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El imaginario oficio del periodismo, profesión de alquimistas que transmutan en consolidado hecho histórico las pasajeras ocurrencias solo si escandalosas, insólitas, paradójicas, cruentas, trágicas y bulliciosas, suele tener la ventaja de conocer los hechos antes que sean publicados, o de conocerlos sin que puedan ser publicados. Don Roberto Cosenza conocía los entresijos de la vida nacional porque a la redacción del periódico llegaban las informaciones bajo forma de chismes, anónimos, denuncias firmadas por apócrifos, sutiles insinuaciones de los servicios secretos, papelitos deslizados en la mano de un reportero, hojas membretadas provenientes de oficinas ministeriales, susurros de embajador, y muchas de estas cosas quedaban sin conocer la tinta de la imprenta, para convertirse en anécdota de caldo de arroz con pollo y calabacitas cocidas. Las pequeñas migajas de la historia caían en la redacción del periódico y don Roberto Cosenza las recogía con una especie de resignación, sin llegar todavía al cinismo de muchos de sus colegas.

Mural en el Palacio Nacional de Guatemala

Cuando el general presidente Manzano Absurdia terminó su mandato, los militares convocaron a unas elecciones democráticas que iban a servir de ejemplo, paradigma y envidia al universo mundo. Se sabía que debía sucederlo en la Presidencia su delfín, el temible coronel Fontana Baldón, Ministro de la Defensa cuya inexorable ferocidad habían probado los opositores al gobierno. La democracia, bien se sabe, es concepto fluido y maleable, tornasolado y opinable, por lo que pronto los dueños de finca convocaron a sus peones para decirles que tenían que poner una “x” en la redonda facha de Fontana Baldón, y les enseñaban un cartelón gigante para que no se equivocaran. “Ese día, fiesta y licor gratis para todos”, prometían los patrones, y los campesinos festejaban. Qué les importaba a ellos quién fuera el Presidente de la República, si los que mandaban de verdad en la finca eran el sombrerudo señor patrón y sus sombrerudos capataces. A los pueblos llegaban los entusiastas emisarios del partido político fundado para la ocasión, y prometían láminas y fertilizantes a quienes votaran por el candidato oficial. “Si el coronel Fontana Baldón no gana, van a venir los comunistas a quitarles sus piochas”, amenazaban. Y sea por el miedo a la expropiación socialista que por la ilusión del fertilizante y las láminas, los pueblos votaban compactos por el candidato militar.

De ese modo, las votaciones dieron como resultado el abrumador triunfo popular del coronel Fontana y eso dio la oportunidad a don Roberto Cosenza para emitir una de sus sentencias favoritas: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Uno de los primeros actos de gobierno de Fontana fue autopromoverse a general, cosa que a nadie le importaba mucho, pues no había guerras en el horizonte. La única guerra, eterna, era contra los opositores al régimen, y presto Fontana encontró remedio, porque inauguró la técnica de los desaparecidos y, junto con ella, la de soplarse a cuanta gente parecía simpatizar con la guerrilla, por lo que por cada supuesto guerrillero se iban al plato unos cien cristianos. A los problemas generales de la nación, Fontana tenía que añadir los domésticos, que no eran pocos.

Resulta que Fontana estaba regularmente casado con una señora cuyo físico y vestimenta se correspondían con lo que se podía clasificar científicamente como “esposa de militar”: sufrida, invisible, ligeramente gorda, floreados y coloridos trajes de tiendas baratas de Miami.   “Lo que nadie sabe y nadie se atreve a comentar”, relataba don Roberto en los almuerzos, “es que las hijas de Fontana se van en helicóptero a las bases militares para fastidiar a los jóvenes soldados. Organizan bacanales de fin de semana y los conscriptos están obligados a asistir y a hacerles la gracia a las hijas del general”.

