La pensión “Paz y Reposo”

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“No me entienden”, se angustió Diego Cosenza. “No me entienden”, cuando leyó que los lectores alegaban, con un cierto enfado, no comprender el último cuento que había publicado. La actitud de Diego probaba que los escritores, como todos los artistas, no son egocéntricos, sino ególatras. Una vez, mientras su mujer desgastaba una insólita gripe en un hotel de La Habana (habían llegado vestidos para el trópico pero en enero La Habana puede ser fría como un pueblo de los Andes) se quedaron viendo una película sobre Degas, el pintor de bailarinas en tutú, y en la película el pintor regaña a dos niñitas aprendices, y les dice, aunque no sean genios, ustedes deben creer que son genios, porque sólo con esa convicción pueden dar lo máximo de sí mismas. Y estaba hablando de sí mismo, sin duda, pensó Diego, y le hablaba a él también, eterna víctima de una modestia tan falsa como todas las modestias artísticas. Y quizá por eso decía, medio en broma, que sus lectores quejosos (“no entiendo un coño”, se atrevían a escribir en caribeño puro) no lo comprendían, cuando es cosa sabida que son los autores los que tienen que comprender a sus lectores y no al revés.

Su problema principal era relatar la migración de la familia a la ciudad. ¿Quién se fue primero a la capital? ¿Su abuela con los tíos o fue su papá, don Roberto Cosenza, el que arrastró a toda la familia? No se podía acordar, y, puesto que escribía una novela, no era tampoco el caso de ir a preguntar a los familiares, porque no se busca la verdad, sino la memoria. Cierto era que en la capital vivían dos paisanos muy bien metidos en la administración pública. Uno era hasta famoso y se llamaba don Anhelo Menchú, quien muchos años después iba a pasar a la historia como el fundador de las investigaciones científicas del crimen, una especie de CSI paisano y popular. El otro estaba metido en el Ministerio de Economía, y se llamaba don Petronio Menchú. ¿Quién sería el papá de estos Menchú y qué habrá leído para ponerles esos nombres? Viéndolo bien, eran hermosos nombres. El mejor era Anhelo … Autorizaba cualquier desmán y locura. Y en cambio era un obsesivo compulsivo, se piensa, por su oficio.
Entre nieblas y furores, entre traiciones y humillaciones, entre rabia y vergüenza, el coronel Jacobo Árbenz Guzmán había sido derrocado de la Presidencia de la República y con su derrocamiento se había ido a la fosa la Revolución de 1944. Mientras tanto, don Petronio Menchú había logrado colocarse en “El Imparcial”, al lado de César Brañas, Paco Méndez, Francisco Soler y Pérez y otros que pasaban el aguacero anticomunista con el paraguas de columnas culturales que decían y no decían. Fue entonces que le escribió a don Roberto Cosenza para que se viniera a la capital, en vista de que en el periódico habían visto con muy buenos ojos sus crónicas de la masacre de San Andrés.
¿Quién se vino primero? En la memoria de Diego Cosenza, está solo la pensión a la que fueron a parar todos. Su papá, su mamá, su hermanas, los tíos, las tías y su abuela viuda. ¿O no fue así? ¿O a la pensión solo fue a dar la familia Cosenza, mientras la abuelita, en cambio, de un golpe consiguió alquilar la casa de la zona 8? ¡Tanto que explicar! Mejor comenzar por la pensión. En la radio, pasaban una farsa que se desarrollaba en una pensión, y la pensión se llamaba “Paz y Reposo”, nombre chusco porque todo era un despatarre descomunal. En la memoria de Diego, la pensión a donde fueron a parar se llamaba así, aunque a lo mejor tenía un nombre menos memorable.
La pensión “Paz y Reposo” quedaba a dos cuadras de la casa de su abuelita, que estaba en la 28 calle de la zona 8. La regenteaba doña Sinforosa Remedios, viuda de don Patrocinio Melgarejo, y madre de un muchacho demasiado avispado cuyo sobrenombre era un titulo nobiliario. En el barrio era conocido como Samuel, “el Ratero”. Diego Cosenza no tiene más prueba que su recuerdo para aseverar que Samuel era mañoso, pero lo era, porque no estudiaba, no había pruebas de que estudiara, y se mantenía de viva la flor en la Pensión, papando moscas, acostado en la cama como si fuera enfermo, y con salidas inopinadas como si fuera un sereno de barrio. Búho nocturno, rapaz pero no por joven, delgado hasta los huesos y moreno y rizado.
¿Cuánto tiempo pasaron en la pensión? Quizás un año, porque los sueldos de don Roberto no alcanzaban para alquilar casa. Lo suficiente como para que su fantasiosa hermana Rosalba inventara en la escuela que vivía en una mansión con una doméstica y un sirviente, que serían doña Sinforosa y Samuel el Ratero. Como sus compañeras no le creían, Rosalba llevó al grupito de niñas a la pensión, y con ese arte de convencer a cualquiera que sigue ejerciendo hasta el presente próximo pasado, presentó a sus estupefactas compañeras a doña Sinforosa como si fuera su ama de llaves, y al desvaído Samuel como si fuera su mayordomo. Doña Sinforosa estaba encantada con los niños. Los niños éramos nosotros tres, los hijos de don Roberto y doña Trinidad. Mi madre se llamaba así por haber nacido el día de los santos difuntos, y como no le podían poner Difunta de nombre (hasta para los fantasiosos nombres latinoamericanos hay un límite), acudieron a la Santísima Trinidad. Quitándole, para suerte suya, lo de santísima. Los niños, para quien no lo sepa y aunque no lo quieran saber, éramos mis hermanas Rosalba y Teresa, y este servidor, Diego. Rosalba era la mayor, yo en medio y venía después Teresa.
Aparte de esa historia de mi hermana embaucadora y del apodo de Samuel, de la pensión “Paz y Reposo” no me acuerdo más. No recuerdo cuándo salimos de Chimaltenango, cómo salimos, cómo llegamos. Me habría gustado usar la palabra “bártulos” para nombrar las pocas cosas que la familia se trajo del pueblo, solo per el gusto de usarla. Nada que hacer. Mente en blanco. En un momento, estamos en Chimaltenango, con su parque de árboles altísimos cuyas copas parecen horadar el cielo, con su fuente de mazapán cuyas aguas, misteriosamente, desembocan en el Oceano Atlántico y en el Océano Pacífico, con su iglesia blanca, cuyo resplandor hiere la vista, y que se viene abajo, por partes y parsimoniosamente, a cada terremoto que la Madre Tierra generosamente nos concede. Al momento siguiente, ya estamos en la pensión, al lado de la Avenida Bolívar, llena de autobuses, camiones, automóviles, con un ruido incesante, con su cine y sus pandillas, con su barrio memorable, calles de tierra que se van columpiando entre el cerro del Guarda y el cerro de Santa Cecilia, con sus lluvias urbanas, que hacen de cada callejón un pequeño río momentáneo, con sus panaderías olorosas a desayuno y almohada, con sus carnicerías feroces y sangrientas, largos y anchos cuchillos para una libra, dos libras de rochoy, sus abarroterías abarrotadas de todo abarrote, tiendas a tres menos cuartillo, y el colegio de los Salesianos en la cumbre…

Un día normal

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El Conejo Duarte vivía en la Avenida Elena, cerca del cementerio. Un sábado a mediodía regresaba de la oficina hacia su casa, por la tercera avenida. Tenía un Volkswagen verde, todo destartalado. El sol caía fuerte a esa hora. Se buscó, en el bolsillo de la camisa, los Ray Ban. Mientras se palpaba, se acordó de un chiste.

Estaba por reírse solo cuando una sombra apareció a su izquierda. Antes de que pudiera reaccionar, sintió que el mundo se desplazaba ligeramente, cerró los ojos y oyó el ruido arrastrado y violento. “Ya me chocaron”, pensó. Apretó el pedal del freno sin darse cuenta y cuando abrió los ojos, un segundo después, las llantas todavía rechinaban y el carro se detenía a un milímetro de un poste de la luz. Ya todo había pasado.

Se bajó de un salto. El corazón le palpitaba en la garganta. En alguna parte había leído que el miedo y la rabia son iguales. Algo como el miedo o rabia le tronaba en el cerebro cuando el tipo del enorme Chevrolet que lo había chocado se bajó lentamente.

‑Bueno usté‑ ‑le gritó el Conejo‑ ¿no se fija que aquí hay alto? ¿En qué venía pensando?

El otro terminó de bajarse. Escupió. Tenía una camisa color caqui y el pelo cortado casi al rape, con un estilo que llamaban “a la francesa”. Cerró de un golpe la portezuela y le contestó:

‑¿Y qué pisados?

‑¡Cómo que qué pisados! ¿No ve cómo me dejó el carro, animal? Y todavía se hace el gallito… ¡Ora me lo paga como nuevo!

El militar sólo dijo:

‑Sho pues‑ y comenzó a caminar hacia el Conejo.

El Conejo se puso en guardia.

‑Sho será tu madre, cabrón‑ atinó a responder antes de parar la patada que el chafa le lanzó. El Conejo había pasado toda la vida en líos callejeros. Cuando controló la patada y el puñetazo del militar, perdió ligeramente el equilibrio. Se asentó bien con el pie izquierdo y tiró el derecho, como un latigazo, contra los riñones del chafa. Sonó a pisto. Pero el maldito no se descompuso, acos­tumbrado como estaba a las pateadas de la Politécnica.

