Cuatro excéntricos lectores

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Hacia la época que se le apareció Miguel Ángel Asturias, Diego Cosenza vagaba en esa edad fronteriza en que se está dejando de ser niño y todavía no se sabe en qué se va a convertir la crisálida, sin en gusano o mariposa. Otros, durante ese excitado y desconcertante período de la vida, tienen apariciones más prestigiosas: a Juan Diego se le apareció la Virgen de Guadalupe ya vestida de Virgen de Guadalupe, con rosas y todo; a los pastorcitos de Fátima, “el 13 de mayo, hacia mediodía”, una bellísima madonna renacentista que los hacía sentir unos feítos y pobres portuguesitos indignos de la aparición. Diego, por lo menos, vio o quiso ver al mastodóntico chompipón, tan igual a Pablo Neruda que éste pudo escapar de la Argentina con el pasaporte de su gemelo guatemalteco.

En esa alebrestada pubertad, la locura de Diego y sus amigos fue a dar en leer libros, una variación de la locura de sus compañeros que se atiborraban de cervezas en “El Águila Mexicana”, un bar enfrente del colegio. Otros, en cambio, inspeccionaban con profesional puntillosidad las casas de citas de la capital, que eran muchas, algunas de ellas famosas como la meca de la intelectualidad, en la zona 1, llamada simplemente “La casa de la Locha”, porque era regenteada por una madama de altos vuelos literarios, doña Eloísa Velázquez, que en paz descanse, quien con mano fiera lo mismo discutía de filosofía que castigaba con punición ejemplar a alguna de sus díscolas protegidas. La otra casa con un cierto renombre era “Calzoncitos”, situada a pocas cuadras de la casa de Diego. En las turbulencias, imprudencias y atolondramientos de la adolescencia, un amigo de Diego quiso visitar tan famoso lugar, que, de rigor, carecía de letrero e indicaciones, sino poseía modesto timbre doméstico igual al de todas las casas. Tocó el timbre, con algunos balbuceos pidió pasar, lo condujeron a la sala, y cuando apareció un señor, y este señor le preguntó qué deseaba, el amigo dijo, con inocencia: “¿Es aquí Calzoncitos?”. No era. Se había metido en una honesta casa de familia contigua al lupanar. Lo sacaron a patadas y malas palabras y fue tal el escarnio, que por el resto de su vida se aficionó a otros burdeles, pero como aquél que come una comida y esta lo empacha, jamás quiso hablar de Calzoncitos.

No por virtud, sino por una variación de la misma desajustada época de la vida en que se adquieren vicios inconfesables, Diego y sus amigos adoptaron el inconfesable vicio de la lectura. Y vaya si no era inconfesable. Leer libros era la actividad más despreciable para sus compañeros de colegio cuyas pruebas de identidad eran retarse a pelear después de las clases como pequeños toros embravecidos, o salir a beber inagotables cervezas o cubas libres en imitación de sus mayores, jugar fútbol hasta el agotamiento, jactarse de tener una o dos o tres novias (casi siempre imaginarias), declarar que por las noches se acostaban con las domésticas de sus casas, con la tácita aprobación de sus honestos progenitores, cualquier cosa de esas menos estudiar, leer libros o tocar música, actividades consideradas dignos de los más provectos maricones.

Cuatro eran los excéntricos lectores de cuanto libro cayera por sus manos. Pocho, romántico enamorado de novias violentas y melodramáticas; Chechis, fino de voz, de modales y de actitud; Ventana, así llamado por los volcánicos barrotes que le tempestaban la cara y el mismo Diego, que nunca gozó de apodo conocido entre sus malévolos compañeros. El más activo era Pocho, que desarrollaba su labor de scout con minuciosos recorridos por las librerías del centro, y aparecía con los siempre bendecidos libros de la Editorial Bruguera, baratísimos y descuadernadísimos, cada vez que se leía una novela había que repararla con celulosa o cola blanca, porque las hojas se caían en un otoño permanente de los libros.

Uno de los primero descubrimientos fue el de Alejandro Dumas. Pedestremente ignorantes del francés, los miembros del cuarteto no pronunciaban “Diumá”, como es debido y obligado, sino que para ellos era Dúmas, en buen perfecto castellano de las estepas del Cid Campeador. Se bebieron Los tres mosqueteros, Veinte años después, El conde de Montecristo, y cuanto Dúmas se apareciera en el horizonte. No desdeñaron Los misterios de Paris, y Nostradamus. Como es natural, no tuvieron compasión de las obras completas del buen Julio Verne, sin saber que era el más sedentario de todos los viajeros universales, y sin saber que era tan obsesivo compulsivo que se acostaba todas las noches a las diez y media, y si había fiesta en casa, se levantaba del sillón, saludaba a sus invitados, los dejaba festejando y se retiraba a sus habitaciones. A un individuo así Diego y compañía lo hubieran apostrofado de “cuadrado”, como se decía en esa época, mas en cambio lo imaginaban en la proa de un velero, deteniéndose el sombrero para que no volase con el viento, y con la otra mano aferrando una cuerda para no caer en el agitado mar de los Sargazos.

El mayor descubrimiento de ese período fue el de Fiodor Mijailovich Dostoievsky. En medio de tantos aventurosos caballeros que juraban “uno para todos y todos para uno”, y que se espadeaban con los malvados a la menor ocasión, el espíritu adolescente del grupo se alimentó de los tormentos interiores de los abarrotados personajes del tremebundo escritor, que además tenía el misterioso prestigio de ser ruso. Los rusos, en todos los periódicos, en todas las televisiones, en todos los cines, eran siempre los malvados, los que querían apoderarse del mundo, los tenebrosos comunistas de baba en la boca y cuchillo sanguinario, y para más, decían los curas del colegio, ateos a más no poder, como aquél Voltaire que según ellos había arruinado la civilización occidental con sus ideas anticlericales. Leer a un autor ruso (qué importaba si era precedente a la revolución del diecisiete) era penetrar en la oscura selva de lo prohibido y lo viscosamente humano.

Así fue. Se quedaron prendados de Raskolnikov, que levanta el hacha y asesina a una anciana más o menos para saber qué se siente. Y que por el resto de la novela es devorado por un sentimiento que Diego, Pocho, Chechis y Ventana conocían bien: la culpa. ¡Ah, la oprimente culpa que los padres del colegio esgrimían a cada instante para cualquier acto natural en la vida de un joven! Besar a una muchacha era un acto impuro, pensar que uno besaba a una muchacha era un pensamiento impuro, abrazar con ese amor impetuoso y torpe de los púberes a una muchacha era la puerta del infierno. Y todos esos actos impuros producían culpas como hormigones gigantescos, como tarántulas que se te metían debajo de la camisa y te chupaban la sangre. Y entonces cómo no darle razón a aquél personaje de los Hermanos Karamazov que exclama: “Yo soy el cupable de todos los pecados del mundo; yo debo expiar todos los pecados del mundo”. Y los amigos se deleitaban en el delicioso tormento de seguir leyendo a los culpables y oprobiosos personajes de Dostoyevsky, que eran ellos mismos, sin la grandiosidad de los personajes, pero con la misma profunda sensación de culpa.

Diego tenía una rutina inderogable. A las doce y media salía de colegio. Llegaba corriendo a su casa, encendía la radio y ponía la estación 9.80, que transmitía los últimos éxitos de música juvenil norteamericana, y luego abría el último libro que estaba leyendo, inolvidable aquel en el que se tuvo que interrumpir con Raskolnikov que se queda con el hacha levantada, porque más inexorable que la lectura era el llamado de doña Trinis: “¡Muchachos, a la mesa, está servido el almuerzo!”. Y allí no había cuestiones, tirar el libro a un lado e ir a ponerse marcialmente firmes delante del plato de sopa, muy generalmente de pollo con arroz, y allí todo cambiaba, comenzaba los chistes de Rosa, las anécdotas de don Roberto Cosenza, las agudas observaciones de Doña Trinis, y el oscuro universo dostoyevskiano se quedaba atrás, tirado sobre la cama, con Raskolnikov alzando el hacha, sin saber si la va a descargar o no.

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Miguelangelón

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Hacia los 14 años de su vida, Diego Cosenza tuvo la inconcebible experiencia de la portentosa aparición de Miguel Ángel Asturias. Todo el mundo sabía que Miguel Ángel Asturias vivía en el exilio y todo el mundo sabía que, de vez en cuando, Miguel Ángel entraba al país, sin hacer mucho escándalo, ni tanto para salir en los periódicos, ni tan poco para no saludar a los amigos que le quedaban. ¿Soñó que había visto a Miguel Ángel Asturias o fue verdad que se cruzó con él? Ni siquiera sabía si era cierta la leyenda de los regresos furtivos del escritor. Tal vez era un puro cuento de los tantos que circulaban en la ciudad.

Diego estaba caminado por la novena calle, entre novena y décima avenidas (la ciudad es una cuadrícula perfecta que sueña la imitación de un campamento en donde dos reyes asedian a un maravilloso reino arábigo). En la novena calle estaba el único e inaugural supermercado del país. Cuando lo abrieron, una multitud de feria invadió el local sin comprar ni siquiera un cepillo de dientes. Entraban, abrían la boca, curioseaban y salían con las manos vacías ante los ojos de plato de las cajeras cuyo empleo era ver cómo la gente pasaba empujándose y exclamando, pero no comprando. Con el tiempo, todos se acostumbraron a la maravilla de ese lugar de película gringa en donde se podía comprar de todo, y que vendía las últimas novedades en auténtico, inodoro e indestructible plástico, nada de oloroso barro ni pintada cerámica como los nativos y humildes mercados de toda la vida. Era el progreso, según los entendidos.

