LA BALADA DE JANE ELLIOTT (Serie en 4 episodios)

Destacado

Etiquetas

,

PRIMER EPISODIO: El crimen

El jueves 4 de abril de 1968 la primavera tardaba en llegar a Memphis, Tenessee. Quizá por eso, el reverendo Martin Luther King salió abrigado de su habitación en el motel Lorraine y encendió un cigarrillo en el corredor, que daba sobre la calle. Acababa de decirle al músico Ben Branch, para la función de más tarde: “Hazme el favor de tocar Take my Hand, Precious Lord, y te ruego, tócala bien”. Del otro lado de la calle, desde el cuarto de una pensión barata, James Earl Ray vio la figura del reverendo King en el centro de la mirilla telescópica de su fusil Remington 360. Ajustó bien el arma, verificó que la cabeza del reverendo estuviera centrada y disparó un solo proyectil calibre 30-06. La poderosa bala destrozó la mandíbula de King, le cortó la yugular y se alojó en la médula espinal. Eran las seis de la tarde con un minuto. A las siete y cinco, en el hospital, el doctor Martin Luther King expiró. Tenía 39 años, pero su corazón parecía el de un hombre de 60, dijo el médico que le practicó la autopsia. Tanto había padecido en sus luchas pacíficas por emancipar a los afroamericanos de los Estados Unidos.

Había llegado a Memphis para sostener a los trabajadores de color en el ramo sanitario. Las leyes del estado los sometían a un trato discriminatorio. Los blancos gozaban de un estatus superior. Por ejemplo, si había tormentas o temporales, los blancos se quedaban en casa. Los afroamericanos salían a trabajar. Cuando Martin Luther King habló a los trabajadores, no podía saber que ese sería su último discurso, y que ese discurso sería memorable. Su avión había salido con retraso de Houston, porque hubo una amenaza de bomba. Y a esa amenaza se refirió King en una alocución conocida como “Yo he estado en lo alto de la montaña”:

Y entonces yo fui a Memphis. Y alguien comenzó a hablar de las amenazas, de las amenazas que venían de fuera. ¿Qué me puede pasar a causa de nuestros enfermos hermanos blancos? Bueno, yo no sé qué puede pasar ahora. Tenemos días difíciles por delante. Pero no importa lo que me pase a mi. ¡Porque yo he estado en lo alto de la montaña! Y no me importa. Como cualquiera, yo querría vivir una larga vida. La longevidad tiene su razón de ser. Pero no estoy preocupado por eso, ahora. Solo quiero que se cumpla la voluntad de Dios. Y Él me ha llevado a lo alto de la montaña. Y yo miré delante de mí.  ¡Y yo he visto la tierra prometida! Yo no estaba allí con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche que nosotros, como pueblo, ¡llegaremos a la tierra prometida! Y yo soy muy feliz, esta noche. No tengo miedo de nada. No temo a ningún hombre. ¡Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!

La noticia del asesinato de King se regó por todo el país. En todas partes, como sucede cíclicamente en los Estados Unidos, estallaron tumultos, manifestaciones, protestas, saqueos e incendios. A mil kilómetros de distancia, en el nevado y provincial pueblecito de Riceville, en Iowa, la maestra Jane Elliott se enteró de lo ocurrido. Enseñaba en el tercer grado de la escuela primaria a no muchos alumnos. Como era propio del lugar, en el exacto centro de los Estados Unidos, todos los niños eran blancos, anglosajones y protestantes. Elliot se preguntó cómo hacer, al día siguiente, para explicarle a esos niños en qué consistía la discriminación racial. Pensó que no serían suficientes las palabras. “Más palabras, no”, pensó. Estaba viendo en la televisión una torrentada de discursos inútiles. Los comentaristas blancos decían: “Nosotros, cuando un líder muere, esperamos palabras de consuelo de su viuda. ¿Qué van a hacer ellos ahora que ha muerto su líder?”. Elliott se indignó por el racismo implícito en esas palabras. “No”, se repitió. “Más palabras, no”. En ese tercer grado, habían dedicado todo el mes de febrero a la figura de Martin Luther King. Ya todo estaba dicho. Entonces se le ocurrió una idea revolucionaria, que iba a servir de ejemplo para muchas generaciones futuras. Y la aplicó al día siguiente. 

(Continuará)…

Con la frente en alto

Etiquetas

,

En el capítulo IX de la primera parte del Quijote, hay un párrafo que se ha vuelto famoso por dos motivos. Léamoslo: “Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos”. El primer motivo de fama es que los cartapacios contienen el libro que estamos leyendo: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.  Con un vertiginoso juego de espejos, la novela se relata a sí misma, y, de esa manera, el lector se convierte en personaje de ficción. Yo, que leo esas líneas, estoy contenido en esas líneas. Tales líneas están en caracteres arábigos porque su autor no es Miguel de Cervantes, sino un amanuense árabe llamado Cide Hamete Benengeli (o sea, el señor Ahmed Berenjenas). Gran parte de la vanguardia del siglo XX está anticipada por Cervantes con una pincelada que no hay motivo para no calificar como genial, si la genialidad existiera. El segundo motivo de fama es una confesión de Cervantes, de deliberada ingenuidad, en donde dice que es tan aficionado a la lectura, que lee aunque sea los papeles rotos tirados por las calles. No hay mejor descripción del vicio de la lectura, que, una vez adquirido, como casi todos los vicios, se apodera de su febril víctima y no lo abandonará de por vida. 

Me amparo bajo la autoridad de don Miguel de Cervantes para justificar banalmente la lectura de un libro de autoayuda, que una amiga me recomendó, y el cual, una vez lo tuve en las manos, no solté sino hasta finalizar sus cuatrocientos inútiles páginas. Pecado mortal: pocos son los días de la vida de una persona, pocas las horas de lectura, poco el tiempo que queda. Desperdiciarlo en un mal libro deja un sentimiento de culpa semejante al de haber cumplido lo que don Alonso Quijano llamaría un desaguisado. Muchas páginas más adelante, Cervantes me exculpa, absuelve y perdona. Hay que llegar a la segunda parte para leer una sentencia de Plinio el Viejo: “No hay libro tan malo que no tenga algo de bueno”. Recordemos que Plinio (y Cervantes) enunciaban tal sentencia cuando los libros eran pocos. En la inmensa producción industrial de nuestros días, hay libros que son todos malos, y no hay excusa para seguir leyendo por pura compulsión.

Algo de bueno tiene 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos, de Jordan Peterson, psicólogo norteamericano que debe ser una buena persona, con todas las característica del gringo viejo: blanco, heterosexual, anticomunista feroz, religioso hasta la médula, y que ejerce su profesión con la honestidad que le permite poner a Dios sobre todas las cosas. Sus 12 reglas para vivir conducen, casi siempre, a detestar el comunismo y a encontrar la solución de los problemas más agudos depositándolos en las manos de Dios. Sin embargo, como ya dijo Cervantes, algo se le puede sacar.

