La patria es una casa…

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El avión despegó con puntualidad de avión, es decir, tarde, del aeropuerto “La Aurora”. Era, y sigue siendo, un pequeño aeropuerto de provincias, con una de las pistas más aventuradas del mundo. En un extremo, está el acueducto “Los Arcos”, una pequeña joya de arquitectura colonial, que todavía hoy lleva agua a la capital de Guatemala. Inmediatamente después del acueducto despuntan los edificios del sector financiero, que aspiran a rascacielos sin serlo. Eso sí, son altos, por lo que, en cada despegue, la aeronave pasa peinando los techos de esas construcciones. También los aterrizajes son espeluznantes, porque quien llega por primera vez tiene la impresión de que el aparato se está desplomando sobre la ciudad. El otro extremo de la pista no es mejor. Al final de ella, el terreno se corta al tajo en un repentino barranco, que, como sucede por estas partes del mundo, está imprevisiblemente poblado de casas pobres. Un error al aterrizar y el avión irrumpe en medio de la cena familiar. Pero lo más peligroso no está en la presencia de obstáculos que ponen a prueba la pericia de los pilotos. Lo más peligroso es que la pista es muy corta, por lo que un error de cálculo puede provocar que de repente se te acabe el terreno y adiós avión y pasajeros. Algunos han caído sobre la ciudad, pero siempre pequeños y heroicos, pues los pilotos han buscado zonas baldías para estrellarse sin remedio.

Diego sintió cómo el piloto aceleraba el motor a su máxima velocidad, sintió el momento del despegue al filo del acueducto, y vio pasar casi bajo sus pies los techos de bancos, institutos, concesionarios de autos, condominios, el Instituto de Seguridad Social, el Banco de Guatemala y el Palacio de Finanzas, hasta que se hacían pequeños, cada vez más pequeños, como si fueran ellos los que se alejaran y no el avión que ascendía. Identificó las zonas del norte de la ciudad, y se acomodó relajado cuando el avión horadaba las primeras nubes. Estaba dejando su país.

La parte mejor del despegue es que, si el día es bueno, como las más de las veces en el año, se tiene la visión de los volcanes cuya ostentosa majestad impone una extraña sensación de belleza, por más cínico que uno sea. Reconoció la trilogía de la Antigua: Agua, Fuego y Acatenango, y, casi al lado, el volcán de Pacaya. Pensó en su infancia, cuando, para divertirse por las noches, se entretenía viendo la erupción permanente del volcán de Pacaya, la chispa y los ríos de lava. Estaba dejando su país, le decían las montañas de la Sierra Madre, oscuras de vegetación fértil e intrincada. Más adelante, el regalo del lago de Atitlán, cuenca perlada de otros volcanes, un milagro de orfebrería mágica, los dioses del Popol Vuh jugando a poner la piezas más hermosas en tan poco espacio. Estaba dejando su país.

El avión se perdía entre las nubes y Diego se perdía en el recuerdo de su pasado próximo. Muy rápido se corrió la voz de su partida al extranjero. Una noche, una de esas noches nerviosas cercanas al viaje, se despidió de Arnulfo Tobías, un gordito patilludo que se reputaba teórico de la literatura, y con el cual Diego había tenido varios enfrentamientos. Tobías era del Partido Comunista, todos lo sabían en la Universidad, y se temía por su vida. Aunque se habían peleado muy duro por cuestiones de teoría, pues Arnulfo todo lo veía bajo los lentes del marxismo, en el momento de despedirse esas cosas se olvidaron. Diego le dio un abrazo y le dijo: “Vaya paradoja. El que tendría que irse sos vos”. Arnulfo sonrió con melancolía, casi con resignación. “No puedo”, le contestó. “Perdería mi empleo y con el sueldo no solo mantengo a mi esposa, sino también a mis padres, que quedarían desamparados”. Rebatirlo fue fácil: “Más desamparados quedarían si te mataran”. Arnulfo volvió a sonreír, casi convencido: “No. No me van a matar. Soy un intelectual inofensivo”. A los dos meses, en ese mismo aparcamiento, varios hombres armados introdujeron a Arnulfo en una insólita camioneta Volkswagen, de esas que se usaban para hacer camping. Nunca más se supo de él. Con los años, alguien le contó a Diego que el partido había dado órdenes a sus miembros de que no abandonaran el país. Tenían que estar en la trinchera. Esa era la verdadera razón. Durante varios años, su esposa lo buscó por todos lados. Jamás lo encontró.

Otro del que se despidió fue de un sociólogo al que llamaban “El Sombrerón”. No tenía nada que ver con los sombreros, pero era de cuerpo maltrecho, con una visible joroba que le coronaba la espalda. Muy inteligente, no se acomplejaba por su físico, y él mismo se inventaba las bromas. “Hacés bien en irte”, le dijo el Sombrerón. “Aquí ya no se puede vivir”. Fue natural que Diego le preguntara: “¿Y entonces, por qué no te vas?”  El Sombrerón le contestó con evasivas. Y como no era tanta la amistad, Diego no insistió. Años después, Manuel José Arce le preguntó a Diego: “Te acordás del Sombrerón?”. “Sí, ¿qué fue de él?”. Como buen dramaturgo, Manuel José no pudo evitar el efecto teatral. “También al Sombrerón lo secuestraron. Le enderezaron la joroba a martillazos”.

El piloto informó, con su anónima voz metálica de robot medio humano, que habían alcanzado la velocidad de crucero. Se apagó la señal de cinturones de seguridad y, como si estuvieran entrenados para hacerlo, varios de los pasajeros se levantaron hacia el baño. Del fondo del aparato, llegaba ruido de platos, tenedores y cucharas y un olor a comida ligeramente nauseabundo. Diego creyó que se iba a dormir. En lugar de eso, se repitió, como si fuera otro, que estaba dejando su país. Le pareció que pensaba en una forma ridículamente retórica. ¿Qué era la patria, en fin de cuentas? Recordó que Cardoza llamaba a Guatemala “dura patria”, parafraseando al mexicano Ramón López Velarde que llamó “Suave Patria” a su país.

¿Qué era la patria, en fin de cuentas? ¿Los volcanes, el lago, la ciudad colonial, las ruinas de Tikal? ¿Iba a llorar por eso? ¿Quizá las comidas: las tortillas, los frijoles negros, los chuchitos, los tamales, los rellenitos de plátano, todos los sabores de su infancia? Pasaría mucho tiempo antes de que volviera a comerlas, pero tampoco eso acuciaba su nostalgia. Una vez había pasado por Madrid, y descubrió un McDonalds. Entró, se comió el hamburgués, y el sabor de ese plato norteamericano lo hizo sentir un verdadero estúpido, porque le recordaba a su propio país.

Tendrían que pasar muchos años para que se diera cuenta de que la patria no era la retórica nacionalista que le habían enseñado en la escuela. Cuando en el avión se preguntaba, ¿qué era la patria, en fin de cuentas?, el cansancio, el sueño, el ronroneo implacable del motor le daban dolor de cabeza, y no lograba responder a una pregunta tan simple. ¿Qué era la patria, en fin de cuentas? “La patria es una casa…” comenzaba un sincero poema de Julio Fausto Aguilera en donde imaginaba una patria justa y solidaria. O también estaba Otto René Castillo, gran poeta popular, que proclamaba: “Vámonos patria a caminar, yo te acompaño…” Diego Cosenza estaba consciente de que su idea de patria no era la de Julio Fausto ni la de Otto René.

