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Diego Cosenza leyó, muchos años más tarde, una novela perfecta, sabia, densa. La había escrito un italiano, Dino Buzzatti, y se llamaba El desierto de los tártaros. En ella, un joven teniente viaja a una abstracta fortaleza desértica, situada en uno de esos lugares que toleran el adjetivo “kafkiano”. Una frontera con la nada, una defensa contra un enemigo inasible o inexistente cuya llegada se espera de un momento a otro, con la melancólica sospecha de que nunca va a llegar. Durante una de sus primeras noches en ese castillo alucinado, el teniente se da cuenta que ha superado la edad de las ilusiones, de los juegos, de la esperanzas grandilocuentes. Piensa que, en la niñez, el tiempo es ancho, y todos nos ocupamos de infinitas cosas como si de un día a otro las horas fueran una modesta versión de la eternidad; luego viene la juventud, piensa el teniente, y mucho es guasa, diversión, simulación de otra vida mayor. De pronto, sin que lo queramos o lo pensemos, una rotunda compuerta se obstruye a nuestras espaldas: “Cierran a un cierto punto un pesado portón detrás de nosotros, lo aseguran con velocidad fulminante y ya no tenemos tiempo de regresar”. Atrás se quedaron la infancia y la juventud, y, ahora, delante, está la edad madura, con sus lánguidas responsabilidades, con sus dolores y angustias, con su definitiva certeza mortal. Y no hay vuelta atrás.

Ese portón de hierro fue, para Diego y sus amigos, el imaginario portón de la Universidad. El examen de admisión era una versión local de los test norteamericanos, y servía para justificar una apresurada y vaga conversación, días después, con centenares de casandras vocacionales que auguraban, como si lanzaran sacerdotales granitos de tzité, el futuro de los estudiantes. A Diego le tocó una bella pedagoga, que años después iba a ser su colega, que se haría amante del Decano, y que sería sorprendida en el mismo avión de Iberia con su jefe en viaje amoroso a Madrid. En ese momento, la perturbante maestra de ojos achinados y pelo teñido de castaño algo barato le explicó sus resultados. Muy bien en la parte científica, mal en las destrezas de mecánica mayor (Diego era incapaz de entender el motor de un automóvil, aunque sí capaz, a causa del Flaco, de pulir los platinos y de cambiar la bujías), muy bien en las destrezas de mecánica menor (Diego desarmaba, en casa, todos los relojes posibles, y todos los aparatos de radio habían sufrido sus inspecciones, con el resultado provechoso de algunos tornillos sin dueño, quién sabe de dónde habían salido).

La maestra le alabó las aptitudes lingüísticas, donde Diego había fallado solo en un par de respuestas. La orientadora lo desorientó más de lo que Diego estaba, porque comenzó a enumerar una serie de carreras que le parecían lejanas. Pedagogía, Psicología, Historia, Filosofía… Diego no se atrevió a decirle: “Yo quiero ser escritor”, porque le parecía una aspiración presuntuosa en su país. ¿Ser escritor? ¿Quién te crees que eres? Para ser escritor se necesita que haya descendido sobre tu cabeza el divino fuego alado de del divino Rubén (pensaba en Arévalo Martínez, el hombre que parecía una garza, o en su maestro Cabañas, que no por nada lo llamaban con nombre de gorrión). Y, en cambio, no pudo menos que responder a sus padres, cuando regresó del dictamen de la orientadora vocacional:

-Yo quiero ser escritor.

Don Roberto Cosenza, que trabajaba rodeado de esas alimañas, ofreció una helada demostración de su hierático carácter. No dio un salto en la silla. No se le puso la carne de gallina. No se le dispararon los pelos de la cabeza. Dijo la sentencia de que “con la gramática no se come” y luego le dijo:

– Eso es como decir “yo quiero ser borracho y fracasado”. En eso terminan aquí los escritores. Menos don César Brañas, que solo toma el agua con canela que le preparan sus hermanas, todo el resto acaba debajo de la mesa los sábados, domingos y fiestas de guardar. Hasta Miguel Ángel Asturias, cuando vivió en el país, se ponía unas borracheras de albañil que todavía ahora son famosas en el periódico. Dejó de beber y se ganó el Nobel.

Luego vio a Diego, como si le estuviera midiendo el talento, como si sopesara su cerebro, como si calculara el alma.

– Y a vos no te veo ganando el Premio Nobel. Mejor sería estudiar una carrera que te diera de comer, algo lucrativo, no como yo, ni como mis colegas. No te digo médico o ingeniero, pero al menos licenciado.

