Whisky entre fieras

Etiquetas

,

El profesor Manfredi, quien enseñaba idioma español en la Facultad de Jurisprudencia, habíase enterado de la situación de Diego Cosenza, que, a su vez, se debatía entre la búsqueda de trabajo y la fracasada carrera política. Manfredi era un hombre alto, corpulento, cerca de los 60, con aspecto y manos de leñador. Trabajaba con él Esmeralda Procopio, una cubana conocida por Diego en su viaje anterior.  Esmeralda organizaba fiestas en casa con el singular método de que cada quien llevaba lo que quería comer. En un par de ocasiones, Diego y su esposa habían caído en la trampa, y en ambas habían descubierto que nadie aceptaba el engaño de esas fiestas, y terminaban solos, ellos y Esmeralda, comiendo la comida Cosenza, porque Esmeralda no cocinaba nada y eso estaba mejor, porque hasta los frijoles con arroz le salían mal. De todos modos, se afligió de la situación de Diego y se la contó a Manfredi.

Joyeux Buveur, Frans Hals (1627)

Manfredi le dio cita en su casa, y una tarde, hacia las cuatro, Diego estaba tocando el timbre. A su llamada, no respondió una persona, sino, detrás de la puerta, unos sórdidos gruñidos y un ruido de uñas que parecían de alma encadenada a algún suplicio. Cuando la puerta se abrió, Diego vio a un enorme pastor alemán que le enseñaba los colmillos furiosos, y, al extremo de la correa que lo sujetaba con dificultad, forcejeaba con el animal un joven de pelo negro lacio y bigotito a la Chaplin. Atrás, en el quicio de otra puerta, el profesor Manfredi sonreía bonachón. “¡No se preocupe por Sherlock!”, le sonrió. “En realidad es manso, ¡pero tiene el vicio de tirársele encima a los huéspedes!” Diego le rogó a Dios que no le pidieran acariciar al perro, pues el mejor amigo del hombre no esperaba más que eso para darle una cordial tarascada. En efecto, el hijo de Manfredi arrastró al animal con rugidos y uñas hacia otro cuarto y Diego pudo pasar, al fin, a la sala. “Siéntese, mi estimado amigo. ¿Le puedo ofrecer un whisky?” De la cocina estaba saliendo la esposa del profesor, que era el extremo opuesto de su marido. Pequeña, delgada, con el aspecto atravesado de quien acaba de salvarse de un naufragio, era la viva representación de una mujer que ha renunciado a presentarse bien. Total, el marido era un gigante a punto de obesidad.

En Italia, era rarísimo que a uno le ofrecieran whisky, pero últimamente Diego estaba bendecido por el destilado escocés. Aceptó, y la señora, después de las presentaciones, llevó tres vasos llenos hasta el tope. Ni siquiera en Guatemala Diego había visto semejante cantidad para un solo trago. Manfredi sintió la necesidad de explicar: “Es que mi esposa es inglesa… y prefiere este divino elixir al vino”. La señora asintió y sonrió, con lo que mostró una hilera de dientes negros por el tabaco. De plano, la señora había ya renunciado a todo. Menos al whisky, naturalmente, que ella y su marido se zamparon de dos tragos, mientras Diego todavía andaba en los sorbitos de su vaso. Manfredi se vertió otro chorro no sin antes servir a su mujer. Diego sonrió como el gato Silvestre después de una paliza.

Manfredi quiso saber sobre las aventuras y desventuras de su nuevo y joven amigo sudamericano. “No soy sudamericano, soy centroamericano”, se atrevió Diego. Manfredi hizo un gesto como el que espanta un mosquito y le contestó: “Da lo mismo, siempre están al Sur del imperialismo norteamericano”. Diego hizo un breve resumen de sus últimos años: su estadía en Florencia para estudiar, su regreso a Guatemala, la dictadura militar, los desaparecidos, los torturados, los asesinados y la persecución a los profesores universitarios. Manfredi asintió con comprensión. “Yo fui un partisano”, comenzó mientras bebía, a tragos profundos, el whisky escocés. “Yo combatí en las montañas de Pistoia contra los nazis, mi querido amigo, y eso me ha hecho comunista. Yo sé lo que es ser patriota”. De alguna manera, Diego sintió que lo estaba asimilando a su experiencia, y que de alguna manera lo estaba apadrinando.

En eso, apareció el hijo del profesor, que había logrado ganar la contienda a la fiera canina que ocupaba gran parte del espacio del pequeño apartamento, y que ladraba con desaforada furia, encerrado en alguna habitación. Llegó algo agitado y despeinado, excusándose en voz baja. Diego observó con extrañeza que el padre no le ofrecía el trago que se había merecido. “Ya está tranquilo”, anunció el hijo. “¿Puedo servirme un vaso de agua?”. El padre le respondió socarrón: “Yo no sé si puedes. Tú prueba”. “Gracias, padre”. La esposa, que no era la madre del chico, solo lo observó en silencio. En realidad, había estado en silencio todo el tiempo, concentrada en bajar el nivel de su vaso de licor.

“Yo te voy a ayudar”, anunció Manfredi a Diego. “No se deja en el camino a los compañeros revolucionarios”. Diego se sintió obligado a precisar: “No, no soy tanto como un compañero revolucionario. Solamente me fui porque era imposible continuar así”. De nuevo, el gesto de espantar una mosca. “No seas modesto, amigo Diego”, Manfredi hablaba un español tropezado, pues había aprendido la lengua ya adulto, cuando los idiomas se absorben con dureza, sin naturalidad, por disciplina. Con el segundo trago, el español se le estaba poniendo estropajoso. “Pero como quieras, yo te voy a ayudar. Creo que hay un puesto de técnico de laboratorio en la universidad y tengo mis contactos”. Diego objetó: “Pero yo soy un literato, ¿qué voy a hacer de técnico de laboratorio?” Manfredi se puso agresivo: “¿Quieres trabajar o no? ¡Estos sudamericanos siempre buscando la hamaca y las palmeras!” Observó la lentitud con que Diego sorbía el whisky. “¡Y si quieres el empleo, tienes que beber como los hombres!”