¿Qué era la patria, en fin de cuentas? Tantos años pasaron para darse cuenta de que la patria estaba en el abrazo de su madre antes de que se subiera al avión. Ese abrazo con lágrimas lo había fastidiado, injustamente la había regañado diciéndole: “Si no me estoy muriendo, solo me voy de viaje”. Ella tenía razón; él, no. Algo se moría a sus espaldas cuando dejaba a todos, pasaba la inspección de policía y se volteaba a saludarlos. La patria estaba en su amigo el Flaco, que no faltó a despedirlo. En las largas tardes en las que conversaban de puras tonterías, el Flaco de las últimas teorías científicas, Diego de literatura. La patria estaba en su padre ya anciano con su ejemplar fama de honestidad. En sus hermanos, a quienes quería sin aspavientos. La patria no eran paisajes, ni monumentos, ni símbolos, ni comidas. La patria era un terreno saturado, un territorio interior, un extenso campo verde en donde estaban enterrados sus afectos.

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La rueda de caballitos

Diego Cosenza, mientras recorría el Anillo Periférico, encandilado por el sol deslumbrante de las dos de la tarde, comprendió que su rutina tenia una especie de significado, de maniático aferrarse a la costumbre para cubrir el caos en el que toda su vida estaba siendo triturada, aunque el deseo le indicara que no, que todo estaba bien, que todo estaba muy bien, que todo caminaba espantosamente bien. Los despachos de la Facultad tenían paredes de vidrio y no era metáfora, sino que la pared era, en su base, de ladrillo, y de allí al techo, de vidrio. Así que uno podía hacer saludos de película muda a los colegas de al lado, a los que veía estudiar, fumar, recibir estudiantes. A veces, uno de esos colegas ya no estaba, y ya no estaba por una semana, por un mes, por tiempo indefinido. Ya nadie se atrevía a preguntar si se había ido a la montaña, si se había vuelto clandestino, si se había exiliado, si lo habían desaparecido. Era mucho preguntar.

A veces, Diego notaba que el tiempo se aceleraba como los carritos de la montaña rusa en las ferias de pueblo; otras, se detenía con la música de pesadilla del carrusel, que donde Diego había nacido llamaban “rueda de caballitos”, simpleza rural como la cárcel que habían construido a la manera de una fortaleza medieval de Walter Scott. Y en los últimos meses, después de la muerte de Ruth y del exilio de Franz, la velocidad del tiempo parecía empujada por los vientos de noviembre, esos que hacen elevar los barriletes hasta el cielo, los pequeños barriletes de los niños en los campos baldíos, cada vez menos en la ciudad, o los barriletes gigantescos de Santiago Sacatepéquez.

Como ya nadie se hablaba con nadie, o las comunicaciones con los amigos parecían las de infantiles agentes secretos de los dibujos animados, le extrañó que lo llamara una antigua compañera de estudios. Se había graduado en la popular Universidad de San Carlos, pero inmediatamente la habían llamado como profesora a la Universidad que la oligarquía había organizado para adiestrar sus cuadros en la economía neoliberista. Era inteligente, guapa, simpática y, sobre todo, pertenecía por los cuatro costados y varias generaciones a las mejores familias del país. En efecto, parecía una española recién llegada de Andalucía. “Diego”, le dijo al teléfono. “Necesito hablar contigo”. Diego sabía que su ex colega lo estimaba, y lo veía con los ojos de un entomólogo que siente estupor ante aquellos que sueñan con poesía y mundos imaginados. Las profundas raíces historiadas de esa mujer le decían que, en su país, las rebeliones eran cíclicas, y cíclicas también las represiones. Ella y su esposo pertenecían a un círculo muy estrecho y poco numeroso: el de la burguesía iluminada, aquellos que hubieran querido mejorar al país a través de reformas inteligentes. Eran amigos de presidentes y ministros, de obispos y embajadores, y despreciaban desde la altura de su alcurnia a los militares que se habían enriquecido con la guerra.

Hacia las dos y media de la tarde de un día cualquiera, Diego aparcó el transatlántico del Turquito frente a la casa de su amiga. La amiga vivía en el barrio residencial más exclusivo, un barrio en donde uno no podía saber si estaba en un pequeño país del tercer mundo o en un apartado rincón de Friburgo o de Viena. Los únicos mestizos que se veían eran los jardineros, las domésticas, los carteros, y todo el personal de servicio que contrataban los dueños de las casas. Quizá, pensó Diego, era el único lugar de la capital en donde su fantástico automóvil no parecía un platillo volador; más bien, descendía en la clasificación del lujo delante de los Mercedes y los BMW que circulaban por las perfectas calles de asfalto impecable y arbolitos cada dos metros.

Lo que le dijo su amiga no lo sorprendió, pero, de la misma manera, lo dejó intranquilo. Después de que la doméstica de cufia y delantal había depositado una bandeja con café y panecillos dulces sobre la mesa de una de las tres salas de la mansión, su excompañera de banco le contó, y cuando lo hacía bajaba la voz, como si alguno en acecho pudiera escuchar, que el domingo anterior se había reunido con gente verdaderamente importante, empresarios, dueños de finca, banqueros y alguno que otro rastacueros… Diego no recordaba dónde le había dicho que había sido la reunión, y tampoco recordaba si era una cosa formal o una fiesta. Lo importante era que estaba presente uno de esos periodistas que merodeaban en la Facultad, y éste había dicho que Diego era uno de los intelectuales más peligrosos que quedaban. Quizá dijo la palabra “comunista”, no habría sido raro, porque era el estigma para designar a cualquier enemigo. “Yo solo te lo cuento”, le dijo la amiga. “Allá tú lo que quieras hacer. Pero mi conciencia no me habría dejado en paz si no te lo decía”. Todos sabían que, entre los grandes potentados, estaban los financiadores de los Escuadrones de la muerte. Y una observación así, como la dicha por el periodista, entraba en una categoría indefinible. Era llamada un “lenguazo”. Y un lenguazo podía costar la vida.

La desazón de esa noticia se combinó con una carta que le llegó a su despacho. La Asociación Internacional de Hispanistas invitaba a los interesados a participar a su congreso anual, que se celebraría en Venecia. Diego pidió cita a su decano. Era un anciano que había sido Ministro de Relaciones Exteriores en la época revolucionaria. Cuando Diego le pidió si la Facultad le podía financiar el viaje a Venecia, el anciano por poco y no da un salto de gusto, o de alivio, en su lujoso sillón. “¡Por supuesto que sí, mi estimado profesor!”, casi gritó. “¡Pero, por supuesto! Billete de avión y gastos de alojamiento, faltaba más”. Y luego, bajando la voz: “Y si se queda unos meses, tiene usted mi permiso asegurado”.

Diego fue a consultar sobre el viaje a su amigo el Flaco. Le informó sobre la conversación con su amiga. El Flaco fue lapidario y perentorio: “¡Váyase a la mierda!”, y chasqueó los dedos como para subrayar la urgencia.. Cierto, Venecia era mejor, pero el sentido era otro. Era la urgencia de verlo irse a cualquier lado. Sus padres fueron menos sentenciosos. Cariacontecidos, no aceptaban de buen grado que Diego se fuera, porque intuían de algún modo que el regreso no estaba garantizado. Entonces Diego pensó en el padre Gerundio Campacci, un italiano que se había integrado tan bien en el país que era catedrático de Lengua Española. Era conocido por ser franco hasta la brutalidad, y de tener un mal carácter que le había valido varios enfrentamientos a trompadas. Campacci lo escuchó con atención, con los ojos aumentados por unas gafas que hacían parecer a sus ojos como dos negros peces redondos extraviados en una mínima pecera. Luego le dijo: “¿Ya lo pensaste bien? Es cierto que abrís una puerta, pero te cerrás detrás de las espaldas tu carrera, tu vida, tu familia en el país. Estoy seguro de que, si te vas, ya no regresarás”. “No padre, un par de meses en Italia y luego regreso”. “No estaría tan seguro de eso”, le dijo el padre Gerundio. Fue el único que no lo empujó a irse. En realidad, Diego no tenía razones reales para largarse. Había gente que recibía amenazas directas por teléfono, o hubo quien recibió una hoja, firmada por la Mano Blanca, en la que le daban 24 horas para dejar el país. Y la gente armaba una maleta y se iba al aeropuerto, la mayoría a México, porque sabían que a las 24 horas los iban a matar.

