá de sí mismos, como quien dice menos de sí mismos.

Halló el apartamento después de haber agotado la lectura de los infinitos y minúsculos anuncios de un periódico cuyo nombre no dejaba dudas: “Segunda mano”. Vano es decirlo, “Segunda mano” desapareció con Internet. En cambio, no desapareció el periódico de la ciudad, que disimulaba su profundo provincialismo con el excesivo nombre “La Nazione”, y era de rigurosa derecha, por lo que Diego saltaba las tendenciosas noticias (los periódicos siempre son imparciales y objetivos, basta que reflejen la voluntad de su propietario) para ir directo a los anuncios clasificados. Al fin, Diego encontró un pequeño apartamento en Via delle Stufe, una callecita perdida en el laberinto de Borgo San Frediano, barrio de obreros, artesanos y empleados de segunda.

El encuentro con los dueños fue decisivo. Cuando llegaron a enseñarle la casa, Diego se dio cuenta de que la madura pareja de buenos e inocentes señores que se la mostraban se habían matado todos los ahorros de la vida en la compra del apartamento, con la idea de tener una renta segura y sin problemas. Lo acababan de restaurar y su olor era una agria mezcla de alegre pintura nueva y profundos muebles viejos, que con ellos habían equipado el local. En lugar de la calefacción a gas, la casa tenía una estufa de querosene en la sala, y se suponía que el calor llegaba a la otra habitación, que era el dormitorio. Se suponía, porque cuando llegó el invierno, la verdad emergió con la misma potencia de la hedentina innominable que subía del pozo ciego que había en el patio, y que Diego, más ciego y sin olfato de ciego, no percibió sino hasta que llegó a vivir allí. Abrir las ventanas era dejar paso a un tufo sólido y cenagoso, una nauseabunda potencia gaseosa que dejaba sin aliento.

El mal olor pestilente se podía combatir. Bastaba cerrar las ventanas y conformarse con la luz que dejaban entrar. Lo que resultó invencible fue el húmedo frío de los primeros días del invierno: no bastaba poner al máximo la calefacción a gas. En lo que debería ser la habitación, las sábanas se empapaban por la humedad, y meterse allí a dormir equivalía a meterse en las aguas de un río helado. Diego y su esposa decidieron usar, mientras pasaba la época fría, el sofá cama de la sala. Tanto, no es que tuvieran muchas visitas.


Lady Katherine Manners por Peter Paul Rubens (Palazzo Pitti, Florencia Italy)

En el apartamento de al lado tenían una vecina bastante salerosa. No una gran belleza, pero, como tenía un cuerpo joven que evocaba a algunas sedosas modelos de Rubens (cuya mejor colección se exhibía a dos pasos de allí, en el Palacio de los Pitti), había decidido regalar a la humanidad con la visión de sus abundancias y redondeces, con un modo de vestir que desvestía los ojos desvelados de los que disimulaban no verla, y enarcaba las cejas de las mujeres que reprobaban esa aplicación tan certera del dicho “el que no anuncia no vende”. Una vez, Diego y su esposa se la encontraron en las escaleras. Le comentaron el frío y la humedad y ella, como si fuera lo más natural del mundo, les aconsejó que usaran su método rudimental de secado. “Todas las noches meto al horno de la cocina las sábanas y las mantas, hasta que se secan. Aquí no hay otro modo”. Y añadió: “Yo que ustedes, me iba lo más pronto posible, antes que les llegue el reumatismo. Yo no puedo, porque soy una estúpida y compré el apartamento en verano, sin saber lo que me esperaba”.

En esas estaban, cuando llamó Ramiro, el embrocador de Bolonia, para avisarle que andaba de gira por Italia una compañera revolucionaria, y que necesitaba alojamiento. Y, como cuando uno es pobre es generoso, Diego y su esposa tiraron el colchón de la cama al lado del sofá y así pudo dormir la compañera. Era española, muy culta y muy inteligente. De plano, pensó Diego, esta no ha subido nunca a las montañas. Ha de ser de algún comité de solidaridad. Pero como se guardaba la mayor discreción, aceptaron el nombre de batalla de la muchacha, algo así como Olga, y la llevaron de paseo por museos y sitios de turismo, porque la compañera no parecía haber llegado más que a descansar.

En uno de esos paseos, subieron en autobús hasta Fiesole. A veces, cuando querían hacer un paseo económico, un domingo que el aburrimiento amenazaba el mínimo apartamento de Via delle Stufe, se subían al bus y se iban a vagar por Fiesole y sus paisajes leonardescos. Uno creía que Leonardo da Vinci se había inventado esos horizontes de colinas dulces coronadas de cipreses y en cambio descubría que simplemente los había copiado del paisaje toscano. O al revés, uno pensaba que la naturaleza había copiado a Leonardo sus nítidos paisajes y admiraba el silencioso plagio.

