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Más que una sucesión en el tiempo, los acontecimientos del último año de secundaria parecieron derrumbarse como aquellas casas que son demolidas con pequeñas cargas de dinamita. No fue un tic, tic, tic, tic, tic, una cosa después de la otra, sino un inmenso brooooooom, con nubes de polvo y detritos por todas partes.

Todo comenzó con la inesperada herencia recibida por el Flaco y su familia, de la cual beneficiaron también los amigos. La primera venganza contra el destino fue comprarse una opulenta camioneta familiar para sustituir al disparatado Catafalco, que tantos servicios había rendido a la familia. Uno de ellos tenía que ver con la costa. De todas sus propiedades, don Victor Hugo había conservado un pedazo de tierra costeño, lejos de la capital pero también del mar. Su única gracia, además de la profusa y excesiva vegetación que crecía espontánea y se enredaba entre maderos, mesas, sillas, máquinas y pilastros, era un riachuelo, cristalino como en las odas de Garcilaso, que atravesaba la pequeña finca. Don Víctor Hugo, industrioso y fantasioso, quiso construir un balneario, y con sus propias manos excavó el equivalente de una piscina que sería el primer anzuelo para atraer a los fantasmáticos clientes.

No pensó, el futuro empresario turístico, que el balneario requería una copiosa inversión: cementar la piscina, dotarla de desagües, ponerle una lona todas la noches para evitar que los insectos y otros alicrejos abusivos se regocijaran en baños nocturnos, clorarla constantemente, y, en fin, cuidar de ella como si fuera un perrito recién nacido. Y siempre con la metáfora de los animales, don Víctor Hugo cayó en la cuenta de que no solamente estaba en época de vacas flacas sino que más bien ni vacas había. De modo y manera que la piscina transformóse en estanque, con aguas hermosamente verdes y musgosas que reposaban entre hojas, mosquitos, avispas, ratones muertos y otras eflorescencias de la exuberante tierra del país.

Como aquel otro que exclamó: “¡Leoncitos a mí!”, don Víctor Hugo no renunció al uso de su efímero balneario, y organizaba, para las vacaciones escolares de sus hijos y amigos, largas temporadas de estancia en la finca. Para trasladarse allí, el Catafalco viajaba de la capital a la costa de ida y vuelta por varias veces. Iba repleto de ollas, sartenes, platos, cubiertos, varios colchones apilados, y la gente que cupiera. A Diego le encantaba viajar acostado en uno de los colchones, conversando surrealismos con el Flaco, que iba al timón, y que controlaba, por el retrovisor, que el amigo no saliera disparado por una ventanilla.

A la finca iban convergiendo los amigos, Josema, el Mono, Charlie, que se permitían multiplicar la invitación a otros amigos y amigas, de modo que el lugar parecía más una comuna anarquista fuera del tiempo que un grupo de invitados a una temporada de vacaciones. Misteriosamente, doña Ángela cocinaba para ese ejército, que devoraba, por juventud y costumbre, los panqueques de la mañana y los frijoles con arroz más platanitos fritos de los dos tiempos de comida. Nacían amores y se desvanecían como en medio de una neblina.

Por esa época, Diego había entrado en una etapa de languidez, que se complacía en cultivar, porque le parecía un estado artístico. No tenía fuerzas, no tenía ganas de nada, se quedaba acostado en la hamaca cuando los demás se iban de excursión, escribía horrendos poemas en un cuadernito que había llevado, sentía oleadas de angustia o de entusiasmo, observaba a los demás como desde una lente de aumento, y dormía soporosos sueños espontáneos que lo acometían a cualquier hora del día.

Una de las chicas se enamoró del Mono, pero el Mono no se entusiasmó lo suficiente, sólo la besó detrás de un árbol tan escondido que todos los vieron y fue el comentario general: “¡El Mono se detalló a la Marisa!” Y el siguiente problema del Mono fue cómo desprenderse de la enamorada que se le había pegado como un escargot y se le arrimaba a todas horas. El siguiente y último capítulo de la telenovela ocurrió un par de días después, cuando la Marisa apareció en el patio que era como un corral lopesco, con los ojos llorosos y la cara desencajada, y todos diciendo: “¡El Mono plantó a la Marisa!”.