Antes bien, dio un salto para atrás y arremetió de nuevo. Hizo la finta de un rodillazo y el Conejo bajó la guardia; entonces el chafa, con el envión que traía, le enterró el puño en la nariz y le hizo rebotar la cabeza contra la portezuela del Volkswagen. El Conejo sintió el líquido caliente y la sangre de narices lo hizo enfurecerse. Recostado en su carro, levantó con toda su alma la rodilla y le hizo tronar los huevos al otro, que se agachó contrito.

Entonces, con el codo, le zampó un trancazo en la sien y cuando el militar salió revirando como trompo, todavía le metió de canto otra patada en los huevos. Fue a caer cerca de su carro. Ahora también aquél estaba chorreando sangre de narices. El Conejo le tiró la puerta y el militar enterró el hocico entre el vidrio lateral. Intentó resistir, levantarse, pero ya el Conejo se le había tirado encima, como loco, y le estrellaba la cabeza contra la carrocería, que se abollaba en cada porrazo. Como un ahogado que se debate, el chafa pataleaba, trataba de ordenar su respuesta, pero los golpes del Conejo eran exactos, crueles, experimentados. La gente que los rodeaba pensó que lo iba a matar. Pero, de pronto, el chafa se escabulló. Desesperadamente, corrió al otro lado y abrió la puerta derecha. El Conejo ya lo alcanzaba cuando el chafa abrió la guantera y sacó la cuarenta y cinco.

‑Matáme, pues, hijo de la gran puta‑ le gritó el Conejo, quieto, a un paso‑. Con el cuete en la mano sí sos valiente, verdad, amujerado.

Siempre los tiros parecen irreales. Son secos, no retumban y parecen incapaces del daño que hacen. El Conejo retrocedió por los impactos, pero no cayó. Se puso blanco, apretó los dientes, ya no buscó pegarle al militar. Se llevó la mano al estómago.

‑Mirá cabrón ‑le dijo al chafa‑ si sos hombre me esperás aquí.

Se abrió paso entre la gente que se apartó como delante de un leproso. Ni siquiera lo siguieron. El que intentó hacerlo tuvo que retroceder, porque el Conejo lo amenazaba oscuramente. Lo separaban tres cuadras de su casa y las caminó destrozándose las muelas del dolor, mientras trataba de esconder con el suéter la camisa empapada de sangre. Las caminó todas, como el que lleva un traje sucio y disimula ante las gentes su deshonestidad. Bajó de la tercera a la primera avenidas, logró llegar al barrio sin hablar. Con la mano que le temblaba como si estuviera de goma, introdujo el llavín en la puerta y pasó directamente a su cuarto.

Apenas dijo “ya vine” al pasar delante de la cocina en donde su mamá preparaba el almuerzo. La señora, acostumbrada, no le hizo caso. Se inquietó cuando lo vio pasar de regreso. “Ya vas para afuera otra vez, parecés chucho”, le gritó desde adentro. Él ni se volteó. Cerró tras de sí la puerta de calle, sintió que las fuerzas le faltaban porque ahora el camino era en subida, pero le dio ánimos ver que todavía estaba el grupo de mirones en el lugar del accidente. Cuando vio pasar corriendo, en sentido contrario, a los patojos vecinos de casa, pensó que se debía apresurar, pues de seguro le iban a dar la queja a su mamá.

Quién sabe por qué el militar no se fue inmediatamente. Tal vez el conjuro que le había echado el Conejo tuvo el efecto de hacerlo creer que no era hombre si escapaba. Quizá creyó que no le había hecho nada y que había huido. Tal vez, con la pistola en la mano, se creía omnipotente. Lo cierto es que, cuando el Conejo llegó de regreso al sitio del choque, el chafa todavía estaba examinando los daños. Tuvo un parpadeo de advertencia cuando vio delante de él al Conejo, que había regresado a su casa a traer una pistola. De esa pistola que estaba disparando, entre pequeños humitos, que lo empujaba hacia atrás.

Un balazo le atravesó la garganta y no pudo ni gritar. Otro se le introdujo en un ojo. El militar cayó sentado, como exhausto, con el cuerpo recostado contra las grandes llantas del Chevrolet. El Conejo sintió una lanzada en el estómago, se agarró de la portezuela de su carro y se sentó frente al timón. Allí se quedó muerto.

El hombre ideal

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¿Fue antes o fue después de que mis padres se casaran cuando eligieron Presidente de la República al Doctor Juan José Arévalo? Fue antes o después, porque el doctor Arévalo fluctúa en el tiempo, aparece y desaparece como esa sombra que pareces ver en el espejo, vuela sobre los tejados sin gravedad, etéreo, está fuera de los relojes y calendarios, tal, que cuarenta años después de que dejara de ser Presidente los borrachos gritaban en las esquinas “¡Viva Arévalo!”, un grito de fabulosa y nostálgica rebelión. Arévalo no fue un rebelde ni un revolucionario, sino un decente profesor de Universidad prestado a la política por su rectitud y honradez, y esas paradójicas virtudes lo convirtieron, antes y después de su mandato, en rebelde y revolucionario.

Señoras y señores, yo soy Diego Cosenza, les he dicho, pero no les he dicho que el primer éxito de mi vida lo obtuve cuando tenía, lo más, dos años (y por eso mi memoria no se acuerda, se acuerdan otros por mí). El primer éxito de mi vida fue que el Dr. Juan José Arévalo Bermejo llegó a Chimaltenango, visitó el Comedor Infantil del que mi madre era Directora, y me cargó en brazos, nadie tomó la foto, pero yo conservo en mi mente una foto apócrifa, en blanco y negro, en donde un minúsculo y regordete niño casi desaparece en la monumental corpulencia del gran hombre. “Cuando eras niño, a vos te cargó Arévalo”, me dice mi madre cada vez que uno se acuerda. No me dice que es lo mejor que me ha pasado en la vida, pero casi me lo dice.

¿Ya había nacido yo cuando mis padres hicieron campaña política a favor de Arévalo? “Vinieron el doctor Arévalo y doña Elisa, su mujer, que era la fundadora de los comedores infantiles”, dice mi madre. “Era un hombre galán, con grandes manos da campesino.” Y me repite que me cargó en brazos y yo veo la foto que no existe, con doña Elisa, pequeñita, que contempla arrobada a su marido o al niño pequeño, o a ambos, un pajarito apoyado en ese roble de hombre.

Chimaltenango era un huevito dividido entre la gente bien y todos que no eran gente bien, los ladinos pobres y los indígenas. Mi padre se refería a las señoras de la alta sociedad como “las viejas pedorras”, una de los pocas insolencias que se permitía. Esas viejas se pusieron histéricas cuando cayó Ubico, y más histéricas cuando se presentó a las elecciones el Doctor Arévalo con su partido el Frente Popular Libertador. “¡El comunismo, el comunismo!”, chillaban las viejas pedorras, cuando Arévalo era demasiado astuto como para abrazar una doctrina que se basa en la bondad natural de los hombres, cosa por todos sabida que es fantástica, ficticia, fabulosa, imaginaria, inexistente y sideral.

Mi madre obligó a mi padre a presentar su candidatura como diputado por el FPL, aunque don Roberto Cosenza con gusto se hubiera quedado como secretario de la Gobernación (la revolución que derrocó al tirano no destituyó a ningún empleado público, por dos poderosas razones: la primera es que no había con quien sustituirlos; la segunda porque los que se acostaron ubiquistas  el 19 de octubre, despertaron revolucionarios el 20 de octubre de 1944, día en que Ubico se montó en un avión cargado de dólares —dictador pero no baboso— y legó a sus paisanos las inmortales palabras: “Cuídense de los católicos y de los comunistas”). Militar, liberal y masón, no podía decir otra cosa.

Madre y padre recorrían las calles de Chimaltenango en un carro de alquiler, con dos potentes altavoces que difundían la canción  de la que todavía se acuerdan:

Juan José Arévalo

es el hombre ideal

para Presidente

Constitucional

Don Roberto Cosenza era demasiado tímido como para tomar el micrófono y hacerse propaganda. Era mi madre la que, con arrebato, recitaba fogosamente: “¡Vote por Roberto Cosenza para diputado por Chimaltenango! ¡Roberto Cosenza, honestidad y progreso! ¡Vote por el Frente Popular Libertador!”. Las viejas del pueblo tenían el pelo de puercoespín ante la posibilidad de la victoria de Arévalo, mientras que las vendedoras del malhablado mercado, los desidiosos grupos de jóvenes que holgazaneaban en las esquinas, los eternos taxistas que jugaban a la taba en el estacionamiento del Parque Central, los indígenas que arrastraban sus carretas al mercado, todos vitoreaban el paso del pequeño automóvil con la guapa señora que promovía a su marido para diputado. Lo malo es que no gritaban “¡Viva Roberto Cosenza!”. Gritaban: “Viva Arévalo!”.

También había opositores que hacían propaganda por un viejo militar cachazudo que había sido embajador en Londres. Chiflaban al paso del automóvil, le chiflaban también a mi madre, que era joven y guapa, entre insultos y piropos, “¡Cállese, vieja burra!” o, al contrario, “¡Mamacita, mejor véngase conmigo, que le enseño al diputado!” y ella, que nunca fue cobarde ni remisiva, los sepultaba con un florilegio de insultos, que comenzaba con la posible profesión dudosa de la madre, hasta varias generaciones anteriores, todas esas generaciones contundentemente proxenetas, lujuriosas, espurias, simoníacas, bujarronas, bellacas, villanas, heresiarcas, viciosas, sodomitas y putarronas, en fin,  para quien no hubiese comprendido el mensaje, hijos de la gran puta. Mi padre se hundía en el asiento del cochecito, rojo de vergüenza. “¡Vote por Roberto Cosenza, por el Frente Popular Libertador”, se iba perdiendo el altavoz por las calles del pueblo, y a la sonora exhortación, cada vez más débil, a lo lejos se oían flébiles respuestas: “¡Viva Arévalo! ¡Viva Arévalo! ¡Viva Arévalo!”. Caía la noche, y con la noche, el frío.