En eso, regresó el hijo, con el vaso de agua sobre una porcelana con servilleta. Quería parecer fino. “Padre”, dijo, “¿puedo intervenir en la conversación?” A Diego le pareció rara esa subordinación en un hombre que frisaba los 30 años. Más rara la respuesta del padre: “¡Solo si no dices alguna estupidez!” Y el hijo: “Trataré de no hacerlo, padre”. Diego se sintió en medio de una comedia de Alberto Sordi. ¿No le estarían tomando el pelo?, pensó. La señora sonreía con beatitud, navegando en su barquito escocés. El hijo dirigió su bigotito hitleriano hacia Diego, y, queriendo ser amable, le preguntó: “¿Cómo está la situación en Nicaragua?” El padre no respondió, sino que rugió: “¡Ya dijiste la estupidez: Diego no es de Nicaragua, es de Guatemala! No vuelvas a abrir la boca, estúpido”. El hijo, en lugar de reaccionar, bajó la cabeza y musitó: “Pido perdón, padre, guardaré silencio”. La señora inglesa seguía con la misma sonrisa, tal vez porque no entendía nada o porque no le interesaba nada. Manfredi, antes de despedirse, reconfortó a Diego: “No te preocupes, compañero. Mañana mismo hablo con los dirigentes de la Universidad, y seguro que te encontramos un puesto de técnico en algún lado”. Diego agradeció, pues aparte la introducción que le había sido requerida, no había abierto la boca durante el resto de la merienda alcohólica. “Y el domingo estáis invitados a comer, tú y tu esposa. Sin falta, aquí, a la una”. Iba a ser una comida memorable.

 

Revolución y salchichas

Etiquetas

,

El testimonio del famoso intelectual Diego Cosenza no duró mucho, porque Diego no había preparado nada, y en efecto balbuceó algunas cosas que había leído en el periódico, pero sobre todo porque al lado del stand había una venta de salchichas, y el intenso olor del asado saturaba el recinto y las glándulas salivales del orador; y al otro lado se jugaba al bingo, y se oía al anunciador de las figuras que salían, “eeeel peeescado”, “eeel niño travieeeeso”, “laaa balanzaaaa”, y un par de veces la tímida voz de Diego fue superada por el grito de “¡BINGO!”, que anulaba sus palabras, y todo habría sido lamentable si no fuera porque su público no superaba el número de cinco, cinco ancianos que habían luchado en la Resistencia y que, nostálgicos de la lucha armada, iban contentos a oír hablar de países en los cuales aun había la revolución, y perseguidos, y torturados y muertos. Al final, no hubo preguntas, sino largas arengas de los viejitos beligerantes que anunciaban el inminente pasaje al comunismo, acontecimiento que llevaban esperando algunos años.

Después del evento, Ramiro siguió burlándose de Diego por la embrocada que había sufrido, y, para hacerse perdonar, lo llevó a uno de los numerosos restaurantes que había en la Feria, donde, de aperitivo, les pasaron mortadela, jamón, chorizos y pan frito, más una garrafa de vino tinto espumoso, que misteriosamente quedó vacía, así que hubo necesidad de pedir otra para acompañar el primer plato, una escudilla con espaguetis al ragú boloñés, abundante y generoso; para cerrar con una carne asada, cuyo olor colmaba la atmósfera de la feria, y la tercera garrafa de vino que se concluyó con una copita de grapa. Cuando Diego tomó el tren de regreso, ya no se sentía estafado, sino contento, tal el poder de una buena comida y una buena bebida.

Sucedió, pues, que la opositora guatemalteca, una vez que hubo embrocado a Diego, pensó en premiarlo con una invitación a cena. “Es en casa de unos compañeros acomodados”, le advirtió. “Así que bien vestido, te recomiendo”. De esa forma, Diego pudo conocer una mansión de la alta burguesía florentina. Imaginó que allí encontraría a alguien influyente que al fin le conseguiría trabajo. Se presentó de traje y corbata a la cena de los compañeros burgueses, y pudo comprobar lo que significaba “burguesía” allí donde la burguesía había nacido. Todo era de buen gusto, todo caro, todo exquisito. Los anfitriones habían organizado la fiesta para un perfumado grupo de amigos, y circulaban camareros con copas de vino y algunas entraditas deliciosas, mientras un refinado buffet exhibía algunos platos típicos de la Toscana. “Estos sí que son burgueses”, pensó Diego. “No los sedicentes burgesuchos de mi país”. En efecto, todos los que estaban congregados en esa casa pertenecían al Partido Comunista, y se emocionaban cuando conocían a un auténtico “compañero”, luchador heroico de la revolución latinoamericana. El “compañero” era Diego, pues así lo presentaba la distinguida opositora, entre un canapé y un volován. Diego, abochornado, trataba de explicar que no era exactamente eso, que simplemente era un profesor de universidad que se había tomado un par de años para respirar algo de aire puro, pero nadie lo quería oír. Era más bonito que fuera un “compañero”.

A Diego le parecía muy curioso que, en Guatemala, se llamase “camaradas” a los comunistas, con algunas variantes populares, por ejemplo, “comanche”, que era preferido al más resobado “rojo”, de uso en España. En cambio, en Italia, los “camaradas” eran los fascistas, y eso explicaba que, en Florencia, todo el mundo era “compañero”. Porque prácticamente todo ser que respiraba era comunista. Los que se querían distinguir se colocaban a la izquierda del Partido Comunista y se hacían llamar “extraparlamentarios”. Los miembros del PC detestaban más a los jóvenes “extraparlamentarios” que a sus competidores de la Democracia Cristiana y también los detestaban más que a los fascistas, que en esa época se iban extinguiendo poco a poco. Un apólogo recurrente en esos tiempos era que los fascistas conspiraban en las cloacas, tal cual ratas destinadas a sucumbir con el DDT. Mientras tanto, Diego había pasado de sus reflexiones a un plato de pasta, y, por la desolante timidez que lo acosaba, degustaba con velocidad y gusto las copas de Chianti Classico que los anfitriones generosamente servían. Un poco mareado, acometió con las otras viandas y con los pastelitos, algo aislado por su mal italiano y por ser huraño, de modo que habló poco con sus nuevos conocidos, y se comenzó a sentir como un pariente pobre invitado por cortesía a la fiesta de sus primos ricos. De vez en cuando, alguno se acercaba a Diego y trataba de conversar con él, pero la brevedad de las respuestas del interrogado y la falta de interés del interrogador hacían desfallecer la conversación. Para suerte del “compañero” medio borracho, los dueños de casa apagaron la luz y comenzaron a mostrar las diapositivas de su último viaje a la India. Diego se sentó en un adormecedor sofá, y mientras pasaban los slides, un sopor tremebundo lo fue invadiendo. Elefantes, templos, selvas, diosas polimorfas, monumentos arcaicos y estatuillas eróticas fueron desvaneciendo en su cabeza, y cuando sintió, se quedó completamente dormido. Lo despertaron los aplausos de la concurrencia, y apenas entendió el comentario del anfitrión viajero: “Debemos reflexionar, compañeros, que cada piedra de ese templo fue construida por un proletario, por un obrero, por un esclavo”.

