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Dos fueron los sucesos que marcaron la mayoría de edad de Diego Cosenza: la entrada en la Universidad y la entrada en el mundo del trabajo, que era como decir, la entrada a la realidad. Antes, había vivido como descansando en una hamaca delante de una playa con el sol al crepúsculo, balanceándose entre el ser y el no ser, mientras ahora el mundo real entraba a su vida como entran las correntadas de un río desbordado en las calles de una ciudad indefensa, y los ciudadanos, atónitos, ven la furia del agua discurrir imparable y poderosa, mientras arrastra sillas, coches, neumáticos, animales, huesos de animales, troncos, ramas, piedras, trozos de asfalto. Ese mundo real se manifestó, primero, en los corredores de la Universidad.

Estaban Diego y el Flaco perdiendo el tiempo antes de entrar a una de las clases cuando apareció Saturnino Sustento, uno que se había graduado en el colegio varios años antes que ellos, y que estaba destinado a hacer carrera política en el país, hasta llegar a su destino natural, que era la cárcel, cuando lo sorprendieron vendiendo documentos del Archivo General de Centroamérica a unos coleccionistas gringos. Antes que todo eso sucediera, Saturnino era un fresco líder de los católicos universitarios, que habían tomado el poco riguroso nombre de Frente Estudiantil Social Cristiano. Nadie conocía al Frente Estudiantil Social Cristiano con ese largo nombre, sino como FESC y el principal contendiente del FESC era el Frente Estudiantil Social Popular, naturalmente conocido como el FESP y este FESP era una máscara de las juventudes del Partido Comunista, que tampoco se llamaba partido comunista, sino PGT, Partido Guatemalteco de los Trabajadores. En realidad, habría que hacer un curso extra para poder circular entre las siglas políticas universitarias.

Diego y el Flaco, provenientes del colegio salesiano, fueron etiquetados como católicos, y puesto que habían sido presidentes de su clase, también fueron ubicados como líderes, gran equivocación, que llevó a Saturnino Sustento delante de ellos mientras perdían el tiempo antes de comenzar una clase. “Muchachos”, les dijo. “Les traigo una gran noticia que es también un gran honor para ustedes”. Diego y el Flaco pusieron caras que, de haber sido representadas en una tira cómica, habrían semejado a dos signos de interrogación. “El FESC los ha escogido para que sean candidatos a vocales de la Asociación de Estudiantes de Estudios Básicos. Las elecciones son el mes entrante y si nos aplicamos las vamos a ganar. Yo estoy de candidato a la presidencia”, dijo, y luego les echó un discurso sobre los deberes del cristiano en el mundo, el Concilio Vaticano Segundo, el Papa Juan 23, Don Bosco, María Auxiliadora y los ángeles del paraíso.

Los dos amigos se quedaron mudos y no reaccionaron sino hasta cuando Saturnino ya se había ido, al salir de la clase que no oyeron, por estar absortos en sus pensamientos, que nunca habían sido políticos y ahora lo eran. Mientras iban en la camioneta de regreso a la casa, Diego le dijo a su amigo: “Flaco, ese Saturnino nos embrocó”. “Eso estaba pensando”, le respondió el Flaco. “Yo no tengo ni la menor gana de participar en las elecciones”. “Y menos con este gobierno”. Discurriendo de esta manera, llegaron a la casa del Flaco y le contaron la noticia a don Víctor Hugo. Éste se pasó la mano por los negros cabellos lisos de Rodolfo Valentino y les dijo: “No les conviene muchachos. Con este gobierno, lo menos que se van a sacar son dos plomazos en el cuerpo. ¿A quién se le ocurre meterse a la política bajo la dictadura?”. “¿Y ahora cómo hacemos?”, preguntó el Flaco. “¡Díganle a ese sinvergüenza que se salen de las elecciones!”, sentenció don Víctor Hugo.

No menos realista fue don Roberto Cosenza cuando su pávido hijo le contó el lío en que lo habían metido. “¿Qué tenés en la cabeza?”, le preguntó don Roberto. “¿Aserrín? ¿No ves que este gobierno está ametrallando por las calles a los opositores y secuestrando a los universitarios? Y ojalá te postularan para presidente, pero morirse por ser vocal, ¡ni que me lleve la tiznada!” La orden de don Roberto hizo eco a la de don Víctor Hugo: había que salirse de ese empacho lo más pronto posible.