Estaba caminando entre la novena y décima avenida y ahora que se acuerda, se pregunta qué estaba haciendo allí. De pronto, dos señores altos, profundamente morenos, del importante color café tostado de los poderosos mestizos del país, dos hidalgos de traje completo y sombrero, como en una fotografía color sepia, y uno de ellos idéntico a las fotos de Miguel Ángel Asturias que había visto mil veces, con un lunarón en la sien, con la voz estentórea de sus poesías: “Tecún Umán, el de las torres verdes, el de las altas torres verdes, el de las altas torres verdes verdes verdes…” Diego se quedó paralizado un momento, insignificante adolescente delante de los dos monumentales señorones que discutían apasionadamente, miró al que parecía Miguel Ángel, se dijo no puede ser porque Miguel Ángel Asturias vive en París, en Madrid, en Mallorca, pero puede ser porque era él, era idéntico a las fotos que había visto mil veces con reverencia, el falso perfil maya dibujado en el aire. ¡Cuánto no hubiera querido decirle: “¿Es usted Miguel Ángel Asturias!” ¿Y si le decía que sí, soy yo? ¿Qué le habría dicho un mocoso de 14 años al gran artista de las letras? ¡Maestro, yo lo he leído, yo lo admiro como admiro al Volcán de Agua, a las pirámides mayas, al aire terso de noviembre, a los barriletes gigantes de Santiago Sacatepéquez! En cambio, se quedó paralizado, como el que ve una aparición fantasmal, como el que ve una sombra, se voltea y no hay nadie, y dice, creí ver una sombra, creí pero ya no creo, deben ser imaginaciones o espantos. Dio un paso atrás. Caminó hacia la novena avenida, y luego quiso regresar, pero ya no estaban los dos señores, y por el resto de su vida Diego Cosenza creyó haber visto a Miguel Ángel Asturias en la novena calle y por el resto de su vida se recriminó el no haberle hablado. ¿O solo soñó que lo había visto?

Diego había descubierto por casualidad la obra de Asturias. Quizá no la habría leído sino hasta más tarde, cuando hubiera estado maduro para ello. En cambio, la leyó muy temprano, entre los doce y los trece años, por uno de esos azares que hacen de la vida una sorpresa permanente. Fue a causa de los amores de una mujer y a causa de que Doña Trinis apadrinaba esos amores clandestinos. Bueno, decir amores era mucho. Era un solo inextinguible amor y lo fue por toda la vida.

El amor de la amiga de su mamá se llamaba Mario, o quizá no se llamaba Mario como tampoco la amiga era exactamente una gran amiga. Era la hija de una amiga y andaría por los 30 años. Era diminuta, flaca como una brisa repentina, como un susurro en una iglesia, con ojos celestes enmarcados en unas gafitas que años más tarde John Lennon haría famosas. Quizás era bonita, Diego no lo podía jurar, pero sí tenía la nariz fina, la boca sutil y los dientes parejos. La piel, de tan blanca, parecía transparente y las venitas azules se exaltaban en su sien. Se había enamorado irrevocablemente de un tosco hombre muy moreno, medio calvo, bigotudo y apenas más alto que ella. Este recio hombre era pobre, mientras la muchacha tenía fama de rica, por los muchos inmuebles que poseía.

Vista la pobreza del enamorado, la madre de la amiga no lo podía ver, ni podía imaginar que su hija se casara con él, no obstante el férreo amor clandestino que ambos profesaban. Se daban cita en las iglesias, así la nena podía decir que iba a la misa del Calvario, y antes de que la misa comenzara, se perdían en una de las miserables pensiones que había por la 18 calle. Para mayores agravantes, Mario era comunista. Comunista de verdad, no de palabra. Andaba siempre con una pistola en la cintura, debidamente disimulada por chaquetas de cuero o de lana, y a veces lo acompañaba un zafio guardaespaldas descomunal y maleducado, que para eso era guardaespaldas. Mario tenia una imprenta en la Avenida Roosevelt.

A veces las citas se frustraban o a veces no había citas, y entonces llegaba la muchacha a tomar un café con champurradas, y se entretenía en largas conversaciones con doña Trinis, que le enjugaba las lagrimuchas que salían de los ojos claros de la niña. Otras veces llegaba Mario, y se sentaba delante de doña Trinis, y virilmente exponía sus penas de amor, mientras el guardaespaldas se devoraba el canasto entero de pan, y sorbía el café con rumorosos tragos, media nalga en la silla y media en el aire.

En una de esas visitas, Mario dejó olvidado un libro. Era pequeño como el breviario que los estudiantes del colegio usaban para confesarse, estaba impreso en papel biblia y se llamaba Obras escogidas de Miguel Ángel Asturias, Tomo I. Contenía Leyendas de Guatemala, El Señor Presidente y Sien de alondra (poesías). Lo dejó allí, sobre el mostrador de la frustrada tienda que no tenía vidrios, y quizá por la prisa de escapar a su casa, quizá por la paranoia, quizá porque los dioses lo quisieron, se le olvidó para siempre. Para Diego fue una tentación demasiado fuerte. Asturias era un autor prohibido, y Diego pensó que iba a encontrar en esas páginas quién sabe cuáles escenas de pornografía y crudo sexo. Era la edad de esas curiosidades.

No encontró nada de eso. Encontró la mágica y maravillosa puerta de la literatura, de la verdadera literatura, de la gran literatura. “La carreta llega al pueblo rodando un paso hoy y otro mañana”…. “Ronda por casamata la Tatuana” “El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos”… No pudo dejar de leer, hipnotizado por el lenguaje de encantamiento de ese señor de tez morena, de perfil de estela de Quiriguá, con un gran lunar en la sien, que aparecía en las primeras páginas del libro. Ya había leído a Dostoiesky, ya había leído a De Amicis, ya había leído a Dumas, ya había leído a Víctor Hugo, y le parecía imposible que un paisano pudiera llegar a tales alturas. Y de pronto, se le aparecía este Miguel Ángel Asturias más grande que todos. Uno que escribía como se hablaba por las calles de su ciudad. Pero más, mejor, más alto. ¡Entonces se podía! Uno que había nacido en el mismo suelo, respirado el mismo aire, visto los mismos volcanes, masticado las mismas palabras podía escribir a tan gran altura, donde el aire se hace irrespirable y el cielo se pone casi negro de tan azul.

¿Soñó o vio a Miguel Ángel Asturias entre novena y décima avenida, cerca del primer supermercado Paiz, frente al INFOP, a la vuelta del Instituto Central? ¡Si sólo le hubiera preguntado! Pero la eterna timidez le regaló ese sueño y Diego Cosenza, de vez en cuando, se miente a sí mismo diciendo: “A mí se me apareció Miguel Ángel Asturias, clandestino en Guatemala, en la novena calle de la zona uno”.

Los primos Rockefeller

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De alguna manera, la insospechada aparición de Felícitas Rockefeller desencajó la somnolienta rutina habitual de los Cosenza. Porque Felícitas no llegó sola, sino que trajo consigo a sus cuatro hijos, una especie de imprevistos primos nuevos. El mayor, Ezequiel, no estaba en el país. Mientras su madre se presentaba a doña Trinis como una nueva hermana, era plausible que Ezequiel estuviera hundido hasta el cogote en algún pantano vietnamita, sometido al fuego cruzado de los vietcongs. Había emigrado a los Estados Unidos, y para obtener la ciudadanía, se había enrolado en el ejército, con tan mala suerte que lo habían mandado de carne de cañón a combatir en Viet Nam.

Sus hermanas, la Kiki, la Telma y la Cuqui, se dejaron caer en la casa de los Cosenza con la confianza de los que se conocen desde toda la vida. Tenían más o menos la misma edad de Diego, Rosa y Teresa, y llegaban por las tardes, después de la escuela, a estrenar a sus primos nuevos, como quien encuentra un juguete en el desván y, lo más importante, a merendar con abundancia, vista la generosa escasez de fondos de la familia Rockefeller. Las primas eran flacas por el mucho no comer, y, como la madre, de huesos importantes que les imponían mandíbulas cuadradas. Lo que más impresionó a Diego fueron los dientes blancos, parejos y maizudos de sus primas, en contraste con los dientecillos de ratón de sus hermanas. Las tres muchachas jugaban con las muñecas prestadas, o jugaban de hacer comidita, pero no desdeñaban sentarse a ver televisión porque en su casa no había, y tampoco se hacían atrás en extenuantes y confusos ejercicios de lucha libre con su primo, Diego Cosenza, al que doblegaban con facilidad porque eran más grandotas y más forzudas. Como todos estaban en la adolescencia, don Roberto veía estos retozos con una cierta aprensión, y sólo descargaba un preocupado aforismo: “Juegos de manos, son de villanos”.

Ezequiel regresó de Vietnam porque había tenido la suerte de que lo hirieran de levedad en una de esas escaramuzas en que los gringos caían muertos antes de darse cuenta de que los vietnamitas les habían tendido una emboscada. Quedó vivo y casi ileso del cuerpo, pero no de la cabeza, porque en su cerebro se quedaron agazapados miles de vietnamitas listos a tenderle una trampa mortal, estuviera donde estuviera, y cuando lograba dormirse se despertaba dando de gritos porque estaba soñando con la celada que le valió el regreso a los Estados Unidos. También ganó, con tal desaguisado, la ambicionada ciudadanía gringa. El retorno provocó dos decisiones importantes: jalarse a la familia a los States, su flaca madre y sus retozonas hermanas, y comenzar un tenaz contrabando entre California y Guatemala. Puesto que no dormía, se venía desde allá en delirantes y alucinados viajes anfetamínicos con un furgón cargado de mercadería, que vendía a buen precio en el país. De regreso, llevaba tamales, chuchitos, rellenitos, frijoles negros y cuanta comida típica podía, para vender a los nostálgicos paisanos de Los Ángeles.