Su nueva amiga lo acompañó de regreso a casa. La vio disgustada, con un rictus en la boca como un paréntesis acostado. Mientras bostezaba, le preguntó: “¿Qué te pasa, te enojaste con alguien?”. “Sí”, le respondió la mujer, furiosa. “Me enojé con vos”. Diego se apenó. ¿Habría cometido una falta a la etiqueta? “Y por qué?”. “Pues porque yo presentándote como compañero por aquí, compañero por allá, y vos negando siempre, me hiciste quedar como una mentirosa o una idiota”. Diego no supo qué responder. “Y además, no dijiste nada interesante. Te emborrachaste y no dijiste esta boca es mía”. “Bueno, en boca cerrada no entran moscas”. “Y por si fuera poco, te quedaste dormido durante la proyección de los slides… ¿vos sabías que roncabas?”. Fue una revelación para Diego. Creía que solo los viejos roncaban. “Pues vos sos la demostración de que también los jóvenes”, dijo la mujer. “¿Sabés qué? Jamás te vuelvo a llevar a una reunión. Sos un desastre”. Y, de esa forma nocturna y fresca, tajante y sin respuesta, terminó la carrera política de Diego Cosenza.

 

 

LA EMBROCADA

Etiquetas

,

El almuerzo en la casa de la opositora a la dictadura militar fue, en algún sentido, especial. No por las refinadas viandas culinarias que Diego conocía de la cocina italiana, sino porque la opositora estaba tan dedicada a la oposición que se había traído de Guatemala a su doméstica, la cual preparó un exquisito almuerzo guatemalteco compuesto por los eternos frijoles con arroz y de postre platanitos fritos. Tan guatemalteco fue el almuerzo que la señora le ofreció, al nomás entrar, un whisky con soda, costumbre que los italianos veían con un cierto aspaviento porque para ellos los licores de alto grado alcohólico se servían al final, con el eufemismo de llamarlos “digestivos”. Diego, no se sabe si por nostalgia o sed, aceptó el güisquilito, y este lo llevó a alabar con desmesura las gestas políticas de su huésped, quien, al final del aperitivo, ya podía considerar su amiga.

-Vamos a esperar que vengan las patojas para almorzar -le anunció la señora. Tenía dos hijas, pequeñas y morenitas como ella, que al rato entraron con gran algarabía y dejando tiradas las mochilas en los sillones de la sala, mientras besaban con estrépito a su mamá y miraban con desconfianza al desconocido que invadía su casa.

Antes de la llegada de las chicas, la señora le había comentado a Diego que en Bolonia, a dos pasos de Florencia, iba a llegar un famoso intelectual guatemalteco, pero que ella, por cuidar de sus hijas, no podría ir. “¿Y quién es?”, la curiosidad de Diego encendió una lamparita en su cerebro. “No me acuerdo muy bien”, dijo la señora. “Creo que es Díaz Rozzotto, quien hace años vive en Francia, o tal vez Balcárcel, que anda por acá”. Diego se interesó: “¿Y dónde va a hablar ese famoso intelectual?”. “En la fiera de l’Unità”, respondió la señora, mezclando italiano con español. Por selváticos e insondables motivos, en italiano las “ferias” se llaman “fieras”, como las de la montaña o el desierto, como las de las forestas amazónicas, y si uno habla español es fácil que resbale de “feria” a “fiera”, por la vecindad del sonido. La “fiera dell’Unità” era una feria nacional que cada año organizaba el Partido Comunista Italiano, en ese tiempo el segundo en grandeza después del Partido Comunista soviético. La feria era un inmenso parque en donde había stands para todos los gustos, desde los que vendían baratijas como en cualquier mercado hasta los que representaban a países comunistas y a los partidos comunistas de países capitalistas.

“Pues a mí me interesa”, comentó Diego. “Hace ratos que no tengo noticias frescas de Guatemala ni que oigo a ningún intelectual de altura”. “Pues si querés te pongo en contacto con Ramiro, nuestro representante en Bolonia”, le ofreció la señora. “Así te conduce cabal a donde va a ser la charla. La conferencia es a las tres, pero si llegás a las cuatro, nuestro representante te va a recoger a la estación y te lleva en carro a la Fiera, que celebran fuera de la ciudad”. Diego decidió ir y la señora tomó el teléfono, habló con Ramiro y armó la cita. “Ya está”, le dijo. “A las cuatro llega Ramiro a la estación”.

En eso arribaron las niñas y pasaron todos a la mesa. Hasta tortillas hacía la doméstica, que, cosa insólita, comió con ellos. Le contó a Diego que acababa de llegar de Guatemala, a donde había ido de vacaciones. Hablaba medio español y medio italiano. “Ay, don Diego”, le dijo, “regresé re-estancada. Ese viaje es una estrapazada”. Diego pensó, con melancolía, que lo primero que pierden los inmigrados es la lengua y esa pérdida es más angustiosa que la lejanía, los afectos, los paisajes y la familia, porque es la pérdida de hablar consigo mismo. Un chiste infeliz de Diego hizo naufragar el almuerzo. “Menos mal que es viernes”, les dijo a las niñas. “Así mañana descansan”. La respuesta fue unánime: “¡Ojalá!”, exclamaron casi al mismo tiempo. “Aquí los sábados hay escuela”. La señora intervino: “Pues me parece muy bien”, había la huella de viejas discusiones en su firmeza. “¿A dónde iría yo a parar con dos haraganas en casa la mañana del sábado?” Diego quiso ser gracioso y congratularse con las niñas. “Pues yo creo que la escuela es una cárcel y que ir el sábado es un castigo”. Las niñas aplaudieron, pero el aplauso fue interrumpido por un puñetazo en la mesa. No por nada la señora era un líder de la guerrilla. “¡Dejen de aplaudir, estúpidas!”, gritó. “¡Para eso si son buenas, para huevonear! Ahora terminan de almorzar callada la boca y luego se van a su cuarto”. Diego se quedó cortadísimo y se concentró en sus frijoles con arroz. Con voz baja, confirmó que al día siguiente iría a Bolonia y se escabulló lo más pronto que pudo. El ataque de ira había dejado silenciosa también a la doméstica.