La leyenda imagina que Arévalo era Rector de la Universidad de Tucumán, en Argentina. Allí estaba, preocupado por las intrigas académicas de la pedagogía, cuando le avisaron que había caído el dictador Ubico, que habría elecciones democráticas y que le proponían presentarse como candidato a la Presidencia. Una música se oye, como si viniera de otra habitación, de otra casa, de otro mundo, una canción se oye y se va perdiendo, como en el sueño de los niños: “Juan José Arévalo /es el hombre ideal/ para Presidente/ Constitucional”. Para ser guatemalteco, Arévalo es un hombre inmenso. Casi 1.80 de estatura, blanco tirando a rubio, macizo, guapo. Es el hombre ideal. Posee una vasta cultura y explique usted que no es doctor en medicina sino en pedagogía, lo importante es que es doctor, ¡va a curar a ese país enfermo de sometimiento, de humillaciones, de arrastramiento, de bajezas, de esclavitudes! Para Presidente. Está casado con una argentina bajita, doña Elisita, y es la misma época de Evita, ya se ve doña Elisa adorada por las masas como su compatriota, pero no va a ser así, aunque casi, porque su marido va a ser Presidente de un país de América Latina. Constitucional.

Roberto Cosenza se derrumbó aparatosamente en las elecciones para diputado. Arévalo arrasó en triunfo, grande como sus manos de leñador,  las elecciones para Presidente. Roberto Cosenza jamás volvió a la política. Tampoco Arévalo pudo repetir su experiencia. Fue varias veces Presidente. Una vez en la realidad. Las otras, en los sueños navegables de los borrachitos que gritaban en las esquinas, cuarenta años después de que entregara la banda presidencial, como un eco de la memoria de los buenos tiempos:  “¡Viva Arévalo!”. Y el eco se iba desdoblando en la oscuridad de la noche mal iluminada por el magro alumbrado municipal: “¡Viva Arévalo!” “!Vivarévalo!”, “V..arévalo!” “¡V…alo!”, “alo, alo, alo….”

Historias a la hora de comer

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“La caída de Ubico no tuvo nada que ver con nuestro casamiento”, dice don Roberto Cosenza, como si la caída del dictador hubiera tenido que ver con su casamiento. Don Roberto Cosenza era mi padre y nos relataba todas las historias del mundo cuando, a mediodía, regresaba del trabajo para almorzar. En esa mesa de comedor tenía la primera palabra, pero no la última, porque mi hermana mayor contaba buenos chistes y mi madre disparaba graciosas y tremendas sentencias fulminantes que pulverizaban vanidades, engreimientos y soberbias. El resto de los hijos hablaba poco y quedo, por carácter y porque no había modo de competir con esos invencibles campeones del relato.

“Ubico recorría los pueblos montado en una agreste Harley Davidson, y sus ministros lo seguían en descascaradas motos de segunda. La caravana presidencial era perseguida por remolinos de polvo y algarabía de chuchos, porque los caminos eran de terracería, cuando buenos, o de pura tierra si iba bien. Los puntuales chaqueteros del dictador escribían en los periódicos o gritaban en las reuniones: “¡Ubico justicia! ¡Ubico probidad! ¡Ubico progreso!” y todos coreaban los eslóganes, controlando con el rabo del ojo que los vecinos se dieran cuenta de su adhesión forzada. Cada pueblo que visitaba debía prepararle un suntuoso almuerzo pantagruélico, y no había excepciones, porque los alcaldes temblaban como pollos mojados a la sola idea de fallarle al déspota. Tres días antes de la visita llegaban los umbrosos esbirros mensajeros con el aviso de la llegada del sátrapa.

“Eso me recuerda”, decía mi padre, “la historia del obispo y las campanas”. Mi padre era un maestro en el arte de encajonar una historia dentro de otra. También era el maestro del suspenso. Cuando se interrumpía, llevaba una cucharada de caldo a la boca, saboreaba el líquido como si fuera de almíbar, y solo después del trago lento continuaba la historia. Nosotros protestábamos ante esas dilaciones digestivas y, al mismo tiempo, pendíamos de sus palabras. “Pues han de saber que el obispo de Zaragoza decidió ir a visitar todas las parroquias de su diócesis”. Cucharada de caldo. “Cada vez que llegaba, los sacristanes tocaban las campanas a vuelo, en alegre repique de alborozo por la llegada del santo hombre”. Cucharada de caldo. “Una de esas veces, llegó a una parroquia y no tocaron las campanas”. Cucharada de caldo. “El obispo llamó al sacristán y le preguntó: «¿Por qué no has tocado las campanas?» Y el sacristán  contestó…” Larga y gustosa cucharada de caldo y protesta del público presente. “Por mil razones, señor obispo”. “Dime la primera”. “Porque no hay campanas, señor obispo”. “Ya no me digas las demás”. Carcajadas batientes de mi padre, que se reía con gusto de sus chistes, mientras nosotros rezongábamos, no era para tanto, vaya gracia, sin saber que nos quedaría ese chiste, para siempre, en la memoria. En ese momento, mi hermana menor se fue debajo de la mesa. Mis padres eran tan flojos en la disciplina que le permitían comer sentada en el triciclo. Ella comía columpiándose de adelante para atrás, de atrás para adelante, y, con frecuencia, desaparecía de la vista. Había que sacarla mientras lloraba a gritos, como si alguno la hubiera empujado.

Don Roberto Cosenza había llegado al postre. Mi madre cocinaba para él los mejores platos posibles en la parva mesa del empleado de medio pelo. Caldo con arroz muchos días, carne de suela de zapato no todos, verduras cocidas siempre… Llegaba el pichel con el agua hirviendo y, de una vinajera, mi padre se servía la esencia del café, obtenida filtrando una vez una buena cantidad de granos molidos. La segunda esencia, que era la segunda pasada por el filtro, nos tocaba a los hijos. Junto con el café llegaba el pan dulce: champurradas, molletes, pan de huevo, hojaldras, rosquitas, pan dormido, semitas a veces y a veces magdalena que mi madre cocinaba en la estufa de querosene.

“Ubico se creía Napoleón, sólo porque era enano y panzoncito”, describía don Roberto Cosenza, mientras mojaba el pan en el tazón de café. “Después de almuerzo, recibía a la gente que llegaba para pedir justicia. Pobres diablos: mujeres engañadas, hombres engañados, vecinos que se disputaban un árbol de manzanas, viudas con hijos díscolos, herederos en los eternos litigios entre hermanos. Y Ubico daba empleos, consejos, advertencias, sentencias y palos a los que se portaban mal. “¡Veinte palos a calzón bajo!” decretaba. Y al infeliz castigado se lo llevaban al cuartel, le bajaban los pantalones, y le daban veinte latigazos en las nalgas. No se rían. No era broma. Al tercer latigazo ya se abría una llaga, y al número veinte la gente tenía los músculos desechos en una masa de sangre.

“Yo comencé a trabajar bajo el régimen de Ubico. Era el secretario municipal de mi pueblo, allá en la costa. El alcalde era un militar amargo que seguía al pie de la letra las instrucciones del tirano. Una vez agarraron a dos ladrones en la tienda de los chinos. El alcalde los metió en la cárcel y mandó un telegrama al Presidente: “LADRONES IN FRAGANTI SORPRENDIDOS INMANENTI TIENDA CHINOS”. Ubico le respondió con una sola palabra: “EJECUTESE”. Esa noche el Alcalde soltó a los ladrones y les dijo que estaban libres, que se podían ir. No habían caminado diez pasos cuando les disparó a la espalda. Allí cayeron. Yo tuve que levantar el acta. “Ponga que fueron sorprendidos cuando intentaban fugarse, Roberto”, me dijo el Alcalde. Era la famigerada  Ley Fuga.

“A veces me buscaba el fin de semana, porque no quería tener amigos. Yo no lo era. Me buscaba para que, subordinado,  lo acompañara a beber en la cantina. ¿Y quién le decía que no a tamaño malacate? Así que nos íbamos  a beber y él me contaba de su infancia, del cuartel, de las marchas con los pies descalzos, porque era de origen humilde. Muchas veces, con los ojos como líquidos huevos hueros a causa del licor, me confesaba: “Mire Robertío, el día que no jodo a alguno, no duermo tranquilo”.

“Pues a semejante animal lo nombraron Gobernador de Chimaltenango. Él, que apenas sabía leer y escribir, me dijo: «Robertío, haga sus maletas que se viene conmigo como secretario de la Gobernación». Yo estaba soltero, lo único que sabía era escribir a máquina y estaba algo harto de la costa y del calor. Me fui a Chimaltenango y allí conocí a su mamá. Cuando cayó Ubico todavía no éramos novios.

“Y si no me hubieras conocido te hubieras casado con aquella por la que te saltabas las paredes”, le reclamó mi madre, con celos retrospectivos. “Vivías en la pensión de esas viejas, y te habían echado el ojo”. Don Roberto Cosenza se ríe sin reírse, como aquellos culpables que no saben qué decir. Solo añade, antes de levantarse y salir corriendo para no llegar tarde: “Por eso les dije que la caída de Ubico no tuvo nada que ver con nuestro casamiento”. Como si hubiera tenido algo que ver.

