Relámpagos de la memoria

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Yo, señoras y señores, me llamo Diego Cosenza. Como todos, me engaño al creer que mi vida vale la pena de ser contada. Como todos, sé que solo se cuentan fantasías, engendros, malabares. Como todos, nos las contamos a nosotros mismos, sobre todo a nosotros mismos. Luego decimos: «Mi vida parece una novela». Toda vida parece una novela; ninguna lo es si no la adornamos con sueños, encandilamientos y exageraciones. Para mi hermana mayor, nuestra infancia fue un paraíso. Para mí, un martirio. Nos contamos el cuento que queremos.

No soy el único Diego Cosenza en este potrero. Sé de otros con el mismo nombre, y por eso me distingo con el segundo nombre y el segundo apellido, según uso español. De modo que mi nombre completo es Diego Antonio Cosenza Silva, tal como aparece registrado en mi partida de nacimiento y en la de bautismo. Antonio por mi abuelo, un calabrés destrampado que recaló por aquí cuando allá las hambrunas devastaban el campo italiano; Silva por mi familia de madre, de ostentados orígenes españoles, pobres como la muerte pero orgullosos de no haberse mezclado con la gente de estos pagos.

Ciudad Vieja Guatemala

Con los años, me he convencido que una de los grandes errores humanos es la soberbia de la sangre. De esa vanidad estaban llenos mis parientes ladinos, sobre todos mis tres coloniales tías solteronas de Ciudad Vieja, cuyo español era arcaico y blasonado, como las ruinas de los cariados palacios de esa apostemillada capital del reino. Eran mis tías abuelas, hermanas de mi abuelo don Nicasio Silva, el único que generó (y con no celado entusiasmo) en esa familia árida. También estaban orgullosos de ser ladinos los ascendientes de mi abuela materna, nativos de San Andrés, y, ahora que lo pienso y los recuerdo, con su tez cobriza y sus pómulos acentuados, me entra la duda sobre la imaginada pureza que los hacía despreciar a los kaqchiqueles que los rodeaban. Por esa línea, llegué a tener bisabuela, la Tía Teresa (era mi bisabuela pero todo el mundo la llamaba «Tía Teresa», incluidos los indígenas que iban a comprar rapadura a la tenducha con la que vivía). La Tía Teresa tenía la cara como las tusas secas con que envolvía la panela morena: largos surcos atravesaban su rostro, como los ríos, largos recorridos de años, largas fisuras del tiempo. Creo que no tenía dientes.

San Andres

De niño, iba a pasar temporadas a San Andrés, por eso me quedó en la memoria. Si tal extremo fuese posible, creo que allí me mimaban y consentían más que mi madre y mi abuela, y eso era ya mucho decir. No recuerdo qué hacía durante el día, en San Andrés. Recuerdo las noches, gélidas, oscuras, silenciosas, con los aullidos de los coyotes a lo lejos (el pueblo era un puñado de casas en la alta montaña) y el terror de espantos y aparecidos, pues eran los cuentos que se relataban antes de acostarse, después de que la Municipalidad cortaba la luz a las nueve de la noche. ¿Era la Llorona la que aúllaba al lado de la casa? ¿Sabés por qué llora? Llora porque en la época de la conquista se enamoró a traición de un soldado español, y dejó a su marido y a sus hijos por irse con el hombre. El español la dejó a los tres días y cuando la mujer regresó a casa, encontró a sus hijos muertos. Ella se tiró a un barranco, y desde el fondo de todos los barrancos se oyen su largos lamentos, en la noche, llora por sus hijos que quisiera revivir, y sus alaridos de muerta se oyen cerca porque está lejos y se oyen lejos porque está cerca. ¡Qué frío el de San Andrés! No te vayas a mear en la cama, porque te doy con el cincho. Si estás soñando que atravesás un río de aguas tibias, es que te estás meando. Cuidado, porque te doy con el cincho. Había que taparse con los ponchos hasta la nariz, y la nariz amanecía helada, como el agua de la pila.

El agua de la pila amanecía congelada pero no era un obstáculo para que mi tía me bañara, desnudo y tiritando. El primer huacalazo me dejaba sin respiración, como si trocitos de hielo me hubieran penetrado en los pulmones y en las venas. El resto del agua se sentía tibia, y al final, me envolvían con una toalla y me llevaban casi cargado hasta el cuarto, en donde me vestía, con una inexplicable sensación de calor. Otro recuerdo terrestre es cómo llegábamos a San Andrés. Autobuses había, pero mis parientes preferían el camino de tierra que unía Chimaltenango con el pueblecito de la Tía Teresa. Eran seis polvorientas leguas (se medía por leguas, no por kilómetros) y no recuerdo que fuera fatigoso. El recuerdo, en cambio, es el de la nube de oro que levantaban los autobuses cuando pasaban a nuestro lado, en crepúsculos añejos, con pastores y ovejas a los lados del camino.

En Chimaltenango también había frío. También había una pila, al fondo de la casa, y también me bañaban cortándome el aliento. No tendría más de cuatro años. Luego, me secaba al sol, sentado en el umbral de la casa, el sol picante del altiplano que tostaba las mejillas (“tenés chapitas”, decía mi madre. “Parecés manzana”). Allí, sentado, veía pasar a la gente. Las señoras masticaban apetitosas bolas de envidiable copal, un chicle blanco sin sabor, y me saludaban: “Saker, tat”, me decían. Yo respondía el saludo: “Saker, nan”, si eran mujeres; “Saker, tat”, si eran hombres. Eran muy corteses y reverenciosos, pero yo no tuve nunca un amigo kaqchiquel.

San martin jilotepeque chimaltenango guatemala

Un amigo que tuve era parte de un grupo de niños que jugábamos en la casa de enfrente. Era una casona inmensa, con un gran espacio lleno de silos de paja. Nos tirábamos sobre la paja y luchábamos como cachorros, unos contra otros, sin hacernos daño. Una niña tenia aliento de leche. El dueño de la casa era también el dueño de los transportes hacia San Martín Jilotepeque. Una tarde, mi amigo me dijo: “Vamos a San Martín en autobús”. El chofer no dijo nada cuando nos montamos los dos. Tanto, el niño era el hijo del patrón. Solo que no habíamos pedido permiso. Por varias horas nos dieron por perdidos, hasta que al regreso, nos recibieron con gritos y amenazas. Recuerdo, como entre sueños, a mi padre que me coge de una mano, y con la otra, me pega con su cintura de cuero. Quizá fue la única vez que me pegó.

El abuelo calabrés vivía al otro lado de la calle, en un cuartito donde después pusieron una iglesia evangélica. Esos recuerdos son como relámpagos de la memoria: aparecen y desaparecen, como fantasmas indiferentes. Veo al abuelo, Antonio Cosenza, seco, con los pocos pelos blancos en la cabeza como delicadas espinas de tuna, mientras corta, con un machete, una piña. Luego me ofrece unas rodajas. ¿Recuerdo o sueño o invento? Caminamos luego por un pedazo de terreno que hay al lado del cuartito, con inmensos árboles cuyas puntas se pierden en el cielo, algunos de jocote. El abuelo corta hojas de esos árboles, me hace masticarlas y siento el astringente sabor del jocote que me seca la boca.

Mi abuela me llevaba consigo, como un perrito dócil, a visitar el terreno que le había dejado el abuelo, fulminado por un ataque al corazón. Allí nos recibía Antolín, el aparcero, quien rendía cuentas de la mínima cosecha de maíz y quizá café. A mediodía, nos sentábamos debajo de un árbol, Antolín nos traía tortillas recién hechas en el comal, y del árbol mismo cortaba algunos aguacates. Los partíamos a la mitad, le echábamos sal, y con la tortilla como si fuera una cuchara, hacíamos tacos que comíamos lentamente. Antolín también nos daba agua en un tecomate, agua fresca del pozo. Nunca comida fue más regalada, nunca agua más dulce.

Estoy sentado en un mostrador (¿qué negocio había abierto mi abuela, tienda o cantina?) cuando pasa gritando o llorando una tía. El abuelo calabrés se había muerto de repente, en un crepúsculo con el sol oblicuo sobre mis ojos. Llantos, carreras, aspavientos. Poco después (¿esa noche, al otro día?) vamos todos en una especie de ambulancia, el féretro en el centro, dos bancas de madera a los lados, camino de la capital de Guatemala, para enterrar al abuelo. Están construyendo la carretera Roosevelt, en la entrada de la ciudad. El conductor no ve un montón de tierra acumulada y chocamos. No pasa nada. Luego de bajar, gente que habla, discute, se arrebata, volvemos a subir y vamos a enterrar al abuelo.

Paterson, N.J.

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Entre las seis y diez y las seis y media de la mañana, Paterson se despierta, coge su reloj de pulsera de la mesa de noche y se lo pone en la muñeca. Estos impalpables movimientos medio despiertan, también, a su mujer, que se queda en un limbo de entresueño. Ambos son jóvenes, duermen en un tibio lecho de íntima plaza y media, muy cerca uno del otro. Ella, a veces, le cuenta o le murmura lo que estaba soñando en ese momento. El lunes, día en el que inicia la película, le dice: «Estaba soñando que habíamos tenido gemelos». A él, la idea le parece divertida, pero no prevé los efectos que tendrá durante la semana. En efecto, el sueño de su esposa lo hace descubrir a una buena cantidad de gemelos, como si el sueño los hubiera generado mágicamente.