Así que al día siguiente tomó el tren de las tres para estar a las cuatro en la estación de Bolonia. Como lo había prometido, allí estaba Ramiro, en el andén, con una camisa roja decorada por la famosa imagen en claroscuro del Che Guevara. Cuando Diego bajó, Ramiro se le tiró encima y lo estrechó con un abrazo desmesurado. Ante la frialdad de Diego, le preguntó: “¿No te acordás de mi?” Diego lo observó. “No, no me acuerdo”. Entonces, el otro, bajando la voz, le confesó: “Es que Ramiro es mi nombre de batalla. Soy Narciso Esparragosa, tu compañero del colegio. Entonces Diego recordó y no pudo reprimir el sobrenombre: “¡Chicho! ¡El famoso Chicho!”. El otro le mostró los dientes separados, en sonrisa amarilla de fumador. Claro que había cambiado. Ahora llevaba barba, algo rala para ser de guerrillero heroico, pero lo suficiente como para impresionar a los italianos. Coronaba su atuendo una boina vasca, que, huelga decirlo, ostentaba una estrella en el frente.

No era verdad que Ramiro lo llevaría en carro a la Feria. Le indicó cómo comprar un boleto de autobús pero le aconsejó no usarlo. “Aquí en Bolonia nadie paga el autobús. Es la región más comunista de Italia”, le aclaró. En el trayecto, se informaron mutuamente de qué había sido de su vida después del Colegio, y así Diego supo que Chicho había terminado todos los cursos de Agronomia, pero no la carrera, porque había entrado en la guerrilla justo antes de comenzar la tesis. Al contarle la suya, Diego sintió un poco de vergüenza por no haber militado en ninguna organización. El otro lo disculpó: “Vos no servís para esto”, le dijo. “Lo tuyo ha sido siempre escribir, como en el Colegio. Todavía me acuerdo de tus cuentos”.

Al entrar a la Feria, Diego se sorprendió por el fuerte olor a chorizo asado. Y más lo asombró que no parecía estar entrando a una feria política, sino a un mercado de pueblo. Había ventas de ropa, de juguetes, de artesanías varias, de quincallería, de todo tipo de baratijas y, como el olor lo anunciaba con potencia por todo el recinto, de carnes asadas de res, de puerco, de cordero. Faltaba el circo y todo hubiera sido perfecto. “Así es aquí”, dijo Ramiro. “La comida también es política y por eso vas a encontrar los mejores restaurantes de la zona”. “¿Pero no es la feria del Partido Comunista?” La respuesta de Ramiro fue lapidaria. “Pues el comunismo es eso, mi estimado, comer buena comida y beber buen vino para todos!”. Diego se quedó taciturno. Su idea de comunismo tal vez estaba muy contagiada del catolicismo. Se imaginaba a los comunistas siempre sacrificados, vestidos pobremente y matándose por el bien de los demás. Quizá Ramiro tenía razón.

“Venite, te invito a un whisky”, y dále con el whisky, pensó Diego. Pero aceptó y se fueron a un bar de la Feria. “Me dijeron que hoy va a hablar un intelectual de Guatemala” le dijo a Ramiro, “pero no me supieron decir quién era”. Ramiro abrió los ojos un poco más de lo normal. Un esbozo de sonrisa le apareció en la cara. Diego insistió: “¿Vos sabés quién es? Me dijeron que podía ser Díaz Rozzotto”. No es que Ramiro soltara una carcajada, pero la risa con que contestó algo tenía de eso. “Pues no te sabría decir”, dijo mientras ordenaba otro whixky. “¿Nos echamos el otro?”. Con el otro whisky vinieron los recuerdos del colegio, te acordás de aquel compañero al que le decían Elvis, te acordás del otro, de aquel profesor, de aquellos curas

La tarde fue cayendo, pero no llegó la oscuridad. Conversa y conversa, se había llegado la hora de la conferencia. “Ya es hora de la charla,”dijo Diego. El otro achinó los ojos. “Sí, ya es hora”. “Vamos, pues”, lo invitó Diego. “¿Me vas a decir por fin quién es el intelectual invitado?” Fue entonces que Ramiro o Narciso o Chicho soltó la carcajada. “Mirá, mano”, le dijo. “La compañera te embrocó. ¡El intelectual que va a dar testimonio de la situación en Guatemala sos vos!”

Diego y la política

Etiquetas

, , ,

Cuando llegó a Florencia, Diego no ignoraba que allí vivía una de las más notables opositoras políticas a la dictadura militar. Desde el exilio, esa mujer organizaba las relaciones internacionales de una de las más combativas organizaciones revolucionarias, cuyo nombre se desvaneció cuando se firmaron los acuerdos de paz. Sin embargo, en esa época, la organización y su representante italiana gozaban de gran prestigio. Diego estaba tan atareado buscando trabajo que no se le ocurrió saludarla, a pesar de que alguien le había dado su dirección y teléfono cuando supo que se iba a Italia. Un día, quizá antes de ir a Venecia a cargarle las bolsas del supermercado a la esposa de Straccabuzza, o quizá después, le comentó a su amigo, mientras veían televisión casi acostados en los sofás de la casa. “¡Carajo!”, exclamó el amigo. “¿Y por qué no la has llamado!” “No lo sé, quizá la timidez”. “No seas pendejo, con las relaciones que tiene esa mujer, seguro que alguna chamba te encuentra”.

Stefano Ussi, «Niccolò Machiavelli nello studio», 1894

Diego recordó una torpeza cometida cuando acababa de llegar. Había ido a Roma para las cuestiones de la beca que nunca le dieron, cuando, caminando por el centro, en Trastevere, se dio de manos a boca con un inesperado amigo. El tipo se le había plantado delante y había exclamado: “¡Diego Cosenza!”, como quien ve a una esperada aparición inesperada. “¡Lo sabía que ibas a terminar en el exilio!”

Quien así le hablaba era un muchacho notablemente joven, a quien Diego había visto un par de veces en la Embajada de Italia en Guatemala, y de quien se decía que era el amante de la embajadora. Se habían encontrado en una chistosa ocasión cuando a Diego le encargaron presentar Il giardino dei Finzi Contini y Diego había publicado en el periódico que el fascismo era una doctrina “preterida”. Era una invitación demasiado golosa como para que el tipógrafo no se resbalara deliciosamente y, cambiando una letra, había convertido al fascismo en una doctrina ¨preferida”. Todos le tomaron el pelo, inclusive el joven cooperante sospechoso de enredos erótico-diplomáticos.

Y ahora lo tenía enfrente, con romanas exclamaciones de sorpresa y amistad, y preguntas sobre Guatemala, que el joven había abandonado y abandonando el país, también a su maduro amorío. Fueron a comer juntos y Diego le contó de su desesperada búsqueda.