Mujer con Espejo de Fernando Botero

Allí se establecieron Felícitas, la Kiki, la Telma y la Cuqui, quienes, apenas puesto pie a tierra en el territorio norteamericano, se dedicaron a comer todo lo que no habían comido en patria, por lo que en el giro de dos años se habían vuelto unas inmensas matronas barrocas, con las caras mofletudas duplicadas como en lente de aumento, los brazos rollizos, los senos enormes y las barrigas colgantes como los jardines de Babilonia. Ya no podían cruzar la pierna al sentarse y caminaban como se mueven los zombies, un pie tirando para un lado y otro para el otro, toneladas retumbantes de luchador de sumo a cada paso. Eso no fue obstáculo para que encontraran rubios enamorados gringos, igualmente orondos y cachondos, de esos monstruosos norteamericanos de músculo y grasa, con el pelo cortado a lo militar, que poseen automóviles que parecen camiones de doble llanta y amortiguadores reforzados, fusil ametrallador detrás de la puerta y pavo relleno para el Día de Gracias, con los cuales gringos decidieron unir sus jamones para siempre, en alegres matrimonios de los cuales mandaban rechonchas fotos a colores, quién te viera y quién te vio, florecidas primas que antes fueron flacas y ahora desbordaban chuletas por todas partes. Terminaron todas diabéticas y colesterólicas, cosas que importan menos que el hambre y la carestía.

Mientras tanto, Ezequiel seguía con sus comercios dudosos y sus lisérgicas y espantosas visiones insomnes. En Guatemala, dormía en la casa de su madre, quien no la había querido vender, pues siempre soñaba con el regreso. Todos los inmigrados están a punto de regresar, solo un tiempo más para juntar el dinero y retornar como reyes a su país, y en esas están cuando se les presenta San Pedro tintineando las llaves, y les da su nube, sus alas y su lira. En una de esas, hubo uno de los tantos terremotos que cada cuando asolan el país, y Ezequiel se dejó venir con el furgón cargado de víveres y buenos sentimientos para ayudar a los compatriotas. No contaba con que después de un terremoto vienen los sismos de asentamiento, y estaba de visita en casa de los Cosenza cuando, en eso, la tierra comenzó a vibrar en uno de esos temblores que los gringos, faltos de palabras, llaman earthquake. Apenas la bombilla de la sala comenzó a ondear como si un invisible ventarrón la estuviera azotando, Ezequiel pegó un brinco, abrió los ojos apocalípticos de terror, y salió corriendo a la calle dando gritos de manicomio. Los Cosenza se quedaron extrañados, porque un temblorcito de esos era solo para darse un sustito de 2.1 en la escala Richter del miedo. Ese mismo día Ezequiel se regresó a Los Ángeles, luego de haber vendido bastante bien, a algunas familias ricas, las solidarias mercaderías que había traído para sus paisanos.

Un día, doña Trinis estaba regateando unas naranjas a su marchante, que pasaba todas las semanas con una red como de mil quintales a la espalda, cuando llegó un vecino de los parientes Rockefeller. “¿Usted es doña Trinis Parrales?”, le preguntó. “Sí, qué quería”, lo desafió doña Trinis, que no tenía otro tono para los extraños. “Es que se murió un su pariente”. Doña Trinis pensó que uno de sus hermanos había tenido una accidente. “¡Quién, quién fue!”, le gritó al mortal mensajero. “Un su sobrino”, le dijo el otro, arrepentido de haberse echado a las espaldas semejante embajada. “Yo no tengo sobrinos”, se calmó doña Trinis. “¡Cómo no, el gringo, el que trae ropa de los Estados Unidos! Ése se murió”. “¿Ezequiel se murió?”. “Así creo que se llamaba”.

La única vez que se pudo quedar dormido, quién sabe qué estaba soñando. Quizá estaba en la jungla de Viet Nam, caminando sigilosamente entre los manglares, medio cuerpo dentro un pantano, cuando de la nada había salido un vietcong y le había descargado una granada. Ezequiel solo había visto el estallido incandescente de la bomba y no pudo decir nada. Se le paró el corazón. Dos días después, los vecinos lo encontraron, triste cadáver en su aterrorizada cama, alebrestados por el olor a peste que salía de esa casa que creían vacía.

Bailes y repasos

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Un azaroso laberinto desorganizado, la casa de los Cosenza sufría domésticas metamorfosis cotidianas: se convertía en el fabuloso Grand Prix de Montecarlo para que David, el más pequeño, hiciera carreras llenas de accidentes con su carrito de latón y pedales. La hermana menor parecía una versión disminuida de los centauros, pegada siempre al triciclo hasta en la hora de la comida. La casa se convirtió, además, en una escueta pista de baile durante la adolescencia de los tres hermanos mayores. La historia fue así: a Diego no le gustaba bailar, como no le gusta bailar a todos los varones que están enfrentando la dura batalla de la pubertad. Sin embargo, Rosa y Teresa comenzaban a asistir a fiestecitas domésticas organizadas por sus compañeras, en donde el refresco de canela con azúcar era parejamente obligatorio al baile de las piezas de moda en esa época.

De modo que se apartaban sillas, se arrimaba la mesa a la pared, se despejaba el campo y Rosa ordenaba: “¡Diego, a bailar!” Y con cara y actitud de mártir resignado, Diego servía de palo de escoba para que sus hermanas ensayaran los nuevos ritmos. Por suerte, el rock era considerado cosa de viejos y de ese modo Diego se había salvado de las acrobacias imposibles y los contoneos, devaneos y culipandeos de Elvis Presley. También se salvó de usar gomina y de hacerse un rulo sobre la frente. Lo que hacía furor en ese momento era un baile llamado twist, también atlético pero sin figuras, sólo era mover los pies como agujas de reloj descontroladas. Estaba hecho para huesos y coyunturas adolescentes, porque un adulto se hubiera quedado tieso a las primeras de cambio. Con el twist, Diego salvaba la cara y sus hermanas también, porque se estaban horas repasando para que las muchachas no hicieran mal papel en las fiestas. (Una vez, una de ellas regresó furiosa: “Me sacó a bailar un pelado espinudo. Nomás comenzamos a bailar me preguntó: “¿Has leído a Dostoievsky?” Yo le pedí que me regresara a mi silla”.)

Lo más difícil eran los bailes tradicionales. Diego, que en la danza parecía un muñeco desbaratado, demostraba una deslumbrante torpeza. El vals parecía fácil en las películas, como en el momento en que Alain Delon hace girar sobre las nubes a Claudia Cardinale. Pero lanzarse a conducir a Rosa o Teresa al compás del “Danubio Azul” ya era cosa complicada. Las primeras veces sus hermanas se ponían furiosas por los pisotones que el inútil les propinaba a cada vuelta, hasta que Rosa dio con el clavo. “Mirá”, le dijo. “El truco está en que es el hombre quien conduce el baile. La mujer solo se deja llevar”. Y le dio el secreto para ser considerado un discreto bailarín por el resto de sus días. “Tenés que hacer que la mujer ponga su mano sobre tu antebrazo izquierdo, el que no está levantado. Con ese brazo, le das el ritmo a tu pareja, mientras con el otro la guiás por el salón”. Con sorpresa, Diego comprobó que su hermana tenía razón. Era un suave mandato que se comunicaba a la compañera de baile sin que se diera cuenta, y ambos parecían un mecanismo de reloj.

Los otros bailes, la cumbia, la salsa, el cha cha cha, el merengue y lo que fueran ritmos del Caribe simplemente se bailaban separados, y allí aprendió que todo estaba en mover las caderas al ritmo de algún lugar al centro de su cuerpo, que no era precisamente el cerebro. Muchos años después, una película italiana iba a ganar el Oscar al ritmo de “¡mueve la colita!”, el gran secreto de los ritmos afroamericanos. Y Diego, que en su país era un pésimo danzarín, en el extranjero se lucía como un Baryshnikov tropical, al descubrir que podía estar bailando horas y horas, hasta extenuar a sus parejas.

No era así en su adolescencia. No ha nacido aún el filólogo que averigüe por qué esas fiestas de adolescentes se llamaban “repasos”. Campo inmenso de investigación. A Diego y sus amigos los invitaban poco, porque por dárselas de intelectuales y pasar el tiempo discutiendo más de novelas que de poesías, las muchachas preferían invitar a los fornidos jugadores de fútbol, más entradores y prestigiosos que los mustios imitadores de Bécquer. Sin embargo, una vez el grupo fue invitado por una tal Aracely, flaquita y a punto de ser bonita, si no fuera porque no lo era, estaba en esa cuerda floja en que una chica no es fea porque no se puede decir que lo sea, pero tampoco esa exención le da el título de belleza. Las amiguitas de Aracely no la superaban en beldad. Ese grupo organizó un repaso y a ese repaso fueron los intelectuales, más tímidos que atrevidos, más pudorosos que descarados, más trabados que sueltos. Se sirvieron los vasitos de refresco y pusieron el tocadiscos.

Costó un mundo y mitad del universo para que los muchachos se atrevieran a sacar a bailar a las chicas, pero al fin lo hicieron. Allí fue donde Diego quedó rendidamente agradecido a sus hermanas, mientras sus amigos les destrozaban los callos a las señoritas. Diego bailó con Aracely, que le hacía unos ojos como de estar en trance y se le recostaba en el hombro. Solo que la organizadora de la fiesta no le gustaba. A decir verdad, no le gustaba ninguna de las que estaban allí. Al más hablador del grupo, Turis Montenegrino se le pegó la más gordita, y se le pegó de tal modo, que por más esfuerzos que hacía Turis no hubo modo que se le despegara en toda la tarde. Más, la gordita se le apechugaba peligrosamente, lo llevaba hacia un rincón oscuro, y Turis sudaba mientras los amigos se morían de la risa. Tuvieron que pasar meses para que dejaran de tomarle el pelo. Torpes, trabados, desconcertados, salieron del baile con algo de calor, algo de rubor y algo de mareo. Al parecer, ninguno había conseguido novia, ni siquiera un beso, ni una cita, ni un nos vemos a la salida. Demás está decir que las muchachas no los volvieron a invitar a nada. Años después, supieron que Turis se había hecho novio de su pareja sin que nadie lo supiera y que el noviazgo había durado la barbaridad de dos meses. Una vida para el tiempo distendido de los púberes.