Paterson es una película sobre la poesía y sobre los poetas. Se inspira, de lejos, en William Carlos Williams, quien describió a su ciudad, Paterson (New Jersey) en un libro de poesías cuyo título es el nombre de ese lugar. Con un juego de espejos entre la ironía, la paradoja y la seriedad, Jim Jarmusch desdobla ese nombre: llama así al film y también al protagonista.

El oficio de este es conducir un autobús urbano. (La paradoja se completa: el nombre del actor principal es Adam Driver). Todas las mañanas atraviesa a pie un breve y florido parque, desemboca en el herrumbroso garaje del servicio público, sube al autobús y saca una libreta de notas, en donde va escribiendo los versos que se le han ocurrido durante el paseo matinal. Durante el largo trayecto, Paterson casi no habla: observa y escucha. Y lo que observa y escucha va a parar, transfigurado en  poesía, a su libreta.

Terminado el servicio, regresa a casa, cena con su esposa que le ofrece un espartano guiso creativo, buena voluntad y peor ejecución de recién casada (en un cómico episodio, ha preparado un pastel de queso cheddar con coles de Bruselas, asesinato culinario del que participa Marvin, el pequeño bulldog que vive con ellos). Después de cena, Paterson saca a pasear al perro, bebe una cerveza en un bar de varia humanidad, y luego regresa a casa, a dormir. Su única rareza es que no posee una televisión y tampoco un teléfono móvil. Por lo demás, su rutina es la de cualquier proletario norteamericano.

La cámara lo va siguiendo en sus sencillas andanzas mientras su voz, en off, va construyendo los versos que escribirá en la libreta. Es como asistir de escondidas a la creación de una obra de arte. La primera mañana, mientras desayuna (siempre desayuna solo, pues su joven pareja naufraga en el profundo mar del sueño) juega con una cajita de fósforos, de marca Ohio Blue Tip. Mientras camina, su voz va modulando el verso:

Tenemos un montón de fósforos en casa
Siempre los tenemos a mano.
Ahora nuestra marca favorita es Ohio Blue Tip,
aunque antes solíamos preferir la marca Diamond.

Interrumpido por un quejoso compañero de trabajo, arranca el autobús y recorre las calles. En la pausa del almuerzo, saca su libreta de notas y adivina el título de la poesía: Poesía de amor. Luego, continúa los versos empezados:

Eso fue antes que descubriéramos los Ohio Blue Tip.
Están empacados con excelencia:
robustas y pequeñas cajitas con una oscura luz azul y líneas blancas
con letras sesgadas en forma de megáfono
como si quisieran gritarle al mundo:
«Aquí está el fósforo más hermoso del orbe
es de una pulgada y media de suave vástago de pino
cubierto por una oscura cabeza púrpura
muy sobrio y furioso
y obstinadamente listo para inmolarse en la llama
prendiendo, quizás, el cigarrillo
de la mujer que amas
por primera vez».

Si uno quisiera ilustrar las ideas sobre la poesía de William Carlos Williams podría usar esta poesía cinematográfica. Williams predicaba una idea tan fácil de exponer como difícil de practicar: la poesía no es una construcción retórica de palabras, la poesía no es «escribir bonito», la poesía no pertenece a la gente culta. No. La poesía reviste a todas las cosas del mundo, hasta las más humildes, hasta las que son consideradas lo menos poético que pueda existir. Por ejemplo, una cajita de fósforos. Tarea del poeta (que puede ser una persona cualquiera) es descubrir lo poético del mundo y compartirlo con los demás, con la misma meridiana sencillez con que las cosas se ofrecen a nuestro ojos. Reconstruir nuestra mirada sobre el mundo, desactivar la observación automática que mira y no ve, y forzar al lector a ver el mundo con ojos nuevos. Lo enunció Huidobro: «¿Por qué cantáis la rosa, oh poetas?/ Hacedla florecer en el poema».

Paterson, el poeta, percibe el discurrir del mundo como una poesía total: no hay momentos prosaicos en su vida. Encuentra a una niña que espera a su mamá. La niña es como un emanación de su alma, una aparición maravillosa, pues ella también tiene una libreta en donde escribe poemas del mismo tono de los de Paterson. Le lee: «Caída del agua. /El agua cae en un día brillante / como el pelo sobre los hombros de una muchacha…» La chica se va, se disuelve en el automóvil de la madre, y él se queda repitiendo los diáfanos versos.

En el bar nocturno, especie de isla en donde recala mientras da un paseo a Marvin, el bulldog de peluche que dormita siempre en el sofá de su casa, un chico enamorado se desespera por el desdén de su inalcanzable amada. Más insiste, más la muchacha lo humilla. “Romeo y Julieta”, dice Paterson. “Abbot y Costello”, bromea el barista.

(Uno de los mayores discípulos de Williams es Ernesto Cardenal quien lleva a su extremos las tesis de Williams. No hay necesidad de ser un iluminado, un escogido, un mensajero de los dioses. Todos podemos escribir poesía, basta que nos quitemos el velo que la sociedad y la escuela han impuesto a nuestros ojos; basta que veamos el mundo con ojos nuevos; basta que describamos la poesía que vamos encontrando en los objetos. De ese modo, durante la revolución sandinista, creó una gran cantidad de talleres literarios, y en Nicaragua florecieron los poetas como los esquisúchiles en primavera. (Ya el país era propicio).

Volvamos a la película. Paterson contiene una difícil apuesta: contar poéticamente el proceso de la creación literaria. Me parece que Jim Jarmusch ha ganado esa apuesta. Los acontecimientos transcurren con la suave lentitud de algo parecido a la felicidad, si la entendemos como plenitud de vida. Dos niños suben al autobús y conversan sobre un boxeador, antiguo héroe del barrio. Una pareja habla sobre un anarquista local, que viajó a Italia para disparar al rey. “¿Tú crees que en Paterson queden anarquistas?”, pregunta él. Ella, pragmática: “Excepto nosotros dos, no”. Un poeta japonés (otra aparición mágica) que se sienta al lado del protagonista, durante su cotidiana pausa para el almuerzo, y le pregunta si conoce al poeta William Carlos Williams de Paterson, New Jersey. Habla un buen inglés, pero sus construcciones y su acento son inconfundiblemente japoneses: antes de hacer la pregunta, dice: “No querría cometer una imprudencia al formularle una cuestión…”

Paterson es una película en donde la poesía se ofrece entre viejos e  historiados edificios de ladrillo y el resabido asfalto relumbrante de una pequeña ciudad, una película en donde dos jóvenes se aman con encendida y constante tranquilidad, que es un remanso pacífico de gracia y quietud, que rapta al espectador, y que le depara una sorpresa final como una lección de vida. Y, por supuesto, como una lección de poesía

Arquímedes, detective

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Celebrado maestro de los estudios hispánicos, Alberto del Monte fue, complementariamente, uno de los mayores filólogos de la Romanística italiana. Nació en Nápoles y no pudo escapar a la influencia de Benedetto Croce (a quien debemos el apreciable menosprecio de los géneros literarios). Una vez en Milán, abrazó la filosofía gramsciana y unió el irrefutable rigor filológico a una severa sensibilidad por la historia de los textos estudiados. De él se podría decir lo que se afirmaba de Pedro Henríquez Ureña: daba la impresión de saberlo todo.

Un preciso volumen divulgativo, Breve historia de la novela policíaca, que habrá escrito como un divertimento, resulta uno de sus libros más difíciles de hallar. Agotadas las abundantes bibliotecas italianas, los empolvados mostradores de libros usados, cerrada la Biblioteca Nacional de Recoletos por inventario anual, una venturosa búsqueda en las librerías de segunda mano de Madrid (tantas y tan lejos unas de otras) me llevó a encontrar el libro en una olvidable y ancha avenida con frígido nombre de Marqués, en donde el añorado libro me costó 95 centavos de euro. Ni siquiera el precio de un café.

Un raro caso de libro que vale más de lo que cuesta (legión son los opuestos). Si uno quiere saber todo sobre la novela policial (al menos hasta el año 1962), Del Monte despliega una erudición imparejable al explicar orígenes y desarrollo. También para explicar los falsos orígenes, cosa más interesante de lo que parece. En efecto, en el capítulo II, “Los falsos indicios”, el filólogo italiano nos da cuenta de cuáles podrían ser los antecedentes más remotos del género policial. Para muchos, dice, el mito de Edipo es el primer relato policial de la historia. Da por sabido que todos conocemos las cruentas pesquisas del hijo de Layo y sigue adelante con otros cuentos menos conocidos.

Más bien, afirma Del Monte, antecedentes remotos del policial serían “los trucos empleados en el Alejandro o el seudoprofeta, de Luciano de Samosata; en la Vida de Coriolano, de Plutarco;” en el capítulo 51 de la II parte del Quijote; en Berger extravagant (1627), de Charles Sorel; en La fausse Clélie (1674), de A. De Th. Perdou de Subligny.

Le parece un ejemplo de deducción detectivesca la fábula de Esopo en donde la zorra se niega a entrar en la cueva del león al observar que las pisadas de animales solo muestran ingresos, pero no salidas; y del mismo tono es el episodio de la Eneida, en donde Caco roba unas vacas a Hércules y las arrastra por la cola, de modo que caminan hacia atrás, para despistar al dueño; igualmente, Alfonso VI, rey de León, y Carlomagno, en la Historia del falso Turpín, hierran a sus caballos al revés, para engañar a sus perseguidores.