Ese algo está contenido en el primer capítulo, cuyo título es: “Enderézate y mantén los hombros hacia atrás”. (No son mejores los títulos de los capítulos sucesivos, pensados para un público de pasmados: “Trátate a ti mismo como si fueras alguien que depende de ti”; “Traba amistad con aquellas personas que quieran lo mejor para ti”; “Dejan en paz a los chavales que montan en monopatín”; “Si te encuentras un gato por la calle, acarícialo”).  Hablemos del primer capítulo, el único que podríamos decir que vale la pena. Con lenta y laboriosa narrativa, Peterson se basa en uno de los últimos descubrimientos de la neurociencia. El descubrimiento recita que el cerebro de las langostas se puede comparar con el de los seres humanos. A este paso, muy pronto el apóstrofe “cabeza de chorlito” se convertirá en un cumplido. Cuenta, pues, Peterson, que las langostas habitan en el fondo del mar y que necesitan encontrar una roca debajo de la cual protegerse de sus enemigos mientras cambian caparazón según van creciendo. Solo que las rocas no son muy abundantes, y cuando dos langostas se encuentran una sola roca, deben luchar para conquistarla. La pelea es feroz y la langosta, para ganarla, debe hacer que su contrincante agache la cabeza como signo de derrota. Aquí la cuestión se vuelve interesante: la perdedora, una vez que agacha la cabeza, comienza a sufrir una degeneración del cerebro y, en algunos casos, el cerebro se le disuelve. Cuando se regenera, es el cerebro de una langosta derrotada, que nunca más va a alzar la cabeza. 

Peterson sostiene que, al igual que las langostas, el cerebro humano está en relación con la postura del cuerpo. La gente deprimida, ansiosa, triste y melancólica generalmente camina con la cabeza agachada. Para enderezar su postura, necesitaría superar los infinitos problemas que la agobian. Y, aquí, Peterson esboza una propuesta que, siendo sin costo alguno, cualquiera podría experimentar. Sugiere el psicólogo norteamericano invertir los términos. Indica una solución que no tiene audacia, sino tesón: caminar con la cabeza erguida y los hombros hacia atrás puede ser una medida eficaz para tener una actitud positiva, valerosa, soberbia y afirmativa. Puede cambiar el cerebro y llenarlo de positividad (en otros términos, de combinaciones electroquímicas que segregarán las sustancias necesarias para combatir depresión, ansia y estrés). Lo más que el lector arriesga es un dolor de cuello que se puede curar con aspirinas.

Cada vez que mi equipo favorito pierde un partido, los comentaristas deportivos escriben, para consuelo de los aficionados, que “perdió el partido, es verdad, pero salió del campo con la frente en alto”. Algo así. Algunos capítulos más adelante, Peterson saquea sin piedad a Víctor Frankl, con una verdad que no se puede rebatir. Para poder sobrevivir aun en las condiciones más adversas, es necesario que nuestra vida tenga una meta, una razón de ser, un sentido. Frankl lo escribió después de sobrevivir en un campo de concentración nazi. Allí observó que no morían los que le habían dado un sentido a su vida: él mismo, que se había propuesto seguir ejerciendo como psicólogo aun en esas condiciones, pero también los comunistas y los testigos de Jehová. Dos apuntes interesantes de un excesivo libro. 

El fraile y el Presidente

Etiquetas

,

El 14 de julio de 2020, el Centro Misionero Franciscano de Alemania publicó un artículo de Fr. Johannes Freyer, cuyo contenido pasó desapercibido en su momento. Debo a la curiosidad de algún periodista de la agencia ANSA la lectura del texto completo, que me gustaría compartir y comentar, pues ofrece un punto de vista alternativo al de la mayoría de los medios mainstream que conocemos (http://www.ofmjpic.org/la-crisis-del-coronavirus-un-punto-de-inflexion-covid-19-una-perspectiva-franciscana/).  En efecto, el descubrimiento del Covid 19 creó un justificado clima de alarma en todo el mundo. La propagación del virus en modo exponencial cambió completamente un modo de vivir dominado por la globalización (económica, social, cultural) que parecía el cumplimiento de una utopía neoliberal: el crecimiento imparable de una economía de mercado, tótem delante del cual se rendían todas las otras instancias de la sociedad. Ese tipo de economía, cuyo tamaño se medía por las grandes cifras (el crecimiento del PIB, las listas de los grandes billonarios publicadas por Forbes, el predominio de multinacionales cuyos beneficios superaban el de muchos estados nacionales) pegó un frenazo estridente antes de estrellarse como un camión cargado de gasolina contra una pared de acero. 

Oswaldo Guayasamín

Es a partir de este frenazo que Fr. Johannes Freyer comienza sus consideraciones. “A la humanidad – que se considera a sí misma como una especie superior – un virus la hace consciente de su debilidad y muestra a la vista de todos la vulnerabilidad y mortalidad de las personas. Ahora la naturaleza está enseñando dolorosamente a la humanidad que ella es más fuerte que nuestra ilusión de las posibilidades ilimitadas como también nuestra creencia de un progreso eterno. Además, el virus, con resultados devastadores, destruye el “dogma económico” del necesario y progresivo incremento del lucro. Resulta que una doctrina del progreso económico se ha impuesto a un mundo ahora incapaz de hacer frente al virus. El espejismo de la prosperidad está apoyado en arenas movedizas. En este pandemonium parece que los sistemas con orientación social van mejor que los basados en las teorías neo-liberales”. Dos son los puntos importantes del párrafo anterior: la constatación de la fragilidad de la idea de “progreso” y la constatación del derrumbe de la centralidad de los economistas al regir la vida social de los países.

Enseguida, el fraile elabora algunas consideraciones religiosas sobre San Francisco y Santa Clara de Asís, subrayando cómo abandonan toda idea de economía de acumulación, tendencia que en su época estaba naciendo, para dedicarse por completo a los enfermos, a los marginados y a los excluidos. Eso lo lleva a considerar que la pandemia de Covid 19 puede ser una oportunidad para refundar nuestro modo de ver la vida. Clara y Francisco transforman su visión de la gente y el mundo por “la percepción de que la alegría de la vida brota del don de un relacionamiento compasivo y simpático, y que no puede adquirirse con dinero, propiedades o poder”. […] “En lugar del “Homo oeconomicus” se enfoca en el “Homo fraternus/sororius”, lo que produce efectos sociales y económicos. En vez de insertarse en la economía emergente precapitalista, favorecen el trabajo manual para garantizar que la actividad económica del pueblo se base en las relaciones sociales. Actuando así, ellos superan una economía de lucro y explotación de la humanidad y de la naturaleza, recurriendo a una economía del don que define valores sociales, culturales y éticos además de los valores monetarios. Con la visión del hombre y del mundo del “Homo Fraternus/Sororius” y la economía del don, están preparados para las crisis imprevisibles y capacitados para enfrentarse a ellas en un proceso de aprendizaje”. 