Entonces, elaboró un compromiso. Sus ahorros en el banco le bastaban para un par de meses en el extranjero. Se iría al Congreso, se quedaba vagando por ahí, y hacia fin de año se regresaba al país. Rellenó los papeles necesarios, pidió visa de turista, se puso de acuerdo con Lily para lo que harían después de dos meses, y, cuando sintió, ya estaba encima la fecha de su viaje a Venecia, donde lo esperaba más de una sorpresa.

 

El turno de Franz

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¿Cuánto tiempo pasó? Un mes, dos meses… No se lleva la cuenta del tiempo por calendarios y relojes, sino por la memoria de las cosas. Hay fotos desabrigadas que nos muestran cómo éramos, y no nos reconocemos, aunque lleven impresas fecha y hora. Es otro el recuerdo, y la foto nos devuelve una imaginación diferente a la que tenemos en la cabeza. Los amigos, jóvenes, levantan una copa, y quedamos asombrados de su juventud, de su gesto, de su falsa sonrisa de fotografía. Sabemos perfectamente que se ríen por estar delante de una cámara, no porque en ese momento sean felices. Nos asombra el cambio, que es el tiempo en toda su materialidad. Comprobamos que el tiempo existe, no porque lo marquen aparatos o artilugios, sino porque su huella es visible, como una arcilla que modelara rostros, cabellos, corpulencias.

 

Un mes o dos meses después, Diego Cosenza estaba otra vez batallando con unas fichas para preparar sus clases cuando sonó el teléfono. Fue a contestar. “Diego Cosenza”, dijo una voz desconocida. “Sí, soy yo”. “Le habla un compañero de trabajo de Franz Galich. Un jeep de los Escuadrones de la muerte está aparcado frente a la oficina. Vinieron por él. Ahora está escondido en la tabanco del techo. Pero es cuestión de tiempo que lo vengan a buscar. Dice Franz que si lo puede ayudar”. El hombre colgó. Diego se quedó con el auricular en la mano. ¿Ayudar? ¿Él, Diego Cosenza, que no sabía qué hacer ni siquiera para sí mismo?

  La noche anterior, Diego había acompañado a Franz a la parada de los buses que lo llevaban a Amatitlán. “Me están siguiendo”, le dijo Franz. Diego pensó que sólo a él no lo seguían. “No me jodás”, le dijo a Franz. “Mirá que acaba de pasar lo de Ruth, y a ella sí que la seguían. Y yo la convencía de que no. No me vengas vos también con eso”. “No estoy jodiendo”, le dijo Franz. A ese punto, Diego le disparó la pregunta. “¿Pero vos estás comprometido en algo? ¿Estás metido en la guerrilla?”. “No”, le aseguró Franz. “Es que están siguiendo a los intelectuales”. Años después, Diego iba a saber que Franz le estaba mintiendo. En ese momento, le creyó. “Entonces, no te preocupés”, trató de reconfortarlo. “Seguramente son tus imaginaciones”.

Al día siguiente, las imaginaciones se hicieron realidad. ¿Por qué no estaba su esposa en casa? Diego no lo recuerda. Se le ocurrió algo que se revelaría providencial. Llamó por teléfono a un alumno suyo, que era jefe de redacción de un importante periódico y le dijo: “Le tengo una noticia: tienen copado a Franz Galich en su oficina. Hágame un favor, movilice a toda la prensa para que lleguen en grupo, así los de los escuadrones de la muerte no pueden actuar”. El otro le contestó: “Claro, Diego. Faltaba más. Ahora mismo me voy con cámaras y reporteros. Y me llevo a los de la televisión”  Diego corrió hacia su automóvil (el transatlántico vistoso que el Turquito le había heredado) y salió disparado hacia el lugar en donde trabajaba Franz. Serían como las once de la mañana. La doce avenida era un lugar imposible para aparcar. Dejó el auto en un sitio privado, y corrió hacia las oficinas. No había nadie. Un hombre gordo y tostado por el sol, con un trapo en la mano, vagaba por ahí. Se ganaba la vida haciendo como que espantaba a los ladrones de vehículos. Diego fue hacia él. “¿No vio a un grupo de periodistas que estaban aquí?”. El hombre lo miró, desconfiado. “Hace rato se fueron”, le dijo. “Se fueron todos. Se vació la oficina”. “¿Y a dónde se fueron?”. “A la Embajada de México, es que le dicen”, contestó. “Como que iban a exiliar a un señor que ya le daban aguas”.  Diego entendió que Franz estaba a salvo.

Regresó a casa, como si nada, y no le dijo nada a su esposa, para no alarmarla. Comieron el sobrio almuerzo del mediodía y salieron para sus trabajos. Al llegar a la Universidad, Diego corrió a la oficina del Decano. Le informó de lo ocurrido. El Decano le dijo: “Venga, vamos a la Facultad de Derecho, en donde la Universidad tiene una comisión de abogados para estos casos”. Eran tantos los secuestrados, los desaparecidos, los asesinados, que la Universidad tenían una oficina especial para ellos. Al llegar, el Decano informó a sus colegas de lo que pasaba, y salieron en un vehículo hacia la Embajada de México. Al llegar, ni siquiera los recibieron. El Embajador no había recibido a Franz. Le había dado un consejo mortal: que fuera a pedir asilo a las Naciones Unidas, en un edificio cercano.

Años después, Franz le iba a contar: “Llegué a esa oficina, y por la hora, ya estaba cerrada. Los periodistas ya se habían ido. Y de pronto, me encontré solo, vagando por los corredores vacíos de un edificio desierto, a la merced de cualquiera”. “Claro”, le comentó Diego. “Las Naciones Unidas jamás te hubieran dado asilo. No son un país, son una representación. Ese embajador te mandó al muere”.  La comisión universitaria regresó con las manos vacías. “Vamos a ver qué hacemos para localizar al profesor Galich”, le dijo el Decano. “Espero que no se lo hayan llevado todavía”. Diego se fue a sus aulas, a dar sus clases, tratando de no mostrar el desasosiego. Entre una clase y otra, apareció un poeta conocido, que hacía tiempo no veía, y menos en la Universidad. “Diego”, le dijo. “Te quiero hablar”. Fueron a su cubículo, mientras pasaban los 15 minutos entre una clase y otra. “Tengo un mensaje para vos. Tenés que salirte de este asunto de Franz inmediatamente. Te has exhibido demasiado y ya estás super quemado. Otro paso más y te llevan a vos también. Me mandan a decirte que no te preocupés, que Franz está ya al seguro”.

Esa noche, al regresar a su casa, su esposa le preguntó: “Diego, ¿qué pasa con Franz?”. “¿Nada, por qué?”. “Porque ha estado llamando a cada rato para que te digamos que ya está a salvo, ¿qué fue lo que pasó?” Entonces no tuvo más remedio que contarle a su esposa lo que había pasado. Y pensar, para sí, que si por alguna razón los esbirros de la dictadura lo habían exonerado de cualquier compromiso, o lo habían considerado inocuo, él se había puesto en el centro de la mira, como aquellos conejos ciegos que, en la noche, devuelven con los grandes ojos el relumbrón de las linternas de los cazadores.