La joya de estas referencias de erudición está en la historia de Rampsinito, rey de Egipto, por otro nombre Ramsés II. Dueño de inmensas riquezas (¿por qué en los cuentos hay siempre riquezas infinitas?) las custodia en un recinto de piedra, al cual se accede solo si se retira una de las piedras que lo sustentan. Como es natural, solo Rampsinito y el maestro de obras conocen la oculta piedra. Cuando el constructor del recinto está a punto de morir, revela sus dos hijos el secreto, y estos comienzan a entrar en la habitación, robando cada noche un poco. El rey se da cuenta y pone cepos junto a los objetos de valor. Cuando los hermanos entran, el primero queda atrapado y, temeroso de la venganza del rey, pide a su hermano que lo decapite y que se lleve su cabeza, para evitar el reconocimiento. Así lo hace el impío, y escapa con la cabeza de su hermano. Cuando Rampsinito abre la estancia, encuentra solo un cadáver decapitado. Entonces, ordena que ese cadáver sea expuesto a la gente, y que quien llegue a llorarlo sea capturado. El sobreviviente burla de nuevo al rey: emborracha a los guardias y roba el cadáver de su hermano para enterrarlo.

Ante esta nueva astucia, Rampsinito ordena a su hija que se entregue a cualquier hombre, con tal que este le cuente la historia más impía y la historia más astuta de su vida. El ladrón, enterado de esto, le corta un brazo al cadáver de su hermano, y se presenta a la princesa. Asombrosamente, le cuenta la verdad: lo más impío ha sido decapitar a su hermano, lo más astuto, robar el cadáver. Cuando la princesa oye la historia, quiere aferrar del brazo al delincuente, pero este le pone en las manos el brazo de su hermano muerto y escapa. A este punto, Rampsinito se rinde: declara que dará por esposa a su hija al autor de tantas y tan audaces empresas.

La macabra y cruenta historia inaugura una serie de relatos, que tiene como protagonistas a la astucia de un ladrón y a la hermosura de una mujer que descubre el secreto. Aparece en Pausanias, en las Mil y una noches, en los fabliaux medievales, en los cuentos del Renacimiento. Otros temas que se prolongan en la literatura popular son los del misterio del pasaje secreto, el del cadáver suspendido en el muro para que los parientes salgan al descubierto, el engaño de los cepos.

Uno de esos temas, la exposición del delito en público, aparece en Hamlet, de William Shakespeare. Allí, el fúnebre príncipe hace representar, por unos cómicos, la incestuosa muerte de su padre, para que Claudio, el culpable, se refleje en él. Alguno podría pensar que el método investigativo de Hamlet podría inscribirse en la tradición del género policial, pues trata de esclarecer un crimen y trata, también, de extraer una confesión al criminal.

Otros ejemplos de la literatura antigua propone Del Monte. Uno de los más interesantes lo toma del insospechable Vitrubio y de su célebre De architectura. Cuenta Vitrubio que Gerón, rey de Siracusa, encargó una corona votiva y dio al artesano que la fabricó una cierta cantidad de oro. Terminada la corona, la hizo pesar, y, efectivamente, correspondía al peso del oro dado por el rey. Sin embargo, alguien denunció al artesano diciendo que había sustituido parte del oro con plata. ¿Cómo resolver el misterio? El detective que Gerón contrató se llamaba Arquímedes. El encargo llegó a Arquímedes mientras tomaba un baño. Este estaba observando, oh casualidad, que el agua se rebalsaba de la bañera en cantidad proporcional al volumen de la parte del cuerpo metida en el agua. Una invisible lámpara se encendió sobre su cabeza y salió desnudo mientras gritaba “eureka, eureka”: “lo he encontrado, lo he encontrado”. Para resolver el misterio, sumergió una corona de plata en agua, y anotó cuánta agua se rebalsaba. Igualmente, sumergió una corona de oro, del mismo peso, y vio cuánta agua se rebalsaba. Solo le quedaba un último paso: sumergir en agua la corona fabricado por el artesano, de igual peso que las otras. Por desgracia para el artesano, el agua rebalsada era mayor que la de la corona de solo oro. Lo cual indicaba que había plata en ella. No era el peso, era el volumen. Pobre artesano.

Lo más interesante de toda esta exhibición erudita es la conclusión de Del Monte. Ninguna de estas historias puede tomarse como antecedente de la novela policial. Es pura manía de los estudiosos, que siempre ansían encontrar genealogías incluso donde no las hay. Muy gramsciano y muy marxista, Del Monte dice por qué: las circunstancias históricas en que cada historia se ha dado nada tienen que ver con las circunstancias históricas que generan el relato policial. Son muy otras. Y dejándonos con las cajas destempladas (pero con algunas buenas historias que contar) pasa al verdadero origen del género policíaco.

Otro traidor, otro héroe

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Cuando uno visita las ruinas de X., queda admirado del esplendor de la civilización de sus antepasados. Parecen, como tantos monumentos antiguos, grandes palacios de galleta, listos para darles un mordisco, así como está comprobado que algunas ruinas coloniales son de masa de nuégado. X. se levanta sobre el altiplano, y asombran los profundos barrancos que la circundan. Era imposible conquistar esa ciudad y así fue para los españoles, que no lograban escalar las empinadas paredes del abismo. Hasta que lograron dar con un traidor. El traidor les mostró la entrada secreta y así cayó la espléndida ciudad. Siempre hay un traidor. Y casi siempre ese traidor se considera un héroe, como ya lo escribió Borges.

Esta es la historia de un traidor, o de un héroe, según se le vea y considere.

Corría el año de 1954, en una pequeña república centroamericana. En ese lugar, después de una revolución, con sus muertos y sacrificios, se había construido una democracia, o lo más parecido que pueda haber a ella. Había un parlamento elegido por el pueblo y un Presidente de la República que había ganado limpiamente las elecciones. Había también partidos políticos, de derecha y de izquierda, y una prensa libre que regularmente atacaba al gobierno, como sucede en los países democráticos.

Pero lo más asombroso de todo era que, en ese pequeño país antillano, o centroamericano (ahora no me acuerdo), ejercer la profesión de militar era exactamente lo mismo que ser zapatero, plomero, o si se quiere, por aquello de las ofensas, era lo mismo que ser abogado, doctor, licenciado, dentista o ginecólogo. Quiero decir que ser militar era una profesión más. Eso tenía sus desventajas y sus ventajas. La desventaja era que los militares tenían un sueldo bastante regular, un poquito más que los maestros, pero no tanto como un médico y cirujano. Y entonces los militares andaban entre la gente, como un perito contador, o como un empleado de la municipalidad. Subían a los buses urbanos, se aferraban del tubo, cedían caballerosamente su asiento a las distinguidas damas y tocaban pundonorosamente el timbre cuando faltaba una cuadra para llegar. Entraban a las casas de todos sin aspavientos y sin armas, sólo la rareza de la testa pelada casi al rape y el uniforme algo desgastado. Era como recibir la visita de un cocinero que no se hubiera quitado el gorro blanco. Pero igual se le ofrecía su café con champurradas, y cruzaban la pierna mientras se fumaban un cigarrillo, y hablaban de la familia, el fútbol y la política, y llegada la hora, se despedían rechazando, corteses, la invitación a quedarse a compartir los frijolitos de la cena con la familia, también ellos tenían casa y los estaba esperando, otra vez será.

De ese modo, cuando un amigo nos dijo que estaba ese subteniente del ejército, recién graduado de la Politécnica, que no encontraba casa y encima andaba recién casado, nos dio pena y le cedimos un cuarto en nuestra casa de barrio popular. Se llamaba Carlos y era un muchacho simpático, algo reservado, pero correcto como el bigotito fino que gastaba bajo la nariz de águila real. Blanquita, su mujer, era un encanto, como todas las recién casadas, y parece que confirmaba el viejo dicho de que escoba nueva barre bien. Entre semana nos veíamos poco, salvo a la hora de la cena, y contábamos chistes, anécdotas, o comentábamos con pasión la política, porque en esa época se participaba mucho en la política, como si fuera un juguete nuevo que acabáramos de recibir. Los sábados, antes de almuerzo, nos echábamos el primer taguarniz (en esa época lo llamábamos así), y luego de la comida seguíamos echándonos los capirulazos (era otra forma de hablar de ese tiempo), hasta que nos poníamos colorados y nos daba por creernos hermanos, compadres, amigos para la eternidad. No me lo van a creer, pero no se decía, para ese estado de fraternidad, la palabra “cuates”, que vino después.

No hay duda de que con Carlos nos hicimos uña y carne. Sobre todo porque había quedado muy agradecido de nuestra hospitalidad. No sólo nos habíamos apretado un poquito para que se arrimara, sino que le habíamos dado familia y amistad. Y también Blanquita (que era de muy buen parecer) se hizo amiga de las mujeres de la casa, por lo que, cuando encontraron casa para ellos solos y se fueron a vivir a otra zona, aquello fue de casi llanto y qué lástima y vengan a vernos, no se vayan a olvidar, y regresen, aquí siempre habrá un lugar para ustedes y esas cosas que se dicen y que se sabe que no se van a cumplir.