De estas constataciones, Fr. Johannes Freyer concluye con algunas sugerencias: “En vez de promover grandes compañías para pagar dividendos a través de fondos fiscales, lo que ahora se quiere es usar los fondos para salvar vidas, aliviar la pobreza y preservar el trabajo. En vez de volver a la “normalidad” del lucro de la economía neo-capitalista, lo que necesitamos ahora es la valerosa transformación de la economía hacia una verdadera economía de mercado social. La crisis de esta pandemia ha mostrado claramente que la práctica anterior del capitalismo no puede resistir esta situación. Aparentemente es hora de cuestionar el sistema económico neo-liberal y sus dogmas del progreso eterno y establecer seriamente otras estructuras y mecanismos. Debemos entender esta crisis como un mandato para cambiar el rumbo, no sea que tratemos de seguir construyendo el futuro de la humanidad sobre arena movediza. Hay ciertamente algunos acercamientos a esto, por ejemplo, en una economía de donación, en una economía de solidaridad y mucho más.”

El artículo del fraile franciscano resonaba a miles de kilómetros de distancia, en Ciudad de México, cuando José Mujica, ex presidente del Uruguay, respondía a una torpe pregunta de una periodista. “En parte, a nuestra vida le podemos dar un rumbo. Si ustedes no le dan un rumbo deliberado, no se preocupen, el mercado se los va a dar, y se van a pasar toda la vida pagando cuotas a fin de mes, y soñando que progresan comprando nuevas cosas, hasta que sean unos viejos inútiles. La otra alternativa es que parte de su vida la gasten al servicio de un poco de utopía, si quieren intentar construir un país mejor, una sociedad mejor para los que van a venir después de ustedes. Pero esa es una decisión consciente, que en alguna etapa de la vida hay que tomar, y que si tú no la tomas conscientemente, la realidad te va a arrastrar. Y vas a creer que progresar significa cambiar la moto por el auto, y después cambiar el autito por un Audi, y así sucesivamente. Hay que elegir. Probablemente, cuando seas viejo, o vieja, y el reumatismo y los dolores de los huesos te paralicen, una tarde te mirarás a un espejo y te harás la pregunta “habré traicionado al niño que llevaba adentro?”. Pero ya será tarde”.

Dos formas ligeramente diferentes de decir la misma cosa. Un mundo se está acabando: el del individualismo, el del egoísmo, el del progreso a toda costa. La gran pregunta que queda flotando es: ¿cómo será el nuevo mundo post-pandemia? ¿Una réplica y continuación decadente de lo que ya vivimos? ¿O nuevas formas de convivir entre los seres humanos, en donde dominen la solidaridad, la compasión, la contemplación, el gusto de vivir con las pequeñas cosas de todos los días, o, parafraseando a Roberto Sosa, el poeta hondureño, “un mundo para todos compartido”?

Dos cantantes y un filósofo

Hace pocos meses, la televisión transmitió un concierto del cantante Andrea Bocelli, desde el Duomo de Milán. Las arias operáticas que han convertido en millonario al tenor toscano resonaban en la bóvedas vacías de la Catedral, y causaba impresión su tremolante voz en el atrio cuando entonaba, para sus numerosos fans anglosajones,  Amazing Grace. Meses después, sin temor a la contradicción, Bocelli participó a una protesta organizada por los partidos de la extrema derecha italiana, contra las medidas de prevención del Coronavirus. En esa sede, Bocelli manifestó que había contraído la enfermedad y que no había sufrido más que una leve gripe. Igual cosa habían vivido los miembros de su familia, a los que el cantante había generosamente contagiado. Por tanto, concluyó, todas las medidas sanitarias adoptadas por el gobierno para combatir el Coronavirus le parecían un atentando contra su libertad personal. Enseguida se manifestó “humillado y ofendido” por haber sido obligado a encerrarse en su casa durante tres meses, en otra clara violación de sus derechos individuales. 

Las redes sociales sepultaron de improperios a Bocelli. En primer lugar, por aplicar la máxima de Schopenhauer: “todo lo que me pasa a mí, le pasa al mundo”. Según ese razonamiento,  si él había tenido la inmensa suerte de haber contraído una forma benigna del virus, entonces, todo el mundo había contraído una forma benigna del virus. Algunos le evocaron los 35 mil muertos italianos por causa de la enfermedad y otros lo invitaron a visitar Bérgamo, ciudad en donde ya no alcanzaron las tumbas del cementerio y una larga fila de camiones transportó cadáveres hacia las ciudades vecinas. En segundo lugar, le recordaron que el encierro que lo había “humillado y ofendido” lo había trascurrido en su villa de 40 hectáreas en Toscana , con espaciosos prados verdes y una inmensa piscina. Sabemos que los artistas padecen de un ego monumental y ello excusaría la autocentralidad de Bocelli. Sin embargo, el impávido cantante, vista la pérdida de popularidad, al día siguiente, afirmó que había sido mal interpretado.

No muy lejos de Bocelli, en Madrid, otro famoso se lanzó al ruedo de Facebook para quejarse de las restricciones sanitarias impuestas por el Coronavirus. Miguel Bosé lanzó una campaña en la que afirmaba que todo era un complot mundial para restringir las libertades individuales. Bosé relanzó el video de un anciano médico de la Pulia, un emérito desconocido que afirmaba, sin aportar una sola prueba científica, que el virus no existía. Basado en tan precaria autoridad, Miguel Bosé se nombró líder de la Resistencia española (lástima que el cantante no hubiera estado en 1936) y convocó a una manifestación en la capital de España. Lo asombroso del caso es que centenares de personas llegaron a la Plaza Colón, para protestar contra mascarillas y distancia social. Parece que Bosé tuvo pereza de llegar. 

El New York Times del 21 de agosto recién pasado nos informa de la posición del más prestigioso filósofo italiano, Giorgio Agamben. En resumen, Agamben, basado en una de sus mayores influencias, Michel Foucault, afirma que existe un despotismo técnico-médico que se está aprovechando de la emergencia de la pandemia para imponer medidas restrictivas a los ciudadanos italianos. Sostiene Agamben, en coincidencia con Bocelli, que el Covid 19 no es más que una simple gripe. La “bioseguridad”, afirma Agamben, no es más que un sustituto de la política de la “seguridad nacional” que, de hecho, suspendió las garantías universales en todo el mundo. Los gobiernos del mundo, insiste Agamben, están usando la emergencia sanitaria para restringir los derechos individuales. Denuncia, además, que el rastreo de casos es una evidente violación de la privacidad de la gente. Agamben ataca sobre todo la medida del “distanciamento social”, la cual interpreta como un ardid para evitar que la gente se agrupe en manifestaciones. Y así. 