Al día siguiente, Diego pudo leer en todos los periódicos una breve noticia. “Profesor universitario se refugia en la Embajada de Costa Rica”. Así que allí había ido a parar su amigo. La pasión de la amistad lo hizo cometer la extrema imprudencia. Sin decir nada a nadie, esa tarde fue a la Embajada, visitó a Franz y le dejó un buen número de libros, para que se entretuviera en los días que precedían a su salida del país. Cuando le contaba estas cosas a otro amigo escritor, éste se doblaba de la risa. Le daba risa que Diego hubiera sido tan inconsciente, tan temerario, tan arriesgado. Diego, en cambio, creía que los amigos se ven en estos casos, en la persecución, en la enfermedad, en el peligro. Era una lógica laica que no tenía nada que ver con el delirio de la guerra en el que estaba sumido su país. “¡Fue un milagro que no te hayan bajado a vos también!”, se reía su amigo. “De seguir dijeron éste es demasiado imbécil como para ser peligroso!” Y se agarraba las panza de las carcajadas.

Muchos años después, antes de morir, en la desolación del exilio y la tristeza, Franz le iba a revelar que en ese momento era un colaborador de las fuerzas revolucionarias. Cuando se quedó solo en el edificio de las Naciones Unidas, un comando de clandestinos lo ubicó, lo recogió y lo escondió en una casa de seguridad, en pleno centro de la ciudad. Al día siguiente lo llevaron directo a la Embajada de Costa Rica, luego de asegurarse de que le darían asilo. “Llevábamos las ametralladoras en el piso del auto”, le contó Franz. “Si nos hubieran detenido, allí se acaba todo”.

 

Saltar el muro

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La semana siguiente a ese sábado, alguien (una voz imprecisa) le dijo que Ruth Sobalvarro había llegado a buscarlo a su despacho de la Universidad. ¿Dónde andaba Diego Cosenza, que Ruth no lo encontró? Quizá ese día no había clases, o fue a otra Facultad, o bajó a la cafetería, lo cierto es que por el resto de sus días Diego no recordaría por qué Ruth no lo halló. Por qué Ruth lo buscaba, eso lo sabía. Se había vuelto casi un rito. Ella llegaba, cada vez más pálida, demudada, con un ligero temblor en las manos, y le decía: “Me están siguiendo, hacen turnos para seguirme, primero es un auto negro, luego una moto, luego un jeep, Diego, me están registrando las rutinas”. Y siempre Diego le contestaba que no, que todo el mundo andaba así en la Universidad, paranoico, viendo micos aparejados, alucinando persecuciones y amenazas, inventándose quién sabe qué cosas porque todos se creían personajes importantes, pero que en realidad eran puras imaginaciones. Y así. De esa forma, Ruth salía un poco más tranquila, por eso lo buscaba, eran viejos amigos y los amigos, en las horas críticas, son la rama a la que te aferras, la ilusoria rama.

La semana siguiente a ese sábado, se lo dijeron: “Ruth te andaba buscando el viernes por la tarde”. Ese sábado, en cambio, Diego, habitual, se sentó delante de su escritorio y comenzó a fichar un arduo libro para las clases de la semana siguiente. Las mañanas de los sábados eran casi siempre iguales. Muy temprano, casi en la madrugada, pasaba, desde que los habitantes del barrio tenían memoria, un hombre que arrastraba algo en una improvisada carretilla hecha a mano. A una tabla de madera le clavaban unos burdos rodos de hierro y el silencio de la madrugada se rompía con el estrépito metálico de las ruedas contra el asfalto. ¿Llevaba leche, leña, verduras? Quizá las tres cosas. Luego se oían los primeros autobuses urbanos con los sonoros motores de rotundo diésel, pues la terminal estaba cerca de la casa. Quien viviera en el barrio, aun con una venda en los ojos habría podido decir: “Estoy en el barrio”. Y ya como a las ocho, se desataban los rumores familiares: los vecinos con su altanera música caribeña, el loro parlanchín de los otros vecinos que saludaba a sus patrones y recitaba cuatro de las cinco vocales, los perros cercanos y lejanos, el vendedor de periódicos que anunciaba los nombres de los diarios como una plañidera mediterránea.

Como a las once de la mañana, sonó el timbre del teléfono. Era un conocido de la Universidad. “Diego, encendé la radio”, le dijo escuetamente. “Poné la Radio Noticias”. Y colgó. Alarmado, Diego corrió hasta el aparato, sintonizó la emisora y se quedó escuchando, como si de pronto la realidad de esa mañana de sábado hubiera desaparecido, y no hubiera rumores de barrio, ni perros, ni carretillas, ni música, solo la noticia que la radio estaba transmitiendo. En la zona 4, en una emboscada, Ruth Sobalvarro, Directora de la Extensión Universitaria, había sido acribillada a balazos. Diego llamó a voces a su esposa. “Mataron a Ruth”, le dijo. Los dos se quedaron oyendo los detalles. El periodista daba una breve biografía de la amiga, sus títulos universitarios, los nombres de sus padres, el prestigioso cargo que ocupaba. “Entonces era cierto”, comentó Diego. “Entonces era verdad que la estaban persiguiendo, y yo, estúpido, la convencí de que no, que eran sus imaginaciones”.

Digamos que cuando muere un colega, en cualquier empresa, todos se llaman para contarse la noticia o para comentar lo que pasó. En lugar de eso, después de la primera llamada, nadie llamó a Diego, ninguno de los incontables profesores que estaban oyendo la noticia, aterrados en el refugio de sus casas. Ruth era la Directora de Extensión Universitaria, un cargo que la ponía en contacto con medio mundo, y, sin embargo, nadie llamaba. Ese silencio y la repetición de la noticia en todas las radios creaban una atmósfera pesada, dura, plúmbea, una especie de niebla invisible que se metía por la garganta y pesaba en el estómago, una extraña sensación de estar caminando sobre las piedras de un río resbaladizo. Nadie llamó y cuando comenzaron a comer, a mediodía, Diego anunció: “Voy a ir al velorio. Sé que van a anotar mi nombre y lo pondrán en alguna lista. Pero no puedo dejar de ir”. Su esposa quedó en silencio. “Lo sabes”, afirmó ella. “¿Qué?”. Su esposa hizo un silencio largo. “Sabes muy bien que si vas al velorio te pones en peligro”.

Hay momentos, en la vida de todos, en que, de pronto, cae un muro delante de nosotros y esa violenta irrupción rompe con esquemas, rutinas, rituales. Uno sabe que, si salta ese muro, nada va a ser igual y que, si no lo salta, tampoco las cosas serán iguales. Es cuestión de decidirse, de tomar partido, de aclararse, sobre todo a sí mismos, de qué lado estamos. El doloroso y alucinante momento de la lucidez. “Yo no podría mirarme al espejo”, dijo Diego a su esposa, “si dejo de ir al velorio de Ruth. Fue mi amiga de toda la vida (y Diego no sabía que lo había buscado el día anterior), no ir a la funeraria sería como traicionarla, como traicionarme a mí mismo”. Su esposa percibió que no lo iba a convencer de lo contrario. “Entonces yo voy con usted”, pasó al tratamiento más íntimo. “No, no venga, no se ponga en riesgo usted también”, le advirtió Diego. “O vamos los dos o no va ninguno”, sentenció la esposa.

