El doctor en la piscina

La pantalla está dividida en dos. A la izquierda, la presidenta de la Asociación de epidemiólogos italianos. A la derecha, una diputada al Parlamento europeo. Habla la diputada y asegura, con soberbia y aplomo, que el Covid-19 no hace ningún daño a los jóvenes, y que, si lo contraen, resultaría incluso conveniente porque los jóvenes quedarían inmunes sin ningún costo de vacunación. No sorprende el razonamiento desportillado, sorprende la seguridad con que la diputada lo expone. La doctora la observa con paciencia, con condescendencia, casi con compasión. Trata de explicarle que existen numerosos estudios científicos que desmienten su arriesgada tesis, pero la diputada la interrumpe y comienza a pedirle que le cite la bibliografía de donde extrae sus datos, que le muestre las pruebas científicas de lo que afirma, que ella no es una estudiantilla universitaria que se debe tragar lo que dicen los profesores. El estupor no es tanto por la tontería que ha dicho la diputada; el estupor es provocado por la arrogancia, la altanería, la prepotencia; el estupor nace porque una persona de esa índole ocupe una curul en el Parlamento europeo. Uno piensa: “Esta diputada, delante de Einstein, le pediría que demostrara de dónde sacó la teoría de la relatividad y le pegaría una gritada que Einstein se retiraría temblando, con los pelos más parados de cuando entró”. Averiguo en Internet, que todo tiene, y observo que la diputada ingresó, con coherencia, al Parlamento europeo con un partido que predica la disolución del Parlamento europeo. Ha estudiado en la universidad y está graduada en Derecho comercial. Es mánager de algo, en el pueblo donde vive.

En otro video, un hombre nada en una piscina y, cuando sale, sorprende que lleve puesta una mascarilla quirúrgica. Una razón tiene. Sentado al borde la piscina, se saca la mascarilla, la sumerge en el agua y luego hace notar como el agua embalsada se escurre con facilidad en el tejido. La mascarilla, demuestra, no es impermeable. Según él, el hecho de que la mascarilla deje pasar el agua ratifica su ineficacia contra el virus. Uno podría objetar que la mascarilla está hecha para no dejar que el virus se trasmita por el aire, no por el agua. Resulta probable que el hombre no haya pensado en tal objeción. Antes bien, se exalta con su pragmática demostración. Arguye que es un médico y que sus investigaciones le han hecho ganar el Best Award, (no dice dónde) y que, por tanto, él se considera una autoridad a nivel mundial. No contento, expone su filosofía de vida: la humanidad se divide en 3 categorías: los borregos (un 80%), los “covidiotas” (un 10%) y los “alfa” (un 10%). Los borregos son los que obedecen las instrucciones de las autoridades científicas, y, por tanto, usan mascarillas, mantienen las distancias y se lavan las manos; los “covidiotas” son los que toman esas precauciones con extrema puntillosidad; los “alfa”, categoría a la que pertenece, es la que no cree en la existencia del virus, no usa mascarilla, no guarda las distancias y no se lava las manos. No sabemos dónde se graduó tal médico. 

Me interesa reflexionar por qué son posibles ambas actitudes. En el primer caso, tenemos un buen ejemplo de los estragos producidos por la sociedad postmoderna. En breve, si la modernidad había erigido a la ciencia como un fetiche intocable, de modo que solo lo científico era válido, a partir de los años 50 del siglo XX, esa convicción fue erosionada por el fracaso de la idea central de la ciencia y de la modernidad: la idea de progreso. Si esa idea se había desmoronado en la mayor parte del mundo porque la mayoría de las naciones no lo habían alcanzado y no lo iban a alcanzar nunca; en el Occidente mismo, con toda la abundancia producida por la sociedad de consumo, la finalidad última de tal sociedad, o sea la felicidad de sus miembros al alcanzar todas las satisfacciones materiales, tampoco se había alcanzado. Las naciones más ricas, las más prósperas, las más “desarrolladas”, se encontraban agobiadas por la angustia de la infelicidad de sus ciudadanos. El predominio de la ciencia no había centrado su objetivo y, peor aún, se comenzaban a advertir los estragos del progreso. En particular, la destrucción del ambiente. Ese desprestigio de lo científico destruyó la identificación de la verdad con la verificación factual. Si la ciencia bajaba del pedestal, bajaba del pedestal también la demostración científica de la realidad. No había hechos, sino opiniones sobre los hechos. A tal punto, que mi opinión profana valía tanto cuanto la opinión de un científico. El modelo principal del debate público fue el talk-show. Y en el talk show, no tiene razón quien presenta hechos científicos, sino quien obedece a tres reglas principales: 1) un sapiente uso del sarcasmo; 2) un volumen de voz más alto del oponente; 3) repetir una sola idea, una sola, monótonamente, obsesivamente, constantemente, hasta dejar callado al otro. La diputada ignorante hace callar a la perpleja especialista, porque sigue, con audaz insolencia, las reglas del juego. 

En el segundo caso, se cumple aquella frase profética de MacLuhan: “el medio es el mensaje”. Ya casi nadie se informa a través de los periódicos y mucho menos a través de los libros. La televisión ha entrado también a formar parte de la información oficial. En este momento, la mayor autoridad en la comunicación de informaciones lo tienen los llamados social media. Si una afirmación aparece en Facebook, en Instagram, en Whats App, tiene mayores probabilidades de ser creída que si aparece en el principal periódico del país. Y si quien lo dice es una persona famosa, multiplica su credibilidad. Por supuesto, las singulares afirmaciones del doctor de la mascarilla que deja filtrar el agua obtienen su autoridad del medio con que me fue enviado. Yo sé que son improbables, al límite de la comicidad. Pero ¿por qué me la enviaron? ¿Cuántos más creen firmemente lo que dice el fingido médico, solo porque circula sin control en Whats App?

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