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Don Víctor Hugo, el padre del Flaco, se murió dos veces y de las dos salió invicto para recomenzar a modelar esculturas, tomar la solemne merienda de las cinco, comentar las noticias con sus jóvenes amigos, reparar (mientras duró) el armatoste que tenía como vehículo familiar y examinar la vida que le pasaba delante desde su bigotito de Charlot recién pasado. Don Víctor Hugo era un artista de la escultura en madera, un maestro de las artes manuales, un conversador inagotable. No era, en cambio, ni buen comerciante ni buen administrador de la economía doméstica.

Así, cuando Diego Cosenza comenzó a conocer a don Víctor Hugo, este era dueño de una buena finca en las afueras de la ciudad, que en esa época era todavía breve y parroquial. Las familias cuyo apellido provenía de la época de la colonia española vivían en el centro, en los alrededores de un Palacio Presidencial construido por un dictador de pésimo gusto y aspiraciones napoleónicas. El Palacio imaginaba ser una suerte de fortaleza medieval o quizá el hecho de que el dictador fuera general lo había hecho pensar que el máximo de lujo era una suerte de exagerado cuartel, con torres y almenas, pesado a la vista y horizontal en todo, pintado de color verde oscuro, como si fuera la cáscara de un grandioso aguacate. No por nada la población había bautizado el lugar como “el Guacamolón”, aludiendo a la salsa que se hace con aquella fruta.

Todas la mañanas, don Víctor Hugo bajaba a la ciudad en un vieja camioneta Ford, lleno de las flores que él y sus peones habían cultivado. Esos madrugones hacían que a veces se durmiera mientras conducía, pero nunca hubo accidentes porque en el carril contrario no venía ningún automóvil, ostentación que solo pocos se podían permitir en ese tiempo. Don Víctor Hugo tenía como sistema económico el de muchos finqueros: hipotecaba la propiedad al inicio del año y pagaba la hipoteca con las ganancias obtenidas con la venta de las flores. Un viaje al extranjero le fue fatal: mientras estaba en Houston negociando unas nueva variedad de tulipanes, el Banco aplicó una de esas cláusulas que nadie lee en los contratos, y le pignoró la finca con todo y arbustos. Al bajar del avión, se enteró de que estaba en la calle.

Fue entonces que se trasladaron al barrio donde vivían los Cosenza. La numerosa familia de don Víctor Hugo comenzó a vivir del aire y él se aplicó a seguir modelando esculturas, construyendo juegos para los jóvenes, reparando el viejo catafalco que los trasladaba a la costa durante la época de las vacaciones. Ser pobre y honesto será un orgullo, pero la angustia de las cuentas por pagar carcome al más bragado. Un día, don Victor Hugo cayó al suelo, con un dolor en el centro del estómago que parecía que lo hubieran acuchillado y el color del rostro gris, como si ya hubiera pasado al otro mundo. Los bomberos voluntarios lo llevaron al Hospital General, en donde los médicos lo operaron a causa del infarto que había sufrido. “Se salvó por un pelo”, le dijo el médico que lo dio de alta. “Tiene que dejar de fumar, reducir sus actividades físicas, y no comer grasas”. De las tres condiciones, la única practicable era la primera, porque las otras dos ya las ejercía sin necesidad de consejos sanitarios. Pero esa única condición se convirtió en un martirio. Le dijeron que comiera dulces para distraer el hambre de tabaco, y por un período se puso ligeramente gordo porque se mantenía con un caramelo de carrillo a carrillo, los ojos desorbitados del ansia de no fumar y la bolita de la golosina haciéndole bulto y estorbándole la buena pronunciación. Si ya antes era difícil entenderle por la velocidad con que hablaba, ahora resultaba imposible, y los que conversaban con él parecían sordos, decían que sí a todo, aunque don Víctor Hugo les hubiera hecho una pregunta.

