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La ligeramente inquietante y paranoica idea de las “instituciones totales” se atribuye, con frecuencia, a Michel Foucault, quizá por el prestigio de ser filósofo, quizá por el prestigio de ser francés. En verdad, debemos esa carcelaria idea del mundo a un antropólogo canadiense: Erving Goffman, un investigador de los misterios que encierran los gestos cotidianos e inocentes de los grupos humanos.

En La presentación de la persona en la vida cotidiana, Goffman supone que no somos más auténticos que los actores de una obra teatral: cada día, delante del espejo, nos ponemos la máscara que trabajosamente hemos fabricado durante nuestra vida y salimos a la calle a representar nuestro papel. En Estigma, estudia a todos los que, por una carencia o un exceso, son aislados por  la “personas normales”, y analiza los estratagemas usados para combatir el estigma. Suya es una fina observación: los que se van quedando sordos, para no declarar la incipiente sordera, comienzan a hablar muy bajo. De esa manera, el interlocutor no los oye, y constantemente pregunta: “¿qué estás diciendo?”.  Convierten en sordos a todos los demás.

En Internados, acuña la categoría de la “institución total”. Al mismo tiempo que el olvidado inspirador de los hippies, el filósofo californiano Herbert Marcuse (el del Hombre unidimensional), Goffman postula que la primera infancia es un período, si no de felicidad, al menos de gran libertad. Los niños pequeños pueden tener despiertos a sus padres toda la noche, sin que nadie se atreva a  castigarlos por ello. Eructan ruidosamente, pedorréanse ruidosamente, ruidosamente ríen o lloran, y a cambio reciben festejos y risas.Ricardo Pérez López

Hasta que les llega el momento de entrar a la escuela, una de las primeras “instituciones totales” a las que una persona se enfrenta en la vida. Allí, fuera de la protección de madre y padre, los maestros se encargarán de disciplinarlos en horarios, pausas, idas al baño, entradas y salidas,  dictaminarán qué es bueno aprender y qué no es bueno, sancionarán con castigos mayores o menores su adaptación social. Harán de ellos “buenos ciudadanos”, seres “normales”, anónimos contribuyentes al engranaje de la historia.  Hablamos de una institución total benigna.

Menos lo son otras, en las que el individuo pierde personalidad, estatus, singularidad y se convierte en un número o en un adjetivo: los hospitales, los asilos de ancianos, los neuropsiquiátricos, las cárceles, los conventos…. El que entra a un hospital carece de  nombre y apellido para convertirse en un genérico “paciente”, el último eslabón de una jerarquía en cuya cúspide reina el Médico, el Gran Chamán que da vida o muerte. Vale también para la cárcel, en otros términos. Al final, la sospecha insinuada por Goffman es la venenosa idea de que la sociedad toda resulta una inmensa institución total, en donde vegetamos, prisioneros de nuestro papel en ella.

Marcelo Luján

Todos estos pensamientos remueve la novela del argentino Marcelo Luján, La mala espera. Luján se ejercita, con destreza, en el arte de construir un thriller eficaz, con vueltas de tuerca constantes en donde nadie es lo que parece y nada parece lo que es. Excepto el narrador, un joven porteño emigrado a Madrid, harto de trabajar como “controlador de calidad” en una fábrica de bonaerenses escobas. Se llama Rubén pero todos le dicen “Nene” y como tal se comporta a lo largo de la novela. A veces con limpia ingenuidad y buena fe, a veces como un idiota.

Marcelo Luján, La mala esperaNo es tonto, entendámonos. Más bien, se parece a la mayoría de los lectores: lo suficientemente ávidos como para querer enriquecerse con un golpe de suerte pero lo suficientemente reprimidos como para no ir más allá de una cierta maldad, de una cierta crueldad, de una cierta sanguinariedad. Malos, pero no tan malos. Con ese bagaje, el Nene entra en un ambiente en donde hay tipos que no se tientan el alma para descerrajarle un tiro en la nuca a quien sea necesario, aunque sea innecesario.

Hasta la mitad de la novela, el Nene acumula los méritos justos para recibir una paliza de muerte, que lo lleva a un sospechoso hospital. En la segunda parte, como en todo thriller que se respete, el Nene vuelve a leer esa primera parte y, con el lector, va descubriendo lo que la apariencia le ocultaba, hasta la revelación final, que es “la Revelación”, la epifanía que lo hace sentir como si su viaje desde Buenos Aires a Madrid en busca de fortuna no fuera más que una manipulación de dioses desconocidos para llevarlo a la orilla de la muerte, del desencanto, del desaliento.

La sensación de haber sido manejado todo el tiempo por todos sus amigos, cada uno más falso que el otro, con dobleces que se repiten hasta la exasperación, abruma al protagonista y, a un cierto punto, podríamos sospechar que estamos dentro de una alegoría. En tono menor, sin palizas a muerte, sin tiros en medio de los ojos, sin violaciones salvajes en un galerón perdido del extrarradio, quien trabaja en una institución en donde haya intrigas puede identificarse con ese “Nene” que siempre se descubre más ingenuo de lo que creía, más desprovisto de malicia que sus compañeros, más limitado en la inteligencia del mal.

El cerrado ambiente en que se mueve el Nene podría equipararse a una de las instituciones totales de Goffman. El pequeño habitat de trabajo del lector, con sus argucias, sus intrigas, sus paranoias, donde lo que se dice en público se desdice en privado y al revés, podría recordar una mínima institución total, de la que no se puede escapar, a menos de perderlo todo. Casi todas las novelas criminales nos recuerdan que no somos unos brutales delincuentes solo por la incapacidad (¿moral? ¿caracterial? ¿religiosa?) de dar ese paso, ese pequeño paso, casi un incidente, que distingue una infracción de un crimen.

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