Fue un velorio abstracto, helado, al límite de la pesadilla. Cuando Diego y su esposa entraron, estaban solo los familiares. Como lo conocían apenas, Diego se presentó. Todos tenían las manos frías, algunos húmedas. Era el terror. “No hay nadie de la Universidad”, le comentó su esposa, en un susurro. “No están locos como nosotros”, le respondió Diego. “Los entiendo”. Se acercó un hombre gordo, de pelo lacio y lustroso. Parecía un compadrito de Buenos Aires. “¿Qué tal, vos?”, lo saludó a Diego, aliviado de ver a alguno que no fuera de la familia. El féretro estaba cerrado. No había nada que mostrar, porque las balas habían destrozado todo el cuerpo de Ruth. El hombre gordo era el Director de la Sinfónica Nacional. Diego recorrió, con la vista, la penumbra doliente de la sala. No había nadie más, o no vio a nadie más. Una mujer de la familia agradeció la visita, aunque algo de cómplice reproche había en sus palabras, porque estaba bien que los familiares arriesgaran el pellejo, pero a los amigos no se les pedía tanto.

Esa noche, al regresar a casa, Diego le anunció a su esposa. “Ya que fui al velorio, mañana voy al entierro. Nadie se quema dos veces”. Solidaria, ella le contestó: “Vamos los dos”. En su memoria, ese sábado y domingo no fueron luminosos, como tendía a imaginar los fines de semana. Siempre que recordaba esas fechas, le parecían lluviosas, enneblinadas, con ramalazos de lluvia fina como solo cae en el altiplano de las altas montañas de la Sierra Madre. Su esposa le recordó que ir al entierro era más arriesgado que ir al velorio, porque la dictadura militar tenía como costumbre mandar a sus sicarios para que ametrallaran a los participantes en la sepultura de un opositor. “Lo sé”, le contestó Diego. “Pero igual te digo, no podría verme al espejo si no acompañara a Ruth en su entierro”. La respuesta ya se sabía: “Pues vamos juntos”.

Al entierro de Ruth tampoco fue nadie de la Universidad. Casi no fue nadie, en verdad. Estaban los mismos familiares de la noche anterior, el director de orquesta, un anciano francés que era una institución cultural y que había sido, o lo era en ese momento, Agregado cultural de la Embajada, alguna gente borrosa (todo era borroso, el ataúd, los pinos altísimos del Cementerio General, los vestidos rigurosamente negros, el llanto sumiso de alguien, apenas percibido, las eternas aves que giraban sobre el cementerio y el basurero adyacente, los mausoleos faraónicos de los ricos de vieja estirpe), la lluvia, el aire frío, y Diego estaba allí, estaba su conciencia, y estaba su memoria para poder contar después el ingreso del féretro en el nicho, los ladrillos, la mezcla, el final de todo, cuando uno se da vuelta para regresar a casa y siente el vacío debajo de sus pies.

 

Una bebida es una bebida

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Una bebida es una bebida es una bebida es una bebida. Si tiene mucha azúcar, si desborda hiperbólico carbonato de sodio, y si proviene de una fórmula secreta que dicen que contiene cocaína, unos, o cafeína, otros, tendremos al más famoso refresco multinacional. Provoca diabetes y obesidad pero el exceso de azúcar atrae a diabéticos y obesos como las moscas a las cintas pegajosas que cuelgan de los techos en las casas pobres de la costa. También es muy favorecida si mezclada con aguardiente y hielo, con un poco de limón, y a tal mezcla se le llama, desde los tiempos en que esa tierra era coto de mafiosos y pecadores, por amor de paradoja, “Cuba libre”. Dicen que, después de la revolución, los químicos del estado quisieron fabricar una Coca Cola autóctona, pero que el Che Guevara, al probarla, sancionó con su proverbial dureza: “Sabe a cucaracha”.

Una bebida es una bebida y puede ser algo peor que una bebida. Diego Cosenza no sabía si la historia era de antes o después. Era de esas historias que se pegan a la memoria y luego no hay modo de despegarla, sin que el tiempo en que ocurrió importe mucho. Importa lo que ocurrió, no cuándo. Aunque bien pudo ser que ocurriera al mismo tiempo que el asalto a la embajada de España o en la época en que los mayas eran exterminados en el campo del país. La dictadura era la misma, quizá con diferente militar en la Presidencia, nombres prescindibles para una misma pesadilla. Una bebida es una bebida y puede ser extremadamente diabética o puede ser, sin desmentirse, la más amarga del mundo.

Sucedió pues que la central de la gran multinacional concedió la franquicia a un empresario local. Uno de esos empresarios nuestros, rústico y cimarrón, a quien llamar capitalista es un piropo refinado, y meterlo entre los burgueses, grandes o pequeños, un gesto de vanidad patria, con tal de tener también nosotros esas categorías que tan bien se dan en Europa. El empresario habría sido mejor un dueño de finca, de esos de látigo y caballo rucio, y él mismo decía que su mayor placer era putear a los obreros, que para su weltanschaung eran cosa igual que los peones que se abatían en el lodo de su propiedad. La violencia con que trataba a sus empleados le parecía actitud natural y debida, y al mismo tiempo delataba el miedo que le causaban sus propias fechorías, pues nadie es tan ignorante de sus maldades como para no tener un gusano en el inconsciente. Por ese motivo contrató a un jefe de personal especializado, es decir, un militar en excedencia, un capitán del ejército nacional que no se andaba con medias tintas para reprimir al que se le pusiera enfrente, con razón o sin ella.

Con la obstinación de los desesperados, los obreros de la fábrica decidieron organizar un sindicato, visto los pésimos salarios y peores tratos que recibían. El empresario los convocó de inmediato y les pegó la enésima bronca, amenazándolo con despedirlos si seguían con esas costumbres subversivas. Los dirigentes del sindicato, que eran cuatro gatos, decidieron no asustarse y proclamaron un día de huelga contra las amenazas del patrón. Entró en escena el jefe de personal, que aplicó las técnicas de persuasión que conocía. Los dirigentes del sindicato eran, en su mayoría, choferes de los camiones que distribuían las cajas de bebida en la ciudad. A donde llegaron una mañana, los esperaban unos cuantos sicarios que los asesinaron a cuchilladas.

En lugar de debilitar al sindicato, la muerte de sus dirigentes enardeció a los obreros. Eligieron a otra mortal junta directiva que fue exterminada sin contemplaciones por los sicarios del jefe de personal. Y el sindicato se fortaleció. Tercos, eligieron a una tercera junta directiva, y esa tercera junta directiva corrió igual suerte que sus antecesores. Diego Cosenza conoció a la cuarta junta directiva: pasaban por las aulas de la universidad, pidiendo colaboración económica, pues estaban en huelga contra la represión en la fábrica. Estaban pálidos, temblorosos, con los ojos hundidos por el mal sueño, y tenían todo el aspecto de los condenados a muerte. En efecto, pocos días después fueron asesinados.

Ante tamaña barbaridad, la unión de todos los sindicatos nacionales convocó a una reunión de sus dirigentes en la sede central, en la capital del país. El número de sus miembros era aciago: 17 hombres acosados y perseguidos por la dictadura, por un delito que en otros lugares era un derecho: asociarse para defenderse. Era un día cualquiera por la tarde. La dictadura militar decidió acabar con esa cosa de los sindicatos y los trabajadores y toda la demás basura comunista que todavía subsistía en el país, y cuando sus espías le informaron que los trabajadores se habían reunido en su sede, hizo rodear por comandos del ejército y la policía al local. Los diecisiete fueron arrestados y luego, como si nada hubiera pasado, los diecisiete desaparecieron.