Como la Marisa, el Catafalco pasó a otra dimensión con la llegada de la herencia. Y los muebles de casa, y los trajes de la familia, y la calidad de la comida, y, para sellar el cambio radical de la fortuna, cambió también la casa. Don Víctor Hugo compró una mansión digna de su nuevo estatus, trasladáronse todos, incluidos los amigos. Esculturas, conversaciones y juegos cambiaron de lugar, no de sustancia. Se ampliaron, sin más, porque alrededor de la mansión había campos baldíos, y don Víctor Hugo organizó fantásticos juegos de softball con bates y pelotas improvisadas. También se jugaba fútbol, pero el dueño de la casa ya no estaba para esos bruscos avatares.

Carlitos Marx, que en paz descanse, habría hecho un severo gesto de reprobación ante la manera cómo don Víctor Hugo usaba la herencia. Don Carlitos conocía el capitalismo como sus manos, y se dio cuenta de que el marxismo de don Víctor Hugo era de la rama de Groucho, Harpo y Chico. “El capital se invierte”, le habría dicho, “se acumula, se invierte y así se reproduce”. En cambio, don Víctor Hugo simplemente se gastó la herencia en menos de cinco años, al cabo de los cuales se encontró como antes. Menos mal que todo lo había comprado al contado, y, también, muy mal que hubiera actuado así, porque se encontró con bienes y sin dinero.

De ese modo, el abigarrado último año de secundaria sorprendió al Flaco y a su amigo Diego en la misma situación. Pobres. Ambos compartían una costumbre ligeramente incómoda. Poseían dos únicos pantalones de dos colores diferentes. La primera mitad de la semana usaban uno; la segunda mitad, el otro. Mientras el primero se lavaba y secaba, usaban el segundo. Y así, en rotación. Un compañero del Flaco, presuntuoso y rico, le dijo con el gesto del que está oliendo algo que huele mal: “Vos, Flaco, ¿cuándo te cambiás de pantalón? ¿No te da vergüenza usar siempre lo mismo?” El Flaco calló y se confió con su amigo Diego. La humillación compartida: “Yo también ando igual”, le confesó Diego. “No veo las horas de comenzar a trabajar para comprarme ropa”. Un año después, el Flaco se encontró con Diego, y le dijo lleno de satisfacción: “¿Se acuerda de aquél que nos reclamaba la falta de ropa? Me lo encontré en la calle vendiendo seguros… ¡Ahora está peor que nosotros!”

Ese último año se derrumbó en el tiempo, como los castillos de arena ante una ola inesperada. Un parpadeo y estaban ya en la ceremonia de entrega de diplomas del suntuoso título de “Bachiller en Ciencias y Letras”. Eran noventa alumnos en las dos secciones del último año y todos se graduaron, gracias a Don Bosco y a las entradas que Don Bosco tenía en el Ministerio. Diego cerró sus estudios como los había comenzado: le tocó decir el discurso de fin de año. Preparó palabras memorables y eternas, con metáforas, sinécdoques, sinestesias y otros vuelos retóricos que se disiparon en el momento mismo que las decía. Aparte que nadie lo oía porque la graduación fue en el patio del Colegio y el espantoso ruido que hacían los de los otros años no dejaba oír nada. Allí comprendió Diego que no había nacido para orador. Todos vestidos con el riguroso traje azul, el uniforme del colegio, que iba a servir para bautizos, matrimonios y aniversarios de los años sucesivos.

Ahora se abrían las puertas de la Universidad. Naturalmente, la Universidad de San Carlos, nacional y autónoma. Sólo había otra, la universidad de los jesuitas, pero era tan cara que a ninguno de los amigos le pasó por la mente estudiar allí. Apenas terminada la ceremonia de graduación de Bachilleres, ya tenían que presentarse a la San Carlos para el examen de admisión. “¿Y qué carrera pretendés sacar?” le preguntó don Roberto a Diego. Sin dudarlo un momento, Diego le respondió: “Quiero sacar Letras”. Don Roberto lo sepultó con una de sus sentencias: “Estás loco. Con la gramática no se come”

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