El joven tenorio le sirvió en bandeja de plata una solución, que, con los años, Diego se habría arrepentido o quizá no de haber desechado. “Como sabes”, le dijo a Diego, que no lo sabia, “soy el hijo del subsecretario de Relaciones Exteriores”. Ahora el apellido del muchacho le sonó, por otros motivos. El padre era un socialdemocrático, quien a cada rato salía en los periódicos por motivo de marrullerías y escándalos que lo colocaban en la derecha. “Apunta su teléfono, pídele una cita y tendrás un trabajo asegurado”. Diego nunca llamó al político. La idea de tener un trabajo por recomendación de las altas esferas le parecía una inmoralidad. Y, con el tiempo, se arrepintió y no se arrepintió. Estaba orgulloso de ser fiel a sus valores; estaba, simultáneamente, avergonzado de no entender la cultura del país al que había llegado.

Además, para pedir la recomendación se habría tenido que colocar en la posición de exiliado. Y Diego consideraba que era un honor que no se había ganado. Para él, los exiliados políticos eran los luchadores contra las dictaduras, y, en el caso de Guatemala, los que habían militado en las organizaciones revolucionarias, o los heroicos dirigentes sindicales que se habían salvado de ser arrojados al mar desde un avión de la Fuerza Aérea. En ese momento, oponerse a la dictadura era un deber y probablemente habría sido también un deber ingresar a alguna organización revolucionaria. Diego no lo había hecho. No podía ostentar un título no ganado, sobre todo porque, en esa época, los exiliados políticos latinoamericanos recibían un trato favorable en Italia. Se les abrían las puertas de sindicatos, partidos, periódicos, y con frecuencia obtenían trabajo. Declararse exiliado político habría sido una impostura, algo así como robar.

En cambio, rendirle homenaje a una famosa representante de la oposición le parecía casi obligatorio. Con toda su timidez a cuestas, llamó al número de teléfono que le habían dado. Fue una extraña conversación. Diego se presentó, banal

– Me llamo Diego Cosenza -dijo.

– ¿El escritor? -respondió la voz, en español.

– Bueno, pues sí… -Diego, entre la sorpresa y el halago. ¡Su fama había cruzado el oceano!

– Sabía que andaba por aquí -la mujer, con voz divertida-. En Guatemala, todo se sabe.

– Así es. Llamaba para saludarla.

– Entonces venga a almorzar -lo que menos se esperaba.

– Ah, sí… ¿cuándo?

– Hoy, si quiere. Le doy mi dirección y nos comemos unos frijolitos.

Y de esa torpe forma culinaria, Diego fue, por unas horas, un escritor comprometido políticamente.

Cimabue en la cocina

Etiquetas

, ,

En la iglesia del Carmen, en Florencia, en el viejo corazón del Borgo San Frediano, menos prestigioso y más popular que los otros tres de la ciudad, se sostienen, adosados a las paredes de la helada construcción, unos frescos de intensa maravilla y perfección. Fueron pintados en una edad que todavía no era el Renacimiento, pero lo anticipaban. Su autor era Cimabue, sobrenombre de Cenni di Pepo, quien nació y vivió en la ciudad de Dante Alighieri en el año 1200 d.C. Se dice de él que rompió con la tradición medieval y que pasó de la rigidez bizantina a la humanización de las figuras. Quien admira el inagotable Cristo Crucificado de la iglesia de Santa Croce algo ve de bizantino y mucho de humano en la dolorosa inclinación de la cabeza de ese Cristo, entre dormido y sufriente. La leyenda quiere que Cimabue, paseando por la campiña toscana, haya encontrado a un pequeño pastor que dibujaba, y que ese pastor dibujase muy bien. También dice que enseñó a ese niño el arte de la pintura, y que al alumno superó al maestro. Ese niño era Giotto. Con el tiempo, en su tiempo, Giotto llegó a ser considerado mejor que Cimabue y esa fama se transmite hasta hoy.

Son cosas de coetáneos. Ahora, con el tiempo pasado, Cimabue es grande como es grande Giotto, y maestro y alumno no disputan jerarquía alguna. Las ligeras pinturas del robusto Cimabue conservan su encanto y el poder persuasivo del arte. Quizá la única diferencia entre los dos, conservada por la historia, es la leyenda de un Cimabue notablemente feo, y que, consciente de ello, nunca dibujó un autorretrato.

Hace unos días, circuló una noticia que se puede atribuir a los relatos maravillosos. Una señora francesa tenía, como adorno de cocina, un cuadrito de esos que todos conservamos, que no sabemos de dónde vienen (del cofre de la abuela, de un tío desembarazado, del sótano de cachivaches) pero que de alguna manera nos gustan y que adornan con la humildad de sus trazos antiguos el honesto calor del fuego familiar. Tal señora entró en dificultades económicas, no difíciles de suponer en estos tiempos difíciles, y decidió vender el pequeño cuadro. La intuición o el azar hicieron que no fuera al más cercano mercadillo de las pulgas, sino a un formal negocio de anticuariado de su ciudad.

Fue allí donde su aventura se volvió prodigiosa, una especie de cuento de las Mil y una noches, un genio que sale de una lámpara vieja cuando la frotamos con un trapo para limpiarla. El anticuario mandó a evaluar la pintura, los evaluadores se dieron cuenta de que tenían entre manos una manifestación del genio de la humanidad, y poco a poco, paso a paso, se identificó el breve cuadro de la cocina como una obra perdida de Cimabue. Ignoro los millones de dólares que la señora ganó en la subasta sucesiva al hallazgo.

Si yo fuera un filósofo barato, extraería una moraleja: “Guardas dentro de ti tesoros que no reconoces. Muestra lo mejor de tu persona a los demás y ellos verán la obra de arte”. Pero no soy de fácil filosofía, y no los deslumbraré con mis banalidades. Lo que quiero contar es mucho más modesto y más lineal. Se trata de mi última novela Réquiem por Teresa.

Por lo general, hablar de mis obras literarias me provoca ataques imbatibles de timidez. No soy el único. Me contaron de Ernesto Sábato que reaccionaba con un cierto énfasis y decía: “No tengo nada que decir de mi obra. Ella habla por sí misma, no necesita explicaciones. Y si necesita explicaciones, quiere decir que no ha sabido hablar”. Son tajantes modos de escurrir el bulto, de esconderse detrás de lo ya escrito, de devolver la pelota al interlocutor. Sin embargo, toda obra literaria tiene una historia, que no es la historia que se cuenta en ella. Es la historia de cómo se compuso, cómo vino a la luz, cómo la conocieron los demás y, sobre todo, de sus consecuencias en la vida del autor. Algunas obras han corrido el riesgo de no ser conocidas: dos, para ejemplo. La Recherche, de Marcel Proust, fue rechazada por André Gide, y no le bastó la vida al segundo para excusarse del error. Y todos sabemos que Kafka ordenó quemar sus manuscritos, y el buen amigo Max Brod fue mal amigo, pues no siguió la orden y publicó lo que debía haber incinerado.