Muchos años después, Diego iba a leer en los informes de las Comisiones de la Verdad lo que realmente pasó. Los diecisiete dirigentes sindicales fueron llevados a cárceles clandestinas, en donde fueron torturados. Algunos murieron con la tortura. Otros de un tiro en la cabeza. Luego, metieron los cadáveres en sacos de yuta, los subieron a un avión de las fuerzas armadas y los tiraron al mar, en las aguas de un océano llamado Pacífico, como si fuera una burla de los nombres.

Cuando se acabaron los sindicatos, hacía tiempo que se habían acabado las manifestaciones públicas, las marchas y las protestas. La dictadura había realizado el sueño de los broncos patrones del país: un lugar sin gremios, asociaciones o sindicatos. El miedo se había convertido en terror. A veces, Diego iba por una calle del centro, conduciendo el majestuoso Buick del Turquito, y de pronto, le tocaba estar detrás de un jeep artillado, pues el ejército patrullaba la ciudad. Diego se quedaba paralizado al ver, delante suyo, un soldado con casco y uniforme mimético, de rostro inmutable, y más lo inquietaba el cañón de la ametralladora que lo estaba apuntado, mientras el semáforo pasaba del rojo al verde. Dejaba ir el vehículo y cambiaba de calle. Una sola vez le tocó ver un movimiento siniestro. Delante de él estaba un Ford Bronco, de los que se usaban para secuestrar a la gente. De pronto, con movimiento rápido, se abrió la portezuela trasera, una mano tomó las placas de identificación del vehículo y las hizo desaparecer. Con chillido de llantas, el Bronco partió a toda velocidad, rebasando peligrosamente a otros automóviles. Diego pensó que seguramente iban a secuestrar a algún desgraciado. ¿Un conocido, un intelectual, un obrero, un opositor cualquiera? Mañana iba a estar en las fotos que el periódico publicaba con los desparecidos del día.

Presagios y señales

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Diego Cosenza seguía oficiando su rutina de siempre, con una ligera variante. Ya no iban a cenas con amigos, porque nadie invitaba a nadie, todos con la inquietud de que una palabra de más costara la vida. También en las conversaciones telefónicas eran extremadamente reservados y muchas veces se mencionaba a los otros no por su nombre, sino por alusión, “aquél que te conté”, “el que se cree un Apolo”, “el poeta loco”, porque tenían la certeza, y el Matón se lo había confirmado a Diego, que sofisticados aparatos de grabación seleccionaban las llamadas telefónicas en donde ubicaban palabras clave, y examinaban después su contenido. A veces, Diego pensaba que, para combatir el comunismo, las dictaduras militares habían adoptado los mismos métodos de una dictadura comunista, y que a ese punto daba ya lo mismo Chana que Juana.

En una de esas, lo llamó por teléfono un extranjero. Se presentó como un ciudadano que había decidido emigrar a Guatemala para hacer trabajos culturales. Diego trató de ser lo  más amable posible con su interlocutor, quien le había dado como referencia el nombre de una amiga de los tiempos de Florencia, una colombiana que había decidido establecerse en Nueva York. Le pareció raro ese tipo de inmigrante, porque nadie inmigraba a Guatemala si no con un fajo de dólares para invertir en empresas prósperas y millonarias. Pero eso del trabajo cultural le sonaba a puro desvarío. De todos modos, lo invitaron a cenar una de esas noches y el intelectual europeo se presentó con un espléndido ramo de flores.

El indudable origen europeo se veía en la piel rojiza, en los ojillos verdes y en el pelo hirsuto y rubio de corte militar. Luego de un trago de whisky, comenzó el ceremonial de recordar a la amiga común y sus innumerables virtudes, para pasar luego a la mesa a comerse un tamal típico (era sábado, y todavía en ese entonces era de rigor comer tamal los sábados por la noche). La vianda tenía, como adorno, un hermoso listón de chile rojo, que si bien contagiaba con un leve picor a la comida, todos los comensales ponían a la orilla del plato. El intelectual europeo no se dio cuenta y comió el chile rojo. Comenzó a sudar, se puso del color del alimento ingerido, y virilmente no dio cuenta de que se estaba quemando vivo, solo pidió un vaso de agua, ignorante de que no se bebe agua para aplacar el incendio del chile, sino se come pan o algo que absorba y ayude en el mal paso. Inmutables como solo los guatemaltecos pueden ser en esas circunstancias, nadie se rio del huésped, y todos esperaron cortésmente a que le pasara el ataque de mocos, estornudos, hipos y toses, para reanudar la conversación. El hombre le pidió a Diego que lo pusiera en contacto con todos los artistas posibles, no solo de teatro, que era sus especialidad, sino músicos, pintores, escritores, escultores, en fin, quería ingresar en el mundo cultural. Diego no le quiso decir que las relaciones entre artistas se habían acabado. Simplemente decidió no volver a ver al aventurero, quien a su vez, luego de un par de evidentes excusas para no verlo, entendió que Diego no tenía la menor intención de introducirlo en el mundo cultural. Y así como vino, el dramaturgo extranjero desapareció, Diego jamás volvió a oír hablar de él, y quién sabe a dónde fue a recalar.

Los visitantes a su despacho eran siempre variados, desde aspirantes escritores que le daban su último cuento, su último poema (gracias a Dios ninguno le dejó novelas), y con paciencia Diego comentaba favorablemente cada trabajo, porque se acordaba de André Gide cuando rechazó la Recherche, y no quería pasar a la historia por haber aplastado a un genio en ciernes, un sapo en vías de convertirse en príncipe. Como siempre, llegaba Franz Galich, y de vez en cuando, la cada vez más ocupada Ruth con sus viajes al exterior. En una de esas, llegó a visitarlo un viejo amigo, que acababa de estar en Nicaragua. Con la especialidad guatemalteca del circunloquio, el amigo hizo que la conversación girara en círculos hasta llegar al punto que le interesaba. Que le interesaba a él o a Diego. “Fijate que estuve hablando con algunos muchachos”, le dijo. “Y no sé por qué motivo la conversación recayó en vos. En tu trabajo, en tus novelas, en tus actividades. Y ellos me mandan a decirte que te cuidés, que seas prudente, que tal vez lo mejor sería que te fueras del país, porque ahora cualquier intelectual, por ser intelectual, está considerado como un enemigo de la dictadura, y además vos has escrito artículos algo imprudentes… ¿No tenés amigos en México?”

No. Diego no tenía amigos en México. Tenía amigos en Italia, a quienes había mandado recortes de periódico con la barbarie que a diario se consumaban en Guatemala. Diego quería que se supiera lo que ocurría en el país, porque sabía que en la prensa extranjera solo le ponían atención si había un terremoto o un huracán o un derrumbe con muertos. Para los europeos, el resto era realismo mágico.

Por otro lado, circulaban en la Facultad algunos alumnos de extrema derecha, gente madura que escribía columnas de opinión en los periódicos, y su opinión era que muy bien hacía el gobierno en reprimir con toda la dureza posible a los subversivos y sobre todo, insistían que en había que atacar a los responsables intelectuales. Esos personajes siniestros anotaban con cuidado lo que los profesores decían. Ya no eran espías solapados, sino abiertos provocadores que exhibían con orgullo su fanatismo anticomunista. El ambiente era ominoso, cargado como el clima húmedo y caluroso que precede a las devastadoras tormentas tropicales.

Diego pensó en Moctezuma, quien antes de la llegada de los conquistadores percibió una serie de señales y que interpretó como mensajes de los dioses, mensajes pavorosos de un futuro de desolación y destrucción. Algo así lo estaba rodeando poco a poco, con la implacable desesperación del que se hunde en las arena movedizas. Había señales, y algunas no las quería ver ni interpretar, pero Diego no podía ignorar, en cambio, los signos explícitos de una catástrofe en la que poco a poco iban cayendo, como en un derrumbe, todas sus certezas y seguridades.