Otra cosa eran las fiestas oficiales de la familia: los matrimonios, los bautizos, las primeras comuniones. En esos casos, se alquilaba marimba, un instrumento musical muy popular en algunas partes de México y en toda Guatemala. Fuera de allí, nadie lo conoce. Está compuesto de un extenso teclado de maderas finas. El sonido que produce es intensamente profundo, largamente melancólico, hondamente triste, como una extensa tarde de lluvia persistente entre las nieblas del altiplano. No se puede negar su belleza, triste y oprimente como el recuerdo de un amor malogrado. Con ese melancólico instrumento los paisanos de Diego pretenden levantar la alegría de las fiestas.. Una vez, don Roberto Cosenza se fue con una beca a Puerto Rico. Llevó consigo varios discos de marimba. Al regresar, se lamentaba: “¡Nunca lo hubiera hecho! ¡Los puertorriqueños se quedaban asombrados de que consideráramos música a los lamentos sin esperanza y sin consuelo que son nuestras piezas musicales! ¿Eto é música, chico? Nos preguntaban. ¡Nunca más!”

En cambio, una vez efectuado el matrimonio, el bautismo, la primera comunión, se regaba el piso de pino, y las parejas se lanzaban a danzar, con una cierta resignación, el 6×8, los valses, las polkas, las mazurcas que sonaba la marimba, y todos estaban muy serios bailando, muy derechos, muy caballerosos, las cabecitas subiendo y bajando, la única ventaja era que se trataba de un baile obligadamente de pareja y medio abrazados, lo que era aprovechado por ambas partes para acercamientos que, en otras ocasiones, la severa sociedad no permitía. Muchos años después, a Diego lo invitaron a hablar de la música de su país. “Voy a hablarles de la nada”, comenzó su charla.

El Veneno

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Entre las tantas vagancias ejercidas por Diego Cosenza en su primer año de secundaria estuvo la publicación de un pequeño periódico, al que llamó, quién sabe por qué, “Veneno”. Constaba de una hoja impresa en ambas caras del papel, a dos columnas, por lo que se podía doblar y se convertía en un panfleto de cuatro páginas. Para imprimirlo, abusó de la colaboración del Padre Chinto, un cura costarricense muy joven y muy ingenuo, que andaba siempre en las nubes y cuya relación con la realidad terrestre era ampliamente dudosa. Al padre Chinto lo mandaban de guía en las excursiones escolares y era el primero que se perdía. Al padre Chinto no le importaba que su clase fuera un desmadre pavoroso, es más, contribuía al relajo sentándose en el suelo y conversando con los muchachos en lugar de impartir su lección. Al padre Chinto sus alumnos lo beatificaron y canonizaron antes de que cumpliera treinta años, porque ignoraba en absoluto la maldad y navegaba en un mar de beatitud con una sonrisa de felicidad taoísta, como si lo hubieran hecho bajar en ese instante del paraíso y solo se hubieran preocupado de quitarle las alas.

De modo y manera que, siendo el padre Chinto encargado del mimeógrafo, y ejerciendo con sus alumnos más complicidad que autoridad, no tuvo ningún reparo en prestarle a Diego el mimeógrafo del colegio. Después de las clases, cada fin de mes, Diego llegaba con sus esténciles a la sala de impresión y con la ayuda del sacerdote imprimía cien ejemplares de “Veneno”. El folletín no publicaba noticias. Publicaba olvidables y no siempre graciosas bromas, todas inventadas por el mismo Diego. Era una especie de colección de aforismos, o de chistes, que no llegaban a las tres líneas. Poseían este estilo infantil: “Dicen que a Ramírez Heredia le llaman “Pelopincho” porque tiene los pelos más espinudos que un cactus del desierto de Sonora”. “A Juanito Celorio lo traen rodando de su casa porque cada vez está más gordo”. Estas inocentadas gustaban mucho a sus compañeros, que le compraban los ejemplares de “Veneno” a dos centésimos cada uno, y hasta hacían cola los primeros días del mes, cuando Diego se ponía en la puerta de la clase a vender su diario escolar. Por supuesto, en un país de gente pacífica y dialogante como el suyo, muchos de los afectados por las tomaduras de pelo venían a amenazarlo de romperle la cara, con un refinado lenguaje digno de un lord inglés: “Mirá vos imbécil, si creés que hacés reír con esas idioteces, te voy a quebrar el hocico”. Milagrosamente, ninguno cumplió su promesa, lo cual incitó a Diego para seguir publicando impunemente sus ocurrencias, que a veces tocaban también a los maestros, los cuales no se daban por enterados de lo que seguramente se enteraban.

El único que le pegó fue el padre Aranguren, que frisaba la misma edad del padre Chinto, solo que, a diferencia del padre Chinto, tenía mal carácter y sopapo fácil. Aranguren era el maestro de feroces y retumbantes matemáticas a gritos, pues su vozarrón peninsular apostrofaba de burros, animales y tarados a los temblorosos estudiantes que pasaban a la pizarra a tratar de resolver los problemas que planteaba el libro de texto, empresa que nunca tenía éxito, o porque eran como los describía Aranguren o porque el cura les provocaba tal terror que les suspendía el juicio. Una mañana, faltó el compañero de Diego que se sentaba detrás de él, y Aranguren dispuso impartir la lección sentado en ese pupitre. Los gritos del maestro resonaban en los oídos de Diego, y, en una de esas, Aranguren le vociferó a un tembloroso compañero: “¡Nooooo, idiota, esa raíz cuadrada no existe, gilipollas!”. Al do de pecho de Aranguren, Diego tuvo un gesto espontáneo: se cubrió las orejas. Nunca lo hubiera hecho. El cura le asestó un manotazo en la cabeza, que lo hizo voltearse con rostro entre sorprendido, angustiado y doloroso, mientras Aranguren lo amonestaba: “¿Y tú que te crees para hacer esas insolencias, cretino? ¡Ya sé que te crees la mamá de Tarzán porque publicas tu “Veneno”, y le haces competencia desleal al periódico del colegio!”. Solo otro bofetón le pudo dar, porque en eso sonó la campana del recreo y Diego se escabulló hacia el patio.

Era verdad. El Colegio tenía su periódico oficial, en donde publicaban los alumnos más sobresalientes de los grados superiores, gente distinguida como Vinicio Cerezo, que llegaría a Presidente de la República, o Mario Illescas, que iba a ser Registrador Oficial de la Propiedad. Diego no era nadie delante de esas eminencias, y su inocente “Veneno” no se comparaba con la publicación de 30 páginas, a veces a colores, que representaba al colegio. El detalle estaba en que Aranguren era el director del periódico oficial, y su naturaleza colérica no le dejaba ver la diferencia con la mínima iniciativa de Diego Cosenza. Con esto, Diego aprendía que el oficio de escribir, si hecho con valentía aunque con miedo, no tenía como recompensa premios y distinciones, sino persecución, castigo y pena. Aprendió otro elemento importante de la escritura: si tu vocación es real, no importan las amarguras, vas a persistir contra cualquier obstáculo.

Muchos años después lo iba a confirmar en las cartas de Rilke a un joven poeta. Si no tienes éxito, si todo es un fracaso continuo, si nadie reconoce tu valor como escritor, y, sin embargo, insistes en la obsesión de la escritura, entonces estás poseído por el demonio de la vocación, y nada podrá ser un obstáculo para que sigas escribiendo. Habrá quienes, como Kafka o Vallejo, serán reconocidos póstumos; habrá muchos más que ni siquiera la posteridad reconocerá. Mas el espíritu habrá entrado en ellos y habrá dirigido su mano para componer palabras y palabras, mundos de imaginación, espacios paralelos, universos desconocidos. El éxito es una variante lateral, un incidente, una casualidad. La única gloria del escritor está en el momento de escribir.

Cuando leyó el sencillo consejo de Rilke, comprendió que solamente en la soledad de su conciencia podía responder con honestidad si su vocación era sólida o solo una fatua pretensión, una petulancia, una manera de sobresalir como cualquier otra. Dice Rilke: “Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Sí, debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida”.

De ese modo, redactando las bobadas que irritaban y alegraban a sus compañeros, imprimiéndolas con la complicidad del padre Chinto, desafiando al padre Aranguren y sus furias estruendosas e hiperbólicas, vendiendo a dos centésimos su modesto “Veneno”, Diego no hacía otra cosa que dar razón a Rilke, sin haberlo leído, como anticipando una lectura que le serviría de consuelo y reflexión años después.

La familia Rockefeller

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El advenimiento de lo imprevisto rompió la apacible inquietud de los Cosenza, un día que una señora huesuda, alta, con gafas de barata presbicia, algo de bozo y con cabellos largos de Siguanaba, tocó a la puerta de su casa. “Quiero hablar con doña Trinis”, dijo a la asombrada doméstica que le había abierto. Eran tiempos en que se abrían puertas y portones a quien fuera, tiempos en que las casas no estaban selladas a doble llave, tiempos en que incluso se dejaban de par en par las entradas de las casas para que circulara el aire. A esa puerta se presentó la fantasmal señora que buscaba a la matriarca de la familia Cosenza.

Como siempre, doña Trinis la enfrentó como quien espera una amenaza, una agresión, una ofensa. “¿Usted quién es y qué quiere?” le espetó casi haciéndola recular. La otra, con voz aguda y temerosa, le dio una respuesta que dejó seca a doña Trinis y dejaría secos a todos los familiares que se iban a enterar de la visita. “Soy su hermana. Su hermanastra. Soy la hija de su papá, don Nicasio Parrales, y soy la mayor, porque don Nicasio me tuvo antes de hacer familia en Chimaltenango”. La primera reacción de doña Trinis fue de furibunda negación: “¡Cómo se atreve a decir eso! ¡Cómo se atreve a manchar el recuerdo de mi padre! ¡Cómo se atreve a enlodar su vida de santo!”. Doña Trinis, madre de Diego Cosenza, consideraba santo a su padre por dos motivos: porque toda su vida se mantuvo en las iglesias, dada su profesión de armonioso organista sacro; porque murió de infarto dos segundos después de haber comulgado el día del Sagrado Corazón de Jesús.

La desconocida, todavía en el umbral, bajo el sol en picada de noviembre que se esparce desde un cielo barrido por el silbo del viento, no se hizo atrás. “Habrá sido un santo, pero antes de hacer familia preñó a mi madre y luego la abandonó. Lo único bueno que hizo fue reconocerme. Llevo su apellido, mire” y le enseñó la cédula de vecindad, donde figuraba su nombre: Felícitas Parrales de Macario (Macario era el apellido del esposo que había incurrido en la repetición de abandonarla). Doña Trinis pasó de la furia al desconcierto. Salió con una respuesta que tiempo después iba a hacer reír a todos. “Pero si ni siquiera nos parecemos”.

