Etiquetas

,

Diego y sus amigos eran, también, los distraídos presidentes de cada sección del último año de secundaria. Los elegían sus compañeros, por costumbre, por desatención, por inercia. No servían para nada, sino para formar parte de una especie de élite, el Club Domingo Savio, que tampoco servía para nada sino para hacerse detestar de sus colegas. El único que no era presidente de cosa alguna era el Flaco, quien vivía concentrado en sus matemáticas y que hizo historia ese año por haber sido el único que superó el áspero examen de Química preparado por el profesor Bermejo. Junto con la de Inglés, la clase de Química era una borrascosa batahola permanente a la que Bermejo presenciaba con indiferencia, como si la disciplina le fuera ajena o como el que medita una meticulosa venganza. En medio de la algarabía y chisporroteo de las pláticas, de las peleas, de los ruidosos chistes, de las bromas pesadas, de los papeles incendiados, de los avioncitos de papel que surcaban el precario cielo del aula, Bermejo seguía escribiendo sus abstrusas fórmulas en la pizarra, y el único que ponía atención era el Flaco, toda la vida fascinado por los acertijos de la ciencia. Así fue como llegaron a medio año, y el socarrón Bermejo suspendió draconianamente a todos, menos al Flaco. La segunda mitad del año la clase de Química transcurrió en un silencio sepulcral, con medio mundo tomando apuntes para salvarse del naufragio. Estaba en juego el título de Bachilleres, y los muchachos estaban dispuestos a torturar y comerse cruda a la más querida de sus mascotas, como si fueran narcos o kaibiles, con tal de obtener ese precario papel.

Gloriosa Victoria – Diego Rivera (1954) con la colaboración de Rina Lazo y Ana Teresa – Museo Pushkin de Moscú

Andaban en esas cuando los tres presidentes fueron citados a la Consejería de Colegio. Un cura gringo, de la orden Maryknoll, estaba de visita para seleccionar a los líderes estudiantiles católicos con el fin de organizar unas Jornadas de Vida Cristiana. Además de ellos tres, también llamaron al Flaco y a otro estudiante, extremadamente piadoso aunque muy encerrado en sí mismo. Lo llamaban “Paleta”, porque caminaba muy recto y alguien le encontró semejanza con aquel helado de barrio.

De ese modo, una madrugada Diego se encontró cargando un inmenso maletón que doña Trinis le había preparado para los tres días y que, vistas las dimensiones, habría alcanzado para trescientos años. Su gran consuelo fue llegar al punto de donde partían los autobuses y verificar que también el Flaco llevaban otro  gigantesco maletón. “Me lo hizo mi mamá”, se justificó. “¿Y quién cree que me lo hizo a mí?”, le contestó Diego. Se trataban de usted, porque la amistad era muy grande. Eran las cosas raras de ese país alrevesado en el que nacieron. Se comenzaba con un “usted” ceremonioso, se pasaba al “vos” y cuando la amistad era verdaderamente estrecha, se retornaba a un “usted” casi íntimo.

Unos cincuenta muchachos de diferentes colegios católicos iban llegando, poco a poco. Cuando comenzaba a clarear, un hombre bajito, de más edad que todos ellos, les gritó: “¡A ver muchachos, ya estamos todos. Súbanse al autobús. Nos vamos a la Antigua!”. El trayecto duró una hora, más o menos. Durante ese trayecto, el chaparro se hizo cargo de la situación. Comenzó contando chistes, algunos decididamente pesados, y luego siguió con cantos que la mayoría conocía. Diego no. Eran cosas de colegio de postín y ellos, los del Don Bosco, eran bastante pobretones. Una canción decía: “Cuando Fernando séptimo usaba paletó / cuando Fernando séptimo usaba paletó / paletó / usaba paletó…” ¿De dónde sacaban eso? Olía a tortilla española, a círculo de vascos o asturianos en el exilio, a la naftalina de las sotanas de los curas gallegos. A ellos, en el Don Bosco, les enseñaban canciones misioneras, como aquella que decía: “Kin kun tili mulitali mulinasai, kin kun kai, kin kun ko”, que venían quizá de Italia y que los italianos habían importado tal vez del África.  A esas alturas, el chaparro se había presentado: se llamaba Frankie y su nombre se les grabaría en la mente, porque estaba en todas partes, con su repugnante sentido del humor. En verdad, era como mosca en leche, por bajo, peloso, grasiento y porque vestía mal. Parecía un intruso, en medio de los niños bien de la Jornada.