Un día, mientras Diego y sus amigos estaban en el cuarto del Flaco, pasó don Víctor Hugo como una locomotora de gritos, casi aullando que ya no podía más, que con eso bastaba, que mejor le diera otro infarto y se moría de una vez por todas, que esa no era vida, que se largaba de esa casa y se largó de veras, dejó a sus espaldas un portazo que dejó a todos mudos y con cara de signo de interrogación. El ataque de impaciencia duró poco, y al rato don Víctor Hugo regresó masticando un chicle, que era el compañero de los dulces, sustitución precaria del cigarrillo, más prohibido que la manzana de Eva y otros frutos inaccesibles.

Pasaron los meses y poco a poco la situación se fue estabilizando. Don Víctor Hugo de verde pasó a amarillo, y allí se quedó, pues nunca había sido de buen color. También se habituó a no fumar, aunque, de vez en cuando, quien entraba al baño era sorprendido por un fuerte olor a tabaco. Cierto, se le notaba más agitado que antes, y a veces su respiración era alcanzada, como si le faltara algo. Por lo demás, la rutina familiar se volvió a instalar con una cierta tranquilidad: esculturas, merienda, juegos, reparaciones mecánicas.

Hasta que un día don Víctor Hugo sintió, otra vez, una cuchillada en el centro del estómago. Ya el médico lo había advertido: “Se tiene que cuidar, porque si le da otro infarto no se salva”. Mientras llegaba el médico, don Víctor Hugo se acostó y reunió a la afligida familia a su alrededor. “Ya estoy en las últimas”, dijo a quienes protestaban que no dijera eso, que ya estaba llegando el médico, que no hablara, que no gastara esfuerzo. “Al menos, antes de morir, quiero dejarles una herencia espiritual, visto que lo material no se nos ha dado”. Las protestas subieron de volumen. “Quiero decirle a mis hijas que he tenido la culpa de protegerlas demasiado, y, por esa falta de mundo, se han enamorado el primero que se les puso enfrente. No hay que hacer así. Hay que vivir un poco, también las mujeres, la virginidad es una gran bobada que se inventaron los curas. Nadie sabe quién la tiene y quién no, porque también la virginidad se inventa. A mis hijos hombres quiero decirles lo mismo: que no estudien tanto y que vivan más, porque los primeros de la clase son los últimos en la vida, y que de nada vale un diploma de honor si uno no ha conocido mujer, ni ha sabido el gusto de una buena farra, o de varias farras, más vale una parranda desaforada que un libro de matemáticas, ya habrá modo en la vida de arreglárselas, nadie se muere de pobre, ya ven nosotros, seguimos adelante con todo y deudas. A mi santa esposa le agradezco que haya sufrido en silencio luchas y pobrezas, amarguras y estrecheces. Al menos, te juro que nunca te falté, fui siempre fiel y no porque me hubieran faltado las oportunidades”. En esas estaba cuando llegó corriendo el médico con su maletín negro y echó a todos del cuarto.

Quince minutos después salió el galeno con cara de disgusto. “Lo que tiene es un ataque de gastritis”, rezongó. “Seguramente por la falta de fumar ha comido demasiado. Le receté unos antiácidos y en pocas horas estará como nuevo”. Parecía desilusionado de que su paciente tuviera tan poca enfermedad. Dicho esto, cobró y se fue. Los hijos y la esposa se quedaron consternados, no tanto por la salud de don Víctor Hugo, que se había demostrado intacta, sino por la solemnidad de las últimas palabras, que por no ser las últimas se volvieron bochornosas.

Estaban en esas, cuando una noticia les hizo olvidar el incidente. De la lejana costa sur les llegó una noticia que ni en los mejores de los sueños se hubieran esperado. Un pariente de cuarto grado les había dejado una herencia conspicua y cuantiosa, tanta, que de pobres que eran habían regresado al bienestar de la finca de flores. Una era de efímera riqueza de proyectaba en el  horizonte.

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