Era cierto. Doña Trinis era una mujer hermosa, no obstante los hijos y las pobrezas. A falta de dinero, había dedicado buena parte de su vida a conservar dos virtudes que eran suyas y de nadie más: belleza y carácter. Una vez, al regreso de una tarde de compras, la doméstica dijo a los pasmados hijos: “Los hombres se le quedan viendo a las piernas de su mamá. Y le dicen cosas…” Los Cosenza no podían ver a su señora madre, a quien consideraban vieja por el hecho de ser ellos niños, como una mujer y menos como una mujer hermosa. Era su mamá y a veces daba miedo cuando se enfadaba. Atribuirle belleza, seducción, atractivo era como decir que había bajado directamente del cielo a la tierra.

No. No se parecían. La mujer, la apócrifa hermana, parecía un reflejo de espejó cóncavo, alargada y pelosa, le faltaban algunos dientes, tenía la cara chupada y sus gafas le agrandaban los ojos, como si viviera perpleja o como si viera el mundo detrás de una pecera. Le faltaba un elemento que distinguía a los Parrales: una cierta belleza, también en los hombres, que venía directamente de don Nicasio (así aparecía en la única foto que la abuela tenía sobre la cómoda, blanco, andaluz, rozagante, de pelo rizado y bigote de coquetería), y una gracia al hablar que hacía divertido todo lo que dijesen. Felícitas era magra también de temperamento, peor aún, era dócil y condescendiente, lo último que se podría decir de los Parrales, Doña Trinis a la cabeza y sus beligerantes hermanos detrás.

Los tíos de Diego eran una diversión ambulante y cuando llegaban a visitar la casa de los Cosenza, hacían que sus sobrinos se cayeran al suelo de la risa. Los diálogos entre doña Trinis y sus hermanos eran batallas fulgurantes de humor y salacidad, pues tenían la rara virtud de poder decir palabrotas sin que sonaran mal. Cada uno tenía su gracia: Albino era cínico y desencantado, y propinaba sentencias escandalosas de ejemplar inmoralidad; Nicasio, que había heredado el nombre paterno, era zafio, se chupaba los dientes y se pedorreaba con una cierta elegancia, pero contaba los mejores chistes del universo, y era una lástima que tuviera el trago triste y se pusiera a llorar cuando se emborrachaba; Alfredo era el intelectual de la familia, pues se había graduado de maestro en educación rural, había vivido en los Estados Unidos, había sido marine, y se ganaba la vida con las clases de inglés; sobrio, era impávido, inmóvil e inmutable como los eternos tótems de madera de los sioux o los cheyenes; borrachín, se le despertaba el fauno mitológico y desaforadamente se le echaba encima a las mujeres, sin distinción de belleza, edad o estado civil. Alfredo complació para toda la vida a doña Eduviges, cuyo desabrimiento alelado la hacía parecerse inevitablemente a Stan Laurel, el flaco de las películas mudas. En una de sus ebriedades, Alfredo la asaltó con tantos requiebros, requerimientos y resobadas que la señora sonrió por primera vez desde que visitaba la casa. Naturalmente, la sangre no llegaba al río, porque doña Trinis imponía orden de inmediato. Y en otra borrachera, persiguió a la dentista recién divorciada, que muerta de la risa corría alrededor de la mesa y parecían uno de esos dibujos animados en que no se sabe quién persigue a quién.

Las hermanas de doña Trinis también eran graciosas, cada quien a su modo. Tranquilina ponía apodos certeros y devastantes, de esos que con una palabra desvelan defectos ocultos o demasiado visibles. A una muchacha que frecuentaba la casa, la llamó “Culo de Uva”, y no hubo modo de verla de modo diferente a partir de ese momento. Y cuando alguien recibió una herencia considerable, sentenció: “Herencia y dote se vuelve cerote”, pronosticando la funesta dilapidación de lo que se recibe sin mérito. La Piqui era llamada así por ser la más pequeña. Quizá era bonita o atractiva, porque tuvo algunos novios escandalosos. También ella ostentaba una lengua venenosa, pero, quizá por su edad o quizá por carácter, sus comentarios sarcásticos eran solapados, de efecto muy posterior a la inocencia con que habían sido dichos. Se quedó embarazada de ignoto casanova, cuyo nombre no quiso revelar hasta la muerte. Tuvo un niño que no se parecía a nadie de la familia, por lo que, viéndolo, se podía deducir que el culpable era gordo, bocón y dientudo.

La primera medida para averiguar la veracidad de Felícitas, quien esa primera vez tuvo que regresar a casa sin ser invitada a entrar, fue recurrir a la autoridad suprema de la familia Parrales. O sea, las hermanas de don Nicasio, que pastoreaban una vigorosa ancianidad en el lejano pueblo de Ciudad Vieja, en donde todo parecía cubierto por un polvillo de anticuariado, incluyendo a las tías Parrales, matronas imponentes de trenza y rebozo, que parecían salidas de un daguerrotipo sevillano de la época de Gustavo Adolfo Bécquer y cuya sonrisa tenía la determinación amenazadora de los ojitos amarillos de Madame Blavatsky. Se ufanaban de su ascendencia hispánica, y ostentaban el apellido Parrales como si perteneciera a la más refinada nobleza de algún campesino lugar ignoto en la lejana Madre Patria. Las tías Parrales eran los caudillos del lugar, jefeaban todas las Cofradías habidas y por haber, trataban a los indígenas como si ellas solas acabaran de conquistar América, y se expresaban en un español de pergamino y manuscrito medieval. Por sus altos cargos, organizaban todas las pastorelas, los Autos y las Loas, que por deformación profesional llamaban “las Logas”.

Cuando una destemplada doña Trinis llegó con las tías para indagar sobre ese episodio que oscurecía el pasado de don Nicasio Parrales, la primera de ellas, la niña María Isadora Parrales Irisarri, que carecía de dientes superiores y cada vez que decía algo importante sacaba la mandíbula inferior y dejaba ver una muralla de dientes amarillos, exclamó: “¡Ea, recontrarrejodido!”. Hablaba así, como en un auto de Lope de Rueda. Decía “dende”, “fierro”, decía “malhaya” y “aloye”, decía “tonce” e “idiay”. Sólo faltaba que dijera “maguer”, pero no lo decía. Mas luego de exclamaciones, improperios, maldiciones y blasfemias, las tías de Ciudad Vieja dictaminaron: era verdad. Don Nicasio Parrales había tenido una hija natural de la que habían perdido la traza. Añadieron que no la querían ver ni en pintura.

Al regresar a la capital, Doña Trinis reunió a la familia. Discutieron largamente sobre la admisión de la recién llegada, que en verdad era la primera en haber llegado, al círculo exclusivo de los Parrales, que no eran nadie, pero como demostración de su herencia hispánica se jactaban del apellido como si fuera un blasón otorgado por Carlos V o Isabel la Católica. Y estaban entre que si era una verdadera Parrales o una Parrales a mitad, cuando la intervención del cínico Albino resolvió toda duda. “¿Parrales?”, se rió con mitad de la boca. “¡Hombre, ni que fuera Rockefeller!” Con esa devastadora constatación, Felícitas Parrales fue admitida en la familia. De vez en cuando era llamada con sorna “Felícitas Rockefeller”.

 

La educación física

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La apasionante profesión de maestro puede declinarse en un descolorido crepúsculo de melancolía cuando pesan los años, las frustraciones y también la barriga, como en el caso del anónimo profesor de Educación Física, que con su cuerpo desmentía el nombre de su materia. Quizá fue un atleta en sus buenos tiempos, pero cuando llegó a enseñar las excelencias de la gimnasia a Diego Cosenza y sus compañeros, era un hombre gordo, bofo, de extremista pelo rizado como si hubiera pasado la noche con rulos, importante nariz chata, gruesos labios carnosos y crudos, baja estatura y una panza repugnante que lo precedía como si fuera el anuncio de su inminente presencia. El apodo sonaba muy feo: “Chichibuche”, pero de alguna manera esa fealdad del nombre retrataba la resignada fealdad de su portador, que, siendo profesor de Educación Física, no podía exhibir sus excelencias espirituales. La otra característica de Chichibuche era su infinito aburrimiento, el evidente deseo de que la hora de clase se terminara antes de comenzar, su falta de imaginación y de entusiasmo.

De ese modo, comenzaba sus lecciones con infinitas vueltas al patio, un, dos, un, dos, un dos, un dos, corran, muevan las piernas, hagan ejercicio, y todos corriendo como los hampsters en las cíclicas ruedas de su eterno retorno. Y una vez dadas unas veinte vueltas al patio del colegio, extendía una especie de colchón, donde uno por uno los desganados alumnos pasaban a dar vueltas de gato y el gusto era caer parado, cosa que a Diego Cosenza se le volvió un problema, porque salía de la vuelta de gato como Silvestre, el de las caricaturas, siempre a punto de romperse el morro en el trastabilleo de los últimos pasos. Otro ejercicio era apoyarse en los hombros del compañero de adelante y saltar sobre él, (“caballito”, lo llamaban) cosa para nada difícil, pero que Diego fallaba y se caían juntos, el compañero y Diego, en medio de risas y bromas. También estaban las barras y las paralelas, que la mayor parte de sus compañeros usaban para exhibirse en maromas de circo, ágiles, elásticos y atléticos, y en esos ejercicios Chichibuche erogaba un certificado de exoneración para los inútiles de la clase, no se le fueran a romper y entre los inútiles, no hay necesidad de decirlo, estaba Diego Cosenza, todos sabían y estaban de acuerdo que sólo servía para leer y escribir. El otro exonerado por excelencia era Cohen, un flaco rubio rebelde que no habría querido ir al colegio nunca, y que exhibía una huelga de brazos caídos permanente, por la cual simplemente no obedecía las órdenes recibidas. Cuando quería, daba exhibiciones asombrosas de atletismo, pero en las clases de Chichibuche se sentaba por tierra y observaba, con sorna, las miquerías de sus compañeros.