 

Placas robadas

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Los domingos, a falta del Turquito que merodeaba en Nueva York fantasmando los trabajos y los días imposibles, oficios y menesteres de pacotilla, labores y ocupaciones de bambalinas, al almuerzo familiar organizado por doña Trinis llegaba el Pirata (cuando no estaba en el Área ocupado en su ministerio de tinieblas) con su hermana Teresa, y las dos niñas que habían reducido a don Roberto Cosenza al estado de abuelo deplorable. Las niñas eran traviesas y amorosas por lo que, de consecuencia inevitable, hacían con don Roberto lo que querían. Se le tiraban encima, las dos al mismo tiempo, le quitaban y ensuciaban las gafas, le tiraban de los bigotes, de las mejillas, de las orejas, y él hacía como que se quejaba, pero sus quejidos sospechosamente se parecían al ronroneo de los gatos, y las niñas se reían hasta el cansancio, y si le hubiesen pedido que hiciera “guau” como los chuchos, como los chuchos don Roberto habría hecho “guau”. Mientras, Diego conversaba con su cuñado, tintineaban los hielos en el whisky del aperitivo, y helado como los cubitos que se chocaban en el vaso se quedaba Diego ante los relatos del Pirata, socarrón en meterle miedo a su cuñado. Le decía: “Nosotros tenemos archivado cada artículo que se publica en el periódico. Archivado y clasificado. Cada vez que usted publica algo, ese mismo día entra en nuestro fichero”. También contaba sonoros chistes, porque era divertido el malvado, se reía uno con las anécdotas de la vida militar. Ya por esa época, sin haber ascendido, el Pirata llegaba en una camioneta blindada, seguido por un indiscreto vehículo militar lleno de hombres armados, quienes montaban guardia en la puerta de la casa con sus metralletas listas a disparar. “¿Qué rango tendrá este hombre?”, pensaba Diego. Los vecinos espiaban desde las ventanas y pensaban que el Pirata había hecho carrera, hombre con guardaespaldas algo valioso esconde.

Y luego venía la semana de trabajo, y todo parecía volver a la normalidad, los periódicos con su página dedicada a la foto de los desaparecidos, emboscadas en pleno día a enemigos del gobierno, comunicados de prensa de los sindicatos y de la Universidad, protestas de la Conferencia Episcopal contra la represión y la violación de los derechos humanos, los furibundos ataques de los periodistas contra los curas que profesaban “el comunismo blanco” cuando, decían los periodistas, debían limitarse a estar en sus parroquias a administrar los sacramentos. Diego iba y venía al trabajo, los sábados a la Universidad Católica, y uno de esos sábados le robaron las placas del Buick astronave del Turquito. “Vaya a denunciarlo a la policía” le aconsejó o lo conminó el Sargento, “porque esas placas se las roban los delincuentes subversivos o los escuadrones de la muerte para sus acciones armadas”. Así hablaba el Sargento, como un sargento.

El Sargento le dijo dónde hacer la denuncia. Y aunque fuera sábado, Diego fue corriendo a la sede de la Policía secreta, que estaba en pleno centro de la ciudad. Era un caserón viejo, de principios del siglo XX, que desde su construcción no había tenido ningún mantenimiento, por lo cual daba la sensación de que se iba a caer de un momento a otro. Tenía una pila en el centro, y largos corredores desnudos de plantas o flores, hacia los que se asomaban las puertas de las oficinas. Los hombres que estaban afuera del edificio daban miedo. Los que estaban adentro daban terror, y se distinguían perfectamente de los ciudadanos que llegaban a denunciar, porque los primeros se plantaban con seguridad y altanería, mientras los denunciantes estaban como asustados, sentados en el borde de las bancas de madera, distribuidas a lo largo del corredor. Era un lugar al cual se podía entrar, pero del cual no se sabía si iba uno a salir.

Diego, luego de presentar documentos y decir a lo que iba, fue a la oficina que le indicaron. Había dos o tres hombres antes que él. Casi ni se hablaron. Un sentimiento cercano a la aflicción gobernaba el ambiente. De pronto, un desajuste, un escándalo, ruido de tacones imperiosos por el corredor. Una señora muy bien vestida caminaba hacia la dirección de la policía, seguida por un evidente abogado, carrerita de sirviente de lujo con maleta 24 horas. Entró la señora, se armó el griterío, la voz de la señora acostumbrada a mandar sin réplica, el vozarrón profundo del jefe que no se dejaba amedrentar, la voz atiplada del abogado que citaba, en lugar de artículos del código penal o civil, nombres de ministros y arzobispos, y de vez en cuando se oía aludir al Presidente de la República. Los que estaban sentados preguntaban “¿qué pasó, usted?” unos a otros, a los policías más cercanos, hasta que se reconstruyó el caso. La señora pertenecía a una de las familias más acaudaladas del país, y su hijo, borracho, había tenido un accidente. Los policías, ignorantes, no habían reconocido el ilustre apellido, y se habían llevado al delfín a patadas y trompicones, como si fuera un ciudadano igual que todos. Aclarado el error, y bajo amenaza de abogado, el Jefe casi se hinca para pedir excusas, giró orden de libertad para el muchacho (no había necesidad de juez, estaba en cárcel clandestina) y les pegó una puteada memorable a sus subordinados.

Diego prestó declaración delante de un policía que peleaba con una vieja máquina de escribir. Firmó la declaración con tremendas faltas de ortografía y salió casi corriendo del local. Años después, cuando se publicaron en Internet los Archivos de la Policía Nacional, encontró su denuncia y nada más. Quién sabe dónde andaban las fichas de los artículos con que el Pirata lo había amenazado.

También en la Universidad la vida seguía tranquila. Ruth llegaba una vez por semana, siempre con su paranoia de que la andaban persiguiendo, y a la paranoia de Ruth, se agregó la de Franz, quien le dijo una vez, “tengo idea que me están siguiendo, vos”. Con una cierta frecuencia, Diego acompañaba a Franz a la parada de buses que lo llevaban a su pueblo. Fue en uno de esos viajes que Franz le confesó su miedo. “No te preocupés”, lo tranquilizó Diego. “Estamos todos así”.

Un día, cuando recorría el Periférico hacia la colonia García Granados para acompañar a su esposa, no supo, no podía saber, que unos metros atrás iba un automóvil con un profesor de Derecho y su esposa. Mientras Diego seguía raudo en su nave espacial hacia la colonia de gente pobre, un comando de los escuadrones de la muerte ametralló al profesor y a su esposa. Como no tenía puesta la radio en una emisora de noticias, Diego no se enteró. Llegó a la Colonia, dejó a su esposa y luego regresó a la Facultad. Cada vez que se encaminaba a su cubículo, pasaba por la Secretaría y saludaba a las numerosas secretarias que trabajaban allí. Esa vez, oyó una especie de suspiro, un comentario murmurado. La jefa de la oficina le dijo: “¡Gracias a Dios, Diego, que llegó hasta aquí!”. Diego se detuvo, extrañado. “¿Y a dónde quería que fuera?”. La secretaria le respondíó: “¡No, es que acabamos de oír en la radio que acaban de matar, en el Periférico, a un profesor de la Universidad y a su esposa, y pensamos que era usted!”