Se fueron, pues, Carlitos y Blanquita, muy de vez en cuando nos veíamos, y nos vimos sólo cuando no debíamos, en una de esas trampas de la historia de las que uno quisiera salir, siquiera en los recuerdos, y en cambio está como el ratón que ya se comió el queso y oyó, allá atrás, el chasquido de la puerta que se cerró para siempre y no hay modo de volverse. Sucedió que (no estoy de ánimo para contárselo con detalles y menos ustedes para oír otra vez la misma historia) un golpe de estado se trajo al suelo al gobierno democrático de ese pequeño país de los Andes (¿o era del Mar Caribe?), y con él se vinieron abajo partidos políticos, discusiones, juguetes, libertades y demás boberías que fueron barridas por un fenomenal estado de sitio y un régimen militar de rompe y rasga en donde el que no estaba de acuerdo con el nuevo gobierno era inscrito en una lista negra, perdía el empleo y corría el riesgo de la cárcel o el exilio. Yo no estaba de acuerdo, me pusieron en la lista y me sacaron del chance (en ésa época se llamaba así, luego se llamó “chamba”).

Pero lo peor de todo no era eso. Lo peor de todo fue, para nosotros, para nuestro pequeño universo familiar, que el jefe de la asonada militar era Carlitos, nuestro compadre (yo había sido padrino de su primera hija), nuestro amigo del alma, el que había sido aposentado en nuestra casa. Peor todavía fue que todos los de la familia terminamos en la lista negra, y a todos nos volaron del trabajo, porque Carlitos sabía muy bien lo que pensábamos, y a pesar de que ahora era el Supremo Jefe de Estado, qué digo “a pesar de”, precisamente por eso nos cayó la daga de la nueva disciplina militar. Menos mal que en nuestros países siempre hay un amigo que arregla las cosas, y fue de ese modo que me logré colar en un proyecto francés de ayuda al desarrollo (ahora se llamaría una ONG) que consistía en que el famoso arqueólogo Claude Bertrand iba a reconstruir las ruinas de X.. Así que allí me tenían en X., con palas, azadones, picos, pero también con diseños sofisticados y aparatos de precisión, al lado del celebrado arqueólogo francés, que dejó las ruinas, válgame la gracejada, preciosas. Desarruinólas, y las dejó como nuevas, pero no por eso cambiaron nombre. Si no, qué chiste. Siguieron siendo las ruinas de X..

Para mi desgracia vino el día de la inauguración. Digo para mi desgracia, porque tenía que inaugurar las ruinas el Jefe de Estado, el mismísimo Carlitos pinto y parado, acompañado, para más joder, de su Excelentísima Primera Dama de la Nación, la tal Blanquita, mi comadre del alma (que se estaba poniendo cada vez más del alma cuando vivíamos en la misma casa y bien hicieron en irse a vivir solos, apunto para la posteridad). Fue un día que me levanté malcriado. A mí me pasa así. Hay días en que amanezco berrinchudo, y el que me aguanta, bueno. Y van llegando los carros negros brillantes, con sus banderitas oficiales, Monsieur l’Ambassadeur, el Secretario de la Embajada, carros, y polvo, y uniformes, y levitas, y fracs, cosa nunca vista en ese lugar de trabajo en donde todos andábamos llenos de tierra, y hasta el profesor Bertrand andaba todo catrín (se decía así en esa época, me excuso, también se decía “pachuco”), y en eso llega Carlitos, o si ustedes prefieren el Excelentísimo Señor Presidente de la República, que ya había llegado a Coronel, y todo el mundo de pie y aplaudiendo, y en cambio este servidor, trompudo, bravo, encabronado, no sé por qué esperé ese día para pensar “cómo iba a ser eso que Carlitos nos hubiera hecho semejante canallada”, no sólo volarse al gobierno democrático, el único de todo el siglo, éramos el ejemplo de América Latina, sino que encima, ya a lo personal, ni siquiera se acordó que éramos compadritos, y nos mandó a la mismísima chingada y creo que no paramos en la cárcel sólo porque una luz en la conciencia le detuvo la mano, pero de allí a que yo me pusiera de pie como todos, y me pusiera a aplaudir como todos, eso sí que ya no, de modo que me quedé sentado en una piedra y era notable que todos aplaudiendo y vitoreando y un sólo tipo, o sea yo, aplastado en la piedra, sin modo de levantarlo, manos hubo que quisieron ayudarme y yo con malos modos los rechacé, y los ojitos de águila de Carlitos (no sólo la nariz tenía de rapaz) me vieron y me fotografiaron, me vieron y me reconocieron, y como todo el mundo sabe, puede el universo hacerme un homenaje, pero no hay nada peor que un amigo me haga un desprecio. Yo creía que Carlitos era un traidor. Él se sentía un héroe, el Libertador de la Patria. Hasta canciones le habían hecho.

Por eso no fue raro que al día siguiente llegara la policía secreta a capturarme. Estábamos recogiendo nuestros instrumentos de trabajo cuando aparecieron en sus carros funestos y me dieron la gran sopapeada delante de todos, antes de meterme a patadas en el asiento trasero. Y luego entendí qué significaba “ir por cordillera”. Yo creo que fui de los últimos habitantes de este pequeño país de América que se fue por cordillera. Era mandar a un prisionero al exilio, con las manos amarradas, caminando hasta la frontera más cercana. Era caminar y caminar y caminar, hasta sangrarse los pies, hasta caer doblegado del cansancio y sufrir las burlas y los empellones de los esbirros, masticando sangre y tierra. Fueron varios días, hasta caer en tierra extranjera, sin un céntimo en el bolsillo, con la prohibición mortal de regresar al país.

Ahora, cuando veo las ruinas de X. y recibo el fresco aire del altiplano, veo su cielo azul, y contemplo asombrado la obra de mis antepasados, no puedo dejar de recordar a Carlitos y a su mujer. No puedo dejar de pensar que fue un traidor, como lo fue el indígena que enseñó a los españoles el laberinto secreto que conducía al corazón de la ciudad. Y muchas veces me pregunto, si, antes de morir, a manos de otro traidor que en lugar de custodiarlo le descerrajó una bala en la cabeza, Carlitos pensaba todavía que era un héroe, que de veras había salvado a la patria, o que con la bala se le reveló por fin, al menos al final, su antigua estirpe, esa que vestida de nobles fines nos convierte en los seres más abyectos.

Las niñas de Guatemala

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Un indiscutible noveliberista reivindica uno de los más antiguos lugares comunes de la psicología, el del idiot savant, para confeccionar un detallado panegírico de Adam Smith, autor de la Investigación sobre la riqueza de las naciones (1776), un libro por el cual se le atribuye la poco gloriosa paternidad del liberalismo económico, un libro que los neoliberales autóctonos colocan en el panteón de lecturas ilustres, un libro de novecientas contundentes páginas de filosofía económica que perpetúa el misterio según el cual los economistas de algún prestigio no pueden explicarse si no a través de macizos ladrillos, como si fueran armas de defensa y ataque. (Del otro lado de la barricada, no desmiente ese misterio El capital, de Carlos Marx). El narrador describe a Smith tan distraído que el cochero de una diligencia lo sorprendió mientras vagaba a campo abierto, sin darse cuenta que, perdido en sus profundas reflexiones, se había alejado de la nativa Kirkcaldy.

Debemos a tales reflexiones el descubrimiento que el motor del progreso es el egoísmo y que solo persiguiendo el propio beneficio el ser humano logra una sociedad estable y libre. No hay ética, celebra el hagiógrafo (quien dos líneas atrás se lamenta de la falta de moral en el desarrollo humano), sino interés. Nuestro apologista resume así la doctrina liberal: “Gracias a la propiedad privada y a la división del trabajo se desarrollaron unas fuerzas productivas formidables y […] la competencia, en un mercado libre, sin demasiadas trabas, era el mecanismo que mejor distribuía la riqueza, premiaba o penalizaba a los buenos o malos productores y que no eran estos, sino los consumidores, los verdaderos reguladores del progreso”.

La lujosa utopía de Smith se asemeja a una carrera de atletismo, en donde todos los seres humanos están en la misma línea de salida, y al pistoletazo del árbitro, todos corren hacia la meta. Solo los mejores llegarán primero, mientras los menos dotados se quedarán rezagados. Tal vez el señor Smith era distraído. Seguramente sus tesis adolecen de un defecto de realismo, por drásticas  que parezcan. ¿Se requiere mucho esfuerzo de observación para darse cuenta de que no todos nacimos dentro de la misma clase social? ¿De que no es lo mismo nacer en una aldea perdida en la selva armazónica y nacer en Estocolmo? ¿De que no es lo mismo pertenecer a la casta de los shudrás, en la India, que pertenecer a la casta de los brahmanes? ¿Que no es lo mismo ser el hijo de un poderoso finquero que ser el hijo de un campesino al servicio de ese finquero?

Si el distraído señor Smith hubiera vivido en Guatemala, el martes 8 de marzo de 2017, quizá nos habría ahorrado las novecientas páginas de su obra maestra. Porque lo sucedido ese día tiene mucho que ver con el punto de partida de unas vidas y tiene que ver con el magnífico egoísmo que, según Smith, debería ser el motor del bienestar de la sociedad.

