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El amor, los amores, fueron entrando en el grupo de amigos con la naturalidad de las estaciones del año y fueron desarmando a ese grupo con la tenue indiferencia de la rigurosa vida, que no pregunta sino abre brechas y desbroza senderos, como las aguas de los ríos fatales que todos los años se desbordaban en la costa, inundaban los caminos, derribaban puentes, arrasaban caseríos para luego volver a su cauce en el verano, con un caudal sobrecogido que no dejaba adivinar la portentosa furia del invierno.

Balthus – La partida de naipes (1948 – 1950)

El Mono ya tenía novia desde que era adolescente y casi nunca la dejaba ver. Encontraba tiempo para todo, el Mono. Paseaba en su motocicleta, iba a fiestas con la gente de su clase, visitaba a la pequeña rubia pecosa en doméstico horario de estricta puntualidad, y se reunía con los amigos en casa del Flaco para jugar futbolito, ping pong, cartas a veces, y las más para cantar boleros mientras tocaba la guitarra o el acordeón. “El acordeón lo practico en el baño”, declaraba sin ruborizarse. “Cada mañana me tardo una hora en satisfacer mis necesidades musicales”. Tenía fama de decir las cosas sin avergonzarse, y en eso era una especie de persona muy rara en el país: los sinceros, los directos, lo espontáneos. Mientras la mayor parte de la gente era remilgada y vergonzosa, la gente como el Mono, que se sentía parte de una clase cuya altura estaba más de un centímetro por encima de los demás, llegaban a la impertinencia. La impertinencia del patrón.

El Flaco tenía entusiasmos fugaces, más que amores, y eran entusiasmos porque le pasaban rápido o porque las muchachas no le hacían caso. Cuando se enamoró de una chinita que nadie conoció, se volvió loco por todo lo que fuera chino. Diego recordaba el sabor agridulce de los caramelos chinos, algunos más ácidos que dulces, y recordaba que el Flaco los saboreaba como si estuviera besando en la boca a la chinita desconocida. Y cuando le pasó ese entusiasmo, se enamoró de otra muchacha misteriosa, y solo supieron que la aventura había terminado mal cuando el Flaco, en una excursión al mar, quiso suicidarse como Virginia Woolf o Alfonsina Storni, solo que estaba tan borracho que lo sacaron rápido y cayó dormido de inmediato. Tuvo una novia de larga duración, pero como le había dicho que sí con una cierta facilidad, se desinteresó de ella. Ese noviazgo terminó cuando el Flaco descubrió que la muchacha estaba preparando el ajuar de bodas. “¡Ya tiene listos los manteles, las copas, las sábanas y las mantas!”, comentó espantado, antes de salir corriendo como si hubiera visto un aparecido.

Y en esas estaban, cuando Josema se apareció por la casa del Flaco con una novia que los dejó ligeramente desconcertados. Venía de Puerto Barrios, un lugar de donde no venía nadie, pues era la Costa Atlántica del país y no se sabía de persona conocida que hubiese nacido, vivido y crecido en el Caribe. Se llamaba Miriam Terembé y su nombre correspondía a la persona. Era alta, más alta que Josema y menos que el Mono, morena clara de ojos verdes inquietantes, y si había algo que la caracterizaba era la abundancia. Los grandes ojos claros, la boca de hermosos apetitos, los sólidos dientes blancos, y un cuerpo fastuoso, grande y sinuoso, que todos se miraron como preguntándose dónde había encontrado Josema semejante joya. Miriam entraba en las casas y era ella la que entraba pero junto con ella entraba su presencia, que abarcaba mucho más de su proprio cuerpo. Era como si entrara en cámara lenta y a cada paso quedara una sombra suya, que se incorporaba a otra y a otra y a otra. Fue la primera vez que doña Ángela levantó una ceja preocupada. Luego se retiró a la cocina, muerta de la risa. Los hermanos menores del Flaco la miraban como a una atracción de circo, y Miriam se dejaba admirar, acostumbrada como estaba a despertar la zozobra de la gente. Era de modos suaves, atenuados, y hablaba con una voz baja, sedante, un poco aniñada.