Días de fiesta y baile

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Certifico que mis padres eran jóvenes durante mi nebulosa infancia; asiento que eran parranderos de primera división; doy fe que eran alegres, cada cual a su modo, la madre como una explosión de colores en una mata de bugambilias, el padre como el apacible surtidor de la fuente en una tarde gris de brumosa siesta. Un recuerdo: la abuela nos despierta temprano por la mañana, nos bañamos en la pila helada, nos vestimos, nos peinamos, mi hermana con una moña rosada, yo con pantalones cortos, salimos al patio del Comedor Infantil (allí vivimos), y entonces, como salidos del sueño que acabamos de dejar atrás, aparecen mis padres cantando y zarandeándose, quizá recordando una alegre canción. “Les debería dar vergüenza”, dice mi abuela, con cómplice reprobación. Ellos improvisan un vals sin música y nosotros corremos hacia ellos, sin comprender qué hacen tan bien vestidos a esa hora, si van o vienen, cuando la verdad es que están regresando otra vez de otra fiesta, en las mañanas frías de Chimaltenango, que ellos no sienten frías porque la leve borrachera y el baile les evapora los humores helados de la montaña.

Otro recuerdo: los bailes en Los Aposentos. A mitad de camino entre Chimaltenango y San Andrés estaban los baños de Los Aposentos. Una larga recta arbolada llamada “La Alameda” llevaba hasta la Escuela Normal Rural. Luego venía una curva en S, y se descendía hacia las piscinas heladas, las breves cascadas, el lago que decían de los cisnes, porque en ese estanque navegaban, aristocráticos e indefensos, raudos cisnes blancos, en escuadrón disciplinado, entre lirios, nenúfares y flores de loto.

Todos los ladinos, o casi todos, iban los domingos de excursión a los Aposentos. Habían construido, en la pinada,  mesas de piedra, circulares y adustas, con bancos de madera, y, al lado, parrillas con varas de hierro. Sólo había que llevar la carne y las bebidas, porque las tortillas y los aguacates los vendían indígenas con comales humeantes de leña resinosa. Luego pasaban con canastos llenos de fresas y crema, enormes fresas rojas que se columpiaban en el tibio líquido blanco, entre moscas y avispas, y atrás venían, más numerosos que las moscas, los chuchos más flacos del universo, pellejo, lengua y costillas, humildes, temerosos y mojigatos, en espera de las sobras de las comidas, huesos y grasa que devoraban famélicos. También pasaban otros indígenas que vendían tostadas con miel, entre el revoloteo cósmico de todos los abejorros del mundo.

Agua por todas partes. Los Aposentos era el nacimiento del río Michatoya, que bajaba a la costa y se hacía uno de los más importantes del país, de esos que se estudian en la escuela, sin ponerlo en relación con los domingos alborozados de carne, perros y fresas. Brotaban espontáneos los bledos, que la gente cortaba y se llevaba a casa. “Tienen hierro”, decían, “hacen bien a los niños”. Los aborrecidos bledos. ¿Se decía “me importa un bledo” porque no costaban nada? Bastaba agacharse, cortar, y meterlos en la canasta. Agua por todas partes. Había piscina para niños y piscina para mayores. En la piscina grande estuvo por ahogarse Gloria Contenti, tan bella que mi padre se atrevía a decir: “Es la futura Miss Guatemala”, forma enmascarada del piropo ante los celos asesinos de mi madre. De repente, Gloria Contenti comenzó a pedir auxilio. “¡Se está ahogando, se está ahogando!”, gritaban todos, y nadie hacía nada. Mi tío Paco, que había sido militar en los Estados Unidos, comenzó a desatarse los zapatos para luego quitárselos, y en un plan militar de salvación y ayuda, lanzarse en calzoncillos a salvar a la bella. Estaba desatándose el segundo zapato cuando un desconocido se tiró al agua vestido y sacó a la hermosura pataleante. Todos aplaudieron y siguieron comiendo. Agua por todas partes. No había necesidad de cambiar agua a las piscinas porque era la corriente del río. La piscina grande desembocaba en una cascada helada, y todos los niños tiritábamos al sentir el chorro glacial que venía de arriba. Gritos y aspavientos. El agua desaparecía bajo tierra y quién sabe dónde volvía a aparecer (kilómetros abajo, en otras tierras, con otras gentes) convertida en río transparente, con las piedras lavadas de colores cambiantes y pececillos que llamaban “tepocates”.

Más abajo estaba la galera del club social. Después de la comida, los adultos se iban a bailar la música que sonaba la marimba. Como yo era un niño consentido, me aferraba a los pantalones de mi padre, celoso de verlo bailar. Era como si un perrito de esos muertos de hambre se le prendiera con el hocico en el tobillo. Mi padre seguía bailando, arrastrándome y zarandeándome, y todos los amigos me tomaban el pelo, se reían del niño mimado, se burlaban y entonces yo hacía berrinche. Una vez mi padre se pasó de tragos y cuando me agarró el berrinche, me regresó corriendo, por los campos, a Chimaltenango. Debió haber estado muy borracho y muy joven, porque eran varios kilómetros. Yo me veo, con una tostada de miel en la mano, y espesas lágrimas de terror en las mejillas, mientras corro detrás de mi padre, poseído por el ansia de que me dejara atrás, perdido entre los altos maizales, entre la tierra negra y fértil que rodeaba el balneario. Una de las mayores angustias de mi vida. Mi padre se volteaba y se reía, se volteaba y se reía, y luego seguía corriendo…

Otra vez gané un chivito. A cada rato hacían rifas de beneficencia, con premios inverosímiles, y para mala suerte de mis padres y buena mía, me gané el animalito. ¿Sueño o recuerdo que sueño cuando voy de regreso para Chimaltenango, con el chivito amarrado a una cuerda, juguete de verdad que es mío, cuya felicidad me hacer dormir con gozo, no sé qué hacer con él pero es mío, me lo he ganado, y es la primera cosa mía de toda la vida? ¿Cómo reaccioné al día siguiente cuando, al levantarme, el chivo no estaba amarrado al palo en donde lo había dejado la noche anterior? No lo recuerdo. La niebla cae sobre esas mañanas congeladas de Chimaltenango, e invade mi mente. Sólo sé que el chivo ya no estaba.

Relámpagos de la memoria

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Yo, señoras y señores, me llamo Diego Cosenza. Como todos, me engaño al creer que mi vida vale la pena de ser contada. Como todos, sé que solo se cuentan fantasías, engendros, malabares. Como todos, nos las contamos a nosotros mismos, sobre todo a nosotros mismos. Luego decimos: «Mi vida parece una novela». Toda vida parece una novela; ninguna lo es si no la adornamos con sueños, encandilamientos y exageraciones. Para mi hermana mayor, nuestra infancia fue un paraíso. Para mí, un martirio. Nos contamos el cuento que queremos.

No soy el único Diego Cosenza en este potrero. Sé de otros con el mismo nombre, y por eso me distingo con el segundo nombre y el segundo apellido, según uso español. De modo que mi nombre completo es Diego Antonio Cosenza Silva, tal como aparece registrado en mi partida de nacimiento y en la de bautismo. Antonio por mi abuelo, un calabrés destrampado que recaló por aquí cuando allá las hambrunas devastaban el campo italiano; Silva por mi familia de madre, de ostentados orígenes españoles, pobres como la muerte pero orgullosos de no haberse mezclado con la gente de estos pagos.

Ciudad Vieja Guatemala

Con los años, me he convencido que una de los grandes errores humanos es la soberbia de la sangre. De esa vanidad estaban llenos mis parientes ladinos, sobre todos mis tres coloniales tías solteronas de Ciudad Vieja, cuyo español era arcaico y blasonado, como las ruinas de los cariados palacios de esa apostemillada capital del reino. Eran mis tías abuelas, hermanas de mi abuelo don Nicasio Silva, el único que generó (y con no celado entusiasmo) en esa familia árida. También estaban orgullosos de ser ladinos los ascendientes de mi abuela materna, nativos de San Andrés, y, ahora que lo pienso y los recuerdo, con su tez cobriza y sus pómulos acentuados, me entra la duda sobre la imaginada pureza que los hacía despreciar a los kaqchiqueles que los rodeaban. Por esa línea, llegué a tener bisabuela, la Tía Teresa (era mi bisabuela pero todo el mundo la llamaba «Tía Teresa», incluidos los indígenas que iban a comprar rapadura a la tenducha con la que vivía). La Tía Teresa tenía la cara como las tusas secas con que envolvía la panela morena: largos surcos atravesaban su rostro, como los ríos, largos recorridos de años, largas fisuras del tiempo. Creo que no tenía dientes.

San Andres

De niño, iba a pasar temporadas a San Andrés, por eso me quedó en la memoria. Si tal extremo fuese posible, creo que allí me mimaban y consentían más que mi madre y mi abuela, y eso era ya mucho decir. No recuerdo qué hacía durante el día, en San Andrés. Recuerdo las noches, gélidas, oscuras, silenciosas, con los aullidos de los coyotes a lo lejos (el pueblo era un puñado de casas en la alta montaña) y el terror de espantos y aparecidos, pues eran los cuentos que se relataban antes de acostarse, después de que la Municipalidad cortaba la luz a las nueve de la noche. ¿Era la Llorona la que aúllaba al lado de la casa? ¿Sabés por qué llora? Llora porque en la época de la conquista se enamoró a traición de un soldado español, y dejó a su marido y a sus hijos por irse con el hombre. El español la dejó a los tres días y cuando la mujer regresó a casa, encontró a sus hijos muertos. Ella se tiró a un barranco, y desde el fondo de todos los barrancos se oyen su largos lamentos, en la noche, llora por sus hijos que quisiera revivir, y sus alaridos de muerta se oyen cerca porque está lejos y se oyen lejos porque está cerca. ¡Qué frío el de San Andrés! No te vayas a mear en la cama, porque te doy con el cincho. Si estás soñando que atravesás un río de aguas tibias, es que te estás meando. Cuidado, porque te doy con el cincho. Había que taparse con los ponchos hasta la nariz, y la nariz amanecía helada, como el agua de la pila.