Demos un paso atrás. Como en muchos países de América, la sociedad de Guatemala está nítidamente dividida por “la propiedad privada y la división del trabajo” cantadas por Smith. Hay quien tiene mucho, hay quien tiene algo y hay quien no tiene nada. Muy pocos caminos hay para pasar de un estamento a otro. En los últimos años, se ha descubierto que uno de esos caminos es la política. (Se abre, aquí, otro capítulo doloroso, pero Smith lo resolvería reafirmando su axioma: se entra en política por egoísmo, por interés, por afán de acumular riquezas. ¿O no? ¿O la ley primordial del liberalismo cedería el paso al torpe moralismo de quien concibe la política como un servicio a los demás para el mejoramiento de la comunidad?).

El gobierno de Guatemala cuenta con una “Secretaría de Bienestar Social”, casi siempre patrocinada por la Primera Dama de la Nación, quien desahoga así sus pulsiones caritativas, benéficas, cristianas y filantrópicas. Del otro lado de la sociedad (en algún lado oscuro, andrajoso y periférico) están las familias miserables, analfabetas, marginales. En ese lado de la sociedad hay quien tiene hijos y no sabe qué hacer con ellos. Son niños que crecen pobres, desesperados, a un punto de la delincuencia. Los instrumentos pedagógicos que se les aplican suelen ser el palo y el maltrato, cuando no el abuso sexual. Algunos de ellos se insolentan, se vuelven insufribles, respondones, indisciplinados. Para ayudar a tales familias, la Secretaría de la señora del Presidente ha creado una cadena de “Hogares Refugio”, en donde los adolescentes deberían encontrar pedagogos expertos que les enseñen la vía para integrarse en la sociedad. Como quien dice, ponerlos en la línea de salida para que, cuando el árbitro dé la señal, sean los primeros en llegar a la meta.

Tan óptima teoría no fue seguida por la práctica. De alguna manera, siguiendo una vieja costumbre política de casi todos los países, se nombraron como educadores para los “hogares refugio” a personas amigas, a correligionarios, a personas sin ninguna preparación para enfrentar casos tan especiales como los representados por los jóvenes que iba a parar allí. Y en lugar de aplicar las adecuadas teorías pedagógicas de rehabilitación, les siguieron dando palo y, en algunos casos, abusaron sexualmente de ellos. El Hogar Refugio de San José Pinula era un laberinto de torturas para las niñas y niños que tuvieron la desgracia de caer en esa especie de prisión.

De modo que un día antes, cuenta elPeriódico de Guatemala, se subieron al techo del edificio (las niñas en una sección, los niños en otra) y comenzó un alboroto carcelario. Porque, como una cárcel, el Hogar Refugio estaba rodeado por un muro, en cuya parte superior había alambre espigado para evitar las fugas. Los encargados, inexpertos y asustados, llamaron a la Policía Nacional, quien llegó al lugar y restableció el orden con el método que conocen: a bastonazos.

De manera que la mañana del martes 8 de marzo los niños amanecieron castigados. El castigo consistió en encerrarlos bajo llave. Las niñas pidieron permiso para ir al baño, que estaba fuera, Los educadores les negaron el permiso. Entonces, las adolescentes desarmaron unas camas, fabricaron una suerte de baño, y allí hicieron sus necesidades. Esa humillación las exasperó y pensaron que, quemando algunos colchones, lograrían la apertura de las puertas. Los colchones prendieron fuego con facilidad, y pronto las llamas se propagaron. Las niñas comenzaron a gritar, pidiendo auxilio. Los educadores pensaron que era un truco, una insolencia más No abrieron la puerta.

De esa manera, murieron quemadas 40 niñas.

Cuarenta.

Hay otras que se debaten entre la vida y la muerte, en hospitales de Guatemala y Estados Unidos.

Hay un clamor, que podríamos llamar “popular”, para que se castigue a los culpables. Está claro que quienes no tuvieron la inteligencia de abrir la puerta son los primeros responsables. ¿Y aquellos que los nombraron para que fueran educadores? ¿Y la sociedad que permite esos abismos entre gente destinada a los “hogares refugio” y gente que se educa en los mejores colegios de los Estados Unidos? El distraído señor Smith diría que cada quien se ha comportado persiguiendo su interés, guiado por su exquisito egoísmo. La conclusión, por desgracia, no es la felicidad de la nación. La conclusión es otra, distraídamente otra.

Noviembre

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Los hábitos de la literatura nos han acostumbrado a pensar que una novela pueda tener más de un final; que pueda no tener un final para que el lector lo adivine, lo imagine o lo sueñe; que pueda tener un final engañoso o falso; o que, de todos modos, se aplique la fórmula de Edgar Allan Poe, según la cual toda narración está escrita en función de su desenlace. Noviembre, de Jorge Galán, en cambio, tiene un solo riguroso final, drástico e inevitable: el martirio de seis jesuitas en El Salvador, por mano de un escuadrón militar. Lo singular, en esa novela, está en que posee muchos inicios, como si el autor nos sugiriera que cualquier gesto, hasta el más indiferente, puede concatenarse en una serie de eventos cuya relación con el evento inicial parecería casual. Un niño que, desde el autobús, desafía el poder militar mostrando el puño alzado; un novicio vasco que decide ir en misión a un país arcano; un sacerdote que, por ayudar a sus fieles campesinos, es asesinado; un arzobispo que después de ese asesinato obra una conversión interior radical; un presidente de la república atribulado frente a una taza de café. Todos son inicios de una tragedia que es la razón de esta novela, como para recordarnos que hay un prado en San Salvador cuya hierba todavía está invisiblemente ensangrentada, y que esa sangre todavía espera justicia.

Comencemos por una anotación: la narración está construida en modo circular. Inicia con el relato de la masacre y se cierra de la misma forma. En medio, una serie de historias entretejidas, como los afluentes de un río que van enriqueciendo nuestro conocimiento, historias que por sí solas no tendrían sentido, pero que lo adquieren cuando confluyen, al final, con el relato detallado de un acto, que, en un país católico, impresiona por lo impío, lo malvado y lo salvaje. El concepto religioso de “pecado” adquiere aquí una encarnación y una materialización mucho más impresionante, porque quienes cometen el sacrilegio de asesinar a sus propios sacerdotes son, al mismo tiempo, fieles católicos de la iglesia que profanan. ¿Tendrán paz en sus corazones los que imaginaron la masacre, los que la ordenaron, los que la perpetraron? ¿Cómo se justificarán delante de su conciencia (todo el mundo trata de justificar sus perversidades)? ¿Lograrán creerse a sí mismos cuando esgriman esas justificaciones ante ese austero tribunal personal?

Los hechos contados por Jorge Galán son los siguientes: la madrugada del 16 de noviembre de 1989, un comando del Batallón Atlacatl (cuerpo de élite del Ejército salvadoreño)  bajo las órdenes del coronel Guillermo Benavides, atacó la casa de los padres jesuitas que enseñaban en la Universidad Católica de El Salvador. Los obligaron a extenderse bocabajo sobre la hierba del jardín y los ejecutaron a sangre fría. Eran el padre Ignacio Ellacuría, el padre Segundo Montes, el padre Ignacio Martín-Baró, el padre Amando López, el padre Joaquín López y el padre Juan Ramón Moreno. El relato se construye a partir de esta blasfemia.

(Al principio del relato policial, el narrador escondía al autor del crimen, y todo el cuento o la novela constituían una peripecia para descubrirlo. Más adelante, con la sofisticación del género,  se introdujo una variante: desde el principio sabemos quién es el criminal; lo que interesa es saber cómo y por qué. Esta segunda variante domina la novela de Galán. También, varias apasionantes historias secundarias, algunos personajes notables, las torvas razones de los criminales.)

Sobre todo, hay un personaje no humano que recorre todo el texto: el clima de terror, espeso y vibrante como la niebla de los espejismos, que domina el ambiente de El Salvador en la época del asesinato. Nadie sabe lo que es el terror hasta que no lo ha vivido. Los teóricos escriben: es la sensación de que te puede suceder algo (ser un desaparecido, ser asesinado, ser herido) sin que sepas por qué. La total desaparición de la seguridad que el Estado tiene la obligación de dar a sus ciudadanos. La desconfianza como condición primera de las relaciones con los demás: ya no confías en tus amigos, en tus parientes, en tus hermanos. Por eso es ejemplar un recuerdo de infancia del narrador: va en un autobús urbano, ve a un grupo de soldados, y sin saber por qué, saca por la ventanilla el puño alzado, en gesto de desafío. Los demás pasajeros le gritan aterrorizados que no lo haga: una travesura se puede pagar con la vida.

Me interesa la figura del padre Tojeira, superior de los jesuitas centroamericanos, quien se ve enfrentado a un suceso que, al principio, le parece superior a sus capacidades. En cambio, puesto frente a la realidad, Tojeira descubre uno de los grandes secretos humanos: cuando la historia te lo exige, no eres valiente ni cobarde. Simplemente, haces lo que tienes que hacer. (O no lo haces, y tu derrota es eterna). De ese modo, se enfrenta con gran coraje al mismo Presidente de la República, al coriáceo Jefe del Estado Mayor Presidencial, al desanimado embajador de España, al deplorable espía del FBI y a varios arzobispos. A todos les grita (literalmente) que el responsable del crimen es el Ejército nacional, no obstante la campaña estatal por hacer creer que fue una acción de los guerrilleros del FLMN. Me interesa la figura de Lucía Cerna, la única testigo del crimen, una de esas mujeres latinoamericanas que no dudan entre la verdad y el miedo. En medio del terror universal de esa época, afirma su voluntad de atestiguar lo que vio, no obstante presiones e incluso luego de ser secuestrada por los servicios secretos en tierra norteamericana. Como tantas otras, Lucía Cerna es una callada heroína de la historia reciente de la América Latina.