Agamben, curiosamente, goza de mayor fama en los Estados Unidos que en Italia. Es por eso que el Times le dedica un artículo. No me cabe duda de que es un gran filósofo, pero una cosa son las elaboraciones de pensamiento que pertenecen a su especialidad y otras las ocurrencias personales sobre el gravísimo problema de la pandemia. Puede ser que los científicos exageren en su aspiración al monopolio de la verdad. Pero si estoy enfermo, no voy a ir con Bocelli, Bosé o Agamben para que me curen. Quizá tengan una opinión sobre el páncreas, pero me importa un bledo esa opinión. Zapatero, a tus zapatos. Para dar un ejemplo: no se discute la grandeza de Kant y Hegel cuando elaboran sus grandes sistemas de pensamiento. Pero cuando opinan, porque se los dice el corazón, que los africanos son una raza inferior, puedo afirmar con certeza que Kant y Hegel desbarran como cualquier cristiano. 

Me atrevo a proponer que el punto está aquí: en el lugar de la enunciación. Los dos cantantes y el filósofo razonan desde un lugar, Europa, y razonan como si ese lugar fuera el único en el mundo. Olvidan las barriadas de Mumbai, las favelas de Rio de Janeiro, los pueblos perdidos en los Andes peruanos. Razonan como privilegiados y su corazón olvida la existencia de millones de seres humanos abatidos por la pandemia. Coinciden con los peores ideólogos de la extrema derecha e imaginan un complot universal que reduce sus derechos individuales. Uno se pregunta: ¿alguien ha impedido a Bosé difundir por el mundo sus delirios paranoicos? ¿Alguien impidió a Bocelli protestar en el Senado italiano? ¿Alguien ha censurado a Agamben o impedido que el New York Times difundiera sus ideas? Visto que pueden decir lo que quieran y cuando quieran, los dos cantantes se han puesto a filosofar. A este punto, solo falta que Giorgio Agamben entonara, a sus 78 floridos años, el Va’ pensiero…

Chalets y cabañas

Etiquetas

,

En un país de América Latina, bastante representativo de todos los demás, hay una playa lo suficientemente hermosa como para que algunos personajes acaudalados hayan comprado terrenos y edificado casas de lujo frente al mar. El sólido cemento pintado de blanco se refleja, ondeando, en las piscinas azules de los potentados. Por contraste, los antiguos pobladores del lugar viven en cabañas de bahareque, con suelo de tierra, letrinas cuando las hay, y observan con resignada melancolía la llegada de los ricos, los fines de semana, en camionetas suburbanas, los bikinis de las señoras que exhiben cuerpos modelados por el fitness, las abundosas panzas de reglamento de los señores bigotudos y las bulliciosas parrandas insomnes que rayan la madrugada. De vez en cuando, los del pueblo reciben trabajitos de mantenimiento y viven esa situación como un destino, como lo han hecho desde hace siglos, un universo en donde existen los ricos por voluntad divina y por voluntad divina existen los pobres al servicio de los ricos. Así va el mundo, así son las cosas.

En eso, llegó el coronavirus. Ante la impotencia del Estado, que apenas existe, los habitantes pobres de esa playa de arena negra y mar violento, decidieron defenderse por su cuenta. Como los señores facultosos llegaban los fines de semana de la capital, en donde la epidemia se extendía, decidieron impedirles el paso. Pusieron obstáculos en el camino de entrada y, armados de palos y machetes, mandaron de regreso a la contagiosa ciudad a los estupefactos dueños de los chalets de lujo. Ha sucedido así en muchos pueblos de provincia. A falta de un gobierno que los defienda, las comunidades se defienden como pueden. 

La reacción de los ricos raya un poco en la comicidad involuntaria. En lugar de actuar como de costumbre, es decir, ejerciendo violencia contra los del pueblo, se han dirigido a la Oficina de Protección de los Derechos Humanos. Arguyen que su libertad de locomoción y de propiedad privada ha sido vulnerada por los aldeanos. Pocas veces en la historia se ha visto ricos que se quejen de que los pobres están violando sus derechos humanos. La pandemia parece haber puesto a mundo al revés.

Esa  historia me ha hecho recordar un artículo reciente de Slavoj Žižek, quien, a su vez, acude al pensamiento del presidente Mao. Señala Mao Tse Tung que muchas veces lo contingente y lo inmediato nos hace olvidar la contradicción principal en la lucha de clases. En el caso de los aldeanos pobres y los ricos propietarios de chalets en la playa, la lucha de clases es evidente. Y eso nos hace correr el peligro de pensar que esa es la contradicción principal. Pero la contradicción principal no es el enfrentamiento entre los ricos, que quieren hacer respetar su derecho a la libre locomoción y a la defensa de la propiedad, y los pobres, que quieren defender su vida y su salud delante de los contagiosos ricos.

 Propongo, modestamente, el siguiente razonamiento: la contradicción principal revelada por la emergencia del coronavirus es el enfrentamiento mundial entre un sector muy reducido de ricos y miles de millones de pobres. La pandemia ha generado una ideología profesada por los representantes del tardo capitalismo, ideología que tiende a rechazar la existencia del virus, y que, con profunda irracionalidad, niega la evidencia. Paolo Giordano, matemático y novelista italiano, razona sobre la ideología negacionista generada por una parte consistente de la clase dominante, que, en sus expresiones más extremadas, alude a un complot mundial por parte de poderes ignotos para sojuzgar con el pánico a la población mundial. No es que, de repente, los ricos se hayan vuelto estúpidos, dice Giordano. Están simplemente “obnubilados”, destanteados, enceguecidos. El fenómeno, nos informa, es bastante conocido en matemáticas. A un cierto punto, delante de proposiciones lógico-matemáticas que la gente percibe como complicadas, se produce un bloqueo y a partir de ese bloqueo se desarrolla una sensación de impotencia delante de las ciencias. Muchos de nosotros lo hemos experimentado en la escuela, gracias a pésimos profesores de esa materia. 

Delante de la idea de un crecimiento exponencial de los contagios del coronavirus, hay quien rechaza el concepto de “exponencial”. Un ejemplo puede ayudar a comprender el significado de “crecimiento exponencial”. Imaginemos entonces que el banco en el que tenemos depositados nuestros ahorros nos propone duplicar una inversión económica cada tres días. Imaginemos que el primer día invertimos un peso. ¿Cuánto tiempo se necesita para llegar a un millón de pesos? Exactamente 60 días. Conviértase la unidad “pesos” en contagios por coronavirus y se tendrá la idea del peligro enorme que se corre. 