Diego había entrado a la escuela secundaria y se había quedado asombrado por los cambios que traía. En lugar de un solo maestro que enseñaba todas las materias, como en la primaria, aquí había un maestro por cada curso. La mayor parte eran estudiantes universitarios que se ganaban algún dinero mientras sacaban la carrera. Los había feroces y terroríficos, como el cejijunto de Matemáticas, que con solo entrar a la clase mataba las moscas y a los otros insectos, sus ignorantes alumnos. Tenía rostro de raíz cuadrada, manos de albañil y cabellos de cepillo de alambre. Sus exámenes eran los más temidos del curso. En el extremo opuesto, el maestro de inglés, llamado “El Divino Maestro”, porque era delicado y aflautado, y sus modos suaves y blandos contrastaban con el machismo de corral equino que ostentaban sus alumnos. Mientras el Divino Maestro desgranaba las conjugaciones de To Be or not To Be, los salvajes desbocados se tiraban de los pelos, incendiaban el pupitre de alguno que ponía atención, hacían volar avioncitos de papel, se contaban chistes desternillantes, de modo que en la clase de Inglés de todo se aprendía menos inglés. La competencia para ver quién daba la clase más aburrida tenía varios candidatos, pero de seguro los maestros de Lenguaje aventajaban a los demás. Si la Matemática tenía la apariencia de los glifos mayas, cuya desciframiento estaba todavía por llegar, la Gramática no solo era incomprensible, sino incomprensiblemente aburrida. Mortal como la Gramática, la clase de Literatura era una ensarta de nombres de hombres que habían escrito versos y narraciones que, para la mentalidad cerrera y cimarrona de los aprendices de patriarca ultramontano, no podían ser sino mariconadas.

No lo eran para el grupo de amigos de Diego, quienes, durante las horas del recreo, se juntaban para hablar de todo: de música, de novela, de poesía, y, pobres de ellos, de la ignorante filosofía menor que puede, con encendida pasión, manejar un adolescente. No saber nada de nada, y estar consciente de no saber nada, era la mejor condición para que las discusiones se encendieran de fuego chisporroteante, sin más conclusión que la campana llamando a la cárcel de las clases. Descubrían el mundo de las letras en modo autárquico y desordenado, según lo que encontraban en casa o en las bibliotecas. El primer libro que se pasaron y que leían clandestinamente, debajo del pupitre, mientras fingían seguir el razonamiento del padre Magaña sobre sujeto y predicado, fue una “Antología del cuento centroamericano contemporáneo”, editada en Perú por un tal Manuel Scorza, y hecha quién sabe dónde por un tal Miguel Ángel Asturias.

La mayor parte de los cuentos eran regionalistas, pero tenían la fascinación de lo nuevo y de hablar de cosas nuestras. Manuel González Celedón, “Magón”, de Costa Rica, tenía un relato llamado “El clis de Sol”, en donde el narrador cuenta que tiene un amigo campesino. La descripción es declaradamente racista: el amigo del narrador es uno de los personajes más feos de la literatura universal y posee una característica de la cual Magón se burla, la piel morena. Tiene el amigo moreno una ristra de hijos, todos feos, patudos y morenos como él, menos una niña, preciosa rubia de ojos claros que sale de Virgen en las procesiones. Interrogado ante la rareza de la excepción, el ingenuo campesino declara que la blancura de su hija se debe al “clis de sol”. “¿Y cómo lo sabes?”, le pregunta Magón, paternal. “Me lo explicó un ingeniero italiano que dormía en casa por esos tiempos”, concluye el cuento. Y Diego se reía sin sospechar que era cómplice del racismo del narrador.

Habia otros cuentos memorables. El único escrito por Ernesto Cardenal, “El sueco”, con la altura de sus mejores poemas. Algunos de Salarrué, como “La botija”, en donde un haragán cree que los españoles han enterrado en su terreno baldío, que él se resiste a trabajar, una botija de oro. Entonces, movido por la codicia, se levanta de la hamaca en donde suele pasar todo el día y se mete a remover la tierra. No tiene éxito. La botija no aparece. Entonces, ya que está removido el terreno, siembra algunas semillas y la cosecha que recoge lo hace rico. No halla nunca la botija, que nunca existió, pero encuentra el placer del trabajo y la recompensa de éste. También estaba “Semos malos”, donde un padre y su hijo, vendedores viajeros, son masacrados por una banda de ladrones que les roban la mercancía. Entre lo que llevaban los dos pobres asesinados, está un “gramófolo”, y un disco con canciones de amor. Lo ponen a funcionar, y la dulce música que sale del aparato enternece a un bandido, a quien se le escapa una lágrima mientras exclama: “¡Semos malos!”. Quizá el más popular, en el grupo, era el cuento del hondureño Froilán Turcios, “La mejor limosna”. Se desarrolla en una noche de tempestad y miedo, con los rayos que alumbran un instante las tinieblas como si fuera día, y truenos retumbantes como temblores de tierra sacuden la atmósfera y hacen estremecerse los muebles de la casa. Un famoso bandido está en su hogar, en espera de la cena. Oye que tocan a la puerta. Bañado por las ráfagas de lluvia, un miserable pordiosero, en el último estadio de la degradación, le pide “una limosnita por el amor de Dios”. El bandido desenfunda el revólver y le pega un tiro. “¡Esta es la mejor limosna que te puedo dar!”, exclama.

Era esto lo que Diego Cosenza y sus amigos aprendían en el primer año de escuela secundaria, a pesar de sus pésimos maestros, a pesar de la disciplina rígida que prohibía conversar (para evitar las esotéricas “malas conversaciones”), a pesar de los pesados e insoportables programas escolares inventados por el Ministerio.

La estantería

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La disparatada afición de don Roberto Cosenza por los libros se declaraba en una heterogénea estantería donde campeaban varios desatinados volúmenes en un riguroso orden desigual y caótico. No porque don Roberto fuera desordenado (que lo era), sino porque compraba los libros según el sube y baja de sus finanzas, casi siempre más en baja que en sube. Tampoco la estantería había sido destinada, en sus orígenes, a fungir de biblioteca. Pasó algo típico de la historia de esa familia en eterna deriva económica, cuyas velas se hinchaban casualmente, según soplara el viento de los préstamos bancarios o la venta de libros de contabilidad.

De ese modo, a una Guía de Italia, mítico país utópico que don Roberto adoraba sin conocer, solamente porque su padre había nacido allí, se apareaba una Historia de la economía del mundo occidental, comprada cuando el jefe de familia estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas. También estaba el piratesco El imperio del banano, una historia del aventurero Minor C. Keith y su bucanera United Fruit Company, que don Roberto mantenía siempre a la vista, para no olvidar a la Revolución del 44 y a quienes se la bajaron limpiamente. Y a continuación, una inconclusa Enciclopedia Larousse ilustrada, comprada a plazos al mismo achimero que le vendía sus recopilaciones de leyes. Estaba incompleta porque cuando no pagaba los plazos, no llegaba el volumen.

Un estante más alto, dominaba el panorama una imperiosa edición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, con ilustraciones de Gustavo Doré, libro también pagado a plazos, solo que por ser macizo e indivisible estaba completo de parte a parte. Y, más arriba, la arbitraria colección de los Clásicos Jackson, en donde los “Prólogos” de Borges parecían valer más que los libros prologados. En la edición del Sartor Resartus de Carlyle, Borges hacía pedazos al autor y lo señalaba como precursor del nazismo. Allí uno abandonaba a Carlyle. O en la Divina Comedia, ya que la versión castellana del libro de Dante Alighieri estaba escrita en torpe prosa indigesta, y la lectura del primer canto era un tropiezo incomparable.

El caótico orden con que se agrupaban los libros obedecía a que don Roberto Cosenza, con ser ordenado y compulsivo en su trabajo, no lo era en casa. Tampoco lo era doña Trinis, en contradicción perpetua con el lugar común de que los polos opuestos se atraen. Marido y mujer eran dos desregulados, de modo que heredaron a sus hijos ese precioso patrimonio de incoherente vagancia. En casa, los objetos no se colocaban, se amontonaban. Y la prueba de todo ello es que, con el dedo levantado de maestro elemental, don Roberto siempre sentenciaba: “El orden es la primera ley en todo”. Menos en su casa.

Tampoco la estantería había sido imaginada como biblioteca familiar. Antes de que llegara el carpintero a instalarla, en ese espacio estaba la sala, que consistía en un escritorio de trabajo en cuyas gavetas se podía encontrar el universo mundo, más otras cosas inútiles, y al lado del cual una mesita ad hoc para la monumental máquina de escribir en donde ya se ha dicho que don Roberto tecleaba, en esténcil, las páginas de sus fatigas recopilatorias. Esa máquina también servía para que Diego escribiera su periodiquito familiar o las tareas escolares. Sobre el escritorio, papeles, frutas a medio comer, la engrapadora, la cinta de aislar, algún martillo, un pisapapeles sin papeles y una almohadilla para timbres sin timbres.

Todo eso desapareció cuando don Roberto y doña Trinis tuvieron la brillante idea de poner una tienda, cuya conducción estaría en manos de la señora de la casa. Don Roberto pidió un préstamo al banco, contrató al mejor carpintero del barrio quien pronto diseñó dos estanterías para los productos que se iban a vender, y diseñó también un hermoso mostrador, con un banco de vidrio, “tiene que ser vidrio grueso”, advirtió, “porque la gente siempre se apoya en el mostrador”. Lo malo del asunto fue que el préstamo del banco a duras penas alcanzó para pagar los muebles de la tienda. Ni siquiera alcanzó para pintarlos. Y tampoco para los vidrios. Mucho menos para comprar la mercadería que supuestamente levantaría la economía familiar. La casa de los Cosenza se convirtió en una eliotiana tienda desolada, en donde se recibía a las visitas de pie, detrás del mostrador, como si hubieran llegado a comprar una libra de amistad, y frecuentemente, creyendo que había vidrio, o se iban de boca buscando el inexistente apoyo, o dejaban caer sus chunches al vacío creyendo ponerlos sobre el ausente vidrio soñado por el carpintero. Los Cosenza dieron en no advertir a nadie de que no había vidrio, para poder matarse de la risa a costillas de sus visitas.

