Etiquetas

,

Unos meses antes de la pomposa graduación como Bachilleres en Ciencias y Letras, Diego Cosenza y sus compañeros fueron obligados a escuchar una conferencia sobre la vocación. El conferencista era un jesuita español, descolorido, insípido y pálido, pero el hecho de tener un programa de televisión en el que prodigaba consejos sentimentales que le requerian por correo (o que él se inventaba que le requerian por correo) lo había convertido en un personaje nacional.

Retrato de Soleimán hacia 1530, hecho por Tiziano.

No diferente a los consejos del corazón que emanaba desde el rectángulo en blanco y negro, que de vez en cuando se deformaba y se convertía en ondulaciones vertiginosas cuando no en una tempestad de nieve en el trópico, el cura les transmitió una certeza. De esa experiencia, Diego Cosenza sacó dos enseñanzas: que para dar una conferencia basta una idea buena, lo demás es adorno; que la vocación no cae del cielo, sino de lo que te rodea. “Ninguno de vosotros piensa ser astronauta”, aseveró el padre García. “¿Sabéis por qué? Porque en Guatemala no está Cabo Cañaveral ni está la NASA. No hay astrofísicos, no hay cohetes espaciales, no hay nada que se le parezca. La vocación nace de la sociedad en la que estáis viviendo. Lo que imagináis vuestra vocación no es más que la respuesta a los estímulos externos. Por eso estáis pensando en ser ingenieros, médicos, abogados, porque con eso se vive y se come en esta comunidad”.

El Padre García no dijo “poetas, pintores, músicos”, probablemente porque pensó que ninguno de sus interlocutores estaba planificando morirse de hambre. En cambio, a causa del padre Cabañas, cuyas enseñanzas de literatura eran de las más eficaces en el colegio, varios de los que escuchaban se imaginaban en Suecia, retirando el Premio Nobel como le acababa de pasar a Miguel Ángel Asturias.

Tampoco dijo “ministros de relaciones exteriores”, que por esa época era el oficio que le tocaba, en la destrampalada familia Cosenza, al infausto Diego. Todo por culpa de sus hermanas y sus noviazgos oficiales. La primera fue Rosa, que se hizo novia del celoso Turquito, uno que habría hecho empalidecer (si el verbo es políticamente correcto) al moro de Venecia. Gozaba el Turquito de numerosa familia, formada por el Gran Sultán en persona, es decir, el millonario papá, dueño de una venta de repuestos de automóviles que se había convertido en una cadena nacional. El Gran Sultán, que venía directamente de Ankara, se había cambiado el nombre turco por uno nacional, y se hacía llamar llanamente Mario, aunque su primitivo patronímico hubiera sido Oçalam. Conservó el apellido, eso sí, un Kilmaz cualquiera que en el país sonaba muy singular. Total, nadie lo llamaba don Kilmaz, sino don Mario.

Algunas veces, cuando el noviazgo se había hecho ceremonia, protocolo y reverencia, y cuando los suegros y consuegros se conocieron, la familia Kilmaz invitaba a su mansión a la familia Cosenza, visto que lo contrario no podía ser posible. De favor, era domingo, y para más señas, a la hora de la comida. A don Roberto Cosenza le daba una pereza infinita alternar con su consuegro don Mario, por cortedad de carácter y también porque don Mario no había aprendido o no había querido aprender el español, y las conversaciones con él eran tortuosas, laboriosas y difíciles. Para esa tarea había sido nombrado Diego, quien tenía que espantárselas toreando las pláticas con el Gran Sultán.

Llegaban los Cosenza a la casa Kilmaz, que estaba en el apartamento de arriba de la enorme venta de repuestos automovilísticos “Estambul”. Había que atravesar hileras minotáuricas de estanterías llenas de tornillos, desarmadores, bombas de aceite, filtros de agua o de frenos, radiadores, bujías, amortiguadores, pastillas de frenos, embragues y cuanto accesorio necesitaran los mecánicos para reparar los trastos viejos que circulaban por la calles y carreteras del país. Un denso olor a gasolina se les infiltraba por la nariz hasta el cerebro y es de anotar que llegaban mareados, casi desvariando, al pie de las escaleras que subían transportados por los efluvios gaseosos de los repuestos que sudaban venenosos olores.

Por eso, lo primero que se les aparecía a la vista parecía una alucinación producida por envenenamiento de gasolina. Presidía la sala familiar un crucifijo tamaño natural, que la piadosa señora Kilmaz se había ganado en una rifa de la parroquia. No habiendo lugar donde ponerlo, lo habían colocado en la sala, con el resultado de que uno se sentaba en el sillón con Cristo encima. En esa incómoda situación, la amable señora Kilmaz hacía la pregunta ritual de las comidas dominicales: “¿Le ofrezco un whisky?”. “Si no es molestia, señora”. Y llegaba la señora con el carrito de las bebidas, servía el whisky con soda, los hielos tintineantes, y Diego se sentía el pecador más grande de la tierra, pues apenas alzaba la vista del trago, miraba el rostro sufrido de Nuestro Señor Crucificado con una mueca que de angustia se había vuelto de asco de ver a estos paganos miserables que brindaban, “¡Salud, salud, salud!”, y chocaban los vasos, mientras Él seguía colgado allá arriba, casi se le podía sentir el aliento, daban ganas de decir: “Salud, Jesusito”, si no fuera blasfemo.

En eso aparecía, apantuflado y moreno, con dos bigotazos otomanos y aspecto de añejo comerciante de mil y una noches, el inefable señor Kilmaz, que tomaba asiento al lado de Diego, ya se sabía, el ministro de Relaciones Exteriores de la familia Cosenza. Y mientras los demás conversaban, un poco animados por el whisky y acostumbrados a la mirada sangrienta del Cristo Crucificado, Diego iniciaba la conversación oficial con don Mario:

  • ¿Qué tal, don Mario?
  • ¿Ah?
  • Que… ¿Qué tal?
  • ¡Ah! ¡Qué tal!…

Don Mario rumiaba la pregunta, repitiéndola varias veces:

  • Qué tal… qué tal… qué tal…

Luego respondía.

  • ¿Qué tal? ¡Pué bien, hombré, pué bien!

Y rumiaba la respuesta:

  • Bien… bien… bien…

Después de eternos minutos seculares de infinito silencio. Diego se atrevía.

  • Parece que va a llover….
  • Llover…. Llover…. Llover… ¡Sí! Llover, ¡parece!
  • Eh, sí. Es la época. -Le sudaban las manos-. Es el invierno.
  • Sí…sí… sí… invierno… invierno… invierno.

La salvación se encarnaba en la señora Kilmaz, sumisa y con delantal, que anunciaba:

  • ¡Pueden pasar, está servido el almuerzo!

Y mientras don Mario musitaba: “servido… servido… servido”, Diego se escabullía y se iba a sentar a mil kilómetros de distancia del dueño de casa, para evitar que el couscous se le atragantara, se le atragantara, se le atragantara.

Anuncios