En sus diversas ramificaciones por buscar las raíces del crimen, la novela de Jorge Galán relata la ejemplar historia del padre Rutilio Grande; la extraordinaria conversión de Monseñor Óscar Romero, sus trágicos funerales, el amor del pueblo por este pastor sencillo y amoroso, un ser humano por encima de toda ideología, con su rostro de moreno ídolo olmeca, grandes manos de obrero hechas para bendecir y proteger, su inerme defensa de los más pequeños, de los perseguidos, de los últimos; las historias de cada uno de los jesuitas muertos, quien de Navarra, quien de Valladolid, españoles arrebatados de América, de su gente, de su pobre gente.

Hay también, dos conversaciones que marcan el contenido del libro. En una, Tojeira habla largamente con el narrador, muchos años después de que todo ocurrió. Al hablar sobre la posibilidad de llegar a la verdad, el narrador pregunta:

“-¿Y se puede hacer algo?

-Insistir.

-¿Vale la pena, padre?

-Siempre vale la pena. Incluso cuando se sabe que puede no llegarse a nada.

-Supongo que lo que dice es como es.

-¿Y ahora vas a preguntarme si los jesuitas murieron en vano?

-La pregunta de siempre, la de todas las entrevistas

-Sí.

-¿Y murieron en vano, padre?

-No.”

Esta seca respuesta vale todo el libro. En ese “no” escueto se encierra toda la fe de Tojeira, toda la razón por la que en estos años no ha cejado de luchar por la verdad.

La otra conversación tiene como protagonista a uno de los más importantes teólogos latinoamericanos, el padre Jon Sobrino. El narrador lo entrevista, y al final, le pregunta:

“- Padre Jon, ¿por qué cree usted que no es un mártir como ellos?” [La pregunta podría ser capciosa, pues Sobrino vivía en esa casa, pero se encontraba de viaje cuando llegaron a matarlos a todos].

La respuesta de Sobrino es lapidaria, y ofrece toda la dimensión trágica (también mística) del sacrificio de los jesuitas:

“-No soy digno -contestó Sobrino, sin llegar a meditarlo -. Porque no soy digno”

Superada la época del realismo mágico, pasada la época de la novela fantástica, pasada la época de la novela abstracta e intelectual, la realidad histórica latinoamericana, con su fascinante dureza y ejemplaridad, vuelve a plantearse como tema generador de ficciones, como afirmación del papel profético del intelectual, como fundamento de una literatura adulta, universal, sustantiva.

Último capítulo

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Encuentro, en la Revista de la Universidad de Buenos Aires de 1958, un artículo que podría enriquecer la literatura fantástica: Jorge Luis Borges comenta el último capítulo del Quijote. Borges mantuvo relaciones disparejas con la literatura en lengua española: a veces declaraba admiraciones casi reverentes, como en el caso de Cervantes o Rubén Darío, a veces aborrecimientos inextinguibles, como en el caso de Baltasar Gracián, a quien nunca perdonó el trabajado exceso conceptista de llamar a las estrellas “gallinas de los campos celestiales”. Borges padeció la admiración americana por Quevedo, aunque, en conversaciones privadas, señaló agudamente que sus sátiras estaban condicionadas por el poder. En efecto, decía Borges, Quevedo atacó a panaderos, prostitutas, abogados y médicos, pero nunca a los miembros de la corte, de los cuales dependía. Alguna vez, el escritor argentino se burló del título de una novela de Pérez Galdós: Miau, y es difícil no darle razón. No soportaba a García Lorca (compartía esta equivocación con Dalí, a quien el Romancero gitano pareció de un andalucismo de folclore) y hay quien sospecha que el Pierre Ménard de su famoso cuento sobre la reescritura del Quijote aluda de alguna forma a Unamuno. También había parodiado el universalismo de Neruda en el patético protagonista de El Aleph.

Su lectura de Cervantes resulta más afectuosa que reverente. Y quizá no es casual que haya escogido el último capítulo del Quijote, en donde se presentan más las emociones que las farsas. Un primer apunte de Borges llama a la sensatez: se exige al lector que haya acompañado a don Quijote en sus aventuras anteriores, de modo que se entre al capítulo final considerando a los protagonistas como amigos, no como personajes. Porque el mismo Cervantes ya no habla de ellos, en este capítulo final, como figuras ficticias, “sino como amigos suyos y nuestros”.

En este episodio final, el título se abstiene de misterios: dice “De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo, y su muerte”. Lejos están las bromas de aquellos título que anunciaban “Donde se habla lo que en él se verá”. Sabemos a lo que vamos. No obstante esa primera transparencia, Cervantes nos juega otra deliciosa trampa, al comenzar diciendo: “Como las cosas humanas no sean eternas…”, y con eso le confiere a su personaje una realidad que no tiene, o, como mejor dice Borges: el Quijote “es un sueño, un sueño de Cervantes, un sueño que pudo ser inmortal”.

Encontramos a don Quijote postrado después de su última derrota y, para animarlo, los otros personajes lo incitan a que se levante para seguir combatiendo engendros, venciendo gigantes, enamorando a Dulcinea. Esto es, el bachiller Sansón Carrasco, el ama, la sobrina, el cura y Sancho siguen danzando en aquel mundo imaginario que durante toda la obra han combatido, mientras don Quijote se prepara a recobrar la lucidez. La lucidez y la tristeza. Viéndolo tan melancólico llaman a un médico que, fantasma de un instante, aparece un momento para desparecer de inmediato. Más que un médico, un pretexto narrativo para decir que “atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”. Médico fugaz, médico honesto. Al oírlo, ama, sobrina y escudero comienzan a llorar copiosamente, y Borges anota que ese llanto es el nuestro, pues anticipamos la despedida del personaje al que hemos llegado a querer y es el de Cervantes, que tendrá que separarse de un compañero de años y años.

En seguida, Borges examina el problema técnico que se le plantea a Cervantes con la recuperación de la lucidez de su personaje. Toda la obra está escrita para que, al final, Don Alonso Quijano recobre la razón. “Cervantes, sin duda, pudo haber inventado un episodio singular”, dice Borges, “pero recurrió en buena hora a algo más convincente y más misterioso: al oscuro proceso del sueño. ¿Qué nos pasa al dormir? ¿De qué mundo desconocido regresamos al despertar?” Seis horas duerme don Quijote, al cabo de las cuales, proclama casi a gritos que ha recuperado la razón y traza una línea sin equívocos entre la realidad y los “disparates” y “embelecos” de la imaginación. Reflexiona Borges: cualquier otro habría hecho morir a don Quijote combatiendo contra gigantes o paladines. En cambio, es más turbador y más triste este regreso a la cordura que el prestigio de morir loco.

Cuerdo, sí, pero más que nunca valiente. Si fue arrojado hasta la temeridad en su locura, esa reciedumbre de espíritu se fortalece cuando se enfrenta al más hostil y duro de sus enemigos: la severa realidad de la muerte. Con la misma valentía con que exclamó, capítulos atrás, “¿Leoncitos, a mí?”, ahora “sabe que toda su vida ha sido un engaño y no siente miedo. […] Alonso Quijano ahora está solo; sabe que todas sus empresas han sido necedades y humo. Sin embargo, ni se acobarda ni se entristece; se alegra porque ha encontrado la verdad, aunque esta verdad venía a aniquilar toda su vida”.

En sus últimos momentos, don Quijote llama al cura y se confiesa. Discreto, el narrador nada nos dice de esa confesión, que queda en el mismo misterio del sueño que devolvió la lucidez al personaje. ¿Qué soñó don Quijote mientras dormía? ¿Qué pecados confesó al cura? Por toda la eternidad, no lo sabremos. Llama también al escribano y dicta testamento con claridad admirable. Recuerda incluso algunos dineros que debía a Sancho. La reacción de Sancho responde a su personaje: invita a don Quijote a levantarse, “porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más” y lo invita también a que se disfracen de pastores y vayan a buscar a la señora Dulcinea detrás de una mata, ya desencantada. Los papeles se invierten, señala Borges, y el que habla quijotescamente es Sancho, mientras don Quijote sufre ya de una cordura irreversible.

Hecho esto, se entra en el grave momento de la espera de la muerte. Ocurre aquí algo profundamente humano y profundamente cruel: pues aunque estaban tristes y dolidos, “comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena…” También Cervantes está cerca de la muerte y no por nada ha vivido. Conoce con profundidad de experiencia al ser humano y harta razón le asiste cuando señala la alegre tristeza de los deudos.

Notable, también, el pasaje de la muerte de don Quijote: “el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió”. Comenta Borges: “Los autores suelen cuidar el lecho de muerte de sus héroes. […] Cervantes deja que éste se vaya de la vida de una manera lateral y casual, al fin de una frase. Cervantes nos da con indiferencia la tremenda noticia. Es la última crueldad de las muchas que ha cometido con su héroe; acaso esta crueldad es un pudor y Cervantes y don Quijote se entiende bien y se perdonan”.