Cito estos dos ejemplos no para compararme con ellos, aunque mi vanidad lo quisiera. Los cito solo para contar la historia de Réquiem por Teresa. Como la señora francesa en su cocina, tenía yo el manuscrito entre mis papeles viejos (todo escritor tiene un depósito de manuscritos inciertos e inseguros) y lo tenía en consideración como esa pintura de la cual sospechamos valor, pero no sabemos cuál y cuánto. No pensaba publicarlo por dejadez, por esa virtud mediterránea que es la extensa y azul desidia heredada de mis antepasados del mar Tirreno, o quizá de mis antepasados de las montañas de Chimaltenango, o quizá de mis antepasados de las duras tierras de Zamora. Necesitaba, como la pintura que ornamentaba esa cocina humeante, alguien que le diera su valor.

Hacía muchos años, Luis Eduardo Rivera, viejo compinche de aventuras y lecturas, me había instado a publicarla. No bastaron sus severas y amistosas palabras de encendida reconvención. También Pepe Mejía. Tampoco Pepe Mejía. Y se quedó allí, entre otros papeles que ahora reviso con curiosidad, no vaya a encontrarme con otro Cimabue inesperado. Quedóse la novela dormida y su autor, más aun.

Y en esas estaba, cuando recibí una llamada de Paco Ignacio Taibo II, con quien nos amistamos desde hace muchos años. Me preguntó si tenía una novela para publicar. Yo le dije que no. El año anterior, Paco había apreciado el buen humor de El abogado y la señora y creo que imaginaba algo así. Paco insistió. Entonces me acordé de Réquiem por Teresa, que yacía en su canasto de olvido. Le dije, “algo tengo”. Con su carácter decidido, Paco me conminó a enviarle el manuscrito. Temeroso de una respuesta demoledora, pues así como es buen amigo Paco es implacable con la calidad literaria, le envié el manuscrito. A los dos días me llamó con un entusiasmo contagioso. Recuerdo que me dijo: “¡Es un novelón!” Había sometido la novela a una prueba: la había hecho leer por su equipo de trabajo en el Fondo de Cultura Económica, y todos estaban convencidos del entusiasmo de Paco. También yo tenía mi Cimabue en la cocina.

La novela es breve, intensa, profunda. Es graciosa hasta la comicidad en algunas partes; y es trágica hasta el llanto, en otras. La releo y me sorprende con lastimados reflejos como esos inesperados destellos de sol  que uno ve en los espejos y que hieren la vista. Habla de una verdad de la vida y esa verdad es el dolor. Yo lo había aprendido en Schopenhauer y también lo había aprendido viviendo. Una cosa hay: es el dolor. Manejamos el relato de nuestra existencia de modo que pareciera una sucesión de episodios felices, pero mentimos. Detrás está el dolor. Otra cosa hay, y está en las antípodas: es el amor. El ser humano vive en equilibrio entre ambos: búsqueda, rechazo, mezcla, inmersión en profundidades desconocidas para huir y buscar uno y otro. Y eso misterioso hay en la novela Réquiem por Teresa. ¿La escribí yo? ¿En qué estado me encontraba para que, de mis manos, de mi mente, de mis entrañas saliera esa historia? No interesa saberlo.

Más interesante ha sido la reacción de los lectores. Una señora me reclamaba, en una presentación: “¿Se da cuenta de lo que escribió? ¿Estaba usted consciente de las consecuencias de su novela en los lectores?” La respuesta era: “No, señora. Nadie sabe lo que va a pasar con lo que escribe”. En cambio le mentí y le dije que sí. En cambio yo no sabía que a la mayor parte de lectores no les importa quién escribió la historia, sino les importa mucho la historia de Teresa, su trágico buscar un destino trazado desde que nació, porque les importa pensar en sí mismos, y, en efecto, terminan contándome sucesos que les han pasado a ellos, o a su familia, o a sus amigos, y quedan prendados de la novela porque habla de la vida, no habla de otra cosa, no de la historia, de la sociología, de la psicología, de las artes ni de intelectualidades varias. Habla de la vida. Como un amigo te confía un secreto y dice, tal es la vida. Como Italo Svevo dijo antes de su Conciencia de Zeno: “La vida: quiero decir, arte y dolor”.

(El domingo 1 de diciembre, en la FIL de Guadalajara, estaré presentando Réquiem por Teresa, en el Salón Elías Nandino, a las 20 horas, en buena conversación con María Fernanda Ampuero y Rocío Martínez. Para los que puedan y quieran, están invitados).

FIL_GDL_19_Historia_1-12 Réquiem

 

 

Pintando bardas

Etiquetas

,

Cuando el profesor Straccabuzza se enteró de los sucesos que Diego Cosenza había pasado con su colega Cioni, se puso a reír a carcajadas. “¡Cosenza”, le dijo, mientras se agarraba la panza de la risa, “¡Cioni lo jodió!”.  Stracabuzza no desdeñaba las palabrotas españolas y las usaba con una cierta profusión. “Vamos a ver cómo lo ayudo a salir del paso, pero las cosas se le están poniendo color de hormiga”. Lo peor de todo es que el eminente lingüista había terminado ya su Diccionario de gestos latinoamericanos, por lo que tampoco había chamba por ese lado. Sin embargo, una última cosa quedaba por hacer. Cada cierto número de gestos requerían una ilustración, y a Straccabuzza todavía le restaban fondos del Consejo de Investigaciones como para pagar a alguno que sirviera de modelo en las sesiones fotográficas que ilustraran los gestos. “¿Sabe qué?”, le dijo Straccabuzza, “mi mujer, no obstante ser una india quechua, maneja muy bien la cámara fotográfica, y si usted sirve de modelo, pues le sacamos unas cuantas fotos y le pagamos por eso”. Diego pensó en su futuro arruinado por la inmortalidad que suponía salir en un libro haciendo gestos obscenos, pero, por otro lado, tenía necesidad… No lo pensó mucho. “Profesor Straccabuzza”, le respondió. “Usted sabe que soy tímido, pero ni modo, de algún lado tengo que sacar para vivir”.  Straccabuzza sentenció como un Paolo Coelho cualquiera: “¡La necesidad tiene cara de chucho con rabia, mi amigo!”.