Al llegar, les asignaron habitaciones múltiples y les dieron quince minutos para bajar. Allí, en un salón frío y escueto de la Posada Belén, comenzó una maratón de conferencias religiosas predicadas por curas modernos, vestidos de burgueses, jóvenes, atléticos, atractivos, con ideas revolucionarias. Cada conferencia era un rebalsante cubo de culpabilidad que les echaban directamente en el alma. El pecado no consistía solamente en lo que ellos creían que estaba mal hecho y que hacían: emborracharse con cerveza, tener varias novias simultáneamente (Diego, ahogado por su timidez, pensaba: “Dichosos”), abusar de la doméstica de la casa (Diego pensaba: “¿quéééé?”) copiar en los exámenes, sustraer dinero a sus padres (Diego pensaba: “¿cuál?”)… El pecado era también el vasto bosque de sus malos pensamientos, de sus obscenas imaginaciones sexuales, de sus perturbantes masturbaciones. Y no terminaba allí el pecado, también consistía en la omisión. El católico tenía una responsabilidad para con el mundo y ustedes, muchachos, sólo piensan en sí mismos, en su placer, en su conveniencia, en su carrera. Ignoraban la pobreza de la gente y no movían un dedo para que los otros estuvieran mejor.

Al final de esa devastación moral, Diego se sintió una especie de gusano, un ser humano abyecto, y eso que muchos de los pecados enumerados no lo rozaban ni de broma. Pero no tenía ni veinte años y su sensibilidad vibraba como las tensas poesías de Bécquer o las cursis y declamadas retóricas del tardo modernismo: “¡Vida: nada me debes. Vida, estamos en paz!” A esa edad, cualquiera. Por la noche, antes de acostarse, hicieron bromas de cuartel. Diego ya no se reía. Se sentía mal, agobiado por la culpa. Y a medianoche, Frankie pasó tocando una campanita, pues al día siguiente los esperaba una jornada igual. Todos callaron y el frío de la Antigua hizo que se cubrieran hasta la nariz, susurrando apenas para no romper la consigna del silencio. Diego durmió y tuvo pesadillas obsesivas toda la noche.

Al día siguiente, despertó con un fiebrón que lo hacía temblar en la cama. Sus compañeros de cuarto se asustaron y avisaron a Frankie. Éste llegó con un termómetro, vio que la temperatura estaba alta y le ordenó quedarse acostado. Al rato llegó el médico, quien le recetó aspirinas, agua y descanso. Esa enfermedad salvó a Diego de la segunda jornada y es posible que haya preocupado a los organizadores. Porque, si la primera jornada estaba pensada para destruir la personalidad de los asistentes, la segunda servía para reconstruirla en una perspectiva de militantes católicos de la doctrina social de la Iglesia. El primer día se destruía, el segundo se reconstruía.

Al tercer día, ya sin fiebre, Diego se levantó y asistió a la jornada conclusiva. Era como ir al cine, perderse la mitad de la película y llegar solo al final. Diego se quedó asombrado de encontrarse en un ambiente de manicomio, los muchachos excitados y exaltados, con una luciferina decisión de entregar su vida a Cristo, listos para embarcarse en la próxima cruzada para conquistar Jerusalén. Vio cómo dos viriles, altos y robustos machazos se abrazaban llorando, pidiéndose perdón, porque alguna vez se habían peleado. Escuchó a más de alguno confesar a gritos sus intimidades, con la voz quebrada por el arrepentimiento, y la firme decisión de cambiar de vida. Se quedó de piedra cuando vio que el Mono tomaba la palabra y juraba que se iba a portar bien por el resto de la vida y que, si no lo hacía, podían llamarlo amujerado. Diego estaba en la nube de los analgésicos y los antipiréticos, y todo le parecía envuelto en una neblina engañosa.

La continuación de las Jornadas eran reuniones semanales en algún colegio del Centro, que servían para reforzar las promesas hechas durante los tres días de reclusión. No duró. A los pocos meses, ya todos andaban de nuevo en lo suyo, excepto algunos que se quedaron resquebrajados por la destrucción psicológica del primer día. Al contrario de las finalidades de las Jornadas, estos se dedicaron con devoción a todo lo que se pudiera parecer al pecado del que habían abjurado. Otros, más concentrados y persistentes, caminaron lentamente hacia una oblación de la propia vida, un católico holocausto en el que se consumieron, sea porque las juventudes socialcristianas en la Universidad eran la entrada a la corrupción de la Democracia Cristiana, sea porque el ingreso en otros grupos más radicales los condujo a la guerra, al exilio o a la muerte.

Anuncios