En Fiesole había una exposición y decidieron subir a verla. Era arte moderno, insípido y repetitivo, ese tipo de pintura que uno creía haber visto mil veces y que los autores creían, en cambio, una gran bofetada al gusto burgués, que, para mientras, se había apropiado de la novedad y le había puesto precio. Vagaban por las salas de la exposición cuando una exclamación rebotó por las paredes del museo. “¡Mis vecinos! ¡Mis vecinos sudamericanos!”. Era la chica del apartamento de al lado. Por una de esas casualidades irrepetibles, también ella había ido a Fiesole a ver los cuadros. Se lanzó sobre Diego, y aunque era más alta y más fermosa, igual lo abrazó y le estampó dos entusiastas besos pintados. Repitió el tratamiento con su esposa. Ellos, un poco azorados por la vehemencia de su vecina, le presentaron a la compañera revolucionaria, que no se salvó de abrazo y beso. Comentaron un par de cosas, entre otras los sufrimientos de la humedad y la futura artrosis, lo feo de las pinturas, y la vecina subrayaba sus apreciaciones con grandes risotadas pantagruélicas, que hacían temblar dadivosamente sus generosas formas, y al final del encuentro repitió las efusiones afectivas, uno por uno demostró su amor por la humanidad, luego de lo cual se fue corriendo hacia una cita urgente. Diego sospechó que la compañera revolucionaria debía de ser una monja, o que lo había sido, por la pregunta tan acendradamente hispánica y católica que le hizo cuando la jacarandosa muchacha desapareció de su vista:

“¿Y quién es esa cabaretera?”

 

El comedor de los perros

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Como los seres humanos están hechos de costumbres, Diego Cosenza, una vez obtenido el empleo, fabricó una nueva rutina. Se levantaba al alba para llegar a la estación antes de las ocho, de modo que a las nueve podía presentarse en el despacho de la profesora Duchesi. En el instituto se habían vuelto muy conocido el modo en entrar de la jefa de Diego. Abría la puerta y lo primero que hacía era gritar a voz en cuello: “¡COOOOOSEEEEENZAAA!” Diego percibió por primera vez en su vida lo que era ser subalterno, pues a la señora solo le faltaba darle una escoba y ponerlo a barrer. Fue un golpe bastante duro para la vanidad de Diego y un muy claro recordatorio de su condición de extranjero. Para Diego, utilizar la gramática escrita por la profesora Duchesi era bastante arduo y tenía que buscar ejercicios en otros libros para que los alumnos no se le durmieran en clase. Enseñaba un par de horas por la mañana y luego esperaba la llegada de Ramiro para ir al comedor de los perros.

Bologna, (Massimo Paolone/LaPresse)

El invierno no favoreció su estado de ánimo. En Bolonia nevaba con frecuencia, mientras que en Florencia casi nunca. De modo que salía de su casa y quizá llovía en la ciudad toscana, y cuando el tren entraba a un famoso túnel de 10 kilómetros, se sabía que, al salir, ya iban a estar en territorio boloñés. Muchísimas veces, el tren descubría montañas llenas de nieve, y el resplandor de la nevada fresca cegaba la vista. La nieve era una fiesta cuando caía: algo había de poético en el silencio reposado que provocaban los grandes copos al caer. Se volvía un infierno al día siguiente: después de la nieve venía la lluvia, y se formaban charcos invisibles, sucios, debajo de la aparente blancura, en donde naufragaba el que no llevaba botas de invierno. Los zapatos se quedaban con un aura invencible, como una espuma marrón que era difícil de sacar. El primer día que nevó, Diego sintió una especie de serena alegría. Las veces siguientes comenzó a odiar la nieve.

A veces, hacía la cola en el comedor universitario, junto con Ramiro, y como la cola salía a la calle, los mojaban los blancos copos helados que les hacían trastabillar los dientes. El frío calaba en los huesos, así que entrar y comer algo caliente era una especie de reconciliación. Entre perros, locos y vagabundos, los dos amigos se sentaban a recordar a su país. Una vez que no llegó Ramiro, Diego colocó su bandeja y se sentó frente a un tipo cuya apariencia declaraba que no era estudiante. Cuando Diego comenzó a comer, el otro lo interrogó:

“¿Extranjero?”

“Sí”.

“¿De dónde?”