El dilema de Arjuna

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El inalcanzable arte del prólogo contiene una etiqueta y una cortesía, bajo la máscara de la benevolencia y la inconsistencia. Quien escribe el prólogo debe enaltecer, alabar y exaltar al prologado, con palabras tales que no resuman el libro que anticipan (sería la misma mala educación que contar la trama de una película a quien no la ha visto) pero que prometan una lectura entusiasta y seductora. No es el caso de la razonable “Introducción”, de Carlo Prandi, al muy interesante y superado libro de Marcel Mauss, La nozione di persona marcel-mauss-la-nozione-di-persona (Brescia, Morcelliana, 2016), introducción que locuazmente ocupa la mitad del librito. Carlo Prandi se ocupa también de la traducción.

En realidad, Mauss no pensó en escribir un libro. En realidad, Mauss no escribió ni un solo libro. Su gran prestigio académico se basa en una cantidad considerable de artículos, que, caso raro en un universitario, no se plasmaron ni siquiera en una miscelánea. En este caso, se trata de una conferencia, de la serie Huxley Memorial Lectures, dictada en 1938, en Londres

Mauss tuvo la desafortunada buena suerte de ser sobrino de Emile Durkheim y por el resto de su existencia y después de su existencia la estrella de tan ilustre tío oscureció la fama del catedrático parisino. Nació epígono. Eso no fue obstáculo para que desplegara su brillante inteligencia en la sociología, disciplina de la que es considerado uno de los mejores representantes. La fecha de su conferencia (1938) condiciona muchos de sus conceptos y arruina algunas páginas del ensayo sobre la historia de la noción de “persona”. Mauss todavía usa la categoría de “primitivos” para los indígenas de la América del Norte, y también utiliza la distinción renacentista entre pueblos iletrados y pueblos letrados. El prólogo de Prandi trata de corregir esas carencias.

No obstante las fascinantes descripciones del sistema de nombrar a una persona en las sociedades norteamericanas precolombinas (había quien tenía un nombre por la mañana, otro a mediodía y otro por la tarde; había quien tenía un nombre en la infancia, otro en la madurez y otro en la vejez; había quien tenía un nombre según se había presentado: “El que viene con la lluvia”, “El que surgió de la neblina”, “El de la nieve y el viento”); no obstante ello, me detengo en una reflexión sobre la introducción del concepto occidental del “yo” entre los nahuas.

El antropólogo Jorge Klor de Alva, en un agudo artículo sobre el tema, explica la “disgregación cultural y religiosa” producida por la devota obligación de confesarse. Para los nahuas, dice el estudioso, “cada ser humano era un microcosmos que reflejaba las fuerzas constitutivas del universo”. En otras palabras, el concepto de “individuo” autónomo no existía. Al contrario, los seres humanos formaban parte del cosmos y actuaban en armonía con él: su destino era ser instrumentos de una orquesta, tocar de acuerdo con los otros para producir una melodía celestial. El concepto de “pecado”, como acto voluntario fruto de un libre albedrío en oposición o en contraste con la naturaleza, simplemente no existía. Puestos a confesarse a la fuerza, los nahuas no sabían qué decir, y todo se resolvía en que se inventaban siempre los mismos pecados, para complacer a los misioneros, quienes, a su vez, creían que los indígenas estaban muy complacidos con la confesión. El mortal resultado de este equívoco fue la creación de un ser híbrido, ni indígena ni español, un ser sincrético que fácilmente fue calificado o percibido como “inferior” y, por tanto, fácil de subyugar y explotar. Nace el “indito”, humilde y agachado, que dejó la vida en las minas o en las plantaciones.

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Batallas de Árjuna con los Kauravas.

Que el concepto de “persona” sea una creación antigua lo confirman también las doctrinas orientales. Sea porque lo afirmen sea porque lo nieguen. En la Baghavadgita, se cuenta el dilema del guerrero Arjuna, quien tenía que ir a la guerra por obligación de su clan. Sin embargo, Arjuna era lo que hoy llamaríamos un pacifista que asiste a una lucha entre su propia conciencia y su obligación social. Consulta, pues, a Krishna, quien le resuelve el problema: “Si –dice el dios – refiriéndote a tu Ego, piensas: “No combatiré”, esta decisión es equivocada. Tu naturaleza te vencerá. Oh, hijo de Kunti, atado por el deber que procede de tu naturaleza, lo que en tu interior no quieres hacer, lo harás, aunque no te guste”. Prevalece aquí la sociedad sobre el individuo, pero, al prevalecer, subraya la importancia del individuo.

En cambio, Buda condena y prescribe la creencia en el “Yo”: “La materia, oh monjes, no contiene un “yo”. Si, en efecto, la materia se identificara con el “yo”, ella no llevaría al dolor […] Tampoco la conciencia posee un “yo”; si la conciencia tuviera un “yo”, ella no llevaría al dolor, y, en cambio, la conciencia lleva al dolor…. Oh monjes, habiendo comprendido esto, el Santo Auditor está disgustado de la materia, está disgustado de las sensaciones, está disgustado de las percepciones, está disgustado de la conciencia. Y estando disgustado, se aleja y, por consecuencia, se libera…” De aquí, la negación del individuo para buscar el nirvana.

¿Qué hacer? El Buda prosigue: “Abandona la ira, descuida el orgullo, desatiende las ataduras: ningún dolor puede tocar al hombre que ha abandonado su nombre y sus formalidades y que no posee nada. Haz una isla de ti mismo, actúa rápidamente, sé sabio. Libérate de las impurezas: libre de manchas, irás a la celeste tierra de los Elegidos”. Uno podría pensar en los tantos puntos de contacto con la religión cristiana, pero hay una cuestión discriminante: la disolución del ego del budismo ignora el fuerte individualismo occidental.

Una concepción de las relaciones entre el “yo” y la conciencia aparece en la cultura china. Uno de los Diálogos de Confucio recita: “El duque Ching de Ch’i interrogó sobre el gobierno. “El príncipe debe hacer su deber de príncipe” respondió Confucio. “El ministro, el del ministro; el padre, el del padre; el hijo, el del hijo”. “¡Óptimo!” exclamó el duque Ching, “efectivamente, si el príncipe no hace su deber de príncipe; el ministro, el del ministro; el padre, el del padre y el hijo, el del hijo, por mucho que abunde el grano, ¿me lo podré comer?” Aquí, por cuanto lo repetitivo pueda llamar a la comicidad para una mentalidad occidental, está la clara relación entre el nombre y la función social. Yo, el individuo, soy lo que soy en cuando tengo un lugar en la sociedad, y me identifico como individuo si cumplo con mi deber social. El “Yo” como entidad abstracta, como función autorreferencial no existe. Existe solo entre y por los demás.

Puede sorprender el siguiente pasaje de los Diálogos de Confucio: “Fang Chi interrogó al Maestro sobre las virtudes de la humanidad. El Maestro dijo: “Amar al prójimo”. […] Xong Gong interrogó al maestro sobre las virtudes de la humanidad. El Maestro dijo: “En público, compórtate como si recibieses a un huésped de gran categoría; trata a la gente como a ti mismo, celebrando un sacrifico importante. No hagas a otros lo que no querrías que te hicieran a ti”. […] Zichang interrogó a Confucio sobre las virtudes de la humanidad. Confucio dijo: “La humanidad consiste en poner en práctica las cinco virtudes del mundo: respeto, tolerancia, fidelidad, positividad y generosidad. Si uno es respetuoso, no será despreciado. Si uno es tolerante, obtiene el consenso. Si uno es sincero, se gana la confianza de los demás. Si uno es positivo, consigue el éxito. Si uno es generoso, los demás te sirven con gusto”

La idea de individuo, de persona, se disuelve en la idea de sociedad. El yo existe en función de los otros. Habrá que esperar a la cultura grecolatina para encontrar un potente “yo” que funde el individualismo y hace prevalecer el individuo sobre la sociedad.

 

Yolanda

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yolanda-orenmuanoEn el ambiente conservador y parroquial de una Costa Rica de otros tiempos nació Yolanda Oreamuno, el 8 de abril de 1916. Debo ese dato a la excelente biografía escrita por Chiara Macconi (Nelle pieghe di un segreto. Yolanda Oreamuno: una storia, Armando editore, 2016). Se descubre, por esa biografía, que numerosos artículos y libros han tratado de esclarecer el misterio de una bella mujer, destinada al triunfo, al éxito y a la felicidad, y que, en cambio, erosionó su vida en sinsabores, en fracasos, en amarguras.

Digamos, de inmediato, por qué importa Oreamuno. En los años 40, imperaba en toda América Latina el movimiento literario llamado “criollismo”, por algunos, “regionalismo”, por otros. Ese movimiento venía casi directamente del naturalismo francés, en especial de Emile Zola y de sus preferencia por el detalle crudo, truculento, degradado. El naturalista busca deliberadamente la parte desagradable del ser humano, y la encuentra casi siempre en las clases más pobres, como si quisiera demostrar la degeneración producida por la miseria y, en otros casos, por el vicio. Los autores centroamericanos ven, en el indígena, ese personaje explotado, abusado, vejado, abrumado por el peso de la opresión. No ven la resistencia cultural, no consideran lo que hoy se llama “resiliencia”. No conocen la riqueza de sus idiomas, sino que imitan un mal español, generalmente inventado por los mismos narradores.

