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EL abogado y la señora fotoDicen que para ver cómo es un abogado, hay que llevarle un gato. Si el gato sale corriendo, el licenciado es chucho. Si se le tira encima, es rata. Yo soy ese tipo de abogado que se habría hecho pagar los honorarios por el gato, para que le asegurara contra los ratones. Y luego se haría pagar de los ratones, para que los asegurara contra los gatos. Al final, los dejaría que se mataran entre sí, mientras iba a cobrar el cheque.

Recuerdo una de mis primeras experiencias, allá en provincia. Se estaba muriendo un viejo archimillonario. Estaba boqueando en las últimas y dictaba el testamento. Con una voz que apenas se escuchaba, iba enumerando sus tantos bienes y los nombres de los beneficiados, que eran muchos y esperaban, detrás de la puerta, el resultado del documento. Cuando terminó, mi maestro procedió a su lectura, para que el viejo lo firmara. Y aunque su voz era fuerte y firme, un griterío proveniente del patio lo interrumpió. Salimos a ver qué pasaba, y vimos a los deudos que se estaban peleando por la posesión de un árbol plantado en una esquina. Mi maestro intervino y tuvo que hacer grandes esfuerzos para imponer su autoridad. “¡No sean estúpidos!”, les gritó. “¿No ven que de todos modos ese árbol ya está testado?”. Los otros se calmaron. Cuando regresamos a la habitación, el viejo había muerto. Con decisión, mi maestro le agarró la mano, que empezaba a enfriarse, y lo hizo garabatear una firma. “Licenciado”, le dije, “¡pero si ya se murió!”. “¿Y qué?”, me respondió. “¿No ve que se estaban matando por un árbol? ¿Qué no harían si el viejo muere intestado? ¡Usted me es testigo de que firmó con su propia mano!”.

Esa, de tinterillo, fue mi verdadera escuela de leyes. Mucho más que la Universidad, cuyo título me sirve sólo para colgarlo en la pared, exactamente encima de mi cabeza, así los clientes, si saben leer (pues los más son analfabetos), pueden consolarse de que están hablando con un profesional del derecho. Buena plata me costó comprar el título en una de las tantas universidades que hay en el país. El oficio ya lo sabía. Y mi oficio es pelar a los clientes.

Mi bufete es una trampa alquilada enfrente de la Municipalidad. Vivo de engañar a la gente que no sabe lo que es un trámite. Sobre todo si son campesinos o gente sencilla sin quién por ellos. Entonces convierto cualquier diligencia en un obstáculo imposible. Hasta boletos de ornato he logrado convertir en brillantes casos judiciales. No se diga certificados. Y, ya para hablar de cosas mayores, permisos de construcción. Mis tramitadores, que se hacen pasar por empleados oficiales,  le dicen al ansioso ciudadano: “Mire, enfrente está la oficina del Licenciado Revolorio, que es una fiera para estas cosas”.

Al rato están tocando a mi puerta.

El bufete tiene un aspecto frugal, como corresponde a un abogado honesto. Dejo a otro tipo de colegas los sillones mullidos, las secretarias fragantes, los teléfonos de relumbrón. Mi clientela saldría espantada delante del mínimo detalle de lujo. Por alguna razón, lo escueto del mobiliario les hace pensar en la honestidad del licenciado y en honorarios también honrados. Es la primera trampa, sólo la primera. De allí vienen las demás. Cuando firman el último cheque, si los usan, o me dan lo último que les queda en contante, se quedan siempre con la sospecha de la estafa. Pero en sospecha se queda. Nunca ha venido nadie a reclamar, y si viniera, para eso tengo un revólver en el cajón derecho de mi escritorio, que en este país de gente reverenciosa y cortés es lo primero que sale a relucir cuando se abre el diálogo.

Me presento. Soy el licenciado Abundio Revolorio, experto en Derecho Administrativo, arte que he aprendido desde que fui empleado del Licenciado Vargas, en el pueblo donde nací. Comencé a trabajar, no en el bufete del abogado, sino en la tienducha que Vargas tenía enfrente del parque. Yo era el encargado de comprar al por mayor.

Robé tanto y sin ser descubierto que allí se definió mi vocación legal.

Tengo casi cincuenta años, pero soy de buen ver y me cuido para que así sea. Me considero un poeta incomprendido, un actor no realizado, un artista innato, pero la necesidad de ganarme la vida me ha traído a este cuartucho, en donde todos los días abro a las ocho en punto y comienza el desplume. He sido un poco de todo, en la vida, que es como decir no he sido nada. Como a cualquier hombre, cosas me han pasado. No soy tan estúpido como para creer que todas son dignas de ser contadas. Tampoco quiero ser sentencioso, aunque por oficio lo sea. Mas debo decir que, a veces, un episodio de la vida de una persona sirve para iluminar todos los otros, hasta los más insípidos, de esa vida. Y a mí, que pensé que iba a terminar mis días con la fama de embaucador de incautos, me ocurrió ese episodio. Permítanme que se los cuente.

(Este es el inicio de mi última novela, El abogado y la señora, que será presentada en la Feria del Libro de Guatemala (FILGUA) el 19 de julio a las 18 horas. Están invitados,)

EL abogado y la señora

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