Durante el régimen de Fontana, una cantante ganó el Festival Latinoamericano de la Canción. Las portadas de los periódicos se llenaron con las fotos del triunfo nacional canoro y en las páginas culturales abundaban las entrevistas a la voluptuosa joven vencedora. Usaban frases como “orgullo de la nación”, “representante de la patria”, “ejemplo para la juventud”, y esas cosas. “Ganó porque es amante del presidente”, reveló don Roberto a su familia. “El hombre pagó una millonada de los fondos públicos para facilitar la buena voluntad del jurado”. Y días más adelante: “Cuentan que la Primera Dama está furiosa con su marido. Y que el general le ha tenido que poner guardaespaldas a la muchacha, porque sus hijas han tratado de asaltarla para echarle ácido en la cara”. La vida de Diego seguía así, entre noticias de desaparecidos, cadáveres a las orillas de la carretera, chismes sobre la vida sentimental del general presidente, los estudios secundarios que estaban por terminar, el Matón y su pandilla de barrio, su hermana Rosa cada vez más novia del Turquito, las tardes lánguidas en casa del Flaco, entre canciones y tazas de café, su hermana Teresa y sus admiradores, y cerraba el panorama la hiperbólica figura de Doña Trinis con el férreo control de la situación familiar.

“Parece que la Embajada quiere un civil como presidente”, relató una vez don Roberto. Cuando se hablaba de la Embajada, solo podía ser aquella donde uno tenía que presentarse a las cinco de la mañana para pedir visa, y, luego de extenuante cola, sufrir un interrogatorio puntilloso sobre sus propiedades en el país, certificado del registro de la propiedad inmueble a la mano; la demostración de tener un estipendio mensual, certificado de trabajo a la mano; declaración de que el viaje no tenía motivos laborales, boleto de ida y vuelta a la mano; no fuera ser que el infeliz solicitante quisiera quedarse a vivir en ese paraíso terrenal donde en los ríos discurría leche, miel y Coca-Cola. “Se va a reorganizar el Frente Popular Libertador, el partido de Arévalo, y van a presentar a Agustín Casamatas como candidato”. A las pocas semanas, las palabras de don Roberto Cosenza se hicieron realidad, con una pequeña variante. El día que anunciaron su candidatura, el licenciado Agustín Casamatas se pegó un tiro en la sien.

“Lástima”, comentó don Roberto. “Todos estaban seguros que iba a ganar. Iba a ser el primer civil en muchos años, y tenía arrastre entre la gente. En el periódico la mitad de la redacción cree que se suicidó del miedo, la otra mitad cree que lo suicidaron los militares”. Pronto, el Frente Popular Libertador reemplazó al suicida con el hermano del suicida, el Licenciado José María Casamatas, fino intelectual y experto en Derecho, que a la sazón era Decano de la Facultad de Leyes. Don Chemita, que no se esperaba semejante investidura, se aferró a los efectos tranquilizadores de Johnny Walker para poder enfrentar el camino que le esperaba. Le impusieron como candidato a la Vicepresidencia a un periodista cimarrón y violento, el licenciado Napoleón Armando Guerra, dueño de un periódico en el cual escribía la página central usando diferentes seudónimos. El licenciado Guerra no tenía amigos, solo enemigos a los que extorsionaba amenazándolos de publicar sus más íntimos secretos. Diego leía divertido los editoriales de Napoleón Armando Guerra, porque eran una colección de vituperios, insultos y palabrotas como para ganar el Premio Pulitzer de la chabacanería.

“Firmaron un pacto con el Ejército”, dijo don Roberto cuando el Frente Popular Libertador ganó las elecciones. “Chemita y Guerra se van a ocupar del trabajo de administración; pero los negocios fuertes y la represión van a seguir en manos de los militares”. Diego admiraba al nuevo presidente de la República, no por sus ideas políticas y menos por su debilidad de carácter. Lo admiraba porque era un orador culto, cuyos discursos a la nación eran una urdimbre literaria como nunca había oído en un mandatario de su país. Diego padecía del antiguo culto hispánico por el ingenio verbal. “Lástima que se esté ahogando en alcohol”, le dijo su padre. “Dicen que la Embajada ya se aburrió. El próximo presidente será un militar”. Y así fue.

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