“Licenciado” significaba “abogado”.

La tratativa se prolongó por muchos días, hasta que se acercaron las fechas de inscripción. Por suerte, ese año, con inagotable soberbia académica, los catedráticos universitarios habían llorado la eterna queja de que los estudiantes llegaban poco preparados por la escuela secundaria y que eran necesarios dos años de reajuste para poder, finalmente, recibir los gloriosos cursos de la carrera elegida. Los dos años se llamaron: “Estudios básicos”.

Así, Diego y sus amigos asistían a cursos de Lenguaje, Cultura, Matemáticas, Biología y Filosofía, en compañía de miles de coetáneos que abarrotaban las aulas de la Universidad. Para cada sección había por lo menos 200 estudiantes. Diego se divertía en la clases humanísticas y en las científicas se divertía también,  diciendo chistes o garabateando dibujitos. Total, al final del semestre se sumaban todas las notas, se sacaba un promedio y si con ese promedio se superaban los 51 puntos, uno podía pasar al siguiente. De ese modo, Diego sacaba notas muy altas en Lenguaje y pésimas en Matemáticas, y de todos modos superaba las pruebas.

Curiosamente, en Estudios Básicos impartían sus cátedras los más grandes cerebros del país. Los estudiantes llenaban las aulas del Dr. Cukier, una esplendorosa luminaria en matemáticas que luego trasladó la arrogancia matemática a la política y perdió dos elecciones presidenciales en fila. También era matemático el Dr. Guayo Perales, menos presuntuoso pero tan eficaz como su colega. Había serios filósofos marxistas que eran contradichos por otros filósofos anticomunistas, y los estudiantes entraban a la caverna de Platón y veían las sombras del conocimiento reflejarse en sus paredes, cada vez más vagas, cada vez más lejanas. Algunos se perdían en la caverna y no volvían a salir en toda la vida. Eran llamados los “eternos estudiantes”. Ya viejos, con traje y corbata, vagaban por los corredores de la Universidad, presentes y preguntones en las clases y puntualmente ausentes en los exámenes. Diego daba lo peor de sí mismo en Biología, donde el Doctor Pelayo les mandaba hacer experimentos y Diego generalmente se equivocaba, se manchaba, derramaba líquidos, las cosas le salían al revés y el Doctor Pelayo meneaba la cabeza como lamentando haber terminado su brillante carrera entre estos ininteligibles estudiantes.

Para Diego, el curso más ligero era el de Lenguaje. Todo le resultaba fácil y una compañera de ojos claros y saltones, con cara de ratón ahorcado, le dijo: “Vos sos un máistro del lenguaje”, solo porque ella no distinguía un sujeto de un predicado. La maestra más popular era llamada “la Batimujer”, porque era alta, escultórea y usaba unas minifaldas que provocaban vértigo en sus alumnos. También era una de las feministas más aguerridas, en esa época en que no se conocía ni siquiera la palabra “feminista”. Era carismática y fuerte, por lo que, aunque sus espectaulares entradas teatrales tintineantes de pulseras y tacones altos estremecían el aire, nadie decía groserías ni piropos, porque arriesgaba una respuesta contundente, si no un bofetón.

El otro profesor con que Diego seguía el curso era llamado “Préstamo”, porque era calvo y se pasaba el pelo de la sien derecha hacia la izquierda, para disimular la calvicie. Era tan campechano que nadie lo llamó jamás “licenciado”, sino era simplemente don Isaías, su bíblico nombre de pila. Don Isaías tenía un ojo certero para localizar, en la masa que tenía enfrente, a las chicas más guapas, y solo a ellas les hacía preguntas: “A ver, a ver… la compañerita de los ojos azules”. Y se alzaba una oleada de comentarios que cubrían la pregunta. O la clase estallaba cuando ponía, como ejemplo de oración uninominal, “El novio bajo la cama”.

Diego y el Flaco se iban a la Universidad en la camioneta de la familia, y todo parecía transcurrir serenamente, en un suave sueño sin sobresaltos, con los semestres ganados a puro promedio (el Flaco era bueno en las materias científicas y no se explicaba la abulia de Diego para las fórmulas y las ecuaciones), cuando se cerró el portón de acero detrás de sus espaldas. Los compañeros del Frente Estudiantil Social Cristiano les propusieron que fueran candidatos a la Junta Directiva de la Asociación de Estudiantes de Estudios Básicos. Y allí, Diego y el Flaco se vieron adultos, irremediablemente en la realidad, sin vía de escape para el crujir de dientes y el terror de vivir en ese ambiente lleno de temores y asechanzas.

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