La embajada

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Antolín Echegaray era un colega de derechas, que malhaya si los derechistas de ahora fueran así. Antolín Echegaray era, en sustancia, apariencia y acto, una persona buena, con una aspecto de ex jesuita que ni pagando se la hubiera quitado de encima. Antolín Echegaray era, además, español de España, lo cual le daba esa vaga sombra de pergamino e historiado jubón que a veces aparentan los peninsulares en América. Era de derechas, se ha dicho, pero más por haber leído demasiado a Ortega que por simpatizar con los broncos representantes autóctonos de la nuestra, a quienes llamar fascistas era un amable eufemismo, inapropiado desde el punto de vista científico, e inadecuado por escasez del concepto. Antolín Echegaray, en sus clases de filosofía, con tal de desaprobar las tesis marxistas, enseñaba muy bien las tesis marxistas. Naturalmente, nadie lo bajaba de su total adhesión a don Miguel de Unamuno, con quien compartía aficiones y orígenes. Quizá fue don Antolín el primero que le contó a Diego el chiste del mapamundi de Bilbao.

Mujeres Ixiles de Nebaj

Una de esas tardes de rutina aprensiva, un modo de vivir que quería ser normal en medio de una guerra sordomuda, Antolín Echegaray entró en la Facultad pegando de gritos. “¡Han quemado la Embajada!”, gritaba. “¡Han quemado la Embajada!”. Hay que decir que Antolín no era hombre de gritos, sino de hablar calmado y sosegado, aun cuando apasionado. Los gritos resonaban en los corredores vacíos, pues era la hora en que los estudiantes todavía no habían llegado a las aulas. Todos salieron de sus cubículos para ir a la Secretaría de la Facultad, en donde había irrumpido Antolín, en busca del Decano. “¡Yo estaba allí!”, gritaba histérico mientras bebía un apresurado vaso de agua que las secretarias le habían llevado.

Su relato fue largo y espantoso. Antolín había llegado a la Embajada de España a renovar su pasaporte, y estaba esperando que terminaran un trámite y lo llamaran, cuando un grupo de indígenas entró en la Embajada. Eran kichés, de la zona de Ixil. Entraron un buen grupo y declararon que iban a tomar la Embajada como protesta por las masacres que el Ejército estaba cometiendo en su zona. Nadie se sobresaltó mayor cosa, porque, en la época, ya se había vuelto costumbre que grupos de campesinos tomaran una embajada y, como condición para abandonarla, pedían que se publicara en los periódicos una denuncia inútil, porque el Ejército seguía masacrando poblaciones enteras, y no iba a ser un desplegado de periódico el que los iba a parar. Las embajadas toleraban esa práctica, porque los embajadores sabían lo que no conocían los habitantes de la ciudad: no se trataba de masacres aisladas, que cada cuanto se daban en el país, sino un plan de exterminio horrendo, un holocausto de indígenas, semejante al de los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Y por más que los embajadores representaran a gobiernos moderados, esa violencia contra la población los aterraba. Admitían las tomas de las embajadas, esperaban que un periódico aceptara publicar la denuncia, y dejaban salir, con desazón por el destino de esos desgraciados, a los indígenas que se habían quedado a dormir, tirados en el suelo, durante la larga noche precedente a la publicación.

Solo que la vez que Antolín Echegaray estaba en la embajada fue diferente. El general Bonifacio y su jefe de policía Pizarro Almagro habían decidido que esa toma de embajada sería la última. Gran gusto le dio a Pizarro Almagro poder competir con el ejército y mandar un comando de asalto a la embajada tomada.

“Nos habíamos decidido a pasar la noche en la Embajada, de rehenes semivoluntarios de esos pobres indígenas, algunos descalzos, cuyos rostros afligidos daban cuenta de la angustia por la que pasaban. Nos contaron que los estaban asesinando a todos, pueblo por pueblo, pero yo creí que era una exageración para justificar la toma de la Embajada. Nos pusimos a hacer cola delante de los teléfonos para avisar a nuestras familias. En esas estábamos, cuando alguien avisó que la policía estaba rodeando la zona. Eso nos alarmó, porque nunca había pasado. En general, el gobierno se hacía el desentendido. Más le preocupaban las protestas de los embajadores, alarmados por la violencia en el campo. Le preocupaba, pero no mucho. Además, la Embajada de España era territorio español, ningún político sensato se habría atrevido a violar esa norma del derecho internacional”.

Eso creían los ingenuos rehenes de los ocupantes de la sede diplomática. No contaban con la ignorancia desmesurada y la determinación obsesiva de Boni y Pizarro. Estaban reunidos en el Palacio Presidencial y dieron la orden de asaltar la Embajada. Cuando la policía recibió ese mandato, los indígenas se encerraron en una habitación con los rehenes. “Yo aproveché la confusión para escapar”, relataba Antolín entre sorbo y sorbo de agua. “Y me quedé afuera, gritándole a los policías que no podían entrar, que el derecho internacional, que el territorio español, pero no oían a nadie, solo seguían las órdenes del Presidente de la República”.

“Yo vi con mis ojos cuando uno de los policías trató de forzar la puerta en donde estaban los indígenas y sus rehenes. ¡No hagan nada, animales!, les gritaba una paisana, que también había logrado escapar. ¡No hagan nada, no ven que adentro están el embajador y dos ex ministros! Porque dos ex ministros habían llegado a una reunión y habían quedado atrapados en la toma. Apenas me di cuenta, pero me di cuenta de que un policía lanzó una bomba incendiaria dentro de la habitación. La explosión hizo recular a los agentes. Llamaradas, gritos y humo salían por las ventanas. El olor a carne quemada no parecía real. Entonces la policía se volteó contra nosotros, que les gritábamos que se detuvieran. Cuando avanzaron, yo escapé, me subí al coche y me vine para acá. Lo peor es que dicen que ahora vienen para la Universidad, a ocuparla”. Cuando Antolín dijo esto, todo el mundo quedó helado. El Decano intervino: “Desalojemos inmediatamente y que cada quien se vaya para su casa”.

Diego recogió sus bártulos y, con la misma carrera que llevaban sus colegas, subió al paquidérmico Buick del Turquito, y esta vez la velocidad del automóvil le pareció una bendición, para alcanzar el Anillo Periférico y regresar a casa. Encendió la televisión. Uno de los tres canales, el más especializado en noticias, anunciaba: “Esta noche, en la edición especial de las ocho, imágenes exclusivas de la quema de la Embajada de España, ¡no se la pierdan, como una cortesía de nuestros patrocinadores…!” Y seguía el elenco de sus anunciantes. Mientras tanto, Diego encendió una radio Zenith, y en la onda corta localizó Radio Nacional de España, la única fuente que podía darle noticias verdaderas de lo que había ocurrido.

Milagrosamente, el Embajador se había salvado. Se tiró por una ventana y allí lo recogió una ambulancia que lo llevó a un centro privado de asistencia. Montaban guardia otros embajadores, por el temor de que llegaran los escuadrones de la muerte a secuestrarlo. Un campesino, de los ocupantes, se había salvado con graves quemaduras. Fue a parar al Hospital General. Allí llegaron con facilidad los agentes secretos, lo secuestraron, lo asesinaron y fueron a tirar el cadáver frente a la Universidad nacional.

La transmisión televisiva fue espantosa y terrible, superior a cualquier película de terror que Diego Cosenza hubiera podido imaginar. Se vio claramente cómo lanzaban la bomba, se vieron las llamas y el humo, se oyeron los gritos, y luego se oyó el silencio. Los camarógrafos entraron a la habitación, cuando el fuego se extinguió. Treinta personas habían muerto calcinadas y asfixiadas: fue tan rápido todo, que se quedaron como estatuas, con el último gesto que habían hecho, del todo idénticos a las momias de Pompeya. Al final, la policía no invadió la Universidad. Lo haría después. Parece una leyenda, pero a la hora que esto sucedía, Boni y Pizarro comían bocadillos de churrasco, mientras festejaban el éxito de la operación.