El agua de la pila amanecía congelada pero no era un obstáculo para que mi tía me bañara, desnudo y tiritando. El primer huacalazo me dejaba sin respiración, como si trocitos de hielo me hubieran penetrado en los pulmones y en las venas. El resto del agua se sentía tibia, y al final, me envolvían con una toalla y me llevaban casi cargado hasta el cuarto, en donde me vestía, con una inexplicable sensación de calor. Otro recuerdo terrestre es cómo llegábamos a San Andrés. Autobuses había, pero mis parientes preferían el camino de tierra que unía Chimaltenango con el pueblecito de la Tía Teresa. Eran seis polvorientas leguas (se medía por leguas, no por kilómetros) y no recuerdo que fuera fatigoso. El recuerdo, en cambio, es el de la nube de oro que levantaban los autobuses cuando pasaban a nuestro lado, en crepúsculos añejos, con pastores y ovejas a los lados del camino.

En Chimaltenango también había frío. También había una pila, al fondo de la casa, y también me bañaban cortándome el aliento. No tendría más de cuatro años. Luego, me secaba al sol, sentado en el umbral de la casa, el sol picante del altiplano que tostaba las mejillas (“tenés chapitas”, decía mi madre. “Parecés manzana”). Allí, sentado, veía pasar a la gente. Las señoras masticaban apetitosas bolas de envidiable copal, un chicle blanco sin sabor, y me saludaban: “Saker, tat”, me decían. Yo respondía el saludo: “Saker, nan”, si eran mujeres; “Saker, tat”, si eran hombres. Eran muy corteses y reverenciosos, pero yo no tuve nunca un amigo kaqchiquel.

San martin jilotepeque chimaltenango guatemala

Un amigo que tuve era parte de un grupo de niños que jugábamos en la casa de enfrente. Era una casona inmensa, con un gran espacio lleno de silos de paja. Nos tirábamos sobre la paja y luchábamos como cachorros, unos contra otros, sin hacernos daño. Una niña tenia aliento de leche. El dueño de la casa era también el dueño de los transportes hacia San Martín Jilotepeque. Una tarde, mi amigo me dijo: “Vamos a San Martín en autobús”. El chofer no dijo nada cuando nos montamos los dos. Tanto, el niño era el hijo del patrón. Solo que no habíamos pedido permiso. Por varias horas nos dieron por perdidos, hasta que al regreso, nos recibieron con gritos y amenazas. Recuerdo, como entre sueños, a mi padre que me coge de una mano, y con la otra, me pega con su cintura de cuero. Quizá fue la única vez que me pegó.

El abuelo calabrés vivía al otro lado de la calle, en un cuartito donde después pusieron una iglesia evangélica. Esos recuerdos son como relámpagos de la memoria: aparecen y desaparecen, como fantasmas indiferentes. Veo al abuelo, Antonio Cosenza, seco, con los pocos pelos blancos en la cabeza como delicadas espinas de tuna, mientras corta, con un machete, una piña. Luego me ofrece unas rodajas. ¿Recuerdo o sueño o invento? Caminamos luego por un pedazo de terreno que hay al lado del cuartito, con inmensos árboles cuyas puntas se pierden en el cielo, algunos de jocote. El abuelo corta hojas de esos árboles, me hace masticarlas y siento el astringente sabor del jocote que me seca la boca.

Mi abuela me llevaba consigo, como un perrito dócil, a visitar el terreno que le había dejado el abuelo, fulminado por un ataque al corazón. Allí nos recibía Antolín, el aparcero, quien rendía cuentas de la mínima cosecha de maíz y quizá café. A mediodía, nos sentábamos debajo de un árbol, Antolín nos traía tortillas recién hechas en el comal, y del árbol mismo cortaba algunos aguacates. Los partíamos a la mitad, le echábamos sal, y con la tortilla como si fuera una cuchara, hacíamos tacos que comíamos lentamente. Antolín también nos daba agua en un tecomate, agua fresca del pozo. Nunca comida fue más regalada, nunca agua más dulce.

Estoy sentado en un mostrador (¿qué negocio había abierto mi abuela, tienda o cantina?) cuando pasa gritando o llorando una tía. El abuelo calabrés se había muerto de repente, en un crepúsculo con el sol oblicuo sobre mis ojos. Llantos, carreras, aspavientos. Poco después (¿esa noche, al otro día?) vamos todos en una especie de ambulancia, el féretro en el centro, dos bancas de madera a los lados, camino de la capital de Guatemala, para enterrar al abuelo. Están construyendo la carretera Roosevelt, en la entrada de la ciudad. El conductor no ve un montón de tierra acumulada y chocamos. No pasa nada. Luego de bajar, gente que habla, discute, se arrebata, volvemos a subir y vamos a enterrar al abuelo.

Paterson, N.J.

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Entre las seis y diez y las seis y media de la mañana, Paterson se despierta, coge su reloj de pulsera de la mesa de noche y se lo pone en la muñeca. Estos impalpables movimientos medio despiertan, también, a su mujer, que se queda en un limbo de entresueño. Ambos son jóvenes, duermen en un tibio lecho de íntima plaza y media, muy cerca uno del otro. Ella, a veces, le cuenta o le murmura lo que estaba soñando en ese momento. El lunes, día en el que inicia la película, le dice: «Estaba soñando que habíamos tenido gemelos». A él, la idea le parece divertida, pero no prevé los efectos que tendrá durante la semana. En efecto, el sueño de su esposa lo hace descubrir a una buena cantidad de gemelos, como si el sueño los hubiera generado mágicamente.

Paterson es una película sobre la poesía y sobre los poetas. Se inspira, de lejos, en William Carlos Williams, quien describió a su ciudad, Paterson (New Jersey) en un libro de poesías cuyo título es el nombre de ese lugar. Con un juego de espejos entre la ironía, la paradoja y la seriedad, Jim Jarmusch desdobla ese nombre: llama así al film y también al protagonista.

El oficio de este es conducir un autobús urbano. (La paradoja se completa: el nombre del actor principal es Adam Driver). Todas las mañanas atraviesa a pie un breve y florido parque, desemboca en el herrumbroso garaje del servicio público, sube al autobús y saca una libreta de notas, en donde va escribiendo los versos que se le han ocurrido durante el paseo matinal. Durante el largo trayecto, Paterson casi no habla: observa y escucha. Y lo que observa y escucha va a parar, transfigurado en  poesía, a su libreta.

Terminado el servicio, regresa a casa, cena con su esposa que le ofrece un espartano guiso creativo, buena voluntad y peor ejecución de recién casada (en un cómico episodio, ha preparado un pastel de queso cheddar con coles de Bruselas, asesinato culinario del que participa Marvin, el pequeño bulldog que vive con ellos). Después de cena, Paterson saca a pasear al perro, bebe una cerveza en un bar de varia humanidad, y luego regresa a casa, a dormir. Su única rareza es que no posee una televisión y tampoco un teléfono móvil. Por lo demás, su rutina es la de cualquier proletario norteamericano.

La cámara lo va siguiendo en sus sencillas andanzas mientras su voz, en off, va construyendo los versos que escribirá en la libreta. Es como asistir de escondidas a la creación de una obra de arte. La primera mañana, mientras desayuna (siempre desayuna solo, pues su joven pareja naufraga en el profundo mar del sueño) juega con una cajita de fósforos, de marca Ohio Blue Tip. Mientras camina, su voz va modulando el verso:

Tenemos un montón de fósforos en casa
Siempre los tenemos a mano.
Ahora nuestra marca favorita es Ohio Blue Tip,
aunque antes solíamos preferir la marca Diamond.

Interrumpido por un quejoso compañero de trabajo, arranca el autobús y recorre las calles. En la pausa del almuerzo, saca su libreta de notas y adivina el título de la poesía: Poesía de amor. Luego, continúa los versos empezados:

Eso fue antes que descubriéramos los Ohio Blue Tip.
Están empacados con excelencia:
robustas y pequeñas cajitas con una oscura luz azul y líneas blancas
con letras sesgadas en forma de megáfono
como si quisieran gritarle al mundo:
«Aquí está el fósforo más hermoso del orbe
es de una pulgada y media de suave vástago de pino
cubierto por una oscura cabeza púrpura
muy sobrio y furioso
y obstinadamente listo para inmolarse en la llama
prendiendo, quizás, el cigarrillo
de la mujer que amas
por primera vez».

Si uno quisiera ilustrar las ideas sobre la poesía de William Carlos Williams podría usar esta poesía cinematográfica. Williams predicaba una idea tan fácil de exponer como difícil de practicar: la poesía no es una construcción retórica de palabras, la poesía no es «escribir bonito», la poesía no pertenece a la gente culta. No. La poesía reviste a todas las cosas del mundo, hasta las más humildes, hasta las que son consideradas lo menos poético que pueda existir. Por ejemplo, una cajita de fósforos. Tarea del poeta (que puede ser una persona cualquiera) es descubrir lo poético del mundo y compartirlo con los demás, con la misma meridiana sencillez con que las cosas se ofrecen a nuestro ojos. Reconstruir nuestra mirada sobre el mundo, desactivar la observación automática que mira y no ve, y forzar al lector a ver el mundo con ojos nuevos. Lo enunció Huidobro: «¿Por qué cantáis la rosa, oh poetas?/ Hacedla florecer en el poema».