La contradicción principal podría estar entre los ricos del mundo que han elaborado una ideología negacionista basada en considerarse superiores al resto de la humanidad y los pobres del mundo. Me arriesgo a pensar que la contradicción principal está entre el tardo capitalismo cuya mayor expresión es el neoliberalismo radical, profesado por los potentes del mundo (y algunos chiflados que nunca faltan) y la gran masa de gente pobre que está muriendo sin atención hospitalaria y sin servicios de salud pública. Me atrevo a sugerir, y me doy cuenta de la banalidad, que al egoísmo negacionista y populista solo se puede oponer, en el otro extremo de la contradicción, una profunda y difundida solidaridad humana, como la demostrada por tantos médicos y enfermeros, al límite de la abnegación, durante estos tiempos aciagos. Comprendo que está muy lejos del pensamiento maoísta una contradicción que no se expresa en términos económicos y sociales, pero objeto que los tiempos han cambiado y que solo un recio humanismo puede surgir del eterno enfrentamiento entre ricos y pobres desvelado por la pandemia universal.

El mejor selfie

Etiquetas

,

Uno de los fenómenos más interesantes de los últimos tiempos es la práctica de la mayoría de la gente de hacerse autorretratos con el propio movil, sobre todo si están en una situación agradable (una cena, un aperitivo o un viaje turístico). El nombre en inglés es selfie. Los pobres escritores, que por lo general son escritores pobres, han sufrido un grave golpe a su autoestima (generalmente una sobrestima), pues ahora los lectores, en lugar de pedir una dedicatoria, se contentan con hacerse un selfie con el sonriente artista, amargado por dentro porque, al contrario del autógrafo, el selfie no garantiza la compra. Uno se puede consolar pensando que le sucede también a Leonardo da Vinci. La masa de visitantes que, en el Louvre, se apuñusca delante de la Mona Lisa, no se preocupa tanto de contemplar el cuadro, cuanto de hacerse un selfie que atestigüe su visita al museo. Luego lo colgarán en Facebook, en Instagram o harán una payasada en Tik Tok. Vi, por primera vez, en Venecia, unas extensiones que ahora venden para poner el smartphone en alto y que el selfie tenga la panorámica adecuada. Ya no ven el paisaje, ya no ven la soberbia arquitectura, ya no ven el arte. Al menos, no directamente. Lo ven después, en la foto que se han sacado.

Melancholie 1989, Fernando Botero

El estudioso Giovanni Stanghellini nos propone una reflexión sobre el fenómeno del selfie. (G. Stanghellini, Selfie, Sentirsi nello sguardo dell’altro, Milán, 2020). Parte, como nosotros, de la constatación del fenómeno y sugiere que se trata de una nueva relación de los seres humanos con el propio cuerpo. Una teoría budista sostiene que el primer ideal de una persona sería hacer desaparecer la consciencia del cuerpo. Si yo no estoy pensando en mi cuerpo, esto quiere decir que está funcionando perfectamente. O sea: yo no vivo pensando en esta muela o en aquel incisivo. Si lo pienso es porque me recuerdan su presencia con alguna molestia. Si un alto objetivo es olvidar el cuerpo, la meta suprema sería olvidarse incluso del espíritu: ya no pensar, sumergirse en el nirvana. 

Al contrario del budismo, las sociedades occidentales impulsan una obsesiva consciencia del cuerpo. Stanghellini nos recuerda que, en épocas antiquísimas, las gentes no tenían esa conciencia: eran una sola cosa con la naturaleza. A partir de los textos griegos y latinos, en cambio, se establece la separación entre cuerpo y espíritu. Y, con raras excepciones, de Aristóteles a Hegel, se ha privilegiado el alma sobre el cuerpo. Para perfeccionarse, un ser humano tenía que refinar su espíritu, aun sacrificando y castigando su cuerpo. El estoicismo y el ascetismo nos invitan a llegar a la perfección a través del sacrificio corporal. 

Solo a partir de la segunda mitad del S. XIX, prosigue Stanghellini, se produce una inversión total de esa tendencia. A partir de ese momento, será el cuerpo el centro de la atención de la cultura, relegando el espíritu a un segundo lugar. El estudioso coloca el inicio en Schopenhauer, no por nada seguidor de las doctrinas orientales. En la época en que Schopenhauer escribe, comienza a imponerse la fisiognomía, una falsa ciencia cuya propuesta es que el carácter de una persona está determinado por su apariencia física. De allí, algunas creencias populares, como la difundida patraña de que los gordos son naturalmente buenos. Será Nietzsche quien dará patente filosófica a la mayor importancia del cuerpo sobre el espíritu, autorizando, en una suerte de “rompan filas”, a satisfacer las pasiones sensuales como una demostración de la potencia de la voluntad.  Todo el siglo XX tendrá pensadores que postularán el primado del cuerpo y de sus deseos como una afirmación necesaria del ser humano. Piénsese en Freud: su descubrimiento del inconsciente rompe completamente el esquema racional del Occidente. Ya no es la voluntad, fruto de la razón, la que guía nuestras acciones. Hay un invitado incómodo, el inquilino del piso de abajo, quien, en muchos casos, es responsable de lo que hacemos. Fromm pone en competición la pulsión de la vida (la energía sexual) con la pulsión de la muerte (la represión de esa energía).

Tal evolución del pensamiento occidental repercute en el excesivo cuidado del cuerpo que caracteriza a nuestras sociedades. La obsesión de la gente por no ser gorda ha dado lugar a una florida industria de las dietas. ¿Cuántos de nosotros no están permanentemente a dieta y permanentemente nos sentimos culpables por cada pizza o cada helado que comemos? Esto sucede porque en la época contemporanea preocupa más mostrar un cuerpo perfecto que un espíritu refinado. Y la clave esta en exhibirse a los demás, no tanto a nosotros mismos.  La dimensión corporal ha llegado a ser tan hegemónica que no nos sentimos en vida si no hay alguien que certifique la existencia de nuestro cuerpo. De allí el selfie para colgar en las redes sociales. Son los otros, con sus likes y emoticones los que me dicen: “existes”, porque he exhibido mi físico delante del David de Miguel Ángel, en donde lo que más importa no es la obra de arte, sino yo, que estoy delante. Una conexión decididamente perturbante la establece Stanghellini cuando recuerda que el mecanismo del selfiees el mismo de la anorexia. Todo es aparecer delante de los demás. Mi ego es la imagen que los demás tienen de mi. La imagen corporal. Por eso mismo, dejar de comer con tal de aparecer como la norma de delgadez impone. Matar el cuerpo, el mejor selfie.