Jean Michel Folon – Le rêve de pierre, 1970

Llamó a su mujer y le expuso la idea. La señora puso la cara torcida y solo dijo, “¡Ay, no! ¡Diego no!” “¿Y por qué no?” “¡Ay, no!”, repitió la señora. “Diego tiene una cara muy corriente, no sirve para la fotografía. Se necesita a alguien con personalidad.” De nuevo, Straccabuzza soltó una carcajada. “¡Qué mala suerte tiene, Diego! No le bastaba Cioni. ¡Ahora lo jodió la india quechua!”. Y de ese modo, Diego perdió la oportunidad de pasar a la historia como modelo del profesor Straccabuzza. Acababa de llegar a Florencia un peruano de buena familia, alto, blanco, de barbita cuidada y ojos castaños. Se llamaba Eugenio Grandet, y todos le tomaban el pelo por Balzac. El hombre era guapo y se reía, acostumbrado a las cultas tomaduras de pelo. “El modelo ideal sería Eugenio Grandet”, dijo la señora Straccabuzza, y Eugenio se ganó el puesto. Ahora, en las ediciones que restan del gran Diccionario de gestos, Grandet aparece para siempre, congelado en gestos. Quién sabe a qué llegó en su patria, tal vez a ministro, pero menos mal el libro circuló poco, pues no faltaría quien quisiera extorsionarlo.

El invierno estaba por comenzar. Los días se volvían grises y con las hojas de los árboles el ánimo de Diego Cosenza estaba cayendo aceleradamente por tierra. Y en estas estaba cuando sonó el teléfono en casa de su amigo y este le pasó la corneta a Diego. “¿Cosenza?”, había preguntado el siciliano. Lo llamó toda la vida por su apellido, jamás por nombre. Años después, si el teléfono sonaba y alguien preguntaba “¿Cosenza?”, Diego sabía sin dudas que era Straccabuzza. “¡Cosenza, tengo una buena noticia!”, casi gritó el siciliano. La buena noticia era que una institución internacional había sacado becas para latinoamericanos en Italia, y que Cosenza podría, con las buenas recomendaciones de Straccabuzza, ganar una de ellas. Y de nuevo peregrinó Diego a la casa de campo del eminente lingüista, quien, con generosidad, lo ayudó a compilar un formulario de solicitud de beca, con curriculum y todo. Mandaron la papelería a Roma y, en un gesto que aparecía en el Diccionario, cruzaron los deditos para que la beca saliera. “No se preocupe, amigo Cosenza”, le aseguró Straccabuzza. Con los contactos que tengo en Roma, esa beca es pan comido”.

Mientras tanto, los días pasaban y los pocos ahorros de Diego se agotaban. Aplicaba a todos los puestos que salían anunciados en los periódicos o en los anuncios de la Universidad, pero sabía que sin una carta de recomendación formidable, nada iba a conseguir. Se atrevió a llamar a Straccabuzza, para preguntarle si no tenía algún trabajito, por humilde que fuera. Al profesor solo se le ocurrió uno: “No se vaya a ofender, Cosenza, pero la barda del jardín necesita una mano de pintura”. Diego no se ofendió, vio esa pintada como una de las tantas formas de la salvación. “Esperemos a que haga un mejor tiempo, y así se gana un dinerito pintando la barda”.

Pasaron un par de semanas. Ninguna noticia de la beca. Ninguna noticia de nada, ni siquiera de la barda. Mientras tanto, sus amigos comenzaban a cansarse de tenerlo en casa, pues la oferta de hospedaje no había ido para siempre. “Oye”, le dijo la esposa de su amigo. “Seria bueno que te independizaras, un hombre necesita su libertad y creo que nosotros te servimos de estorbo para muchas cosas”. Diego se rio para adentro. El que estaba de estorbo era él, no había duda. Y aunque la situación se volvía crítica, se puso a buscar un apartamento para sí y para su esposa. Tales ocupaciones lo distrajeron de su angustia principal, y tan distraído estaba, que la llamada de Straccabuzza lo tomó por sorpresa.

Era para comunicarle el resultado de sus gestiones acerca de la beca. “¡Cosenza!”, le gritó Straccabuzza del otro lado del teléfono. “¡Nos la han metido doblada!”, utilizó una expresión que Paco Taibo II haría célebre, en México, varios años después. Diego hizo como que no entendía. “¿Cómo así, profesor?”, le preguntó, ingenuo. “¡Hombre, que la beca se la dieron a otro más recomendado que usted!”. Las explicaciones sobraban, y, en efecto, Straccabuzza no se las dio. Con el alma por tierra, Diego le dijo: “Bueno, no me queda más remedio que pintar la barda de su jardín”, ofreció sus servicios manuales. “¡Ni hablar, mi amigo! ·, respondió el siciliano. “¡Ese trabajito se lo robó el peruano que nos sirvió de modelo para los gestos!”

Falsas promesas

Etiquetas

,

Días antes de la cena veneciana, Diego había sabido, por el buen amigo que lo hospedaba, que el profesor Cioni había pregonado en los ambientes universitarios una buena noticia. Había dicho que, vista la situación, había propuesto que Diego Cosenza fuera llamado como Lector de español en su Cátedra de Literatura Hispanoamericana. Tan buena nueva llenó de alegría a Diego, quien se dispuso casi de inmediato a ir a visitar a su exprofesor. El cargo de “Lector” denominaba, en modo algo pomposo, a un profesor de idiomas. Los ingleses, que gozan fama de precisos y correctos, inmediatamente habían aprovechado la ocasión para crear un malentendido a su favor. En efecto, “Lecturer”, en el sistema inglés, equivale a un alto cargo en la Universidad, y todos los ingleses asumidos como “lectores” en las universidades italianas, habían impreso sus tarjetas de presentación como “Lecturer”, con notable ventaja en el currículo.

<span style="font-size: x-small;">«La Promesse», 1950, de René Magritte.

Diego tomó, pues, el autobús número 19, se bajó en el centro y se encaminó hacia la sede donde Cioni tenía su despacho. Llegó temprano, antes que el profesor, y solo se encontró con una compañera de estudios que preparaba la tesis. La muchacha le hizo un montón de fiestas, y con gran curiosidad, le preguntó el motivo de su regreso. Diego le contó sin mayores detalles qué andaba haciendo por allí, y también añadió que Cioni había prometido asumirlo como Lector. La chica dio mayores muestras de alegría, y como el profesor no tardaba en llegar, le propuso darle una sorpresa. “Escóndete detrás de la puerta”, le propuso, “así le das la alegría de verte”. Diego se dejó llevar por la propuesta. Cuando Cioni estaba por entrar, Diego se escondió como habían preparado.