Paterson, el poeta, percibe el discurrir del mundo como una poesía total: no hay momentos prosaicos en su vida. Encuentra a una niña que espera a su mamá. La niña es como un emanación de su alma, una aparición maravillosa, pues ella también tiene una libreta en donde escribe poemas del mismo tono de los de Paterson. Le lee: «Caída del agua. /El agua cae en un día brillante / como el pelo sobre los hombros de una muchacha…» La chica se va, se disuelve en el automóvil de la madre, y él se queda repitiendo los diáfanos versos.

En el bar nocturno, especie de isla en donde recala mientras da un paseo a Marvin, el bulldog de peluche que dormita siempre en el sofá de su casa, un chico enamorado se desespera por el desdén de su inalcanzable amada. Más insiste, más la muchacha lo humilla. “Romeo y Julieta”, dice Paterson. “Abbot y Costello”, bromea el barista.

(Uno de los mayores discípulos de Williams es Ernesto Cardenal quien lleva a su extremos las tesis de Williams. No hay necesidad de ser un iluminado, un escogido, un mensajero de los dioses. Todos podemos escribir poesía, basta que nos quitemos el velo que la sociedad y la escuela han impuesto a nuestros ojos; basta que veamos el mundo con ojos nuevos; basta que describamos la poesía que vamos encontrando en los objetos. De ese modo, durante la revolución sandinista, creó una gran cantidad de talleres literarios, y en Nicaragua florecieron los poetas como los esquisúchiles en primavera. (Ya el país era propicio).

Volvamos a la película. Paterson contiene una difícil apuesta: contar poéticamente el proceso de la creación literaria. Me parece que Jim Jarmusch ha ganado esa apuesta. Los acontecimientos transcurren con la suave lentitud de algo parecido a la felicidad, si la entendemos como plenitud de vida. Dos niños suben al autobús y conversan sobre un boxeador, antiguo héroe del barrio. Una pareja habla sobre un anarquista local, que viajó a Italia para disparar al rey. “¿Tú crees que en Paterson queden anarquistas?”, pregunta él. Ella, pragmática: “Excepto nosotros dos, no”. Un poeta japonés (otra aparición mágica) que se sienta al lado del protagonista, durante su cotidiana pausa para el almuerzo, y le pregunta si conoce al poeta William Carlos Williams de Paterson, New Jersey. Habla un buen inglés, pero sus construcciones y su acento son inconfundiblemente japoneses: antes de hacer la pregunta, dice: “No querría cometer una imprudencia al formularle una cuestión…”

Paterson es una película en donde la poesía se ofrece entre viejos e  historiados edificios de ladrillo y el resabido asfalto relumbrante de una pequeña ciudad, una película en donde dos jóvenes se aman con encendida y constante tranquilidad, que es un remanso pacífico de gracia y quietud, que rapta al espectador, y que le depara una sorpresa final como una lección de vida. Y, por supuesto, como una lección de poesía

Arquímedes, detective

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Celebrado maestro de los estudios hispánicos, Alberto del Monte fue, complementariamente, uno de los mayores filólogos de la Romanística italiana. Nació en Nápoles y no pudo escapar a la influencia de Benedetto Croce (a quien debemos el apreciable menosprecio de los géneros literarios). Una vez en Milán, abrazó la filosofía gramsciana y unió el irrefutable rigor filológico a una severa sensibilidad por la historia de los textos estudiados. De él se podría decir lo que se afirmaba de Pedro Henríquez Ureña: daba la impresión de saberlo todo.

Un preciso volumen divulgativo, Breve historia de la novela policíaca, que habrá escrito como un divertimento, resulta uno de sus libros más difíciles de hallar. Agotadas las abundantes bibliotecas italianas, los empolvados mostradores de libros usados, cerrada la Biblioteca Nacional de Recoletos por inventario anual, una venturosa búsqueda en las librerías de segunda mano de Madrid (tantas y tan lejos unas de otras) me llevó a encontrar el libro en una olvidable y ancha avenida con frígido nombre de Marqués, en donde el añorado libro me costó 95 centavos de euro. Ni siquiera el precio de un café.

Un raro caso de libro que vale más de lo que cuesta (legión son los opuestos). Si uno quiere saber todo sobre la novela policial (al menos hasta el año 1962), Del Monte despliega una erudición imparejable al explicar orígenes y desarrollo. También para explicar los falsos orígenes, cosa más interesante de lo que parece. En efecto, en el capítulo II, “Los falsos indicios”, el filólogo italiano nos da cuenta de cuáles podrían ser los antecedentes más remotos del género policial. Para muchos, dice, el mito de Edipo es el primer relato policial de la historia. Da por sabido que todos conocemos las cruentas pesquisas del hijo de Layo y sigue adelante con otros cuentos menos conocidos.

Más bien, afirma Del Monte, antecedentes remotos del policial serían “los trucos empleados en el Alejandro o el seudoprofeta, de Luciano de Samosata; en la Vida de Coriolano, de Plutarco;” en el capítulo 51 de la II parte del Quijote; en Berger extravagant (1627), de Charles Sorel; en La fausse Clélie (1674), de A. De Th. Perdou de Subligny.

Le parece un ejemplo de deducción detectivesca la fábula de Esopo en donde la zorra se niega a entrar en la cueva del león al observar que las pisadas de animales solo muestran ingresos, pero no salidas; y del mismo tono es el episodio de la Eneida, en donde Caco roba unas vacas a Hércules y las arrastra por la cola, de modo que caminan hacia atrás, para despistar al dueño; igualmente, Alfonso VI, rey de León, y Carlomagno, en la Historia del falso Turpín, hierran a sus caballos al revés, para engañar a sus perseguidores.

La joya de estas referencias de erudición está en la historia de Rampsinito, rey de Egipto, por otro nombre Ramsés II. Dueño de inmensas riquezas (¿por qué en los cuentos hay siempre riquezas infinitas?) las custodia en un recinto de piedra, al cual se accede solo si se retira una de las piedras que lo sustentan. Como es natural, solo Rampsinito y el maestro de obras conocen la oculta piedra. Cuando el constructor del recinto está a punto de morir, revela sus dos hijos el secreto, y estos comienzan a entrar en la habitación, robando cada noche un poco. El rey se da cuenta y pone cepos junto a los objetos de valor. Cuando los hermanos entran, el primero queda atrapado y, temeroso de la venganza del rey, pide a su hermano que lo decapite y que se lleve su cabeza, para evitar el reconocimiento. Así lo hace el impío, y escapa con la cabeza de su hermano. Cuando Rampsinito abre la estancia, encuentra solo un cadáver decapitado. Entonces, ordena que ese cadáver sea expuesto a la gente, y que quien llegue a llorarlo sea capturado. El sobreviviente burla de nuevo al rey: emborracha a los guardias y roba el cadáver de su hermano para enterrarlo.

Ante esta nueva astucia, Rampsinito ordena a su hija que se entregue a cualquier hombre, con tal que este le cuente la historia más impía y la historia más astuta de su vida. El ladrón, enterado de esto, le corta un brazo al cadáver de su hermano, y se presenta a la princesa. Asombrosamente, le cuenta la verdad: lo más impío ha sido decapitar a su hermano, lo más astuto, robar el cadáver. Cuando la princesa oye la historia, quiere aferrar del brazo al delincuente, pero este le pone en las manos el brazo de su hermano muerto y escapa. A este punto, Rampsinito se rinde: declara que dará por esposa a su hija al autor de tantas y tan audaces empresas.

La macabra y cruenta historia inaugura una serie de relatos, que tiene como protagonistas a la astucia de un ladrón y a la hermosura de una mujer que descubre el secreto. Aparece en Pausanias, en las Mil y una noches, en los fabliaux medievales, en los cuentos del Renacimiento. Otros temas que se prolongan en la literatura popular son los del misterio del pasaje secreto, el del cadáver suspendido en el muro para que los parientes salgan al descubierto, el engaño de los cepos.

Uno de esos temas, la exposición del delito en público, aparece en Hamlet, de William Shakespeare. Allí, el fúnebre príncipe hace representar, por unos cómicos, la incestuosa muerte de su padre, para que Claudio, el culpable, se refleje en él. Alguno podría pensar que el método investigativo de Hamlet podría inscribirse en la tradición del género policial, pues trata de esclarecer un crimen y trata, también, de extraer una confesión al criminal.

Otros ejemplos de la literatura antigua propone Del Monte. Uno de los más interesantes lo toma del insospechable Vitrubio y de su célebre De architectura. Cuenta Vitrubio que Gerón, rey de Siracusa, encargó una corona votiva y dio al artesano que la fabricó una cierta cantidad de oro. Terminada la corona, la hizo pesar, y, efectivamente, correspondía al peso del oro dado por el rey. Sin embargo, alguien denunció al artesano diciendo que había sustituido parte del oro con plata. ¿Cómo resolver el misterio? El detective que Gerón contrató se llamaba Arquímedes. El encargo llegó a Arquímedes mientras tomaba un baño. Este estaba observando, oh casualidad, que el agua se rebalsaba de la bañera en cantidad proporcional al volumen de la parte del cuerpo metida en el agua. Una invisible lámpara se encendió sobre su cabeza y salió desnudo mientras gritaba “eureka, eureka”: “lo he encontrado, lo he encontrado”. Para resolver el misterio, sumergió una corona de plata en agua, y anotó cuánta agua se rebalsaba. Igualmente, sumergió una corona de oro, del mismo peso, y vio cuánta agua se rebalsaba. Solo le quedaba un último paso: sumergir en agua la corona fabricado por el artesano, de igual peso que las otras. Por desgracia para el artesano, el agua rebalsada era mayor que la de la corona de solo oro. Lo cual indicaba que había plata en ella. No era el peso, era el volumen. Pobre artesano.

