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La pandilla del barrio tenía como jefe a un muchacho al que llamaban, por buen nombre, el Matón. Se lo había ganado en interminables peleas a puño desnudo en el campito terroso delante de la casa de los Cosenza. De vez en cuando, alguien llamaba: “Vengan a ver, el Matón se está peleando otra vez”. A lo lejos, en una esquina del campo de tierra, que servía también de campo de fútbol para los pobres, un grupo de muchachos rodeaba a los contendientes, y se veía a las figuritas acercarse y alejarse, alejarse y acercarse, como una danza funesta, y el final siempre era el mismo, en una nube de polvo, los dos por tierra dándose de trompadas hasta que alguno los separaba. Siempre ganaba el Matón, que con esto coronaba su puesto de capitán de la pandilla. Los otros miembros eran conocidos por el apodo, y Diego se recordaba solo de uno que era llamado “el Pirata”, por la simple razón de que le faltaba un ojo, y a veces llevaba parche y otras ojo de vidrio.

Francisco de Goya y Lucientes -Duelo a garrotazos

Pues han de estar y estarán que en el callejón de la 26 calle “A”, a dos casas de los Cosenza, vivía la familia de un coronel, al cual casi nunca se le veía. Solamente emergía durante Navidad y Año Nuevo, porque en ambas ocasiones se salía a la calle, completamente borracho, y en lugar de quemar cohetes como todos los mortales, desenfundaba la pistola y disparaba al aire. Los disparos se confundían con el coheterío que nublaba la ciudad. El coronel y su familia eran los únicos que no pasaban de casa en casa a abrazar a los vecinos para desearles Feliz Navidad o Feliz Año, según fuera la fecha. Hasta la mamá y el papá (putativo) del Matón pasaban, ella muy sentimental, él gordo y bueno, y daban grandes palmadas en la espalda de sus vecinos. La madre del Matón era abrazada con melindroso gusto y contento, porque la señora, que entraba en la madurez, aun era de buen ver.

El coronel tenía dos hijas que vestían ostentosamente, y tenían predilección por las faldas abundantes y coloridas, de aquí que fueran conocidas como “las Piñatas”, sin que nadie recordara el nombre de bautismo. Iban y venían por la cuadra, a comprar dulces a la tienda, y cuando pasaban, con sus abundosas faldas folklóricas y pintorescas, los rumores burlones iban detrás de ellas como una cola indeseada. De pronto, una noticia como un terremoto sacudió a esa pequeña porción del barrio: ¡una de las piñatas estaba embarazada! Cuando su estado se hizo inevitablemente obvio, el coronel, con ruda disciplina, entereza y pundonorosa honestidad castrense, le ordenó: “Pues vas a salir a la calle y te vas a enseñar como estás. Ya que metiste la pata, no te vas a esconder. Y ese será tu castigo”. De ese modo, ahora pasaban las Piñatas con sus amplias faldas, y una de ellas con una falda abombada, riéndose como siempre, siempre a comprar dulces y siempre detrás de ellas el rumor alborozado de los vecinos que comentaban descaro y desfachatez. Algún tiempo después se supo que el causante del estrafalario incidente había sido “el Pirata”, y se supo porque el coronel lo obligó a casarse con su hija desenfundando la pistola fuera de las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Pirata y Piñata emigraron a los Estados Unidos y nunca se supo más de ellos.

Las noches del barrio eran silenciosas y oscuras. De vez en cuando, un avión que aterrizaba en el aeropuerto “La Aurora” y que descendía rozando los techos de las casas, porque el aeropuerto está en el centro de la ciudad, hacía tronar el cielo. Diego medio despertaba, daba vuelta en la cama y se volvía a dormir, mientras pensaba que gracias a Dios no había sido terremoto. El silencio de la noche era violado también por los silbatos de la policía, que pasaba en bicicleta y anunciaba su presencia de esa manera. Algunas veces, no había silencio por acontecimientos cíclicos que se alternaban puntualmente como la época de las lluvias o la época de los vientos fuertes. Uno de esos acontecimientos cíclicos eran los asaltos.