Por tal motivo, en lugar de botellas de refrescos, sacos de azúcar o sal, aceite, vinagre y ultramarinos varios, en las estanterías se colocaron los arduos libros pagados a plazos. Y entre todos, el más grande, robusto y atractivo era el volumen del Don Quijote, con altaneros lomos azules y letras doradas. Para Diego, que era un niño menudo, ya solo cargarlo era un esfuerzo físico. Así y todo, comenzó por examinar con curiosidad los grabados de Doré. Le admiraban la finura del diseño, y, al mismo tiempo, la multitud de detalles que poblaban cada ilustración. También los grabados requerían una lectura, pero no la lectura lineal del texto, sino ir saltando de un objeto a otro, el rostro, la barba, la celada, la lanza, Rocinante, Sancho, las nubes, las ovejas, los ríos cristalinos, los difuminados árboles a lo lejos.

Diego se subía a la estrecha ventana que daba a la Avenida Santa Cecilia, con el enorme libro apoyado en sus piernas. Y de la visión de los grabados pronto pasó a la lectura del libro. Se quedaba leyendo mientras caía el crepúsculo y seguía leyendo hasta que el sol se iba, hasta que las letras desaparecían de su vista. Tal pésima costumbre tuvo tres consecuencias: un sensible aumento de la miopía, una devota afición vitalicia por don Miguel de Cervantes y las burlas de los vecinos que pasaban delante de su casa. “Buenas tardes, licenciado”, le tomaban el pelo, cuando veían al niño diminuto con el tremendo libro en las piernas de pantaloncito corto.

Los Clásicos Jackson le regalaron el conocimiento de Jorge Luis Borges. Poco curioso, Diego no se enteraba de la vida de los escritores. Nunca supo nada de Cervantes, sino hasta que lo estudió en la escuela, y para saber algo de Borges tuvo que esperar los estudios universitarios. Pero en realidad, no le importaba lo que hubieran hecho. Le importaba lo que habían escrito. De Borges aprendió, en el “Prólogo” a la Comedia, que un lector se forma como se forma un guitarrista. El primer día, no sabe ni siquiera cómo son los acordes. Sólo con la práctica se le afina el oído y entonces ya puede charranguear la guitarra.

También el lector, dice Borges, no entiende de buenas a primeras a un clásico. Tiene que ir afinando el espíritu hasta llegar a la cima del texto. Así, en el Canto V del Infierno, aprende a saborear las sílabas del verso la bocca mi baciò tutto tremante, pura música italiana, en donde el beso está en los sonidos que lo dicen. O admira la ambigüedad del final de la historia del Conde Ugolino, emparedado vivo junto con sus hijos. Atosigado por el hambre, “più che l’amor potè il digiuno” (más que el amor pudo el hambre) y por la eternidad no sabremos si el Conde devoró a sus hijos o se ofrendó él a ellos. Y así, esa desordenada estantería habló a Diego Cosenza, y le enseñó la pasión de la literatura.

Temblores

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“El coronel Rosas Travesaño subió al poder por un pistoletazo de lotería”, afirmó pausadamente don Roberto Cosenza, luego de depositar la cuchara en el caldo con arroz del mediodía. “Era vicepresidente de la República cuando un soldadito, inspirado por unos cuantos dólares y volátiles falsas promesas, le disparó al presidente Castillo Armas, y, de repente, Rosas Travesaño se encontró envuelto en la banda presidencial azul y blanco, que le quedaba un poco larga porque era enano”. Don Roberto Cosenza llevó a la boca la cucharada de caldo, sopló como una brisa lacustre sobre su superficie humeante, engulló el líquido y se quedó masticando los arroces. “Lo mejor de todo era que el coronel Rosas Travesaño era casi paisano. Casi, porque yo trabajaba en Chimaltenango y él era de allí. Casi porque yo no era de Chimaltenango, sino de la costa”. Don Roberto Cosenza se rio de su gracejada, sin que los hijos le siguieran el rumbo. Era de aquellos que creen que su chiste tiene mucha gracia, y lo disfrutan a fondo, mientras los demás se preguntan qué gracia tiene. “Así que de repente nos encontramos con un chimalteco de Presidente”.

El siguiente plato era un bistec de segunda, que exigía una aplicada masticación de semoviente, porque de allí a la suela de los zapatos no estaría mal dicho que no había más que un paso. De todos modos, la carne más suave tocaba al jefe de familia, mientras los hijos aprendían en la práctica la extraña definición de “bolo alimenticio” que enseñaban en la escuela. “Lo bueno fue que el coronel Rosas se aplicó a favorecer a todos sus paisanos y a sí mismo, aprovechando los pocos meses que estaría en la Presidencia”, prosiguió don Roberto ya cuando el almuerzo se deslizaba al café. “Asfaltó las seis leguas entre la cabecera y su pueblo, mejoró el empedrado colonial de Itzapa, y se comenzó a construir un chalet en el camino entre Los Aposentos y San Andrés”. Una champurrada alegraba el final de la comida. Don Roberto Cosenza mojó el pan en el café: “Lástima que la presidencia se le acabó al coronel antes de terminar el chalet” prosiguió. “Y allí está todavía, una construcción en ruinas, o mejor dicho, Rosas construyó una ruina por anticipado, porque ya sin presidencia no tuvo dinero para pagarle a los albañiles”.

Diego Cosenza no recordaba al Coronel Rosas Travesaño. Se acordaba, en cambio, del General Miguel Ydígoras Fuentes, que ganó las elecciones sucesivas al asesinato de Castillo Armas. Ydígoras se había presentado a todas las elecciones presidenciales y las había perdido todas. Tuvo la mala suerte de tener como contrincante al Dr. Arévalo, y perdió. Luego a Árbenz, y perdió. Pero Ydígoras sabía que a veces se gana por obstinación, no por mérito, y su oportunidad llegó después del efímero y olvidable gobierno de la Liberación. Ganó porque la mayor parte de los políticos estaban en el exilio, después de la invasión gringa. También ganó porque tenía excelentes relaciones con los Estados Unidos, no por nada sabía inglés. Ganó porque la gente ya no se acordaba qué cosa era votar.

Diego estaba en plena guerra con el padre Gordillo cuando Ydígoras subió a la presidencia. El primer recuerdo que Diego tenía de ese Presidente fue cuando los temblores. Vivían en la zona 4, distinguida y residencial, pared de por medio con una pareja de gente mayor, sin hijos y con una perrita, y otra pared de papel los separaba de los dueños de casa. Era un montón de gente por metro cuadrado. Se oían todo, como si vivieran en una casa de cristal.

En eso, la tierra comenzó a temblar. Por primera vez en su vida, Diego supo lo que era el pánico. Tembló por la tarde, como a las dos y media. Su mamá comenzó a dar alaridos, fuera de sí: “¡Temblor, temblor, a la calle!”. Y salieron disparados mientras las lámparas se columpiaban, los muebles tastaseaban, los vasos se quebraban, las columnas chirriaban, y el mundo era invadido por una especie de mareo cósmico. Esa noche, en cadena nacional de radio y televisión, Ydígoras comenzó un discurso presidencial con la frase: “Estábamos en la cama la Elisita y yo…” Diego dijo a su padre: “El presidente es un viejo payaso”. Don Roberto le contestó: “Dejá lo payaso. Sus chistes son una cortina para cubrir la corrupción”. Otra vez, acusado de que estaba viejo, convocó de nuevo la cadena nacional de radio y televisión y se exhibió saltando cuerda. Todos se reían, menos don Roberto Cosenza, que les dijo: “Mientras salta la cuerda, está entrenando a las tropas cubanas para invadir la isla”.

Era cierto. Los gringos habían decidido apoyar a los cubanos anticastristas y los entrenaron en la finca “Helvetia”, en la costa de Guatemala. Diego Cosenza se enteraba de esas cosas como el que ve a los peces nadar en su burbuja de agua. La pantalla del televisor parecía una pecera y allí nadaba el presidente Ydígoras con su mujer, la Elisita. Había un cubano anticastrista que aparecía con programas que nadie se perdía, como “Reina por un día”, donde a una pobre señora la llenaban de regalos en la hora que duraba el programa; también uno de preguntas y respuestas que se llamaba “Lo toma o lo deja”. Eran copias de programas gringos. Eran mejor los originales, como “Los intocables”, de cuyo protagonista su hermana Teresa estaba perdidamente enamorada. También había otro que se llamaba “77 Sunset Strip” y quién se acuerda de eso.

De repente, se levantaron los estudiantes de la Universidad de San Carlos. Y los maestros. Y los empleados públicos. Se suspendieron las clases, y Diego feliz de que hubiera manifestaciones contra el gobierno porque eso lo liberaba de la escuela. Todos los días salían miles de gentes a las calles, a pedir la renuncia de Ydígoras. Y todos los días la policía los reprimía, primero a bastonazos, después con gases lacrimógenos y al final a balazos. Las manifestaciones se hacían en el centro, que estaba como a un kilómetro de su casa, pero cuando la gente salía huyendo de la policía, un río desaforado de manifestantes asustados pasaban frente a los ojos de Diego, hacia las afueras de la ciudad, y detrás venía la policía con las máscaras de gas, los bastones en alto, y, vestido de civil, lo judiciales con la pistola en mano. Naturalmente, doña Trinis abría la puerta de la casa y allí se refugiaban los manifestantes hasta que pasaba el peligro.

En una de esas, estaba de visita Rodolfo, un lejano pariente de Itzapa. Como todos, se puso en la puerta de la casa para ver pasar corriendo a los manifestantes. La cosa era entrarse a tiempo. Rodolfo, pueblerino, no se entraba. “¡Rodolfo, entrate!”, le gritaban todos. Y él respondía: “No, hombre, si yo no he participado en la manifestación, no me van a hacer nada”. Hasta que llegó doña Trinis y lo metió a la casa del pelo. “Estúpido”, lo apostrofó. “¿Y vos vas a creer que la policía te va a distinguir entre el montón de gente?”