“De Guatemala”. Diego notó que no había entendido el lugar de donde provenía. “Está en América Latina, debajo de México”.

“Ah. ¿Y por qué estás aquí?”

“Por la dictadura militar”.

El tipo dio un salto en su asiento.

“¡Exiliado!”, gritó, y varios se voltearon a verlos. “¡Exiliado!”, repitió con gusto. “¡Un marginado como yo! ¡Un paria, un apestado, una basura de la sociedad!”

“Oye”, le quiso explicar Diego. “No tanto como eso, no exageremos”.

Pero el loquito ya había escalado la montaña de la euforia. “¡Tú no conoces Italia!”, afirmó. “¡Italia es la tierra del sol y las bellezas! ¡Italia es el jardín de Europa!”, se volvió a exaltar.

A ese punto, el único deseo de Diego era escapar. Pero el otro no lo soltaba. “¿Conoces las canciones italianas?”. Diego dijo que no y era la respuesta equivocada.

El estudiante apócrifo le dijo: “La música italiana es la más bella del mundo: escucha esta”. Y sin que nadie lo pudiera evitar, el comensal entonó O sole mio, seguida de Torna a Sorrento y de Tamurriata napuletana.  Se armó un escándalo. Los que estaban sobrios, y eran los menos, se burlaban del cantante improvisado y se burlaban con gusto. Pero como la mayoría estaba atravesada por la marihuana y el hachís, pronto se alzaron los coros de las otras mesas, por lo que Diego Cosenza dejó de comer, cogió su azafate y se fue a la caja a pagar. Se sentía abochornado.

Luego del almuerzo, bebía un café a la italiana: de pie y en un segundo, como si se estuviera sacando de encima un penoso deber. Luego regresaba al instituto a esperar las tres y media de la tarde, hora de su otro trabajo. En el despacho, aprovechaba la ausencia de la profesora Duchesi para descabezar una siesta en el mullido sillón de la docente. Así lo encontró varias veces el catedrático de inglés, un hombre alto y serio que había escrito un diccionario consultado en todo el país. “Oiga, jovencito”, le dijo. “Mi madre vive a pocas cuadras. Si quiere le pido que le alquile una habitación para que usted pueda descansar a mediodía”. Diego declinó tan gentil oferta.

Luego caminaba unos 500 metros y subía los amplios escalones del palacio que albergaba la suntuosa Facultad de Medicina. Allí lo esperaba la profesora Sandini, siempre con la mala cara de quien ha masticado una naranja agria, severa y exigente. Sandini quería estar al día con el desarrollo tecnológico, y, en esa época, el último grito de los audiovisuales era el casete de VHS. Fue cuando el mundo se llenó con una cadena de tiendas llamadas Blockbuster. La profesora Sandini quería inventar un método de enseñanza del idioma basado en películas, por lo que encargó a Diego de transcribirle algunas en español. Diego trabajó “El verdugo”, de Berlanga, y “El cochecito”, de Marco Ferreri. De tanto correr la cinta adelante y atrás, para no perder ni una frase, se aprendió de memoria los guiones. Como Diego se dedicó con empeño a su trabajo, la profesora Sandini lo apreció, y comentó por allí que era un buen trabajador. En las clases le iba bien. Tanta experiencia en su país le había servido.

Con la profesora Sandini, dio un golpe maestro, sin querer. Para que la hora de tren le pasara rápido, usaba los viajes para estudiar. Iba un poco a ciegas, como el niño que da oscuros palos a la piñata vendada. Así, se leyó la escuela rusa de semiótica y se ve que era joven porque se abstraía entre el vaivén de las carrozas y la conversación de la gente. Y también se apasionó por la escuela de Frankfurt, y se leyó las obras completas de Horkheimer. En realidad, le interesaba, porque esos libros le servían para comprender la realidad.

Un día, la profesora Sandini le preguntó si conocía algún texto recomendable sobre el autoritarismo. Fresco de sus lecturas, Diego le aconsejó la lectura de Horkheimer. La profesora se quedó apantallada y partir de ese momento comenzó a tratarlo con una cierta deferencia. A veces, le tocaba ir en el autobús con algún estudiante, rumbo a la estación. En general, evitaba hablarles, pero una vez quedó frente a frente con una muchacha pelirroja, que destacaba por su inteligencia. Diego le preguntó si estaba contenta con las clases. “Con las clases, sí”, le contestó la muchacha. “Un poco menos con usted”. Diego se sintió entre ofendido y curioso. “¿En qué no funciono?”, le preguntó. La muchacha lo remató: “En su invencible melancolía”, dijo.