La familia del Flaco siempre tuvo perros y permanecerá en los siglos el misterio de cómo hacían para alimentarlos. Eran su pasión, y uno circulaba en esa casa seguro de que se iba a tropezar con un animal, o que cuando estaba tomando café con pan, seguramente surgiría, debajo de la mesa, un hocico y una lengua mojada que iba a intentar robarle la comida. Cuando un perro se les moría, la tragedia asolaba por quince días a todos los miembros de la familia, que lloraban a moco tendido, hasta que no conseguían otro perro al que iban a mimar y cuya inexorable muerte iban a llorar como si fuera la de un familiar cercano.

Por esa época, reinaba en casa un robusto perro de raza desconocida al que habían bautizado “Tarzán”. Ya habían tenido, por supuesto, un “Nerón”, y en respeto de su memoria, cada perro cambiaba nombre. El Tarzán era como parte de los muebles de la casa, pero cuando apareció Josema con su novia Miriam Tembelé, dejó de ser mueble para convertirse en casi humano. Cuando la perturbadora novia de Josema entró a la casa por primera vez, poco faltó para que Tarzán abandonara su posición cuadrúpeda para erguirse sobre las patas y golpearse el pecho dando un grito atronador. ¿Qué perfume secreto emanaba Miriam? Lo cierto es que el perro se metía debajo de la mesa y comenzaba a restregarse contra las hermosas piernas blancas de Miriam, que se quejaba quedo: “El Tarzán me está molestando”, por lo que había que arrastrar al chucho al cuarto de atrás, entre lastimeros quejidos y aullidos. El único que parecía no percatarse de la potencia erótica de su novia era Josema, que seguía como si nada, como aquél al que le dan una maleta con nitroglicerina y le dicen que contiene agua bendita. Hasta don Víctor Hugo, al despedir a la joven novia del amigo, se tardaba un segundo más de la cuenta en los abrazos y los hijos le susurraban: “¡Papá, ya estuvo bueno!”.  Un día, cualquier día, Josema les anunció que había terminado con Miriam, y sin dar mayores explicaciones ni muestras de dolor, siguió cantando las canciones de moda, siguió jugando futbolito y siguió ganando casi todos los partidos de ping pong.

Lo peor de todo es que Diego se enteró de que Josema había pasado a enamorar a su hermana Teresa y que Teresa parecía seriamente enamorada de su amigo. Tampoco eso duró mucho para Josema. Más o menos un mes. Al cabo de los cuales Diego vio asombrado como su hermana Teresa se encerraba en su cuarto para llorar sin consuelo, y eso le parecía incomprensible, pues veía feo a Josema y bellísima a su hermana, por lo cual el que debía estar llorando era Josema, no su hermana. Doña Trinis dio una media explicación: “Es que una se pone ciega, y de ciega pasa a bruta. Si no fuera porque las mujeres nos volvemos ciegas, no habría hombre que encontrara su con quién”, sentenciaba. El llanto le duró un montón a su hermana, hasta que no encontró a un pretendiente peor. Y mucho peor.

El futuro novio de su hermana corría parejas con el novio oficial de una hermana del Flaco. El Flaco tenía dos hermanas, ambas regularmente ennoviadas. La primera tenía como novio a Piojo Blanco, así llamado por ser rubio, sin otras gracias conocidas. Contaba malos chistes y era como de otro planeta, por lo que no formaba parte del grupo. Tenía gesto y cara de listo, mas nunca se supo si lo era. La segunda tenía como novio a un gigante moreno y contundente, cuya función principal era servir de Autan a cualquier idea romántica respecto de su novia. Aunque manso, la sola presencia provocaba miedo, y fue célebre la noche en que, mientras jugaba futbolito con los demás del grupo, Charlie, que era una especie de zancudo, vio pasar a la pareja y dijo a la hermana del Flaco: ”¡Qué bonita estás esta noche!”. Todos se quedaron helados, hasta que el monumental novio no se rió a carcajadas. “Charlie”, le dijo. “Como que te querés morir antes de tiempo”. Y se fue riéndose.

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