Lo más interesante de toda esta exhibición erudita es la conclusión de Del Monte. Ninguna de estas historias puede tomarse como antecedente de la novela policial. Es pura manía de los estudiosos, que siempre ansían encontrar genealogías incluso donde no las hay. Muy gramsciano y muy marxista, Del Monte dice por qué: las circunstancias históricas en que cada historia se ha dado nada tienen que ver con las circunstancias históricas que generan el relato policial. Son muy otras. Y dejándonos con las cajas destempladas (pero con algunas buenas historias que contar) pasa al verdadero origen del género policíaco.

Otro traidor, otro héroe

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Cuando uno visita las ruinas de X., queda admirado del esplendor de la civilización de sus antepasados. Parecen, como tantos monumentos antiguos, grandes palacios de galleta, listos para darles un mordisco, así como está comprobado que algunas ruinas coloniales son de masa de nuégado. X. se levanta sobre el altiplano, y asombran los profundos barrancos que la circundan. Era imposible conquistar esa ciudad y así fue para los españoles, que no lograban escalar las empinadas paredes del abismo. Hasta que lograron dar con un traidor. El traidor les mostró la entrada secreta y así cayó la espléndida ciudad. Siempre hay un traidor. Y casi siempre ese traidor se considera un héroe, como ya lo escribió Borges.

Esta es la historia de un traidor, o de un héroe, según se le vea y considere.

Corría el año de 1954, en una pequeña república centroamericana. En ese lugar, después de una revolución, con sus muertos y sacrificios, se había construido una democracia, o lo más parecido que pueda haber a ella. Había un parlamento elegido por el pueblo y un Presidente de la República que había ganado limpiamente las elecciones. Había también partidos políticos, de derecha y de izquierda, y una prensa libre que regularmente atacaba al gobierno, como sucede en los países democráticos.

Pero lo más asombroso de todo era que, en ese pequeño país antillano, o centroamericano (ahora no me acuerdo), ejercer la profesión de militar era exactamente lo mismo que ser zapatero, plomero, o si se quiere, por aquello de las ofensas, era lo mismo que ser abogado, doctor, licenciado, dentista o ginecólogo. Quiero decir que ser militar era una profesión más. Eso tenía sus desventajas y sus ventajas. La desventaja era que los militares tenían un sueldo bastante regular, un poquito más que los maestros, pero no tanto como un médico y cirujano. Y entonces los militares andaban entre la gente, como un perito contador, o como un empleado de la municipalidad. Subían a los buses urbanos, se aferraban del tubo, cedían caballerosamente su asiento a las distinguidas damas y tocaban pundonorosamente el timbre cuando faltaba una cuadra para llegar. Entraban a las casas de todos sin aspavientos y sin armas, sólo la rareza de la testa pelada casi al rape y el uniforme algo desgastado. Era como recibir la visita de un cocinero que no se hubiera quitado el gorro blanco. Pero igual se le ofrecía su café con champurradas, y cruzaban la pierna mientras se fumaban un cigarrillo, y hablaban de la familia, el fútbol y la política, y llegada la hora, se despedían rechazando, corteses, la invitación a quedarse a compartir los frijolitos de la cena con la familia, también ellos tenían casa y los estaba esperando, otra vez será.

De ese modo, cuando un amigo nos dijo que estaba ese subteniente del ejército, recién graduado de la Politécnica, que no encontraba casa y encima andaba recién casado, nos dio pena y le cedimos un cuarto en nuestra casa de barrio popular. Se llamaba Carlos y era un muchacho simpático, algo reservado, pero correcto como el bigotito fino que gastaba bajo la nariz de águila real. Blanquita, su mujer, era un encanto, como todas las recién casadas, y parece que confirmaba el viejo dicho de que escoba nueva barre bien. Entre semana nos veíamos poco, salvo a la hora de la cena, y contábamos chistes, anécdotas, o comentábamos con pasión la política, porque en esa época se participaba mucho en la política, como si fuera un juguete nuevo que acabáramos de recibir. Los sábados, antes de almuerzo, nos echábamos el primer taguarniz (en esa época lo llamábamos así), y luego de la comida seguíamos echándonos los capirulazos (era otra forma de hablar de ese tiempo), hasta que nos poníamos colorados y nos daba por creernos hermanos, compadres, amigos para la eternidad. No me lo van a creer, pero no se decía, para ese estado de fraternidad, la palabra “cuates”, que vino después.

No hay duda de que con Carlos nos hicimos uña y carne. Sobre todo porque había quedado muy agradecido de nuestra hospitalidad. No sólo nos habíamos apretado un poquito para que se arrimara, sino que le habíamos dado familia y amistad. Y también Blanquita (que era de muy buen parecer) se hizo amiga de las mujeres de la casa, por lo que, cuando encontraron casa para ellos solos y se fueron a vivir a otra zona, aquello fue de casi llanto y qué lástima y vengan a vernos, no se vayan a olvidar, y regresen, aquí siempre habrá un lugar para ustedes y esas cosas que se dicen y que se sabe que no se van a cumplir.

Se fueron, pues, Carlitos y Blanquita, muy de vez en cuando nos veíamos, y nos vimos sólo cuando no debíamos, en una de esas trampas de la historia de las que uno quisiera salir, siquiera en los recuerdos, y en cambio está como el ratón que ya se comió el queso y oyó, allá atrás, el chasquido de la puerta que se cerró para siempre y no hay modo de volverse. Sucedió que (no estoy de ánimo para contárselo con detalles y menos ustedes para oír otra vez la misma historia) un golpe de estado se trajo al suelo al gobierno democrático de ese pequeño país de los Andes (¿o era del Mar Caribe?), y con él se vinieron abajo partidos políticos, discusiones, juguetes, libertades y demás boberías que fueron barridas por un fenomenal estado de sitio y un régimen militar de rompe y rasga en donde el que no estaba de acuerdo con el nuevo gobierno era inscrito en una lista negra, perdía el empleo y corría el riesgo de la cárcel o el exilio. Yo no estaba de acuerdo, me pusieron en la lista y me sacaron del chance (en ésa época se llamaba así, luego se llamó “chamba”).

Pero lo peor de todo no era eso. Lo peor de todo fue, para nosotros, para nuestro pequeño universo familiar, que el jefe de la asonada militar era Carlitos, nuestro compadre (yo había sido padrino de su primera hija), nuestro amigo del alma, el que había sido aposentado en nuestra casa. Peor todavía fue que todos los de la familia terminamos en la lista negra, y a todos nos volaron del trabajo, porque Carlitos sabía muy bien lo que pensábamos, y a pesar de que ahora era el Supremo Jefe de Estado, qué digo “a pesar de”, precisamente por eso nos cayó la daga de la nueva disciplina militar. Menos mal que en nuestros países siempre hay un amigo que arregla las cosas, y fue de ese modo que me logré colar en un proyecto francés de ayuda al desarrollo (ahora se llamaría una ONG) que consistía en que el famoso arqueólogo Claude Bertrand iba a reconstruir las ruinas de X.. Así que allí me tenían en X., con palas, azadones, picos, pero también con diseños sofisticados y aparatos de precisión, al lado del celebrado arqueólogo francés, que dejó las ruinas, válgame la gracejada, preciosas. Desarruinólas, y las dejó como nuevas, pero no por eso cambiaron nombre. Si no, qué chiste. Siguieron siendo las ruinas de X..

Para mi desgracia vino el día de la inauguración. Digo para mi desgracia, porque tenía que inaugurar las ruinas el Jefe de Estado, el mismísimo Carlitos pinto y parado, acompañado, para más joder, de su Excelentísima Primera Dama de la Nación, la tal Blanquita, mi comadre del alma (que se estaba poniendo cada vez más del alma cuando vivíamos en la misma casa y bien hicieron en irse a vivir solos, apunto para la posteridad). Fue un día que me levanté malcriado. A mí me pasa así. Hay días en que amanezco berrinchudo, y el que me aguanta, bueno. Y van llegando los carros negros brillantes, con sus banderitas oficiales, Monsieur l’Ambassadeur, el Secretario de la Embajada, carros, y polvo, y uniformes, y levitas, y fracs, cosa nunca vista en ese lugar de trabajo en donde todos andábamos llenos de tierra, y hasta el profesor Bertrand andaba todo catrín (se decía así en esa época, me excuso, también se decía “pachuco”), y en eso llega Carlitos, o si ustedes prefieren el Excelentísimo Señor Presidente de la República, que ya había llegado a Coronel, y todo el mundo de pie y aplaudiendo, y en cambio este servidor, trompudo, bravo, encabronado, no sé por qué esperé ese día para pensar “cómo iba a ser eso que Carlitos nos hubiera hecho semejante canallada”, no sólo volarse al gobierno democrático, el único de todo el siglo, éramos el ejemplo de América Latina, sino que encima, ya a lo personal, ni siquiera se acordó que éramos compadritos, y nos mandó a la mismísima chingada y creo que no paramos en la cárcel sólo porque una luz en la conciencia le detuvo la mano, pero de allí a que yo me pusiera de pie como todos, y me pusiera a aplaudir como todos, eso sí que ya no, de modo que me quedé sentado en una piedra y era notable que todos aplaudiendo y vitoreando y un sólo tipo, o sea yo, aplastado en la piedra, sin modo de levantarlo, manos hubo que quisieron ayudarme y yo con malos modos los rechacé, y los ojitos de águila de Carlitos (no sólo la nariz tenía de rapaz) me vieron y me fotografiaron, me vieron y me reconocieron, y como todo el mundo sabe, puede el universo hacerme un homenaje, pero no hay nada peor que un amigo me haga un desprecio. Yo creía que Carlitos era un traidor. Él se sentía un héroe, el Libertador de la Patria. Hasta canciones le habían hecho.