Un buen ejemplo de regionalismo es un cuento llamado “La mejor limosna”, del excelente narrador hondureño Froylán Turcios. En una noche de estruendosa tormenta tropical, un limosnero toca a la puerta de un bandido. Cuando éste abre, el otro pide la caridad. El bandido le pega un tiro entre ceja y ceja, y exclama que esa es la mejor limosna que le podría dar. Otro es “El clis de sol” de Manuel González Celedón (Magón), costarricense. El narrador cuenta que lo ha ido a visitar un compadre, evidentemente mestizo, y la descripción no deja lugar a dudas: “feo si los hay, moreno subido y tosco hasta lo sucio de las uñas y lo rajado de los talones”. Este hombre tiene dos hijas muy blancas, muy rubias y con los ojos claros. Sin prudencia (¿por qué gastar cortesía con los pobres?) Magón le pregunta cómo se explica que le hayan salido así. Y el otro, un poco largamente, le cuenta que se debe a que fueron engendradas durante el “clis de sol”. Asombrado, el narrador inquiere si tal explicación científica es fruto del cerebro de su compadre. No, dice aquél, me lo explicó un italiano, maestro de obras, muy rubio y muy colorado, que viene a comer a casa desde hace cuatro años. Ambos cuentos pecan de la facilonería del final efectista, casi de chiste. También de un velado racismo.

Yolanda Oreamuno, crecida en buenos colegios de la capital de Costa Rica, lee a los autores europeos más contemporáneos. Critica el regionalismo, porque este hace ver un solo aspecto de la realidad y porque descuida ampliamente la psicología de los personajes. Ella está leyendo a Cervantes, a Thomas Mann, a Proust, a Pérez Galdós. Su narrativa privilegia el tono íntimo, la indagación interna, a través de técnicas que se alejan de la narración directa que caracteriza al naturalismo.

Yolanda conoce a un diplomático chileno, quien queda deslumbrado por su belleza. Como en las malas novelas, la corteja con modos de caballero feudal. Flores, mensajes, perfumes, bailes y piropos. El chileno es bien parecido. Yolanda acepta casarse con él. Como en las malas novelas, el hombre se quita la máscara en el viaje de bodas, que es un viaje a Chile. Pide cabinas separadas en el barco y se niega a yacer con ella. Más tarde, le explicará que padece de sífilis y que espera en una curación milagrosa al llegar a Santiago. Como en las malas novelas, no hay tal curación milagrosa y el chileno se suicida.

El regreso a casa, en 1937, marca uno de sus tantos encontronazos con la sociedad costarricense. Bella, joven y viuda, pronto encuentra una nueva propuesta de matrimonio. Al mismo tiempo, sus actitudes anticonformistas le hacen ganar fama de excéntrica. Ese año se casa con un brillante hombre político. Demasiado ocupado en las necesarias reformas para modernizar a su país, el marido es distraído, y poco a poco, el matrimonio se va a pique. El resultado es una batalla campal para divorciarse, y el influyente esposo logra quedarse con el hijo apenas procreado, y logra, también, que Yolanda pierda contacto con ese hijo. Derrumbada, viaja a México y, luego, a Guatemala.

En Guatemala, hierve el entusiasmo de la Revolución de octubre. En 1948, Oreamuno gana el prestigioso premio “15 de septiembre” con una novela que causa sorpresa: La ruta de su evasión. El jurado y sus lectores reconocen que esa novela da un viraje a la narrativa centroamericana: muy cercano a la vida de la autora, narra las intimidades de un matrimonio infeliz, habla de la vida desgraciada de una mujer inteligente. Es una novela urbana, introspectiva, con técnicas narrativas modernas. Marca un hito en la historia literaria de la región.

El resto de su vida es una caída sin red en el vacío. De Guatemala viaja a México, en donde participa en la vida literaria y en la vida bohemia de los artistas mexicanos. Hace íntima amistad con sus compatriotas Chavela Vargas y Eunice Odio, pero no tiene la fuerza de espíritu de sus amigas. Los sinsabores amorosos y la lejanía del hijo, al que ha perdido para siempre, la van consumiendo poco a poco. En 1956, una misteriosa enfermedad se la lleva a los 40 años.

Costa Rica, madre cruel, se queda indiferente ante esa muerte, no obstante Oreamuno fuese ya famosa. Por años, la tumba de Yolanda Oreamuno será un lugar anónimo en un cementerio mexicano. Por fin, en 2011, algunos admiradores logran la repatriación de sus restos, en donde es enterrada de nuevo. Sin embargo, no hay dinero oficial o privado para una lápida. La tumba ostenta solamente un número. En 2016, a los sesenta años de su muerte, se realizan varios homenajes a su memoria. Dos bustos campean en la Universidad Nacional. Su tumba es un rectángulo ombroso en el cementerio de San José. Finalmente, está su nombre y un breve texto. Melancólica constatación de la desmemoria hacia una gran artista.

La condición animal

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La extraordinaria mente de Tzvetan Todorov, recientemente fallecido, se ejercitó en la clasificación del relato fantástico. Buen discípulo de Propp y óptimo estructuralista, trató de dar una consistencia científica al análisis de la literatura. Hay un problema, sin embargo, en la base de esa clasificación. Así como toda literatura es autobiográfica (¿no pertenecen al autor los sueños, las fantasías, las alucinaciones?) también toda literatura es fantástica, aun aquella que pretende retratar la realidad. Lo decía, con otras palabras, Paul Ricoeur, al hablar de la narración histórica. Por mucho que se base en documentos, por mucho que relate hechos realmente ocurridos, de todos modos el recuento de sucesos de la historia no es más que una serie de palabras, una detrás de otra, y esa serie de palabras no son la realidad, sino una reconfiguración de la realidad.

Pareciera que se hablara de otra cosa cuando se dice que, en la historia de la literatura, el cuento precede a la novela. En las grandes tradiciones de la humanidad, el Panchatantra, las Mil y una noches, el Popol Vuh recolectan tradiciones orales de narraciones breves. Tendrá que pasar mucho tiempo para que la épica dé lugar a la narración extensa y mucho más todavía para que Cervantes invente la novela moderna. Mas al principio, era el cuento.

El relato breve tiene una sólida tradición en todas las lenguas. Quisiera concentrarme en el continente americano. No cabe duda que su iniciador, en la época moderna, es Edgar Allan Poe, con los Asesinatos en la Rue Morgue, y más todavía con su breve e influyente Filosofía de la composición. (Debemos el descubrimiento y veneración de Poe a la agudeza de Baudelaire, quien lo hizo conocer en Europa, ante la poca atención que recibía en su país). Poe sostiene que la finalidad de toda composición artística es transmitir una fuerte impresión a través de lo que se podría llamar “un efecto”. Ese “efecto”, esa impresión es el eje de la narración, y toda la narración trabaja a favor del “efecto”.

A partir de ese dato, Horacio Quiroga funda el cuento moderno en América Latina. Rompe con la prosa poética del postmodernismo y abre las puertas a dos tipos de narración: la narración realista y la narración fantástica. Que, como he dicho al inicio, son dos caras de la misma moneda. En los Estados Unidos, florece la cuentística y no hay gran autor norteamericano que no se haya ejercitado en la short story. Muchos creen que el mejor Hemingway es el de los cuentos, no el de las largas novelas. Hay grandes maestros cuya genialidad se expresa mejor en el cuento, como Cheever, Malamud o Carver.

En América Latina, después de Horacio Quiroga habría que señalar dos autores cuya genialidad reside en el género breve: Borges y Tito Monterroso. Yo añadiría a Juan Carlos Onetti, no obstante (permítaseme ese “no obstante”) sus magníficas novelas. El mismo García Márquez es insuperable en los relatos de Los funerales de la Mamá Grande.

CORREA_LCA_C_IMPRENTA_20160728Por ello no es insólito que Valeria Correa Fiz quiera entrar por la puerta grande la literatura con un libro inicial de relatos. Se llama La condición animal y el título no responde al azar. Los cuentos que forman el volumen se concentran en la parte instintiva, irracional, inconsciente de sus personajes, sin desdeñar el detalle cruento, truculento o alucinatorio. Es una elección muy consciente (y muy inconsciente) de la escritora.

El primer cuento de la colección resume una especie de programa estético y de contenido. Estético porque se comprende que en el libro se acentuarán los detalles macabros sin ninguna concesión ni piedad para el lector. El escritor plantea al lector un pacto claro y decidido: no escribo este libro para quedar bien contigo, no escribo este libro para que exclames:”¡qué bonito!”, no escribo este libro para apaciguar tu conciencia. Escribo este libro para remover los demonios interiores de tu conciencia. De contenido, porque explora uno de los lugares recurrentes de la literatura: nada es lo que parece. En este caso, lo que aparenta ser un paraíso siempre esconde un infierno. En efecto, la protagonista comprará una casa que le parece muy hermosa, en Florida, y terminará descubriendo que esa hermosura esconde horrores insondables y traiciones profundas.

En otras épocas, se alababa la “unidad de estilo”. La condición animal posee esta característica, así como la unidad de contenido. Si barroco hay, no es en el lenguaje. Probablemente esté, ese barroco, en la construcción gótica de ambientes degradados, inquietantes, perturbadores. Sumergirse en las profundidades pegajosas, nauseabundas y aterrorizantes del inconsciente es, al mismo tiempo, desagradable e irresistiblemente seductor. Los cuentos tienen esa inquietante atracción de lo prohibido, de lo que se quisiera dejar y no se puede.

Por ese motivo, una vez que se entra al libro, no se puede abandonar, si no en la última página. Notable contribución de Valeria Fiz Correa a la literatura.