Big Data

Etiquetas

,

Creo que, para todos nosotros, es ya común y casi natural ver que, en los transportes públicos, la gente no ve más que la pantalla de su teléfono móvil. Una mirada indiscreta puede revelarnos que la mayoría están intercambiando mensajes en Whats App. Otros se entretienen con inocentes juegos casi infantiles. Algunos consultan Facebook. Si entráramos a un vagón del tren, y encontráramos que todos sus ocupantes están disfrazados de Batman, la situación nos parecería bastante extraña. No nos sorprende, en cambio, la máscara que implica refugiar la vista en el smartphone, una barrera más en la ya larga historia de la incomunicación entre los seres humanos. Paradójicamente, un instrumento de comunicación es utilizado para no hablar con los demás.

Leo, en Big data, de Marco Delmastro y Antonio Nicita (Bologna, Il Mulino, 2020), que “cada 60 segundos, en Facebook, la gente crea 3.3 millones de entradas y que en el mismo período se publican 510 mil comentarios a esas entradas; en Twitter, se envían 470 mil mensajes, mientras que, en Whats App, se intercambian 38 millones de mensajes. En tanto, se efectúan 3.8 millones de búsquedas en Google”. Se trata de una masa enorme de datos.

Lo interesante es que, para poder acceder a esos datos y participar en la oleada de comunicación mundial, así como para ingresar a cualquier sitio de Internet o abrir una cuenta de correo electrónico, estamos obligados a dar una serie de referencias personales que nos parecen bastante inocuas. Al menos, desde nuestro punto de vista: nombres y apellidos, fecha de nacimiento, sexo, nivel de estudios, y algunas minucias más. Podríamos decir que, desde nuestra perspectiva, son informaciones sin importancia. A cambio de eso, recibimos gratis una serie de servicios: mensajería electrónica, la posibilidad de publicar cuanta sandez se nos venga a la mente, intercambiar imágenes y chismes, reírnos con videos cómicos, comprar a distancia con la entrega casi inmediata de la mercadería y tantas otras canonjías más.

Creo que todos hemos aprendido que nada es gratis. Y mucho menos los servicios que se nos ofrecen en Internet. El gran valor comercial de la Red son precisamente los datos que le damos. Más la usamos, más informaciones sobre nuestra persona son coleccionadas por los gigantes de la Web. El verdadero objeto comercial de las redes sociales somos nosotros. Poco a poco, se va creando un perfil de cada usuario que lo coloca dentro de categorías sociales y económicas muy precisas. Damos tantas noticias a Internet, que las grandes compañías han creado una nueva unidad de medida: el zetabyte. Cada zetabyte corresponde a una capacidad de archivo semejante a 36 mil años de videos en HD. Se calcula que, en 2025, se habrán acumulado 163 zetabytes de datos.

De esa enorme cantidad, el 80% no son útiles por ahora. Lo que interesa es el 20% restante. Desde un punto de vista comercial, la utilidad es muy grande. Las empresas pueden comprar los perfiles de sus futuros compradores, con tal exactitud, que ya no necesitarán gastar en publicidad genérica. Se dirigirán (como ya lo hacen) directamente a su seguro comprador. Si yo compro un par de pantalones por el e-commerce, puedo estar seguro que, por correo electrónico, recibiré publicidad de pantalones. Se están produciendo algoritmos predictivos tan potentes y tan refinados, que pueden anticipar los comportamientos individuales. Michael Kosinski, creador del app “Mypersonality”, ha demostrado que se puede identificar la orientación política de un usuario con una probabilidad del 85%; su credo religioso, con una probabilidad del 82%; el género, con una probabilidad del 93%; el origen étnico, con una probabilidad del 95%. (Controle la música que le sugiere Spotify: verá que es un auténtico retrato de sí mismo).

Se ha llegado al extremo que Amazon Technologies ha registrado una patente para un “modelo anticipado de envío de paquetes”. El Anticipatory Package Shipping, consiste en adivinar cuáles serán las órdenes futuras de un cliente, de manera que se prepare con antelación el paquete que le será enviado. Quiero decir, uno ni ha pensado en lo que va a comprar y Amazon le tiene ya listo el embalaje.

Y si en el comercio el manejo de datos ha llegado a tal eficiencia, en el ámbito político ha sido igual. En la actualidad, una de las mayores fuentes de información viene de las redes sociales. El algoritmo que crea nuestro perfil, maneja también el flujo de información que recibimos. De ese modo, estamos leyendo mensajes u observando videos que se adecúan a nuestro perfil. En otras palabras, nos informan de lo que nos gusta. Y se burlan de los políticos que no nos gustan. De ese modo, quien posee las redes sociales fácilmente puede crear noticias e inducir nuestras preferencias políticas. Ya existe la posibilidad de crear videos artificiales con personajes conocidos que dan falsas declaraciones. No hay gobierno en el mundo, por pequeño que sea, que no tenga una fábrica de fake news. Falsas contextualizaciones, contenidos enviados por fuentes falsificadas, contenidos creados en forma artificiosa y noticias manipuladas son el arsenal contemporáneo de la política.

Y para terminar, no hay empresario que, al seleccionar personal, no dé una ojeada a los perfiles sociales de los candidatos. Pueden imaginarse los resultados. Una bravuconada hecha a los 20 años y posteada en Facebook puede influir sobre la asignación de responsabilidades a una persona que ha llegado a los 40. Más aún, existen empresas especializadas en elaborar el currículum de una persona según los datos que le venden las grandes empresas de Big Data. El mismo algoritmo que sirve para ofrecer comprar un determinado producto, puede servir, también, para elaborar un perfil completo de una persona (creencias religiosas, políticas y sexuales), incluso aquellos datos íntimos que nunca se incluirían en un currículum. Y de eso puede depender nuestro futuro laboral.

 

Harry Potter vs. trans

Etiquetas

,

Un estudio de la investigadora Roberta Sinatra, publicado en la revista Science, señala que la reputación y el éxito de un artista no dependen solo de su calidad sino del peso que tienen las redes institucionales para determinar esa reputación. La investigadora examinó casi 500 mil exposiciones en galerías de arte y 300 mil en museos, además de 130 mil su­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­bastas durante 36 años, para reconstruir las carreras de 500 mil artistas. Llegó a la obvia conclusión de que además del talento, un artista debe tener un curador, un galerista o un museo que lo sostenga. Si no, ese artista no existe. En otras palabras, una obra de arte es tal porque alguien, en ese mundo, afirma que es una obra de arte. Este dato alivia alguna de las numerosas perplejidades que nos despierta el arte contemporáneo. Podemos traducir esta operación al mundo de la literatura: un escritor necesita, además de profesionalidad y capacidad,  una serie de relaciones que están fuera de la obra misma para ser reconocido como tal. Necesita un agente que trate de entusiasmar a un editor; necesita un editor que se comprometa a lanzar su obra y que organice presentaciones y apariciones públicas, mejor si en televisión. Sin esas características, no podrá entrar en el canon dominante de la literatura, el canon que señala cuál escritor leer y cuál no. El establishment literario que, en círculos concéntricos, crea escritores locales, internacionales, de fama mundial. 