Por eso no fue raro que al día siguiente llegara la policía secreta a capturarme. Estábamos recogiendo nuestros instrumentos de trabajo cuando aparecieron en sus carros funestos y me dieron la gran sopapeada delante de todos, antes de meterme a patadas en el asiento trasero. Y luego entendí qué significaba “ir por cordillera”. Yo creo que fui de los últimos habitantes de este pequeño país de América que se fue por cordillera. Era mandar a un prisionero al exilio, con las manos amarradas, caminando hasta la frontera más cercana. Era caminar y caminar y caminar, hasta sangrarse los pies, hasta caer doblegado del cansancio y sufrir las burlas y los empellones de los esbirros, masticando sangre y tierra. Fueron varios días, hasta caer en tierra extranjera, sin un céntimo en el bolsillo, con la prohibición mortal de regresar al país.

Ahora, cuando veo las ruinas de X. y recibo el fresco aire del altiplano, veo su cielo azul, y contemplo asombrado la obra de mis antepasados, no puedo dejar de recordar a Carlitos y a su mujer. No puedo dejar de pensar que fue un traidor, como lo fue el indígena que enseñó a los españoles el laberinto secreto que conducía al corazón de la ciudad. Y muchas veces me pregunto, si, antes de morir, a manos de otro traidor que en lugar de custodiarlo le descerrajó una bala en la cabeza, Carlitos pensaba todavía que era un héroe, que de veras había salvado a la patria, o que con la bala se le reveló por fin, al menos al final, su antigua estirpe, esa que vestida de nobles fines nos convierte en los seres más abyectos.

Las niñas de Guatemala

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Un indiscutible noveliberista reivindica uno de los más antiguos lugares comunes de la psicología, el del idiot savant, para confeccionar un detallado panegírico de Adam Smith, autor de la Investigación sobre la riqueza de las naciones (1776), un libro por el cual se le atribuye la poco gloriosa paternidad del liberalismo económico, un libro que los neoliberales autóctonos colocan en el panteón de lecturas ilustres, un libro de novecientas contundentes páginas de filosofía económica que perpetúa el misterio según el cual los economistas de algún prestigio no pueden explicarse si no a través de macizos ladrillos, como si fueran armas de defensa y ataque. (Del otro lado de la barricada, no desmiente ese misterio El capital, de Carlos Marx). El narrador describe a Smith tan distraído que el cochero de una diligencia lo sorprendió mientras vagaba a campo abierto, sin darse cuenta que, perdido en sus profundas reflexiones, se había alejado de la nativa Kirkcaldy.

Debemos a tales reflexiones el descubrimiento que el motor del progreso es el egoísmo y que solo persiguiendo el propio beneficio el ser humano logra una sociedad estable y libre. No hay ética, celebra el hagiógrafo (quien dos líneas atrás se lamenta de la falta de moral en el desarrollo humano), sino interés. Nuestro apologista resume así la doctrina liberal: “Gracias a la propiedad privada y a la división del trabajo se desarrollaron unas fuerzas productivas formidables y […] la competencia, en un mercado libre, sin demasiadas trabas, era el mecanismo que mejor distribuía la riqueza, premiaba o penalizaba a los buenos o malos productores y que no eran estos, sino los consumidores, los verdaderos reguladores del progreso”.

La lujosa utopía de Smith se asemeja a una carrera de atletismo, en donde todos los seres humanos están en la misma línea de salida, y al pistoletazo del árbitro, todos corren hacia la meta. Solo los mejores llegarán primero, mientras los menos dotados se quedarán rezagados. Tal vez el señor Smith era distraído. Seguramente sus tesis adolecen de un defecto de realismo, por drásticas  que parezcan. ¿Se requiere mucho esfuerzo de observación para darse cuenta de que no todos nacimos dentro de la misma clase social? ¿De que no es lo mismo nacer en una aldea perdida en la selva armazónica y nacer en Estocolmo? ¿De que no es lo mismo pertenecer a la casta de los shudrás, en la India, que pertenecer a la casta de los brahmanes? ¿Que no es lo mismo ser el hijo de un poderoso finquero que ser el hijo de un campesino al servicio de ese finquero?

Si el distraído señor Smith hubiera vivido en Guatemala, el martes 8 de marzo de 2017, quizá nos habría ahorrado las novecientas páginas de su obra maestra. Porque lo sucedido ese día tiene mucho que ver con el punto de partida de unas vidas y tiene que ver con el magnífico egoísmo que, según Smith, debería ser el motor del bienestar de la sociedad.

Demos un paso atrás. Como en muchos países de América, la sociedad de Guatemala está nítidamente dividida por “la propiedad privada y la división del trabajo” cantadas por Smith. Hay quien tiene mucho, hay quien tiene algo y hay quien no tiene nada. Muy pocos caminos hay para pasar de un estamento a otro. En los últimos años, se ha descubierto que uno de esos caminos es la política. (Se abre, aquí, otro capítulo doloroso, pero Smith lo resolvería reafirmando su axioma: se entra en política por egoísmo, por interés, por afán de acumular riquezas. ¿O no? ¿O la ley primordial del liberalismo cedería el paso al torpe moralismo de quien concibe la política como un servicio a los demás para el mejoramiento de la comunidad?).

El gobierno de Guatemala cuenta con una “Secretaría de Bienestar Social”, casi siempre patrocinada por la Primera Dama de la Nación, quien desahoga así sus pulsiones caritativas, benéficas, cristianas y filantrópicas. Del otro lado de la sociedad (en algún lado oscuro, andrajoso y periférico) están las familias miserables, analfabetas, marginales. En ese lado de la sociedad hay quien tiene hijos y no sabe qué hacer con ellos. Son niños que crecen pobres, desesperados, a un punto de la delincuencia. Los instrumentos pedagógicos que se les aplican suelen ser el palo y el maltrato, cuando no el abuso sexual. Algunos de ellos se insolentan, se vuelven insufribles, respondones, indisciplinados. Para ayudar a tales familias, la Secretaría de la señora del Presidente ha creado una cadena de “Hogares Refugio”, en donde los adolescentes deberían encontrar pedagogos expertos que les enseñen la vía para integrarse en la sociedad. Como quien dice, ponerlos en la línea de salida para que, cuando el árbitro dé la señal, sean los primeros en llegar a la meta.

Tan óptima teoría no fue seguida por la práctica. De alguna manera, siguiendo una vieja costumbre política de casi todos los países, se nombraron como educadores para los “hogares refugio” a personas amigas, a correligionarios, a personas sin ninguna preparación para enfrentar casos tan especiales como los representados por los jóvenes que iba a parar allí. Y en lugar de aplicar las adecuadas teorías pedagógicas de rehabilitación, les siguieron dando palo y, en algunos casos, abusaron sexualmente de ellos. El Hogar Refugio de San José Pinula era un laberinto de torturas para las niñas y niños que tuvieron la desgracia de caer en esa especie de prisión.

De modo que un día antes, cuenta elPeriódico de Guatemala, se subieron al techo del edificio (las niñas en una sección, los niños en otra) y comenzó un alboroto carcelario. Porque, como una cárcel, el Hogar Refugio estaba rodeado por un muro, en cuya parte superior había alambre espigado para evitar las fugas. Los encargados, inexpertos y asustados, llamaron a la Policía Nacional, quien llegó al lugar y restableció el orden con el método que conocen: a bastonazos.

De manera que la mañana del martes 8 de marzo los niños amanecieron castigados. El castigo consistió en encerrarlos bajo llave. Las niñas pidieron permiso para ir al baño, que estaba fuera, Los educadores les negaron el permiso. Entonces, las adolescentes desarmaron unas camas, fabricaron una suerte de baño, y allí hicieron sus necesidades. Esa humillación las exasperó y pensaron que, quemando algunos colchones, lograrían la apertura de las puertas. Los colchones prendieron fuego con facilidad, y pronto las llamas se propagaron. Las niñas comenzaron a gritar, pidiendo auxilio. Los educadores pensaron que era un truco, una insolencia más No abrieron la puerta.

De esa manera, murieron quemadas 40 niñas.

Cuarenta.

Hay otras que se debaten entre la vida y la muerte, en hospitales de Guatemala y Estados Unidos.

Hay un clamor, que podríamos llamar “popular”, para que se castigue a los culpables. Está claro que quienes no tuvieron la inteligencia de abrir la puerta son los primeros responsables. ¿Y aquellos que los nombraron para que fueran educadores? ¿Y la sociedad que permite esos abismos entre gente destinada a los “hogares refugio” y gente que se educa en los mejores colegios de los Estados Unidos? El distraído señor Smith diría que cada quien se ha comportado persiguiendo su interés, guiado por su exquisito egoísmo. La conclusión, por desgracia, no es la felicidad de la nación. La conclusión es otra, distraídamente otra.