Otra tarde, entre los manifestantes venía corriendo un muchacho del barrio. Se quedó atrás y lo capturaron los judiciales. Desde la ventana, doña Trinis vio que uno desenfundaba la pistola. Entonces le gritó al esbirro: “¡Suelte al muchacho, que es del barrio!” El tipo apuntó la pistola hacia doña Trinis: “¡Vieja metiche, a usted me la voy a quebrar!”, le gritó. Apenas le dio tiempo a doña Trinis de cerrar la ventana que un balazo perforó el vidrio. Y todos los que estaban refugiados se tiraron al suelo.

Ydígoras no cayó con las manifestaciones. Se lo bajó su compadre, el Ministro de la Defensa, que le dio golpe de Estado y comenzó una infinita cadena de dictaduras militares. También, con eso, comenzó la guerrilla. Cuarenta años duró la dictadura y cuarenta la guerrilla. Esa fue la niñez y juventud de Diego Cosenza, que miraba, desde su ventana, las erupciones del Volcán de Pacaya, los indígenas que arrastraban carretas llenas de miserable mercadería hacia el mercado de la Terminal, las manifestaciones contra el gobierno, la brutalidad impía de la policía, y una sensación de rabia e impotencia señaló esos años de crecimiento y miedo.

El secreto de Gordillo

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El padre Gordillo barría la clase con su mirada de ojillos negrísimos y refulgentes como un carbón de escondida brasa. Eran como una brocha negra que limpiase el aire de malos pensamientos y pecados inconfesables. Estaban cargados de una potencia que dejaba mudos a sus alumnos, como si un terror oculto se difundiera en el ambiente. Nunca perdió la paciencia: no tenía necesidad. Era como si en una época arcaica hubiera sentado un precedente definitivo, como si antes que su mirada recorriera la clase el miedo penetrara las entrañas de los niños, como si temieran un cavernoso cataclismo de pesadilla. Gordillo poseía un secreto cuya clave ni siquiera él mismo sabía. Algunos años después, iba a descubrirlo.

Sucedió después que Diego Cosenza terminara el quinto año de primaria con las peores notas que había sacado en su vida. Gordillo no lo suspendió. Lo hizo pasar raspado al sexto grado, como para confirmar su poder y, al mismo tiempo, como reconociendo que ese niño había resistido con obstinación todos sus castigos, sus regaños, sus burlas. Las vacaciones llegaron como un bálsamo liberador y al año siguiente su maestro fue el padre Alpírez, de extravagante bondad, que obtenía con sus compasivos modos la misma disciplina que Gordillo imponía a la fuerza. Alpírez era bueno, bueno, bueno, no castigaba nunca y tenía una paciencia inmortal. Con él, Diego Cosenza recuperó su papel de lector y autor de composiciones. Comenzó a llenar sus cuadernos de caligrafía con la mejor letra posible (siempre algo desastrosa) y ganaba todos los concursos de ortografía. Con estos, aprendió a abominar la prosa de Azorín y los rosados rebuznos de Platero, de castellano tan preciso, sazonado y perfecto que empalagaban para la eternidad a sus lectores. En la cuerda floja entre lo sublime y lo cursi, ambos caían sin red del lado pegajoso del idioma. Sus volutas lingüísticas parecían las volutas retorcidas del papel meloso que colgaba del techo de las tiendas, papel en donde las moscas quedaban atrapadas como un decorado inevitable y grotesco.

Una nueva promoción cayó en las garras de Gordillo, pero como aquellos presos que salen fortunosamente de la cárcel, Diego Cosenza no quiso saber nada más de su enemigo. Lo supo muchos años después, por su hermano David Cosenza, quien, por una némesis inexplicable, se convirtió, cuando le tocó el turno, en el favorito y consentido del tremendo cura. A esas alturas, cuando David fue su alumno, Gordillo era otro. Era otro porque un acontecimiento inesperado le había cambiado la vida.

Sucedió, pues, que, en uno de esos años entre Diego y David, Gordillo se inscribió, por curiosidad, por vagancia, por exceso de tiempo, a un curso de control de la mente, de esos tantos cursos que parecen una gran estafa y que solo los despistados, los holgazanes y los bobos siguen para ver si logran mejorarse, con puntual, exacto e infructuoso resultado. No fue así con Gordillo. Descubrió, en los quince días que duró el curso, que poseía facultades paranormales. Fue como si una microscópica y devastadora bomba atómica le explotara dentro de su pecho. Una muda deflagración sonora se expandió por su cerebro. Con los inocuos ejercicios que enseñaban, si más, a memorizar de uno a cien de atrás para adelante y viceversa, Gordillo descubrió que podía leer el pensamiento ajeno, que las pesadillas que lo acosaban todas las noches eran inevitables y odiosas premoniciones de lo que sucedería a la gente, que era capaz incluso de modificar la conducta de los demás. Era un iniciado, un elegido, un iluminado. Tenía el inmenso y agotador poder de la clarividencia. ¡Con razón los niños se doblegaban delante de su mirada de carboncillo ardiente!

A partir de ese momento, comenzó a ver a los demás como si fueran transparentes. Sabía, al encontrar a una persona, que un cáncer se le estaba formando en el hígado, que un corazón estaba a punto de explotar, que unos pulmones se estaban llenando de agua. Al principio, sólo les decía: “Ve al médico porque creo que tus riñones no andan bien”. Los otros iban, riéndose del cura y de sus ocurrencias, y salían destanteados por el espanto cuando el doctor les diagnosticaba una nefropatía casi mortal. Cuando su fama se regó por todos lados, ya pasaba directamente al diagnóstico: “Deja de fumar porque tienes un principio de tumor en los bronquios”. La situación se complicó cuando la gente lo comenzó a buscar para preguntarle qué tenía.

Otros poderes fue desarrollando. Cuando David Cosenza llegó a ser su alumno, los niños tomaban sus ocurrencias como espectáculo de circo. “Un día”, le contó David a su hermano mayor, “les dijo a mis compañeros, ¿quieren ver un retrato de David? Los otros dijeron que sí, y con la mirada, Gordillo proyectó en la pared una exacta pintura de mi cara, como si me hubiera tomado una fotografía”. De ese modo, mientras un hermano detestaba a Gordillo, otro lo adoraba. “Otra vez”, seguía contando David, “estábamos en la fila esperando la entrada a clase. «Aquí hay un alumno que está preocupado por algo», dijo el cura. Uno de los niños dio un paso al frente. El cura lo vio y le dijo: «Has perdido las llaves de tu casa». El compañero, muy afligido, asintió. «Están tiradas detrás del escritorio de tu papá, al lado de la silla giratoria». El niño se fue corriendo a su casa, encontró las llaves y la fama del cura creció por todo el colegio. Al final de las clases, los chicos hacían fila, con la foto de la novia en la mano, y el padre Gordillo les revelaba si eran fieles o infieles, si los querían o solo estaban jugando con él. «Ésta te traiciona. Le dijo a uno. Ve a la esquina de la séptima con la once y las vas a encontrar besándose con el otro». Tal cual. Al día siguiente el cornudo confirmaba”.

En otra ocasión, se celebraba una fiesta por el Día del Maestro. Apareció Gordillo, bebió una Coca Cola con los jóvenes docentes que llevaban más de una cerveza entre pecho y espalda. En lugar de un discurso retórico, les dijo: “Antes de que amanezca, uno de nosotros va a morir”. Los maestros se asustaron tanto que suspendieron la fiesta y decidieron ir a seguirla a un balneario. El festejo se prolongó hasta la noche y, con el festejo, las cervezas. Al final, como hacía calor, los maestros se comenzaron a tirar a la piscina. Estaban tan borrachos que no se dieron cuenta de que uno de ellos no salió del agua para seguir bebiendo. Solo al final, para las despedidas, advirtieron que faltaba uno y que ese faltante estaba hundido en el fondo de la pileta. El presagio del padre Gordillo se había cumplido, como se cumplían todas sus profecías.

Su fama se extendió por Centroamérica. Los grandes ricos de la región lo mandaban a traer en sus aviones privados para consultarle el futuro de sus negocios. Y Gordillo raras veces fallaba. Diego, escéptico, atribuía a la credulidad de la gente la fama de Gordillo. “Mirá vos”, le comentó a su hermano. “Pasó de tirano a charlatán”. Fue entonces que se juntaron en Costa Rica. Diego iba a un congreso de literatura, David a trabajar de ingeniero. “Vamos a ver a Gordillo’, propuso el menor. “Necesito encontrar dónde está el agua en un terreno donde estoy construyendo”. Diego lo acusó de supersticioso, baboso y bobalicón. De todos modos, aceptó ir a visitar a su viejo verdugo.

Llegó primero que su hermano. Gordillo lo recibió en la casa en donde lo habían segregado, porque su fama de clarividente no coincidía con las virtudes de un religioso. De hecho, lo habían expulsado de la congregación. Diego observó, compasivo, que ya estaba canoso y viejo y que la vejez lo había atemperado. “Tengo que ir a decir misa”, le dijo. “Espérame afuera”. Diego pensó que era raro que no lo invitara a participar. “Este ya comenzó a adivinar”, pensó. Al salir, Gordillo lo llevó en su automóvil a dar una vuelta para mostrarle las bellezas de esa zona montañosa. Ninguno de los dos habló de la guerra que habían enfrentado cuando Diego tenía once años. Pero las explicaciones del cura sobre las montañas, la vegetación, la laguna y el crepúsculo, eran una especie de oferta de reconciliación. Diego perdonó sin humillar al otro. Pero entendió la oferta de perdón. Cuando ya nada estaba dicho y todo entendido, llegó David. ¿Hay que decir que el cura adivinó el lugar exacto en donde estaba el agua y a cuántos metros de profundidad? ¿Hay que insistir en que lo estaba haciendo a tres mil kilómetros de distancia? ¿Hay que decir que Gordillo ha muerto, hace poco, y que pudo presagiar el año, el día y la ora en que iba a respirar por última vez?