El 7 de julio de 2020, un grupo de famosos escritores publicó, en el Harper’s Magazine, un texto intitulado “Una carta sobre la justicia y el debate abierto”. Los periódicos, que buscan lo sensacional, dijeron que era una protesta de J. K. Rowlings, la afortunada creadora de Harry Potter, contra la actitud señalada como “lo políticamente correcto”. Se trata de una falsa interpretación del texto. En síntesis, es un llamado bastante sensato a no caer, especularmente, en el dogmatismo y el fanatismo que distingue a la extrema derecha estadounidense. A no caer en la trampa de ser igual que los rudos, violentos e ignorantes supremacistas blancos, con tal de combatirlos. Los firmantes son muchos y hay nombres de mayor peso que el de Rowlings. El notable irlandés John Banville, el lingüista Noam Chomsky, el novelista Martin Amis, el más famoso Salman Rushdie. 

Una primera pregunta que el lector se plantea es por qué los miembros del establishment literario anglosajón protestan por una supuesta limitación a su libertad de expresión. Quizá se refieren a las duras polémicas entre la creadora de Harry Potter con la comunidad “trans” y algunos de sus defensores. La cuestión que me interesa no es intervenir en la polémica, sino preguntar: ¿en qué momento la sra. Rowlings ha visto coartada su libertad de expresión? Podría comprenderlo si lo dijera Rushdie, perseguido por una severa condena religiosa. Pero, ¿no son los firmantes del manifiesto conocidos miembros de una cultura hegemónica en el mundo? ¿No son ellos los dueños del monopolio de la palabra? Una sospecha que se insinúa maliciosamente después de leer la carta abierta es que muchos de los firmantes, quisquillosos como solo los escritores pueden serlo, no soportan ser criticados cuando expresan ideas polémicas sobre cuestiones candentes de la actualidad. Sucede, en la época actual, que los comentarios a cualquier artículo se pueden publicar libremente en las redes sociales, situación que la casta intelectual resiente sobremanera. Sienten, paradójicamente, que les están limitando la libertad de expresión.  

Vengo de un continente en el que miles de personas han sido asesinadas por haber expresado su disidencia contra las dictaduras. Arriesgo la retórica cuando presento las siguientes perplejidades: ¿dónde estaban los firmantes del manifiesto cuando seis eminentes intelectuales jesuitas de la Universad UCA de San Salvador fueron asesinados por expresar sus juicios contra la dictadura militar? ¿Dónde estaban cuando Luis de Lion fue secuestrado y torturado por treinta días, para ser luego asesinado? ¿Dónde estaban cuando Franz Galich, exiliado por sus ideas,  enfermó y necesitaba ayuda para curarse, y esa ayuda no llegó?  ¿Dónde estaban cuando Berta Cáceres, la activista hondureña, fue asesinada por la dictadura de ese país?

 ¿Conocen los firmantes del manifiesto al menos un nombre de esas personas? ¿Movieron sus poderosas plumas para protestar por el asesinato de tantos periodistas e intelectuales en el mundo? ¿O les interesa solo el cerrado universo en el que compiten cada día, midiéndo su categoría según el número de obras vendidas? Y cuando uno ve el objeto de disputa entre Rowlings y sus detractores (en medio de la catástrofe mundial de la pandemia), no deja de quedarse ligeramente desolado. La furiosa polémica entre la escritora y sus acérrimos críticos tiene el siguiente tema: ¿pueden los hombres entrar al baño de las mujeres? 

Conozco lugares, en América Latina, en donde el problema se ha resuelto a priori. El baño es un retrete de pozo ciego situado en una esquina del patio, y allí pueden entrar, mujeres, hombres, niños, ancianos, gatos, perros, gallinas y patos. En otros sitios, no hay ni siquiera retrete, sino el vasto campo, en donde reina la absoluta libertad de escoger la mata detrás de la cual encuclillarse. Un amigo que estaba haciendo sus prácticas en un hospital latinoamericano, pidió que le dijeran dónde estaba el baño. Le indicaron el sombreado patio del edificio: “Detrás de cualquier árbol, doctorcito”.

Anarcovirus

Etiquetas

,

Tres acontecimientos aparentemente diferentes y distantes, corren sobre el alambre insostenible de la pandemia del coronavirus. El conocimiento del primero lo debo a la prensa internacional. Algunos supermercados de los Estados Unidos, dicen las noticias, han tenido que cerrar debido a la violencia de los clientes. El tema de la disputa ha sido el uso de las mascarillas. Cuando un empleado nota a un comprador sin la mascarilla, lo conmina a usarla, y con mucha frecuencia la reacción del cliente puede ser violenta hasta la agresión física. Una trabajadora cuenta que un cliente, furioso porque no encontró el codiciado papel higiénico, le dio un golpe en la nuca. Los compradores reaccionan así porque interpretan las llamadas de atención como un tentativo de restricción de su libertad individual. El otro episodio me llega a través de un comentario de un amigo. Parece ser que los ricos de su país han decidido que el dinero provee de inmunidad al Covid 19, lo cual demostraría (consuelo de pobres) que la riqueza no da inteligencia. Sea como sea, luego de haber participado a un funeral (con la ostentosa ausencia de mascarillas y de distancia social) los acomodados miembros de la próspera casta fueron a una casa, en donde departieron con comidas y bebidas, siempre con gran desprecio de las precauciones contra la epidemia viral. El tercer episodio no es un episodio sino un artículo de periódico que proclama la existencia de una conspiración mundial para propagar el virus y así reducir el gasto público de las jubilaciones y, además, reducir el crecimiento demográfico. Ocioso es decirlo: según el iluminado articulista, los jefes de tal conspiración son todos norteamericanos y todos del Partido Demócrata. Hace unos días recibí un whats app delirante con los mismos conceptos. 