Por esos tiempos, Diego era un fervoroso católico. No tanto en la práctica, que su naturaleza perezosa le impedía, de modo que se saltaba confesiones y misas dominicales de vez en cuando. La cosa era peor. Diego era católico en su modo de pensar, en su modo de ser, en su modo de actuar. Hacía años, cuando había entrado en la adolescencia, su modelo de vida había sido Santo Domingo Savio, un alumno de Don Bosco que llevó a los extremos las enseñanzas de su maestro. Domingo Savio era puro como la flor que le ponían en la mano los que lo dibujaban o esculpían. Se ponía piedritas en la cama, antes de dormir, para purgar sus pecados. Se daba azotes en la espalda, como penitencia por las culpas del mundo. Y, para más perfección, se había muerto a los catorce años y casi de inmediato lo hicieron santo. Cuando Diego llegó a los trece años, pensó que solo le faltaba uno para emular a Santo Domingo Savio. Y cuando cumplió quince, sintió una gran decepción, porque ya no podría ser santo como su ejemplar modelo.

Por ese motivo, lo invitaron a participar en las reuniones de las JUC, otra sigla, que indicaba la Juventud Universitaria Católica. Era capellán de las JUC el reverendo padre Constantino Cosenza, que por tener el mismo apellido de Diego, le tomaba el pelo constantemente. “Mirá vos, Diego”, le decía, porque ostentaba campechanería. “¿Cómo es que no somos parientes vos y yo?” El cura se reía con ganas. “¡Qué se me hace que mi abuelo hizo alguna travesura en Chimaltenango!”. Diego se ponía furioso, porque sabía sus orígenes, pero era torpe para las respuestas: “¡Mi papá no es de Chimaltenango, es de la costa!”, respondía, sin gracia. “Entonces quiere decir que mi abuelo hizo algún viaje al puerto”, se reía el padre Constantino, y, con él, todos los muchachos. Como Diego exhibía una salud quebradiza, cuando no tenía gripe tenía insondables malestares que se manifestaban en una dejadez de serpiente de agua, o de tortuga color de tierra, el padre Constantino, una vez, lo vió enfermo y le dijo: “¡Vos Diego, vos te vas a morir joven!” Y todos a reírse. Diego abandonó la JUC y el padre Constantino se volvió obispo, después arzobispo y murió con las glorias de haber sido nombrado Cardenal. Nunca más se volvieron a ver.

El intento de los dos amigos de sustraerse a las elecciones universitarias fracasó en modo dramático y teatral, valga la repetición. Cuando se lo dijeron a Saturnino, les montó una comedia que Lope de Vega se hubiera retirado de la escena por incompetente. Les dijo, a gritos: ‘¡No se pueden retirar, par de cobardes! ¡Ya inscribimos la lista en la Junta Electoral Universitaria, y si se salen, se viene abajo todo! ¡Irresponsables! ¡Ciudadanos del carajo! ¡Si todos fueran como ustedes no habría participación popular! ¡Hay que luchar por Cristo y por la verdad, contra esos comunistas que acaparan todo! ¡No señores, tomaron un compromiso y ahora lo cumplen, y no me jodan, y no me hablen hasta que me pase el encabronamiento!” Dicho esto, se largó y los dejó con cara de estúpidos.

No quedó más remedio que acudir a las fuerzas sobrenaturales. Doña Ángela habló con Doña Trinis, y doña Trinis propuso un antídoto homeopático: si ese par de imbéciles de sus hijos se habían dejado embaucar por católicos, una cadena de novenas al Sagrado Corazón, rezadas en simultánea por ambas madres, habrían surtido el efecto de neutralizar al demonio de las elecciones universitarias.

De ese modo, mientras los dos amigos cobardes veían con terror la llegada del día de las votaciones, acosados por elocuentes diarreas nerviosas, las aguerridas madres rezaban con la fe que a ellos les faltaba para que perdieran las elecciones. Nunca un lugar común fue más exacto: santo remedio.

La noche de las elecciones, los dos amigos se quedaron hasta las dos de la mañana en el recinto de la universidad, vigilando el recuento de votos, cara a cara con sus enemigos del FESP, y voto iba y voto venía, de modo y manera que a las dos de la mañana, los compañeros comunistas saltaron de júbilo y se abrazaron, pues habían ganado ampliamente la contienda electoral. Los dirigentes católicos se retiraron consternados, y Diego y el Flaco esperaron a estar solos para dar también ellos saltos de júbilo y abrazarse de lo puro contentos que estaban.

Lo peor de esta historia es que tenían razón. A los tres meses, la dictadura militar hizo desaparecer, uno a uno, a todos los muchachos que habían ganado las elecciones. Diego y el Flaco, al saber la noticia, se sintieron, no sin cierta melancolía,  culpables de haber festejado la derrota.

 

 

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