Cioni tenía una voz baritonal, profunda. Sus “buenos días” rebotaron en las cuatro paredes de la antesala, convirtiéndola en una sucursal del Teatro Comunale de Florencia. La chica le respondió el saludo, y le dijo, un poco haciéndose la nena: “Prof, tengo una sorpresa para usted”. Melodramático, Cioni alzó las cejas, mostró los dientes amarillos de tabaco en una sonrisa artificiosa, y preguntó: “¿Una sorpresa? ¿Y qué buena sorpresa me puedes tener?” A un gesto de la muchacha, Diego salió de su escondite y se presentó: “¡Buenos días, profesor Cioni!” le dijo a su maestro. A Cioni se le cayó la sonrisa de la cara, se puso verde, abrió los ojos como en los dibujos animados y con todo su corazón exclamó: “¡Diego Cosenza! ¿Qué estás haciendo aquí!”. Para no parecer enterado de lo que todos sabían, Diego le dijo: “¡Vine a visitarlo, profesor!”. A Cioni se le desmoronó la expresión y solo atinó a decir, como el que ha recibido una puñalada repentina: “¡No me puedes hacer esto!”. A ese punto, la chica y Diego se quedaron helados. “¿Qué dijo, prof?”, exclamó la chica, profundamente extrañada. “Déjalo”, respondió Cioni, con una expresión que era la manifestación gráfica de la palabra “cariacontecido”. “Hablemos diez minutos de tu tesis y luego me dejas solo con este muchacho”.

“Este muchacho”. La expresión dejó perplejo a Diego. “Este muchacho” sonaba a pedrada, después de que Cioni se había declarado “su hermano” cuando había visitado Guatemala. Se quedó esperando, dándole vueltas a lo que acababa de pasar. ¿Por qué Cioni se había puesto verde cuando lo vio? ¿Por qué no le había causado alegría verlo? ¿Y el puesto de trabajo? ¿No había contado a los cuatro vientos que había pensado nombrar a Diego Cosenza para Lector? Por suerte, la sesión de tesis terminó pronto, y la chica se fue casi corriendo, temerosa de haber metido la pata en grado sumo delante de su tutor. “Pasa, Diego”, lo invitó Cioni.

Cuando Diego se sentó frente a él, Cioni repitió: “Pero, ¿cómo me has hecho esto?” Diego no sabía qué responder. “¿Cómo te apareces sin avisar, sin pedir cita, sin prepararme para este golpe?”  Entonces Diego, digno, se puso en pie. “Profesor, si quiere me voy”. “No, no, quédate. Al menos una explicación me tienes que dar”. Entonces Diego se lanzó: “Vine a verlo porque me contaron que usted me había propuesto para ser Lector de su cátedra”. Cioni elaboró un silencio largo, grave, como solía hacer. Luego respondió: “¡Pero era todo teórico! ¡Qué iba yo a saber que ibas a venir de regreso!” ”Entonces, ¿no me tiene un puesto de Lector?” “¡Para nada, mijo! Ese puesto de lector es para una venezolana. Ya di mi palabra, la chica ya compró el boleto aéreo, está por llegar. ¡Un colega de la Universidad de los Andes me invitó a dar unas conferencias, y yo le pago contratando a una de sus alumnas!” Diego pensó, pero no lo dijo: “¿Y yo no te invité a mi país? La diferencia es que no pedí nada…” Lo pensó, pero no lo dijo.

Se acercaba el mediodía. “¡Dale, te invito a almorzar!”, le dijo Cioni. “Vamos a comer, que comiendo se entiende la gente”. El almuerzo fue abundante, lleno de vino y especialidades toscanas, crostini, prosciutto, pappardelle al sugo, un tajo de florentina, tiramisú y tanta pena. Cioni le contó a Diego su extenso viaje a Venezuela, Caracas y sus barriadas en las montañas, el trato exquisito que le dieron los colegas, los restaurantes de carne y música, las fiestas con cumbia y merengue, la sabana, los llanos y los Andes, la escapada a las playas. Le contó, como si no lo supiera todo el mundo, que Venezuela era el lugar en donde Colón había ubicado el Paraíso. Fue extenso y detallado al confirmar la fama de la belleza femenina. “¡Son todas Miss Universo!”, dijo el entusiasta Cioni, cuando la botella de vino estaba expirando y pedía el Vino Santo para acompañar los biscottini di Prato.

Después del excesivo almuerzo, salieron a dar una vuelta. Diego sintió que el vino lo había emborrachado. Sintió también piedad por Cioni, que no sabía cómo hacerse perdonar la finta de haber engañado a todo el mundo con la cuestión del puesto de Lector. Diego sintió tanta lástima por su acongojado profesor, que le dijo: “No se preocupe. Ya me las arreglaré. Comprendo que haya tenido compromisos y comprendo que haya usado mi nombre para hacerse aprobar el puesto”. Cioni se plantó en medio de los portales de Correos. Abrió los brazos y vociferó: “¿De veras? ¿Lo dices en serio? No estás hablando como en la ópera que dice: ‘Te lo hizo decir el vino…’” Y acto seguido, cantó el aria operística Te l’ha fatto dire il vino… Diego se sintió ridículo, vio a la gente que se reía, vio los cristales de las gafas de Cioni que se oscurecían porque tenían un tratamiento para opacarse con la luz, y sintió el profundo bochorno de la situación.

Con eso, Cioni comenzó a tener prisa de irse, su casa quedaba lejos, había dejado el auto aparcado cerca de la estación, le pidió que le confirmara el perdón y se fue más corriendo que andando. Diego se quedó frente a la puerta de Correos, percibió que la tarde comenzaba a ponerse fría, como una anticipación del otoño, y puesto que se sentía mareado por el vino, comenzó a caminar hacia Fortaleza da Basso, para alargar la vía del regreso. Con la tarde, una profunda desolación y un sentimiento de abandono cayeron sobre él. Y mientras caminaba, el licor se evaporaba, y la conciencia volvía, y se encontró, en medio del tráfico abundante de la circunvalación de Florencia, de nuevo solo, literalmente en la calle, sin esperanzas de trabajo, y, sobre todo, con la desilusión de la actitud de Cioni. Mientras caminaba, percibió que de sus ojos estaban saliendo algunas lágrimas inconsultas. “Estoy llorando”, constató, y Diego, que raramente dejaba mostrar sus sentimientos, se dejó poseer por el desconsuelo, y, camino de regreso, anónimo en medio del tráfico de bocinas e insultos, percibió claramente el crepúsculo, la orfandad, el abandono, la traición.