Gustavo Rodriguez

Trato de explicarme de la manera más clara posible el anterior conjunto de hechos heterogéneos. Me parece curioso que un acontecimiento que pertenece al ámbito científico se haya convertido en cuestión ideológica. Son nuestros tiempos. Si, en el siglo XX, uno podía afirmar sin temor a contradicción que dos más dos son cuatro, en estos dorados tiempos alguien podría proponerme que, a lo mejor, dos más dos no son cuatro, sino cinco, o tres, y que esa certeza mía es fruto de la constricción escolar para crear ciudadanos obedientes y credulones

Una de las causas de tal actitud, que pone en tela de juicio lo que antes llamábamos “verdades científicas” tiene orígenes económicos. Sabemos que la escuela dominante en las teorías económicas es el neoliberalismo, el de los austriacos Hayek y Mises (me niego a recordar cuál de los dos lleva el apreciado prefijo “von”). Una posición política derivada del neoliberalismo es el anarco capitalismo. En palabras simples, el anarco capitalismo proclama la total desaparición del Estado liberal, y su sustitución por las leyes del mercado. Los anarco capitalistas pregonan que si dejamos que las leyes del mercado actúen libremente dentro de una sociedad de competitividad y libre empresa, todos los aspectos de esa sociedad se van a estabilizar. Ejemplo: si el Estado abandona salud y escuela, las leyes de la oferta y la demanda harán que emerjan las mejores escuelas posibles y los mejores hospitales posibles. Toda intervención del Estado, afirman, es una restricción de las libertades individuales pues conspira contra el axioma fundamental del anarcocapitalismo. 

Las reacciones de los estados nacionales delante de la aparición del coronavirus han sido bastante diversificadas. En países en donde dominan gobernantes secuaces declarados o escondidos del anarcocapitalismo, la estrategia ha sido dejar de  imponer medidas severas (como la trilogía que todos sabemos de memoria: uso de mascarillas, distanciamiento social, lavado de manos), sino sugerirlas. En algunos casos, como en el Brasil, apostar por la “inmunidad de rebaño”: esperar a que se infecte el 80% de la población para que se creen anticuerpos de masa. En países en donde gobiernan las socialdemocracias a la europea, el Estado ha impuesto con severidad esas medidas higiénicas y ha establecido penas severas contra los infractores. Italia, Grecia, España, Francia y Alemania. Y, claro, también están los que han comenzado con un tipo de medidas para cambiar al tipo contrario.

Por supuesto, la actitud de los que impugnan la existencia del coronavirus es explicable, hasta que no les dé a ellos. Creo que, a estas alturas, dada la experiencia sensible, ni el premier inglés ni el presidente del Brasil creen que la existencia del coronavirus es una opinión. Sin embargo, siguen creyendo que obligar a los ciudadanos a seguir ciertas reglas higiénicas es una constricción de su libertad. A este punto, más que una cuestión científica se trata de responsabilidades políticas e históricas (por no hablar de las judiciales) de las cuales tendrán que rendir cuentas. La historia nos enseña que si yo, en el ejercicio de altas responsabilidades gobernativas, pude detener un holocausto y por razones ideológicas contribuí a su desarrollo,  tendré que responder por ello. Delante de todos los tribunales posibles. 

Patos y conejos

Etiquetas

,

A muchos nos ha sucedido que, habiendo enviado una imagen, un mensaje, un video por Whats App a un amigo, nos encontramos con que ese amigo nos manda de regreso el mismo mensaje, porque olvidó quién se lo había enviado. Lo ha hecho porque sabe que ese mensaje me va a complacer, porque ambos compartimos la misma orientación o los mismos gustos, y formamos parte de una red homogénea ligeramente autorreferencial. Si mis amigos de Whats app saben que no me gusta Trump, me mandarán infinitos memes de burla del presidente norteamericano. Y si saben que me gustan las recetas de cocina, me enviarán tutorials para preparar gustosas comidas. Los estudiosos de comunicación llaman eco chambers a esas redes de mutua complacencia.

           Ceci n’est pas un algorithme (Tom White)

El estudioso italiano Massimo Adinolfi, en un breve volumen intitulado Hanno tutti ragione? (¿Es que todos tienen razón?, Roma, Salerno Editrice, 2020), señala que al fenómeno de las eco chambers hay que añadir el de la “viralidad”. Un mensaje adquiere tal característica porque quienes lo envían piensan que agradarán al destinatario. Un video se vuelve “viral” solo dentro de redes de amigos que piensan de forma similar. La impresión que se tiene ante la vertiginosa difusión de estos mensajes es que la libertad de expresión está funcionando al máximo. Adinolfi presenta algunas dudas al respecto. Cita el caso de Trip Advisor, caso máximo de libertad de expresión, pues cualquiera, hasta el menos versado en el arte culinario, puede dar su opinión sobre cualquier restaurante. Las estrellas que indican el favor del público frecuentemente no equivalen a calidad de los platos, sino a la cantidad de opiniones favorables. ¿Y si la mayor parte de la gente tuviera mal gusto? El éxito universal de la comida basura hace sospechar de la bondad de la democracia gastronómica.

Mientras los filósofos discurren sobre la relación entre realidad y pensamiento (una cosa es el restaurante; otra las opiniones en Trip Advisor) Amazon hace caso omiso de tales discusiones, y si compro un libro, delicadamente me sugiere comprar otros libros, que un algoritmo ha detectado como afín a las compras que he realizado durante mi historia como consumidor. Una compra detrás de otra, he terminado por darle a Amazon (y a Facebook, a Whats App, a Google) todos los datos de mi vida y de mi personalidad. El fenómeno se llama lock in y significa que estoy dentro Amazon no solo porque me ha capturado, sino porque me gusta. A ese punto, yo no soy el comprador. Soy el producto, pues Amazon y compañía poseen todo mi perfil de consumidor, y lo venden al mejor postor. Por ejemplo, el escándalo de Cambridge Analytics (en Facebook) ha demostrado que a través del estudio de mi perfil se puede también calcular mi orientación política. Ese dato se puede compartir con los gobiernos interesados (de allí las buenas relaciones de Google con prácticamente todos los gobiernos del mundo) y el resultado será una población cada vez más controlada. Voto por quien me da la gana, después de que todas las redes sociales me han lavado el cerebro.

El test de Jastrow es una prueba psicológica visual. Se nos muestra una figura y, según nuestra personalidad, podemos ver un conejo o un pato. Si uno dispone de un perfil elaborado por los grandes manipuladores de datos, se puede establecer cuál es el perfil de los que ven patos y cuál es el perfil de los que ven conejos. Existe ya una rama de las ciencias del comportamiento que está estudiando cómo manipular el cerebro de la gente, con la finalidad de que vean o solo una cosa o solo la otra. Las consecuencias pueden imaginarse. La posibilidad de manipular las preferencias de compra, pero también las preferencias de voto están al alcance de la mano.

Adinolfi propone una solución para evitar este hipotético escenario futuro: en lugar de mantenerse siempre en contacto con las máquinas, con los smartphones, con los sistemas informáticos de comunicación, aumentar los contactos humanos, y promover, sobre todo, diálogo y comunicación con quien es diferente a nosotros, con quien piensa diferente, con quien nos inquieta y nos mueve el piso de nuestras seguridades burguesas. Solo así saldremos de las eco chambers, de la viralidad, del ser un objeto que se vende para reapropiarnos de nuestra original y única personalidad.