En el mismo callejón en donde, por el día, las Piñatas se contoneaban con sus faldas polícromas, se apostaban algunos asaltantes y no faltaba quién se aventurara por allí a altas horas de la noche. Entonces, cuando los bandidos le caían al pobre cliente, comenzaban los ruidos y los gritos. “¡Aaaaay, me asaltan! ¡Socoooorro! ¡Auuuuxilio!”, gritaban los pobres asaltados, pero nadie se atrevia a salir de su casa. Excepto el finquero que esa noche estaba durmiendo con su amante de la ciudad y que vivía enfrente de los Cosenza. Si asalto y finquero coincidían, salía el hombre en calzoncillos, arma en mano, y disparaba al aire, con lo que los forajidos salían corriendo y el golpeado imprudente agradecía a su salvador, quien lo mandaba, imprecando, a su casa y de paso lo regañaba por andar en las calles a esas horas. El problema se presentaba cuando no había finquero. Don Roberto Cosenza y doña Trinis encontraron una solución. Compraron dos silbatos de policía, y cuando estaban asaltando a alguno en el callejón de las Piñatas, comenzaban a pitar como desesperados, y los ladrones salían corriendo como si el finquero estuviera disparando al aire. El democrático ingenio de la gente civil.

Otro acontecimiento cíclico eran las fiestas en casa del Matón. Ponían la música a todo volumen y el golpe de los bajos retumbaba en el suelo de todas las casas, y ya se sabía que esa noche se iba a dormir mal, porque nadie tenía el valor de ir a reclamar nada a una familia de tan festivo mal carácter. Ya se sabía cómo terminaban esas fiestas. La familia del Matón tenía lo que se llama “mal trago”, o sea, se ponían violentos en la medida que se emborrachaban. Hacia las dos de la mañana, se comenzaban a pelear entre ellos. Sobre todo, el Matón sacaba todo el resentimiento contra su padrastro, se retaban, salían a la calle, y mitad de la familia apoyaba al Matón, la otra mitad apoyaba al padrastro, y los gritos tenían a toda la cuadra con los ojos pelados. “¡Matalo, desgraciado, partile la cara!” “¡A ver si se atreve, a ver si es hombre!” “¡Dejalo, infeliz, no ves que es casi tu papá!” “¡Este viejo imbécil no es nada mío, ahora le rompo la madre!” “¡Ay, socorro, se están matando!”. Ya nadie les hacía caso. Ya se sabía que todo iba a terminar en llantos desconsolados, en abrazos de pacificación, en la madre del Matón que consolaba a todos y desparramaba su perdón sobre toda la familia. Diego se dormía y despertaba, pensaba: “Siguen peleándose”, se volvía a dormir, despertaba otra vez con los llantos, y pensaba “Menos mal, ahora me van a dejar dormir”.

Quizá el Matón era violento por necesidad, por el deseo de ponerle orden a un mundo que, en el juego de azar que era su vida, le había salido descolocado. Su padrastro era un hombre sin carácter, y la única cosa valerosa que había hecho en su vida, había sido el pecado original de esa familia. En efecto, el actual padrastro había sido el compadre de la señora Refugio. Y como según el viejo dicho siciliano, “con la comadre no es pecado”, había sustraído a doña Refugio a su marido. Y se habían ido a vivir juntos. De modo que esa familia era un desorden de hijos e hijastros. El padrastro del Matón era mecánico de la compañía de aviación nacional. Una mañana, hacia las seis, casi derriba la puerta de los Cosenza a toquidos. “¡Por el amor de Dios, don Roberto!”, suplicó, “¡déjeme llamar al aeropuerto, porque se me olvidó colocarle una pieza al avión que está despegando ahorita!” Naturalmente, se le concedió llamar, pero el avión ya se había ido. Se pasaron el día esperando la noticia de un avión caído en las montañas, pero, en cambio, para buena estrella del padrastro mecánico y de los pasajeros, no sucedió nada.

La familia del Matón no tenía teléfono. Así que doña Refugio, con frecuencia, pasaba a casa de los Cosenza a hacer recónditas llamadas sospechosas, que doña Trinis consentía. Otras veces, pasaba, después de los acuerdos telefónicos, y le rogaba a doña Trinis que le sostuviera la mentira de una falsa salida al centro, a una tienda, a una oficina, a una iglesia, mientras ella se perdía en algún hotel con algún compadrito que se había encontrado por allí. “Doña Refugio que no me diga nada”, comentaba doña Trinis. “Que la tengo agarrada por la cola”.

Quizá por eso, los Cosenza por poco se mueren cuando supieron que el Matón andaba enamorando a Teresa. Y que Teresa estaba bien dispuesta hacia el jefe de la pandilla.

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